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El poder del ahora - Eckhart Tolle
Episodio 24

El poder del ahora - Eckhart Tolle

Andres AguilarAndres Aguilar

Una noche de crisis, un estudiante de Cambridge se hizo una pregunta tan rara que le cambió la vida: ¿quién es el que observa al que sufre? Lo que encontró al responder esa pregunta se convirtió en uno de los libros de espiritualidad más vendidos del s...

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Una noche de 1977, un joven de veintinueve años llamado Eckhart Tolle se despertó a las tres de la mañana en un estado de angustia tan profundo que pensó que no iba a poder seguir viviendo. No había ninguna razón externa obvia: era un estudiante de posgrado en Cambridge, inteligente, con un futuro académico brillante por delante. Pero en ese momento de oscuridad total, lo único que sentía era que no podía soportar ser él mismo un segundo más. La sensación —que suena a una descripción clínica de una crisis depresiva severa— lo llevó a una pregunta que surgió casi involuntariamente: ¿quién es el "yo" que no puede soportarse? Si hay algo que no puede soportar ser sí mismo, y hay algo que observa esa incapacidad, ¿no son dos cosas distintas? ¿Quién es el que observa al que sufre?

No es la pregunta más lógica para las tres de la mañana en medio de una crisis. Pero es la que se apareció. Y en algún punto de esa noche, algo se quebró, o se abrió, según cómo se mire. Tolle describe lo que pasó después como una experiencia de rendición total, de dejar de resistir el momento presente, de caer en una quietud que no había sentido nunca en su vida. Se durmió. Se despertó al día siguiente con la sensación de que el mundo era completamente nuevo. Los pájaros cantaban. El sol entraba por la ventana. Las cosas más ordinarias tenían una viveza que nunca había notado antes.

Lo que siguió fue bastante inusual. Tolle prácticamente abandonó su carrera académica y pasó los siguientes años sentado en parques de Londres, sin trabajo, sin plan, en un estado que él mismo describe como de paz ininterrumpida y que las personas que lo conocían probablemente hubieran clasificado como preocupante. Poco a poco empezó a hablar con personas que se le acercaban intrigadas por esa actitud de calma extraña. Empezó a dar pequeñas charlas, después más grandes. Y veinte años después de esa noche en Cambridge, publicó El Poder del Ahora.

El libro se publicó inicialmente en 1997 de manera casi artesanal, con una editorial pequeña en Canadá. Se fue vendiendo de boca en boca durante años. En 2000, Oprah Winfrey lo recomendó en su programa y el libro explotó. Hoy es uno de los libros de espiritualidad contemporánea más vendidos del mundo, con millones de copias en decenas de idiomas. Y su influencia se puede rastrear en buena parte de la cultura del bienestar y la conciencia plena que inundó la cultura popular de las últimas dos décadas.

¿De qué trata, en el fondo? La tesis central se puede enunciar de manera simple, aunque no sea simple de entender ni de aplicar: la mayor parte del sufrimiento humano no viene de las circunstancias reales de la vida sino de la relación de la mente con el tiempo. Vivimos obsesionados con el pasado —con lo que nos hicieron, con lo que perdimos, con los errores que cometimos, con las humillaciones que sufrimos— o con el futuro —con lo que tememos que pase, con lo que queremos conseguir, con los escenarios catastróficos o ideales que imaginamos. Y en esa obsesión, perdemos lo único que realmente existe: el momento presente. Este instante, ahora mismo, mientras respiramos.

Tolle llama a ese estado de atención plena al presente "el ahora", y argumenta que en él —y solo en él— está disponible algo que podríamos llamar paz genuina, o lo que él prefiere llamar "ser". No la felicidad entendida como emoción intensa y positiva —eso es transitorio, depende de las circunstancias. Sino algo más profundo y más estable: una quietud de fondo que no es afectada por lo que pase afuera.

