
La paradoja de la tolerancia: Popper y los límites de aceptar todo
Hay una frase que se escucha mucho hoy en día, en redes sociales, en debates políticos, en conversaciones de sobremesa. La frase dice más o menos así: "Hay que ser tolerante con todo el mundo".
Hay una frase que circula mucho hoy en día, en redes sociales, en debates políticos, en conversaciones de sobremesa. La frase dice más o menos así: "Hay que ser tolerante con todo el mundo". Y suena bien, ¿no? Suena como algo que diría una buena persona. Suena progresista, abierto, civilizado. El problema es que esa frase, llevada hasta sus últimas consecuencias, destruye exactamente lo que intenta proteger. Y hay un tipo que lo demostró con una precisión casi quirúrgica. Se llama Karl Popper. Y lo que escribió en 1945, en plena posguerra, con el humo del Holocausto todavía en el aire, sigue siendo una de las ideas más incómodas y necesarias de toda la filosofía política moderna.
Aquí vamos a recorrer la paradoja de la tolerancia. Vamos a hablar de por qué tolerar todo puede ser el camino más corto hacia el fin de la tolerancia. Y también vamos a hablar de las críticas que esta idea recibió, porque no todo el mundo está de acuerdo con Popper, y las objeciones que le hicieron son tan interesantes como la idea original.
Karl Popper nació en Viena en 1902, en una familia judía que se había convertido al protestantismo cuando él era muy chico. Viena a principios del siglo veinte era una ciudad increíble. Era la capital de un imperio en decadencia, el Imperio Austro-Húngaro, pero también era un hervidero intelectual sin igual. Ahí estaban Freud inventando el psicoanálisis, el Círculo de Viena debatiendo filosofía de la ciencia con una seriedad casi religiosa, músicos como Schoenberg rompiendo todas las reglas de la armonía. Era una ciudad donde te podías cruzar a Wittgenstein en un café y terminar discutiendo sobre el lenguaje hasta las tres de la mañana.
Popper creció en ese ambiente. Era un pibe curioso, inquieto, que empezó estudiando música, después se metió con la filosofía, con la matemática, con la física. De joven tuvo un período en que fue comunista, cosa que no era rara en la época para un joven intelectual con sensibilidad social. Pero se desencantó bastante rápido cuando vio que el marxismo, en la práctica, podía justificar cualquier cosa: la violencia, el sacrificio de personas reales en nombre de una utopía futura que nadie podía garantizar que iba a llegar. Eso lo marcó profundamente.
Y después llegó Hitler.
Cuando los nazis llegaron al poder en Alemania en 1933, la situación en Austria se fue poniendo cada vez más tensa. En 1938, Hitler anexó Austria al Tercer Reich en lo que se conoce como el Anschluss, la "unión", aunque nadie le pidió opinión a los austríacos que no querían ser "unidos". Para Popper, con su origen judío, quedarse era una sentencia de muerte. Tuvo la suerte y la visión de haberse conseguido un puesto académico en Nueva Zelanda años antes. Se fue justo a tiempo. Su madre murió durante la guerra. Parte de su familia fue asesinada en los campos de exterminio.
Popper escribió su obra más importante, "La sociedad abierta y sus enemigos", mientras estaba en Nueva Zelanda, aislado del mundo, sin grandes bibliotecas a mano, trabajando de profesor en una universidad chica. Lo escribió entre 1940 y 1943, en medio de la guerra, con una urgencia tremenda, como quien siente que está redactando algo necesario, algo que el mundo necesita leer para no cometer los mismos errores. Y en ese libro, casi al pasar, en una nota al pie de página, dejó caer la idea que hoy nos convoca.
La paradoja de la tolerancia.
Antes de entrar en la paradoja, necesitamos entender bien qué es la tolerancia como concepto filosófico, porque no es tan simple como parece.
Cuando decimos que alguien es tolerante, en el sentido filosófico y político, no estamos diciendo que le gusta todo. La tolerancia implica exactamente lo contrario: tolero algo que no me gusta, algo con lo que no estoy de acuerdo, pero que permito que exista porque reconozco que la diversidad de ideas y prácticas es un bien en sí mismo. Tolero al que piensa diferente no porque me parezca lo mismo que piense diferente, sino porque entiendo que la sociedad es mejor cuando hay libertad de pensamiento y expresión.
