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El Mayo Francés de 1968
Episodio 35

El Mayo Francés de 1968

Andres AguilarAndres Aguilar

El 3 de mayo de 1968, la policía entró a la Sorbona a arrestar estudiantes. En horas, el Barrio Latino de París era un campo de batalla. En tres semanas fue la huelga general más grande de Francia: pararon diez millones de trabajadores.


El 3 de mayo de 1968, en el patio de la Sorbona, varios cientos de estudiantes se habían reunido para protestar contra el cierre de la Universidad de Nanterre y el arresto de varios compañeros. La policía entró al patio y empezó a arrestar gente. En cuestión de horas, el Barrio Latino de París era un campo de batalla. Los estudiantes arrancaban adoquines del suelo y los tiraban contra los gendarmes. La policía respondía con gases lacrimógenos y cargas de bastón. A la mañana siguiente, las fotos de jóvenes con la cara ensangrentada y de barricadas ardiendo en las calles de París estaban en todos los diarios del mundo.

Lo que empezó como una protesta universitaria se convirtió en tres semanas en la huelga general más grande de la historia de Francia. Diez millones de trabajadores pararon. Las fábricas estaban ocupadas. Las universidades estaban ocupadas. Los estudiantes y los obreros habían tomado la calle. El presidente Charles de Gaulle, héroe de la Resistencia y padre fundador de la Quinta República, se subió en secreto a un helicóptero y desapareció de París durante horas. Su gobierno estuvo a punto de colapsar.

¿Qué fue el Mayo Francés? ¿Fue una revolución que fracasó? ¿Fue una revuelta cultural que cambió la sociedad sin tomar el poder? ¿Fue una crisis política que los sindicatos explotaron para arrancar mejoras laborales? La respuesta, como en tantos momentos históricos complejos, es que fue todo eso al mismo tiempo.


El año que el mundo estalló

Para entender el Mayo Francés hay que entender que 1968 no fue solo un momento francés. Fue un año global de convulsión política y cultural que sacudió a países muy distintos de maneras similares.

En enero de 1968, el ejército norvietnamita lanzó la Ofensiva del Tet contra las posiciones americanas y survietnamitas. En abril, Martin Luther King fue asesinado en Memphis. Las ciudades americanas ardieron. En junio, Robert Kennedy fue asesinado en Los Ángeles la noche que ganó las primarias de California. En agosto, en México, el ejército masacró a estudiantes que protestaban en Tlatelolco diez días antes de los Juegos Olímpicos. En Praga, la Primavera checa, el intento del gobierno de Dubcek de construir un "socialismo con rostro humano", fue aplastada por los tanques soviéticos.

Era como si el orden establecido de posguerra, el consenso sobre el que se había construido la estabilidad occidental, estuviera crujiendo por todas partes al mismo tiempo. La generación que llegaba a la vida adulta en los años sesenta había crecido bajo la sombra de la bomba atómica, con la amenaza de la destrucción nuclear como telón de fondo permanente. Habían visto la guerra de Vietnam en la televisión, en tiempo casi real, con una brutalidad que ninguna guerra anterior había mostrado. Desconfiaban de las instituciones, de los partidos políticos, de los medios de comunicación controlados por el Estado.

En ese contexto internacional, las universidades europeas eran especialmente volcánicas. Berlín, Roma, Madrid, Londres, y sobre todo París.


La Francia de De Gaulle: orden, prosperidad y rigidez

La Francia de 1968 era un país en pleno auge económico. Los años de posguerra se conocen como los Trente Glorieuses, los Treinta Gloriosos: crecimiento sostenido, pleno empleo, aumento del nivel de vida, modernización acelerada. Francia se había reconstruido de las ruinas de la guerra y se había convertido en una potencia industrial moderna con una clase media nueva y creciente.

