
Paul Feyerabend: por qué no existe el método científico
En 1975, Feyerabend publicó un libro que decía algo incómodo: el método científico no existe. Galileo no lo siguió. Newton tampoco. Y eso, lejos de ser un problema, era exactamente lo que hacía a la ciencia potente.
Hay una idea que la mayoría de la gente da por sentada. La ciencia funciona porque sigue un método. Hay una forma correcta de hacer ciencia: planteás una hipótesis, diseñás un experimento, recolectás datos, sacás conclusiones. Si los datos confirman la hipótesis, avanzás. Si la refutan, descartás la hipótesis y probás de nuevo. Eso es la ciencia, dicen. Por eso es confiable. Por eso es superior a la religión, al mito, a la pseudociencia. Porque tiene un método riguroso.
Feyerabend dijo que eso era una fantasía cómoda. Que ningún científico importante de la historia siguió ese método. Que Galileo no lo siguió. Que Newton no lo siguió. Que Darwin no lo siguió. Que la historia real de la ciencia es mucho más desordenada, más intuitiva, más política y más irracional de lo que cualquier libro de metodología científica te va a contar. Y que eso, lejos de ser un problema, era exactamente lo que hacía a la ciencia potente.
Decir esto en los años setenta, en plena era del positivismo lógico y el racionalismo crítico, era como presentarse a un casamiento y gritar que el novio estaba equivocado. Y Feyerabend lo hizo con una sonrisa enorme.
Viena, la guerra y el hombre que se reinventó
Paul Feyerabend nació en Viena en 1924. Creció en la Austria del período de entreguerras, ese mundo nervioso y precario que iba a desembocar en la catástrofe. Viena en esa época era una ciudad brillante y perturbada al mismo tiempo: capital de un imperio que acababa de desaparecer, cuna del psicoanálisis, del positivismo lógico, del modernismo en música y arquitectura, y también del antisemitismo moderno. Era una ciudad que pensaba demasiado y que no sabía adónde ir.
Feyerabend era un joven curioso con un apetito voraz. Le gustaba la ópera, el teatro, la literatura. Empezó a estudiar canto. Tenía una voz que, según quienes lo conocieron, era realmente notable. La guerra cambió todo eso.
Fue reclutado en el ejército alemán. Sirvió en el frente del este. No fue un soldado cualquiera: fue oficial, recibió la Cruz de Hierro, fue herido gravemente en Polonia en 1945. Tres balas en la columna vertebral lo dejaron con problemas que cargó toda su vida: caminó con bastón y sufrió dolores crónicos por décadas. El hombre que después iba a burlarse de todos los sistemas y todas las certezas aprendió muy pronto lo que significa que el mundo se desmorone.
Después de la guerra, volvió a estudiar. Primero astronomía, después física, después filosofía. Fue a Londres, donde conoció a Karl Popper, el filósofo del racionalismo crítico, el hombre que decía que la ciencia avanza refutando hipótesis. Feyerabend se entusiasmó con las ideas de Popper. Por un tiempo fue casi un discípulo. Pero cuanto más estudiaba la historia real de la ciencia, menos le convencían las ideas de su maestro. La historia no cuadraba con la teoría.
Imre Lakatos y una amistad que cambió la filosofía
La figura más importante en la historia intelectual de Feyerabend, aparte de Popper, fue Imre Lakatos. Lakatos era húngaro, sobreviviente del comunismo estalinista, hombre con una historia personal tan dramática como la de Feyerabend. Había pasado tiempo en campos de trabajo soviéticos. Llegó a Londres con cicatrices y con una mente brillante que no se dejaba intimidar por nadie.
Lakatos y Feyerabend eran amigos. Se peleaban intelectualmente con una intensidad que era casi un deporte de contacto. Los dos querían entender cómo funciona realmente la ciencia, más allá de los manuales. Los dos creían que Popper tenía razón en cosas importantes y que se equivocaba en otras. Pero llegaron a conclusiones muy distintas.
