
El mundo y sus demonios - Carl Sagan
Carl Sagan escribió este libro moribundo y furioso, convencido de que la mayor amenaza a la democracia no era política sino epistemológica: ciudadanos que no pueden distinguir la evidencia de la ficción. Treinta años después, su diagnóstico parece una ...
Episodio de Podcast
En 1994, una encuesta en Estados Unidos reveló que el cuarenta por ciento de los adultos creía que los platillos voladores eran naves extraterrestres que visitaban la Tierra. Otro porcentaje significativo creía en la astrología como método válido para tomar decisiones importantes. Los programas de televisión sobre fenómenos paranormales eran de los más vistos del país. Y en las góndolas de las librerías, los libros de autoayuda espiritual, cristales curativos y comunicación con el más allá vendían más que cualquier divulgación científica.
Carl Sagan lo miraba todo con una mezcla de tristeza profunda y alarma genuina. Y a los sesenta años, gravemente enfermo, decidió que tenía que hacer algo al respecto. Algo grande y definitivo, algo que dejara en claro por qué estas tendencias no eran simplemente curiosidades culturales sino síntomas de un problema mucho más serio.
Sagan era, para ese momento, la voz más reconocida de la ciencia en el mundo de habla inglesa. La serie Cosmos, que había conducido en 1980, había sido vista por quinientos millones de personas en sesenta países. Era un comunicador extraordinario, alguien capaz de explicar la escala del universo o el origen de la vida con una claridad y una emoción que hacían que la ciencia pareciera no solo comprensible sino urgentemente relevante. Había escrito docenas de libros y artículos. Había ganado el Premio Pulitzer. Era, en resumen, alguien con un megáfono enorme.
El Mundo y sus Demonios —subtitulado "La ciencia como una vela en la oscuridad"— se publicó en 1995. Sagan murió al año siguiente, de una enfermedad de la médula ósea. El libro tiene algo de testamento intelectual, de mensaje final. Y aunque fue escrito hace treinta años, con cada año que pasa parece más relevante.
El título viene de una metáfora que Sagan usa desde las primeras páginas: la ciencia como una vela en la oscuridad. La oscuridad no es la ignorancia en sentido general. Los humanos siempre tuvimos curiosidad, siempre quisimos entender el mundo. La oscuridad son los demonios: las supersticiones, los prejuicios, el pensamiento mágico, las pseudociencias que ofrecen respuestas fáciles y reconfortantes a preguntas difíciles. La vela es pequeña y la oscuridad es grande. Pero una vela alcanza para ver lo que está alrededor, y encender más velas no apaga las que ya arden.
Esta metáfora no es casual. Sagan no está atacando a la gente que cree en cosas sin evidencia —y eso es muy importante para entender el tono del libro. Está diciendo que esa tendencia es muy humana, muy comprensible, y que el antídoto no es el desprecio sino la educación. Hay libros de escepticismo científico que tienen un tono condescendiente, casi de superioridad intelectual, que aleja a las personas que más los necesitarían leer. El Mundo y sus Demonios no es así. Está escrito con curiosidad y paciencia genuinas.
Para entender por qué Sagan considera urgente este problema, el…
Para entender por qué Sagan considera urgente este problema, el libro dedica varios capítulos a explorar el pensamiento mágico y sus raíces evolutivas. Los seres humanos no somos naturalmente escépticos. Somos naturalmente crédulos, especialmente con las cosas que vienen de figuras de autoridad o que encajan con lo que ya creemos. Nuestro cerebro evolucionó para encontrar patrones, para detectar causalidades, para construir narrativas que den sentido al caos. Esas capacidades son maravillosas —son la base del arte, la religión y la ciencia misma. Pero también nos hacen vulnerables a ver patrones donde no los hay, a confundir correlación con causalidad, a creer cosas porque queremos que sean verdad.
