En 20 Minutos
John Locke: la idea que dio origen a la propiedad privada
Episodio 30

John Locke: la idea que dio origen a la propiedad privada

Andres AguilarAndres Aguilar

Locke escribió que la propiedad surge del trabajo y que los gobiernos solo son legítimos con el consentimiento de los gobernados. Dos ideas que todavía organizan el debate político moderno, para bien y para mal.

Imaginá que llegás a una isla desierta. No hay nadie. Solo árboles, ríos, frutas, tierra fértil. Si agarrás una manzana del piso y la comés, ¿es tuya? Si plantás un terreno y cosechás verduras, ¿el terreno y la cosecha son tuyos? Si construís una choza, ¿la choza es tuya? Estas preguntas suenan ridículas porque la respuesta nos parece obvia: claro que sí. Pero pará un segundo y pensalo mejor. ¿Por qué exactamente algo es tuyo? ¿Qué hace que un objeto deje de pertenecer al mundo en general y pase a ser tu posesión? La respuesta no es tan simple como parece. Y todo el armado del mundo en el que vivimos hoy depende de cómo se conteste.

Hace casi tres siglos y medio, un médico y filósofo inglés se sentó a contestar esa pregunta con una seriedad que hasta entonces nadie le había dedicado. Se llamaba John Locke. Y la respuesta que dio fue tan poderosa, tan influyente, que terminó siendo la base sobre la que se construyó casi toda la teoría política y económica de las democracias occidentales. La idea de que vos sos dueño de las cosas porque les pusiste tu trabajo, de que los gobiernos existen para proteger esa propiedad, de que el Estado debe respetar tus derechos individuales por encima de todo: todo eso, y mucho más, sale de Locke.

Aquí recorremos él. Del médico que terminó siendo filósofo. Del exiliado que escribió de noche a la luz de las velas. Del hombre que dio una respuesta tan sólida que tres siglos después seguimos discutiéndola, defendiéndola y atacándola con la misma intensidad.

El médico que se metió en política

John Locke nació en 1632, en un pueblito del suroeste de Inglaterra llamado Wrington. Su padre era abogado, pero también capitán en el ejército parlamentario durante la Guerra Civil Inglesa, ese conflicto sangriento que enfrentó al rey Carlos Primero contra el Parlamento y que terminó con la cabeza del rey rodando, literalmente, en una plaza pública de Londres en 1649. Locke creció en ese ambiente turbulento, donde las preguntas sobre el poder, la legitimidad y los derechos no eran abstractas. Eran preguntas por las que la gente moría todos los días.

Estudió en la prestigiosa Westminster School y después en Oxford, donde le enseñaron filosofía escolástica, esa filosofía aristotélica medieval que dominaba las universidades europeas. A Locke no le gustó. Le pareció abstracta, repetitiva, alejada de los problemas reales del mundo. Lo que sí le interesaba era la nueva ciencia. Conoció a Robert Boyle, uno de los padres de la química moderna, y se hizo amigo. Asistió a las primeras reuniones de lo que después sería la Royal Society. Estudió medicina con seriedad, aunque nunca se recibió formalmente como médico.

Su vida cambió por una mezcla rara de medicina y política. Locke conoció a Anthony Ashley Cooper, un noble inglés influyente, y le salvó la vida con una operación quirúrgica audaz para drenarle un absceso de hígado que probablemente lo iba a matar. Cooper, agradecido, lo tomó bajo su ala. Y como Cooper era una figura central de la política inglesa de la época, Locke pasó a estar metido en los asuntos más explosivos del país: las luchas entre el rey y el Parlamento, la cuestión de la sucesión al trono, los conflictos religiosos. Era el secretario, asesor y amigo personal de uno de los hombres más importantes del reino. Por dentro, mientras tanto, escribía.