Para desarrollar este argumento, Tolle introduce una distinción que…

Para desarrollar este argumento, Tolle introduce una distinción que es el corazón conceptual de todo el libro: la diferencia entre la mente y la conciencia, entre el pensamiento y el ser.

La mente, para Tolle, no es lo mismo que la conciencia. La mente es la máquina de producir pensamientos: el flujo incesante de análisis, juicios, memorias, fantasías, preocupaciones, planes y comentarios que corre en nuestra cabeza de manera casi continua. Si prestás atención unos minutos, notás que en tu cabeza hay prácticamente siempre una voz que comenta, juzga, planifica, recuerda, anticipa. A eso Tolle lo llama el "pensador compulsivo".

La mayoría de nosotros nos identificamos completamente con ese flujo. Creemos que somos nuestros pensamientos. Si en este momento aparece en mi cabeza el pensamiento "soy un fracaso", tiendo a creerlo como si fuera un hecho objetivo sobre mí mismo, no como si fuera simplemente un pensamiento que pasó por mi mente. Si aparece la preocupación "todo va a salir mal", la vivo como si fuera un pronóstico verdadero, no como una actividad mental que está pasando en este momento.

Tolle dice que hay algo más profundo que la mente: la conciencia que observa los pensamientos. El hecho de que puedas notar que "ahora estoy teniendo el pensamiento X" implica que hay algo que no es ese pensamiento, algo que lo observa desde cierta distancia. Ese observador, esa presencia que está detrás del flujo mental, es lo que Tolle llama el ser, o la conciencia pura. Y la práctica que propone —en términos muy concretos— es aprender a identificarse con ese observador más que con el contenido de los pensamientos.

Esto no es tan difícil de experimentar como suena. Podés intentarlo ahora mismo: en lugar de seguir el próximo pensamiento que aparezca, simplemente observalo. Notá que llegó. No lo persigas ni lo analices. Solo notá su presencia como notarías el paso de un auto por la calle. Ese instante de observación, por breve que sea, es lo que Tolle llama presencia.

Ahora bien, la pregunta obvia es: si la solución es tan simple —prestar atención al presente— ¿por qué no lo hacemos? ¿Por qué la mente vuelve obsesivamente al pasado y al futuro?

> La mente es la máquina de producir pensamientos: el flujo incesante de análisis, juicios, memorias, fantasías, preocupaciones, planes y comentarios que corre en nuestra cabeza de manera casi continua.

> Si prestás atención unos minutos, notás que en tu cabeza hay prácticamente siempre una voz que comenta, juzga, planifica, recuerda, anticipa.

Tolle tiene una respuesta de doble filo. Por un lado, dice que el pasado y el futuro son los territorios del ego, y el ego vive de ellos. Por el otro, introduce uno de los conceptos más originales del libro: el cuerpo del dolor.

Empecemos por el ego, que para Tolle tiene un significado muy…

Empecemos por el ego, que para Tolle tiene un significado muy específico, diferente al coloquial. El ego no es la arrogancia o la vanidad —eso sería una consecuencia posible del ego, no su definición. Para Tolle, el ego es la identidad que construimos alrededor de los pensamientos: el sentido de "yo" que surge de identificarse con la historia que la mente cuenta sobre uno mismo. Esa historia siempre está anclada en el tiempo: "yo soy el que sufrió esto, logró aquello, fue herido por esto otro, aspira a lo de más allá". El ego necesita el pasado para definirse y el futuro para justificarse. En el presente puro, sin historia ni proyección, el ego no tiene material para construirse.

Por eso la presencia —la atención plena al ahora— es experimentada frecuentemente como amenaza por el ego. Cuando uno se queda en silencio sin pensar en nada, hay un impulso casi automático de volver a pensar en algo, de resolver algo, de planificar algo. Ese impulso es el ego buscando material. La práctica de la presencia es, en parte, aprender a tolerar esa incomodidad sin ceder al impulso.

