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Jeremy Bentham: por qué la felicidad nunca alcanza
Episodio 27

Jeremy Bentham: por qué la felicidad nunca alcanza

Andres AguilarAndres Aguilar

En University College London hay un cadáver sentado en una vitrina desde hace casi dos siglos. Es Jeremy Bentham, y exponerse así fue idea suya. Quiso calcular la felicidad como una operación matemática. ¿Lo logró?

Si hoy entrás a la University College London y caminás por uno de sus pasillos principales, te vas a encontrar con algo bastante incómodo. En una vitrina de vidrio, sentado en una silla, vestido con un traje del siglo diecinueve, hay un cadáver. Más precisamente, un cuerpo embalsamado con la cabeza original reemplazada por una de cera, porque la cabeza original se descompuso un poco con los años y queda mejor así. Ese cuerpo lleva más de ciento noventa años exhibido. Y es el cuerpo de uno de los filósofos más influyentes de la modernidad. Se llama Jeremy Bentham, y la idea de exhibir su cuerpo después de muerto fue suya. La dejó por escrito, detallada hasta el último botón. Tenía sentido del humor. Tenía sentido del marketing. Y, sobre todo, tenía una filosofía muy radical sobre lo que importa en la vida.

Bentham es el padre del utilitarismo. Una doctrina que cambió la forma en que pensamos sobre la moral, la política, las leyes y, sobre todo, la felicidad. Y aunque el utilitarismo a primera vista parece la cosa más sensata del mundo, cuando se aplica con consecuencia tiene problemas que nos persiguen hasta hoy. Aquí recorremos Bentham, de su intento de transformar la moral en cálculo, y de por qué esa promesa de felicidad medible terminó produciendo, paradójicamente, una sociedad donde la felicidad parece nunca alcanzar.

El niño que leía a los tres años

Jeremy Bentham nació en Londres en 1748, en una familia acomodada de abogados. Era un nene bastante asombroso. Empezó a leer a los tres años, estudiaba latín a los cinco, entró a la Universidad de Oxford a los doce. Trece años después era ya abogado calificado. La carrera estaba servida en bandeja: clientes, prestigio, plata. Pero a Bentham la abogacía inglesa le pareció un desastre. Las leyes eran un caos heredado de siglos, había contradicciones en todos lados, los jueces decidían según humor o tradición más que según principios claros. Bentham se enojó tanto con eso que decidió no ejercer. Se dedicó a otra cosa: a refundar el sistema legal y moral desde cero.

Era un personaje muy raro. Vivía obsesivamente en su escritorio. Se levantaba al alba, escribía cientos de páginas por semana, comía siempre lo mismo, no se casó nunca, casi no salía. Tenía amigos a los que rara vez visitaba, pero a los que escribía cartas larguísimas. Tenía una rutina rígida que él mismo había diseñado para optimizar su producción intelectual. Su única concesión al placer mundano era pasear por su jardín con un bastón al que le había puesto el nombre "Dapple" y al que le hablaba como si fuera una mascota.

A pesar de esa vida tan particular, o quizás por eso, Bentham se convirtió en una de las mentes más influyentes de su época. Sus ideas dieron vuelta el derecho inglés, inspiraron reformas penales, transformaron la forma en que se pensaban las cárceles, las escuelas, los manicomios. Y, sobre todo, sentaron las bases de una filosofía que sigue dominando, aunque no siempre con su nombre, gran parte del pensamiento contemporáneo: el utilitarismo.

La idea peligrosamente simple

El utilitarismo de Bentham se puede resumir en una frase, y él lo hizo: la mayor felicidad para el mayor número. Esa es la regla. Lo que sea que produzca más felicidad para más gente está bien. Lo que produzca más sufrimiento para más gente está mal. Punto. Toda la moral, toda la política, todas las leyes, deberían diseñarse según ese principio.

A primera vista esto parece sentido común. ¿Quién va a estar en contra de la felicidad? ¿Quién va a defender el sufrimiento? Pero cuando uno empieza a aplicarlo, las cosas se ponen interesantes.