Lakatos desarrolló lo que llamó la metodología de los programas de investigación. Decía que la ciencia no avanza hipótesis por hipótesis sino en grandes bloques: hay un núcleo duro de ideas que se protege de las refutaciones mediante hipótesis auxiliares. Es más sofisticado que Popper y más cercano a lo que realmente pasan los científicos. Pero sigue siendo, en el fondo, un intento de encontrar racionalidad en el proceso científico.
Feyerabend, en cambio, fue en la dirección opuesta. Cuanto más miraba la historia, más convencido estaba de que no había ningún método único que explicara el éxito de la ciencia. El plan original era que Lakatos y Feyerabend publicaran juntos un libro, con Lakatos defendiendo el racionalismo y Feyerabend atacándolo. Iban a llamarlo Por y contra el método. Pero en 1974, Lakatos murió de un ataque cerebral a los 51 años. Feyerabend publicó su parte solo. La llamó Contra el método.
La dedicatoria del libro dice: "A Imre Lakatos, amigo y compañero anarquista". Era un gesto cargado de afecto y de ironía. Lakatos no era un anarquista. Pero Feyerabend sí.
Anything goes: la frase más incomprendida de la filosofía de la ciencia
El corazón de Contra el método es una idea expresada en dos palabras en inglés: anything goes. Que podría traducirse como "todo vale" o "cualquier cosa sirve". Es la frase más famosa de Feyerabend y probablemente la más malinterpretada.
Cuando la gente escucha "todo vale en ciencia", tiende a pensar que Feyerabend estaba diciendo que la ciencia y la astrología son lo mismo. Que no hay diferencia entre la medicina y el curanderismo. Que cualquier teoría es tan válida como cualquier otra. Feyerabend no decía eso.
Lo que decía era algo más sutil y más interesante. Decía que no existe un conjunto de reglas metodológicas que, si las seguís, te garanticen hacer buena ciencia. Que cada vez que alguien formuló reglas metodológicas supuestamente universales, la historia de la ciencia mostró que los grandes descubrimientos violaron esas reglas. Y que si los científicos hubieran seguido las reglas al pie de la letra, muchos de esos descubrimientos no habrían ocurrido.
El ejemplo central de Feyerabend es Galileo. Galileo es el héroe fundacional de la ciencia moderna. El hombre que apuntó un telescopio al cielo y confirmó que la Tierra giraba alrededor del Sol. El mártir de la razón contra la superstición religiosa. Eso es lo que el mito dice.
Pero Feyerabend leyó a Galileo con cuidado. Y encontró algo perturbador. Galileo no tenía pruebas sólidas para el heliocentrismo cuando empezó a defenderlo. Las observaciones telescópicas eran ambiguas. La teoría ptolemaica, la que pone la Tierra en el centro, podía explicar las mismas observaciones. Galileo usó argumentos retóricos, apeló a la autoridad de su propio prestigio, usó el italiano en lugar del latín para llegar a un público más amplio y crear momentum popular, y aprovechó disputas políticas dentro de la Iglesia. No fue la evidencia sola la que ganó. Fue una combinación de evidencia, retórica, política y personalidad.
¿Eso invalida el heliocentrismo? No. ¿Eso invalida a Galileo? No. Pero muestra que el proceso real de la ciencia no es el proceso limpio y racional que los libros de texto describen.
> "La ciencia avanza no porque los científicos sigan el método, sino a pesar de que no lo siguen. La creatividad, la obstinación, la retórica y hasta el engaño estratégico son parte del proceso."
El problema con Popper y el racionalismo crítico
Para entender bien a Feyerabend hay que entender a quién estaba respondiendo. Karl Popper es el filósofo de la ciencia más influyente del siglo veinte. Su idea central es el falsacionismo: una teoría es científica si puede, en principio, ser refutada por evidencia. Si no puede ser refutada, no es ciencia. El psicoanálisis y el marxismo, según Popper, no son ciencias porque cualquier cosa puede interpretarse como confirmación de sus teorías. La mecánica cuántica sí es ciencia porque hace predicciones precisas que podrían ser falsas.
