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Troya: La Ilíada (Parte 3)
Episodio 24

Troya: La Ilíada (Parte 3)

Andres AguilarAndres Aguilar

Una flecha en el talón, disparada por el hombre que empezó todo y guiada por el dios que guardaba rencor. Así murió Aquiles. Después llegó el caballo, la noche, y el fin de Troya. Y luego Homero: el poeta que convirtió cincuenta días de esa guerra en e...

TROYA — LA ILÍADA (PARTE 3)

La muerte de Aquiles

El episodio anterior terminó con el entierro de Héctor y doce días de tregua. Aquiles había devuelto el cuerpo al viejo Príamo, los dos enemigos habían llorado juntos, y por un momento la guerra pareció casi humana. Después de esos doce días, la tregua terminó. La guerra retomó su curso. Y con ella retomó el peso de algo que Aquiles había sabido desde antes de zarpar de Esciros: si Héctor moría, él moriría después. Eso ya estaba cumplido. Ahora era su turno.

Pero antes de que eso pasara, Aquiles siguió combatiendo. Y en ese período final, entre la muerte de Héctor y la suya propia, Aquiles fue quizás más destructivo que nunca. Como si supiera que el tiempo se acababa y quisiera dejar una cuenta imposible de ignorar. Mató a Memnón, el rey etíope que había llegado a Troya con un ejército para reforzar la defensa de la ciudad. Memnón era hijo de la Aurora, una divinidad, y su enfrentamiento con Aquiles es uno de esos duelos entre semidioses que la tradición griega recordó durante siglos. Ninguno de los dos era completamente mortal. Los dos tenían madres divinas que miraban desde el Olimpo mientras sus hijos se mataban abajo. Zeus sostuvo la balanza del destino, como lo había hecho con Héctor. El platillo de Memnón cayó. Aquiles lo mató. Y siguió adelante.

Siguió avanzando hasta las puertas de Troya. Eso era lo que lo caracterizaba en esas últimas semanas: empujaba más lejos de lo que cualquier cálculo prudente aconsejaba, como si la distancia entre él y las murallas de la ciudad que debía tomar fuera la única medida de progreso que le importaba. Llegó tan cerca de las puertas Esceas, las grandes puertas de madera que daban al campo de batalla, que los troyanos que miraban desde las almenas podían verle la cara.

Y fue ahí, a las puertas de Troya, donde Paris lo mató.

Paris estaba en la muralla o cerca de ella. Era un arquero, no un guerrero de combate cuerpo a cuerpo. Esa distinción importaba enormemente en el mundo homérico. El hombre que te mira a los ojos y te enfrenta con lanza y escudo tiene un estatus que el hombre que te mata desde una distancia segura nunca va a tener. En la Ilíada, Paris aparece varias veces tratando de esquivar el combate directo, escondido detrás de otros, dejando que sean los guerreros de verdad los que peleen mientras él dispara desde lejos. Su propio hermano Héctor se lo recrimina en el poema con una dureza que no deja lugar a interpretaciones. Paris sabía combatir con el arco. Era habilidoso, preciso. Pero en una cultura que medía el valor por la disposición a ponerse en el lugar del peligro más inmediato, el arco tenía algo de trampa, de distancia cobarde. Y fue exactamente esa distancia la que terminó con la vida del guerrero más grande del mundo.

Pero Paris solo era el brazo. Quien guió la flecha fue Apolo.

Apolo había sido el protector de Troya desde mucho antes de que la guerra empezara. Fue Apolo quien envió la plaga sobre el campamento griego en el año diez cuando Agamenón insultó a su sacerdote. Fue Apolo quien intervino para proteger a Héctor en varios momentos críticos. Y fue Apolo quien, cuando Patroclo se acercó demasiado a las murallas de Troya, lo golpeó desde atrás y lo dejó vulnerable para que Héctor lo matara. El dios tenía una deuda pendiente con Aquiles, y no era solo la cuestión de Troya. En la tradición que rodea estos eventos hay versiones que mencionan que Aquiles había matado al joven Troilo, un príncipe troyano adolescente, dentro del santuario sagrado de Apolo. Si eso ocurrió así, era una profanación que el dios no podía dejar sin respuesta. Los dioses griegos no perdonaban ese tipo de ultrajes. Los registraban con una paciencia que podía confundirse con olvido hasta el momento en que dejaba de serlo.