Bentham sostiene que solo hay dos cosas que importan: el placer y el dolor. Y dice algo muy fuerte: somos esclavos de esos dos amos. La naturaleza nos hizo así, y no hay manera de escaparle. Todo lo que hacemos, en el fondo, es buscar placer y evitar dolor. La moral tradicional, con sus mandamientos divinos, sus virtudes abstractas, sus deberes incomprensibles, le parece una pérdida de tiempo. Lo único concreto, lo único medible, son las experiencias placenteras y dolorosas que sentimos.

Y entonces propone algo verdaderamente revolucionario: el cálculo felicífico. Bentham creía que la felicidad podía calcularse. Que se podía sumar y restar como si fueran números. Para esto desarrolló una serie de criterios para medir el placer y el dolor: la intensidad, la duración, la certeza, la cercanía en el tiempo, la fecundidad (es decir, si produce más placer después), la pureza (si no viene mezclado con dolor), y la extensión (a cuánta gente alcanza). Con esos siete criterios, en teoría, vos podrías evaluar cualquier acción y determinar si es buena o mala según un balance de placer y dolor.

El placer y el dolor gobiernan al hombre en todo lo que hace, en todo lo que dice y en todo lo que piensa. Cada esfuerzo por sacudirnos esta sujeción solo sirve para confirmarla.

La idea es deslumbrante en su simplicidad. Pensá en cualquier debate moral. ¿Está bien una acción? Calculá los placeres y los dolores que produce. ¿La suma da positiva? Está bien. ¿La suma da negativa? Está mal. Adiós a las disquisiciones teológicas, adiós a los principios abstractos, adiós a las tradiciones incuestionables. Todo se reduce a aritmética del bienestar.

Para muchos contemporáneos de Bentham, esto fue una revolución liberadora. De repente había una forma de criticar leyes, instituciones y costumbres que hasta ese momento parecían intocables. Si una ley producía más sufrimiento que felicidad, era una mala ley, sin importar cuántos siglos tuviera. Si una práctica era cruel, había que cambiarla. Si una institución no servía al bienestar general, había que reformarla. Bentham propuso reformas penales (estaba en contra de los castigos crueles), reformas penitenciarias (diseñó él mismo un modelo de cárcel llamado panóptico), reformas educativas, reformas electorales (era partidario del sufragio universal mucho antes de que se aceptara). Era un progresista radical en una sociedad donde la mayoría era ultraconservadora.

El panóptico: una idea que dio mucho que hablar

Antes de seguir con los problemas del utilitarismo, vale la pena detenerse en una invención de Bentham que tuvo una vida sorprendentemente larga. Bentham diseñó una arquitectura de cárcel que llamó panóptico. La idea era simple y un poco escalofriante: un edificio circular con una torre de vigilancia en el centro, desde la cual un solo guardia podía ver, en teoría, todas las celdas, mientras los presos no podían ver al guardia. Como los presos nunca sabían si estaban siendo observados o no, tenían que comportarse como si lo estuvieran todo el tiempo. La vigilancia se interiorizaba. Bentham pensaba que esto era una forma humana y eficiente de manejar a los prisioneros, mucho mejor que los castigos físicos.

El panóptico nunca se construyó tal como Bentham lo soñaba. Pero la idea sobrevivió. Y dos siglos después, Michel Foucault, un filósofo francés, escribió un libro entero llamado Vigilar y castigar donde retomaba el panóptico como metáfora de toda la sociedad moderna. Para Foucault, las sociedades modernas funcionan como un panóptico gigante: nos vigilan tanto, y la posibilidad de ser vigilados es tan constante, que terminamos vigilándonos a nosotros mismos. Lo que Bentham pensó como una solución a un problema carcelario terminó siendo una de las metáforas más usadas para entender el control social en la era de las cámaras, las redes sociales y los datos.

