
Spinoza: el filósofo que quiso liberar a Dios
A los veintitrés años, Spinoza fue expulsado de su comunidad con la excomunión más violenta registrada en la historia judía moderna. Nadie sabe exactamente qué ideas lo llevaron hasta ahí, pero lo que pensó después de ese destierro cambió para siempre ...
El 27 de julio de 1656, en la sinagoga portuguesa de Ámsterdam, se leyó en voz alta uno de los documentos más violentos de la historia del pensamiento moderno. No era una condena de muerte. Era algo, en cierto sentido, peor. Era una excomunión, un cherem en hebreo, que expulsaba a un joven de veintitrés años de su comunidad, de su familia espiritual, de todo lo que había conocido.
El texto de la excomunión es extraordinariamente duro. Habla de "abominables herejías", de "monstruosas acciones", de prácticas que deben ser odiadas y detestadas. Pero no especifica cuáles son esas herejías ni esas acciones. Hasta hoy, los historiadores no están del todo seguros de qué hizo exactamente ese joven para merecer una condena tan severa.
Lo que sí sabemos es que ese joven se llamaba Baruch Spinoza. Y que lo que pensaba era tan disruptivo, tan radicalmente diferente de todo lo que la tradición religiosa de su época aceptaba, que la comunidad judía de Ámsterdam prefirió expulsarlo antes de que sus ideas se propagaran.
Lo que también sabemos es que Spinoza no cambió nada. Siguió pensando. Siguió escribiendo. Y lo que escribió es, dos siglos y medio después, uno de los sistemas filosóficos más ambiciosos, más coherentes y más perturbadores de toda la historia occidental.
¿Quién era Spinoza?
Para entender a Spinoza hay que entender de dónde venía, porque su origen es inseparable de su pensamiento.
La familia Spinoza era de origen portugués, sefardí, judíos expulsados de Portugal en 1492 durante la Inquisición. Como tantas familias judías ibéricas, habían vagado por Europa buscando un lugar donde pudieran vivir con alguna seguridad. Ámsterdam, en el siglo diecisiete, era uno de los pocos lugares en Europa donde los judíos podían vivir con cierta tranquilidad y ejercer libremente su religión.
La comunidad sefardí de Ámsterdam era, para ese entonces, bastante próspera y bastante conservadora. Se habían establecido, tenían negocios, tenían una sinagoga. Y querían mantener la paz con las autoridades holandesas, lo que significaba no causar problemas, no generar escándalos, no atraer la atención con ideas heterodoxas.
Y entonces llega este joven, hijo de un comerciante respetable, brillante, con una educación excepcional tanto en la tradición judía como en la filosofía europea de su tiempo, y empieza a hacer preguntas que nadie quiere responder.
Preguntas como: ¿Qué significa exactamente que Dios hizo el mundo? ¿Tiene Dios voluntad, emociones, propósitos? ¿Qué es el alma? ¿Sobrevive a la muerte del cuerpo? ¿Las leyes morales son mandatos divinos arbitrarios o tienen alguna base racional? ¿Por qué deberíamos creer que la Biblia es palabra de Dios?
Estas preguntas, en ese contexto, no eran curiosidades académicas. Eran explosivos.
El Dios de Spinoza: una revolución conceptual
Lo central en Spinoza, lo que lo hace tan radical y tan influyente, es su idea de Dios. Y para entenderla, necesitamos partir de lo que todo el mundo, en su época, creía sobre Dios.
La idea dominante, tanto en el judaísmo como en el cristianismo, era la de un Dios personal: un ser que tiene voluntad, que toma decisiones, que creó el mundo en un momento determinado por un acto libre de su voluntad, que interviene en la historia, que se comunica con los seres humanos, que juzga, premia y castiga.
Spinoza dice que todo eso es antropomorfismo. Es proyectar rasgos humanos sobre algo que trasciende completamente lo humano. Cuando decimos que Dios "quiere", "ama", "se enoja" o "decide", estamos usando conceptos que pertenecen a seres finitos, temporales, limitados, y los estamos aplicando a algo infinito. Eso no tiene sentido.