Sagan da un ejemplo clásico de esto: el pensamiento mágico por correlación. Un hombre prehistórico hace un ritual antes de salir a cazar y caza bien. Repite el ritual. Vuelve a cazar bien. Concluye que el ritual causa el buen resultado. En realidad fue una coincidencia, o el animal estaba abundante esa semana. Pero el mecanismo mental que produce esa conclusión —el de buscar la causa de un resultado positivo en la acción que lo precedió— es profundamente adaptativo en muchos contextos. El problema es que ese mismo mecanismo produce superstición cuando se aplica sin el filtro del pensamiento crítico.
La parte del libro que más espacio ocupa —y que sigue siendo increíblemente vigente— es el análisis de distintas pseudociencias y fenómenos paranormales. Sagan los toma uno por uno, con mucha paciencia, y los examina con rigor. No para burlarse de la gente que los cree, sino para mostrar exactamente por qué la evidencia no los sostiene y qué errores de razonamiento llevan a aceptarlos.
Tomemos el caso de las abducciones alienígenas, que en los noventa estaban en su punto máximo de popularidad. Decenas de personas en Estados Unidos contaban que habían sido llevadas a bordo de naves espaciales, sometidas a experimentos, y devueltas sin que nadie más lo notara. Los detalles de los relatos eran notablemente consistentes entre sí: figuras de piel gris, ojos grandes y negros, cuartos con luz fría, procedimientos que recordaban a los médicos. Algunos de estos testimonios eran absolutamente convincentes en su intensidad emocional. Las personas claramente habían vivido algo que sentían como real.
> Para entender por qué Sagan considera urgente este problema, el libro dedica varios capítulos a explorar el pensamiento mágico y sus raíces evolutivas.
> Somos naturalmente crédulos, especialmente con las cosas que vienen de figuras de autoridad o que encajan con lo que ya creemos.
¿Cómo analiza Sagan esto? No diciendo que la gente miente. Dice algo mucho más interesante: que hay mecanismos neurológicos conocidos que pueden producir exactamente ese tipo de experiencias. La parálisis del sueño, por ejemplo, es un fenómeno perfectamente documentado en que una persona se despierta incapaz de mover el cuerpo y frecuentemente experimenta alucinaciones vívidas de presencias amenazantes en la habitación. Se estima que entre el quince y el cuarenta por ciento de las personas experimenta esto al menos una vez en la vida. En culturas distintas, estas experiencias se interpretan de manera distinta: en la Europa medieval eran demonios o íncubos. En el Japón tradicional, un espíritu llamado kanashibari. En comunidades rurales de América Latina, la figura del "duende" o la "bruja que sube encima". En la América contemporánea de los noventa, extraterrestres con ojos grandes. El fenómeno neurológico es el mismo. La interpretación depende del menú cultural disponible.
Sagan también analiza la hipnosis regresiva, que fue el método principal por el que muchos de estos testimonios de abducción salieron a la luz. Investigadores como John Mack, psiquiatra de Harvard, hipnotizaban a pacientes que creían haber tenido encuentros con extraterrestres y "recuperaban" memorias de lo ocurrido. El problema es que décadas de investigación sobre la memoria humana muestran que la hipnosis no es un detector de verdad: es más bien un amplificador de lo que el paciente quiere o espera recordar, guiado frecuentemente por las sugerencias del hipnotizador. Las memorias recuperadas bajo hipnosis son notoriamente poco confiables.
Sagan aclara algo importante: nada de esto prueba que no haya vida inteligente en otros planetas. De hecho, era uno de los científicos más convencidos de que probablemente la hay —pasó décadas en el proyecto SETI buscando señales de radio de civilizaciones extraterrestres. Lo que dice es que las anécdotas personales, por vividas y convincentes que sean, no son evidencia científica. Y que la afirmación extraordinaria —una nave extraterrestre visitó la Tierra y me llevó a bordo— requiere evidencia extraordinaria. Hasta ahora, esa evidencia no existe.