Cuando los planes de Cooper fracasaron y este tuvo que huir a Holanda, Locke se fue con él. Pasó casi seis años en el exilio holandés, escribiendo bajo seudónimos, esquivando agentes ingleses que querían arrestarlo, viviendo con la incertidumbre de no saber si iba a volver a ver su país. Ahí, en pensiones de Amsterdam y Rotterdam, terminó de escribir la mayoría de las obras que lo harían famoso. Cuando en 1688 estalló la Revolución Gloriosa en Inglaterra y el rey católico Jacobo Segundo fue derrocado por Guillermo de Orange, Locke pudo finalmente volver a casa. Tenía cincuenta y seis años. Y ahí empezó a publicar todo lo que había estado escribiendo en silencio.

La gran pregunta política

En 1689, Locke publica los Dos Tratados sobre el Gobierno Civil. Es uno de los libros políticos más importantes jamás escritos, aunque al principio Locke lo publicó anónimamente porque sabía que la cosa era explosiva. El primer tratado es una refutación detallada de un autor llamado Robert Filmer, que había defendido el "derecho divino de los reyes", la idea de que los monarcas gobernaban por designio directo de Dios. El primer tratado, hoy, es más curiosidad histórica que otra cosa. El segundo tratado, en cambio, sigue vivo después de tres siglos.

El segundo tratado plantea la pregunta más básica de la política: ¿de dónde sale la autoridad de los gobiernos? ¿Por qué un grupo de personas tiene el derecho de mandar sobre otros? ¿Qué hace que un gobierno sea legítimo y otro no?

Locke arranca con un experimento mental muy conocido en su época. Imaginate, dice, cómo era la vida de los seres humanos antes de que existieran los gobiernos. En lo que él llama "el estado de naturaleza". Otros filósofos antes que él habían imaginado ese estado de manera muy distinta. Thomas Hobbes, unos años antes, había dicho que el estado de naturaleza era un infierno: una guerra de todos contra todos, donde la vida era "solitaria, pobre, sucia, brutal y corta". Para Hobbes, los humanos necesitábamos un Estado fuerte, un Leviatán, que nos protegiera de nosotros mismos.

Locke no estaba de acuerdo con esa imagen pesimista. Para él, el estado de naturaleza no era una guerra. Era un estado de libertad e igualdad, donde cada uno tenía derechos naturales: derecho a la vida, a la libertad, a la propiedad. Esos derechos no se los daba ningún gobierno. Los tenían los seres humanos por el solo hecho de ser humanos. La razón los descubría. Dios los había puesto ahí. Y nadie podía quitárselos legítimamente.

Pero entonces, si en el estado de naturaleza ya teníamos derechos, ¿para qué necesitamos un gobierno? La respuesta de Locke es interesante: porque en ese estado, sin un árbitro neutral, los conflictos se resolvían a las trompadas. Si alguien te robaba algo, vos tenías derecho a recuperarlo, pero también derecho a equivocarte sobre quién te lo robó. Y la otra parte podía pensar que estaba siendo injustamente atacada. Y así sucesivamente. El gobierno, según Locke, nace de un contrato entre individuos que ya tienen derechos: deciden delegar la aplicación de esos derechos en una autoridad neutral, a cambio de protección.

Esto es radical por una razón. Si el gobierno nace de un contrato para proteger derechos preexistentes, entonces ese gobierno es legítimo solo mientras cumpla esa función. Si un gobierno empieza a violar los derechos que se suponía debía proteger, pierde su legitimidad. Y los ciudadanos tienen, según Locke, el derecho a resistir. A rebelarse. A cambiar a sus gobernantes.

Esta idea, escrita en 1689 en Inglaterra, iba a ser tomada literalmente casi un siglo después por un grupo de colonos al otro lado del Atlántico. Cuando Thomas Jefferson redactó la Declaración de Independencia de los Estados Unidos en 1776, las frases que usó eran prácticamente paráfrasis de Locke: "vida, libertad y búsqueda de la felicidad", "derechos inalienables", "gobiernos derivan sus poderes del consentimiento de los gobernados", "cuando un gobierno se vuelve destructivo de estos fines, es derecho del pueblo cambiarlo". Locke estaba hablando desde la tumba.