El cuerpo del dolor es el otro concepto central del libro, y quizás el más original. La idea es que los seres humanos acumulamos a lo largo de la vida una cantidad de emociones no procesadas: traumas, tristezas, rabia, humillaciones que nunca fueron completamente digeridas y que se quedan almacenadas en el cuerpo y en la mente. Esa acumulación forma lo que Tolle personifica como una entidad —el cuerpo del dolor— que de vez en cuando se activa y "toma el control", produciendo reacciones emocionales desproporcionadas ante situaciones aparentemente pequeñas.

Cuando alguien tiene una reacción de ira absolutamente desmedida ante un comentario trivial, o cuando una discusión de pareja escala en segundos a una intensidad que ninguna de las dos personas entiende del todo, Tolle diría que el cuerpo del dolor se activó. No está reaccionando al presente. Está reaccionando a todos los presentes anteriores que se le parecen, a toda la historia emocional almacenada que esa situación disparó. El presente es solo el detonador. La carga es vieja.

El cuerpo del dolor, dice Tolle, se alimenta de la inconsciencia: de la identificación total con la reacción emocional, de creer que lo que siento en este momento es la realidad objetiva. Cuando alguien está en plena activación del cuerpo del dolor, sus pensamientos tienen una calidad absolutamente convincente: "siempre es igual", "esta persona es así", "nada va a cambiar nunca". No son pensamientos que se presentan como posibilidades o interpretaciones. Se presentan como verdades absolutas.

El antídoto, según Tolle, es la presencia. Cuando uno está realmente presente —observando la emoción en lugar de ser arrastrado por ella, notando "ahora siento esto" en lugar de "esto es lo que es"— el cuerpo del dolor no puede alimentarse. Necesita la inconsciencia para persistir. La conciencia es lo que lo disuelve, no suprimiéndolo sino observándolo sin identificarse completamente.

Desde una perspectiva más psicológica, esto tiene conexión directa con lo que la psicología contemporánea sabe sobre la regulación emocional. La idea de que observar una emoción sin identificarse completamente con ella reduce su intensidad está bastante bien documentada en la literatura clínica. Las terapias de tercera generación como la Terapia de Aceptación y Compromiso trabajan exactamente con ese mecanismo. Tolle lo dice con un lenguaje espiritual diferente, pero el proceso que describe no es ajeno a lo que los terapeutas trabajan.

Otro núcleo del libro es la distinción entre el dolor y el sufrimiento, que para Tolle son dos cosas radicalmente distintas aunque frecuentemente se confunden.

El dolor es inevitable: la pérdida de un ser querido, la enfermedad,…

El dolor es inevitable: la pérdida de un ser querido, la enfermedad, el conflicto, el fracaso. Esas experiencias difíciles existen y no hay manera de eliminarlas de una vida humana. El sufrimiento, en cambio, es en gran parte opcional. El sufrimiento es lo que la mente agrega al dolor: la resistencia, el "esto no debería estar pasando", el "¿por qué a mí?", la rumiación que convierte una experiencia difícil en una historia de victimización que se repite, se amplifica y se hace permanente.

Un ejemplo concreto: perder un trabajo duele. Eso es el dolor. El sufrimiento es la capa mental que se agrega: la historia de que uno es un fracasado, de que nunca va a encontrar otro trabajo, de que la vida es injusta, de que los demás tienen éxito y yo no. Esa capa no viene de la realidad objetiva —viene de la mente construyendo narrativas sobre el futuro y el pasado a partir del evento presente. Y esa capa, dice Tolle, se puede reducir. No eliminar —el dolor sigue ahí. Pero el sufrimiento innecesario que la mente agrega encima sí puede ser trabajado.

> El sufrimiento innecesario que la mente agrega encima sí puede ser trabajado.