Apolo se le apareció a Paris. En algunas versiones le habló directamente, le señaló a Aquiles, y dirigió su mano. En otras simplemente guió el vuelo de la flecha después de que fue disparada, como si el dios mismo fuera el viento que corregía la trayectoria. La flecha encontró el talón.

El talón, ese punto concreto y específico, no era una casualidad. Para entender por qué ese era el único punto donde Aquiles podía ser herido mortalmente hay que volver al principio de su historia. Tetis lo sabía desde antes de que él naciera. Sabía que su hijo elegiría la gloria sobre la vida larga, sabía que el campo de batalla de Troya lo llamaría con una fuerza que ningún argumento materno podría contrarrestar. Pero también era su madre, y la maternidad en el mundo griego no resignaba el intento de proteger aunque fuera inútil. Tomó al bebé Aquiles y lo sumergió en las aguas del Estigia. El Estigia era el río del inframundo, el que los muertos cruzaban para llegar al reino de Hades. Sus aguas tenían un poder que ninguna otra agua del mundo tenía: volvían invulnerable todo lo que tocaban. Tetis sumergió a su hijo completamente, sujetándolo por el talón. El agua del Estigia tocó todo su cuerpo. Todo, excepto el talón por el que su madre lo sostenía. La mano que intentaba salvarlo fue también el lugar que la muerte guardó para sí.

Hay algo en esa imagen que los griegos pensaron con mucho cuidado. No fue descuido lo que dejó el talón expuesto. Fue el amor mismo. El único punto del cuerpo de Aquiles que no tocó el agua del inframundo es exactamente el que sostenía la mano de su madre. La protección y la vulnerabilidad nacen del mismo gesto. Es el tipo de paradoja que aparece mucho en la mitología griega y que en este caso tiene una dimensión que va mucho más allá de la mecánica de cómo matar a un guerrero invulnerable.

Apolo sabía dónde estaba ese talón. Y Paris lo sabía ahora también.

La flecha entró y Aquiles cayó. No de golpe, no de manera instantánea en todas las versiones. Hay tradiciones que lo muestran intentando arrancar la flecha, poniéndose de pie una vez más, combatiendo incluso herido antes de que la fuerza lo abandonara del todo. Era Aquiles. Su cuerpo tardó en entender que había llegado el momento. Pero llegó. El más grande guerrero que Grecia había enviado a Troya murió ante las puertas de la ciudad que había pasado diez años intentando tomar, con una flecha en el talón disparada por el hombre que había iniciado todo, guiada por el dios que protegía la ciudad.

La ironía de esa muerte es tan perfecta que ningún poeta podría haberla construido mejor sin que pareciera artificio. Paris comenzó la guerra. Paris terminó a Aquiles. El amor que puso todo en movimiento se convirtió en el instrumento del final del hombre más importante de la guerra. Y lo hizo no con el tipo de duelo glorioso que la cultura heroica griega consideraba el final apropiado para un guerrero de esa magnitud, sino con una flecha disparada desde lejos, desde la distancia que permite el arco y que la épica tradicional consideraba el recurso del hombre que prefiere no ponerse en el lugar del peligro real.

Lo que siguió a la muerte de Aquiles fue una batalla feroz por el cuerpo. Los griegos no podían permitir que los troyanos se llevaran los restos de su mejor guerrero. Áyax, el grandote de Salamina, cargó el cuerpo sobre sus hombros y lo sacó del campo de batalla mientras Odiseo cubría la retirada frenando el avance troyano. El cuerpo llegó al campamento griego. Los funerales de Aquiles tuvieron una escala acorde con su vida: días de duelo, los juegos funerarios que la tradición exigía, la procesión de los mirmidones, sus guerreros personales de Ftía, que lo habían seguido desde el principio. Tetis salió del mar para llorar a su hijo. Las nereidas, sus hermanas, la acompañaron. Era lo que sabía que iba a pasar desde antes de que él naciera. No lo hizo menos real cuando llegó.

