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El Muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética
Episodio 40

El Muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética

Andres AguilarAndres Aguilar

El 9 de noviembre de 1989, un vocero alemán anunció por error que la frontera se abría "de inmediato". Esa noche, miles de berlineses derribaron el muro a martillazos. Dos años después, la URSS dejó de existir.


El 9 de noviembre de 1989, un funcionario del gobierno de Alemania Oriental llamado Günter Schabowski llegó a una conferencia de prensa sin haber leído bien sus propias notas. Le habían entregado minutos antes un comunicado sobre una futura flexibilización de los permisos de viaje al extranjero, un cambio que en realidad estaba pensado para aplicarse de manera gradual y burocrática, con trámites y demoras. Un periodista italiano le preguntó cuándo entraría en vigencia esa nueva regla. Schabowski dudó, miró sus papeles, y respondió lo primero que le pareció razonable: de inmediato, sin demora. Esa frase, dicha casi al pasar, salió en vivo por televisión y radio hacia millones de alemanes orientales que llevaban veintiocho años viviendo detrás de un muro.

Esa misma noche, miles de berlineses del lado oriental empezaron a caminar hacia los puestos de control que separaban las dos mitades de la ciudad. Los guardias fronterizos no tenían ninguna orden nueva. Nadie les había avisado de ningún cambio real. Pero la multitud crecía cada minuto, y crecía también la presión, hasta que un oficial en el paso fronterizo de Bornholmer Strasse tomó una decisión que ningún manual preveía: abrió las barreras y dejó pasar a la gente, sin instrucciones de sus superiores, simplemente porque la alternativa era ordenar disparar contra una multitud pacífica de sus propios compatriotas. Esa noche, miles de personas cruzaron caminando de Berlín Oriental a Berlín Occidental. Muchas trepaban al muro mismo, se abrazaban con desconocidos, y empezaron a golpearlo con picos y martillos bajo la mirada de una prensa mundial que transmitía todo en vivo. Dos años después, la Unión Soviética que había sostenido ese muro dejó de existir.


Una ciudad partida al medio

Para entender por qué esa noche fue tan extraordinaria, hace falta retroceder hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. En 1945, las potencias aliadas derrotaron a la Alemania nazi y dividieron el país en cuatro zonas de ocupación: una soviética, y tres controladas respectivamente por Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia. Berlín, la capital, quedaba enteramente dentro de la zona soviética, pero también se dividió en cuatro sectores siguiendo la misma lógica, lo que convirtió a la ciudad en una isla occidental incrustada en pleno territorio bajo control soviético.

Esa configuración generó tensión casi de inmediato. En 1948, la Unión Soviética bloqueó todas las rutas terrestres hacia los sectores occidentales de Berlín, en un intento de forzar a las potencias occidentales a abandonar la ciudad. Estados Unidos y Gran Bretaña respondieron con un puente aéreo extraordinario, abasteciendo a la ciudad entera por avión durante casi un año, hasta que la Unión Soviética levantó el bloqueo en 1949. Ese mismo año, las tensiones entre bloques se formalizaron de manera definitiva con la creación de dos Estados alemanes distintos y rivales: la República Federal de Alemania en el oeste, aliada de Occidente, y la República Democrática Alemana en el este, bajo la órbita soviética.

Durante los años siguientes, millones de alemanes orientales cruzaron hacia el oeste, muchos de ellos a través de Berlín, donde todavía era posible pasar de un sector a otro sin demasiadas restricciones. Entre 1949 y 1961, casi tres millones y medio de personas abandonaron Alemania Oriental de esa manera, entre ellos una proporción muy alta de médicos, ingenieros y profesionales jóvenes. Esa fuga de población amenazaba con vaciar de talento y de fuerza de trabajo al régimen comunista, y el gobierno de Walter Ulbricht decidió actuar.