Esa idea tiene una historia larga. Arranca con los conflictos religiosos del siglo dieciséis y diecisiete en Europa. Cuando protestantes y católicos se estaban matando entre sí en guerras que duraban décadas, algunos pensadores empezaron a plantear que quizás sería mejor que el Estado no se metiera en los asuntos religiosos. John Locke, en su "Carta sobre la tolerancia" de 1689, fue uno de los primeros en argumentar sistemáticamente que las personas deberían poder creer lo que quieran siempre que no dañen a los demás. Con el tiempo esa idea se fue expandiendo. Ya no era solo tolerancia religiosa sino tolerancia de ideas en general, tolerancia de estilos de vida, tolerancia cultural. Y llegó al punto de convertirse en uno de los valores centrales de las democracias liberales modernas. La tolerancia como valor fundante. La tolerancia como cosa sagrada.
Y ahí es exactamente donde Popper levantó la mano y dijo: pará, que hay un problema.
La paradoja de la tolerancia se puede plantear de manera muy simple. Si una sociedad es completamente tolerante, sin límites, ¿qué pasa cuando aparece un grupo que usa esa tolerancia para promover la intolerancia? ¿Qué pasa cuando hay gente que aprovecha la libertad de expresión para abogar por destruir la libertad de expresión? ¿Qué pasa cuando un movimiento usa las reglas democráticas para llegar al poder y después eliminar esas mismas reglas?
La respuesta lógica, dice Popper, es que esa sociedad no va a sobrevivir. Si sos tolerante con los intolerantes, los intolerantes van a usar esa tolerancia para tomar el poder y destruir la tolerancia. El final del cuento es una sociedad completamente intolerante. La tolerancia ilimitada se destruye a sí misma.
Y acá viene la conclusión que incomoda a mucha gente: si querés mantener la tolerancia como valor, tenés que ser intolerante con la intolerancia. Tenés que poner un límite. Tenés que decir: hasta acá llegó la tolerancia, porque más allá hay ideas que amenazan la existencia misma de una sociedad tolerante.
Suena contradictorio. Suena como si estuvieras diciendo "para defender la libertad, hay que limitar la libertad". Pero Popper argumenta que no es contradictorio en absoluto. Es simplemente la aplicación racional de un valor: si querés que la tolerancia sobreviva, tenés que protegerla de sus enemigos.
Vale la pena leer exactamente lo que Popper escribió, porque la precisión de su argumento es importante. En esa nota al pie de "La sociedad abierta y sus enemigos", dice: "La tolerancia ilimitada debe llevar a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada incluso a aquellos que son intolerantes, si no estamos preparados para defender una sociedad tolerante contra los embates de lo intolerante, entonces los tolerantes serán destruidos y la tolerancia con ellos."
Y después agrega algo crucial: "No afirmo que siempre debamos suprimir las afirmaciones de filosofías intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas con argumentos racionales y mantenerlas bajo control ante la opinión pública, la supresión sería, ciertamente, imprudente."
La República de Weimar, la democracia alemana que existió entre 1919 y 1933, es el caso que Popper tenía en mente. Era una democracia joven, con problemas económicos enormes y una sociedad traumatizada por la Primera Guerra Mundial. En ese contexto, el Partido Nazi usó todos los mecanismos democráticos disponibles para llegar al poder. Participaron en elecciones. Usaron la libertad de prensa para propagar sus ideas. Usaron la libertad de asociación para organizar sus fuerzas. Y cuando llegaron al poder, lo primero que hicieron fue desmantelar la democracia.
La República de Weimar no estaba preparada para defender sus propias instituciones de quienes querían destruirlas desde adentro. Los mecanismos de protección existían, pero nadie quiso usarlos a tiempo porque parecía antidemocrático limitar a un partido que ganaba elecciones.
Popper vio todo eso. Y dijo: no puede ser que una democracia se suicide por exceso de escrúpulos.
Ahora bien, la paradoja de la tolerancia es una idea poderosa. Pero no es una idea sin fisuras. Desde que Popper la formuló, varios filósofos y teóricos políticos le señalaron problemas serios. Y vale la pena tomarse el tiempo de leerlos, porque las críticas son tan reveladoras como la idea original.
