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Bertrand Russell: por qué creer sin evidencia es el mayor peligro del mundo
Episodio 37

Bertrand Russell: por qué creer sin evidencia es el mayor peligro del mundo

Andres AguilarAndres Aguilar

En 1918, Bertrand Russell entró a la cárcel de Brixton por oponerse a la Primera Guerra Mundial. Ahí escribió uno de los libros más claros sobre lógica matemática. Décadas después inventó la tetera orbital, la analogía sobre la carga de la prueba.

En 1918, un hombre de cuarenta y seis años entró a la cárcel de Brixton, en Londres, condenado a seis meses de prisión por escribir un artículo periodístico. El delito, en términos legales, era haber puesto en riesgo las buenas relaciones militares entre Gran Bretaña y Estados Unidos en plena Primera Guerra Mundial. El delito real era mucho más simple: se había opuesto públicamente a la guerra. Adentro de esa celda, sin acceso a bibliotecas especializadas ni a colegas con quienes discutir, ese hombre escribió uno de los libros más claros que existen sobre lógica matemática. Se llamaba Bertrand Russell, y esa combinación de coraje civil y precisión intelectual absoluta lo acompañó durante los noventa y siete años que vivió.

Bertrand Russell: por qué creer sin evidencia es el mayor peligro del mundo

Bertrand Russell nació en 1872 en el País de Gales, dentro de una de las familias aristocráticas más influyentes de Gran Bretaña. Su abuelo, Lord John Russell, había sido primer ministro dos veces. Sus padres murieron cuando él era muy chico, y quedó al cuidado de su abuela, una mujer severa, profundamente religiosa y de convicciones morales estrictas, que supervisó su educación con una disciplina casi militar.

En ese ambiente rígido, Russell encontró de niño un refugio inesperado: la geometría de Euclides. Tenía once años cuando su hermano mayor le enseñó los primeros teoremas, y él mismo contó después que esa experiencia fue, en sus propias palabras, tan deslumbrante como el primer amor. Descubrir que era posible construir un edificio entero de verdades, partiendo de unos pocos axiomas evidentes y avanzando paso a paso mediante demostraciones rigurosas, le pareció una revelación casi mística. Esa fascinación temprana por la certeza lógica y matemática iba a marcar el resto de su carrera filosófica.

Cambridge y la búsqueda de fundamentos seguros

Russell estudió en el Trinity College de Cambridge, donde se destacó rápido en matemáticas y filosofía, y donde después obtuvo una beca de investigación como fellow. Ahí empezó el proyecto intelectual más ambicioso de su primera etapa: intentar demostrar que toda la matemática podía derivarse, de manera rigurosa, a partir de principios puramente lógicos.

Ese proyecto lo llevó a colaborar durante años con su antiguo profesor, Alfred North Whitehead, en una obra monumental llamada Principia Mathematica, publicada en tres volúmenes entre 1910 y 1913. El libro es tan denso que necesita más de trescientas páginas de notación simbólica pura antes de llegar a demostrar, con todo el rigor exigido, que uno más uno es igual a dos.

Durante ese mismo proceso, Russell descubrió un problema que iba a sacudir los fundamentos de la lógica matemática de su época. Se conoce como la paradoja de Russell, y se puede explicar de manera simple: imaginemos el conjunto de todos los conjuntos que no se contienen a sí mismos como miembro. La pregunta es si ese conjunto se contiene a sí mismo. Si la respuesta es que sí se contiene, entonces, por definición, no debería contenerse. Si la respuesta es que no se contiene, entonces, por definición, debería contenerse. La paradoja no tiene una salida limpia dentro de la teoría de conjuntos ingenua de la época, y obligó a reformular buena parte de los fundamentos lógicos y matemáticos que se daban por sentados.