Esto tiene implicaciones prácticas para cómo Tolle aborda las situaciones difíciles. Dice que frente a cualquier situación hay básicamente tres opciones: aceptarla, cambiarla, o alejarse de ella. Lo que no es una opción real, aunque se sienta como tal, es quedarse en la situación quejándose y sin hacer nada. Eso es sufrimiento puro sin ningún propósito. Aceptar no significa resignarse ni estar de acuerdo —significa dejar de gastar energía mental en resistir lo que ya es. Esa energía, liberada, se puede usar para cambiar lo que se puede cambiar o para tomar la decisión de alejarse.

El libro también dedica un espacio importante a las relaciones de pareja vistas desde esta perspectiva, y acá Tolle dice cosas que son bastante incómodas para la visión romántica convencional.

Dice que la mayoría de las relaciones de pareja tienen un componente importante de lo que él llama "amor-necesidad": la búsqueda en el otro de algo que complete una carencia propia. Y ese tipo de relación está estructuralmente condenada a generar sufrimiento, porque nadie puede llenar la carencia de otro de manera permanente. La luna de miel —ese período inicial de intensa satisfacción— es seguida inevitablemente por el momento en que el otro deja de llenar esa carencia, o en que la carencia vuelve a aparecer, y entonces aparece la decepción, el resentimiento, el conflicto.

Tolle no dice que el amor sea imposible o que haya que vivir sin pareja. Dice que las relaciones que tienen alguna chance de ser genuinamente buenas son las que se construyen desde la presencia y no desde la necesidad: donde cada persona está suficientemente completa en sí misma como para poder dar libremente en lugar de tomar. Eso no implica que no haya dependencia emocional ni vulnerabilidad —eso sería deshumanizante. Implica que la base de la relación no es "te necesito para sentirme completo" sino "elijo estar con vos".

Leer El Poder del Ahora requiere cierta disposición. El libro está escrito en un lenguaje que mezcla la filosofía con la espiritualidad, hay conceptos que son difíciles de transmitir en términos puramente racionales porque hablan de experiencias directas más que de ideas abstractas. Hay personas que lo leen y sienten que algo se abre, que describe con precisión algo que ya intuían sin poder articular. Y hay personas que lo leen y lo encuentran vago, circular o demasiado alejado de su manera de entender el mundo.

Esa ambivalencia es completamente honesta y el propio Tolle la anticipa

Esa ambivalencia es completamente honesta y el propio Tolle la anticipa. El libro no hace afirmaciones que se puedan verificar empíricamente. Propone una manera de relacionarse con la propia experiencia que solo puede evaluarse desde adentro, desde la práctica. En ese sentido es más parecido a un manual de meditación que a un libro de psicología o filosofía.

Lo que sí es medible, y que la psicología contemporánea ha investigado bastante en las últimas décadas, es que las prácticas de atención plena —que son esencialmente lo que Tolle describe en términos espirituales— tienen efectos documentados sobre la ansiedad, la depresión y el bienestar general. El mindfulness no nació con Tolle: tiene raíces milenarias en el budismo y fue sistemáticamente estudiado desde los años ochenta por investigadores como Jon Kabat-Zinn en la Universidad de Massachusetts. Tolle trae esas ideas a un lenguaje occidental y contemporáneo, despojado de cualquier exigencia de afiliación religiosa, y las presenta de una manera que resonó con millones de personas que quizás no se hubieran acercado a ellas por otro camino.

El legado del libro es visible en toda la cultura del bienestar contemporánea: la meditación que entró en las apps del celular, el mindfulness corporativo, la obsesión con el "vivir el presente" que aparece en frases motivacionales en todos los idiomas. Esa versión popularizada y muchas veces trivializada tiene poca relación con lo que Tolle propone, que es un trabajo serio, continuo y a veces incómodo sobre la propia conciencia.