Entonces, ¿qué es Dios para Spinoza? Su respuesta es radical: Dios es la naturaleza. O más exactamente, Dios y la naturaleza son lo mismo, son una sola y única sustancia infinita. En latín, usa la expresión "Deus sive Natura": Dios, o sea la naturaleza.
Esto no es ateísmo, aunque a sus contemporáneos se lo parecía. Spinoza no dice que Dios no existe. Dice que Dios es todo lo que existe. No es un ser entre otros seres: es el ser mismo, la totalidad de lo que hay.
Y esa totalidad opera según leyes necesarias, inmutables, eternas. No hay en el universo ningún accidente, ninguna excepción, ningún milagro en el sentido de algo que viola las leyes naturales. Todo lo que sucede es la expresión necesaria de la naturaleza de Dios.
La geometría de Dios
Ahora, la forma en que Spinoza presenta todo esto es tan peculiar como su contenido. Su obra más importante se llama Ética, publicada póstumamente en 1677, el mismo año de su muerte a los cuarenta y cuatro años por tuberculosis. Y está escrita... como un libro de geometría.
Sí, como Euclides. Comienza con definiciones, sigue con axiomas, y de ahí deriva proposiciones mediante demostraciones formales. Todo está presentado con el rigor de una demostración matemática.
Hay algo profundamente bello y profundamente desafiante en eso. Bello porque dice: la verdad sobre Dios, el alma, la libertad y la felicidad humana no es materia de fe sino de razón. Se puede demostrar con la misma claridad que un teorema. Desafiante porque la lectura es, seamos francos, de una dificultad extrema.
¿Por qué hacerlo así? Porque Spinoza creía que los prejuicios, las supersticiones, los miedos que nos impiden ver la realidad tal como es, solo se curan con la razón bien aplicada. No con sermones, no con buenas intenciones, sino con demostraciones que cualquiera, en principio, puede seguir y verificar.
Es un gesto de enorme confianza en la razón humana y, al mismo tiempo, de enorme humildad: no te pido que me creas a mí, te pido que sigas el argumento y veas si es correcto.
El problema del libre albedrío
Una de las consecuencias más provocadoras del sistema de Spinoza es lo que dice sobre el libre albedrío. Y es una de las más difíciles de aceptar.
Si Dios es la naturaleza y todo lo que sucede es la expresión necesaria de la naturaleza de Dios, entonces todo lo que ocurre en el universo ocurre necesariamente. No hay accidentes. No hay alternativas. No hay "podría haber pasado de otra manera".
Incluyendo lo que hacemos nosotros. Nuestras decisiones son parte de esa cadena necesaria de causas y efectos. En ese sentido, el libre albedrío tal como lo entendemos habitualmente, la capacidad de haber actuado de manera diferente a como actuamos, no existe.
Esto suena muy perturbador, y Spinoza lo sabe. Pero su argumento es que la perturbación viene de un malentendido sobre lo que somos. Creemos que somos libres cuando en realidad somos ignorantes de las causas que nos determinan. Cuando alguien dice "decidí libremente comer medialunas", lo que está diciendo en realidad es que no ve las causas que lo llevaron a esa decisión. Si las viera todas, no hablaría de "decisión libre" sino de "resultado necesario".
La famosa metáfora de Spinoza es la de una piedra que rueda cuesta abajo. Si la piedra pudiera pensar, creería que está cayendo libremente porque ha "decidido" caer. Es absurdo. Pero nosotros hacemos exactamente lo mismo.
Sin embargo, Spinoza no concluye que la libertad no existe. Tiene una idea de libertad diferente, más interesante y más difícil.
La verdadera libertad: entender la necesidad
Para Spinoza, la libertad no es la ausencia de determinación. Eso sería imposible en un universo donde todo está determinado. La libertad es actuar determinado por tu propia naturaleza y no por causas externas que te fuerzan.
Una persona que actúa por miedo, por hábitos no examinados, por pasiones que no entiende, está siendo determinada principalmente por causas externas. No es libre aunque crea que lo es. Una persona que entiende su propia naturaleza, que comprende las causas de sus acciones, que actúa desde su razón y no desde el miedo o la superstición, está siendo determinada por su propia naturaleza. Eso es la libertad posible.
