
Trabajo - James Suzman
En 1930 John Maynard Keynes predijo que para el año 2030 trabajaríamos quince horas semanales. Estamos en 2025 y la semana laboral promedio es de cuarenta y cinco. El antropólogo James Suzman quiere saber por qué, y para encontrar la respuesta viaja tr...
En algún momento de 1930, uno de los economistas mas influyentes del siglo veinte se sentó a escribir un ensayo que, con el tiempo, iba a resultar el más famoso y el más vergonzosamente equivocado de toda su carrera. John Maynard Keynes —el tipo que básicamente inventó la macroeconomía moderna, el que salvó a medio mundo occidental de la Gran Depresión— se tomó un rato para hacer una predicción sobre el futuro. Y su predicción era esta: para el año 2030, los seres humanos vamos a trabajar, como mucho, quince horas por semana. La tecnología, decía Keynes, va a resolver el problema económico tan definitivamente que nuestros nietos van a tener más tiempo libre del que van a saber qué hacer.
Bueno. Estamos en 2025 y la semana laboral promedio en el mundo desarrollado ronda las cuarenta y cinco horas. En muchos países —incluyendo el nuestro— la gente trabaja más que eso, y encima lleva el trabajo al fin de semana en el celular. Keynes fue brillante en casi todo. En esto, erró por kilómetros.
Esa paradoja —la tecnología crece, la productividad explota, pero seguimos trabajando igual o más que antes— es exactamente el punto de partida del libro que nos ocupa hoy. Se llama Trabajo, lo escribió el antropólogo escocés James Suzman, se publicó en 2021, y propone algo bastante radical: para entender por qué trabajamos tanto, y por qué nos cuesta tanto parar, hay que retroceder. No cien años. No mil años. Hay que retroceder unos trescientos mil años, hasta los orígenes mismos de nuestra especie. Y después avanzar, paso a paso, hasta el presente.
Suzman no es un economista de escritorio. Es un antropólogo que pasó décadas viviendo con los Ju/'hoansi, un pueblo de cazadores-recolectores del desierto de Kalahari, en lo que hoy es Namibia y Botswana. Y lo que vio en esa convivencia le dio vuelta la cabeza de una manera tan profunda que terminó escribiendo este libro para intentar explicarlo.
Antes de entrar en materia, vale la pena detenerse en la pregunta central, porque parece obvia pero no lo es. ¿Por qué trabajamos? La respuesta que casi todos daríamos es: para sobrevivir, para ganarnos la vida, para pagar las cuentas. Y sí, hay algo de eso. Pero Suzman señala que esa respuesta no alcanza para explicar el fenómeno completo. Porque hay gente que trabaja cuando ya tiene más dinero del que puede gastar en varias vidas. Hay gente que se jubila y a los tres meses vuelve a buscar algo que hacer. Y hay culturas enteras —como la nuestra— donde el trabajo se convirtió en una fuente de identidad y de significado personal, no simplemente en un medio para conseguir cosas.
Para entender cómo llegamos acá, Suzman amplía el lente al máximo posible. El libro arranca no con los humanos, ni con los primates, ni siquiera con los animales. Arranca con las bacterias. Arranca con el origen de la vida misma. Porque para Suzman, el trabajo —entendido en su sentido más básico como el gasto de energía para transformar el entorno— no es una invención humana ni social. Es una consecuencia directa de las leyes de la física.
La Segunda Ley de la Termodinámica dice que todo sistema tiende al…
La Segunda Ley de la Termodinámica dice que todo sistema tiende al desorden, a la entropía. La energía se dispersa, las estructuras se desarman. La vida, entonces, es básicamente un proceso que va contra esa corriente. Sobrevivir implica capturar energía del entorno y usarla para mantener el orden interno. Las bacterias lo hacen. Los árboles lo hacen. Los leones lo hacen. Y los humanos también. Desde esta perspectiva, trabajar es lo mismo que vivir.
Esta idea puede sonar abstracta, pero Suzman la usa como ancla para algo muy concreto: si el trabajo existe desde que existe la vida, la pregunta interesante no es "¿por qué trabajamos?" sino "¿cómo cambió nuestra relación con el trabajo a lo largo de la historia?" Y ahí es donde el libro se pone realmente fascinante.
Volvamos a los Ju/'hoansi, porque son el corazón del argumento. Cuando Suzman llegó al Kalahari por primera vez en los años ochenta, se encontró con una comunidad que vivía más o menos de la misma manera en que habían vivido sus ancestros durante decenas de miles de años. Cazaban, recolectaban frutos y raíces, y construían asentamientos temporarios que abandonaban y rehacían según el movimiento de los animales y las estaciones. Sin agricultura, sin ganadería, sin acumulación de bienes materiales.