La construcción del muro

El 15 de junio de 1961, apenas dos meses antes de tomar la decisión, Ulbricht había declarado públicamente ante la prensa internacional: nadie tiene la intención de construir un muro. En la madrugada del 13 de agosto de 1961, tropas y policías de Alemania Oriental cerraron de manera sorpresiva todos los pasos fronterizos dentro de Berlín, primero con alambre de púas y barricadas improvisadas, y después con bloques de hormigón que en pocos días se convirtieron en un muro permanente. Familias enteras quedaron separadas de un día para el otro. Trabajadores que cruzaban diariamente a sus empleos del otro lado de la ciudad se encontraron, de la noche a la mañana, sin poder volver a su casa o sin poder volver a su trabajo.

> "Familias enteras quedaron separadas de un día para el otro."

Con el tiempo, el muro terminó extendiéndose a lo largo de ciento cincuenta kilómetros en total, rodeando por completo a Berlín Occidental y separándola tanto de Berlín Oriental como del resto del territorio de Alemania Oriental que la circundaba. Con el correr de los años se volvió cada vez más sofisticado: no era una sola pared sino un sistema completo, con una franja de terreno vigilada entre dos muros paralelos, conocida como la franja de la muerte, equipada con torres de vigilancia, perros guardianes, alambrado electrificado y órdenes de disparar contra cualquiera que intentara cruzar sin autorización.

Se estima que al menos ciento cuarenta personas murieron intentando cruzar el muro entre 1961 y 1989, aunque algunas investigaciones históricas posteriores elevan esa cifra bastante más, dependiendo de qué muertes indirectas o dudosas se incluyan en el conteo final. Uno de los casos más recordados fue el de Peter Fechter, un joven albañil de dieciocho años que en 1962 recibió un disparo mientras intentaba escalar el muro y quedó agonizando durante casi una hora en la franja de la muerte, sin que ni los guardias orientales ni los soldados occidentales se animaran a socorrerlo delante de las cámaras que registraban la escena, por distintas razones políticas y de procedimiento propias de cada bando.

El muro también partió literalmente por la mitad a familias, calles y hasta edificios enteros. En algunos puntos de la ciudad, la línea divisoria pasaba directamente por el medio de una construcción, con un lado del edificio en territorio oriental y el otro en territorio occidental. Hubo casos de personas que saltaron desde ventanas de pisos altos hacia el lado occidental en los primeros días, antes de que las autoridades taparan esas aberturas con ladrillos. Una fotografía tomada apenas días después de iniciada la construcción, la de un soldado de Alemania Oriental llamado Conrad Schumann saltando sobre el alambre de púas todavía incompleto hacia el sector occidental, se convirtió en una de las imágenes más reproducidas de toda la Guerra Fría.

La tensión entre las dos superpotencias llegó a un punto crítico en octubre de 1961, apenas semanas después de terminada la construcción del muro, cuando tanques estadounidenses y soviéticos se enfrentaron cara a cara en el paso fronterizo conocido como Checkpoint Charlie, separados por apenas un centenar de metros, en una de las situaciones más tensas de toda la Guerra Fría. Ninguno de los dos bandos disparó. Después de dieciséis horas de tensión máxima, ambos ejércitos retiraron sus tanques de manera simultánea, en un acuerdo negociado en secreto entre Washington y Moscú.


Recapitulando: de la posguerra al muro

Hagamos una pausa. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Alemania quedó dividida en cuatro zonas de ocupación, y Berlín quedó dividida de la misma manera dentro del territorio soviético. Esa división se formalizó en 1949 con la creación de dos Estados alemanes rivales. Durante la década siguiente, millones de alemanes orientales emigraron hacia el oeste a través de Berlín, hasta que en agosto de 1961 el gobierno de Alemania Oriental cerró esa vía de escape construyendo un muro que dividiría la ciudad durante veintiocho años. Faltaban todavía casi tres décadas para la noche en la que ese muro finalmente cayó.


