
El Apartheid en Sudáfrica
El 11 de febrero de 1990, después de veintisiete años preso, Nelson Mandela salió caminando de la cárcel con el puño en alto, a los setenta y un años. El apartheid, el sistema que lo había condenado, terminaría sin guerra civil.
El 11 de febrero de 1990, después de veintisiete años, cuatro meses y seis días en prisión, Nelson Mandela salió caminando por las puertas de la cárcel de Victor Verster con el puño derecho en alto. Tenía setenta y un años. Cuando entró preso, había llegado en la flor de la vida política. Los que lo esperaban afuera habían nacido después de su encarcelamiento. Muchos de los que lo habían puesto preso estaban muertos. Y el sistema que lo había condenado, el apartheid, estaba agonizando.
Mandela caminó hacia la cámara de televisión que transmitía en vivo para cientos de millones de personas en todo el mundo y dijo, con la voz serena de alguien que ha tenido décadas para preparar ese momento: "Nuestros pasos nos liberan porque el camino es largo."
La historia del apartheid en Sudáfrica es una de las más extraordinarias del siglo veinte. Es la historia de un sistema de segregación racial institucionalizada que duró décadas, que fue uno de los más brutales y elaborados del mundo moderno, y que terminó de una manera que en 1980 casi nadie hubiera creído posible: sin guerra civil, con elecciones libres, y con Mandela como presidente del mismo país que lo había encarcelado.
Los orígenes: la construcción del sistema racial sudafricano
Para entender el apartheid hay que remontarse bastante antes de 1948, cuando la palabra fue usada por primera vez como política de gobierno. La historia de la dominación blanca en el sur de África empieza con los holandeses, que fundaron una colonia en el Cabo de Buena Esperanza en 1652. Los colonos blancos de origen holandés, que con el tiempo se llamarían bóers o afrikáners, establecieron una sociedad esclavista que importaba mano de obra de Madagascar, de Indonesia, de otras partes de África.
Cuando los británicos tomaron el control del Cabo a principios del siglo diecinueve, los bóers no estaban contentos con el nuevo régimen y con la abolición de la esclavitud que los británicos impusieron. Entre 1836 y 1846 realizaron el Gran Trek, una migración masiva hacia el interior del continente para escapar de la autoridad británica. Fundaron sus propias repúblicas: el Estado Libre de Orange y la República de Transvaal.
El descubrimiento de diamantes en 1867 y de oro en 1886 convirtió a Sudáfrica en uno de los lugares más codiciados del mundo. Eso trajo una avalancha de inversión y migración británica, y también dos guerras. Las Guerras Anglo-Bóer enfrentaron al Imperio Británico contra las repúblicas afrikáner. Los británicos ganaron pero a un costo enorme. Y en el proceso establecieron los primeros campos de concentración de la historia moderna para confinar a la población civil bóer, donde murieron miles de mujeres y niños.
En 1910, las cuatro colonias del sur de África se unificaron en la Unión de Sudáfrica bajo soberanía británica pero con amplia autonomía interna. Ya desde ese momento, la legislación racista era sistemática: los negros, que constituían el 80% de la población, estaban excluidos del voto y de las tierras más productivas. La Ley de Tierras de 1913 les reservó el 7% del territorio.
1948: el apartheid como sistema formal
El año 1948 fue el año en que el racismo sudafricano pasó de ser una práctica social generalizada a convertirse en política de Estado sistematizada. El Partido Nacional afrikáner ganó las elecciones de ese año con la promesa explícita de implementar el apartheid, que en afrikáner significa literalmente "separación". El nuevo gobierno empezó a legislar de manera exhaustiva para codificar la segregación racial en todos los aspectos de la vida.
Las leyes del apartheid fueron miles, pero algunas ilustran bien la naturaleza del sistema. La Ley de Registro de la Población de 1950 clasificó a todos los sudafricanos en cuatro categorías: blancos, mestizos o "colored", asiáticos, y negros o "bantu". A partir de esa clasificación, todo lo demás dependía. Los derechos que tenías, los lugares donde podías vivir, las escuelas a las que podías ir, los trabajos a los que podías aspirar, los espacios públicos que podías usar: todo dependía de la categoría racial asignada por el Estado.
La Ley de Áreas de Grupo de 1950 designó zonas residenciales separadas para cada raza. Los barrios negros en las ciudades, llamados townships, eran los de peor infraestructura, los más alejados de los centros de trabajo, los que tenían menos hospitales y escuelas. El más famoso de todos era Soweto, en las afueras de Johannesburgo, que llegó a tener más de un millón de habitantes viviendo en condiciones miserables.