La primera crítica es quizás la más directa: la intolerancia no siempre destruye la tolerancia. El argumento de Popper asume que si una sociedad tolera ideas intolerantes, esas ideas necesariamente van a ganar y van a terminar con la tolerancia. Pero la historia no siempre confirma eso. Hay sociedades que conviven durante décadas con movimientos extremistas y radicales sin que esos movimientos lleguen jamás a desmantelar las instituciones. Los Países Bajos toleraron durante mucho tiempo al Partido Comunista, que era explícitamente antidemocrático en su programa. El sistema sobrevivió. Estados Unidos toleró al Ku Klux Klan durante generaciones sin que eso significara el fin de la democracia norteamericana, aunque a costa de enormes injusticias para las comunidades afectadas. La pregunta que surge entonces es: ¿cuándo exactamente la tolerancia de lo intolerante se vuelve peligrosa? ¿Hay una línea clara o estamos hablando de algo que depende enormemente del contexto histórico, de la fortaleza de las instituciones, de la cultura política de cada sociedad?
Popper no tenía una respuesta del todo satisfactoria para eso. El mecanismo que él describe, donde la tolerancia de la intolerancia inevitablemente destruye la tolerancia, es más una advertencia que una ley social comprobable.
La segunda crítica es más filosófica y tiene que ver con una distinción que Popper tiende a difuminar: la diferencia entre el discurso y la acción. Decir algo intolerante no es lo mismo que hacer algo intolerante. Propagar ideas que niegan derechos a ciertos grupos es una cosa. Organizar milicias para atacarlos es otra completamente diferente. La mayor parte de los sistemas legales democráticos hace exactamente esa distinción: la libertad de expresión protege las ideas, incluso las repugnantes, pero no protege los actos que dañan directamente a otras personas.
Cuando Popper habla de ser intolerante con la intolerancia, ¿está hablando de suprimir ideas o de suprimir acciones? Si está hablando de suprimir acciones violentas o ilegales, no hay paradoja: todas las democracias ya hacen eso. La paradoja solo aparece cuando hablamos de suprimir ideas, de censurar discursos, de prohibir partidos políticos o publicaciones. Y ahí la cosa se complica bastante, porque la historia muestra que la censura de ideas rara vez produce los resultados que sus defensores esperan. A veces la supresión de un movimiento lo convierte en mártir, lo hace más atractivo, le da una narrativa de persecución que potencia su crecimiento.
La tercera crítica es la más práctica y quizás la más urgente: el problema de quién decide. Aceptemos por un momento que la paradoja de Popper es correcta y que hay que limitar ciertas formas de intolerancia. La pregunta inmediata es quién tiene la autoridad para trazar esa línea. ¿El gobierno? ¿Los tribunales? ¿Una agencia reguladora independiente? ¿Las plataformas tecnológicas privadas?
Cada una de esas opciones tiene problemas serios. Si es el gobierno quien decide qué es intolerante, hay un riesgo enorme de que ese poder se use para silenciar a la oposición política legítima. No hay que irse muy lejos en la historia para encontrar ejemplos de gobiernos que usaron exactamente ese argumento para perseguir a sus críticos: "Estamos prohibiendo este partido porque es antidemocrático, porque atenta contra los valores de la sociedad abierta". El argumento puede ser perfectamente sincero. O puede ser una excusa. Y desde afuera no siempre es fácil distinguirlos.
Si es el poder judicial quien decide, hay más garantías de independencia, pero los jueces también tienen sus sesgos y sus limitaciones. Y si son las plataformas tecnológicas privadas, como sucede cada vez más en la práctica, entonces el destino del debate público queda en manos de corporaciones que responden ante sus accionistas, no ante la ciudadanía.
Popper reconocía este problema pero no lo resolvió del todo. Confiaba en que las instituciones democráticas, con sus pesos y contrapesos, podían tomar esas decisiones con suficiente prudencia. Pero esa confianza asume que las instituciones son lo suficientemente fuertes y lo suficientemente honestas como para no abusar del poder que les estamos dando. Y esa no siempre es una suposición segura.
La cuarta crítica es probablemente la más incómoda de todas, porque apunta directamente al corazón del argumento: el riesgo de volverse autoritario para evitar el autoritarismo. Si para defender la democracia tenés que suprimir partidos, censurar publicaciones, encarcelar líderes políticos, prohibir reuniones, ¿cuánta democracia queda en pie después de todo eso? Existe un peligro real de que la medicina sea peor que la enfermedad. Que al combatir la intolerancia con restricciones a las libertades civiles, terminés construyendo exactamente el tipo de sociedad que decías querer evitar. Un Estado que decide qué ideas son peligrosas y cuáles no es un Estado que ya cruzó una línea importante. Y una vez que esa línea se cruza, es muy difícil volver.