Los años ochenta: el sistema soviético empieza a resquebrajarse

Durante casi tres décadas, Berlín Occidental funcionó como un escaparate del capitalismo occidental sostenido de manera artificial en medio de territorio comunista, con subsidios enormes del gobierno de Alemania Occidental para mantener su economía y su atractivo simbólico. Berlín Oriental, en cambio, sufría el estancamiento económico típico del resto del bloque soviético, con escasez crónica de bienes de consumo y un nivel de vida notoriamente inferior al de la mitad occidental de la misma ciudad, una diferencia que cualquier visitante podía notar con solo cruzar un puesto de control autorizado.

En junio de 1987, el presidente estadounidense Ronald Reagan pronunció un discurso frente a la Puerta de Brandeburgo, muy cerca del muro, en el que desafió directamente a Gorbachov con una frase que se volvería célebre: si busca la prosperidad para la Unión Soviética y Europa del Este, si busca la liberalización, venga aquí, a esta puerta, y derribe este muro. En ese momento, pocos analistas occidentales creían que algo así pudiera ocurrir en un futuro cercano.

Durante buena parte de esas décadas, el muro pareció una realidad permanente e inamovible. Pero hacia mediados de los años ochenta, la Unión Soviética atravesaba una crisis económica y política cada vez más difícil de ocultar. En 1985 asumió como líder soviético Mijaíl Gorbachov, un dirigente más joven que sus predecesores, que impulsó dos reformas que terminarían teniendo consecuencias mucho más profundas de las que él mismo había anticipado: la glásnost, una apertura relativa a la crítica pública y a la información, y la perestroika, una reestructuración parcial de la economía centralizada soviética.

Gorbachov también decidió, de manera implícita primero y explícita después, abandonar la doctrina que había sostenido durante décadas la intervención militar soviética en los países satélites de Europa del Este cada vez que un gobierno comunista local se veía amenazado. Sin esa garantía de respaldo militar soviético, los regímenes comunistas de Europa del Este quedaron mucho más expuestos a la presión interna de sus propias sociedades.

Polonia fue el primer país en mostrar una grieta seria, con el movimiento sindical Solidaridad, liderado por Lech Wałęsa, que después de años de represión logró en 1989 negociar elecciones parcialmente libres con el gobierno comunista polaco. Hungría dio el siguiente paso decisivo: en mayo de 1989 empezó a desmantelar la cerca fronteriza que la separaba de Austria, y en septiembre de ese mismo año abrió formalmente esa frontera. Miles de alemanes orientales habían viajado a Hungría de vacaciones, aprovechando que era un destino permitido dentro del bloque comunista. Esa apertura les permitió cruzar directamente hacia Austria y de ahí hacia Alemania Occidental.

Dentro de la propia Alemania Oriental, empezaron a multiplicarse las manifestaciones. En Leipzig, todos los lunes desde septiembre de 1989, miles de personas salían a marchar de manera pacífica exigiendo reformas políticas, en encuentros que se conocieron como las manifestaciones de los lunes. El gobierno de Alemania Oriental, liderado todavía por Erich Honecker, consideró en algún momento reprimir esas marchas con la fuerza, pero finalmente no se animó a dar la orden, temeroso de las consecuencias políticas de una masacre transmitida al mundo entero. A mediados de octubre de 1989, Honecker fue forzado a renunciar por sus propios colegas del Partido Socialista Unificado, reemplazado por Egon Krenz, que prometió reformas sin lograr contener del todo la presión popular creciente.


La noche del 9 de noviembre

En ese contexto de crisis acumulada llegó la conferencia de prensa de Günter Schabowski, el episodio con el que empezamos este relato. El anuncio confuso sobre la apertura inmediata de la frontera nunca fue una decisión política deliberada de abrir el muro esa misma noche. Fue, en gran medida, un error de comunicación dentro de un gobierno que ya estaba desbordado por los acontecimientos. Pero una vez que la frase salió al aire, ningún funcionario se animó a desmentirla públicamente, y miles de personas empezaron a movilizarse hacia los puntos de cruce fronterizo antes de que nadie en la cúpula del gobierno pudiera coordinar una respuesta oficial.

