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Maquiavelo: ¿es realmente tan malo que el fin justifique los medios?
Episodio 35

Maquiavelo: ¿es realmente tan malo que el fin justifique los medios?

Andres AguilarAndres Aguilar

En 1502, Maquiavelo vio cómo César Borgia exhibía en una plaza el cuerpo partido en dos de su propio gobernador. Años después, torturado y desempleado, escribió El Príncipe: un manual sobre cómo funciona realmente el poder, sin máscaras morales.

En diciembre de 1502, en la plaza principal de la ciudad de Cesena, apareció una mañana el cuerpo de un hombre partido en dos, con un cuchillo de madera y un trozo de tela ensangrentada al lado. Ese hombre había sido, hasta hacía poco, el gobernador de la región, puesto ahí por el mismo señor que después ordenó su ejecución pública y espectacular. Entre la multitud que miraba el cadáver esa mañana estaba un diplomático florentino de treinta y tres años, enviado para observar de cerca al hombre que había dado la orden. Ese diplomático se llamaba Nicolás Maquiavelo, y lo que vio esa mañana terminó, años después, convertido en uno de los ejemplos centrales de su libro más famoso.

Maquiavelo: ¿es realmente tan malo que el fin justifique los medios?

Nicolás Maquiavelo nació en Florencia en 1469, en el seno de una familia de clase media venida a menos, con orgullo antiguo pero sin fortuna. Recibió una educación clásica sólida, centrada en los autores latinos, en un momento en que Florencia era uno de los centros culturales y políticos más importantes de Europa, gobernada de facto por la familia Médici y sacudida, poco después, por la breve teocracia radical del fraile Girolamo Savonarola.

Cuando Savonarola cayó y fue ejecutado en 1498, Florencia recuperó su forma republicana de gobierno. Maquiavelo, que tenía entonces veintinueve años, fue nombrado secretario de la segunda cancillería de la República. Ese cargo, que hoy llamaríamos algo así como jefe de gabinete de asuntos exteriores y militares, lo puso en contacto directo con la política práctica europea durante catorce años. Viajó como diplomático a Francia, a la corte del rey Luis XII. Viajó a Roma, donde negoció con el Papa Julio II. Y viajó, en varias ocasiones, a observar de cerca a la figura que más lo iba a marcar intelectualmente: César Borgia.

César Borgia y la lección de Cesena

César Borgia era hijo del Papa Alejandro VI y estaba construyendo, con métodos brutales y una eficacia asombrosa, un principado propio en el centro de Italia. Maquiavelo lo observó durante meses como enviado florentino, y lo que vio lo fascinó. Borgia había puesto al mando de una región recién conquistada, la Romaña, a un administrador llamado Remirro de Orco, con instrucciones de pacificarla usando toda la crueldad necesaria. Remirro cumplió la tarea con métodos feroces y consiguió el orden, pero también generó un odio profundo hacia el nuevo gobierno.

Borgia resolvió el problema de una manera calculadamente teatral. Hizo ejecutar a Remirro y expuso su cuerpo partido en dos en la plaza central de Cesena, con el mensaje implícito de que la crueldad anterior había sido responsabilidad exclusiva del administrador, no del príncipe. El pueblo, dice Maquiavelo, quedó al mismo tiempo satisfecho y aterrorizado. Borgia se había limpiado las manos delante de todos, mientras dejaba clarísimo lo que le podía pasar a cualquiera que desafiara su autoridad.

Maquiavelo no cuenta este episodio para condenarlo. Lo cuenta como un ejemplo técnico de buena gestión del poder. En su libro más famoso, El Príncipe, escrito años después, vuelve una y otra vez sobre la figura de Borgia como modelo de cómo actuar cuando se está fundando un poder nuevo en territorio hostil.

La caída y la tortura

En 1512, la República florentina cayó. Los Médici regresaron al poder, apoyados por tropas españolas, después de un asedio brutal a la ciudad de Prato donde murieron miles de personas. Maquiavelo, asociado estrechamente al gobierno republicano anterior, fue destituido de todos sus cargos casi de inmediato.