> "El sistema de pases fue quizás el mecanismo de control más cotidiano y humillante. Todo hombre negro estaba obligado a llevar un documento de identidad, el dompas, que indicaba para quién trabajaban, dónde podían estar, cuándo podían circular."
El sistema de pases fue quizás el mecanismo de control más cotidiano y humillante. Todo hombre negro mayor de dieciséis años estaba obligado a llevar consigo en todo momento un documento de identidad llamado dompas, "pase tonto" en afrikáner. El pase indicaba para quién trabajaban, dónde podían estar, cuándo podían circular. Si un hombre negro era encontrado fuera de su zona autorizada sin el pase, podía ser detenido, multado, encarcelado. En los sesenta años de vigencia del sistema de pases, se realizaron alrededor de diecisiete millones de arrestos bajo esa legislación.
El Congreso Nacional Africano y la resistencia
La resistencia a la dominación blanca no empezó con el apartheid. El Congreso Nacional Africano, el ANC, fue fundado en 1912, dos años después de la formación de la Unión de Sudáfrica. Desde sus orígenes fue una organización de resistencia moderada que privilegiaba la petición pacífica de derechos ante las autoridades. Durante cuatro décadas, el ANC presentó peticiones, organizó delegaciones, publicó manifiestos. Y consiguió absolutamente nada.
El apartheid de 1948 radicalizó a la generación joven del ANC. Nelson Mandela, Oliver Tambo y Walter Sisulu, todos jóvenes abogados o estudiantes de derecho en los años cuarenta, fundaron la Liga de la Juventud del ANC y empujaron a la organización hacia la acción directa no violenta: huelgas, boicots, campañas de desobediencia civil. La Campaña de Desafío de 1952 fue la primera gran acción masiva: miles de voluntarios negros y de color ingresaron deliberadamente a zonas restringidas, usaron entradas para blancos, se negaron a mostrar el pase. Fueron arrestados en masa. La campaña demostró que era posible movilizar a grandes cantidades de personas, pero no cambió las leyes.
Mandela en esos años era un abogado joven, elegante, carismático, con una oficina en Johannesburgo que era uno de los pocos estudios jurídicos donde los negros podían conseguir representación. Era también un hombre de gran presencia física y de un orgullo personal que muchos de los que lo conocieron describieron como difícil de ignorar en una habitación. Era de la realeza xhosa, un hecho que él nunca ocultaba y que le daba una autoridad natural en su comunidad.
En 1955, el Congreso del Pueblo adoptó la Carta de la Libertad en Kliptown, un documento que planteaba una visión de Sudáfrica no racista, democrática y con cierta redistribución económica. Esa carta seguiría siendo el documento fundacional de la visión del ANC décadas después.
Sharpeville y el giro hacia la lucha armada
El punto de quiebre fue el 21 de marzo de 1960, en una township llamada Sharpeville, al sur de Johannesburgo. Una protesta contra las leyes del pase congregó a varios miles de personas. La policía llegó. Sin mediación, sin advertencia previa clara, abrió fuego contra la multitud. Murieron sesenta y nueve personas. La mayoría fueron heridas por la espalda, mientras huían. Ciento ochenta resultaron heridas.
La Masacre de Sharpeville fue el momento en que la resistencia sudafricana concluyó que la vía pacífica había llegado a su límite. El gobierno declaró el estado de emergencia, ilegalizó al ANC y al Pan African Congress, y arrestó a miles de activistas. El ANC fue empujado a la clandestinidad y al exilio.
Mandela fue uno de los que se sumergieron en la clandestinidad. Y fue durante ese período que él y otros fundaron Umkhonto we Sizwe, la Lanza de la Nación, el brazo armado del ANC. La decisión no fue tomada a la ligera. El debate interno fue intenso: había quienes creían que la violencia solo daría más excusas al régimen para la represión. El argumento que terminó prevaleciendo fue que el régimen ya usaba violencia de todas formas, y que no actuar violentamente había resultado en décadas de represión impune.
Umkhonto we Sizwe empezó con sabotajes a instalaciones eléctricas y otras infraestructuras del Estado, evitando deliberadamente víctimas humanas. No duró mucho. En 1963, la policía siguió la pista de un activista hasta una granja en Rivonia donde el movimiento tenía su sede secreta. En el allanamiento capturó a los líderes principales del ANC clandestino, incluyendo a Mandela que ya estaba preso por otros cargos.
