
Simone de Beauvoir: nacer mujer no es destino.
¿Qué pasaría si lo que creés que sos como mujer no fuera tuyo, sino algo que te instalaron desde chica sin que pudieras elegirlo? Simone de Beauvoir respondió esa pregunta con una frase de ocho palabras que escandalizó al Vaticano, vendió veintidós mil...
En 1949, una filósofa francesa publicó un libro que empezaba con una frase que todavía hoy te puede dejar sin palabras. La frase era esta: "No se nace mujer, se llega a serlo." Ocho palabras. Cinco palabras que cambiaron para siempre la manera en que la humanidad pensa el género, la identidad, y lo que significa ser una persona. El libro se llamó El segundo sexo. Y la mujer que lo escribió fue Simone de Beauvoir.
Para entender a Beauvoir, primero tenés que entender el mundo en el que nació. París, 1908. Eso es dos años antes de que se inaugurara el primer Palacio de Bellas Artes en la Ciudad de México, para que tengan una referencia de la época. El mundo era completamente distinto. Las mujeres en Francia todavía no podían votar — eso recién llegaría en 1944. Las universidades empezaban a abrirles las puertas, pero apenas. La idea dominante era que una mujer tenía un destino natural: casarse, tener hijos, quedarse en el hogar. Ese era el libreto. Eso era lo que "una mujer" hacía.
Simone nació en una familia burguesa, de clase media alta, católica practicante. Su padre era abogado y hombre de letras. Le gustaba la literatura, el teatro, la conversación intelectual. Y Simone absorbió todo eso desde chica con una voracidad impresionante. Leía sin parar. A los doce años ya había decidido que iba a ser escritora. A los quince, en un momento de claridad adolescente brutal, declaró que no creía en Dios. Para una familia burguesa y católica en la París de principios de siglo, eso era una pequeña bomba.
Pero Simone no era de las que explotan y se callan. Era de las que explotan y siguen empujando.
El encuentro con Sartre y el pacto esencial
Cuando llegó a la universidad, Beauvoir entró a la Escuela Normal Superior de París para estudiar filosofía. Y acá viene el primer dato que te va a sorprender: en 1929, cuando terminó su carrera y rindió el examen de habilitación para ser profesora de filosofía — un examen brutalmente difícil que rinden los mejores estudiantes de Francia — quedó segunda. El primero fue Jean-Paul Sartre. Y el jurado, años después, admitió públicamente que en realidad Beauvoir era la más brillante de los dos, pero que le dieron el primer lugar a Sartre por ser hombre y tener más experiencia. Beauvoir tenía veintiún años. Era la novena mujer en la historia de Francia en obtener esa habilitación.
Sartre y Beauvoir se conocieron en esa preparación para el examen. Y lo que empezó como una relación intelectual se convirtió en algo que no tenía nombre en esa época y que todavía hoy cuesta definir. No era un noviazgo tradicional. No era un matrimonio. Era un pacto. Los dos acordaron tener una relación abierta, de igualdad absoluta, sin compromisos legales, sin hijos, sin la estructura tradicional de pareja. Se llamaban el uno al otro "la pareja esencial". Los demás amores, los tendrían. Pero ese núcleo de dos, esa conversación permanente que duró décadas, eso era la pareja esencial.
Muchos hicieron toda su carrera tratando de explicar si eso era un arreglo romántico, un contrato intelectual, una relación de poder desequilibrada o un modelo radical de libertad. La verdad es que probablemente era todo eso al mismo tiempo. Y Beauvoir lo sabía. Escribió sobre eso. No se engañó a sí misma.
Pero volvamos a la filosofía.
El existencialismo y la condición femenina
Beauvoir era existencialista. Y si escucharon este artículo 10, sobre Sartre, ya saben de qué hablamos cuando decimos existencialismo. La idea central es que la existencia precede a la esencia. Dicho de manera simple: no hay una naturaleza humana fija que defina lo que sos antes de que empieces a vivir. Primero existís. Después, con tus elecciones, con tus actos, con tu historia, vas construyendo lo que sos. No hay esencia previa. No hay destino. Sos lo que hacés.
Sartre aplicó esa idea a la condición humana en general. Beauvoir la agarró y la llevó a un territorio que Sartre nunca exploró con la misma profundidad: la condición de la mujer.
Y acá está el núcleo de todo.
Beauvoir se preguntó: ¿qué significa ser mujer? No desde la biología. No desde la anatomía. Sino desde la experiencia vivida. Desde la historia. Desde la cultura. Desde las relaciones de poder. Y lo que encontró fue perturbador.