La pérdida temprana de la fe

La abuela de Russell lo había educado dentro de un protestantismo estricto, con la expectativa de que se convirtiera en un hombre profundamente religioso. Russell, sin embargo, empezó a cuestionar esas creencias siendo todavía adolescente, aplicando a la teología la misma exigencia de rigor lógico que aplicaba a la geometría. A los dieciocho años llegó a la conclusión de que ninguno de los argumentos clásicos a favor de la existencia de Dios resistía un examen cuidadoso, y abandonó la fe de manera definitiva, aunque mantuvo durante toda su vida un interés genuino y respetuoso por las preguntas que la religión intentaba responder, incluso mientras rechazaba las respuestas que ofrecía.

Esta ruptura temprana con la religión heredada marcó un patrón que se repitió después en toda su obra: Russell no rechazaba las grandes preguntas sobre el sentido de la vida, la moral o el propósito humano. Rechazaba, específicamente, la pretensión de responderlas con certeza absoluta sin aportar evidencia proporcional a esa certeza.

Discípulos, colegas y rupturas

En Cambridge, Russell formó parte de un círculo intelectual extraordinario. Entre sus alumnos más brillantes estuvo Ludwig Wittgenstein, que llegó a Cambridge en 1911 y a quien Russell reconoció casi de inmediato como una mente filosófica de una intensidad fuera de lo común. La relación entre ambos fue intensa y, con los años, se volvió tensa: Wittgenstein terminó desarrollando una filosofía del lenguaje que se alejaba cada vez más del proyecto lógico-matemático que Russell había perseguido con tanto empeño, y las discusiones entre ambos, según testigos de la época, podían volverse ásperas y agotadoras para los dos.

Russell mantuvo también una relación de colaboración y amistad compleja con G. E. Moore, otro filósofo de Cambridge, con quien compartía la convicción de que la filosofía debía aspirar a una claridad casi científica, alejada de la oscuridad especulativa que ambos asociaban con cierta tradición filosófica continental de la época. Este compromiso con la claridad, más que con cualquier sistema filosófico cerrado, es quizás el rasgo más constante de toda la obra de Russell, desde sus primeros trabajos técnicos de lógica hasta sus ensayos de divulgación más accesibles.

El pacifista encarcelado

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, en 1914, Russell adoptó una postura pública firmemente pacifista, en un momento donde ese tipo de posición era vista, por buena parte de la sociedad británica, como una traición directa a la patria. Escribió artículos, dio charlas y participó activamente en organizaciones contrarias al reclutamiento militar obligatorio.

Esa actividad le costó cara. Trinity College le retiró su puesto de fellow en 1916, en gran parte por presión política. En 1918, un artículo suyo criticando la posible presencia de tropas estadounidenses usadas para reprimir huelgas obreras en Gran Bretaña fue considerado una amenaza a las relaciones diplomáticas entre ambos países en tiempos de guerra, y Russell fue condenado a seis meses de prisión.

La cárcel, paradójicamente, resultó ser un período relativamente productivo para él. Como preso de clase especial, por su condición social y su fama intelectual, tuvo acceso a libros y papel para escribir. Ahí redactó su Introducción a la filosofía matemática, un texto pensado deliberadamente para lectores sin formación técnica avanzada, que sigue usándose hoy como puerta de entrada clara y accesible a un campo notoriamente difícil.

Una vida personal escandalosa para su época

Russell se casó cuatro veces y mantuvo, a lo largo de su vida, ideas sobre el matrimonio, la sexualidad y la educación que resultaban extremadamente provocadoras para los estándares morales de comienzos del siglo veinte. En su libro Matrimonio y moral, publicado en 1929, defendió posiciones como la aceptación de relaciones sexuales antes del matrimonio, la posibilidad del divorcio sin estigma social y una educación sexual abierta para los jóvenes, ideas que hoy suenan razonables para muchos pero que en su momento generaron escándalos considerables.

Russell también fundó, junto a su segunda esposa Dora Black, una escuela experimental llamada Beacon Hill, basada en principios progresistas de educación sin castigos físicos y con un fuerte énfasis en el pensamiento independiente de los alumnos, en contraste directo con la educación disciplinaria y religiosa que él mismo había recibido de niño.