Y el camino hacia esa libertad pasa por el conocimiento. El conocimiento de uno mismo, de la naturaleza, de Dios. Cuanto más entendés por qué las cosas son como son, cuanto más comprendés la necesidad de lo que ocurre, menos poder tienen sobre vos las pasiones que te perturban.
Las pasiones, para Spinoza, son estados del alma que implican confusión sobre las causas. El miedo, la ira, la envidia, el deseo ansioso, todos esos estados son formas de ser afectado por causas que no comprendemos bien. Cuando el miedo se clarifica, cuando entendés bien a qué te enfrentás y por qué, deja de ser miedo ciego y se convierte en algo manejable. No desaparece, pero ya no te domina.
Esta idea anticipa en siglos algo que la psicoterapia contemporánea reconoce como fundamental: la comprensión de las causas de nuestros estados emocionales es parte esencial del proceso de modificarlos.
Los atributos y los modos: cómo se despliega la sustancia infinita
Una de las partes más técnicas de la filosofía de Spinoza, pero también de las más iluminadoras, es cómo explica la relación entre ese Dios-naturaleza infinito y las cosas concretas que percibimos: esta mesa, este árbol, este pensamiento.
Spinoza dice que la sustancia infinita, que es Dios o la naturaleza, tiene infinitos atributos, es decir, infinitas dimensiones o aspectos. Pero los seres humanos, con sus capacidades cognitivas limitadas, solo podemos percibir dos de esos infinitos atributos: la extensión y el pensamiento.
La extensión es el mundo físico, el mundo de los cuerpos, de las cosas que ocupan espacio. El pensamiento es el mundo mental, el mundo de las ideas, de las mentes.
Y acá viene algo crucial: para Spinoza, extensión y pensamiento no son dos sustancias diferentes, como en Descartes, donde el cuerpo y el alma son cosas distintas y el problema es cómo se conectan. Son dos atributos de la misma sustancia única. El cuerpo y la mente no son dos cosas diferentes que interactúan: son la misma cosa vista desde dos perspectivas diferentes.
Esto se llama paralelismo psicofísico, y es una de las ideas más originales de Spinoza. El orden y la conexión de las ideas es el mismo que el orden y la conexión de las cosas. No hay causalidad entre mente y cuerpo porque son expresiones paralelas de la misma realidad.
¿Qué significa eso en la práctica? Que cada estado mental corresponde exactamente a un estado corporal. Cuando pensás, algo pasa en tu cuerpo. Cuando algo pasa en tu cuerpo, algo pasa en tu mente. No porque uno cause al otro, sino porque son la misma cosa expresada en dos lenguajes diferentes.
La neurociencia contemporánea, que describe correlatos neuronales de estados mentales, que muestra que cada experiencia subjetiva corresponde a una configuración específica de actividad cerebral, está describiendo algo que Spinoza anticipó filosóficamente tres siglos antes. No que él lo haya "predicho" en un sentido científico, pero la estructura conceptual es sorprendentemente compatible.
Las pasiones y la esclavitud del alma
Para Spinoza, los seres humanos pasamos la mayor parte de nuestra vida en un estado que llama servidumbre o esclavitud, y que consiste en ser gobernados por las pasiones en lugar de por la razón.
Las pasiones no son malas en sí mismas. Spinoza distingue entre las pasiones activas, que nacen de nuestra propia naturaleza y nos fortalecen, y las pasiones pasivas, que son el resultado de causas externas que nos afectan sin que las comprendamos. El miedo, la tristeza, la envidia, los celos, la esperanza excesiva basada en ilusiones, todas esas son pasiones pasivas que nos fragmentan, nos debilitan, nos hacen dependientes de cosas externas.
La liberación de esa servidumbre no pasa por eliminar las emociones sino por transformarlas. Cuando comprendés las causas de una emoción, cuando entendés por qué sentís lo que sentís y por qué las cosas son como son, esa emoción cambia de naturaleza. El miedo a la muerte, por ejemplo, puede transformarse cuando comprendés realmente qué es la muerte dentro del sistema de Spinoza: no es el fin de la sustancia sino una transformación de los modos. Una comprensión adecuada de la muerte no elimina toda emoción relacionada con ella, pero sí disuelve el terror irracional que nos hace vivir de manera inauténtica.