El guardia fronterizo Harald Jäger, al mando del paso de Bornholmer Strasse esa noche, llamó repetidamente a sus superiores pidiendo instrucciones mientras la multitud crecía frente a su puesto. Nadie le dio una orden clara. Finalmente, alrededor de las once y media de la noche, Jäger tomó la decisión por su cuenta: abrió las barreras sin autorización formal. Sus hombres estaban ampliamente superados en número, y Jäger evitó así lo que él mismo describiría después como el riesgo real de una tragedia si hubieran intentado contener por la fuerza a una multitud de esa magnitud.

Esa noche hubo escenas que ningún berlinés olvidaría jamás. Familias que llevaban veintiocho años sin verse se reencontraron llorando en plena calle, muchas veces sin reconocerse del todo después de tantos años de separación. Desconocidos se abrazaban entre sí simplemente por compartir el mismo asombro. Algunos alemanes orientales cruzaron esa noche solo para pararse del otro lado un momento y volver, todavía incrédulos de que nadie los detuviera. Otros no volvieron nunca más.

Lo que siguió fue una celebración espontánea y masiva que se extendió durante toda la noche y los días siguientes. Miles de berlineses de ambos lados se treparon al muro, brindaron juntos, y empezaron a golpear el hormigón con picos, martillos y cualquier herramienta disponible, en un fenómeno que la prensa alemana bautizó con humor como los pájaros carpinteros del muro. La demolición formal y organizada del muro empezó poco después, y se extendió durante meses, hasta dejar apenas algunos tramos en pie como memorial histórico.


La reunificación alemana y el colapso soviético

La reunificación tuvo un costo económico enorme que Alemania siguió pagando durante décadas. El gobierno federal creó un impuesto especial, conocido popularmente como el impuesto de solidaridad, destinado específicamente a financiar la reconstrucción de infraestructura, vivienda e industria en los antiguos territorios de Alemania Oriental, una región que arrastraba décadas de atraso tecnológico y productivo frente al oeste. Ese programa de reconstrucción, bautizado Aufbau Ost, movilizó cientos de miles de millones de euros a lo largo de más de treinta años, y todavía hoy existen diferencias medibles de ingreso y de empleo entre las regiones del este y del oeste del país reunificado.

La caída del muro aceleró un proceso de reunificación alemana que, apenas un año antes, casi nadie consideraba una posibilidad cercana. Las negociaciones entre las dos Alemanias y las cuatro potencias que todavía mantenían responsabilidades formales sobre el estatus de Berlín desde 1945 avanzaron con una velocidad sorprendente. El 3 de octubre de 1990, Alemania se reunificó oficialmente en un solo Estado, apenas once meses después de aquella noche confusa de noviembre.

La caída del muro también aceleró, aunque de manera indirecta, el colapso de la propia Unión Soviética. Gorbachov había impulsado reformas pensando en modernizar y salvar al sistema soviético, no en desmantelarlo. Pero la pérdida de control sobre Europa del Este debilitó su posición frente a los sectores más conservadores del propio Partido Comunista soviético, que consideraban que sus reformas habían ido demasiado lejos. En agosto de 1991, un grupo de altos funcionarios y militares del propio gobierno soviético intentó un golpe de Estado contra Gorbachov, reteniéndolo aislado durante varios días en su residencia de vacaciones en Crimea, incomunicado del resto del país. El golpe fracasó en apenas tres días, en buena parte gracias a la resistencia pública y decidida organizada por Borís Yeltsin, entonces presidente de la República Rusa dentro de la propia Unión Soviética, que se subió literalmente a un tanque frente al parlamento ruso para desafiar a los golpistas.