La muerte de Aquiles no terminó la guerra. Los griegos seguían sin poder romper las murallas de Troya, y los troyanos seguían sin poder expulsarlos del territorio. La ecuación de desgaste que había definido nueve de los diez años de conflicto seguía vigente, solo que ahora sin el hombre que durante las últimas semanas había parecido capaz de inclinarla definitivamente. La guerra que había empezado por una mujer y un agravio a la hospitalidad sagrada necesitaba algo diferente para terminar. Necesitaba una idea.

El caballo de madera

La idea fue de Odiseo.

Un caballo de madera de proporciones enormes, construido por el mejor carpintero del ejército griego, Epeo, con la ayuda técnica de Atenea. Hueco por dentro. Con una trampilla disimulada en el vientre que podía abrirse desde adentro sin dejar rastro visible desde afuera. El espacio interior calculado para ocultar a un grupo selecto de guerreros: las versiones antiguas varían entre veinte y cuarenta hombres, pero coinciden en que eran los mejores disponibles. Odiseo entre ellos. Menelao entre ellos. Hombres con la frialdad necesaria para permanecer inmóviles y en silencio durante horas, en un espacio oscuro y cerrado, esperando una señal que podía no llegar nunca si algo salía mal.

La segunda parte del plan era la más difícil. No la carpintería sino la mentira. Odiseo eligió para ese trabajo a un hombre llamado Sinón, seleccionado específicamente porque era capaz de sostener una historia falsa frente a un interrogatorio hostil sin derrumbarse. Había que encontrar a alguien así. No cualquiera podía mentirle a una ciudad entera mientras lo rodeaban y lo presionaban con la desconfianza acumulada de diez años de guerra. Sinón podía.

El plan: los griegos cargarían las naves, levantarían el campamento y desaparecerían del horizonte. Dejarían el caballo en la playa como ofrenda votiva a Atenea, construido deliberadamente demasiado grande para que los troyanos no pudieran meterlo dentro de sus murallas, porque si lo conseguían, la protección de la diosa pasaría al lado troyano para siempre. Sinón se quedaría solo en la playa, atado, como si sus propios compañeros lo hubieran abandonado. Cuando los troyanos lo encontraran, les diría que había escapado de un intento de sacrificio humano antes de la partida. Una historia que tenía la textura de la verdad: los griegos habían sacrificado a Ifigenia para que los vientos soplaran diez años antes. No era tan difícil creer que podían intentar algo similar al irse.

La lógica perversa del plan estaba en esa medida específica del caballo. Si los troyanos creían que los griegos lo habían construido demasiado grande para que entrara, la reacción natural era querer derribar un tramo de la muralla para hacerlo pasar. Eso era exactamente lo que Odiseo necesitaba.

Los troyanos salieron de la ciudad por primera vez en años. Caminaron por la playa vacía, vieron el campamento abandonado, las marcas en la arena donde habían estado las naves. Encontraron el caballo. Encontraron a Sinón. Y la historia de Sinón sonaba exactamente como la verdad porque tenía todos los detalles que una mentira cuidadosamente construida necesita: coherencia interna, víctima creíble, lógica que se sostiene bajo preguntas.

Dos voces advirtieron que no confiaran.

La primera fue Casandra. Hija de Príamo y una de las figuras más trágicas de toda la mitología griega. Casandra tenía el don de la profecía, es decir, veía el futuro con una claridad que ningún otro mortal alcanzaba. Pero Apolo, el mismo dios que había guiado la flecha de Paris, la había maldecido con una condena específica: nadie le creería jamás. La había amado cuando era joven, ella lo rechazó, y el dios que no podía quitarle el don que ya le había dado le quitó en cambio lo único que hacía útil ese don. Casandra gritó que el caballo era una trampa. Que adentro había guerreros armados. Que si lo metían dentro de la ciudad, Troya ardería esa noche. Nadie le creyó. Nunca le creían.