Poco después, su nombre apareció en una lista encontrada durante la investigación de una conspiración antimediceana. Maquiavelo fue arrestado, encarcelado y torturado con el método conocido como strappado: le ataban las manos detrás de la espalda y lo izaban con una cuerda desde el techo, dislocándole los hombros. Soportó varias sesiones sin confesar nada, probablemente porque no tenía nada que confesar. Fue liberado meses después, gracias a una amnistía general dictada cuando Giovanni de Médici fue elegido Papa con el nombre de León X.

Maquiavelo, sin cargo, sin ingresos, con cuarenta y tres años y una familia que mantener, se retiró a una modesta propiedad rural en Sant'Andrea in Percussina, a las afueras de Florencia. Ahí, entre el trabajo del campo y las partidas de cartas con los campesinos y taberneros del pueblo, escribió el libro que lo haría inmortal, con la esperanza secreta y nunca cumplida de recuperar un cargo político.

El Príncipe: un manual de emergencia

El Príncipe se escribió en 1513 y se dedicó a Lorenzo de Médici, nieto del gran Lorenzo el Magnífico, con la intención explícita de impresionarlo y conseguir empleo. La estrategia no funcionó: Lorenzo nunca pareció leer el libro con demasiada atención, y Maquiavelo murió sin recuperar el favor político que buscaba.

El libro es corto, directo y desprovisto casi por completo de las citas eruditas típicas de los tratados políticos de la época. Analiza, con un tono clínico casi quirúrgico, cómo se conquistan los estados, cómo se los conserva, y qué cualidades necesita un gobernante para sostenerse en el poder en un mundo peligroso e inestable. No hay en el libro apelaciones constantes a la moral cristiana ni a los ideales clásicos de virtud que dominaban la literatura política anterior. Hay, en cambio, observación empírica de lo que efectivamente funciona.

Esa decisión metodológica es la verdadera revolución del libro, más incluso que cualquiera de sus consejos particulares. Maquiavelo decide describir la política como es, no como debería ser según los tratados morales. Escribe, en un pasaje célebre, que muchos autores anteriores imaginaron repúblicas y principados ideales que nunca existieron en la realidad, y que quien abandona lo que se hace por lo que se debería hacer aprende antes su ruina que su preservación.

> "Hay tanta distancia entre cómo se vive y cómo se debería vivir, que quien deja lo que se hace por lo que se debería hacer aprende más bien su ruina que su preservación."

Virtud y fortuna

Dos conceptos organizan buena parte del libro: virtù y fortuna. Fortuna, para Maquiavelo, es el azar, las circunstancias externas que ningún gobernante controla del todo: el clima político, las alianzas cambiantes, la suerte en la guerra. Maquiavelo la compara con un río desbordado que arrasa todo a su paso cuando nadie se preparó de antemano, pero que puede ser contenido con diques y canales construidos con tiempo.

Virtù, en cambio, no significa exactamente virtud moral en el sentido cristiano. Es más bien una combinación de fuerza de carácter, inteligencia práctica, audacia y capacidad de adaptación. El príncipe con virtù es el que sabe leer las circunstancias y actuar en consecuencia, cambiando de método según lo exija el momento, sin quedar atado a un código de conducta rígido que la realidad cambiante vuelve inútil.

Maquiavelo ilustra esto con una imagen que se volvió célebre: el príncipe debe saber comportarse como el león y como el zorro al mismo tiempo. El león asusta a los lobos con su fuerza pero no puede detectar las trampas. El zorro detecta las trampas pero no tiene fuerza para asustar a los lobos. Un buen gobernante necesita las dos naturalezas combinadas: la fuerza cuando la fuerza sirve, el engaño y la astucia cuando la fuerza no alcanza.

¿Es mejor ser amado o temido?