Otro capítulo que Sagan dedica a un tema de su época con una…
Otro capítulo que Sagan dedica a un tema de su época con una vigencia notable es el del movimiento de los "recuerdos recuperados". En los años ochenta y noventa, se popularizó la idea de que ciertos traumas, especialmente el abuso sexual en la infancia, podían ser "reprimidos" tan profundamente que la persona no tenía ningún recuerdo consciente de ellos, y que esos recuerdos podían "recuperarse" en terapia, a menudo con técnicas que incluían hipnosis, guía del terapeuta, y lectura de cierta bibliografía.
El resultado fue una ola de juicios penales en que personas —muchas veces ancianos, padres, maestros de jardín— fueron acusadas y condenadas por abusos que, según las investigaciones posteriores, nunca habían ocurrido. Las memorias eran genuinas en el sentido de que las personas que las reportaban las vivían como reales. Pero eran falsas en el sentido de que no correspondían a hechos reales: eran creaciones de la mente, favorecidas por el proceso terapéutico y la sugestión.
Sagan usa estos casos no para minimizar el abuso infantil —que es un problema real y devastador— sino para ilustrar algo fundamental sobre la naturaleza de la memoria humana: no es una grabación. Es una reconstrucción que se modifica cada vez que se accede a ella. Y que sin el rigor del método científico —sin corroboración independiente, sin verificación cruzada— no hay manera de distinguir un recuerdo verdadero de uno implantado.
Uno de los capítulos más importantes y más prácticos del libro es el que Sagan dedica a lo que él llama el "kit de detección de mentiras" —una caja de herramientas del pensamiento crítico que cualquier persona puede aplicar en su vida cotidiana.
Las herramientas incluyen: siempre preguntar cuál es la evidencia concreta para la afirmación que se está haciendo. Verificar si la afirmación puede ser refutada: una afirmación que no puede ser demostrada falsa bajo ninguna circunstancia posible es filosóficamente sospechosa, porque significa que no nos dice nada sobre el mundo real. Buscar explicaciones alternativas más simples antes de adoptar la más compleja. Ser especialmente desconfiado cuando la afirmación confirma exactamente lo que queremos creer. No dejarse llevar por el prestigio del orador ni por su simpatía personal. Y no confundir la falta de evidencia en contra de algo con la evidencia a favor de ese algo.
Sagan también señala el lado oscuro del escepticismo mal aplicado: el cinismo total, la negativa a creer cualquier cosa nueva, la actitud de "todo es mentira y todo el mundo miente" que a veces se confunde con el pensamiento crítico pero en realidad es su opuesto. El escepticismo genuino es una actitud abierta hacia la evidencia, no una postura de negación permanente. Es la disposición a cambiar de opinión cuando aparecen nuevos datos, algo que paradójicamente la pseudociencia nunca hace. Las creencias pseudocientíficas son impenetrables a la evidencia: si el cristal curó a alguien, es prueba de su poder; si no curó, fue porque el paciente tenía pensamientos negativos o la luna estaba en la fase equivocada. No hay manera de que la evidencia contradiga la creencia. Eso es exactamente lo que Sagan llama una teoría infalsificable, y es la señal más clara de que no se está hablando de ciencia.
La parte final del libro tiene una dimensión política que se va desarrollando gradualmente y que en los últimos capítulos se vuelve explícita. Sagan estaba profundamente preocupado por la relación entre la ignorancia científica y la vulnerabilidad democrática.
Su argumento es este: las decisiones más importantes que una…
Su argumento es este: las decisiones más importantes que una sociedad toma —sobre energía nuclear, cambio climático, ingeniería genética, salud pública, inteligencia artificial— son decisiones que requieren al menos una comprensión básica de la ciencia involucrada. Si los ciudadanos no tienen esa comprensión, esas decisiones quedan en manos de expertos y tecnócratas que el público no puede evaluar, o peor aún, en manos de políticos que explotan el miedo y la ignorancia para sus propios fines. Una democracia de ciudadanos científicamente analfabetos no es una democracia plena. Es una democracia de fachada donde el voto se ejerce sin la información necesaria para ejercerlo bien.