El falsacionismo es una idea poderosa. Pero tiene problemas serios cuando se enfrenta a la historia real. El problema más famoso lo formuló el filósofo y físico Pierre Duhem y después lo generalizó el filósofo Willard Quine. Se llama el problema Duhem-Quine. Dice que ninguna hipótesis se prueba o refuta de manera aislada. Cuando hacés un experimento, no estás probando una sola hipótesis. Estás probando toda una red de hipótesis: la hipótesis central, las hipótesis sobre cómo funcionan tus instrumentos, las hipótesis sobre las condiciones del experimento, los supuestos matemáticos que usás para interpretar los datos. Si el resultado del experimento contradice la predicción, no sabés cuál de todas esas hipótesis falló.
Feyerabend lleva esta crítica más lejos. Dice que en la práctica real, los científicos siempre protegen sus teorías favoritas de las refutaciones. Siempre pueden inventar hipótesis auxiliares para explicar los resultados anómalos. Y a veces eso es lo correcto. Cuando los primeros datos sobre el movimiento de Urano no coincidían con la mecánica newtoniana, los astrónomos no descartaron a Newton. Postularon que había otro planeta que perturbaba la órbita. Y tenían razón. Era Neptuno. Proteger una teoría de la refutación fue, en ese caso, lo inteligente.
Popper diría que eso es irracionalidad. Feyerabend diría que es exactamente lo que los buenos científicos hacen y que Popper se equivoca al llamarlo irracionalidad.
Un anarquista con sentido del humor
Feyerabend llamaba a su posición "anarquismo epistemológico". La palabra anarquismo asustaba a mucha gente y a él le parecía gracioso que así fuera. Aclaraba siempre que no era un anarquismo político. No estaba hablando de tirar bombas ni de abolir el estado. Estaba hablando de epistemología, de la teoría del conocimiento.
Lo que quería decir con anarquismo epistemológico era simple: la historia del conocimiento muestra que las mentes más fértiles violaron sistemáticamente las reglas establecidas. Que la conformidad metodológica mata la creatividad. Que la diversidad de enfoques, teorías y métodos es una fortaleza, no una debilidad. Que en epistemología, como en política, la pluralidad es mejor que el monopolio.
Y lo decía con humor. Feyerabend era famoso por su estilo: irónico, agudo, con una energía polémica que no tenía nada de académico solemne. Sus clases en Berkeley eran eventos. Los estudiantes lo adoraban. Sus colegas más conservadores lo toleraban con molestia. Él disfrutaba la incomodidad que provocaba.
Hubo un episodio famoso. El estado de California estaba considerando incorporar la enseñanza del creacionismo en las escuelas, junto con la teoría de la evolución, con el argumento de que los niños debían conocer distintas perspectivas. Los científicos protestaron furiosos: la ciencia no se enseña junto a mitos. Feyerabend, para escándalo de todos, dijo que los científicos deberían calmarse. Dijo que si la ciencia se enseñaba de la manera dogmática en que normalmente se enseña, no era tan diferente a enseñar un mito. Que la ciencia también tenía una función cuasi-religiosa en la sociedad moderna: la de proveer certezas incuestionables a gente que necesitaba certezas.
Esto fue demasiado para muchos. Pensaron que Feyerabend estaba diciendo que el creacionismo era tan válido como la evolución. Él aclaraba una y otra vez que no decía eso. Decía que la actitud con que se enseñaba la ciencia en las escuelas era dogmática, y que esa actitud era un problema independientemente de que la ciencia tuviera más evidencia que el creacionismo. Que se puede defender la ciencia sin convertirla en una religión secular.
No era un relativista simple
El malentendido más grande sobre Feyerabend es creer que era un relativista en el sentido de "todo es igualmente válido". No lo era. Y él mismo se cansó de aclarar esto.
