
Troya: La Ira de Aquiles (Parte 2)
La primera palabra de la Ilíada no es gloria ni guerra: es ira. La cólera de Aquiles no fue solo un berrinche de guerrero ofendido; fue la fuerza que dejó a los griegos expuestos, que quemó naves y mató a quien más quería. Todo por una disputa de botín...
La primera palabra de la Ilíada, el poema más antiguo de la literatura occidental y uno de los textos más leídos en toda la historia de la humanidad, es ira. En griego antiguo: menis. Y no es cualquier tipo de ira.
La primera palabra de la Ilíada, el poema más antiguo de la literatura occidental y uno de los textos más leídos en toda la historia de la humanidad, es ira. En griego antiguo: menis. Y no es cualquier tipo de ira.
Menis: la primera palabra de la Ilíada
Menis es una palabra que los griegos reservaban específicamente para la cólera de los dioses o para una furia humana de proporciones divinas, una furia que trasciende lo personal y se convierte en una fuerza que transforma el mundo alrededor de quien la siente.
El poema arranca anunciando que va a cantar la ira de Aquiles, y esa ira no es la de alguien enojado en una discusión cualquiera. Es la ira de alguien que retira su protección del mundo y deja que todo arda.
El poema arranca anunciando que va a cantar la ira de Aquiles, y esa ira no es la de alguien enojado en una discusión cualquiera. Es la ira de alguien que retira su protección del mundo y deja que todo arda.
Aquiles era el mejor guerrero de la historia griega, el más veloz, el más temible en el combate cuerpo a cuerpo, prácticamente invulnerable. Y cuando se enojó, se cruzó de brazos. Y cuando se cruzó de brazos, los griegos empezaron a morir en cantidades que no habían visto antes. Esta es la historia de la cólera de Aquiles, y arranca en el décimo año de una guerra que ya nadie esperaba que durara tanto.
Nueve años de guerra y el honor del botín
La guerra de Troya llevaba nueve años cuando arranca la Ilíada. Nueve años de combate, de asedios, de campamentos en la playa, de batallas que no terminan de decidir nada definitivo. Para entender lo que ese tiempo significa en la vida de un ser humano hay que pensarlo en concreto: los guerreros que habían zarpado siendo jóvenes de veinte años eran hombres de casi treinta. Los que tenían treinta tenían ya cerca de cuarenta. Habían dormido en carpas durante una década, comido lo que la guerra y el saqueo permitían, visto morir a amigos cuya cara ya casi no recordaban. Las cartas que mandaban a sus familias tardaban meses en llegar. Los hijos nacidos el año en que partieron ya iban a la escuela sin haber conocido a sus padres. La guerra de desgaste no destruye solo a los que mueren: destruye también, de manera más lenta y menos dramática, a los que siguen vivos.
Los griegos no podían tomar Troya por las murallas, que eran demasiado sólidas y estaban demasiado bien defendidas por guerreros que conocían cada rincón de la ciudad que protegían. Los troyanos no podían expulsar a los griegos del territorio, que eran demasiados y estaban demasiado bien organizados para ser dispersados. La guerra había entrado en una fase de desgaste que consumía vidas en ambos bandos sin que la balanza se inclinara definitivamente hacia ningún lado. En esos nueve años hubo batallas menores, expediciones de saqueo a ciudades aliadas de Troya para obtener suministros, negociaciones diplomáticas que no llegaban a ningún lado. Y en alguna de esas expediciones de saqueo, los griegos capturaron a dos mujeres que iban a ser el detonante del conflicto que cambia absolutamente todo.
Criseida, Briseida y la plaga de Apolo
Una se llamaba Criseida, hija de Crises, un sacerdote de Apolo que vivía en la región. La otra era Briseida, una mujer de origen igualmente noble. En el reparto del botín que sigue a toda expedición de saqueo exitosa, Criseida le tocó a Agamenón, el comandante en jefe. Briseida le tocó a Aquiles. El padre de Criseida, el sacerdote Crises, fue al campamento griego a pedir por su hija. No llegó con las manos vacías: traía un rescate generoso y la autoridad religiosa de quien sirve a Apolo. Agamenón lo trató con desdén total y lo mandó de regreso con las manos vacías y con amenazas si volvía. Crises, humillado y desesperado, rezó a Apolo, su dios, para que castigara a los griegos por ese ultraje. Apolo escuchó. El dios envió una plaga sobre el campamento griego. Los hombres empezaron a morir.
Aquiles convocó una asamblea general del ejército. Los griegos eran una coalición de distintos reinos que habían venido juntos con sus propias tropas y sus propios comandantes, y las asambleas eran el mecanismo para resolver los conflictos internos. El adivino Calcante, al que se le preguntó la causa de la plaga, reveló la verdad con miedo visible: Agamenón tenía que devolver a Criseida a su padre. Agamenón escuchó, entendió que no tenía alternativa, y aceptó. Pero con una condición que no estaba dispuesto a negociar: si él devolvía a su prisionera, exigía recibir la de otro como compensación para no quedar debajo de ningún otro jefe en términos de honor y botín. Y la mirada de Agamenón se posó sobre Aquiles. Quería a Briseida.