Y entonces Sagan escribe el párrafo que hoy suena a profecía. Imagina —en 1995— una América del futuro donde la manufactura se fue al exterior, donde las clases medias se empobrecieron, donde nadie entiende de ciencia ni tecnología, donde las supersticiones florecen sin control y los medios de comunicación están llenos de astrólogos y creyentes en lo paranormal, y donde la capacidad de los ciudadanos de distinguir entre información y propaganda se ha erosionado completamente. Y en ese futuro, dice, alguien con carisma y sin escrúpulos puede tomar el poder casi sin resistencia, porque la ciudadanía ha perdido las herramientas para evaluarlo.
Leer eso hoy produce un cierto escalofrío. Sagan no era adivino. Era simplemente alguien que pensaba con rigor sobre las consecuencias a largo plazo de las tendencias que observaba en su propio tiempo.
Una de las historias más conmovedoras del libro es la que Sagan cuenta sobre una anciana llamada Pearl, con quien compartió un vuelo. Pearl le dijo que era la primera persona con educación universitaria con la que hablaba en toda su vida. Durante el vuelo le hizo preguntas sobre la astronomía, la evolución y la formación de los planetas, con una curiosidad absolutamente libre de prejuicios. Sagan quedó impresionado no por su ignorancia —que era profunda, por circunstancias de vida, no por falta de inteligencia— sino por la calidad excepcional de su curiosidad.
Esa historia le sirve para argumentar algo central: la curiosidad científica no es un privilegio de los educados o los inteligentes. Es una disposición humana universal que el sistema educativo puede cultivar o destruir, y que con demasiada frecuencia destruye. Enseñamos ciencia como una lista de hechos a memorizar, no como una manera de pensar y de hacer preguntas. Y el resultado es que generaciones de personas llegan a la adultez con la misma ignorancia que tenían de chicos, pero sin la curiosidad que tenían de chicos, que sí fue efectivamente destruida por años de educación aburrida y autoritaria.
El libro tiene también capítulos sobre la historia de la ciencia como institución, sobre los errores famosos que la ciencia cometió y corrigió, sobre la diferencia entre la ciencia y la tecnología, y sobre el papel de la humildad intelectual en el pensamiento científico. Sagan era perfectamente consciente de que la ciencia no es infalible, de que los científicos también tienen sesgos e intereses, y de que sus descubrimientos pueden ser mal usados. Lo que defiende no es una fe ciega en los científicos sino la confianza en el método: el proceso de hacer hipótesis, testearlas, publicar los resultados, someterlos a la crítica de los pares, y corregir los errores cuando aparecen. Un proceso lento, imperfecto, y sin embargo el mejor sistema que los humanos han inventado para equivocarse menos con el tiempo.
El Mundo y sus Demonios envejeció de manera extraña. En algunos aspectos parece un libro de otra época: muchos de los ejemplos que analiza —las abducciones alienígenas, los círculos en los cultivos, el movimiento de la Nueva Era— tienen hoy un perfil más bajo que en los noventa. Pero en otros aspectos el libro parece más urgente que cuando fue escrito. El mundo de las redes sociales, los algoritmos que amplifican lo emocional sobre lo verídico, las teorías conspirativas que viajan a la velocidad de la luz, el movimiento antivacunas, la negación del cambio climático —todo eso es exactamente el tipo de fenómeno que Sagan estaba describiendo y temiendo.
La vela que encendió con este libro sigue ardiendo
La vela que encendió con este libro sigue ardiendo. No resolvió el problema —quizás el problema no tenga solución definitiva, solo manejo constante. Pero puso en palabras claras y humanas algo que es fundamental: que la ciencia no es solo un conjunto de conocimientos acumulados. Es una manera de pensar. Y que esa manera de pensar, aplicada con honestidad y humildad, es lo más parecido a una brújula confiable que tenemos para navegar un mundo cargado de demonios.