Feyerabend hacía una distinción importante. Una cosa es decir que no existe un único método que garantice la verdad. Eso es lo que decía. Otra cosa muy distinta es decir que todas las teorías son igualmente verdaderas. Eso no lo decía.
Lo que sí decía es que la superioridad de la ciencia occidental sobre otras formas de conocimiento no es tan evidente como los científicos creen. Que la medicina herbolaria de muchas culturas tiene conocimientos valiosos que la ciencia occidental descartó sin investigar seriamente. Que hay formas de conocimiento astronómico en culturas indígenas que se desarrollaron durante milenios y que no son simplemente "superstición". Que la actitud arrogante con que el establishment científico descarta lo que no encaja en sus categorías es, en sí misma, anticientífica.
Esto es distinto al relativismo fácil. Es una crítica a la soberbia institucional de la ciencia, no una negación de sus logros. Y es una crítica que, en muchos aspectos, ha resultado ser bastante justa. Hay ejemplos documentados de conocimiento tradicional que la ciencia moderna ignoró durante décadas y que después confirmó como valioso.
> "Lo que Feyerabend atacaba no era la ciencia. Atacaba el cientismo: la idea de que la ciencia es la única forma legítima de conocimiento y que los científicos tienen autoridad especial para decidir qué vale y qué no."
El debate con Lakatos: racionalismo versus anarquismo
La conversación intelectual con Lakatos, que duró años antes de la muerte de este, ilumina bien qué estaba en juego. Lakatos quería salvar la racionalidad de la ciencia. Creía que, aunque el proceso fuera más complicado de lo que Popper pensaba, había algo genuinamente racional en cómo la ciencia avanza. Sus programas de investigación progresivos eran más exitosos que los degenerativos. Y eso, decía, era una señal de racionalidad.
Feyerabend admiraba a Lakatos pero creía que su sistema seguía siendo demasiado normativo. Seguía diciéndole a los científicos qué deberían hacer en lugar de describir lo que hacían. Seguía intentando extraer orden de un proceso que era irreductiblemente desordenado.
La pregunta de fondo era: ¿necesita la ciencia una fundación metodológica para ser confiable? Lakatos decía sí. Feyerabend decía no. La ciencia es confiable no porque siga un método sino porque funciona, y funciona por razones que ningún filósofo ha explicado del todo satisfactoriamente.
Este debate todavía no está resuelto. La filosofía de la ciencia contemporánea sigue dividida entre posiciones que buscan racionalidad en el proceso científico y posiciones que enfatizan los aspectos sociales, históricos y contingentes de la producción de conocimiento.
Berkeley, las guerras culturales y la vida californiana
Feyerabend llegó a Berkeley en 1958 y se quedó, con intermitencias, durante décadas. Berkeley en los sesenta y setenta era el epicentro de algo. Las protestas estudiantiles, los movimientos por los derechos civiles, la contracultura. Feyerabend no era un activista político en el sentido convencional, pero el ambiente lo afectó.
Sus estudiantes eran en muchos casos jóvenes que cuestionaban todo. Y Feyerabend, en lugar de tranquilizarlos con certezas académicas, los empujaba a cuestionar más. Les decía que la ciencia no era la institución neutral y racional que les habían enseñado en el colegio. Les decía que la autoridad, incluso la autoridad científica, merecía escrutinio. Eso conectaba perfectamente con el clima de la época.
Al mismo tiempo, Feyerabend era genuinamente complejo. No era de izquierda en el sentido estándar. Se resistía a las categorías. Amaba la ópera y el teatro tanto como la filosofía. Se casó varias veces. Vivía entre Berkeley, Londres y más tarde Zurich. Tenía un lado melancólico que rara vez mostraba en público.
Su autobiografía, publicada casi póstumamente, se llama Matando el tiempo. El título es intencionalmente ambiguo: puede significar pasar el tiempo, pero también puede significar matar el tiempo como a un enemigo. En ese libro, Feyerabend es mucho más oscuro y personal de lo que su imagen pública sugería. Habla de la soledad, de las heridas de guerra que nunca sanaron del todo, de la dificultad de creer en algo cuando se ha visto de cerca el colapso de todos los sistemas.