Quitarle el botín a un guerrero después del reparto era un insulto de enormes proporciones en el contexto cultural griego. El botín era la materialización visible del honor ganado en combate. Era el reconocimiento público de la valentía y la habilidad de cada guerrero. No era simplemente un objeto de valor: era la prueba que se podía mostrar, que los demás podían ver, de que uno había actuado con excelencia y merecía ser tratado como alguien. Sin esa prueba visible, el honor quedaba reducido a las propias palabras de uno, que en una cultura donde la reputación lo era todo tenían mucho menos peso que los hechos. Quitárselo era decirle públicamente que su honor no valía nada, que podía ser ignorado y reducido a voluntad por alguien con más poder. Y Agamenón se lo dijo a Aquiles, el más grande de todos, el que tenía más razones para sentir que su honor era intocable.
> Quitarle el botín a un guerrero después del reparto era un insulto de enormes proporciones en el contexto cultural griego.
La retirada de Aquiles
Aquiles respondió de la única manera que sabía responder: con una intensidad absoluta que no dejaba margen para la moderación. Estuvo a punto de desenvainar la espada y matar a Agamenón ahí mismo en la asamblea, frente a todo el ejército. Fue la diosa Atenea, invisible para todos menos para él, quien se le presentó tomándolo del pelo desde atrás y le sugirió en voz baja que guardara la espada. Que respondiera con palabras, que hubiera formas mejores de vengarse que matar al comandante en jefe en público y convertirse él mismo en el responsable de la derrota. Aquiles guardó la espada. Pero prometió algo que iba a cambiar el curso de la guerra: se retiraba. Él y sus mirmidones, sus guerreros personales de Ftía, no volverían a combatir mientras Agamenón fuera el comandante. Y fue a buscar a su madre Tetis y le pidió algo que iba más allá del orgullo herido: que intercediera con Zeus para que los troyanos ganaran terreno, para que los griegos sufrieran, para que Agamenón entendiera con sangre de sus hombres lo que significaba haber insultado al mejor guerrero del ejército.
"Se retiraba. Él y sus mirmidones, sus guerreros personales de Ftía, no volverían a combatir mientras Agamenón fuera el comandante.""
Tetis fue al Olimpo y habló con Zeus, recordándole favores pasados. Y Zeus, que tenía sus propias razones para conceder este pedido, asintió. Desde ese momento, los troyanos empezaron a ganar. Las batallas que hasta entonces habían sido inconcluyentes comenzaron a inclinarse hacia el lado troyano. Los griegos perdían terreno. El campamento en la playa, que antes era una base segura, empezó a sentirse amenazado por primera vez en nueve años.
Los dioses en el campo de batalla
Los dioses en la Ilíada son un elemento central para entender toda la narración. Los dioses griegos no son árbitros imparciales que observan desde lejos. Son participantes activos con sus propias preferencias, sus propias rencillas, sus favoritismos y sus agendas personales. En la guerra de Troya los dioses estaban divididos en bandos. Del lado griego: Hera y Atenea, que detestaban a Paris por no haberles dado la manzana de oro. Poseidón, con razones históricas propias para disgustar con los troyanos. Del lado troyano: Apolo, el protector especial de la ciudad. Afrodita, que había hecho la promesa que inició todo. Ares, el dios de la guerra, que en la Ilíada aparece casi como un matón divino que simplemente disfruta del derramamiento de sangre sin importarle demasiado quién gana. Zeus intentaba mantener cierto equilibrio mientras cumplía su promesa a Tetis. El campo de batalla era también el tablero donde los dioses movían sus piezas con una indiferencia que los hombres a veces alcanzaban a intuir y nunca llegaban a comprender del todo.
Durante la ausencia de Aquiles, el peso de la guerra griega cayó sobre otros hombres. Diomedes, rey de Argos, tuvo un momento de gloria que en cualquier otra guerra habría bastado para recordarlo para siempre: con el apoyo directo de Atenea, llegó a herir a dos dioses en el mismo día. A Ares y a Afrodita, que andaban por el campo de batalla ayudando a sus protegidos. Los dioses no mueren cuando son heridos, pero sí sienten dolor, y la imagen de Afrodita llorando y huyendo al Olimpo a quejarse de que un mortal la había lastimado tiene algo de cómico que Homero maneja con una sutileza notable. Áyax, el grandote de Salamina, un hombre de enorme valor físico, sostuvo gran parte de la línea defensiva con su sola presencia imponente. Y Odiseo, como siempre, pensando, maniobrado, buscando la solución más inteligente disponible para el problema más inmediato.
