
Odiseo: El Viaje de Regreso
Una diosa le ofreció la eternidad y dijo que no. Prefirió envejecer, morir y volver a casa con su mujer. El viaje de Odiseo no es solo una aventura con monstruos y magia; es la historia del héroe más inteligente de Grecia eligiendo lo humano sobre lo d...
ODISEO — EL VIAJE DE REGRESO
El héroe más inteligente
Diez años de guerra para llegar a Troya. Diez años más para volver a casa. Un hombre que al partir había dejado a su esposa con un bebé en brazos llegó de regreso cuando ese hijo ya era un adulto capaz de pelear y la esposa estaba rodeada de más de cien pretendientes que querían ocupar el lugar del rey desaparecido. Odiseo, rey de Ítaca, el más astuto de todos los héroes griegos, el que tuvo la idea del caballo de madera, el que nunca perdía la cabeza en el momento más crítico, tardó veinte años en hacer el viaje redondo. Y el viaje de vuelta fue, en cierta manera, más difícil que la guerra misma. Esta es la Odisea. Y antes de entrar en las aventuras, conviene presentar bien al protagonista, porque Odiseo no es el tipo de héroe que solemos imaginar cuando pensamos en el mundo griego.
No era el más alto ni el más musculoso ni el más hermoso de los guerreros. No tenía el físico imponente de Áyax ni la velocidad sobrehumana de Aquiles ni el abolengo de Agamenón. Era el más inteligente. Y la inteligencia en el mundo homérico no era el valor supremo de los héroes: ese lugar lo ocupaba el valor en el combate, la fuerza, la capacidad de matar y de no tener miedo frente a la muerte. Pero Odiseo demostraba en cada situación que hay momentos, y son más frecuentes de lo que los guerreros suelen admitir, en que la astucia vale más que cualquier músculo. Fue él quien encontró a Aquiles disfrazado de mujer en Esciros. Fue él quien organizó el robo del Paladio, una estatua sagrada de Troya sin la cual la ciudad no podía caer. Fue él quien diseñó el plan del caballo. Los demás héroes lo admiraban y a veces lo resentían, que es exactamente lo que pasa con las personas muy inteligentes en casi cualquier grupo de cualquier época.
Al salir de Troya, la flota griega se dispersó por las tormentas que los dioses enviaron como castigo por las profanaciones cometidas durante el saqueo de la ciudad. Odiseo quedó con sus propias naves y sus hombres, y empezó la serie de aventuras que Homero narró en la Odisea, un poema de veinticuatro cantos y más de doce mil versos, tan fundamental en la tradición occidental como la Ilíada pero con un espíritu completamente diferente. Si la Ilíada es un poema sobre la guerra, la gloria y la pérdida irreversible, la Odisea es un poema sobre el viaje, la transformación personal y el regreso a lo que uno verdaderamente es. Son las dos caras de la misma moneda épica.
El Cíclope y el error del orgullo
La primera escala importante del viaje fue la isla de los Cíclopes. Los Cíclopes eran gigantes de un solo ojo, hijos del dios del mar Poseidón, que vivían sin leyes ni agricultura ni organización social de ningún tipo, en un estado que los griegos, que valoraban la ciudad y las instituciones como el pico de la civilización, describirían como absolutamente primitivo. Odiseo y un grupo de sus hombres entraron en la cueva del Cíclope Polifemo buscando provisiones. Cuando Polifemo llegó y encontró a los intrusos, en lugar de aplicar la xenia, la hospitalidad sagrada que los griegos consideraban un deber religioso, comenzó a devorarlos de a dos por día con la tranquilidad de quien no reconoce ninguna norma que no sea su propio apetito. Odiseo diseñó un plan de escape que todavía se enseña como ejemplo de pensamiento creativo bajo presión extrema.
Primero emborrachó a Polifemo con vino concentrado que llevaban consigo, sirviéndoselo generosamente y llenando el cuenco varias veces. Cuando el gigante, en la borrachera, le preguntó su nombre para saber a quién agasajar con un regalo, Odiseo respondió que se llamaba Nadie. Cuando Polifemo cayó inconsciente por el vino, Odiseo tomó una estaca de madera que había encontrado en la cueva, la afiló hasta la punta, la calentó en las brasas, y la clavó con toda la fuerza disponible en el único ojo del Cíclope.