Encontró que en todas las culturas, en todos los períodos históricos, la mujer había sido definida en relación al hombre. El hombre era el sujeto universal. El centro. La medida de todas las cosas. La mujer era el Otro. Con mayúscula. El Otro que no es el centro, sino la periferia. El que existe en función del primero. Como si la humanidad tuviera un protagonista y un personaje secundario, y el reparto hubiera sido hecho antes de que pudieran opinar.
¿Por qué? Beauvoir no se conformó con decir "porque el mundo es así". Preguntó por qué. Y la respuesta que encontró fue filosófica y al mismo tiempo muy concreta: porque la feminidad no es una esencia, no es algo que las mujeres traen de serie. Es una construcción. Un conjunto de roles, expectativas, comportamientos y valores que la sociedad le asigna a quienes nacen con ciertos cuerpos, y que esas personas aprenden a encarnar desde la infancia.
No se nace mujer. Se llega a serlo. Cada chica que crece, crece en un mundo que le va diciendo cómo tiene que ser, qué le tiene que gustar, de qué manera tiene que moverse, hablar, sentir, desear. Se le dice que tiene que ser dulce, paciente, generosa, servicial. Se le dice que su realización está en los otros: en el marido, en los hijos. Se le dice que su cuerpo es un objeto de deseo, pero que ese deseo no es suyo. Y poco a poco, con la acumulación de todos esos mensajes, esa chica construye una identidad que cree que es natural, que cree que es suya, pero que en realidad fue fabricada por una sociedad que la necesitaba en ese lugar.
> La feminidad no es una esencia, no es algo que las mujeres traen de serie. Es una construcción. Un conjunto de roles, expectativas, comportamientos y valores que la sociedad le asigna a quienes nacen con ciertos cuerpos, y que esas personas aprenden a encarnar desde la infancia.
Eso no significa que las diferencias entre hombres y mujeres no existen. Beauvoir no era negacionista de la biología. Significa que esas diferencias no explican ni justifican la subordinación. El cuerpo femenino tiene características específicas — la menstruación, el embarazo, la lactancia. Pero esas características biológicas no dicen nada sobre si las mujeres deben votar, trabajar, filosofar, o gobernar. La biología es el punto de partida. La opresión es el resultado de cómo la cultura interpreta ese punto de partida.
Esta distinción es central. Y costó décadas que el mundo la entendiera.
El segundo sexo: el escándalo de 1949
El libro donde Beauvoir desarrolla todo esto se llama El segundo sexo, publicado en 1949. Tiene más de mil páginas. Es denso, difícil, apasionado. Cuando salió, el escándalo fue inmediato. El Vaticano lo puso en el índice de libros prohibidos. El escritor Albert Camus — sí, el de nuestro episodio 9 — le dijo a Beauvoir que había "ridiculizado al macho francés". Ella le respondió, en esencia, que estaba haciendo exactamente eso. El libro se vendió veintidós mil ejemplares en la primera semana. Era imposible ignorarlo.
¿Por qué fue tan escandaloso? Porque Beauvoir no solo habló de política o de derechos. Habló de sexualidad femenina. Habló de orgasmo. Habló de cómo la sexualidad de las mujeres había sido sistemáticamente negada, ignorada o instrumentalizada. En 1949, eso era dinamita.
Pero Beauvoir no se detuvo en el diagnóstico. También propuso una salida. Si la feminidad es una construcción, entonces puede ser deconstruida. Si la opresión se aprende, puede desaprenderse. Si el destino es fabricado, puede ser rechazado.
Y la salida que propuso tiene un nombre familiar para los que conocen el existencialismo: la libertad. La libertad como proyecto. La libertad como responsabilidad. No la libertad de hacer lo que te venga en gana sin consecuencias, sino la libertad de hacerte cargo de tu existencia, de no aceptar pasivamente el guión que te impusieron, de elegir activamente quién querés ser.
Acá hay algo que Beauvoir agrega con matices importantes al existencialismo clásico de Sartre. Sartre decía que somos radicalmente libres, que no hay excusas, que siempre podemos elegir. Beauvoir dijo: sí, pero esa libertad no existe en el vacío. La libertad está condicionada por las circunstancias materiales. Una mujer que no tiene acceso a educación, que no tiene acceso a dinero propio, que vive en una cultura que la castiga si se rebela, tiene una libertad muy distinta a la del hombre burgués que filosófica en su estudio. La libertad es real, pero está atravesada por las condiciones sociales. Y eso importa.
> Una mujer que no tiene acceso a educación, que no tiene acceso a dinero propio, que vive en una cultura que la castiga si se rebela, tiene una libertad muy distinta a la del hombre burgués que filosófica en su estudio. La libertad es real, pero está atravesada por las condiciones sociales.
Por eso Beauvoir fue algo que Sartre, honestamente, no fue: una pensadora que vinculó la filosofía con la política concreta. Que dijo: no alcanza con contemplar la condición humana desde una terraza parisina. Hay que entender quiénes tienen más o menos capacidad de ejercer esa libertad, y por qué.
