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Kierkegaard: el salto de fe y la angustia de elegir.
Episodio 22

Kierkegaard: el salto de fe y la angustia de elegir.

Andres AguilarAndres Aguilar

En 1841, un joven danés le devolvió el anillo a la mujer que amaba sin darle una explicación que ella pudiera entender — y pasó el resto de su vida escribiendo sobre esa decisión. Kierkegaard no construyó un sistema filosófico: construyó una pregunta q...

El 11 de agosto de 1841, en Copenhague, un hombre joven tomó una de las decisiones más dolorosas de su vida y la convirtió en el motor de toda su filosofía. Søren Kierkegaard tenía veintiocho años y llevaba un año comprometido con Regine Olsen, una chica de dieciséis años de quien estaba profundamente enamorado. Rompió el compromiso. Le devolvió el anillo. Sin una explicación clara que ella pudiera entender. Y pasó el resto de su vida escribiendo, en parte, sobre esa decisión: por qué la tomó, qué significó, qué revela sobre la naturaleza de la elección humana.

Regine se casó con otro hombre. Kierkegaard nunca lo superó. Cuando murió, a los cuarenta y dos años, dejó instrucciones de que todo lo que tuviera se le entregara a ella. Y Regine, ya anciana, leyó su obra completa y dijo que recién entonces entendió lo que él había intentado decirle aquella tarde de agosto. Que la había amado profundamente, pero que había sentido que su amor por Dios y su misión filosófica eran incompatibles con el amor humano convencional. Que eligió la soledad y el sufrimiento porque los creyó necesarios para lo que tenía que hacer.

Es una historia de amor triste y también, si la pensamos bien, una historia sobre la angustia de elegir. Sobre lo que pasa cuando tenés que tomar una decisión importante sabiendo que cualquier camino implica perder algo irreemplazable. Sobre la soledad radical de ser el único que puede elegir por vos mismo.


El hombre detrás del filósofo

Søren Aabye Kierkegaard nació en Copenhague en 1813, séptimo y último hijo de un comerciante de lanas que se había vuelto rico y que era, según todos los relatos, un hombre marcado por un sentido de culpa religioso tan profundo que rozaba la patología. El padre, Michael Pedersen Kierkegaard, estaba convencido de que había pecado gravemente en su juventud y de que Dios lo iba a castigar haciendo que todos sus hijos murieran antes que él. En efecto, seis de sus siete hijos murieron jóvenes. Søren fue el único que sobrevivió a su padre, pero apenas.

Esa infancia oscura, marcada por la religiosidad intensa del padre y por la atmósfera de culpa y redención que llenaba la casa, moldea todo lo que Kierkegaard va a escribir después. La fe, la angustia, el pecado, la relación individual con Dios: todos estos temas no son para él abstracciones académicas. Son las preguntas que lo persiguieron desde que tuvo uso de razón.

Fue a la universidad a estudiar teología, pero tardó diez años en terminar. En el medio leyó de todo, frecuentó cafés y teatros, se ganó una reputación de personaje excéntrico y brillante en la pequeña Copenhague de su época, y empezó a escribir los primeros textos filosóficos que eventualmente lo harían famoso. Muchos los publicó bajo seudónimos, distintos para cada libro: Johannes el Seductor, Constantin Constantius, el Silencioso. Como si distintas voces dentro de él necesitaran expresarse por separado antes de que él mismo pudiera integrarlas.


La crítica a Hegel: subjetividad contra sistema

Para entender a Kierkegaard hay que entender contra quién estaba peleando. Y el principal blanco de sus críticas era Georg Wilhelm Friedrich Hegel, el filósofo alemán más influyente del siglo diecinueve, de quien mencionamos algo en este artículo de Heráclito porque Hegel tomó las ideas del flujo y los opuestos y las convirtió en un sistema filosófico enorme y ambicioso.

Hegel construyó lo que se conoce como un sistema idealista: una filosofía que pretendía explicar la realidad entera —la naturaleza, la historia, el espíritu humano, Dios— dentro de un marco conceptual coherente y exhaustivo. Era una obra de una ambición intelectual colosal. Y tuvo un éxito colosal también: en la primera mitad del siglo diecinueve, prácticamente toda la filosofía alemana y gran parte de la europea giraba alrededor de Hegel, como planetas alrededor de un sol.

Kierkegaard odiaba eso. No el pensamiento de Hegel en su totalidad, porque era demasiado inteligente para odiar por completo algo tan sofisticado. Pero odiaba la pretensión de que un sistema filosófico podía capturar y explicar la existencia humana desde afuera, como si el filósofo pudiera pararse en un punto privilegiado por encima de la realidad y describir cómo funciona el todo.