Polifemo gritó de dolor. Los otros Cíclopes que vivían en cuevas vecinas llegaron corriendo a preguntar qué pasaba. Polifemo gritó desde adentro de la cueva: Nadie me lastima, Nadie me destruye. Los demás Cíclopes, después de un momento de confusión razonable, concluyeron que si nadie lo lastimaba entonces debía ser un problema enviado por los dioses, se volvieron a sus cuevas y los dejaron solos. Odiseo y sus hombres escaparon aferrados a la lana de las ovejas de Polifemo, pasando por debajo de las manos del gigante ciego que palpaba cada animal que salía de la cueva para asegurarse de que no pasaran personas. La combinación de planificación, improvisación y aprovechamiento de los recursos disponibles que Odiseo demostró en esa situación es un ejemplo de lo que los griegos entendían por metis, la inteligencia práctica, la astucia aplicada a situaciones concretas.
> Pero Odiseo cometió un error que le salió muy caro. Cuando ya estaban en las naves y a distancia que le pareció segura, no pudo resistir la tentación de burlarse de Polifemo.
Pero Odiseo cometió un error que le salió muy caro. Cuando ya estaban en las naves y a distancia que le pareció segura, no pudo resistir la tentación de burlarse de Polifemo. Le gritó su nombre real desde el barco: Odiseo, rey de Ítaca, el que te hizo esto. Era el orgullo del que ha ganado queriendo ser reconocido por quien perdió. Y Polifemo, hijo de Poseidón, rezó a su padre divino para que vengara su ceguera. Poseidón escuchó. Y desde ese momento el dios del mar se convirtió en el peor adversario del viaje de Odiseo. Era el peor adversario posible para alguien que viajaba principalmente por agua en un mundo donde el mar era el único camino entre islas.
Circe, el Hades y las Sirenas
El viaje continuó. Llegaron a la isla de Eea, donde vivía Circe, una hechicera hija del dios sol Helios, dotada de poderes considerables y de una inteligencia que hacía que la mayoría de los mortales la subestimaran hasta que ya era demasiado tarde. Circe recibió a los hombres de Odiseo con comida y bebida que en realidad era un brebaje mágico, y los transformó en cerdos. Guardó los cerdos en su corral con la indiferencia de quien maneja estos asuntos con frecuencia. Un hombre que había escapado corriendo llegó a avisar a Odiseo lo que había pasado. Odiseo fue a enfrentarse a Circe, protegido por una hierba mágica que le había dado el dios Hermes para neutralizar el efecto del hechizo. Cuando el brebaje de Circe no funcionó sobre él, la hechicera entendió que estaba ante alguien que no era un marinero ordinario. Lo recibió como igual. Odiseo pasó un año en la isla de Circe, que era placentero de varias maneras, hasta que sus hombres lo urgieron a que no perdieran más tiempo y siguieran el camino de regreso.
Antes de dejar la isla, Circe le advirtió a Odiseo que para encontrar el camino correcto a casa tenía que hacer algo que ningún mortal vivo había hecho antes: descender al Hades, el reino de los muertos bajo la tierra, y consultar al espíritu del adivino Tiresias. El mismo Tiresias ciego que había aparecido en la historia de Edipo varios episodios atrás. Tiresias había muerto, pero su alma seguía siendo profética incluso en el inframundo, un privilegio que los dioses le habían otorgado como parte de su condición especial.
La bajada al Hades es uno de los episodios más extraordinarios de la Odisea. Odiseo realizó los rituales que Circe le indicó, abrió una zanja en el suelo en el borde del mundo, derramó sangre de animales sacrificados, y los espíritus de los muertos comenzaron a acudir atraídos por el olor de la sangre fresca. Los muertos en el Hades griego son sombras sin sustancia real, sin memoria clara de quiénes fueron en vida, hasta que beben sangre. Solo después de beber recuperan temporalmente la conciencia y el recuerdo de lo que fueron. Es una imagen poética que habla sobre la memoria y la identidad: los muertos solo son quienes fueron cuando beben de lo que los vivos damos por hecho.