Pero era también un país extremadamente conservador en términos sociales y culturales. De Gaulle había vuelto al poder en 1958 durante la crisis de la guerra de Argelia y había fundado la Quinta República con una constitución que le daba al presidente enormes poderes ejecutivos. Tenía más de setenta años. Su estilo de gobierno era grandioso, distante, paternalista. Se comunicaba con los franceses a través de la televisión, que el Estado controlaba directamente. Las noticias de la televisión pública tenían que ser aprobadas por el Ministerio de Información antes de emitirse.

La sociedad francesa de 1968 era jerárquica y rígida en casi todos sus niveles. En las universidades, los profesores hablaban y los estudiantes escuchaban y tomaban notas. No había discusión, no había debate, no había cuestionamiento de la autoridad del docente. Los campus eran administrados con reglas estrictas que incluían la separación de géneros en las residencias estudiantiles: los hombres no podían entrar a los dormitorios de mujeres y viceversa bajo ninguna circunstancia. Las relaciones entre estudiantes y docentes eran formales hasta el extremo.

> "Los estudiantes que habían crecido con el rock, con la nueva ola del cine, con las ideas de Sartre y Camus, miraban al sistema universitario como un símbolo de todo lo que estaba mal: autoritario, anacrónico, sin relación con la realidad que vivían."

Para muchos jóvenes, el sistema universitario era un símbolo de todo lo que estaba mal: autoritario, anacrónico, sin relación con la realidad que ellos vivían. Y entonces llegó el baby boom. Los nacidos después de la guerra llegaban a la universidad en masa en los años sesenta. En 1968, había el doble de estudiantes universitarios que diez años antes, casi seiscientos mil en toda Francia. Las universidades no estaban preparadas para esa cantidad de gente. La infraestructura era vieja, los cupos eran insuficientes, y los planes de estudio parecían diseñados para otra época.


Nanterre: el polvorín

El epicentro inicial no fue la Sorbona sino la Universidad de Nanterre, un campus nuevo y funcional construido en un suburbio obrero al oeste de París. Nanterre era un experimento de universidad masiva que había salido mal: era grande, anónima, mal concebida arquitectónicamente, y tenía la mirada de un campus de segunda categoría comparado con la venerable Sorbona del centro de París. Rodeada por chabolas de inmigrantes, Nanterre era también una metáfora visual de la desigualdad de la prosperidad francesa.

Fue en Nanterre donde empezó a organizarse el Movimiento 22 de Marzo, liderado entre otros por un estudiante de sociología alemán llamado Daniel Cohn-Bendit, apodado Dany el Rojo por su pelo pelirrojo y sus ideas de izquierda radical. Cohn-Bendit era carismático, polémico, con una capacidad notable para hablar en público y para provocar a la autoridad. No era marxista ortodoxo: era más anarquista que leninista, más interesado en desafiar las estructuras de poder que en construir un partido vanguardista al estilo soviético.

Las protestas en Nanterre empezaron en enero de 1968 con una ocupación de los dormitorios de mujeres como forma de protestar contra las reglas de separación de géneros. Cohn-Bendit directamente interpeló al ministro de deportes durante una visita oficial al campus y le preguntó por qué el gobierno no hablaba de la sexualidad de los jóvenes en su informe sobre la juventud. La pregunta era deliberadamente escandalosa. La respuesta oficial fue el silencio ofendido. El incidente circuló entre los estudiantes. Más protestas siguieron. Las autoridades respondieron con expulsiones. Las expulsiones generaron más protestas.

En mayo, el decano de la universidad cerró el campus en un intento de calmar las aguas. Los estudiantes expulsados y sus compañeros se trasladaron a la Sorbona en París para continuar sus asambleas. El rector convocó a la policía. La policía entró al patio de la Sorbona. Y el barril de pólvora estalló.


Las barricadas del Barrio Latino

La noche del 10 al 11 de mayo de 1968 fue la Nuit des Barricades, la Noche de las Barricadas. Fue el momento más simbólico de todo el Mayo Francés. Decenas de miles de estudiantes y jóvenes tomaron las calles del Barrio Latino, el histórico barrio universitario de París. Levantaron barricadas con los adoquines que arrancaban del suelo, con autos volcados, con cualquier material que encontraban.