> La ciencia no es solo un conjunto de conocimientos acumulados. Es una manera de pensar. Y que esa manera de pensar, aplicada con honestidad y humildad, es lo más parecido a una brújula confiable que tenemos para navegar un mundo cargado de demonios.
Hay algo que vale la pena mencionar sobre la relación de Sagan con la ciencia como institución, porque el libro no es una hagiografía acrítica. Sagan era perfectamente consciente de que la comunidad científica tiene sus propias patologías: el fraude, el corporativismo, la resistencia al cambio cuando los datos amenazan paradigmas establecidos. Menciona casos históricos en que la ciencia oficial estuvo equivocada durante décadas y se resistió a la evidencia contraria. La teoría de los gérmenes como causa de las enfermedades fue rechazada durante años. La teoría de la deriva continental de Alfred Wegener fue considerada ridícula durante décadas antes de ser aceptada. El astrónomo Ignaz Semmelweis, que descubrió que el lavado de manos en los hospitales reducía la mortalidad infantil, fue ridiculizado y terminó su vida en un manicomio.
¿Cómo reconcilia Sagan esos errores con su defensa del método científico? De manera muy honesta: dice que esos errores no demuestran que la ciencia sea igual a la pseudociencia. Demuestran que la ciencia es humana, imperfecta, y que funciona lentamente. Pero a diferencia de la pseudociencia, tiene mecanismos para corregir sus errores con el tiempo. Wegener tiene hoy una placa en su honor. La teoría de los gérmenes es el fundamento de la medicina moderna. Semmelweis fue vindicado póstumamente. La ciencia se equivoca y se corrige. La pseudociencia se equivoca y no se mueve.
Esta distinción entre los errores transitorios y el proceso de corrección es una de las ideas más importantes del libro, y una de las más necesarias para no caer en el extremo opuesto al del creyente acrítico: el escéptico que rechaza todo por igual porque "la ciencia también se equivoca". Sí, se equivoca. Pero a diferencia de sus alternativas, tiene la humildad institucional de admitirlo y el método para corregirse. Eso no es perfección. Es lo mejor que tenemos.
Sagan también dedica espacio a analizar la relación entre ciencia y religión, y acá su posición es más matizada de lo que sus críticos suelen concederle. No es un militante ateo que declara que la religión es simplemente ignorancia disfrazada. Distingue entre las funciones de la religión —dar sentido, consuelo, comunidad, marco ético— y las afirmaciones empíricas que algunas tradiciones religiosas hacen sobre el mundo. Con las primeras no tiene ningún problema. Con las segundas, cuando entran en conflicto con la evidencia científica, sí. La posición de Sagan es que la espiritualidad y el asombro ante el universo —que él sentía con una intensidad notable— son perfectamente compatibles con el rigor científico. Lo que no es compatible es afirmar que el universo tiene seis mil años cuando la evidencia dice algo radicalmente distinto.
El libro completo tiene capítulos que acá apenas rozamos: el análisis histórico de los juicios por brujería en la Europa medieval, la historia del SETI y la búsqueda de vida extraterrestre, los experimentos sobre percepción extrasensorial, y una sección preciosa sobre cómo mejorar la educación científica. Si este artículo les despertó algo, el libro entero es una lectura que vale cada página. Lo recomendamos sin dudarlo.
Episodios relacionados

Hesse escribió este libro con una navaja de afeitar en la mesa y la fecha de su propio suicidio marcada en el calendario. Lo que salió no fue una nota de despedida sino una de las novelas más extrañas y más leídas del siglo veinte. ¿Por qué El Lobo Est...

Tolle propone cortar el diálogo mental obsesivo y anclarse en el presente con práctica, no solo teoría espiritual vaga. Qué promete El poder del ahora, sus raíces y por qué el libro conectó con millones buscando alivio del sufrimiento cotidiano.

Una noche de crisis, un estudiante de Cambridge se hizo una pregunta tan rara que le cambió la vida: ¿quién es el que observa al que sufre? Lo que encontró al responder esa pregunta se convirtió en uno de los libros de espiritualidad más vendidos del s...