Odiseo habló con Tiresias, que le dio las instrucciones que necesitaba para volver a Ítaca. Pero también encontró a otros espíritus que reconoció. Encontró el espíritu de su propia madre, que había muerto de añoranza durante su larga ausencia, sin haberlo visto volver. Intentó abrazarla tres veces y sus brazos no encontraron nada, porque los muertos no tienen cuerpo que abrazar. Solo sombra. Encontró el espíritu de Aquiles, que le preguntó por su hijo Neoptólemo, aún vivo, y quiso saber si se había destacado en la guerra. Y Aquiles, el héroe que había elegido la gloria breve sobre la vida larga, le dijo a Odiseo algo que nadie que conociera al personaje habría esperado: que preferiría ser el más humilde de los esclavos en el mundo de los vivos antes que rey de todos los muertos. El héroe que en vida eligió la gloria inmortal expresaba, desde el otro lado de la muerte, algo profundamente diferente sobre el valor de estar vivo.
De regreso a la superficie, el viaje continuó con más obstáculos diseñados para probar distintos aspectos de Odiseo. Las Sirenas eran criaturas cuyo canto era tan irresistiblemente hermoso que cualquier marinero que lo escuchaba se tiraba al mar para ir hacia ellas y moría ahogado o destrozado contra las rocas. Circe le había advertido. Odiseo tomó cera de abeja y tapó los oídos de todos sus hombres para que no pudieran escuchar nada. Pero él quería escuchar el canto de las Sirenas sin morir, porque era el tipo de persona que necesita saber, que no puede pasar de largo frente a algo extraordinario sin experimentarlo. Ordenó que lo ataran al mástil del barco con cuerdas bien tensas y que no lo soltaran sin importar cuánto suplicara o amenazara. Los hombres remaron. Odiseo escuchó el canto más hermoso que ningún oído humano había escuchado antes y sobrevivió para contarlo, atado al mástil, gritando que lo soltaran, incapaz de actuar sobre lo que sentía.
Después vinieron Escila y Caribdis, dos peligros opuestos ubicados en los dos extremos de un estrecho canal que era imposible evitar. Caribdis era un remolino monstruoso que tres veces al día tragaba toda el agua del estrecho y la escupía de vuelta. Todo barco que pasara sobre ella cuando estaba activa sería destruido sin posibilidad de escape. Escila era un monstruo de seis cabezas ubicado en un acantilado, capaz de atrapar a seis marineros de una vez con sus cuellos largos como serpientes. El canal era tan angosto que no había manera de alejarse lo suficiente de uno sin acercarse peligrosamente al otro. Circe le había explicado la única opción disponible: si intentaba evitar a Caribdis, pasaría demasiado cerca de Escila y perdería seis hombres, pero el barco y el resto de la tripulación se salvarían. Si intentaba evitar a Escila, corría el riesgo de perder todo frente a Caribdis. La elección más cruel de la navegación: aceptar una pérdida acotada y cierta para evitar una pérdida total. Odiseo pasó por el lado de Escila. Perdió seis hombres. El barco continuó.
La isla del Sol fue la prueba definitiva que los hombres de Odiseo no pudieron pasar. Helios, el dios sol, tenía en esa isla sus rebaños de ganado sagrado, animales que ningún mortal debía tocar. Todas las advertencias recibidas habían sido claras al respecto. Pero los hombres estaban varados por vientos contrarios durante semanas, sin comida, sin posibilidad de partir. La resistencia tiene un límite. Cuando Odiseo se quedó dormido después de días de vigilancia, los hombres mataron algunas vacas del rebaño de Helios y las asaron. Cuando el dios sol vio lo que había pasado, fue a quejarse a Zeus. Zeus respondió con una tormenta que destruyó la nave en cuanto salieron a mar abierto. Todos los hombres de Odiseo murieron. Solo él sobrevivió, aferrado a los restos del mástil y de la quilla, flotando solo en el mar que tanto quería negarle el regreso.
El mar lo llevó de regreso al estrecho de Caribdis en el momento en que el remolino estaba tragando agua. Odiseo se colgó de una higuera que crecía en el acantilado sobre el remolino y esperó, suspendido en el aire sobre el vacío, hasta que Caribdis escupió los restos del barco. Cayó sobre los restos y siguió flotando.