Spinoza tiene una frase que es, en sí misma, un programa de vida: "un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación sobre la muerte sino sobre la vida." No se trata de negar la finitud sino de no dejar que el miedo a ella determine cómo vivimos.
La política de Spinoza: el primero de los liberales
Spinoza no era solo un filósofo de gabinete. Era un hombre profundamente comprometido con las consecuencias políticas de sus ideas.
Escribió un Tratado teológico-político, publicado en 1670, que fue inmediatamente incluido en los índices de libros prohibidos tanto por las autoridades religiosas como por algunas autoridades civiles. En ese libro, hace varias cosas que eran explosivas para la época.
Primero, analiza la Biblia como un documento histórico, producto de autores humanos que vivieron en contextos específicos, con los prejuicios y las limitaciones de su tiempo. Que la Biblia tenga valor moral y espiritual no significa que sea un libro de historia o de ciencia. Esta distinción, que hoy nos parece obvia, era en 1670 peligrosamente heterodoxa.
Segundo, y esto es quizás más relevante, argumenta que el Estado no tiene ninguna autoridad sobre las opiniones y las creencias de los ciudadanos. El Estado puede regular las acciones, puede exigir obediencia a las leyes, pero no puede, sin volverse tiránico, controlar lo que la gente piensa. La libertad de pensamiento y de expresión no son privilegios que el Estado concede: son derechos naturales que el Estado no puede quitar sin destruirse a sí mismo.
Spinoza es uno de los primeros pensadores modernos en articular esto con tanta claridad. En un siglo donde las guerras de religión habían devastado Europa, donde tanto el poder civil como el poder religioso pretendían controlar la conciencia de los ciudadanos, decir que nadie tiene autoridad sobre lo que piensas era un acto filosófico y político de enorme valentía.
No es exagerado decir que la tradición liberal moderna, con su énfasis en la libertad de conciencia, de expresión y de pensamiento, tiene en Spinoza uno de sus padres fundadores.
Lo que le pasó después
Spinoza vivió los últimos veinte años de su vida en una especie de exilio interior y exterior. Vivía modestamente, ganaba dinero puliendo lentes, lo que paradójicamente era relevante para la ciencia de la óptica de la época. Rechazó una cátedra en la universidad de Heidelberg porque quería mantener su independencia intelectual.
Tuvo amigos y corresponsales en toda Europa. Filósofos, científicos, políticos le escribían. Leibniz lo visitó en persona. Pero vivió siempre en los márgenes de la sociedad oficial, expulsado de su comunidad de origen y nunca plenamente aceptado por la cristiana.
Murió en 1677, a los cuarenta y cuatro años, probablemente de la tuberculosis que lo había acompañado durante años. No se casó, no tuvo hijos, no viajó mucho. Una vida aparentemente pequeña y sin embargo filosóficamente enorme.
El libro que más trabajó, la Ética, se publicó después de su muerte porque sabía que en vida le hubiera causado persecución severa. Sus amigos esperaron a que muriera para darlo al mundo.
Einstein y Spinoza
Hay una historia que no puedo dejar de contar. Albert Einstein, cuando le preguntaban sobre sus creencias religiosas, solía decir que creía en el Dios de Spinoza. Un Dios que se revela en la armonía ordenada de lo que existe, no en un Dios que se preocupa por el destino de los individuos.
Para Einstein, la idea de un universo que funciona según leyes matemáticas perfectas, eternas, universales, que cualquier mente suficientemente poderosa puede descubrir, era una forma de espiritualidad que no requería la intervención de un Dios personal. La belleza de las ecuaciones era, en algún sentido, divina.
Spinoza hubiera reconocido eso. La razón humana, cuando funciona bien, cuando entiende profundamente la naturaleza, está participando del único conocimiento que vale de Dios. No la fe ciega, no la revelación mística, sino la comprensión racional del orden necesario de las cosas.