En el Juicio de Rivonia de 1963-1964, Mandela fue condenado a cadena perpetua por sabotaje y conspiración para derrocar el gobierno. En su declaración ante el tribunal, pronunció un discurso que los historiadores de los derechos humanos citan hasta hoy. Describió el ideal de una sociedad democrática y libre en la que todos convivieran en armonía e igualdad de oportunidades. Y terminó: "Es un ideal por el que espero vivir y que espero alcanzar. Pero si fuera necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir."
No lo mataron. Lo mandaron a la cárcel en Robben Island, una isla frente a Ciudad del Cabo donde el gobierno confinaba a sus presos políticos más peligrosos.
Veintisiete años en la cárcel
Mandela pasó los primeros dieciocho de sus veintisiete años de prisión en Robben Island. Las condiciones eran duras: trabajo forzado en una cantera de cal, celdas pequeñas, comida insuficiente, y un régimen de comunicación extremadamente restringido con el mundo exterior. Podía recibir una visita de treinta minutos cada seis meses. Las cartas que recibía llegaban con partes tachadas por la censura.
En Robben Island, Mandela se convirtió en un líder dentro de la prisión. Organizó clases para los presos menos educados. Negoció mejoras en las condiciones con las autoridades. Nunca perdió la compostura. Otros presos que estuvieron con él en la isla describieron a un hombre que había encontrado una especie de paz interior que hacía casi imposible sacarlo de sus casillas.
Mientras Mandela estaba en la cárcel, el mundo cambiaba afuera. En 1976, los estudiantes de Soweto se levantaron contra la imposición del afrikáner como lengua de enseñanza en las escuelas negras. La policía reprimió y mató a decenas, incluido el adolescente Hector Pieterson, cuya foto llevada por un compañero mientras moría se convirtió en una de las imágenes más potentes de la resistencia al apartheid. Las protestas de 1976 marcaron el inicio del fin de la ilusión de que el sistema podía mantenerse indefinidamente.
Los años ochenta y la crisis del régimen
En los años ochenta, la situación en Sudáfrica se volvió insostenible para el gobierno. Las protestas internas se multiplicaron. Los townships eran zonas de conflicto permanente. El ANC intensificó su campaña de sabotajes. El ejército y la policía respondían con más represión, lo que generaba más resistencia.
Y la presión internacional crecía. Las sanciones económicas adoptadas por países europeos, Estados Unidos y otros empezaban a morder. Las empresas extranjeras empezaban a retirarse de Sudáfrica. Los deportistas sudafricanos eran excluidos de los Juegos Olímpicos. La imagen del régimen en el mundo era de un paria. El término apartheid se había convertido en sinónimo de racismo institucional de la manera más visceral.
El nombre de Mandela se convirtió en un símbolo global de la resistencia. Aunque llevaba décadas en prisión y el gobierno prohibía publicar sus fotos o citar sus palabras en Sudáfrica, el mundo libre lo convertía en una figura de talla histórica. El concierto por su setenta cumpleaños en el estadio de Wembley en 1988 fue transmitido para seiscientos millones de personas en cuarenta y tres países.
El gobierno intentó reformas cosméticas: abolió algunas leyes menores del apartheid, permitió a los negros entrar a ciertos espacios antes restringidos. Pero no cambió las estructuras de poder. En 1989, Pieter W. Botha sufrió un accidente cerebrovascular y fue sucedido por F.W. de Klerk.
De Klerk, Mandela y la transición
F.W. de Klerk fue una sorpresa. Era un político del ala conservadora del Partido Nacional, y nadie esperaba que fuera a desmantelar el sistema que su partido había construido y defendido durante cuarenta años. Pero De Klerk había llegado a la conclusión de que el apartheid era insostenible. Que la elección no era entre el apartheid y el cambio sino entre el cambio negociado y el colapso violento.
El 2 de febrero de 1990, De Klerk se paró ante el parlamento sudafricano y pronunció uno de los discursos más inesperados de la historia política del siglo veinte. Anunció la legalización del ANC, del Partido Comunista Sudafricano, y de otras organizaciones que habían estado prohibidas durante décadas. Anunció la suspensión de la pena de muerte. Y anunció la liberación incondicional de Nelson Mandela.