La policía los rodeó pero el gobierno vaciló en dar la orden de carga. Durante horas, la situación fue de enfrentamiento tenso. Las radios privadas transmitían en vivo desde las barricadas. Millones de franceses escuchaban en sus casas. En la madrugada, la orden llegó. Los gendarmes avanzaron con gases lacrimógenos y bastones. Los estudiantes respondieron con piedras. La batalla duró horas. Cientos de heridos, casi quinientos detenidos.

Las imágenes fueron devastadoras para el gobierno. Los franceses que escuchaban la radio mientras tomaban su desayuno el 11 de mayo escucharon los relatos de jóvenes golpeados en las calles de París. El primer ministro Pompidou acababa de regresar de un viaje oficial a Irán. Evaluó la situación y tomó la decisión de ceder en los puntos más visibles: liberó a los detenidos, reabrió la Sorbona.

Pero la apertura de la Sorbona tuvo el efecto opuesto al esperado. Los estudiantes la ocuparon inmediatamente y la convirtieron en un espacio de asamblea permanente y debate continuo. Colgaron carteles por toda la fachada. Los anfiteatros se llenaban de asambleas donde cualquiera podía hablar durante el tiempo que quisiera. Las consignas pegadas en las paredes se volvieron parte del vocabulario cultural del siglo veinte: "Seamos realistas, pidamos lo imposible." "Prohibido prohibir." "La imaginación al poder." "Bajo los adoquines, la playa." Esa última venía de la realidad física: bajo los adoquines del Barrio Latino había arena. Y los estudiantes los habían arrancado. Pero metafóricamente decía algo sobre buscar la utopía escondida bajo la superficie dura de la realidad cotidiana.


La huelga general: cuando los obreros se suman

Hasta acá lo que teníamos era una revuelta estudiantil parisina. Lo que la convirtió en una crisis nacional fue la entrada de la clase obrera.

Los grandes sindicatos franceses, principalmente la CGT comunista y la CFDT de tendencia más socialista, miraban al movimiento estudiantil con una mezcla de simpatía táctica y desconfianza ideológica. Los líderes sindicales, en particular Georges Seguy de la CGT, no querían que los estudiantes les marcaran el ritmo a los trabajadores. La CGT era disciplinada, jerárquica, con una línea política clara dictada en parte por el Partido Comunista Francés. Y el Partido Comunista desconfiaba del espontaneismo de los estudiantes, de su rechazo a la organización, de su anarquismo de hecho.

Pero la presión desde abajo era imposible de ignorar. El 13 de mayo, exactamente una semana después del inicio de los enfrentamientos en el Barrio Latino, los sindicatos convocaron una huelga general de un día en solidaridad con los estudiantes. Más de un millón de personas marcharon por París. En toda Francia, los trabajadores pararon.

Lo que fue diseñado como un paro de un día se convirtió en mucho más. En las fábricas, los trabajadores no se fueron a sus casas. Se quedaron. Ocuparon las plantas. En la fábrica Renault de Boulogne-Billancourt, el símbolo de la industria francesa, los obreros se tomaron la planta y bloquearon las puertas. Lo mismo pasó en decenas de fábricas de todo el país. Las imprentas pararon. El correo no funcionaba. Las recolecciones de basura cesaron. Los trenes no salían. La economía francesa se detuvo. Diez millones de trabajadores en huelga. Era la mayor paralización de la historia laboral francesa.


Los Acuerdos de Grenelle y el rechazo obrero

El gobierno de Pompidou entró en modo crisis. Las negociaciones entre el Estado, los empleadores y los sindicatos se desarrollaron durante días en el Ministerio de Trabajo en la calle de Grenelle. El resultado fueron los Acuerdos de Grenelle, firmados el 27 de mayo. Incluían un aumento del salario mínimo del 35%, aumento general de salarios del 10%, reducción de la jornada laboral, y el reconocimiento formal de la presencia sindical en las empresas. Eran concesiones enormes para los empleadores y un triunfo considerable para la CGT.

