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Spinoza: ¿tenés libre albedrío o todo ya está determinado?
Episodio 26

Spinoza: ¿tenés libre albedrío o todo ya está determinado?

Andres AguilarAndres Aguilar

Spinoza fusionó dios y naturaleza en un sistema geométrico que incomoda: ¿elegimos o solo creemos elegir? Afectos, causas infinitas y una ética para aumentar el poder de actuar: dios-naturaleza y afectos en el centro del debate.

Hay una pregunta que está en el corazón de cómo entendemos la vida: cuando decidiste levantarte hoy, cuando elegiste la ropa que te pusiste, cuando decidiste escuchar este texto, ¿estabas eligiendo libremente? ¿O simplemente cumpliste una secuencia de causas, una cadena que arrancó hace miles de millones de años con el Big Bang y que en este momento te llevó hasta acá, exactamente donde estás, sin que vos hayas tenido nunca la opción real de hacer otra cosa?

La mayoría de nosotros vamos por la vida convencidos de que somos libres. Que cada decisión que tomamos es nuestra. Que somos los autores de nuestras vidas. Y al mismo tiempo, todos los días vemos pruebas de lo contrario. Tomamos la misma decisión equivocada en relaciones distintas, repetimos los mismos patrones que nuestros padres, reaccionamos automáticamente ante ciertos estímulos, somos arrastrados por emociones que no decidimos sentir. ¿Cuánta libertad hay realmente en todo eso?

Hace casi cuatro siglos, en una habitación pequeña en La Haya, Holanda, un filósofo holandés de origen sefardí dedicó toda su vida a contestar esa pregunta. Y la respuesta a la que llegó es una de las más radicales de la historia del pensamiento. Su nombre era Baruch Spinoza, y dijo algo que casi nadie en su época aceptó: el libre albedrío, tal como lo imaginamos, no existe. Todo está determinado. Y, paradójicamente, en ese determinismo radical encontró la verdadera libertad.

El judío excomulgado

Baruch Spinoza nació en Ámsterdam en 1632. Su familia era de judíos sefardíes que habían huido de Portugal escapando de la Inquisición. Ámsterdam, en ese momento, era una de las ciudades más raras y más libres de Europa. Era un puerto enorme, lleno de comerciantes, de barcos, de dinero, y sobre todo, de tolerancia religiosa. En una época en la que la mayor parte del continente quemaba a la gente por pensar distinto, Holanda dejaba que los judíos vivieran sus vidas, que los protestantes discutieran con los católicos, que los librepensadores escribieran lo que quisieran, siempre que no incomodaran demasiado al poder.

En esa Ámsterdam tolerante creció Spinoza. Estudió en una escuela judía, donde aprendió Torá, Talmud, hebreo, los grandes pensadores rabínicos. Era un alumno brillante. Sus maestros pensaban que iba a ser un gran rabino, una gloria de la comunidad. Pero algo se rompió en el camino.

Spinoza empezó a leer otras cosas. Leyó a Descartes, que estaba revolucionando la filosofía en ese momento. Leyó a Maimónides, el gran filósofo judío medieval. Leyó textos clásicos. Y empezó a hacer preguntas que la comunidad no quería escuchar. Empezó a dudar de la autoría divina de la Torá. Empezó a cuestionar si Dios tenía las características personales que le atribuía la religión. Empezó a sostener que el alma no era inmortal, no en el sentido tradicional al menos.

A la comunidad judía de Ámsterdam todo eso le cayó muy mal. Estaban en una situación delicada. Llevaban años intentando ganarse la confianza de las autoridades cristianas locales, demostrando que eran ciudadanos confiables. Tener entre ellos a un joven brillante que cuestionaba a Dios era una bomba que podía explotar en su contra. Le ofrecieron a Spinoza dinero, le ofrecieron callarlo, le pidieron que se callara la boca. Spinoza no aceptó.