Hay un nombre para esto en la ciencia política: la trampa del antifascismo autoritario. Regímenes que empezaron con la noble intención de combatir el totalitarismo y terminaron adoptando sus métodos. La historia del siglo veinte está llena de esos casos.
Entonces, ¿quién tiene razón? ¿Popper o sus críticos?
La respuesta honesta es que ambos tienen parte de razón, y que la tensión entre sus posiciones no se resuelve con una fórmula limpia.
Popper tiene razón en algo fundamental: la tolerancia no es un valor que se sostenga solo. Una sociedad que tolera activamente su propia destrucción no va a sobrevivir indefinidamente. La democracia requiere ciertas condiciones mínimas para funcionar, y hay fuerzas que buscan eliminar exactamente esas condiciones. Ignorar eso en nombre de una tolerancia abstracta es ingenuo y potencialmente suicida.
Pero sus críticos también tienen razón en algo igualmente fundamental: el remedio puede ser tan peligroso como la enfermedad. Los mecanismos para suprimir la intolerancia pueden convertirse fácilmente en mecanismos para suprimir la disidencia legítima. La distinción entre discurso y acción importa. Y la pregunta de quién decide es tan urgente como la pregunta de qué se decide.
Lo que queda de todo esto no es una respuesta clara sino un marco para pensar. Un conjunto de preguntas que toda sociedad democrática debería hacerse con honestidad y con regularidad. ¿Cuándo una idea deja de ser una opinión legítima y se convierte en una amenaza operativa para las instituciones? ¿Estamos usando los mecanismos normales del debate público antes de recurrir a la supresión? ¿Quién está tomando estas decisiones y con qué supervisión democrática? ¿Estamos aplicando los mismos criterios de manera consistente o solo cuando nos conviene?
Para cerrar, quiero traer una imagen que me parece que captura bien la esencia de lo que Popper estaba diciendo, más allá de todos sus problemas y limitaciones.
Pensemos en un jardín con muchas flores diferentes, muchos colores, muchas especies. Ese jardín es posible gracias a la diversidad, gracias a que hay espacio para distintas formas de vida. Pero para que ese jardín exista, hay que trabajarlo. Hay que sacar las malezas. No porque las malezas sean "malas" en algún sentido moral abstracto, sino porque si las dejás crecer sin límite, terminan ahogando todo lo demás. La diversidad no se mantiene sola. El jardín diverso y florido requiere trabajo activo de cuidado.
Una sociedad tolerante es exactamente así. La tolerancia no es un estado natural que se sostiene con solo no hacer nada. Es una conquista histórica, frágil y permanentemente amenazada, que requiere trabajo activo para sostenerse. Requiere instituciones, leyes, cultura cívica, y también, cuando es necesario, la voluntad de decir "hasta acá".
Pero la metáfora del jardín también ilustra el problema que plantean los críticos de Popper. ¿Quién decide qué es maleza y qué es una flor rara que todavía no reconocemos? Un jardinero torpe o con malas intenciones puede arrancar exactamente las plantas que más necesitaba conservar.
Karl Popper lo entendió de la manera más dura posible: perdiendo parte de su familia en el Holocausto, escapando de una Europa en llamas, y eligiendo de todas formas creer en la posibilidad de construir algo mejor. Cuando se sentaba en Nueva Zelanda a escribir ese libro, sabía que sus parientes estaban muriendo al otro lado del mundo. Y aun así eligió la argumentación racional por sobre la amargura. Sus palabras no son las de alguien que razonó en frío en una biblioteca. Son las palabras de alguien que tuvo que vivir las consecuencias de que una sociedad no supiera dónde estaban sus límites.
La paradoja de la tolerancia no es una contradicción que se puede resolver de una vez y para siempre. Es una tensión permanente, constitutiva de cualquier proyecto democrático serio. Vivir en libertad significa convivir con esa tensión sin resolverla de manera fácil ni para un lado ni para el otro. Significa rechazar tanto la ingenuidad de tolerar todo como el autoritarismo de suprimir todo lo que incomoda.
¿Somos capaces de defender la tolerancia sin convertirnos en lo que combatimos? No hay respuesta fácil. Pero saber que la pregunta existe, y entender por qué existe, ya es un primer paso enorme.
Si este artículo te hizo pensar, si te generó dudas o ganas de discutir, ese es exactamente el objetivo. La filosofía no sirve para darte respuestas definitivas. Sirve para afinar las preguntas. Y las preguntas que plantea Popper son de las más importantes que podemos hacernos hoy.
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