Uno de los pasajes más citados, y más malentendidos, de todo el libro es la pregunta de si conviene más ser amado o temido. Maquiavelo responde con una precisión que sorprende a quienes esperan una respuesta simplemente cínica: lo ideal sería ser ambas cosas a la vez, pero como eso es difícil de lograr, es más seguro ser temido que amado, si hay que elegir una sola.

La razón no es un elogio de la crueldad por sí misma. Es una observación sobre la fragilidad del afecto político. El amor de los súbditos, dice Maquiavelo, depende de ellos, de su voluntad cambiante, y puede evaporarse en cuanto conviene a sus propios intereses. El temor, en cambio, depende del príncipe mismo, de su capacidad de imponer consecuencias, y por lo tanto es un recurso más estable y controlable.

Pero acá aparece un matiz que muchas lecturas superficiales del libro se pierden. Maquiavelo aclara inmediatamente que el temor debe evitar convertirse en odio. Un príncipe temido pero no odiado puede sostenerse en el poder durante mucho tiempo. Un príncipe odiado, en cambio, tarde o temprano encuentra una conspiración exitosa en su contra. Para evitar el odio, Maquiavelo recomienda algo muy concreto: no tocar la propiedad ni las mujeres de los súbditos, porque esas dos cosas generan un rencor que ninguna otra crueldad genera con la misma intensidad.

¿El fin justifica los medios?

La frase "el fin justifica los medios" nunca aparece literalmente escrita en El Príncipe, aunque resume razonablemente bien su espíritu general. Lo más cercano que dice Maquiavelo es que, en las acciones de los hombres y especialmente de los príncipes, donde no hay tribunal al que apelar, se mira al resultado. Si un gobernante consigue conquistar y mantener un estado, los medios que usó para lograrlo serán juzgados como honorables y alabados por todos, porque el vulgo, dice Maquiavelo con cierto desdén, se deja llevar por las apariencias y por el resultado de las cosas.

Esta idea suena escandalosa fuera de contexto, pero conviene entenderla dentro del problema que Maquiavelo estaba tratando de resolver. Él no estaba escribiendo un tratado general de ética personal para cualquier ciudadano. Estaba escribiendo sobre la responsabilidad específica de gobernar un estado en un contexto de guerra constante, traiciones frecuentes y estados vecinos dispuestos a invadir a la primera señal de debilidad. En ese contexto extremo, argumentaba, aplicar sin flexibilidad las reglas morales de la vida privada podía llevar a la destrucción del estado entero, con consecuencias mucho peores para muchísima más gente que las que resultarían de una crueldad puntual bien calculada.

Esto no vuelve la posición de Maquiavelo menos incómoda. Sigue siendo una defensa explícita de que, en política, la eficacia puede primar sobre la moral convencional. Pero es importante notar que no se trata de una defensa de la crueldad ilimitada o gratuita. Maquiavelo distingue explícitamente entre crueldad "bien usada", aplicada de una sola vez, con método y necesidad, para asegurar el estado, y crueldad "mal usada", que crece con el tiempo y termina generando más inestabilidad que la que resuelve.

El Maquiavelo republicano

Hay una faceta de Maquiavelo que suele quedar completamente eclipsada por la fama de El Príncipe, y que complica bastante la imagen del cínico calculador sin escrúpulos. En paralelo, y con mucha más extensión, Maquiavelo escribió los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, un comentario extenso sobre la historia de la República romana.

En los Discursos, Maquiavelo se muestra como un admirador entusiasta del gobierno republicano, de la participación ciudadana, de las leyes que limitan el poder de cualquier individuo, y del conflicto ordenado entre distintos grupos sociales como motor de la libertad política. Ahí defiende ideas que hoy reconoceríamos como parte fundamental del pensamiento republicano y hasta democrático: la importancia de instituciones que controlen el poder, la desconfianza hacia cualquier concentración excesiva de autoridad, el valor de un pueblo políticamente activo y vigilante frente a sus gobernantes.