Para Kierkegaard, eso era una ilusión. Y era una ilusión peligrosa porque distraía de lo único que realmente importa: la existencia concreta, singular, irreductible de cada individuo. Hegel pensaba en términos de procesos históricos universales, de movimientos de la humanidad en su conjunto. Y Kierkegaard respondía: sí, todo eso puede ser muy interesante, pero yo soy yo, específicamente yo, con esta historia particular y esta decisión concreta que tengo que tomar ahora, y ningún sistema filosófico me dice cómo tomarla.

> Yo soy yo, específicamente yo, con esta historia particular y esta decisión concreta que tengo que tomar ahora, y ningún sistema filosófico me dice cómo tomarla.

Esa tensión entre el sistema universal y la existencia individual es el corazón de toda la filosofía de Kierkegaard. Y es la razón por la que lo consideramos el padre del existencialismo: fue el primero en decir que la existencia individual, subjetiva e irreductible, tenía que ser el punto de partida de la filosofía, no un problema a resolver dentro de un sistema más grande.


Los tres estadios de la existencia

Una de las contribuciones más originales de Kierkegaard es su descripción de lo que llama los tres "estadios" o etapas de la existencia. No son etapas que todo el mundo atraviesa necesariamente en orden, sino más bien tres modos de vida distintos, tres formas de relacionarse con la existencia y con la elección.

El primero es el estadio estético. No tiene que ver con el arte necesariamente, aunque puede incluirlo. La vida estética es la vida orientada a la búsqueda del placer, la experiencia y la sensación. El que vive estéticamente busca lo interesante, lo bello, lo excitante. Huye del aburrimiento y la rutina con la misma energía con la que busca nuevas experiencias. Es el personaje que en uno de los libros más famosos de Kierkegaard, "O lo uno o lo otro", aparece como "el Seductor": alguien que seduce a las mujeres no tanto por deseo carnal sino por el placer intelectual de la conquista, de la elaboración de la estrategia perfecta.

El problema con la vida estética, según Kierkegaard, es que es fundamentalmente inestable. La novedad se convierte en rutina. El placer se agota. El aburrimiento regresa inevitablemente. Y en el fondo de la vida estética hay una desesperación que se tapa con más estimulación, más experiencias, más huida del momento presente. El estético nunca está completamente en ningún lugar porque siempre está buscando el próximo lugar interesante.

El segundo estadio es el ético. Acá la vida se organiza alrededor del deber, las normas morales y los compromisos con los demás. El hombre ético se casa, cumple sus obligaciones, es un ciudadano responsable. Kierkegaard no lo presenta como algo malo —al contrario, es una existencia más estable y profunda que la estética— pero también tiene sus límites. Las normas éticas son generales y abstractas, y la vida concreta de cada uno siempre tiene situaciones que las normas no pueden cubrir completamente. Hay momentos en que las normas éticas entran en conflicto entre sí, o en que seguirlas ciegamente llevaría a algo que sentís que está profundamente mal.

El tercer estadio es el religioso. Y acá Kierkegaard se pone realmente interesante y también más difícil de seguir si no se tiene el contexto. El estadio religioso no es simplemente ir a misa o seguir los mandamientos. Es una relación directa, personal e irreductible entre el individuo y Dios que trasciende tanto el placer como el deber.


Abraham y el salto de fe

Para ilustrar el estadio religioso, Kierkegaard dedica un libro entero a analizar un episodio del Génesis, el primer libro de la Biblia. La historia de Abraham y el sacrificio de Isaac.

Si no la recordás: Dios le pide a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac, el hijo de su vejez, el fruto del milagro, la continuación de su linaje. Abraham acepta. Agarra a su hijo, sube a la montaña, levanta el cuchillo. Y en el último momento, Dios envía a un ángel que detiene el sacrificio y provee un carnero en su lugar. Fue una prueba. Abraham la pasó.

La pregunta de Kierkegaard es: ¿cómo hay que entender lo que hizo Abraham? Desde el punto de vista ético, lo que estaba a punto de hacer era un crimen. Matar a un hijo inocente. Si aplicamos las normas morales comunes, Abraham es un asesino potencial. Sin embargo, la tradición lo presenta como el padre de la fe, como el ejemplo máximo de confianza en Dios.

¿Cómo se resuelve esa contradicción? Kierkegaard dice que no se resuelve: se trasciende. Lo que Abraham hace no es una decisión ética porque no puede ser justificada con ningún argumento ético. Es un salto hacia un estadio donde la relación individual con lo absoluto —con Dios— supera las normas generales de la moral común.

