
En 1975, Feyerabend publicó un libro que decía algo incómodo: el método científico no existe. Galileo no lo siguió. Newton tampoco. Y eso, lejos de ser un problema, era exactamente lo que hacía a la ciencia potente.

En 1975, Feyerabend publicó un libro que decía algo incómodo: el método científico no existe. Galileo no lo siguió. Newton tampoco. Y eso, lejos de ser un problema, era exactamente lo que hacía a la ciencia potente.

Locke escribió que la propiedad surge del trabajo y que los gobiernos solo son legítimos con el consentimiento de los gobernados. Dos ideas que todavía organizan el debate político moderno, para bien y para mal.

Nietzsche propuso algo escandaloso: que el bien y el mal no son verdades eternas sino invenciones históricas. Que la moral que creés tuya tiene una genealogía muy concreta. Y que entenderla cambia todo.

En 1980, Searle publicó un experimento mental que lleva cuarenta años incomodando a los ingenieros de inteligencia artificial: la habitación china. Manipular símbolos según reglas no es entender. ¿O sí?

En University College London hay un cadáver sentado en una vitrina desde hace casi dos siglos. Es Jeremy Bentham, y exponerse así fue idea suya. Quiso calcular la felicidad como una operación matemática. ¿Lo logró?

Spinoza fusionó dios y naturaleza en un sistema geométrico que incomoda: ¿elegimos o solo creemos elegir? Afectos, causas infinitas y una ética para aumentar el poder de actuar: dios-naturaleza y afectos en el centro del debate.

Cerrá los ojos y buscá tu yo. Ese centro permanente que sos vos. Buscalo bien. Un escocés simpático y gordito hizo ese mismo ejercicio hace casi trescientos años — y no lo encontró. Lo que encontró en su lugar fue una de las ideas más perturbadoras de ...

El hombre más poderoso del mundo escribía cada noche un diario que nunca pensó publicar: se retaba a sí mismo a no ser un imbécil, se recordaba que iba a morir, y se preparaba para los golpes antes de que llegaran. Dos mil años después, esas notas priv...

Un hombre al que su amo le rompió la pierna respondió sin gritar y sin perder la compostura. No porque fuera insensible, sino porque había encontrado algo que ningún amo puede arrebatarle a nadie: el control sobre la propia respuesta interior. Epicteto...