Llegó a la isla de Ogigia. Ahí vivía Calipso, una ninfa, una divinidad menor del mar, que se enamoró de Odiseo y lo retuvo en su isla durante siete años. No era un cautiverio de cadenas y oscuridad. Calipso lo amaba genuinamente, o al menos lo que una divinidad menor entiende por amor. Le ofreció la inmortalidad si se quedaba con ella para siempre: nunca envejecer, nunca morir, vivir en esa isla hermosa con ella sin fin. Odiseo se negó. Pasaba los días mirando el mar con añoranza y las noches con Calipso. Pero seguía queriendo volver a Ítaca, con Penélope, con su hijo Telémaco al que apenas recordaba de cuando era un bebé. La inmortalidad ofrecida por una diosa no valía lo que la vida mortal y real en el lugar que era suyo.
Finalmente, los dioses del Olimpo, en particular Atenea que siempre había sido la protectora de Odiseo por su inteligencia y su capacidad estratégica, intercedieron. Hermes fue enviado a pedirle a Calipso que lo dejara ir. Calipso obedeció con tristeza genuina. Odiseo construyó una balsa con sus propias manos y zarpó. Una última tormenta enviada por Poseidón destruyó la balsa, pero Odiseo llegó a nado a la tierra de los feacios, un pueblo hospitalario que lo recibió, escuchó sus historias durante una noche entera, y finalmente lo llevó dormido a Ítaca en uno de sus barcos, depositándolo suavemente en la playa de su isla.
El regreso a Ítaca y la prueba del arco
Odiseo llegó a Ítaca disfrazado de mendigo, con la ayuda de Atenea que le cambió el aspecto para que no lo reconocieran. Era necesaria la precaución. En su ausencia, Ítaca estaba llena de pretendientes que querían casarse con Penélope y quedarse con el reino: más de cien hombres instalados en el palacio real, comiendo y bebiendo los recursos de Odiseo, presionando a Penélope para que eligiera a uno de ellos como marido, maltratando a los sirvientes y tratando la casa del rey ausente como si fuera suya.
Penélope los había resistido durante años con una estrategia propia: les dijo que elegiría marido cuando terminara de tejer una mortaja para su suegro Laertes. Cada noche deshacía lo que había tejido durante el día. Tejía y deshacía, ganando tiempo, esperando algo que ya no sabía si iba a llegar. > Penélope es uno de los personajes más inteligentes de toda la saga, y su resistencia no es pasividad resignada sino estrategia activa.
Penélope es uno de los personajes más inteligentes de toda la saga, y su resistencia no es pasividad resignada sino estrategia activa. Una forma de inteligencia que el poema valora tanto como la de Odiseo, y que el poema no deja pasar sin reconocerla explícitamente.
El reencuentro de Odiseo con su hijo Telémaco, a quien fue a buscar antes de ir al palacio, fue uno de los momentos más humanos del poema. Padre e hijo que prácticamente no se conocían, que eran extraños unidos por la sangre y por la necesidad de enfrentar juntos lo que venía. Odiseo reveló su identidad solo a Telémaco y a dos sirvientes de confianza que llevaban décadas siendo leales. Y planearon juntos lo que haría a continuación.
Penélope organizó un concurso entre los pretendientes que resultó ser una trampa perfectamente diseñada. El que pudiera tensar el arco de Odiseo y disparar una flecha atravesando doce hachas en fila ganaría su mano. Era el arco de Odiseo, que solo él sabía tensar correctamente después de años de práctica. Los pretendientes intentaron uno por uno, sudando, esforzándose, incapaces de doblar el arco lo suficiente para tensarlo. El mendigo que nadie tomaba en serio en un rincón del salón pidió que le dejaran intentar. Se lo dieron como gesto de burla. Y Odiseo, de pie, tensó el arco con la naturalidad de quien lo ha hecho miles de veces. Disparó la flecha y la cruzó por las doce hachas sin que tocara ninguna.
Lo que siguió fue la masacre de los pretendientes. Telémaco había bloqueado las salidas sin que nadie lo notara. Odiseo, con Atenea a su lado, mató a todos los que habían deshonrado su casa durante su ausencia. La violencia de esa escena final es considerable incluso para los estándares del poema épico. No hay clemencia posible para quien ha actuado así durante años.