La segunda voz fue Laocoonte, un sacerdote, que advirtió a los troyanos con una frase que el poeta romano Virgilio inmortalizó siglos después: desconfiad de los griegos aunque traigan regalos. Laocoonte llegó a arrojar una lanza al costado del caballo para demostrar que sonaba hueco. Y mientras los troyanos todavía deliberaban, dos enormes serpientes marinas salieron del mar y devoraron a Laocoonte y a sus dos hijos frente a todos. Los troyanos lo interpretaron como señal inequívoca de los dioses. El sacerdote había ofendido una ofrenda sagrada. El caballo era legítimo. Había que meterlo adentro.

Para que entrara por las puertas tuvieron que demoler un tramo de la muralla. La muralla que había resistido diez años de guerra fue abierta voluntariamente por los propios troyanos para dar paso a lo que iba a destruirlos. Es la imagen más precisa posible de cómo funciona el engaño cuando está bien construido: no necesita romper las defensas desde afuera. Necesita convencer a los que están adentro de que las abran ellos mismos.

> La muralla que había resistido diez años de guerra fue abierta voluntariamente por los propios troyanos para dar paso a lo que iba a destruirlos.

Esa noche Troya celebró. Después de diez años, la guerra había terminado. Los griegos se habían ido. El caballo sagrado estaba dentro de las murallas. Había razones para beber, para cantar, para dejar que la guardia descansara por primera vez en una década. Y mientras Troya dormía, Sinón abrió la trampilla desde afuera. Los guerreros salieron uno a uno en el silencio de la madrugada. Abrieron las puertas de la ciudad. Las naves que se habían ido habían regresado en la oscuridad. Y Troya cayó esa noche, desde adentro, en pocas horas. La ciudad que había resistido a los mejores guerreros del mundo durante diez años fue tomada en una noche mediante el engaño.

La caída fue salvaje. Matanzas, incendios, esclavizamientos. El rey Príamo murió. Muchos de los príncipes troyanos murieron en esa noche. Astianacte, el hijo pequeño de Héctor y Andrómaca, fue arrojado desde las murallas. Los griegos no querían dejar vivos posibles futuros vengadores. Andrómaca fue llevada a Grecia como esclava. Helena fue recuperada por Menelao, que llegó ante ella con la espada en la mano y la determinación de matarla. Según varias versiones, cuando la vio, la espada se le cayó sola. Se la llevó consigo. Volvieron juntos a Esparta y vivieron ahí durante años, como si la guerra hubiera sido un paréntesis que el tiempo podía cerrar.

La caída de Troya y el regreso maldito

La victoria griega no fue lo que los vencedores esperaban. Los dioses estaban furiosos por la manera en que los griegos habían profanado los templos de Troya durante el saqueo. En el templo de Atenea ocurrieron crímenes que la diosa no podía ignorar. Poseidón envió tormentas. La flota griega, que había cruzado el Egeo diez años antes con el viento a favor y el optimismo de quien todavía no sabe cuánto puede costar algo, volvió dispersada, destrozada. Muchos héroes tardaron años en llegar a sus casas. Algunos nunca llegaron.

Agamenón llegó a Micenas y fue asesinado por su propia esposa. Clitemnestra nunca le había perdonado el sacrificio de Ifigenia, el engaño cruel con que la hizo venir a Áulide con el pretexto de casarla con Aquiles. Durante diez años de guerra había tomado un amante, Egisto, que además ambicionaba el trono. El hombre que había comandado la mayor coalición militar del mundo griego murió en su propio palacio el día mismo de su regreso victorioso. La Orestíada de Esquilo, la trilogía teatral más importante de toda la Antigüedad, narra lo que siguió: el hijo de Agamenón, Orestes, venga a su padre matando a su madre, y queda atrapado en la persecución de las Erinias, las diosas de la venganza. La historia termina cuando Atenea establece un tribunal humano para juzgar el caso de Orestes, un momento que los griegos presentaban como el origen mítico del sistema judicial occidental. El reemplazo de la venganza personal por la justicia institucional. La guerra de Troya, incluso para quienes la ganaron, fue el principio de otra historia que costó más sangre.

Homero y la tradición oral

Y entonces llegamos a la pregunta con la que debería haber empezado este episodio: ¿de dónde viene todo lo que acabamos de escuchar?