El caso de Nueva York

En 1940, esta reputación provocativa le costó a Russell un episodio que se conoció como "el caso Bertrand Russell". Había sido contratado para dar clases de filosofía en el City College de Nueva York. La noticia generó una campaña pública en su contra, liderada por sectores religiosos conservadores, que lo acusaban de inmoral por sus posiciones sobre el matrimonio y la sexualidad expresadas años antes en sus libros.

Una madre de familia, que ni siquiera tenía una hija matriculada en esa institución, presentó una demanda judicial para impedir su nombramiento. Un juez de Nueva York falló a favor de la demandante, argumentando en términos sorprendentemente duros que otorgarle esa cátedra equivaldría a "establecer una cátedra de indecencia". El nombramiento fue revocado, Russell perdió el trabajo y, durante un tiempo, quedó en una situación económica difícil, rescatado finalmente por una invitación a dar una serie de conferencias en Estados Unidos que después se convirtieron en su Historia de la filosofía occidental, uno de sus libros más vendidos.

La tetera de Russell

En 1952, Russell escribió un ensayo breve, "¿Hay un Dios?", donde presentó una de las analogías más célebres de toda la filosofía moderna sobre la carga de la prueba. Imaginemos, propuso, que alguien afirma que entre la Tierra y Marte hay una tetera de porcelana orbitando el sol, demasiado pequeña para ser detectada incluso por los telescopios más potentes. Nadie podría demostrar, de manera concluyente, que esa tetera no existe. Pero eso no significa que sea razonable creer en ella, ni que la carga de demostrar su inexistencia recaiga sobre los escépticos.

> "Si yo sugiriera que entre la Tierra y Marte hay una tetera girando alrededor del sol en órbita elíptica, nadie podría refutar mi afirmación. Pero si yo agregara que, precisamente porque no puede ser refutada, es intolerable que la duda humana la ponga en cuestión, con razón se pensaría que estoy diciendo un disparate."

Esta imagen simple resume un principio filosófico central en el pensamiento de Russell: quien afirma algo, especialmente algo extraordinario, tiene la responsabilidad de aportar evidencia. La imposibilidad de refutar de manera absoluta una afirmación no la vuelve automáticamente creíble ni razonable de sostener. Russell aplicaba este principio, sobre todo, a las afirmaciones religiosas tradicionales, pero su alcance es mucho más amplio: se puede usar frente a cualquier creencia que pretenda quedar exenta, por definición, de cualquier posibilidad de comprobación.

Por qué creer sin evidencia es peligroso

Russell desarrolló esta idea con mayor detalle en otro texto, publicado en 1928 dentro de sus Ensayos escépticos. Ahí propuso, de manera explícita y consciente de lo provocador que sonaba, una doctrina que consideraba subversiva: es indeseable creer una proposición cuando no existe fundamento alguno para suponerla verdadera.

Esta afirmación puede parecer una obviedad de sentido común, pero Russell insistía en que casi nadie la aplicaba de manera consistente en la vida real. Las personas creían con total convicción afirmaciones políticas, religiosas o sociales que jamás habían examinado con el mismo rigor que aplicarían, por ejemplo, antes de comprar una casa o de firmar un contrato importante. Y esa desproporción, entre la seriedad exigida en decisiones prácticas menores y la ligereza aplicada a convicciones que organizan vidas enteras, le parecía a Russell uno de los mayores riesgos de la vida colectiva humana.

> "Todo el problema del mundo es que los necios y los fanáticos siempre están tan seguros de sí mismos, y las personas sabias están tan llenas de dudas."

Esta frase, una de las más citadas de Russell, resume con precisión su diagnóstico. No decía que la duda fuera un valor en sí mismo, ni que todas las creencias fueran igualmente válidas o inválidas. Decía que el grado de certeza con el que alguien sostiene una idea debería ser proporcional a la calidad de la evidencia disponible, y que la historia humana está llena de catástrofes provocadas precisamente por gente extremadamente segura de creencias que no habían examinado con cuidado.