La pregunta que va al hueso

Pero hay una idea de Locke que es todavía más original y todavía más controvertida que su teoría del gobierno. Es su teoría de la propiedad privada. ¿Por qué algo es tuyo? La respuesta de Locke es elegantemente simple, y al mismo tiempo, escandalosamente influyente.

Locke arranca con dos premisas. Primero, que Dios le dio el mundo a la humanidad en común. O sea, originalmente, todo era de todos. Segundo, que cada persona es dueña de su propio cuerpo. Eso, dice Locke, es un derecho natural innegable. Mi cuerpo es mío. Si mi cuerpo es mío, entonces el trabajo que produce mi cuerpo también es mío.

Y ahora viene el salto que todo cambió. Si yo tomo algo que está en común, algo de la naturaleza, y le agrego mi trabajo, le mezclo mi esfuerzo, le pongo mis manos, entonces eso pasa a ser mío. Porque al mezclar mi trabajo con la cosa, le incorporo algo que es indiscutiblemente mío, y eso transforma la propiedad común en propiedad privada.

Imaginate un manzano silvestre. La manzana, mientras está en el árbol, es de todos y de nadie. Pero si yo me acerco, estiro la mano, la arranco y la pongo en mi cesta, esa manzana ya tiene algo mío. Le incorporé el trabajo de arrancarla. Ahora es mía. Si alguien quisiera comerse mi manzana, estaría comiéndose, en parte, mi trabajo, mi esfuerzo. Y eso, según Locke, sería injusto.

Cada hombre es propietario de su persona. Sobre esto nadie tiene derecho alguno excepto él mismo. El trabajo de su cuerpo y la obra de sus manos son propiamente suyos.

Lo mismo aplica a la tierra. Si yo encuentro un campo sin dueño y lo cultivo, lo aro, planto, riego, cosecho, ese campo se hace mío. No porque diga "mío", sino porque le agregué trabajo. Lo que era de la naturaleza pasa a ser parte de mi esfuerzo materializado.

Esta teoría tiene implicaciones enormes. Justifica la propiedad privada como algo natural, no como una invención arbitraria del Estado. Vos no sos dueño de tu casa porque el gobierno te haya dado un título. Sos dueño porque pusiste tu trabajo en construirla, o porque pagaste con plata que viene de tu trabajo. La propiedad es un derecho natural, anterior al gobierno, y el gobierno solo lo reconoce y lo protege.

Los límites que muchos olvidan

Hay un detalle muy importante en la teoría de Locke que la mayoría de la gente que lo cita olvida. Locke pone tres condiciones a la apropiación legítima. La primera es lo que llama la cláusula de no-desperdicio: vos podés apropiarte solo de lo que podés usar antes de que se eche a perder. Si juntás cien manzanas y noventa se pudren antes de que las comas, no tenías derecho a apropiártelas. Estabas malgastando lo que podía haber alimentado a otros.

La segunda condición es la cláusula del "suficiente y de igual calidad para los demás". Vos podés apropiarte de algo siempre que quede suficiente y de la misma calidad para que otros también puedan apropiarse. Si yo me adueño del único río de un pueblo, dejando a todos los demás sin agua, mi apropiación es injusta. La tierra es de todos, originalmente, y la apropiación individual solo es legítima cuando no perjudica a los demás.

La tercera condición es que la apropiación debe responder a las necesidades reales de la persona, no al simple deseo de acumular. Locke escribió esto antes de que existiera la economía monetaria moderna, y para él era obvio que la propiedad servía para vivir, no para amontonar.

Estas tres condiciones, juntas, ponen un freno enorme a la propiedad privada. Si las tomás en serio, la teoría de Locke no es una justificación liberal del capitalismo desenfrenado. Es una teoría que limita la apropiación según necesidades reales y según el bienestar de los demás. Pero después llegó algo que cambió todo.

El dinero: el truco que destrabó la acumulación

Locke se da cuenta de que el dinero, ese pequeño invento humano, cambia las reglas del juego de una manera fundamental. Antes de que existiera el dinero, las cosas se podían acumular solo hasta cierto punto. Si tenías cien manzanas y no las podías comer, se pudrían. Si tenías más tierra de la que podías cultivar, parte se desperdiciaba. La cláusula de no-desperdicio funcionaba como un freno natural a la acumulación.

