
Crimen y Castigo - Dostoyevski
Raskólnikov teoriza un crimen "permisible" y choca con la culpa, la fe de Sonya y la ciudad como escenario moral. Dostoievski mezcla thriller psicológico y novela de ideas en San Petersburgo: pobreza, orgullo y el precio de jugar a ser Napoleón.
San Petersburgo, 22 de diciembre de 1849. Una plaza nevada al amanecer. Veintiún hombres están parados en fila, atados, condenados a muerte por conspirar contra el Zar Nicolás I. Entre ellos, un escritor joven de veintiocho años, todavía desconocido, que dos años antes había publicado una novela y que en los últimos meses se había unido a un círculo de intelectuales socialistas. Lo que él no sabe, lo que ninguno sabe, es que la ejecución es una farsa. Una orden secreta del Zar dispone que los van a hacer sufrir el ritual completo, que van a llegar al instante exacto en que los soldados levantan los fusiles, y recién ahí, en el último segundo, va a llegar un mensajero a caballo con la conmutación de la pena. Funciona así. Los primeros tres hombres son atados a postes con capuchas blancas. Los soldados apuntan. Cargan. Y antes del disparo, el mensajero entra al galope. La pena es trabajos forzados en Siberia.
El joven escritor sobrevive a esa mañana con algo roto adentro para siempre. Pasa los siguientes cuatro años en un campo de presos en Omsk, durmiendo en barracones helados, comiendo sopa cuajada, leyendo el único libro que les permitían a los presos: el Nuevo Testamento. Pasa otros cinco años más como soldado en una unidad de castigo. Cuando vuelve a San Petersburgo, en 1859, tiene casi cuarenta años, está enfermo de epilepsia, está sin un peso, y arrastra encima una idea fija que va a marcar todo lo que escribe de ahí en adelante: que la salvación de los seres humanos no está en las ideas, está en el sufrimiento, en la fe, en el otro.
Ese hombre se llamaba Fiódor Dostoyevski. Y en 1866, ya con cuarenta y cinco años, casi en la quiebra absoluta, persiguiéndolo los acreedores, jugando al casino con desesperación, escribió en pocos meses una novela enorme que se llamó "Crimen y Castigo". Es un libro de unas seiscientas páginas según la edición, dividido en seis partes y un epílogo, ambientado en el verano caluroso, sucio, hediondo de San Petersburgo. Y se trata de un asesinato. O mejor: se trata del antes y el después de un asesinato. Porque el asesinato sucede en la primera parte. El resto, las cinco partes que vienen, son sobre lo que pasa adentro de la cabeza del que mató.
En este artículo vamos a contar de qué se trata. Por qué Dostoyevski escribió este libro. Quién es Raskolnikov, el protagonista. Cuál es la teoría rara con la que justifica el crimen. Qué pasa después. Qué le hizo a la literatura mundial este libro raro y monstruoso. Y por qué un siglo y medio después se sigue leyendo en todas partes.
Empecemos por Raskolnikov. Nombre completo Rodion Romanovich Raskolnikov. Veintitrés años. Ex estudiante de derecho. Se quedó sin plata, dejó la universidad, vive en una pieza de tres metros por dos en una pensión miserable de San Petersburgo. La pieza es tan chiquita que cuando se levanta de la cama se golpea la cabeza con el techo inclinado. Hace meses que no paga el alquiler. Hace días que no come bien. Está pálido, flaco, de ojos hundidos. La hermana, Dunia, se va a casar con un hombre rico al que no quiere, solo para juntar el dinero que le permita a Rodion volver a estudiar. La madre, viuda, le manda cartas que él lee con culpa. Está hundido.