La Ilíada es el poema épico más famoso de toda la historia de la literatura occidental. Y hay un dato sobre ese poema que casi siempre sorprende a quien lo escucha por primera vez. La Ilíada no cuenta el comienzo de la guerra de Troya. Tampoco cuenta el final. No habla del juicio de Paris. No habla del caballo de madera ni de la caída de la ciudad. No habla de la muerte de Aquiles. La Ilíada narra cincuenta y un días del décimo año de la guerra. Nada más. Una porción pequeña de una historia enorme. Y es probablemente el texto más influyente que produjo la civilización occidental.

¿Quién lo escribió? La respuesta honesta es que no lo sabemos con certeza. La tradición antigua habla de un poeta ciego, Homero, que vivió en algún momento entre los siglos nueve y ocho antes de nuestra era. Quizás de la isla de Quíos, quizás de la ciudad de Esmirna en la costa del Asia Menor, quizás de algún otro lugar del mundo griego. Varias ciudades lo reclamaron como propio durante siglos. Lo que no prueba demasiado, excepto que todos querían la gloria de haberlo producido. La realidad histórica es más complicada que esa imagen simple del poeta ciego que se sentó a escribir los dos poemas fundacionales. Durante dos siglos los estudiosos han debatido lo que se conoce como la cuestión homérica: ¿fue Homero una persona real que compuso estos textos, o es un nombre que representa una tradición oral colectiva de generaciones? No hay una respuesta definitiva. Probablemente no la haya.

Lo que sí sabemos es que la Ilíada y la Odisea pertenecen a una tradición oral antiquísima. Antes de que hubiera escritura en Grecia, los aedas transmitían estas historias de generación en generación durante siglos. Los aedas eran cantores o bardos profesionales que recitaban de memoria en las cortes de los reyes y en las fiestas. Tenían fórmulas fijas, frases que se repetían en contextos similares, estructuras que facilitaban la memorización de textos enormes. Expresiones como "el de los pies veloces" para Aquiles, o "la Aurora de rosáceos dedos" para el amanecer, aparecen docenas de veces en el poema. Son los bloques de construcción de una tradición que funcionaba antes de que existiera la posibilidad de escribir nada. Cuando finalmente se desarrolló la escritura en Grecia, alguien —o algunos— pusieron estos poemas por escrito. El resultado sobrevivió más de dos mil quinientos años y sigue siendo objeto de estudio, traducción y fascinación en todo el mundo.

En griego antiguo la Ilíada está escrita en hexámetros dactílicos, un metro poético muy particular que en su lengua original suena casi como el galope de un caballo cuando se lo lee en voz alta. Ese efecto sonoro era fundamental. Esta era una tradición que nació para ser escuchada, no leída en silencio. El griego promedio del siglo quinto antes de nuestra era no tenía la Ilíada en la biblioteca de su casa. Los libros eran rollos de papiro escritos a mano, caros y escasos. La manera en que casi todo el mundo conocía estos poemas era escuchándolos. En las grandes fiestas religiosas panhelenas, como las Panateneas en Atenas que se celebraban cada cuatro años, parte del programa era la recitación de los poemas homéricos en orden, pasando de rapsoda en rapsoda, que era como se llamaba a los recitadores profesionales que los habían memorizado. La gente venía de distintas partes del mundo griego y escuchaba durante horas la historia de Aquiles, de Héctor, de la guerra. Era una experiencia colectiva que unificaba culturalmente a comunidades que hablaban el mismo idioma pero tenían leyes y costumbres muy distintas. Homero era mucho más que un poema. Era el elemento cultural compartido que hacía posible hablar de una identidad griega más allá de las fronteras de cada ciudad. Tenía una función política y social que iba mucho más allá de la narración de una guerra.

> Hay un elemento que distingue a la Ilíada de casi todo lo que la literatura occidental produjo después, al menos en lo que respecta a la guerra. Homero no toma partido.