Acá viene un momento en que me voy a detener y conectar con algo cotidiano.
¿Alguna vez vieron cómo en Seinfeld hay un episodio donde George Costanza decide hacer exactamente lo contrario de lo que su instinto le indica, y de golpe todo le sale bien? Es este artículo "The Opposite". La premisa es simple: si cada decisión que tomaste basándote en tu primer impulso te salió mal, tal vez lo que tenés que hacer es ignorar ese impulso y hacer lo contrario. Y funciona. George consigue trabajo, consigue chica, todo mejora.
Eso es, en términos muy simplificados y cómicos, algo parecido a lo que propone Beauvoir respecto a la feminidad internalizada. Si desde chica te enseñaron que tu primer impulso tiene que ser ser complaciente, discreta, servicial — y eso te hace infeliz — tal vez la salida sea cuestionarlo activamente. Ir contra ese impulso no porque el impulso sea malo en sí, sino porque no es tuyo, fue instalado. La diferencia es sutil pero enorme.
Bien. Sigamos.
Beauvoir como figura política y literaria
Beauvoir no solo filosofó. Fue una figura política activa. Firmó el manifiesto de las 343 mujeres en 1971 — un documento donde más de trescientas mujeres francesas famosas declaraban públicamente haber abortado, en una época en que el aborto era ilegal en Francia, para exigir su legalización. Fue un acto de valentía política impresionante. En ese manifiesto estaban escritoras, actrices, intelectuales. El riesgo era real. Beauvoir no solo pensó el feminismo. Lo practicó.
También escribió novelas. Fue Premio Nobel... no, perdón, fue Premio Goncourt en 1954, el premio literario más prestigioso de Francia, por su novela Los mandarines. Una novela sobre intelectuales parisinos de posguerra. Semiautobiográfica. En ella aparecen versiones ficcionalizadas de ella misma, de Sartre, de Camus, del escritor Nelson Algren, con quien tuvo un romance apasionado y complicado que duró años.
Con Algren, de hecho, la historia es notable. Era un escritor norteamericano, de Chicago, bastante diferente al universo intelectual parisino. Beauvoir lo conoció en un viaje a Estados Unidos en 1947. Fue una relación intensa, de cartas largas — se conservan — de visitas intercontinentales. Algren quería que se quedara en Chicago con él. Beauvoir no podía. Tenía su vida en París, tenía a Sartre, tenía su mundo. Algren nunca lo perdonó del todo. Años después dijo en una entrevista que Beauvoir había usado sus vivencias juntos para escribirlas en una novela sin pedirle permiso, y que eso fue una traición. El tema de hasta qué punto la intimidad puede transformarse en material narrativo sin el consentimiento del otro es un debate filosófico y ético muy actual. Beauvoir lo vivió en carne propia.
Ahora, un dato curioso que dice mucho sobre cómo el mundo trataba —y a veces sigue tratando— a las mujeres filósofas. Durante décadas, la obra de Beauvoir fue leída principalmente como un apéndice del existencialismo de Sartre. Como si ella fuera la alumna aplicada y él fuera el maestro. Fue Sartre quien se llevó el Nobel de Literatura en 1964 — y lo rechazó, por cierto, en un gesto épico. Beauvoir nunca recibió el Nobel, aunque muchos consideran que su contribución filosófica fue igual o mayor. En los programas universitarios de filosofía, El segundo sexo tardó décadas en ser incluido como texto central. Y todavía hay departamentos de filosofía donde está relegado a los cursos de "género", como si el género no fuera filosofía de primera línea.
La vejez, la ética y el legado filosófico
Beauvoir murió en 1986, en París, seis años después que Sartre. Cuando murió Sartre, en 1980, ella escribió un libro sobre su muerte que se llama La ceremonia del adiós. Es uno de los documentos más extraordinarios de amor intelectual y afecto humano que existen. Lleno de lucidez y de dolor. Ella lo acompañó hasta el final. Y cuando murieron, los enterraron juntos, en el cementerio de Montparnasse. Nada de eso era obligatorio. Podría no haber sido así. Pero lo eligieron.
Y acá hay algo filosófico en sí mismo: la manera en que vivieron juntos fue en sí misma una demostración de que los lazos humanos profundos no necesitan del contrato legal para ser reales.
Ahora bien, ¿cuál es el legado de Beauvoir hoy?
Es masivo. Y no siempre evidente.