En 1656, cuando tenía veintitrés años, la comunidad lo excomulgó. La excomunión, en hebreo cherem, fue brutal. El texto del cherem que se conserva habla de las maldiciones más duras. Está prohibido a cualquier judío hablar con él, ayudarlo, leer lo que escribiera, estar bajo el mismo techo. Spinoza fue, literalmente, expulsado de su propio mundo. Y no solo eso: poco después un fanático intentó matarlo en la calle, le pegó una puñalada que él esquivó por poco. Spinoza guardó el saco con el agujero del cuchillo durante toda su vida, como recordatorio de hasta dónde podía llegar la intolerancia.

Y entonces hizo algo notable. Cambió su nombre. De Baruch (que en hebreo significa "bendito") pasó a llamarse Benedictus, la versión latina del mismo nombre. Se mudó a una ciudad más chica. Se ganó la vida puliendo lentes ópticas. Era un trabajo manual, preciso, silencioso. Mientras pulía lentes, escribía. Mientras escribía, no se metía con nadie. Vivió el resto de sus cortos cuarenta y cuatro años casi como un monje, en una austeridad extrema, comiendo poco, gastando casi nada, dedicado a pensar.

Una geometría de Dios

La obra principal de Spinoza se llama Ética. Es uno de los libros más extraños jamás escritos. La razón es la forma. Spinoza decidió escribir filosofía como si fuera geometría. Definiciones, axiomas, proposiciones, demostraciones, teoremas. El libro arranca con definiciones de "sustancia", "atributo", "modo", y va construyendo paso a paso, con la rigurosidad de un manual de matemáticas, hacia conclusiones que son cualquier cosa menos matemáticas.

¿Por qué eligió esta forma? Porque pensaba que la filosofía no era poesía ni opinión. Era la búsqueda de verdades necesarias. Y las verdades necesarias se demuestran, no se sienten. Si Spinoza tenía razón, su filosofía iba a ser tan inatacable como un teorema de Euclides. No podías discutirla, solo podías mostrar dónde estaba el error en una demostración.

La conclusión central de la Ética, la que generó más escándalo y más fascinación, es que solo hay una sustancia en el universo. Una sola. Y esa sustancia, dice Spinoza, es Dios. Pero ojo, no el Dios de la Biblia, ese personaje barbudo y caprichoso que crea el mundo en seis días, que se enoja, que perdona, que castiga. El Dios de Spinoza es otra cosa. Es el universo entero. Es la naturaleza. Es todo lo que existe.

Para Spinoza, Dios y la naturaleza son la misma cosa. Deus sive Natura, escribe en latín: "Dios o, lo que es lo mismo, Naturaleza". Esto significa que Dios no está afuera del universo creándolo. Dios es el universo. Cada estrella, cada planta, cada persona, cada pensamiento, todo es parte de una única realidad que es Dios. No hay un creador separado de la creación. Hay una sola cosa, infinita, que tiene infinitos atributos, y de los cuales nosotros conocemos dos: el pensamiento y la extensión, lo mental y lo físico.

Esta idea le valió a Spinoza ser llamado ateo y panteísta, dos acusaciones que en su época eran prácticamente sinónimos de "peligroso". Para los judíos era ateo porque negaba al Dios personal de la Torá. Para los cristianos era ateo por las mismas razones. Para algunos pensadores libres, era el panteísta más radical de la historia: alguien que disolvía a Dios en la naturaleza hasta hacerlo desaparecer como entidad separada. La controversia continuó por siglos.

El determinismo total

Si todo es Dios, y Dios es la naturaleza, y la naturaleza funciona según leyes necesarias, entonces algo se sigue inevitablemente. Todo lo que pasa tenía que pasar exactamente como pasó. No podría haber sido de otra manera. Cada evento del universo, desde el movimiento de un planeta hasta una decisión que tomás vos hoy, se sigue necesariamente de las causas que lo precedieron.