Pero el dinero no se pudre. El oro y la plata duran para siempre. Y entonces, según Locke, los humanos hicieron un acuerdo tácito: aceptamos el valor del dinero como medio de intercambio. Eso significa que ahora podés convertir tus manzanas excedentes en oro, guardar ese oro indefinidamente, y acumular riqueza sin que nada se desperdicie. La cláusula de no-desperdicio queda neutralizada.

El dinero, dice Locke, abre la puerta a una acumulación legítima de riqueza desigual. Y, aunque no lo dice abiertamente con esos términos, esa idea funcionó después como justificación filosófica de las grandes desigualdades del capitalismo moderno. Hay quienes dicen que ese paso de Locke fue el inicio teórico del capitalismo. Y hay críticos, sobre todo desde la izquierda, que ven ahí un truco intelectual: introducir el dinero para liberar a la propiedad de sus límites originales.

La mente como tabula rasa

Hay otra parte del pensamiento de Locke que conviene mencionar, porque está atada a su política y porque tuvo casi tanta influencia como su teoría de la propiedad. Locke no era solo filósofo político. Era también filósofo de la mente. Su obra Ensayo sobre el entendimiento humano, también publicada en 1689, es uno de los textos fundacionales del empirismo moderno.

La idea central de ese libro es famosa: la mente humana, al nacer, es una tabula rasa, una pizarra en blanco. No hay ideas innatas. No venimos con conocimientos prefabricados ni con valores morales inscriptos en el alma. Todo lo que sabemos viene de la experiencia. Vemos cosas, las recordamos, las combinamos, las ordenamos, y así construimos el conocimiento. Sin experiencia no hay nada.

Esta idea, hoy, parece de sentido común. En su época era revolucionaria. Iba en contra de Descartes, que sostenía que ciertos principios eran innatos, presentes en la mente desde antes de la experiencia. Iba en contra de la teología que afirmaba que ciertas verdades morales y religiosas estaban inscriptas en el alma desde el nacimiento. Y, sobre todo, tenía consecuencias políticas profundas. Si la mente es una pizarra en blanco, entonces todos los seres humanos nacen iguales en términos cognitivos. Las diferencias entre la gente vienen de la experiencia, de la educación, del contexto. No vienen de una jerarquía natural establecida desde el principio.

Esto, en una época donde se creía que los nobles nacían superiores a los plebeyos y que algunos pueblos eran naturalmente inferiores a otros, era una idea políticamente explosiva. La igualdad cognitiva al nacer fundamentaba la igualdad política, la importancia de la educación, la posibilidad de mejorar la sociedad cambiando las condiciones en las que las personas se desarrollan. Locke no era un revolucionario en el sentido moderno, pero su empirismo le dio armas a quienes vendrían después y querrían cambiar las cosas.

Las contradicciones de un hombre complicado

Locke no era un santo, y conviene saberlo. Mientras escribía sobre la libertad natural y los derechos universales del ser humano, era inversor en la Royal African Company, una empresa que se dedicaba al comercio de esclavos africanos. Trabajó como secretario para los señores propietarios de la colonia de Carolina y ayudó a redactar las Constituciones Fundamentales de Carolina, que incluían disposiciones explícitas que avalaban la esclavitud.

¿Cómo se reconcilia eso con su filosofía de la libertad? Es una pregunta que los biógrafos de Locke se hacen desde hace siglos y para la que no hay una respuesta cómoda. Locke tenía argumentos elaborados sobre por qué la esclavitud podía ser justa en ciertas condiciones (cuando un prisionero de guerra justa renunciaba a su vida a cambio de ser conservado como esclavo), pero esos argumentos no aplicaban realmente a los esclavos africanos del comercio transatlántico, que no eran prisioneros de ninguna guerra justa. La incoherencia es flagrante. Locke vio el horror del comercio de esclavos y, sin embargo, invirtió en él. Defendió la libertad universal y, a la vez, justificó instituciones que la negaban.

