
Medea: amor, traición y la venganza más brutal de la mitología
Pero para entender lo que hizo Medea hay que entender primero quién era y qué le hicieron. Porque esta historia no empieza con una mujer que enloquece sin razón aparente.
Hay un momento en la tragedia de Eurípides en el que Medea ya tomó su decisión pero todavía no la ejecutó. Está mirando a sus hijos dormir. Los ve respirar, ve sus caras inocentes, y en esa escena hay un monólogo que los especialistas en teatro griego consideran uno de los más devastadores de toda la historia de la literatura. Medea dice que sabe lo que está por hacer. Que sabe que es un crimen. Que el impulso que la lleva a hacerlo es más fuerte que su razón. Y que tiene claro que va a actuar igual. En esa frase de más de dos mil cuatrocientos años está encerrado algo sobre la psicología humana que todavía hoy los psiquiatras y los filósofos no terminaron de resolver: qué pasa cuando alguien actúa en contra de lo que sabe que es correcto, sabiendo perfectamente que lo es. Los griegos tenían una palabra para eso: akrasia. La debilidad de la voluntad. El momento en que sabemos lo que debemos hacer y hacemos otra cosa de todas formas. Medea es el mito de la akrasia llevada a su extremo más brutal. Y por eso dos mil cuatrocientos años después seguimos hablando de ella.
Pero para entender lo que hizo Medea hay que entender primero quién era y qué le hicieron. Porque esta historia no empieza con una mujer que enloquece sin razón aparente. Empieza con una mujer que lo apostó absolutamente todo y lo perdió todo. Y lo perdió a manos del hombre por quien lo había apostado.
Medea era hija del rey Eetes, el soberano de Cólquide, un reino ubicado en la costa oriental del Mar Negro en lo que hoy es aproximadamente la región de Georgia. Eetes era hijo del dios sol Helios, lo que hacía a Medea nieta de Helios y sobrina de Circe, la hechicera de la isla de Eea que había aparecido en la historia de Odiseo unos episodios atrás. No era casualidad que Circe y Medea compartieran ciertos poderes: las dos eran herederas de una línea divina que traía consigo el conocimiento de las plantas, los venenos, los encantamientos y los rituales mágicos. Medea era sacerdotisa de Hécate, la diosa de la magia y de los cruces de caminos, una de las divinidades más antiguas y más temidas del panteón griego. No era una princesa convencional esperando ser rescatada. Era una mujer con poderes que muy pocos mortales podían igualar y que los propios dioses respetaban.
El contexto de su encuentro con Jasón hay que buscarlo en este artículo dieciocho de este texto, donde contamos en profundidad la expedición de los Argonautas. Pero vale la pena recuperar los elementos esenciales porque sin ellos la historia de Medea no tiene la dimensión que merece. Jasón llegó a Cólquide después de un viaje que lo había puesto a prueba en múltiples ocasiones, con un barco llamado la Argo tripulado por los mejores héroes de Grecia, entre ellos Heracles, Orfeo, los Dioscuros Cástor y Pólux, y varios otros que eran prácticamente leyendas en vida. El objetivo era conseguir el Vellocino de Oro: una piel de carnero de color dorado que colgaba de un árbol en el bosque sagrado del dios Ares, en territorio del rey Eetes, y que según la tradición garantizaba la prosperidad y la legitimidad del rey que la poseyera. Jasón necesitaba el vellocino para reclamar el trono de Yolco que le había sido usurpado. El vellocino era el símbolo del poder y la legitimidad del reino de Cólquide, y Eetes no tenía ninguna intención de entregárselo a nadie. Al revés: diseñó una serie de pruebas imposibles que funcionaban como trampa disfrazada de desafío. Jasón tendría que uncir dos toros de bronce con pezuñas de metal y aliento de fuego, arar con ellos un campo sagrado, sembrar en ese campo dientes de dragón que se convertirían en guerreros completamente armados que brotarían de la tierra, y derrotar a esos guerreros él solo. Cualquier falla en cualquier punto de la secuencia significaba la muerte. Era una sentencia de muerte presentada como una oportunidad.