La vigencia de Spinoza hoy
¿Por qué hablar de Spinoza en el siglo veintiuno? Porque varios de sus problemas centrales siguen sin resolverse y siguen siendo urgentes.
La pregunta sobre la libertad en un universo determinado sigue siendo tan relevante como en 1660. La neurociencia moderna ha mostrado que muchas de nuestras decisiones son procesadas inconscientemente antes de que seamos conscientes de ellas. El libre albedrío, como lo entendemos ingenuamente, tiene cada vez más dificultades para sostenerse. Y la respuesta spinoziana, que la libertad no es ausencia de determinación sino comprensión y autoconocimiento, puede ser una de las más honestas disponibles.
La pregunta sobre la separación entre razón y fe, entre análisis crítico de los textos sagrados y respeto a la tradición religiosa, sigue generando guerras culturales. Spinoza estableció con precisión que esas son preguntas diferentes que requieren herramientas diferentes.
Y la pregunta sobre la tolerancia, sobre si el Estado puede y debe controlar las creencias de sus ciudadanos, es más urgente que nunca en un mundo donde algunos Estados intentan exactamente eso.
La vigencia de Spinoza hoy
¿Por qué hablar de Spinoza en el siglo veintiuno? Porque varios de sus problemas centrales siguen sin resolverse y siguen siendo urgentes.
La pregunta sobre la libertad en un universo determinado sigue siendo tan relevante como en 1660. La neurociencia moderna ha mostrado que muchas de nuestras decisiones son procesadas inconscientemente antes de que seamos conscientes de ellas. El libre albedrío, como lo entendemos ingenuamente, tiene cada vez más dificultades para sostenerse. Y la respuesta spinoziana, que la libertad no es ausencia de determinación sino comprensión y autoconocimiento, puede ser una de las más honestas disponibles.
La pregunta sobre la separación entre razón y fe, entre análisis crítico de los textos sagrados y respeto a la tradición religiosa, sigue generando guerras culturales. Spinoza estableció con precisión que esas son preguntas diferentes que requieren herramientas diferentes. Analizar históricamente la Biblia no es negar su valor espiritual. Preguntar qué escribió realmente el autor humano de un texto sagrado, en qué contexto, con qué propósitos, no es blasfemia sino honestidad intelectual.
Y la pregunta sobre la tolerancia, sobre si el Estado puede y debe controlar las creencias de sus ciudadanos, es más urgente que nunca en un mundo donde algunos Estados intentan exactamente eso. China, Rusia, varios regímenes teocráticos, pero también democracias liberales que en momentos de crisis social se sienten tentadas a regular el discurso más allá de lo que la libertad de pensamiento permite, están constantemente empujando los límites que Spinoza estableció con tanta claridad.
Spinoza también tiene algo importante para decirnos sobre los fundamentalismos de todo tipo. Su crítica de la interpretación literal de los textos sagrados, su insistencia en que la moral tiene bases racionales independientes de la religión, su desconfianza de cualquier autoridad que reclame verdades que no se pueden razonar ni discutir, son antídotos poderosos contra el pensamiento cerrado de cualquier signo.
Y está la dimensión ecológica, que quizás sorprenda. Si Dios y la naturaleza son lo mismo, si los seres humanos somos parte de la naturaleza y no sus dueños ni sus amos, entonces destruir la naturaleza tiene una dimensión que va más allá del cálculo económico o incluso del daño a las generaciones futuras. Hay pensadores contemporáneos que encuentran en Spinoza recursos filosóficos para pensar una relación diferente con el mundo natural, una que no lo vea como un recurso a explotar sino como algo de lo que formamos parte.
El joven expulsado de su comunidad en 1656 no renunció a nada. Siguió pensando, siguió escribiendo, siguió haciendo las preguntas que incomodaban. Murió pobre y marginado. Y dejó un sistema filosófico que sigue siendo, cuatro siglos después, uno de los más radicalmente coherentes y más necesarios de leer.
Spinoza no intentó hacer a Dios más pequeño para que cupiese en las categorías humanas. Intentó hacer las categorías humanas lo suficientemente grandes para estar a la altura de lo que existe. Eso es, quizás, la mayor ambición que puede tener un filósofo.
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