A eso lo llama "la suspensión teleológica de lo ético". Que significa, en palabras más accesibles: hay momentos en que la relación con lo que considerás sagrado o absoluto te lleva más allá de lo que las normas morales corrientes pueden comprender o justificar. No es una licencia para hacer lo que querás. Es una descripción de la lógica interna de la fe auténtica tal como Kierkegaard la entendía.

Y el "salto de fe" es justamente eso: el momento en que uno da un paso que no puede justificar con argumentos racionales, que no tiene garantía de éxito, que implica confiar en algo que está más allá de la razón. No es un salto hacia la irracionalidad en el sentido de estupidez. Es un salto hacia lo que la razón no puede alcanzar por sus propios medios.


La angustia: el vértigo de la libertad

Hay otro concepto de Kierkegaard que me parece enormemente valioso y que se conecta con todo lo anterior: la angustia. No el miedo, que es siempre miedo a algo concreto. La angustia es diferente. La angustia no tiene objeto específico. Es, dice Kierkegaard, "el vértigo de la libertad".

La imagen que usa es poderosa. Cuando te parás al borde de un precipicio, sentís vértigo. Ese vértigo no es solo miedo a caer: también es la consciencia de que podrías tirarte. Que nadie te lo impide. Que esa posibilidad existe. La angustia es ese vértigo aplicado a la libertad en general: la consciencia de que tenés que elegir, de que podías haber elegido de otra forma, de que ninguna elección está garantizada y de que vos sos responsable de lo que hacés con esa libertad.

La angustia no es entonces una patología a curar sino una condición de la existencia humana. Aparece justamente porque somos libres. Si no tuviéramos libertad, si estuviéramos completamente determinados por nuestra naturaleza o nuestro pasado o nuestra biología, no habría angustia. La angustia es el precio de la libertad, la señal de que efectivamente podemos elegir.

> La angustia no es una patología a curar sino una condición de la existencia humana. La angustia es el precio de la libertad, la señal de que efectivamente podemos elegir.

Esto tiene una conexión directa con lo que después Sartre va a llamar "la condena a ser libres". Sartre leyó a Kierkegaard, discutió con él, tomó elementos de su pensamiento y los llevó en una dirección atea. Pero la intuición central —que la libertad es constitutiva de la existencia humana y que esa libertad genera una angustia que no puede eliminarse, solo atravesarse— viene de Kierkegaard.


El individuo singular contra la masa

Otra dimensión importante del pensamiento de Kierkegaard es su desconfianza profunda hacia todo lo que diluyera la individualidad en una masa anónima.

Vivió la emergencia de la prensa masiva en Dinamarca, el auge de los periódicos que generaban opinión pública, el surgimiento de los movimientos de masas en Europa. Y le generaba una desconfianza profunda. No porque fuera conservador o antipopular necesariamente, sino porque veía en la masa el peligro de la irresponsabilidad anónima.

Cuando la gente se identifica con un movimiento, una clase social, una nación o cualquier categoría colectiva, pierde algo esencial: la responsabilidad individual de sus propias elecciones. "Todos piensan así" o "ese es el espíritu de la época" son formas de escapar de la pregunta individual más fundamental: ¿qué pensás vos, exactamente vos, con esta vida concreta que llevás?

Para Kierkegaard, la verdad no es un conjunto de proposiciones objetivas que uno puede aprender y repetir. La verdad es algo que se vive, que se encarna, que se experimenta subjetivamente. Su frase más famosa al respecto dice: "La subjetividad es la verdad". Lo cual no significa que todo es relativo y cada uno tiene su verdad. Significa que las verdades que importan para la existencia humana —cómo vivir, en qué creer, a qué comprometerse— solo cobran sentido en la apropiación individual, en el acto de hacerlas propias.


La enfermedad mortal: la desesperación

Hay un libro de Kierkegaard que se llama "La enfermedad mortal" y que está dedicado a analizar un estado que él considera el problema fundamental del ser humano: la desesperación. No en el sentido coloquial de estar muy angustiado, sino en un sentido filosófico más profundo.

Para Kierkegaard, la desesperación es no ser uno mismo. O más precisamente: no querer ser uno mismo. Es la condición de alguien que huye de la tarea de construirse como individuo singular y concreto, que escapa hacia la comodidad de ser "como todos" o de definirse por sus roles sociales sin interrogarlos.