Los problemas del cálculo

Volvamos al utilitarismo. La idea de calcular la felicidad y guiarse por ella suena muy bien hasta que se la examina de cerca. Y ahí aparecen problemas que ni Bentham ni sus discípulos pudieron resolver del todo.

El primer problema es práctico: ¿cómo se calcula realmente la felicidad? Bentham proponía siete criterios, pero cuando intentás aplicarlos a una decisión real, las cosas se complican muy rápido. ¿Cuánta intensidad tiene el placer de comer un buen plato? ¿Cómo se compara con la satisfacción de leer un libro? ¿Cómo medís la duración de una emoción? Estos son fenómenos subjetivos que no se prestan a medición numérica, y todos los intentos posteriores de cuantificar el bienestar (índices de felicidad, encuestas de bienestar, indicadores de calidad de vida) chocan con esa dificultad básica.

El segundo problema es más profundo: el utilitarismo puro puede justificar cosas terribles si los números cierran. Imaginate este caso clásico: un médico tiene cinco pacientes con órganos fallados. Necesitan trasplantes urgentes o se mueren. Llega un sexto paciente sano para un chequeo de rutina. Si el médico mata a este paciente y reparte sus órganos, salva cinco vidas. La suma utilitarista parece dar positiva: cinco felicidades a cambio de un sufrimiento. Sin embargo, casi cualquier persona piensa que matar al paciente sano sería un crimen. Hay algo en nuestra moral que dice que las personas no son sumandos en una ecuación, que la dignidad individual no se intercambia. Bentham respondería que es un caso mal calculado, porque destruir esa norma generaría miedo y desconfianza social, lo que disminuiría la felicidad general. Es una respuesta razonable, pero deja la sensación de que el utilitarismo está corrigiendo a las patadas un problema que nace de su propia lógica.

El tercer problema es lo que algunos llaman "la tiranía de la mayoría". Si lo que vale es la mayor felicidad para el mayor número, ¿qué pasa con las minorías? Si torturar a una persona produce un placer enorme en mil personas, ¿está justificado? Bentham diría que no, porque la felicidad de los torturadores no es genuina y porque admitir tal cosa destruiría la confianza social. Pero el problema persiste como sombra del sistema: una doctrina basada en sumas y restas siempre corre el riesgo de aplastar al individuo en nombre del colectivo.

Animales, mujeres y otras minorías que Bentham defendió

Una de las cosas más sorprendentes de Bentham es que aplicó su principio utilitario a temas que en su época eran absolutamente impensables. Mientras la mayor parte de la sociedad inglesa del siglo dieciocho creía que las mujeres no debían votar, que los homosexuales debían ser perseguidos y que los animales eran simples cosas, Bentham, sentado en su escritorio, sacó conclusiones radicales.

Sobre las mujeres, dijo que no había ninguna razón racional para excluirlas del derecho al voto. Si la felicidad de las mujeres pesaba lo mismo que la de los hombres en el cálculo utilitario, entonces tenían que tener las mismas oportunidades de influir en las decisiones que afectaban su bienestar. Era una posición casi marciana en su época, pero para Bentham era pura aritmética moral.

Sobre la homosexualidad, escribió un ensayo (que no se atrevió a publicar en vida) defendiendo su descriminalización. Su argumento era simple: ¿a quién le hace daño? Si dos adultos consienten una práctica privada que les produce placer y no daña a terceros, condenarla penalmente es producir sufrimiento sin ninguna utilidad social. Era una conclusión coherente con sus principios, pero adelantada en más de un siglo a la realidad legal de su país, que recién despenalizó la homosexualidad en 1967.

Y sobre los animales, dijo algo que hoy es cita obligada en cualquier discusión sobre derechos animales. Escribió: "La pregunta no es si pueden razonar, ni si pueden hablar, sino si pueden sufrir". Si un animal puede sufrir, entonces su dolor cuenta moralmente, y nuestras acciones hacia él tienen consecuencias morales. Esa frase fundamentó toda la filosofía contemporánea sobre derechos de los animales, particularmente la obra de Peter Singer en el siglo veinte. Cuando hoy alguien argumenta a favor del bienestar animal, está, casi siempre sin saberlo, apoyándose en una idea de Bentham.