Esta aparente contradicción entre el Maquiavelo de El Príncipe y el Maquiavelo de los Discursos generó siglos de debate. Una interpretación influyente, defendida entre otros por Jean-Jacques Rousseau, sostiene que El Príncipe no es en realidad un manual sincero para tiranos, sino una obra encubierta dirigida a los pueblos: un libro que, bajo la apariencia de consejos a un gobernante, en realidad expone con tanta claridad los mecanismos de la tiranía que termina funcionando como advertencia para que los ciudadanos aprendan a reconocerlos y a defenderse de ellos.

Otra interpretación, más simple, sostiene que Maquiavelo distinguía entre dos situaciones políticas distintas y aplicaba lógicas distintas a cada una. Fundar o rescatar un estado nuevo o corrupto, decía, requiere a veces la mano dura de un príncipe capaz de imponer orden por la fuerza. Sostener después una comunidad política sana y estable, en cambio, funciona mejor bajo instituciones republicanas compartidas. El Príncipe describiría el momento de emergencia; los Discursos describirían el ideal de largo plazo.

Los últimos años y una muerte irónica

Maquiavelo nunca consiguió lo que más deseaba: volver a ocupar un cargo público relevante. Pasó sus últimos años entre la escritura y encargos menores. Escribió una comedia teatral, La Mandrágora, que tuvo bastante éxito en su época y que muestra una faceta suya menos conocida: un sentido del humor mordaz sobre la hipocresía, el engaño y el deseo humano, aplicado esta vez no a la política sino a los enredos amorosos de la vida cotidiana florentina. También escribió una Historia de Florencia por encargo de la familia Médici, en un intento tardío de recuperar su favor.

Murió en 1527, pocos días después de que las tropas del Sacro Imperio Romano Germánico saquearan Roma de manera brutal, en uno de los episodios más traumáticos de la Italia renacentista. Poco antes de morir, Florencia había vuelto a expulsar a los Médici y restaurado brevemente la República. Maquiavelo, irónicamente, murió justo cuando el régimen que tanto había anhelado servir de nuevo acababa de regresar, sin darle tiempo a ocupar ningún puesto en él.

Ejemplos de virtù en acción

Para que la idea de virtù no quede solamente en abstracto, vale la pena ver cómo Maquiavelo la ilustra con casos concretos, además de César Borgia. Admira profundamente a Fernando el Católico, el rey de Aragón, por su capacidad de usar la religión y la guerra como herramientas políticas calculadas, manteniendo siempre ocupados a sus súbditos con empresas grandes que impedían que se organizaran en su contra. Admira también a los romanos antiguos, que supieron anexar territorios sin dejar nunca que un poder extranjero se consolidara cerca de sus fronteras, actuando con anticipación frente a peligros que todavía no eran evidentes para el resto.

En sentido opuesto, Maquiavelo critica con dureza a los gobernantes italianos de su propia época, que habían perdido sus estados por falta de previsión militar, por depender de mercenarios extranjeros en lugar de formar ejércitos propios leales, y por creer que la buena fortuna pasada bastaba para garantizar la seguridad futura. Esta crítica no era solo teórica para Maquiavelo. Había visto con sus propios ojos, como funcionario, cómo Italia entera quedaba a merced de ejércitos franceses, españoles y del Sacro Imperio, precisamente por esta debilidad estructural de sus príncipes.

La religión como herramienta política

Otra idea de Maquiavelo que escandalizó a sus contemporáneos, sobre todo por venir de un hombre que vivía en pleno corazón del catolicismo europeo, es su análisis de la religión como instrumento de cohesión política antes que como verdad revelada. En los Discursos, Maquiavelo elogia a Numa Pompilio, el segundo rey legendario de Roma, por haber usado la religión para infundir disciplina y obediencia en un pueblo todavía indómito y guerrero. Según Maquiavelo, ningún legislador logró jamás establecer leyes extraordinarias en un pueblo sin apelar a la divinidad, porque la gente obedece con más facilidad cuando cree que las normas vienen respaldadas por una autoridad sagrada además de humana.