Lo primero que llama la atención cuando uno lee las observaciones de Suzman —y las de otros antropólogos que estudiaron sociedades similares— es la cantidad de tiempo libre que tenían estas personas. Los Ju/'hoansi dedicaban entre quince y veinte horas semanales a conseguir comida. El resto del tiempo lo pasaban descansando, conversando, contando historias, jugando con sus hijos. No tenían la ansiedad de la productividad. Cuando tenían comida, comían. Cuando no tenían, sabían que iban a encontrar.
El antropólogo Marshall Sahlins describió esto con una frase que se volvió célebre: las sociedades cazadoras-recolectoras son la primera sociedad de la abundancia. No porque tuvieran muchas cosas —tenían poquísimas— sino porque sus necesidades estaban perfectamente calibradas con lo que el entorno podía darles. No querían más de lo que podían conseguir. Y eso significaba que trabajaban muy poco y descansaban mucho.
Suzman agrega un detalle que dice mucho sobre la lógica social de estos grupos. Los Ju/'hoansi tenían una regla cultural bastante curiosa respecto a la caza: cuando un cazador volvía con un animal, el animal no le pertenecía a él. Pertenecía a quien había fabricado la flecha que lo mató. Y las flechas se intercambiaban, se prestaban, se regalaban constantemente. El resultado práctico era que nadie podía acumular más que otros por ser mejor cazador. El sistema estaba diseñado para redistribuir automáticamente el éxito. Alguien que intentara acumular o presumir de sus habilidades era objeto de burla, de una presión social muy efectiva para mantener la igualdad.
Volvamos a los Ju/'hoansi, porque son el corazón del argumento.
Cuando Suzman llegó al Kalahari por primera vez en los años ochenta, se encontró con una comunidad que vivía más o menos de la misma manera en que habían vivido sus ancestros durante decenas de miles de años.
Este igualitarismo no era un ideal abstracto. Era una estrategia de supervivencia sofisticada. En un entorno donde los recursos son variables e impredecibles, compartir es la mejor póliza de seguro colectivo que existe. Si hoy yo tengo y mañana vos tenés, y siempre compartimos, los dos sobrevivimos.
Entonces la pregunta que Suzman plantea con mucha fuerza es: ¿qué pasó
Entonces la pregunta que Suzman plantea con mucha fuerza es: ¿qué pasó? ¿Cómo pasamos de eso —quince horas de trabajo por semana, igualitarismo, abundancia de tiempo libre— a esto: cuarenta y cinco horas de trabajo, desigualdad masiva, ansiedad permanente por la productividad?
La respuesta está en uno de los cambios más importantes de toda la historia humana. Hace aproximadamente doce mil años, en distintos lugares del mundo de manera más o menos independiente, los humanos empezaron a cultivar plantas y a domesticar animales. Nació la agricultura. Y con la agricultura nació una nueva relación con el trabajo, con la propiedad y con el futuro que va a remodelar todo lo que viene después.
Suzman es muy cuidadoso acá para no romantizar la vida preagricola ni demonizar la agricultura. Señala que el cambio fue gradual, complejo, impulsado por una combinación de factores: cambios climáticos al final de la última glaciación, crecimiento demográfico que empujó a los grupos a buscar fuentes de alimento más estables. Pero las consecuencias fueron enormes y, en muchos sentidos, bastante duras para los que lo vivieron.
Los primeros agricultores trabajaban mucho más que los cazadores-recolectores. Los registros arqueológicos —análisis de esqueletos, marcas en los huesos— muestran que las poblaciones agrícolas tempranas sufrían más lesiones por esfuerzo repetitivo, más malnutrición, y en general tenían peor salud que sus predecesores. La dieta se volvió más monótona y la dependencia de una única fuente de alimento creó una vulnerabilidad nueva: si fallaba la cosecha, la gente se moría de hambre.
Pero la agricultura hizo algo más. Introdujo la idea de la escasez como horizonte permanente. En una sociedad cazadora-recolectora, la pregunta es "¿qué hay hoy para comer?" En una sociedad agrícola, la pregunta es "¿vamos a tener suficiente para el invierno que viene?" El futuro se vuelve una preocupación. Y prepararse para ese futuro incierto requiere acumular. Guardar grano. Construir silos. Defender lo acumulado.
Y cuando hay cosas para acumular, aparece la desigualdad. Porque no todos acumulan igual. Algunos tienen más tierra, o mejor tierra, o más fuerza de trabajo. Y esas diferencias se heredan y se amplían. Las primeras ciudades, los primeros reinos, los primeros imperios —todo eso fue posible gracias al excedente agrícola. Y todo eso se construyó, en gran parte, sobre trabajo forzado, sobre campesinos que producían mucho más de lo que consumían para sostener a una élite que no producía nada.
