
En 1943, un forense inglés certificó que Simone Weil murió por negarse a comer más de lo que comían los franceses ocupados por los nazis. Antes había trabajado en una fábrica y peleado en la Guerra Civil española, sin teorizar el sufrimiento ajeno.

En 1943, un forense inglés certificó que Simone Weil murió por negarse a comer más de lo que comían los franceses ocupados por los nazis. Antes había trabajado en una fábrica y peleado en la Guerra Civil española, sin teorizar el sufrimiento ajeno.

En 1918, Bertrand Russell entró a la cárcel de Brixton por oponerse a la Primera Guerra Mundial. Ahí escribió uno de los libros más claros sobre lógica matemática. Décadas después inventó la tetera orbital, la analogía sobre la carga de la prueba.

El oráculo de Delfos dijo que nadie era más sabio que Sócrates. Convencido de no saber nada, salió a demostrar que el oráculo se equivocaba interrogando a los hombres más sabios de Atenas. Eso lo convirtió en el padre de la filosofía occidental.

En 1502, Maquiavelo vio cómo César Borgia exhibía en una plaza el cuerpo partido en dos de su propio gobernador. Años después, torturado y desempleado, escribió El Príncipe: un manual sobre cómo funciona realmente el poder, sin máscaras morales.

En una cena en Atenas, un grupo de hombres da discursos en honor a Eros. Sócrates cuenta lo que aprendió de la sacerdotisa Diotima: cuando amamos a alguien, en realidad nunca amamos a esa persona, sino la belleza y la bondad que nos revela.

En 1946, Wittgenstein casi se agarra a golpes con Karl Popper con un atizador de chimenea. Años antes había escrito un libro convencido de haber resuelto toda la filosofía, y después pasó su vida demostrando que estaba equivocado.

Cuando Arendt fue a cubrir el juicio de Eichmann esperaba encontrar un monstruo. Encontró un burócrata. De ahí nació "la banalidad del mal": el mal masivo no necesita gente extraordinariamente malvada, alcanza con funcionarios que no piensan.

En 1975, Feyerabend publicó un libro que decía algo incómodo: el método científico no existe. Galileo no lo siguió. Newton tampoco. Y eso, lejos de ser un problema, era exactamente lo que hacía a la ciencia potente.

Locke escribió que la propiedad surge del trabajo y que los gobiernos solo son legítimos con el consentimiento de los gobernados. Dos ideas que todavía organizan el debate político moderno, para bien y para mal.