La crítica a la religión organizada

En 1927, Russell dio una conferencia que después se convirtió en uno de sus textos más difundidos y polémicos: "Por qué no soy cristiano". Ahí repasó, uno por uno, los argumentos clásicos a favor de la existencia de Dios (el argumento de la causa primera, el argumento del diseño, el argumento moral) y expuso, con su estilo característico de claridad lógica implacable, por qué le parecían insuficientes.

Pero el corazón de la conferencia no era estrictamente metafísico. Era histórico y moral. Russell argumentaba que la religión organizada, a lo largo de la historia, había sido responsable de una cantidad enorme de crueldad, justificada precisamente por la certeza absoluta de estar en posesión de una verdad revelada e incuestionable: las persecuciones religiosas, la Inquisición, las cacerías de brujas, las guerras religiosas. El problema, insistía, no era la fe en sí misma en abstracto, sino la combinación específica de certeza absoluta y ausencia de evidencia verificable, que producía una peligrosa inmunidad frente a cualquier corrección posible.

El riesgo existencial de las armas nucleares

Después de la Segunda Guerra Mundial, Russell dedicó buena parte de su energía pública a otra causa: el desarme nuclear. En 1955, junto a Albert Einstein y otros científicos y pensadores destacados, firmó el Manifiesto Russell-Einstein, un documento que advertía sobre el riesgo existencial que las armas nucleares representaban para la humanidad entera, más allá de cualquier conflicto ideológico particular entre bloques de la Guerra Fría.

Ese manifiesto dio origen a las Conferencias Pugwash, un espacio de diálogo entre científicos de distintos países, incluidos los de bandos enfrentados en la Guerra Fría, para discutir riesgos globales compartidos. Russell no se limitó a la actividad diplomática discreta. En 1961, ya con ochenta y nueve años, participó en una manifestación de desobediencia civil contra las armas nucleares frente al Ministerio de Defensa británico y fue arrestado y condenado, una vez más, a una breve pena de prisión, esta vez por perturbar el orden público en su vejez avanzada.

Un divulgador de raza

Más allá de sus contribuciones técnicas a la lógica, Russell tuvo una capacidad excepcional para escribir sobre temas filosóficos complejos en una prosa clara, elegante y muchas veces divertida, algo bastante inusual entre los filósofos académicos de su generación. Su Historia de la filosofía occidental, escrita durante su estadía forzada en Estados Unidos tras el caso del City College, recorre casi tres mil años de pensamiento con un estilo narrativo ameno, lleno de juicios personales tajantes sobre cada pensador, que generó tanto elogios entusiastas como críticas de especialistas que consideraban el libro demasiado simplificado o parcial en sus interpretaciones.

Russell no se disculpaba por esa claridad. Consideraba que la oscuridad innecesaria en la escritura filosófica era, muchas veces, una forma de disimular la falta de ideas realmente sólidas detrás de un lenguaje impenetrable. Sostenía que cualquier idea verdaderamente clara en la mente de quien la piensa puede, con suficiente esfuerzo, expresarse en un lenguaje comprensible para lectores sin formación especializada. Esta convicción lo llevó a escribir, a lo largo de su vida, decenas de ensayos accesibles sobre educación, matrimonio, política internacional, ética y felicidad, además de sus obras técnicas de lógica y epistemología.

Una vejez de activismo incansable

Lejos de retirarse a una vida contemplativa en sus últimas décadas, Russell se volvió cada vez más activo políticamente a medida que envejecía. Además de su campaña por el desarme nuclear, se pronunció públicamente contra la guerra de Vietnam, organizando en 1966, junto al filósofo francés Jean-Paul Sartre, un tribunal internacional de opinión, conocido como el Tribunal Russell, para investigar y denunciar posibles crímenes de guerra cometidos durante ese conflicto. La iniciativa no tenía ningún poder legal vinculante, pero buscaba generar presión moral y visibilidad internacional sobre violaciones que, según sus organizadores, no estaban recibiendo suficiente atención en la prensa convencional de la época.