La mayoría de las personas, decía, viven en una desesperación que ni siquiera reconocen como tal. Están demasiado ocupadas siguiendo convenciones, cumpliendo expectativas, siendo lo que se espera de ellas, como para preguntarse si eso es lo que realmente son o quieren ser. Es una forma de fuga de la existencia auténtica.

La única salida de esa desesperación, según Kierkegaard, es justamente lo que es más difícil: elegir ser uno mismo. Aceptar la propia singularidad con toda su angustia y su incertidumbre. Comprometerse con un proyecto de vida que sea genuinamente propio y no una imitación de lo que otros esperan.

Y esto conecta directamente con lo de la angustia. La desesperación y la angustia son, para Kierkegaard, las dos caras de la misma condición: ser un ser que tiene que elegir quién es, sin garantías, sin manual de instrucciones. Quien no siente ninguna angustia es probablemente alguien que no está viviendo de verdad, que está anestesiado por la comodidad de seguir el camino más trillado.


La influencia: existencialismo, teología, psicología

Kierkegaard murió en 1855, a los cuarenta y dos años, probablemente de una enfermedad de columna que lo había aquejado toda la vida. Murió en un hospital, después de haber agotado todos sus recursos económicos publicando sus propios libros a sus propias costas. Era famoso en Dinamarca pero prácticamente desconocido en el resto de Europa. Sus textos tardaron décadas en traducirse.

Hay un dato biográfico que resulta notable en retrospectiva: pasó los últimos meses de su vida enfrascado en una polémica pública y encendida con la Iglesia luterana oficial de Dinamarca, a la que acusaba de haberse convertido en una institución muerta que ofrecía una versión domesticada y cómoda del cristianismo que no tenía nada que ver con la fe radical y desafiante que él leía en el Nuevo Testamento. Fue una polémica que le costó amistades y reputación. Y la sostuvo hasta el final, coherente con su convicción de que la verdad auténtica siempre incomoda a las instituciones que prefieren la tranquilidad.

A principios del siglo veinte fue redescubierto y traducido, y su influencia se expandió de manera notable. El existencialismo de Heidegger, de Sartre, de Camus —que ya hemos explorado en episodios anteriores— no sería imaginable sin él. Fue Kierkegaard quien puso la existencia individual en el centro de la filosofía, quien señaló que el problema de cómo vivir es irreductible a cualquier sistema teórico.

En teología, influyó enormemente en lo que se llama la teología dialéctica o teología de la crisis, especialmente a través de Karl Barth. Y hay una conexión interesante con la psicología: Rollo May, uno de los fundadores de la psicología humanista en Estados Unidos, tomó directamente de Kierkegaard el concepto de angustia y lo integró a la práctica clínica. La terapia existencial, que hoy tiene muchos practicantes en todo el mundo, bebe directamente de Kierkegaard.


Para cerrar

Kierkegaard es un filósofo difícil, pero también es un filósofo honesto de una manera que resulta rara. No te ofrece un sistema que explique todo. No te da un método para eliminar la angustia. No te promete que si seguís sus pasos vas a estar bien. Te dice, más bien, que la angustia de elegir es inseparable de ser humano, que las decisiones más importantes son las que no pueden justificarse completamente con argumentos racionales, y que la existencia genuina requiere asumir esa incertidumbre sin escapar hacia la masa, hacia la diversión constante o hacia el cumplimiento mecánico de las normas.

El salto de fe no es solo un concepto religioso. Es una descripción de algo que todos hacemos cuando tomamos las decisiones que realmente importan: elegir una pareja, cambiar de vida, comprometerse con algo que no tiene garantía de éxito. En esos momentos, la razón te lleva hasta cierto punto y después hay que dar un paso más. Un paso que nadie puede dar por vos.

Y lo más honesto de Kierkegaard es que no pretende que ese paso sea fácil ni que elimine la angustia. La angustia no desaparece. Sigue ahí porque la libertad sigue ahí. Pero la diferencia entre quien la atraviesa y quien huye de ella es la diferencia entre vivir auténticamente y vivir de prestado, en los moldes que otros prepararon.

> La diferencia entre quien atraviesa la angustia y quien huye de ella es la diferencia entre vivir auténticamente y vivir de prestado, en los moldes que otros prepararon.

Eso era lo que Kierkegaard entendía que había hecho esa tarde de agosto de 1841 cuando le devolvió el anillo a Regine. Un salto hacia lo que él creía su misión, sabiendo que implicaba perder algo que amaba. No era una decisión que pudiera justificarse completamente. Pero era suya. Y eso, para él, era lo más importante.

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