Jasón era el tipo de héroe que los griegos admiraban: valiente, determinado, con buenas palabras y buen aspecto, capaz de liderar a otros hombres en circunstancias difíciles. Lo que no tenía en abundancia era la capacidad sobrehumana de enfrentarse a toros con aliento de fuego y ejércitos que brotaban de la tierra. Y lo sabía. Fue en ese momento de vulnerabilidad que Afrodita, a pedido de Hera que protegía a Jasón, intervino enviando a Eros a hacer su trabajo. Eros lanzó una flecha a Medea. Y Medea se enamoró de Jasón con una intensidad que en los textos griegos se describe casi como una enfermedad: el fuego que quema por dentro, la imposibilidad de pensar en otra cosa, la conciencia de que lo que está sintiendo la va a llevar a traicionar a su padre y a su patria y que no puede hacer nada para evitarlo. Los griegos no romantizaban el amor pasional. Lo veían con una honestidad que hoy nos resulta casi incómoda: el eros no era algo que uno elegía sino algo que le ocurría. Una fuerza que tomaba el control desde afuera, que ni los hombres más valientes ni las sacerdotisas más poderosas podían resistir cuando un dios decidía usarla.
Medea preparó para Jasón un ungüento elaborado con la flor del azafrán del Cáucaso, una planta que según el mito había brotado de la sangre de Prometeo cuando el águila lo desgarraba en la roca cada día, capaz de volver invulnerable al que se lo aplicara durante un día completo. Le explicó cómo sembrar los dientes de dragón en el campo y cómo derrotar a los guerreros que brotaran arrojando una piedra entre ellos para que se atacaran entre sí en lugar de atacarlo a él, porque esos guerreros nacidos de la tierra eran tan primitivos y violentos que atacaban todo lo que estuviera cerca. Jasón completó las pruebas con la ayuda de Medea y fue a buscar el vellocino, que estaba custodiado por una serpiente enorme que nunca dormía y que envolvía el árbol donde colgaba el vellocino. Medea la adormeció con sus encantamientos, cantándole hasta que los ojos del animal se cerraron por primera vez. Jasón tomó el vellocino. Y los dos huyeron juntos en la nave Argo esa misma noche, antes de que Eetes comprendiera la magnitud de lo que había pasado.
La huida fue brutal y dice mucho sobre hasta dónde estaba dispuesta a llegar Medea por el hombre que amaba. Eetes mandó una flota a perseguirlos, al mando de Absirto, el hermano de Medea. Cuando la flota de Cólquide estuvo a punto de alcanzar a los Argonautas, Medea mató a su propio hermano, cortó el cuerpo en pedazos y los arrojó al mar. Eetes tuvo que detenerse a recoger los restos de su hijo para darle sepultura digna, y eso le dio tiempo a la Argo para alejarse definitivamente. Medea había matado a su hermano. Había traicionado a su padre. Había abandonado su reino, su posición, su vida entera. Lo había dejado todo por Jasón, un hombre al que había conocido días antes.
En Grecia la situación no fue lo que Medea esperaba. Llegaron a Yolco, la ciudad de Jasón, donde el rey Pelias había enviado a Jasón a buscar el vellocino precisamente porque esperaba que muriera en el intento y no volviera jamás para reclamarle el trono que le correspondía. Jasón volvió. Y Pelias no tenía ninguna intención de honrar el acuerdo. Medea resolvió el problema a su manera. Convenció a las hijas de Pelias de que podía rejuvenecer a su anciano padre usando sus conocimientos de hierbas mágicas: para demostrarlo, tomó un carnero viejo, lo cortó en pedazos, los metió en una olla con hierbas especiales, y de la olla salió un cordero joven y saltarín. Las hijas, convencidas y con genuinas ganas de ayudar a su padre, siguieron las instrucciones punto por punto. Cortaron a Pelias y lo metieron en una olla. El rejuvenecimiento no funcionó, porque Medea sabía exactamente qué ingredientes incluir y cuáles omitir. Pelias murió hervido por sus propias hijas inocentes. Jasón y Medea tuvieron que irse de Yolco inmediatamente y se instalaron en Corinto, donde vivieron durante años, tuvieron dos hijos, y construyeron algo que se parecía bastante a una vida en común.
Y entonces Jasón la abandonó.
En Corinto habían construido algo razonablemente sólido. Medea era conocida, tenía cierto respeto por sus conocimientos, sus hijos crecían en una ciudad griega con todo lo que eso implicaba en términos de acceso a la educación y a la vida pública. No era el reino que ella había dejado atrás, pero era una vida. Y Jasón llegó un día y le explicó que esa vida iba a terminar.