En medio de todo eso, en su cabeza, hay una idea fija. Una idea que viene de un artículo que él mismo escribió meses antes para una revista universitaria. La idea es la siguiente: la humanidad, dice Raskolnikov, se divide en dos grupos. Por un lado, los hombres ordinarios, la masa, los que tienen que obedecer las leyes morales y vivir como ovejas. Por el otro, los hombres extraordinarios, los Napoleones, los grandes legisladores, los grandes conquistadores, los genios, que están por encima de la moral común. Estos últimos tienen, según él, el derecho a transgredir, a matar incluso, si eso sirve para una idea grande. La sangre derramada por un Napoleón vale como pago razonable por las cosas nuevas que ese Napoleón le aporta al mundo.
> "La humanidad se divide en dos grupos: los ordinarios, que obedecen las leyes morales, y los extraordinarios, que tienen el derecho a transgredir."
Raskolnikov, encerrado en su cuarto, sin trabajo, sin futuro, empieza a hacerse una pregunta brutal: ¿yo soy uno de esos extraordinarios o soy parte de la masa? La única forma de saberlo, decide, es hacer lo que un extraordinario haría sin culpa. Tomar una vida que considera inferior, para usar su dinero en algo superior. Y hay un blanco perfecto cerca de su pieza: una vieja prestamista, Aliona Ivánovna, mezquina, codiciosa, que le presta plata a estudiantes hambrientos a cambio de objetos personales y los desangra con intereses. Una mujer que, desde el punto de vista de Raskolnikov, no aporta nada al mundo, lo único que hace es hundir a los demás. Si él la mata y le saca el dinero, podría ayudar a su madre, a su hermana, a otros estudiantes. Su crimen sería, en realidad, un acto de utilidad.
Para entender de dónde sale esa idea hay que situarse en la Rusia de los años sesenta del siglo XIX. Era una época de fermento intelectual brutal. Acababan de abolir la servidumbre, se debatían reformas, los jóvenes universitarios leían a los socialistas franceses, a los positivistas ingleses, a los materialistas alemanes. Estaba de moda una corriente que se llamaba nihilismo, y que un par de años antes había sido bautizada por Iván Turguéniev en su novela "Padres e hijos". Los nihilistas eran chicos de clase media universitaria que decían: si Dios no existe, todo está permitido; las viejas morales son supersticiones; lo único que vale es la razón, la ciencia y la transformación radical de la sociedad. Algunos llegaban a defender el asesinato político como herramienta de cambio. Dostoyevski, que de joven había sido socialista pero que después de Siberia se había vuelto profundamente cristiano y conservador, miraba ese nihilismo con horror. Y Crimen y Castigo es, en buena medida, su forma de mostrar adónde lleva esa lógica si se la sigue hasta el final. Raskolnikov es el nihilista perfecto. Y termina destrozado por su propia idea.
Una idea que viene de un artículo que él mismo escribió meses antes para una revista universitaria.
La idea es la siguiente: la humanidad, dice Raskolnikov, se divide en dos grupos.
Esa parte teórica es la que da vuelta el libro al revés. Porque Dostoyevski no plantea un asesinato por pasión, ni por venganza, ni por celos. Plantea un asesinato puramente intelectual. Un crimen que es también un experimento filosófico. Y eso lo conecta directamente con un debate que estaba muy de moda en la Rusia de los años sesenta del siglo XIX: el debate entre los nihilistas, los positivistas, los racionalistas que creían que con suficiente razón se podían reordenar el mundo y la moral. Raskolnikov es un personaje que toma esas ideas en serio, las lleva al límite, y descubre que el cuerpo humano, el alma humana, no aguantan llevar una idea hasta el final.
El crimen sucede al principio del libro. Raskolnikov visita varias veces a la prestamista para empeñar objetos suyos, mide tiempos, planea. Una tarde de julio, con cuarenta grados de calor, sin haber comido casi nada en días, va a la casa de la vieja con un hacha escondida bajo el abrigo. Cuando ella se da vuelta para mirar el objeto que le lleva a empeñar, le aplica el hacha en la cabeza. La mata. Y ahí, justo cuando estaba revolviendo cajones para buscar el dinero, aparece Lizaveta, la hermana de la prestamista, una mujer simple, casi infantil, que vivía con ella. Lizaveta lo ve. Y Raskolnikov, sin pensar, también la mata. Dos mujeres muertas. Una planeada, otra accidental, sin necesidad teórica ninguna. La perfección del experimento ya estaba arruinada en el primer minuto.