La idea de que el género es una construcción social, no un dato biológico fijo, es hoy un eje central del feminismo, de los estudios de género, de la teoría queer. Judith Butler, una filósofa norteamericana que en los años noventa llevó estas ideas mucho más lejos, reconoce explícitamente que construyó sobre los cimientos de Beauvoir. La idea de performatividad de género — que el género es algo que se hace, no algo que se es — tiene sus raíces en esa frase de 1949: no se nace mujer, se llega a serlo.
Las políticas públicas también cambiaron. El debate sobre aborto, sobre violencia de género, sobre discriminación laboral, sobre brecha salarial — todos estos debates modernos tienen en su base conceptual ideas que Beauvoir ayudó a articular filosóficamente. Cuando se habla de que las tareas de cuidado son trabajo invisible, de que la distribución desigual del trabajo doméstico es una forma de opresión, de que la maternidad no puede ser obligatoria, estamos hablando beauvoiriano aunque no lo sepamos.
Y hay algo más. Beauvoir no solo pensó las mujeres. Pensó la vejez. Escribió un libro llamado La vejez en 1970 donde aplicó la misma lógica que había aplicado al género: la vejez también es una construcción social, también es una categoría a través de la cual la sociedad margina a las personas, también implica una pérdida de la condición de sujeto. Los viejos, decía Beauvoir, también son el Otro. También son definidos desde afuera, también son reducidos a una categoría que los niega como individuos. Era una forma de extender el análisis filosófico a un territorio que todavía hoy sigue siendo incómodo.
También pensó la ética. Escribió Para una moral de la ambigüedad, un libro que no es tan famoso como El segundo sexo pero que es extraordinariamente interesante. En él argumenta que la condición humana es fundamentalmente ambigua — somos libres y somos limitados al mismo tiempo, somos individuos y somos sociales al mismo tiempo — y que la ética tiene que partir de reconocer esa ambigüedad en lugar de resolverla artificialmente.
En ese texto hay una crítica implícita pero poderosa a cierto existencialismo que puede derivar en una especie de narcisismo filosófico. La libertad radical sin responsabilidad hacia los otros puede convertirse en una excusa para la indiferencia. Beauvoir dice: no. Mi libertad no es real si no está comprometida con la libertad de los demás.
> Mi libertad no es real si no está comprometida con la libertad de los demás.
Eso tiene resonancias en muchos debates actuales sobre el individualismo, sobre los límites de la libertad personal, sobre hasta qué punto "mi libertad" puede invocarse para ignorar las consecuencias de mis actos sobre otros. El tipo que dice "yo hago lo que quiero con mi cuerpo y nadie me dice nada", y al mismo tiempo no vacuna a sus hijos, está usando una idea de libertad que Beauvoir habría desmontado pacientemente pero sin piedad.
También hay algo en Beauvoir que conecta con la idea que Ricky Gervais desarrolló en varias de sus obras — especialmente en la serie Extras — sobre las expectativas sociales y el papel que uno actúa para el mundo exterior. En Extras, el personaje de Gervais está atrapado entre quién quiere ser y quién el mundo quiere que sea. Esa tensión, que Gervais explora desde la comedia inglesa más incómoda, es exactamente la tensión que Beauvoir diagnosticó en la condición femenina: el personaje que se espera que interpretés toda la vida, que interiorizás tanto que ya no sabés bien dónde termina el papel y dónde empezás vos.
La pregunta que Beauvoir dejó abierta, y que sigue abierta hoy, es esta: ¿cuánto de lo que creés que sos es tuyo, y cuánto fue construido por otros antes de que pudieras opinar? No solo respecto al género. Respecto a todo. La clase social, la nacionalidad, la religión, el gusto estético. Todo eso llega antes que cualquier reflexión propia. Y la pregunta filosófica genuina es si hay algo que se pueda llamar "yo" por debajo de todas esas capas de construcción.
Beauvoir creía que sí. Creía en la libertad como proyecto, como posibilidad real. No creía que estábamos completamente determinados. Pero creía que esa libertad era difícil, que costaba trabajo, que implicaba incomodidad y conflicto. Y que valía absolutamente la pena.
En uno de sus textos más personales escribió algo que voy a citar porque es de esas frases que se te quedan: "Un día, la vida fue simplemente hermosa, y lo que quise fue que lo siguiera siendo." No como pasividad, sino como elección activa de seguir apostando a la existencia a pesar de todo.
Eso es, en el fondo, lo que propone Beauvoir. No el cinismo. No la resignación. No la aceptación pasiva de las condiciones en que llegaste al mundo. Sino la apuesta activa, permanente, consciente, de hacerse cargo de tu propia vida.
Nacer mujer no es un destino. Nacer en ninguna condición es un destino. La condición de llegada no determina la condición de arribo. Ese es el núcleo del pensamiento beauvoiriano. Y es también, creo yo, uno de los mensajes filosóficos más liberadores y más difíciles de la historia del pensamiento humano.
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