No fue un alejamiento gradual ni una separación triste entre dos personas que ya no se entienden. Jasón decidió casarse con Glauce, la hija del rey Creonte de Corinto, por razones que los textos no muestran como pasionales sino como estrictamente políticas. Era la manera de instalarse en el poder local, de asegurarse un futuro respetable en la jerarquía de las ciudades griegas. A Medea la quería mandar al exilio. El argumento de Jasón, tal como lo construye Eurípides en su tragedia, es uno de los más cínicos de toda la literatura antigua: que Medea debería estarle agradecida, porque al traerla a Grecia la había sacado de un lugar bárbaro y le había dado la oportunidad de vivir entre gente civilizada. Que sus hijos tendrían una buena posición social gracias al nuevo matrimonio del padre. Que en realidad él le estaba haciendo un favor al reorganizar así su vida. No es una postura que envejeció bien, por decirlo con cuidado.
Medea escuchó eso. Lo escuchó con la calma de quien está procesando algo que todavía no puede creer del todo, y luego pasó varios días aparentemente aceptando la situación, hablando con calma, mostrando resignación. Era la actuación más peligrosa de su vida. Y decidió destruirle absolutamente todo lo que tenía.
El plan que ejecutó tenía la precisión de alguien que entiende exactamente qué le importa al enemigo y cómo quitárselo. Fingió aceptar la situación. Les pidió a sus hijos que llevaran regalos a la nueva novia: un vestido y una corona de oro. Regalos hermosos, aparentemente generosos, como gesto de buena voluntad. Ambos estaban impregnados de un veneno que Medea había preparado con el cuidado que le ponía a todo. Cuando Glauce se puso el vestido y la corona, el veneno se activó al contacto con el calor del cuerpo. La ropa se adhirió a la piel y empezó a quemarla desde adentro con un fuego que ningún agua podía apagar. Cuando el rey Creonte intentó arrancarle la ropa a su hija para salvarla, el veneno pasó a él también. Los dos murieron de una manera que las fuentes describen con un nivel de detalle que el lector preferiría que los autores hubieran omitido. Jasón, que había creído que estaba haciendo un movimiento político inteligente, perdió a su prometida y al suegro que le garantizaba el acceso al poder en el mismo instante.
Lo que vino después es lo que convirtió a Medea en el personaje más perturbador de toda la mitología griega. Las versiones anteriores a Eurípides contaban que fueron los corintios quienes mataron a los hijos de Medea como represalia por la muerte de Glauce y Creonte. Eurípides cambió eso de manera radical y completamente deliberada: en su tragedia, es la propia Medea quien los mata. Y la lógica es de una crueldad específica y calculada: Medea sabe que lo que más le importa a Jasón en el mundo, lo único que le queda después de perder a Glauce y a Creonte, son sus hijos. Y ella se los va a quitar. No porque los odie. Sino precisamente porque los ama, y sabe lo que ese amor vale para Jasón. Los hijos se convierten en el instrumento de la venganza más dolorosa posible. Es el momento del monólogo que mencionamos al principio, donde Medea mira a sus hijos dormir, sabe lo que está por hacer y lo hace igual.
Eurípides estrenó esta versión en el año 431 antes de nuestra era y ganó solo el tercer puesto en el concurso de tragedias de ese año. Eso da una idea de que los atenienses de la época no supieron exactamente qué hacer con lo que habían visto. El primer puesto ese mismo año se lo llevó Sófocles. La obra de Eurípides incomoda de una manera que no se resuelve con el tiempo ni con la distancia. Medea no es una villana de manual. Es una mujer que fue traicionada de manera sistemática, que perdió todo lo que tenía por amor a un hombre que la usó y la descartó cuando ya no le era conveniente, y que respondió con la única arma que le quedaba: sus propios poderes y su disposición a pagar cualquier precio personal. Eso no justifica lo que hizo. Pero lo explica de una forma que hace imposible no entenderla, aunque resulte igualmente imposible no horrorizarse. Esa tensión simultánea, la de entender y horrorizarse al mismo tiempo sin poder separar las dos reacciones, es exactamente lo que el teatro griego buscaba producir en su audiencia. Los griegos no querían que el teatro los hiciera sentir bien. Querían que los hiciera pensar en cosas que preferirían no tener que pensar.
Después de matar a sus hijos, Medea escapó en un carro tirado por dragones alados que le había enviado su abuelo Helios. Voló por encima de Corinto, pasó sobre la cabeza de Jasón que estaba abajo mirando hacia arriba sin poder hacer nada, y desapareció. La imagen de Medea elevándose sobre la ciudad en su carro divino mientras Jasón la mira desde abajo con las manos vacías es una de las más potentes de toda la mitología griega: el hombre que creyó que podía descartarla como si fuera prescindible quedó literalmente reducido a mirar desde abajo cómo se iba. Jasón sobrevivió con el tipo de vida que le correspondía a quien había actuado como actuó: perdió el favor de los dioses, perdió toda la prosperidad que había tenido, y según la versión más conocida murió aplastado bajo la proa podrida de la Argo cuando se sentó a descansar a su sombra, solo y sin nada. Es el tipo de final que los griegos reservaban para los que traicionaban la xenia y la lealtad: no una muerte épica en el campo de batalla sino una muerte pequeña, anónima y sin gloria.