Pero el hecho de que esas ideas circulen —aunque sea en versiones diluidas— dice algo sobre una necesidad real que el libro tocó. Vivimos en culturas que aceleran constantemente, que proponen cada vez más estímulos, más información, más opciones, más futuro. La atención es el recurso más escaso y más disputado del siglo XXI. Y frente a esa aceleración, la idea de que hay algo profundamente valioso en detenerse, en estar donde se está, en prestar atención a este momento concreto antes de correr al siguiente, tiene una resonancia que no parece casualidad.

Hay algo que vale la pena decir sobre cómo el libro trata el tema del tiempo, porque es uno de sus argumentos más originales y potencialmente más transformadores.

Tolle distingue entre lo que llama el "tiempo del reloj" y el "tiempo psicológico". El tiempo del reloj es perfectamente funcional y necesario: son las tres de la tarde, tengo una reunión en veinte minutos, el vuelo sale mañana a las nueve. Ese tipo de tiempo es una herramienta práctica que usamos para coordinar la vida. No hay nada problemático ahí.

El tiempo psicológico es otra cosa. Es el tiempo mental que convierte el pasado en una prisión de resentimiento y culpa, y el futuro en una fuente de ansiedad y esperanza dependiente. Es el tiempo que la mente usa para construir la narrativa continua del "yo": lo que me pasó, lo que tengo miedo que pase, lo que deseo conseguir. Ese tiempo no es una herramienta. Es una trampa.

La diferencia práctica es esta: podés planificar para el futuro…

La diferencia práctica es esta: podés planificar para el futuro desde el presente, de manera funcional y serena, sin vivir en el futuro con ansiedad. Podés aprender del pasado sin vivir atrapado en él. El problema no es recordar o planificar —esas son capacidades necesarias. El problema es cuando la mente se queda viviendo en esos tiempos como si fueran más reales que el momento presente. Cuando el futuro se convierte en el único lugar donde la vida parece poder ser mejor que ahora. Cuando el pasado se convierte en la única explicación de por qué ahora es tan difícil.

Tolle dice que en el momento en que notás que tu mente se fue al pasado o al futuro, ya estás de regreso en el presente. La toma de conciencia de que te fuiste es, en sí misma, la vuelta. No hay que luchar contra los pensamientos sobre el pasado o el futuro —la lucha es otra forma de resistencia. Simplemente notarlos y volver. Una y otra vez. Sin frustración, sin juicio propio. Así se practica la presencia, y así el hábito se va consolidando gradualmente.

Hay un aspecto del libro que genera debate frecuente y que conviene no eludir: Tolle propone que el sufrimiento puede eliminarse casi completamente a través de la presencia. Esa es una afirmación muy fuerte, y algunos lectores la encuentran excesiva o incluso potencialmente dañina para personas que atraviesan situaciones muy difíciles —duelo, enfermedad, trauma— y que podrían sentirse culpables de no poder "simplemente estar presentes". Es una crítica justa que el libro no resuelve del todo satisfactoriamente. Tolle habla de un ideal de presencia que muy pocos seres humanos alcanzan de manera sostenida, y el camino entre ese ideal y la experiencia cotidiana es largo y con mucho tropiezo. El libro es más convincente como descripción de un horizonte que como guía práctica paso a paso.

Dicho eso, el legado del libro es visible en toda la cultura del bienestar contemporánea: la meditación que entró en las apps del celular, el mindfulness corporativo, la obsesión con el "vivir el presente" que aparece en todos lados. Esa versión popularizada tiene poca relación con lo que Tolle propone, que es un trabajo serio y continuo sobre la propia conciencia. Pero el hecho de que esas ideas circulen dice algo sobre una necesidad real que el libro tocó. Vivimos en culturas que aceleran constantemente, que proponen cada vez más estímulos, más información, más opciones, más futuro. Y frente a esa aceleración, la idea de que hay algo profundamente valioso en detenerse, en estar donde se está, en prestar atención a este momento concreto antes de correr al siguiente, tiene una resonancia que no parece casualidad.

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