El último obstáculo, el más inesperado, fue la propia Penélope. Cuando le dijeron que el mendigo que había matado a todos los pretendientes era en realidad Odiseo, ella no lo creyó de inmediato. Veinte años es mucho tiempo. Un hombre puede conocer muchas cosas sobre Odiseo sin ser Odiseo. Penélope puso a prueba al hombre que decía ser su marido con una pregunta indirecta sobre su cama. Odiseo le describió cómo había construido él mismo la cama matrimonial alrededor del tronco de un olivo vivo que crecía en el suelo de la habitación, una cama que literalmente tenía raíces en la tierra y no podía moverse de su lugar sin destruirla. Era un secreto que absolutamente nadie más podía conocer. Penélope lo escuchó. Y entonces lo creyó. Y lloró.
> El viaje de Odiseo es el arquetipo de lo que el estudioso de mitología comparada Joseph Campbell llamó el viaje del héroe, una estructura narrativa que identificó en los mitos de culturas de todo el mundo.
El viaje de Odiseo es el arquetipo de lo que el estudioso de mitología comparada Joseph Campbell llamó el viaje del héroe, una estructura narrativa que identificó en los mitos de culturas de todo el mundo y en distintas épocas históricas. Campbell describió el camino que va desde la partida, a través de las pruebas y transformaciones del camino, hasta el regreso transformado al lugar de origen. Odiseo parte siendo el astuto comandante de la guerra de Troya. Vuelve siendo algo más difícil de definir: un hombre que ha visto la muerte desde adentro, que ha hablado con los muertos, que ha resistido la inmortalidad que le ofrecieron porque la vida mortal en su propio lugar valía más, y que eligió volver a lo humano, imperfecto y limitado, porque era su lugar en el mundo y no había otro que pudiera reemplazarlo.
Hay algo verdaderamente notable en esa elección central del personaje. Calipso le ofreció la eternidad: nunca envejecer, nunca morir, vivir en una isla hermosa con una diosa que lo amaba. Odiseo eligió Ítaca, con todo lo que Ítaca significaba en términos concretos: el envejecimiento inevitable, la muerte que llegaría en algún momento, la vida cotidiana con sus limitaciones ordinarias y sus alegrías que no son divinas.
> Odiseo eligió Ítaca, con todo lo que Ítaca significaba en términos concretos: el envejecimiento inevitable, la muerte que llegaría en algún momento, la vida cotidiana con sus limitaciones ordinarias y sus alegrías que no son divinas. Los griegos, que habían construido una cultura que glorificaba la inmortalidad de la fama como el bien supremo, ponían en la boca de su personaje más inteligente una elección diferente y más sutil. Odiseo eligió lo mortal, lo limitado, lo real. Y eso también es un mito que habla directamente de algo que los seres humanos seguimos debatiendo y decidiendo todos los días.
Eso fue el ciclo de Troya y sus protagonistas. Desde la boda de Peleo y Tetis hasta el regreso de Odiseo a Ítaca, la mitología griega construyó uno de los universos narrativos más ricos que la humanidad haya producido. Un universo donde los dioses no son perfectos, los héroes tampoco, y las preguntas que importan de verdad no tienen respuesta sencilla ni definitiva.
Si llegaste hasta acá, espero que este recorrido te haya dado lo mismo que me da a mí: la sensación de que dos mil quinientos años no son tanto, y que la gente que vivió en ese tiempo pensaba, amaba, temía y se equivocaba de maneras que reconocemos sin esfuerzo porque son las mismas que seguimos viviendo hoy.
Episodios relacionados

Una flecha en el talón, disparada por el hombre que empezó todo y guiada por el dios que guardaba rencor. Así murió Aquiles. Después llegó el caballo, la noche, y el fin de Troya. Y luego Homero: el poeta que convirtió cincuenta días de esa guerra en e...

La primera palabra de la Ilíada no es gloria ni guerra: es ira. La cólera de Aquiles no fue solo un berrinche de guerrero ofendido; fue la fuerza que dejó a los griegos expuestos, que quemó naves y mató a quien más quería. Todo por una disputa de botín...

Un poeta inglés del siglo dieciséis, Christopher Marlowe, escribió una de las frases más citadas de la literatura universal. Habla de Helena de Troya y dice que era la cara que lanzó mil barcos al mar. No era hipérbole poética ni exageración dramáti...