Raskolnikov logra escapar sin que nadie lo vea. Se lleva una bolsa con algunas cosas que después esconde bajo una piedra. Vuelve a su pieza tambaleándose. Y ahí, desde ese instante, empieza el verdadero libro. Las quinientas páginas que siguen son básicamente la mente de un hombre que cree que puede vivir con un asesinato encima y descubre, día a día, que no puede.
Lo primero que aparece es la fiebre. Raskolnikov se enferma físicamente. Tiene delirios, alucinaciones, escalofríos. Pasa días enteros sin saber muy bien si está despierto o soñando. Sus amigos lo cuidan, lo alimentan, lo acompañan, sin entender qué le pasa. Su mejor amigo, Razumijin, un estudiante pobre pero honesto, vivaz, sano, es básicamente lo opuesto de él. Se enamora de su hermana Dunia. Y trata de sostenerlo a él como puede.
Lo segundo que aparece es la paranoia. Cualquier referencia al crimen, cualquier conversación que mencione a la prestamista, cualquier mirada de un policía, lo hacen saltar. Empieza a sospechar que todo el mundo lo sospecha. Y al mismo tiempo, paradójicamente, hace cosas que parecen invitaciones a que lo descubran. Vuelve al lugar del crimen. Toca el timbre del departamento de la vieja. Entra en la comisaría con cualquier excusa. Es como si el deseo de confesar y el miedo a confesar pelearan adentro suyo todo el tiempo.
Y ahí entra el otro gran personaje del libro
Y ahí entra el otro gran personaje del libro. El investigador. Se llama Porfiri Petróvich. Es un funcionario de la justicia, gordo, irónico, paciente, que se da cuenta enseguida de que Raskolnikov es el asesino, pero no tiene ninguna prueba. Entonces empieza a jugar con él. Tiene varias conversaciones con Raskolnikov a lo largo del libro, conversaciones tensísimas, donde no lo acusa nunca de manera directa, pero le va apretando las clavijas. Le habla de psicología criminal, le pone trampas pequeñas, lo deja hablar, lo escucha demasiado. Es uno de los mejores personajes investigadores de toda la literatura. Y es un antecedente directo de cualquier policía de novela negra moderna que conozca a su sospechoso de memoria y le haga confesar por puro desgaste mental.
Mientras tanto, en paralelo, aparece Sonia. Sofía Semiónovna Marmeládova. Hija de un funcionario alcohólico que muere pisado por un carruaje. La familia es miserable. La madrastra está enferma, los hermanitos chicos pasan hambre. Y Sonia, casi una nena, se prostituye para mantenerlos. Se prostituye contra su voluntad y contra su deseo, llorando cada vez. Es profundamente religiosa. Y por motivos que ni él entiende, Raskolnikov la busca, va a su casa, le habla, se sienta con ella. Le pide que le lea el evangelio. La escena en la que Sonia, una prostituta de dieciocho años, le lee a un asesino de veintitrés el pasaje de la resurrección de Lázaro, en una pieza miserable, a la luz de una vela, es una de las escenas más famosas de la literatura del siglo XIX.
Conviene detenerse un poco en la familia de Sonia, porque Dostoyevski le dedica páginas y páginas. El padre, Marmeládov, es uno de los personajes más patéticos y a la vez más compasivamente dibujados de toda la novela. Lo conocemos en la primera parte del libro, en una taberna, cuando Raskolnikov está dando vueltas por la ciudad antes del crimen. Marmeládov le cuenta toda su vida en voz alta, borracho, llorando: que perdió el empleo, que se gastó la última plata de la familia en alcohol, que su mujer Katerina Ivánovna está enferma de tuberculosis, que su hija mayor del primer matrimonio, Sonia, tuvo que prostituirse para que sus hermanitos comieran. Esa escena, larga, hablada, sucia, es importantísima, porque pone delante de Raskolnikov, antes de que mate, una imagen de sufrimiento humano real, gente real cayéndose a pedazos, que no entra en ninguna teoría ordenada de hombres ordinarios y extraordinarios. Marmeládov muere atropellado por un carruaje al final de esa parte. Y Raskolnikov, con la poca plata que tiene, le da unas monedas a la viuda para el entierro, en uno de los pocos actos espontáneamente piadosos que hace en todo el libro.