Esta contradicción no anula su filosofía, pero sí pone en perspectiva cómo a veces los grandes pensadores son grandes en lo abstracto y pequeños en lo concreto. Y cómo las ideas de libertad e igualdad, una vez puestas en el mundo, terminan siendo usadas, con razón, contra sus propios creadores.

La tolerancia religiosa: otra herencia importante

Locke también escribió sobre la tolerancia, en una Carta sobre la tolerancia publicada el mismo año que el resto de sus obras grandes. Su argumento era doblemente revolucionario para la época. Primero, decía que la fe verdadera no se puede imponer por la fuerza: una creencia obligada no es una creencia, es solo una conducta exterior. Por lo tanto, perseguir religiosamente a los disidentes no produce más fieles, produce más hipócritas. Segundo, decía que la jurisdicción del Estado y la de la religión son distintas. El Estado se ocupa de los bienes civiles (vida, libertad, propiedad), la Iglesia se ocupa de las almas. Cada uno en su esfera, sin invadir la del otro.

Esta idea de la separación entre Estado e Iglesia, que hoy nos parece evidente en las democracias modernas, era casi impensable en una época donde los reyes se consideraban defensores de la verdadera fe y las disidencias religiosas se castigaban con la cárcel o la muerte. Locke, eso sí, no era completamente coherente: excluyó a los ateos de la tolerancia, porque pensaba que sin creencia en Dios no había base para los juramentos ni la confianza pública, y excluyó también a los católicos romanos, porque consideraba que su lealtad final era al Papa, una autoridad extranjera. Pero el principio general, una vez planteado, fue tomado por otros y llevado más lejos. La tolerancia universal, la libertad de conciencia, la separación entre fe y poder, son ideas que vienen, en gran parte, de Locke.

El legado: el mundo construido sobre Locke

Hoy, cuando hablás de derechos humanos, estás hablando lockeanamente. Cuando defendés la propiedad privada, estás repitiendo argumentos de Locke. Cuando justificás la democracia liberal, estás caminando por senderos que él trazó. Cuando hablás del derecho a resistir contra un gobierno tiránico, estás citando a Locke aunque no lo sepas.

Pero también, cuando algunos críticos del capitalismo señalan que la propiedad privada se justifica solo si todos tienen acceso a recursos suficientes y de igual calidad, también están usando a Locke. La cláusula del "suficiente y de igual calidad" es la base filosófica de muchas críticas al sistema económico actual. Si Locke decía que la apropiación es legítima solo cuando no perjudica a los demás, ¿qué pasa cuando una pequeña fracción de la humanidad acumula la mayor parte de la riqueza global? Locke, leído cuidadosamente, da munición tanto a defensores como a críticos del capitalismo.

El gran y principal fin de los hombres al unirse en sociedad y someterse a un gobierno es la conservación de su propiedad.

Esa frase de Locke fue interpretada de dos maneras distintas durante tres siglos. Para algunos, significa que la función primaria del Estado es proteger lo que cada uno ya tiene. Para otros, significa que la propiedad es la condición de posibilidad de la libertad, y que sin acceso a recursos no hay libertad real, así que el Estado tiene la responsabilidad de garantizar que todos tengan al menos algo para defender.

Locke murió en 1704, a los setenta y dos años, en una casa de campo de una amiga, leyendo los Salmos. Fue enterrado sin pompa, en un pueblito tranquilo de Essex. No tenía hijos. No dejó fortuna ni gran prestigio social. Lo que dejó fue un libro pequeño, escrito en exilio, que terminó siendo la columna vertebral del mundo moderno. Cada vez que firmás un contrato, cada vez que reclamás un derecho, cada vez que pensás que el gobierno tiene límites que no puede cruzar, estás caminando sobre los cimientos que él construyó.

Tres siglos después, todavía estamos discutiendo si esos cimientos son sólidos o si tienen grietas. Probablemente las dos cosas. Pero todo el edificio en el que vivimos, para bien y para mal, está construido sobre ellos.

Episodios relacionados