Pero sin Aquiles, los griegos no alcanzaban. Llegó un punto en que los troyanos, liderados por Héctor, el hijo mayor de Príamo y el mejor guerrero de Troya, llegaron hasta las naves griegas en la playa y empezaron a quemarlas. Era el peor escenario posible para los griegos. Si las naves ardían, quedaban atrapados en tierra extraña sin manera de volver a casa. El plan entero de la guerra dependía de que las naves siguieran intactas.
Patroclo y la armadura prestada
Patroclo era el amigo más cercano de Aquiles. La naturaleza exacta de esa relación es uno de los debates más largos de la filología clásica: algunos la interpretan como una amistad fraternal de enorme profundidad, otros sugieren algo más, y el texto de Homero es suficientemente ambiguo para permitir ambas lecturas. Lo que es indudable es que Patroclo era la persona más importante en la vida de Aquiles, el único que podía acercarse a él de verdad, el único cuya opinión importaba cuando todo lo demás había dejado de importar. Y Patroclo, viendo a los griegos perder, viendo las naves quemarse, fue a hablar con Aquiles. Le rogó que volviera a combatir. Aquiles se negó. Entonces Patroclo le pidió algo diferente y más acotado: que le prestara su armadura. Si los troyanos veían a quien creían que era Aquiles entrar en la batalla, podrían retroceder solo por la fuerza del nombre.
Aquiles aceptó. Con una condición muy clara: Patroclo podía combatir para empujar a los troyanos de vuelta a sus posiciones, pero no debía avanzar demasiado, no debía alejarse del campamento, no debía intentar tomar Troya. Era un límite razonable para alguien que no era Aquiles. Patroclo tomó la armadura, se vistió con ella, entró en la batalla. Los troyanos, al ver la armadura que todos reconocían, se asustaron y retrocedieron. El plan funcionó durante un tiempo.
Pero Patroclo se envalentonó. Había más victorias al alcance de la mano. Fue más allá de lo acordado. Avanzó hacia las murallas de Troya, hacia la ciudad misma. Y ahí intervino Apolo, el protector de Troya. El dios golpeó a Patroclo desde atrás, lo aturdió, lo desarmó en un momento de confusión. Y en ese momento de vulnerabilidad, Héctor aprovechó y lo remató. Patroclo murió en las puertas de Troya, con la armadura de Aquiles puesta, habiendo ido más lejos de lo que cualquier límite le indicaba que debía ir.
La noticia llegó al campamento. Aquiles la recibió con una devastación que va más allá de lo que cualquier descripción puede capturar del todo. No fue solo dolor por la pérdida. Fue el colapso de algo fundamental en su interior, la destrucción del ancla que lo mantenía conectado al mundo. El hombre que hasta entonces había estado fuera de la guerra por orgullo herido estaba de rodillas en la arena, con la cara cubierta de tierra, gritando un nombre que ya no podía responderle. Patroclo era irreemplazable. Y Héctor lo había matado.
> Patroclo era irreemplazable. Y Héctor lo había matado.
Tetis vino a consolarlo. Y Aquiles le dijo que quería volver a combatir, que quería matar a Héctor. Tetis le recordó lo que ambos sabían desde antes de la guerra: si Aquiles mataba a Héctor, su propia muerte vendría pronto después. Ese era el orden del destino, la cadena que ya estaba trazada. Aquiles lo sabía. Y lo aceptó sin dudar. La gloria breve sobre la vida larga. La decisión que había tomado cuando Odiseo lo encontró disfrazado en Esciros ahora se volvía concreta y definitiva de una manera que antes era solo teoría.
La gloria breve sobre la vida larga.
La vuelta de Aquiles y el escudo de Hefesto
Tetis le encargó al dios artesano Hefesto una nueva armadura para su hijo, porque la de Aquiles había sido capturada por los troyanos cuando Patroclo murió. Hefesto era el único dios que trabajaba con sus manos, el artesano del Olimpo, el que fabricaba los objetos más extraordinarios del mundo divino. La nueva armadura estuvo lista en una noche. Y Homero dedica una sección enormemente detallada del poema a describir el escudo que Hefesto le fabricó a Aquiles, decorado con escenas del mundo entero: ciudades en guerra y en paz, el mar, las estrellas, bodas y funerales, campesinos cosechando, danzas de jóvenes en una plaza. El escudo de Aquiles es una imagen del mundo entero grabada en metal divino. Un mundo que Aquiles está por defender de nuevo, sabiendo que al hacerlo firma su propia sentencia de muerte.