Para Spinoza, esto no es una opinión. Es una conclusión lógica de sus premisas. Si Dios es la naturaleza y la naturaleza opera por necesidad, entonces no hay azar real, no hay milagros, no hay decisiones espontáneas que rompan el flujo causal del universo. Todo lo que ocurre es consecuencia inevitable de algo anterior, que a su vez es consecuencia inevitable de algo todavía más anterior, hacia atrás hasta el infinito.

Y acá viene el golpe directo al ego humano: vos, tu vida, tus decisiones, tus emociones, tus pensamientos, también son parte de esa cadena. Vos pensás que decidís libremente. Pero en realidad, dice Spinoza, lo que llamás libertad es ignorancia. Es no saber las causas que te llevaron a hacer lo que hiciste. Si vos pudieras ver con suficiente claridad todas las causas que te empujaron a tomar la decisión que tomaste, te darías cuenta de que era la única decisión posible para alguien como vos en esa situación.

Si una piedra arrojada al aire fuera consciente, creería que se mueve por su propia voluntad. Esa es la ilusión de los hombres que se creen libres: ignoran las causas que los determinan.

Esa imagen de la piedra es una de las más poderosas de toda la filosofía. Imaginate una piedra que cae desde un edificio. La piedra cae porque la gravedad la atrae, porque alguien la tiró, porque las leyes de la física la mueven. La piedra no elige caer. Cae. Pero si la piedra pudiera pensar, si tuviera una conciencia mientras cae, ¿qué pensaría? Probablemente pensaría: "Decidí caer. Estoy cayendo libremente. Yo elegí este momento". Tendría una sensación de libertad, una experiencia subjetiva de elección. Pero esa sensación sería una ilusión. La piedra solo está cumpliendo lo que la física le impone.

Spinoza dice: nosotros somos esa piedra. Tenemos la sensación de elegir, pero esa sensación viene de no entender las causas que nos mueven. La genética, la educación, las emociones, las experiencias previas, los reflejos del cerebro, todo eso nos está empujando todo el tiempo. Y nosotros, mientras tanto, decimos: "yo decidí". Es como un actor que se cree el director de la obra mientras alguien escribe el guion desde afuera.

El conatus: el motor secreto de todo lo que existe

Una de las ideas centrales de la Ética, y quizás una de las menos conocidas fuera de la filosofía académica, es la de conatus. Spinoza lo define más o menos así: cada cosa, en la medida en que existe, se esfuerza por perseverar en su ser. Cada planta, cada animal, cada persona, cada átomo, está empujando para seguir existiendo, para mantenerse, para crecer en su propia forma. Ese empuje es el conatus.

En los seres humanos, el conatus se manifiesta como deseo. El deseo, para Spinoza, no es un capricho. Es la fuerza fundamental que nos mantiene vivos, que nos hace querer las cosas que queremos, que define nuestra esencia. Vos no deseás algo porque sea bueno. Es bueno para vos porque lo deseás. Esto invierte completamente la lógica moral tradicional. No hay un bien objetivo afuera al que tengamos que aspirar. Hay deseos, y cada cosa que aumenta nuestro poder de actuar, nuestra capacidad de seguir existiendo y prosperando, es buena para nosotros. Cada cosa que disminuye ese poder es mala.

De esta idea sale una teoría de las emociones bastante elegante. La alegría, dice Spinoza, es el sentimiento que acompaña al aumento de nuestro poder de actuar. La tristeza es el sentimiento que acompaña a la disminución de ese poder. Cuando algo te hace bien, sentís alegría, porque algo en tu vida te está permitiendo crecer, estar más vivo, ser más vos. Cuando algo te hace mal, sentís tristeza, porque algo te está achicando, debilitando, quitándote vitalidad. Las pasiones complejas, como el amor, el odio, la envidia, los celos, son combinaciones de estas emociones básicas con ideas sobre las causas que las producen.