El golpe fallido terminó de destruir la autoridad de Gorbachov, aunque paradójicamente había sido organizado para defender el sistema que él representaba. Las tres repúblicas bálticas, Lituania, Letonia y Estonia, ya venían reclamando su independencia desde 1990, apoyadas en movimientos populares masivos que llegaron a formar cadenas humanas de cientos de kilómetros a lo largo de las tres repúblicas para reclamar su soberanía. Después del golpe fallido de agosto, esas tres repúblicas lograron finalmente el reconocimiento internacional de su independencia. En los meses siguientes, una tras otra, el resto de las repúblicas soviéticas empezó también a declarar la suya. En diciembre de 1991, los líderes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia se reunieron en secreto, en un pabellón de caza cerca de la frontera con Polonia, y firmaron un acuerdo que declaraba disuelta a la Unión Soviética como entidad legal. El 25 de diciembre de 1991, en un discurso televisado breve y sin ceremonia, Gorbachov renunció formalmente a su cargo de presidente de un país que, para ese momento, ya prácticamente había dejado de existir. Esa misma noche, la bandera soviética fue bajada por última vez del Kremlin.


Un final sin guerra, con consecuencias que siguen abiertas

Lo que más sorprende, visto en retrospectiva, es la relativa ausencia de violencia en el desenlace de un enfrentamiento global que había durado más de cuatro décadas y que en varios momentos estuvo al borde de una guerra nuclear. Ni la caída del muro ni la disolución de la Unión Soviética se produjeron a través de una guerra directa entre las grandes potencias, algo que muchos analistas de la Guerra Fría consideraron prácticamente inevitable en algún punto del enfrentamiento, hasta último momento.

Pero para las personas que vivían dentro de su territorio, el fin de la Unión Soviética no significó una transición sencilla ni indolora. Rusia y buena parte de las nuevas repúblicas independientes atravesaron durante los años noventa una crisis económica y social profunda, marcada por la caída abrupta del nivel de vida, el colapso de industrias enteras, y el surgimiento de una nueva clase de oligarcas que se apropió de gran parte de los activos estatales durante el proceso de privatización acelerada. Esa crisis dejó heridas sociales y políticas que siguen influyendo, hasta hoy, en la manera en que buena parte de la sociedad rusa recuerda el fin del período soviético.

El fin de la Guerra Fría también reabrió, con los años, preguntas geopolíticas que en 1991 parecían resueltas de manera definitiva. La expansión de la OTAN hacia países que antes formaban parte del bloque soviético, y el rol que Rusia debía ocupar en el nuevo mapa europeo, se convirtieron en fuentes de tensión creciente entre Moscú y las potencias occidentales durante las décadas siguientes, un desenlace que muy pocos analistas anticipaban en los días de euforia de 1989 y 1991, cuando muchos daban por hecho que el fin de la confrontación entre bloques sería definitivo y sin retorno.

Treinta y cinco años después de aquella noche confusa en la que un funcionario leyó mal sus propias notas, el muro de Berlín se convirtió en un símbolo universal, quizás el más reconocible de todo el siglo veinte, sobre lo repentino que puede resultar el colapso de un sistema que durante décadas pareció completamente inamovible. Ese mismo recordatorio, el de que ningún orden político dura para siempre por más sólido que parezca desde adentro, es probablemente la lección más perdurable que dejó tanto la caída del muro como el fin de la Unión Soviética que la siguió.

> "Ningún orden político dura para siempre, por más sólido que parezca desde adentro."

Hoy quedan apenas algunos tramos del muro en pie, convertidos en memorial y en lienzo para artistas de todo el mundo, y una línea doble de adoquines marcada en el pavimento de Berlín recorre buena parte de su antiguo trazado, para que nadie olvide por dónde pasaba exactamente la frontera que durante veintiocho años dividió a una misma ciudad, a una misma nación, y a millones de familias en dos mitades enteramente distintas del mismo mundo.


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