Esta combinación de rigor lógico extremo en su trabajo técnico y compromiso político apasionado en su vida pública desconcertaba a algunos de sus contemporáneos, que esperaban de un lógico de su calibre una actitud más distante y neutral frente a los conflictos del mundo. Russell no veía ninguna contradicción en eso. Para él, exigir evidencia y proporcionalidad en las creencias no significaba permanecer indiferente frente a la injusticia manifiesta. Al contrario: creía que examinar con rigor la evidencia disponible sobre el sufrimiento humano generaba, casi inevitablemente, una obligación moral de actuar en consecuencia.

El Nobel y el reconocimiento tardío

En 1950, Russell recibió el Premio Nobel de Literatura, un reconocimiento poco habitual para alguien conocido principalmente como filósofo y matemático. El comité sueco justificó el premio destacando "sus variados y significativos escritos en los que defiende ideales humanitarios y la libertad de pensamiento". Esa mención resume bastante bien el aspecto de su obra que trascendió los círculos académicos especializados: no fue solamente un lógico técnico de altísimo nivel, sino también un divulgador extraordinario, capaz de explicar ideas complejas con una prosa clara, elegante y muchas veces mordazmente irónica, accesible para lectores sin ninguna formación filosófica previa.

Por qué sigue importando

La insistencia de Russell en proporcionar la fuerza de una creencia a la calidad de la evidencia disponible parece, hoy más que nunca, un consejo urgente. Vivimos en un momento donde la información circula a una velocidad que Russell jamás podría haber imaginado, y donde afirmaciones sin ningún respaldo comprobable pueden viralizarse en minutos y organizar comunidades enteras de creyentes convencidos.

Las teorías de la conspiración contemporáneas funcionan, muchas veces, exactamente como la tetera orbital que Russell describió: construidas de manera que ninguna evidencia en contra pueda refutarlas del todo, porque cualquier prueba contraria se reinterpreta como parte de un encubrimiento todavía mayor. Russell habría reconocido inmediatamente esa estructura argumental, y probablemente habría insistido en el mismo punto de siempre: la imposibilidad de una refutación absoluta y definitiva no convierte una afirmación extraordinaria en algo razonable de creer. La responsabilidad de aportar evidencia sigue recayendo siempre sobre quien hace la afirmación, nunca sobre quien simplemente se resiste a creerla sin fundamento.

> "Estar dispuesto a revisar una creencia frente a evidencia nueva era, para Russell, una virtud intelectual, no una debilidad de carácter."

Russell murió en 1970, a los noventa y siete años, activo intelectualmente casi hasta el último día, todavía escribiendo cartas de protesta política y todavía discutiendo con la misma pasión lógica que había demostrado de niño frente a los teoremas de Euclides. Su legado no está tanto en una doctrina filosófica cerrada, sino en una actitud: la convicción de que pensar con rigor, exigir evidencia y tolerar la incomodidad de la duda son, en última instancia, actos de responsabilidad moral tanto como intelectual. En un mundo saturado de certezas fabricadas sin sustento, esa actitud sigue siendo, quizás, más necesaria que nunca.

Hay algo particularmente valioso en el hecho de que Russell haya sostenido esta posición sin caer en un escepticismo paralizante que impidiera actuar frente a la injusticia o el peligro. No decía que fuera imposible saber nada con razonable seguridad. Decía que el nivel de certeza debía guardar proporción con la evidencia disponible, ni más ni menos, y que estar dispuesto a revisar una creencia frente a evidencia nueva era una virtud intelectual, no una debilidad de carácter. Esa distinción, entre la duda paralizante y la duda proporcionada, es probablemente el aporte más práctico y más urgente que dejó para cualquiera que hoy intente pensar con claridad en medio del ruido informativo contemporáneo.

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