Esta teoría es notablemente moderna. La psicología contemporánea, especialmente la psicología afirmativa de gente como Antonio Damasio, encontró en Spinoza un precursor sorprendente. Damasio escribió un libro entero sobre las conexiones entre el spinozismo y la neurobiología de las emociones. Para Spinoza, la mente y el cuerpo no eran cosas separadas como lo eran para Descartes. Eran dos aspectos de una misma realidad. Lo que pasa en tu cuerpo y lo que pasa en tu mente son dos caras de la misma moneda, dos descripciones diferentes del mismo evento.

La libertad que sí existe

Acá viene el giro más sorprendente. Si todo está determinado, si no tenemos libre albedrío, ¿entonces qué? ¿Estamos condenados a ser marionetas? ¿La filosofía de Spinoza es deprimente? Para Spinoza, no. Al contrario.

Spinoza dice que existe una forma de libertad, pero no es la que pensamos. No es la libertad de elegir cualquier cosa en cualquier momento. Esa libertad no existe, es una ilusión. La libertad real es entender las causas que te determinan. Es conocer por qué hacés lo que hacés. Es darte cuenta de qué pasiones te dominan, qué miedos te paralizan, qué deseos te controlan. Cuanto más entendés tu propio funcionamiento, más libre sos. No porque puedas escapar a las causas, sino porque podés actuar desde la comprensión en lugar de actuar desde la ignorancia.

Esta idea es muy parecida a lo que después dijo el psicoanálisis. Freud decía que el inconsciente nos maneja, y que el trabajo terapéutico consiste en hacer consciente lo inconsciente para tener un poco más de margen sobre nuestras vidas. Spinoza, dos siglos antes, dijo algo similar. La libertad no es ausencia de causas. Es comprensión de causas. Y la herramienta para esa comprensión es la razón.

Spinoza también tiene una teoría de las emociones que conecta directamente con esto. Distingue entre pasiones y acciones. Las pasiones son emociones que padecemos pasivamente, que nos dominan, que nos arrastran. Cuando estás celoso, cuando estás enojado, cuando estás obsesionado por algo, eso son pasiones. Te tienen ellas a vos, no vos a ellas. Las acciones, en cambio, son estados emocionales que surgen de nuestra propia naturaleza, que entendemos, que están alineados con nuestra razón.

El camino hacia la libertad y la felicidad, para Spinoza, es transformar pasiones en acciones. Es entender por qué sentimos lo que sentimos para que esas emociones dejen de manejarnos y empiecen a estar al servicio de una vida mejor. Esto suena un poco abstracto, pero pensá en algo concreto. Cuando estás enojado con alguien y entendés exactamente qué te puso así, qué cosas de tu historia personal se activaron, qué recuerdo viejo se está jugando en esa situación, el enojo cambia de carácter. Ya no es una tormenta que te arrastra. Es algo que podés mirar, comprender, eventualmente soltar.

La amistad de un genio rebelde

Spinoza, a pesar de su excomunión y de sus ideas radicales, fue una persona muy querida por quienes lo conocieron. Sus cartas muestran a un tipo amable, paciente, dispuesto a explicar sus ideas con calma incluso a interlocutores que no las entendían. Tenía amigos íntimos, vivía con familias que lo alojaban, cuidaba a sus dueños cuando se enfermaban. No era el ermitaño amargado que uno podría imaginarse a partir de su historia.

Una anécdota que ilustra bien al personaje: en 1673, el príncipe Carlos Luis del Palatinado le ofreció una cátedra en la Universidad de Heidelberg. Era un puesto prestigioso, bien pagado, en una de las mejores universidades de Europa. Spinoza la rechazó. Su razón: temía que la cátedra limitara su libertad de pensamiento. Si aceptaba, iba a tener que enseñar dentro de los límites que la universidad le pusiera, y él prefería seguir puliendo lentes en La Haya, ganando poco, pero pensando lo que quisiera. Hay pocos casos en la historia de la filosofía de un rechazo más coherente con las propias ideas.