El discípulo que reformó la idea

Bentham tuvo un discípulo brillante que se llamaba John Stuart Mill. Mill era hijo de James Mill, otro utilitarista, y desde chiquito fue educado por su padre y por Bentham para ser una máquina de pensamiento utilitarista. Aprendió griego a los tres años, latín a los ocho, y a los veintipico tuvo un colapso nervioso porque se dio cuenta de que su vida era pura razón sin emoción, una existencia diseñada en laboratorio.

Después de ese colapso, Mill repensó el utilitarismo de su maestro. Y le hizo una corrección importante: dijo que no todos los placeres son iguales. Para Bentham, el placer de leer poesía y el placer de jugar a los dardos eran intercambiables si producían la misma cantidad de satisfacción. Mill no estaba de acuerdo. Decía que hay placeres "altos" y placeres "bajos", y que los altos, los que involucran las facultades intelectuales y morales, son cualitativamente superiores. La famosa frase de Mill: "es mejor ser un Sócrates insatisfecho que un cerdo satisfecho". Esa distinción introdujo una grieta en el utilitarismo puro: si los placeres no se pueden comparar fácilmente entre sí, entonces el cálculo de Bentham se vuelve mucho más difícil de aplicar.

Por qué la felicidad nunca alcanza

Y ahora viene la parte más interesante para nosotros, hoy. El utilitarismo, aunque casi nadie lo nombra, es la filosofía dominante de buena parte de las sociedades modernas. Pensá en cómo medimos el éxito de un país: PIB, índice de desarrollo humano, expectativa de vida, encuestas de bienestar. Pensá en cómo se diseñan las políticas públicas: análisis costo-beneficio, evaluación de impacto, estudios de utilidad. Pensá en cómo funciona buena parte de la psicología popular: maximizar el placer, minimizar el dolor, optimizar la experiencia. Toda la lógica de la productividad, del crecimiento económico, de la maximización del bienestar, es benthamiana, aunque Bentham nunca aparezca en los manuales de marketing.

Pero hay un problema profundo. La promesa utilitarista era que si maximizábamos el placer y minimizábamos el dolor, íbamos a ser más felices. La realidad de las sociedades más prósperas de la historia es otra: tenemos más comodidad que nunca, más acceso al placer que nunca, más herramientas para evitar el dolor que nunca, y al mismo tiempo niveles altísimos de ansiedad, depresión y sensación de vacío. La felicidad, medida en términos de satisfacción real, no parece subir al mismo ritmo que sube la oferta de placer.

¿Por qué pasa esto? Hay varias hipótesis, pero una muy poderosa la dieron los críticos del utilitarismo desde temprano. Si la felicidad se busca como un objetivo directo, se escapa. La gente que es genuinamente feliz no piensa todo el tiempo en cómo maximizar su felicidad. Está absorta en algo: en una tarea, en una relación, en un proyecto, en una causa. La felicidad es un subproducto, no una meta. Cuando la convertís en una meta, en algo que hay que medir y optimizar, se transforma en una hidra: cada placer satisfecho genera la búsqueda del próximo, y cada cumbre alcanzada se vuelve la base de la siguiente expectativa. El nombre técnico de esto es "rueda hedónica": un mecanismo psicológico por el cual nos adaptamos rápidamente a las nuevas comodidades y necesitamos cada vez más para sentir lo mismo.

Bentham no podía prever esto. Vivió en una época donde el sufrimiento básico era muy real: hambre, enfermedad, injusticia legal, guerras. En ese contexto, su filosofía era una herramienta para reducir un montón de dolor evitable. Y eso fue su gran logro: las reformas que inspiró (cárceles más humanas, abolición de la esclavitud, sufragio más amplio, derechos para las mujeres) salvaron millones de vidas y aliviaron sufrimientos enormes. Pero cuando el utilitarismo se aplica a sociedades donde el sufrimiento básico ya está resuelto y se convierte en una doctrina de optimización del placer, empieza a producir el problema opuesto: una insatisfacción crónica.