Hay un elemento que distingue a la Ilíada de casi todo lo que la literatura occidental produjo después, al menos en lo que respecta a la guerra. Homero no toma partido. No hay buenos y malos en el sentido en que los entendemos hoy. Los griegos tienen sus virtudes y sus miserias, y los troyanos tienen exactamente las mismas. Héctor, el principal guerrero de Troya, es presentado con tanta simpatía como cualquiera de los héroes griegos, quizás con más. Esa capacidad de entender al enemigo como un ser humano completo, con su familia, sus miedos, su amor a la ciudad que defiende, es algo que la guerra rara vez produce en quienes la viven, y que un poema sobre la guerra logra de manera extraordinaria. Andrómaca tiene en la Ilíada uno de los monólogos de despedida más desgarradores de toda la literatura. Príamo, el rey derrotado que va solo de noche al campamento enemigo a besar las manos que mataron a su hijo, es una figura de una dignidad que no tiene equivalente en casi ningún texto que se haya escrito después. Y Troya, la ciudad que cae, no es el enemigo abstracto cuya destrucción debemos celebrar. Es una ciudad que el lector ama mientras la ve derrumbarse.

> Eso es lo que hace de la Ilíada algo más que épica de guerra. Es un poema sobre el duelo. Sobre la pérdida irreversible. Sobre lo que significa que algo hermoso sea destruido sin posibilidad de recuperación.

Eso es lo que hace de la Ilíada algo más que épica de guerra. Es un poema sobre el duelo. Sobre la pérdida irreversible. Sobre lo que significa que algo hermoso sea destruido sin posibilidad de recuperación. Troya no vuelve. Héctor no vuelve. Aquiles no vuelve. Y sin embargo el poema los hace vivir para siempre, que era exactamente lo que la gloria prometía en el mundo griego.

El legado de la Ilíada en la historia cultural de Occidente es imposible de exagerar. Alejandro Magno, el conquistador macedonio que en el siglo cuatro antes de nuestra era construyó el Imperio más grande que el mundo había visto hasta ese momento, llevaba consigo una copia de la Ilíada anotada por su propio maestro, Aristóteles. La guardaba debajo de la almohada junto a su daga. Al comienzo de sus conquistas, cuando cruzó a Asia Menor y pasó cerca de la región de Troya, fue a visitar la tumba legendaria de Aquiles. Lloró ahí, frente a la tumba. Y dijo que envidiaba a Aquiles por haber tenido a Homero que lo inmortalizara. Un hombre que había conquistado el mundo conocido consideraba que la gloria más grande posible era ser el protagonista de un poema. Eso dice algo sobre el poder de la historia contada bien, y también sobre qué tipo de inmortalidad perseguían los griegos.

Schliemann y la Troya real

Una última cosa antes de cerrar. Heinrich Schliemann era un arqueólogo alemán del siglo diecinueve que desde niño estaba convencido de que Troya era real y no simplemente un mito poético. Dedicó su vida a encontrarla contra la opinión de casi toda la comunidad académica de su tiempo, que lo consideraba un excéntrico. En 1871 comenzó a excavar en un sitio en la costa de lo que hoy es Turquía, llamado Hisarlik. Y encontró ruinas. No una ciudad sino varias superpuestas, cada civilización construida sobre las cenizas de la anterior, como capas de una historia que no termina nunca. La capa que la mayoría de los arqueólogos identifica hoy como la Troya del período homérico, conocida técnicamente como Troya VIIa, muestra evidencias claras de destrucción violenta por incendio alrededor del siglo doce antes de nuestra era. No es prueba de que la guerra ocurrió exactamente como Homero la narra. Pero sí dice que en ese lugar hubo una ciudad importante que fue destruida, y que la memoria de esa destrucción sobrevivió siglos transmitida de boca en boca antes de que alguien la pusiera por escrito.

La historia que empezó con la manzana de Eris en una boda del Olimpo terminó con una ciudad en llamas, miles de muertos, y un poema que dos mil quinientos años después seguimos leyendo y discutiendo. No está mal para una fiesta de bodas que salió muy, muy mal.

En el próximo episodio nos vamos con el personaje más astuto de toda la saga. Odiseo. El hombre que tardó diez años en volver de una guerra que duró diez años. Que se encontró con monstruos, con magia, con los muertos, con tentaciones casi irresistibles, y con un mar que parecía no querer dejarlo llegar a casa nunca.

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