Medea fue a Atenas, donde el rey Egeo la recibió. Tuvo otro hijo, Medo, con Egeo. La tradición dice que intentó envenenar a Teseo cuando este regresó a Atenas a reclamar su lugar como hijo del rey, pero esa es otra historia. Lo que importa es que Medea siguió existiendo, siguió actuando, siguió siendo ella misma en cualquier contexto en que la pusieran, porque ese era su carácter, y el carácter en los mitos griegos es destino. Los mitos que siguieron muestran a una Medea que continuó navegando en ese territorio límite entre la supervivencia y la destrucción, porque los mitos griegos raramente terminan en un punto limpio: siempre hay ramificaciones, consecuencias, hijos que heredan el peso de los padres.
Vale la pena detenerse un momento en el dato curioso que rodea al estreno de esta obra. El año 431 antes de nuestra era fue también el año en que comenzó la Guerra del Peloponeso, el conflicto devastador entre Atenas y Esparta que duraría casi treinta años y terminaría arruinando el período de mayor esplendor de la cultura ateniense. Eurípides estrenó Medea en ese contexto: una ciudad que estaba a punto de entrar en una guerra larga y costosa, frente a una obra que hablaba sobre el precio de las traiciones, sobre lo que destruye a las personas desde adentro antes que cualquier enemigo externo. Si hay una lectura política en eso, la dejo para que cada uno la haga por su cuenta.
El legado de Medea en la cultura occidental tiene una particularidad que vale la pena señalar. El personaje que debería ser el villano de la historia es el personaje con el que la mayoría de los lectores y espectadores se encuentra inesperadamente cerca. No en el sentido de que vayan a hacer lo mismo, sino en el sentido de que la dinámica que el mito describe, la persona que lo da todo por otra y luego es descartada cuando ya no resulta conveniente, no es un escenario que requiera demasiada imaginación para entender. La asimetría entre lo que Medea entregó y lo que recibió a cambio es algo que el texto original de Eurípides subraya con precisión: Medea le explica a las mujeres corintias que la escuchan que la condición de las mujeres en Grecia es la de extranjeras permanentes incluso en sus propias casas, sin posibilidad real de elegir al marido, sin posibilidad de escapar una vez que el matrimonio resulta ser una trampa. Y ella, que además era literalmente extranjera, estaba dos veces expuesta a esa condición.
Séneca, el filósofo y dramaturgo romano del siglo primero, escribió su propia versión de Medea que es si cabe todavía más oscura que la de Eurípides. El personaje apareció en la literatura barroca, en la ópera, en la pintura de todas las épocas. Delacroix pintó a Medea con sus hijos en un cuadro que hoy está en el Louvre y que tiene la particularidad de que hace falta mirarlo durante un rato para entender si la figura central los está protegiendo o amenazando. Esa ambigüedad es exactamente la que el mito lleva incorporada desde el principio. Pier Paolo Pasolini hizo en 1969 una película sobre Medea protagonizada por Maria Callas, que ya que estaban pusieron a la soprano más famosa del siglo veinte en el papel del personaje más operístico de toda la mitología griega. No era una decisión de casting particularmente sutil, pero funcionó.
Lo que hace que Medea perdure no es la magia ni el veneno ni el infanticidio en sí mismos, aunque todo eso es parte de la historia. Es que el mito hace una pregunta que no tiene respuesta cómoda: cuando alguien que fue traicionado de manera sistemática y destructiva responde con violencia, ¿en qué momento deja de ser víctima y empieza a ser victimario? ¿Existe ese momento con claridad? ¿Importa trazarlo, o importa más entender qué condiciones hicieron posible llegar hasta ahí? Y hay otra pregunta debajo de esa: ¿qué decimos de una sociedad que pone a una persona en la posición de perderlo todo y no le deja ningún otro camino de salida? Los griegos no respondieron esas preguntas. Las pusieron en escena con toda su crudeza y las dejaron ahí, para que cada generación que las viera intentara responderlas por su cuenta. Dos mil cuatrocientos años después, seguimos intentando. Y la obra de Eurípides sigue en cartel en algún teatro del mundo en este momento, con toda seguridad.
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