Sonia es, en la lógica del libro, el otro polo de Raskolnikov. Él es el racionalista que mata por una idea. Ella es la creyente que sufre por amor. Él se cree extraordinario y por eso mata. Ella se sabe humilde y por eso no se mata. La novela los empuja el uno hacia la otra. Y termina apoyándose, espiritualmente, en lo que ella representa.
Porfiri sigue apretando. Raskolnikov se desmorona. En una de las últimas conversaciones, Porfiri le dice algo así: "Yo sé que fuiste vos. Pero tenés que entregarte solo, no me obligues a arrestarte. Si te entregás, te conviene en el juicio". Raskolnikov sigue resistiéndose. Hasta que, en una escena central, le cuenta a Sonia lo que hizo. Le confiesa el crimen. Sonia, después del primer espanto, no lo condena. Le dice que tiene que ir a la plaza, arrodillarse en el medio, besar la tierra que ensució con sangre y entregarse. Le da un crucifijo de madera. Le dice que va a estar con él, donde sea que vaya.
Aparece también Svidrigáilov, uno de los personajes más oscuros y más difíciles de leer de la novela. Es un terrateniente rico, mayor, que había sido empleador de Dunia, la hermana de Raskolnikov, y la había hostigado sexualmente, intentado seducir, casi violar. Persigue a Dunia hasta San Petersburgo. Pero también es un tipo que lee, que reflexiona, que tiene apariciones de fantasmas, que sueña con eternidades horribles, que dice cosas que se quedan grabadas. En una conversación con Raskolnikov insinúa que el más allá no es un cielo lleno de luz, sino una pieza de pueblo llena de arañas. Es como un reflejo deformado de Raskolnikov: alguien que ya cruzó el límite hace tiempo, que aprendió a vivir sin culpa, y que sin embargo está vacío. Cuando Svidrigáilov, en la última parte del libro, se da cuenta de que Dunia jamás lo va a amar, hace algo inesperado: deja arreglada la situación económica de Sonia y de los huérfanos de Marmeládov, y al amanecer del día siguiente se suicida con un revólver en la calle, frente a un soldado polaco. Esa muerte es, en la economía del libro, el reverso del camino que Raskolnikov todavía está por elegir. Si seguís el camino de la culpa sin redención, terminás como Svidrigáilov. Si lo enfrentás con Sonia al lado, todavía hay otra cosa posible.
Después de todas estas idas y vueltas, Rodion finalmente va a la comisaría y confiesa. Lo condenan a ocho años de trabajos forzados en Siberia. Sonia se va con él, voluntariamente, para esperarlo cerca del campo de prisioneros mientras cumple la pena.
El epílogo, las últimas páginas del libro, son discutidas hasta hoy…
El epílogo, las últimas páginas del libro, son discutidas hasta hoy entre los críticos. Algunos las leen como una redención clara: Raskolnikov, en Siberia, después de meses de resistencia interna, finalmente se quiebra, llora, abraza a Sonia, abre el evangelio que ella le había regalado y se prepara para una vida nueva. Otros lo leen con menos optimismo: la conversión es apenas un atisbo, está pintada al pasar, queda más como puerta abierta que como llegada. Lo que sí queda claro es esto: la teoría de los hombres extraordinarios se rompió. Raskolnikov no era Napoleón. Era apenas un chico hambriento, brillante, asustado, cargando una idea demasiado grande para su corazón. Y descubrió, a los golpes, que la moral común no es una jaula para tipos comunes. Es la respiración de cualquier ser humano. Salirse de ella es asfixiarse.