Suzman recorre esta historia con un ojo puesto siempre en las consecuencias culturales, no solo en las económicas. Una de las transformaciones más interesantes es cómo el trabajo va cambiando de significado a lo largo del tiempo.
En las primeras civilizaciones agrícolas, el trabajo manual era…
En las primeras civilizaciones agrícolas, el trabajo manual era considerado algo indigno para la élite. Los griegos y los romanos tenían esclavos que trabajaban para que los ciudadanos libres pudieran dedicarse a la política, la filosofía y la guerra. Trabajar con las manos era cosa de gente inferior. Esta actitud se mantuvo durante siglos.
El gran giro viene con la Reforma Protestante del siglo XVI. Martín Lutero y después Calvino introducen algo bastante revolucionario: la idea de que el trabajo es una vocación divina. Que Dios te llama a trabajar en el mundo, que el trabajo honesto es una forma de glorificarlo, que la pereza es un pecado. Calvino va un paso más allá y conecta el éxito material con la gracia divina: si te va bien en los negocios, quizás es una señal de que Dios te favorece. El sociólogo Max Weber va a argumentar después que esta ética protestante fue un factor clave en el surgimiento del capitalismo moderno. En el mundo anglosajón —y por extensión en todo el occidente— el trabajo adquirió una dimensión moral que no tenía antes. Trabajar mucho pasó a ser virtud. No trabajar, vicio.
Esta idea se profundizó con la Revolución Industrial del siglo XVIII y XIX. La industrialización transformó radicalmente la naturaleza del trabajo: de una actividad rítmica que dependía de las estaciones y la luz solar, el trabajo se convirtió en algo continuo, medido al minuto, sincronizado con el reloj y con la máquina. Las fábricas necesitaban que la gente llegara a una hora fija, trabajara a un ritmo constante y repitiera las mismas operaciones durante horas. Esta disciplina temporal fue resistida ferozmente por los trabajadores de la época, que no estaban acostumbrados a ese régimen.
A mediados del siglo XIX, en plena Revolución Industrial, los trabajadores fabriles en Gran Bretaña llegaban a trabajar entre setenta y ochenta horas por semana. La presión social para reducir la jornada laboral fue enorme, y durante cien años se fue ganando terreno poco a poco: primero la jornada de doce horas, después la de diez, después la de ocho. Para mediados del siglo XX, la semana de cuarenta horas se había establecido como norma en los países desarrollados. Y fue en ese contexto —de reducción continua de la jornada durante un siglo— que Keynes hizo su predicción de las quince horas semanales. Proyectó hacia adelante una tendencia que parecía imparable.
Pero la tendencia se detuvo. Y luego, en muchos sectores, se revirtió.
¿Por qué? ¿Por qué, si la tecnología siguió avanzando y la productividad siguió creciendo, no se cumplió la promesa de Keynes?
Suzman dedica una parte importante del libro a esta pregunta. La primera respuesta tiene que ver con algo que los economistas llaman la paradoja de Jevons, formulada en el siglo XIX. Jevons observó que cuando se inventó la máquina de vapor más eficiente, en lugar de usarse menos carbón, se usó más. ¿Por qué? Porque la mayor eficiencia hizo que el vapor fuera más barato y más rentable, y eso generó más demanda. La eficiencia expandió el mercado en lugar de contraerlo.
Lo mismo pasa con el trabajo humano: cada vez que la tecnología…
Lo mismo pasa con el trabajo humano: cada vez que la tecnología automatiza una tarea, en lugar de liberar tiempo, tiende a generar nuevas demandas. Las lavadoras automáticas no redujeron el tiempo dedicado a lavar ropa —los estándares de limpieza simplemente subieron y se lavó más seguido. Las computadoras no redujeron el trabajo de oficina, lo multiplicaron. El correo electrónico no reemplazó las reuniones, se sumó a ellas.
Pero hay una segunda explicación que Suzman considera todavía más fundamental, y está en el plano cultural. En las sociedades modernas, el trabajo no es solo un medio para obtener dinero. Es una fuente de identidad y de estatus. Cuando alguien te pregunta quién sos, lo primero que decís es a qué te dedicás. "Soy médico." "Soy docente." "Soy programador." La identidad laboral es tan central en nuestra cultura que la jubilación puede ser una crisis existencial profunda para mucha gente. Algunos estudios muestran que el riesgo de depresión y deterioro cognitivo aumenta significativamente en los primeros años después de jubilarse.
Y esto no es solo una cuestión individual. Es estructural. El sistema económico moderno necesita que la gente trabaje, que consuma, que vuelva a trabajar. Un mundo donde la gente trabajara quince horas por semana y pasara el resto del tiempo con sus familias, sin consumir demasiado, sería un mundo con mucho menos crecimiento económico. Y el crecimiento económico es el dios al que le rezamos todos, independientemente de la ideología política.