Esto no significa que Maquiavelo negara la existencia de Dios de manera explícita, algo que hubiera sido extremadamente peligroso declarar abiertamente en su época. Significa que analizaba la función social de la religión con la misma frialdad clínica con la que analizaba cualquier otra institución política: qué efectos produce en el comportamiento colectivo, y si esos efectos favorecen o debilitan la estabilidad del estado. Esta mirada instrumental sobre la fe, más que cualquier consejo puntual sobre crueldad, fue una de las razones centrales por las que la Iglesia terminó prohibiendo la lectura de sus libros.

El nacimiento de un insulto

La palabra "maquiavélico" entró rápido en el vocabulario europeo como sinónimo de astucia sin escrúpulos, manipulación fría y traición calculada. La Iglesia Católica incluyó El Príncipe en el Índice de Libros Prohibidos pocas décadas después de su publicación póstuma en 1532. En el teatro isabelino inglés, el personaje del "maquiavélico" se volvió un arquetipo de villano manipulador, cruel y sin fe, que aparece de manera explícita en obras de Christopher Marlowe y de manera implícita en varios villanos de Shakespeare.

Esta reputación simplificó y en muchos sentidos distorsionó lo que Maquiavelo realmente escribió. Convirtió a un analista frío de la política práctica, interesado sobre todo en describir mecanismos de poder con precisión casi científica, en el símbolo popular de la maldad calculadora en sí misma. Esa distorsión sigue viva hoy: cualquier persona que actúa con astucia despiadada para conseguir sus objetivos es descrita coloquialmente como "maquiavélica", casi siempre sin que quien usa la expresión haya leído una sola línea del autor original.

Por qué sigue importando

La pregunta que da título a este episodio no tiene una respuesta cómoda, y probablemente esa incomodidad sea justamente lo que mantiene vigente a Maquiavelo. En el mundo contemporáneo, la tensión entre principios morales y resultados prácticos sigue apareciendo en ámbitos que van mucho más allá de la política de los principados renacentistas.

Aparece en discusiones sobre política exterior, cuando gobiernos democráticos deben decidir si negociar con regímenes que consideran ilegítimos porque la alternativa sería un conflicto con costos humanos mayores. Aparece en el mundo empresarial, cuando una organización debe elegir entre una decisión éticamente impecable pero que pone en riesgo la supervivencia de la empresa y los empleos de cientos de personas, o una decisión más pragmática pero moralmente más ambigua. Aparece incluso en decisiones cotidianas, cuando alguien debe elegir entre decir una verdad incómoda que puede hacer daño o una mentira piadosa que evita un conflicto inmediato.

> "Separar el análisis de cómo funciona el poder del juicio moral sobre cómo debería usarse produce una claridad que casi ningún otro autor político se atrevió a ofrecer con tanta crudeza."

Maquiavelo no resolvió esta tensión de manera definitiva, ni probablemente exista una solución definitiva posible. Lo que hizo fue negarse a esconder el problema detrás de discursos moralizantes que, en la práctica, casi nadie seguía de verdad cuando estaba en juego el poder o la supervivencia. Esa honestidad brutal sobre cómo funciona realmente el poder, incómoda entonces y todavía incómoda ahora, es la razón por la que seguimos leyendo, discutiendo y citando mal a un secretario florentino desempleado que escribió su libro más famoso esperando, sin éxito, recuperar su antiguo trabajo.

Quizás la lección más duradera de Maquiavelo no sea ninguno de sus consejos puntuales sobre crueldad, temor o astucia, sino algo más simple y más incómodo todavía: que separar completamente el análisis de cómo funciona el poder del juicio moral sobre cómo debería usarse produce una claridad que casi ningún otro autor político se atrevió a ofrecer con tanta crudeza. Se puede rechazar moralmente buena parte de sus recomendaciones y, al mismo tiempo, reconocer que describió con una precisión asombrosa mecanismos de poder que siguen operando, casi sin cambios, cada vez que alguien negocia, gobierna, compite o simplemente intenta sobrevivir en un entorno donde las reglas escritas no siempre coinciden con las reglas reales del juego.

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