Spinoza murió en 1677, a los cuarenta y cuatro años. Se cree que la causa fue una enfermedad pulmonar, posiblemente agravada por el polvo de vidrio que respiraba al pulir lentes. Tenía pocas posesiones. Sus amigos publicaron la Ética después de su muerte, en un volumen titulado Opera Posthuma, sin firmarlo, para evitar persecuciones. El libro fue rápidamente prohibido en casi todos lados. Pero los manuscritos circularon. Las ideas se filtraron. Y con el tiempo, Spinoza pasó a ser uno de los pensadores más influyentes de la era moderna.

El amor intelectual de Dios

Hay un concepto en Spinoza que vale la pena mencionar porque es uno de los más bellos y menos comprendidos. Lo llama amor intellectualis Dei, el amor intelectual de Dios. No se refiere al amor que siente Dios, ni al amor que vos sentís hacia un Dios personal. Se refiere a un estado mental específico que aparece cuando entendés profundamente cómo funciona el universo.

Spinoza dice que cuando lográs ver tu propia vida, tus emociones, tus alegrías y tus sufrimientos, como parte del orden necesario de la naturaleza, dejás de pelearte con ellos. Aceptás. Y en esa aceptación lúcida, no resignada, surge una alegría calma que él llama amor intelectual de Dios. Es una felicidad que no depende de los altibajos de la vida. Es la felicidad de quien entiende.

Esto suena místico, y de hecho mucha gente leyó a Spinoza como un místico racionalista, una mezcla rara que solo en él funciona. La beatitud, dice en la última parte de la Ética, no es la recompensa de la virtud, sino la virtud misma. No es algo que ganás por ser bueno. Es lo que se siente cuando entendés.

El eco actual

Hoy, el determinismo de Spinoza está más vigente que nunca, pero en una forma que él no podía imaginar. La neurociencia moderna, los experimentos sobre la toma de decisiones, los estudios sobre cómo el cerebro decide antes de que la conciencia se entere, todo eso pone en cuestión el libre albedrío en términos muy parecidos a los que planteó Spinoza. Los famosos experimentos de Benjamin Libet en los años ochenta mostraron que el cerebro empieza a preparar una decisión motora antes de que el sujeto reporte haber decidido. La conciencia llega tarde a la fiesta. Los neurocientíficos siguen discutiendo qué significa exactamente eso, pero la dirección general apunta hacia la idea de que la sensación de elegir es construida después del hecho.

Y por otro lado, la filosofía de Spinoza vuelve a aparecer en el ecologismo profundo, en el budismo occidental, en ciertas corrientes del pensamiento sistémico. La idea de que somos parte de una totalidad, que no estamos separados de la naturaleza, que la frontera entre el yo y el resto del universo es más porosa de lo que creemos, es muy spinoziana. Albert Einstein, cuando le preguntaron si creía en Dios, dijo: "Creo en el Dios de Spinoza, que se revela en la armonía ordenada de lo que existe, y no en un Dios que se preocupa por los destinos y las acciones de los seres humanos".

Lo más profundo que dejó Spinoza no es una respuesta sobre el libre albedrío, sino una invitación a vivir distinto. Si entendés que estás determinado, que tus emociones tienen causas, que tu vida es parte de algo enorme que te excede, entonces podés dejar de pelearte contra el universo. Podés aceptar lo que pasa. Podés dejar de creer que sos especial, que tus elecciones son sagradas, que el mundo gira alrededor de tu voluntad. Y en esa rendición lúcida, paradójicamente, hay una paz que la ilusión del libre albedrío nunca da.

Una piedra que cae cree que decide caer. Vos creés que decidiste escuchar este texto. Tal vez Spinoza tenía razón. Tal vez todo estaba escrito desde el principio. Pero entender ese movimiento, ver las causas que te traen hasta acá, eso sí es algo. Eso, según Spinoza, es lo más cerca que vamos a estar de la libertad.

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