Nueve días después, el 11 de febrero, Mandela salió de la cárcel de Victor Verster. Tenía setenta y un años. Su pelo era blanco. Pero caminó erguido, con la compostura que todos los que lo habían conocido antes de la cárcel decían que era inconfundiblemente suya.
Lo que siguió fue uno de los procesos de negociación política más extraordinarios del siglo veinte. Mandela y De Klerk, dos hombres de mundos radicalmente diferentes, negociaron durante cuatro años la transición de Sudáfrica. Las negociaciones fueron difíciles. Hubo violencia política. Hubo momentos en que todo parecía a punto de romperse, especialmente después del asesinato del líder del Partido Comunista Chris Hani en 1993 por un ultraderechista blanco.
Pero la transición siguió. En 1993, Mandela y De Klerk compartieron el Premio Nobel de la Paz. En abril de 1994, Sudáfrica celebró sus primeras elecciones democráticas con sufragio universal. Las filas para votar fueron históricas: gente que nunca había votado hacía cola durante horas bajo el sol. Ancianos que habían nacido bajo la dominación colonial. Mujeres que habían perdido hijos en la lucha. Jóvenes que solo habían conocido el apartheid.
> "En abril de 1994, Sudáfrica celebró sus primeras elecciones democráticas. Las filas para votar fueron históricas: gente que nunca había votado hacía cola durante horas bajo el sol."
El ANC ganó con el 62% de los votos. El 10 de mayo de 1994, Nelson Mandela asumió como presidente de Sudáfrica ante una audiencia internacional que incluía a dignatarios de casi todo el mundo. En su discurso de asunción dijo que el día representaba el fin de la noche que comenzó cuando el primer ser humano fue oprimido por otro. Fue la jornada política más extraordinaria que Sudáfrica había vivido en su historia.
El legado: lo que cambió y lo que no
En su discurso de asunción, Mandela habló de la necesidad de la reconciliación. Su gobierno estableció la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, presidida por el arzobispo Desmond Tutu, que invitó a los perpetradores del apartheid a confesar sus crímenes a cambio de amnistía. El proceso fue imperfecto y controversial. Muchos de los perpetradores no se presentaron. Muchas víctimas sintieron que no habían recibido justicia real. Pero el proceso evitó una espiral de venganza y juicios que podrían haber desestabilizado la transición.
Mandela gobernó un solo término, hasta 1999, y cedió el poder pacíficamente a Thabo Mbeki. Ese acto, considerado casi antinatural para un líder africano que podría haberse perpetuado en el cargo, fue visto como otro ejemplo de su carácter excepcional.
La constitución de 1996, redactada durante el gobierno de Mandela, es considerada por los constitucionalistas una de las más progresistas y garantistas del mundo. Prohíbe la discriminación por raza, género, orientación sexual, religión, y muchos otros factores.
Sudáfrica hoy es una democracia con elecciones libres, prensa libre, y garantías constitucionales de derechos para todos sus ciudadanos. Eso es un cambio enorme respecto al apartheid. Pero las desigualdades económicas que el apartheid generó siguen siendo enormes. La tierra sigue siendo desigualmente distribuida. El desempleo entre la población negra sigue siendo altísimo. Los mejores barrios de las ciudades sudafricanas siguen siendo mayoritariamente blancos. Las heridas del apartheid no se curan con elecciones.
El apartheid en Sudáfrica es recordado en la historia como uno de los sistemas de opresión racial más elaborados y sistemáticos de la era moderna. Durante cuarenta y seis años, un gobierno clasificó a su propia ciudadanía por raza y construyó un sistema completo de derechos diferenciados según esa clasificación. Fue un crimen de Estado de escala masiva, ejecutado con eficiencia burocrática y sostenido por la violencia del aparato represivo.
Su fin es recordado como una de las transiciones políticas más notables del siglo veinte. Un cambio enorme que se logró sin la guerra civil que muchos habían dado por inevitable, sin los juicios masivos que hubieran polarizado al país durante generaciones, y sin la venganza que hubiera sido humanamente comprensible pero políticamente destructiva. Mandela pasó veintisiete años en prisión y salió sin rencor visible, con una agenda de reconciliación que desconcertó a muchos aliados del movimiento anti-apartheid que esperaban otra cosa.
Murió en diciembre de 2013, a los noventa y cinco años. Las reacciones de duelo en todo el mundo, de líderes políticos de todos los espectros ideológicos, dieron una idea de la dimensión que había alcanzado su figura. Era uno de los pocos políticos del siglo veinte que generaba respeto genuino en campos ideológicos opuestos.
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