El libro termina mirando hacia el presente y el futuro inmediato: la automatización, la inteligencia artificial, el futuro del trabajo.
Hay dos posiciones clásicas en este debate. La optimista dice que, así como la Revolución Industrial destruyó millones de empleos y creó otros tantos nuevos, la automatización actual va a hacer lo mismo. La pesimista dice que esta vez es distinto: los algoritmos no solo pueden reemplazar el trabajo físico repetitivo sino también el trabajo cognitivo, y eso es cualitativamente diferente a todo lo que vino antes.
Suzman no toma partido de forma tajante, pero deja caer una observación bastante incómoda para los optimistas. En otras épocas de disrupción tecnológica, el proceso de adaptación fue doloroso pero eventual: las generaciones que perdieron sus empleos sufrieron, pero sus hijos y nietos encontraron nuevos trabajos en nuevas industrias. Ese proceso toma décadas. Y si la velocidad de la automatización actual es mayor que la de antes —algo que no es descartable— el tiempo para adaptarse podría ser menor que el tiempo que tarda la sociedad en crear nuevos roles.
Pero la provocación más grande del libro es otra. Si la automatización avanzara al punto de que genuinamente se necesitara menos trabajo humano para producir todo lo que necesitamos, ¿eso sería una tragedia o una oportunidad? ¿Podríamos, como sociedad, aprender a vivir y encontrar significado fuera del trabajo? ¿O dependemos tan profundamente de la identidad laboral que una liberación del trabajo sería, paradójicamente, una fuente de sufrimiento?
Acá es donde los Ju/'hoansi vuelven al centro del argumento
Acá es donde los Ju/'hoansi vuelven al centro del argumento. Ellos vivían perfectamente sin trabajar demasiado. Encontraban sentido en las relaciones sociales, en las historias, en el conocimiento profundo de su entorno. No necesitaban una identidad laboral para saber quiénes eran. ¿Eso significa que podemos volver a algo así? Suzman no dice eso. No es posible ni deseable revertir doce mil años de historia. Pero el ejemplo sirve para demostrar que no hay nada inevitable en la centralidad que el trabajo tiene en nuestra vida. Es una construcción histórica. Fue distinta antes. Puede ser distinta en el futuro.
Hay un momento particular en el libro que quiero destacar porque creo que captura muy bien el espíritu de todo lo que Suzman está haciendo. En uno de sus regresos al Kalahari —ya en los años noventa, cuando los Ju/'hoansi estaban siendo empujados a integrarse a la economía formal namibiana— Suzman observa a un grupo de hombres jóvenes que habían conseguido trabajo en una granja cercana. Trabajaban largas jornadas por un sueldo mínimo y volvían al asentamiento exhaustos. Los mayores de la comunidad los miraban con una mezcla de lástima y perplejidad. Para los ancianos, esa forma de vivir —trabajar tanto para otros, por dinero, lejos de la familia— era simplemente incomprensible. Era lo contrario de todo lo que tenía sentido para ellos.
Suzman no romantiza esa mirada. Los jóvenes necesitaban ese dinero para sobrevivir en un mundo que ya no era el de sus abuelos. Pero el contraste es revelador. Hay algo que nosotros damos por natural, inevitable, incluso virtuoso —trabajar duro, sacrificarse por el trabajo, definirse por la profesión— que no es nada de eso. Es una forma particular de organizar la vida, surgida en circunstancias históricas específicas, que podría haber sido diferente y que, de hecho, fue diferente por la mayor parte de la historia de nuestra especie.
Eso es, en definitiva, lo que hace este libro: nos saca del agua por un momento. Como el pez que no sabe que está mojado, nosotros vivimos tan inmersos en una cultura del trabajo que no podemos ver desde afuera lo que estamos haciendo y por qué. Suzman ofrece esa perspectiva desde afuera, usando la biología, la antropología y la historia para construir un panorama verdaderamente largo de cómo llegamos acá.
No propone soluciones concretas. No dice "trabajen menos" ni "el capitalismo es malo". Es un libro de preguntas más que de respuestas. Pero es el tipo de preguntas que, una vez que empezás a hacerte, son difíciles de ignorar. La próxima vez que alguien te pregunte quién sos y lo primero que te salga sea tu trabajo, quizás te detengas un segundo. Y quizás, solo quizás, te preguntes si eso es lo que siempre fue, o si es simplemente el agua en la que te tocó nadar.
Si el resumen de hoy les despertó el bichito, el libro completo de Suzman vale mucho la pena. Tiene capítulos enteros sobre la energía y la evolución de la vida, sobre las primeras ciudades mesopotámicas, sobre la economía medieval, y hasta sobre el papel del aburrimiento como motor del progreso humano. Cosas que acá, por razones de tiempo, apenas pudimos rozar. Lo recomendamos sin dudarlo.
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