Aquiles volvió al campo de batalla con la nueva armadura brillando bajo el sol, y los troyanos entraron en pánico real. La presencia de Aquiles transformaba absolutamente todo en el campo de batalla. No era solo su habilidad técnica. Era algo más difícil de describir, una combinación de reputación, de presencia física, de la certeza que transmitía de que no había nada que pudiera detenerlo. Mató a decenas de guerreros troyanos en esa jornada. El río Escamandro, que bañaba la llanura de Troya, llegó a rebelarse contra él porque tantos cuerpos lo estaban obstruyendo y el río mismo se sentía profanado. Aquiles, literalmente, luchó contra un río que avanzaba hacia él con toda su masa de agua. Hefesto tuvo que intervenir desde el Olimpo con fuego para secar el avance del agua y proteger al guerrero. Es una de las escenas más hiperbólicas y expresivas del poema entero.
El duelo con Héctor
Finalmente, Héctor y Aquiles se encontraron cara a cara en las puertas de Troya. Los dos mejores guerreros de sus respectivos ejércitos, frente a frente. Héctor era un personaje que Homero había construido con enorme cuidado a lo largo del poema. No era simplemente el enemigo principal de los griegos. Era un hombre completo: esposo de Andrómaca, padre de un hijo pequeño llamado Astianacte, defensor de una ciudad que amaba y que sabía que estaba condenada. Había una escena anterior, narrada con una delicadeza extraordinaria, en que Héctor se despedía de su familia antes de salir a combatir por última vez. El bebé lloraba asustado por el penacho del casco del padre, y Héctor se lo quitaba para consolarlo, riendo a través de las lágrimas, consciente de que probablemente no volvería. Es una de las imágenes más humanas de todo el poema. El guerrero que antes de ir a morir se quita el casco para no asustar a su hijo.
Cuando llegó el momento de enfrentarse a Aquiles cara a cara, Héctor huyó. Corrió alrededor de las murallas tres veces completas, con Aquiles detrás. Los dioses miraban desde el Olimpo. Zeus sostuvo la balanza del destino para medir el peso de la vida de cada uno. La balanza cayó hacia el lado de Héctor. Apolo, que lo había estado protegiendo, lo abandonó en ese momento. Atenea se le apareció a Héctor disfrazada de su hermano Deífobo, convenciéndolo de que no estaba solo para enfrentarse a Aquiles. Héctor se detuvo. Se dio vuelta. Y enfrentó a Aquiles.
El duelo fue breve. Aquiles atravesó a Héctor con la lanza en la garganta, en el único punto que quedaba desprotegido por la armadura. Héctor cayó. Y con él cayó algo en Troya que no iba a recuperarse jamás. La ciudad que durante diez años había resistido gracias en buena medida a su hijo mayor quedó de pronto sin su principal defensor.
Lo que hizo Aquiles después de la muerte de Héctor fue igualmente significativo para la narrativa. No lo enterró. Ató el cuerpo al carro y lo arrastró alrededor de las murallas de Troya, frente a los ojos de la familia de Héctor que lo miraba desde las almenas. Lo hizo durante días, repitiendo el gesto una y otra vez. Era una profanación grave incluso para los estándares de la guerra antigua, y los propios dioses olímpicos empezaron a incomodarse con el exceso. Aquiles había cruzado una línea que separaba el dolor legítimo de la venganza que ya no tiene límite.
Príamo y el cierre de la Ilíada
El final de este ciclo llegó cuando el rey Príamo, el padre de Héctor, anciano, devastado, sin nada que perder, fue solo de noche al campamento griego. Se presentó ante Aquiles. Besó las manos que habían matado a su hijo. Y le pidió que le devolviera el cuerpo para poder darle sepultura. Aquiles, ante esa escena, se quebró. Vio en Príamo a su propio padre, envejecido y vulnerable, y lloró junto al anciano rey, que también lloraba. Dos enemigos llorando el uno frente al otro, reconociéndose como personas antes que como adversarios. Aquiles devolvió el cuerpo y le concedió una tregua de doce días para los funerales de Héctor. La Ilíada termina ahí, con el entierro de Héctor, en una nota de humanidad compartida que es una de las últimas palabras más poderosas que un poema de guerra haya pronunciado.
La tregua duró doce días. Pasado ese tiempo, el campamento griego retomó su marcha y la guerra retomó la suya. Y con ella retomó también el peso de la elección que Aquiles había tomado con plena conciencia antes de zarpar de Esciros: la gloria breve sobre la vida larga. Mientras estuvo furioso por Briseida, mientras lloraba a Patroclo, mientras perseguía a Héctor alrededor de las murallas, esa elección había sido el fondo constante de todo lo que hacía. Él lo sabía. Tetis lo sabía. Y la cadena de eventos que iba a convertirla en algo irreversible ya estaba en movimiento.
> La Ilíada termina ahí, con el entierro de Héctor, en una nota de humanidad compartida que es una de las últimas palabras más poderosas que un poema de guerra haya pronunciado.
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