La paradoja de la optimización

Hay una observación que vale la pena profundizar. La psicología contemporánea, desde gente como Mihaly Csikszentmihalyi hasta investigadores actuales del bienestar, llegó a una conclusión incómoda para los herederos de Bentham. Si le pedís a alguien que evalúe constantemente cuán feliz está, esa evaluación misma reduce su felicidad. La gente que se monitorea todo el tiempo, que se pregunta si está disfrutando lo suficiente, si esta experiencia es óptima, si podría estar haciendo algo mejor, tiende a ser más infeliz que la gente que se entrega a lo que está haciendo sin medirlo.

Esto produce una paradoja muy típica de nuestros tiempos. Cuanto más herramientas tenemos para optimizar nuestra vida (apps de hábitos, rastreadores de sueño, métricas de productividad, evaluaciones de relaciones), más nos alejamos de la experiencia directa que esas herramientas pretendían mejorar. La optimización exige medir, medir exige distancia, y la distancia es exactamente lo que arruina la inmersión en lo que estamos viviendo. El utilitarismo aplicado al detalle más mínimo de la existencia termina convirtiéndonos en contadores ansiosos de nuestras propias vidas.

Bentham, que vivía midiéndolo todo, parece haber sido un precursor involuntario de esa cultura. La diferencia es que él pensaba que la medición era una herramienta para la sociedad, para diseñar mejores leyes y mejores instituciones. Lo que vino después fue distinto: la medición convertida en una técnica individual, aplicada por cada persona a sí misma, todo el día, todos los días. Eso es algo que Bentham no quiso, pero su filosofía lo hizo posible.

El cuerpo en la vitrina

Bentham murió en 1832, a los ochenta y cuatro años. Y aquí volvemos al principio. Dejó instrucciones precisas en su testamento. Quería que su cuerpo fuera diseccionado para uso académico (algo poco común y polémico en la época) y que después se conservara como lo que él llamó un auto-icono: una imagen de sí mismo, hecha de su propio cuerpo. Su cuerpo, después de la disección, fue embalsamado, vestido con su ropa, sentado en una silla con su bastón y exhibido en una caja de vidrio.

Hay algo profundamente coherente en ese gesto. Bentham vivió su vida creyendo que la utilidad lo era todo. Que las cosas valen por lo que sirven. Su propio cadáver, pensaba, podía servir para algo: para que la gente pudiera verlo, para combatir la superstición sobre los cuerpos muertos, para servir de ejemplo. No quería que su cuerpo fuera enterrado y olvidado. Quería que siguiera siendo útil. Y, en cierto sentido, lo logró: el cuerpo de Bentham es uno de los objetos más fotografiados de Londres y un símbolo eterno de su propia filosofía.

Pero también hay algo cómicamente revelador en el gesto. Un filósofo que dedicó su vida a calcular la felicidad termina convertido en un maniquí inerte, observado por turistas que sacan fotos. La utilidad, llevada hasta el extremo, produce algo casi absurdo. Y esa misma sensación, el zumbido de que algo no termina de cerrar, es la que produce el utilitarismo cuando se aplica a la vida cotidiana. Tenemos todas las cosas, todas las herramientas, todas las experiencias optimizadas. Y sin embargo, sentimos que algo falta. Que la felicidad, eso por lo que tanto trabajamos, sigue estando un paso más allá. Bentham nos dejó un sistema poderoso para reducir el dolor, pero no nos dejó una respuesta sobre cómo encontrar el sentido. Y tal vez ese era el problema desde el principio: tratar la felicidad como un cálculo terminó haciendo que la felicidad sea, justamente, lo que nunca alcanza.

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