El legado que nadie quería admitir
Feyerabend murió en 1994, en Ginebra. Tenía setenta años. Hasta el final siguió escribiendo, siguió provocando, siguió negándose a encajar en ninguna categoría.
Su legado es raro precisamente porque es incómodo. Nadie quiere ser feyerabendiano. Los filósofos de la ciencia más serios admiten sus críticas son difíciles de refutar pero se resisten a seguirlo hasta el final. Los científicos lo ignoran o lo descalifican. Los relativistas posmodernos lo citan, pero Feyerabend se habría molestado mucho con esa compañía.
Y sin embargo, hay cosas que Feyerabend dijo en los años setenta que la filosofía y la sociología de la ciencia contemporáneas terminaron aceptando en versiones más moderadas.
Thomas Kuhn, con su idea de las revoluciones científicas y los paradigmas, ya había mostrado que la ciencia no avanza de manera lineal y acumulativa. Feyerabend fue más lejos, pero Kuhn le abrió el camino. La sociología del conocimiento científico, el programa fuerte de David Bloor en Edimburgo, los estudios de laboratorio de Bruno Latour y Steve Woolgar, mostraron que los factores sociales y políticos no son externos a la producción científica sino internos a ella. Eso es muy feyerabendiano.
La discusión contemporánea sobre reproducibilidad en ciencia también tiene ecos de Feyerabend. Resulta que una fracción importante de los estudios publicados en psicología, medicina y otras disciplinas no se puede reproducir. Los resultados no se sostienen cuando otros investigadores intentan replicarlos. Eso no demuestra que Feyerabend tuviera razón en todo. Pero sí muestra que el proceso real de la ciencia tiene problemas que el ideal metodológico no anticipaba.
Lo que queda de la provocación
La pregunta que Feyerabend nos obliga a hacernos no es si la ciencia sirve. Sirve, y enormemente. La pregunta es si entendemos bien por qué sirve y cuáles son sus límites reales.
Si la ciencia funciona no porque sigue un método sino porque es un proceso social complejo con incentivos, correcciones, debates y acumulación de evidencia a lo largo del tiempo, entonces las certezas que asociamos a la ciencia son un poco más frágiles de lo que parecen. No frágiles en el sentido de que van a desmoronarse mañana. Frágiles en el sentido de que dependen de condiciones institucionales, culturales y económicas que podemos entender mejor y proteger mejor si dejamos de idealizarlas.
Feyerabend no quería destruir la ciencia. Quería que la tratáramos como lo que es: una actividad humana, con todas las grandezas y las limitaciones que eso implica. Quería que no la convirtiéramos en un nuevo dogma. Quería que la practiquemos con la misma actitud crítica con que supuestamente practicamos todo lo demás.
La ironía es que esa actitud, en el fondo, es científica. La ciencia en su mejor versión es la práctica de no dar nada por sentado. Feyerabend aplicó esa práctica a la ciencia misma. Y eso es lo que no le perdonaron.
Cuando alguien hoy cuestiona el consenso científico sobre algún tema, la respuesta habitual es invocar el método, la evidencia, la racionalidad. Feyerabend no diría que ese cuestionamiento siempre tiene razón. Pero sí diría que la respuesta merece ser más sofisticada que "la ciencia dice esto y punto". Que la autoridad, incluso la científica, se gana en el debate, no se impone por decreto.
> "Anything goes. No porque todo sea igual. Sino porque la creatividad y el desorden son el motor de todo lo que realmente avanza."
Eso en 2024 suena muy contemporáneo. Y sin embargo lo escribió un vienés con bastón que vivía entre Berkeley, Londres y Zurich, que amaba la ópera y odiaba las certezas, que recibió tres balazos en la columna y sobrevivió para decirle al mundo que el orden que tanto busca es en gran medida una ilusión útil.
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