Lo que el libro hace genial es no dejar nunca de lado la materialidad. San Petersburgo aparece todo el tiempo: el calor opresivo, el olor a pintura fresca de los edificios nuevos, la pobreza en los rincones, los borrachos en las tabernas, los caballos golpeados en la calle. La novela es muy sucia, muy física. Las ideas filosóficas no flotan en el aire: están metidas dentro de cuerpos que sudan, pasan hambre y se enferman.
Dostoyevski escribió este libro a contrarreloj. Estaba endeudado, había firmado un contrato leonino con un editor, tenía que entregar también otra novela en simultáneo, "El jugador", que es prácticamente autobiográfica sobre su propia adicción al casino. Para cumplir, contrató a una taquígrafa, Anna Snitkina, que le tomaba el dictado durante horas. Trabajaron tan pegados que terminaron casándose. Anna iba a ser su esposa hasta el final, su mejor administradora financiera, y la responsable de que la obra de Dostoyevski sobreviviera y se publicara después de su muerte.
El impacto del libro fue enorme casi enseguida. Se publicó por entregas en una revista, y Rusia entera siguió la historia capítulo a capítulo. Después se tradujo a todos los idiomas europeos. Friedrich Nietzsche, en Alemania, lo leyó y dijo que Dostoyevski era el único psicólogo del que tenía algo que aprender. Sigmund Freud lo citaba con frecuencia. Albert Einstein dijo que de Dostoyevski había aprendido más sobre el alma humana que de cualquier otro autor. En el siglo XX, Crimen y Castigo se transformó en lectura escolar en decenas de países. Y la idea del personaje atormentado por la culpa, dividido entre razón y conciencia, se filtró en todas partes. Cualquier protagonista de novela policial moderna que mate y después no pueda dormir tiene un poco de Raskolnikov adentro.
Hay un detalle técnico que vale la pena mencionar. La novela está escrita en tercera persona, pero el narrador casi nunca abandona la cabeza de Raskolnikov. Vivimos sus pensamientos, sus excusas, sus negaciones, sus oscilaciones. Cuando se enferma, lo seguimos al delirio. Cuando sueña con un caballo apaleado a muerte por borrachos en una infancia que recuerda confusamente, soñamos también nosotros. Esa proximidad genera una experiencia de lectura muy particular, casi claustrofóbica. Estás encerrado con Raskolnikov adentro de su cabeza durante seiscientas páginas. Y aunque no estés de acuerdo con casi nada de lo que piensa, terminás conociéndolo como pocas veces conocés a un personaje. Cuando finalmente confiesa, el lector siente alivio físico, casi como si hubiera estado conteniendo el aliento desde el primer capítulo.
Más allá de la trama, lo que el libro ofrece al lector contemporáneo es una conversación incómoda con uno mismo. ¿Hay algo, una idea, una causa, un proyecto, por el que vos te sentirías autorizado a hacer cualquier cosa? ¿Quién decide cuándo una vida vale más que otra? ¿Qué pasa con la culpa después de hacer algo que sabés que estuvo mal? Dostoyevski no contesta del todo. Lo que hace es ponernos frente a un tipo que se hizo todas esas preguntas en serio, que actuó en consecuencia, y que descubrió que la vida moral no se desarma por argumentos. Que algo más profundo que la lógica nos sostiene como personas. Y que cuando ese algo se rompe, ningún razonamiento alcanza para volver a armarlo.
Por eso, ciento sesenta años después, Crimen y Castigo se sigue leyendo. Porque no es solo una novela rusa. Es un manual sobre la culpa, la idea, la fe y la posibilidad humana de empezar de nuevo, escrito por un tipo que casi muere fusilado y que pasó la vida entera intentando entender por qué seguimos vivos cuando, lógicamente, todo nos invitaría a rendirnos.
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