Seguy fue a anunciar los acuerdos a los obreros de Renault. Lo que pasó fue uno de los momentos más dramáticos del Mayo Francés. Los obreros reunidos en asamblea rechazaron los acuerdos. Abuchearon a su propio líder sindical. No querían solo un aumento de salario. Querían algo más difícil de negociar: querían dignidad, querían tener voz sobre cómo se organizaba su trabajo, querían que el patrón no los tratara como máquinas de producción.

Fue una señal de que el movimiento había superado lo que los sindicatos podían contener. El problema era que el movimiento tampoco tenía liderazgo propio capaz de capitalizar ese momento. Los estudiantes no tenían un programa concreto. Los partidos de izquierda, el socialista y el comunista, estaban tratando de montar el tigre sin que los mordiera.


De Gaulle desaparece y reaparece

El 29 de mayo, en ese momento de máxima crisis, Charles de Gaulle desapareció. Su helicóptero despegó del Elíseo sin que nadie en el gobierno supiera adónde iba. Durante horas, el pánico político fue real en París. Se rumoraba que había renunciado.

De Gaulle había volado en secreto a la base militar francesa de Baden-Baden, en Alemania Occidental, donde se encontraba el general Jacques Massu, comandante de las tropas francesas en Alemania. Necesitaba saber si el ejército lo apoyaría si las cosas se ponían peores. Massu le dio garantías. Existe una versión de que De Gaulle llegó a Baden-Baden derrotado y dispuesto a exiliarse, y que fue Massu quien lo convenció de volver a pelear. Otras versiones dicen que la visita fue siempre táctica, para asegurarse el respaldo militar antes de lanzar su contraataque político.

Sea como sea, De Gaulle volvió a París al día siguiente. Y entonces hizo algo que nadie esperaba. No convocó una mesa de negociación. No ofreció más concesiones. Disolvió la Asamblea Nacional y convocó elecciones legislativas para el mes siguiente. Y en un discurso de radio de apenas cinco minutos, acusó a la izquierda de intentar imponer una dictadura comunista. El discurso fue duro, sin matices, combativo. El De Gaulle del micrófono era irreconocible comparado con el que había huido en helicóptero la noche anterior.

Al día siguiente, el 30 de mayo, entre ochocientas mil y un millón de personas marcharon por los Campos Elíseos en apoyo a De Gaulle. Fue la mayor manifestación de apoyo al gobierno en la historia de la Quinta República. La mayoría silenciosa, la Francia de los propietarios, de los pequeños comerciantes, de los trabajadores que no querían la revolución sino el orden, salió a la calle. El miedo al caos y a la "dictadura comunista" había movilizado a una Francia que durante todo mayo había permanecido callada.


Las elecciones de junio y el desenlace

Las elecciones legislativas de junio de 1968 fueron un terremoto en dirección opuesta. Los gaullistas obtuvieron la mayoría parlamentaria más amplia de la historia de la Quinta República. La izquierda se derrumbó. Los comunistas, que habían intentado montar el tigre del movimiento estudiantil sin perder el control, terminaron siendo grandes perdedores.

Las universidades fueron desalojadas. Las ocupaciones terminaron. La vida "normal" volvió con una velocidad que sorprendió a los propios protagonistas del movimiento. Los estudiantes que habían construido barricadas en mayo volvieron a sus exámenes en junio. El sistema demostró una capacidad de absorber sacudidas que muchos de los protagonistas no habían anticipado.

De Gaulle, sin embargo, no sobrevivió políticamente mucho tiempo. En abril de 1969 convocó un referéndum sobre una reforma regional. Lo presentó como una cuestión de confianza personal. Cuando perdió, renunció de inmediato y se retiró a su casa de campo en Colombey-les-Deux-Églises. Murió en noviembre de 1970 mientras jugaba solitario. La crisis de mayo había erosionado su autoridad de maneras que no fueron inmediatamente visibles pero que resultaron irreparables.


El legado: la revolución que cambió sin tomar el poder

El Mayo Francés no fue una revolución en el sentido clásico. No tomó el poder. No cambió el sistema de gobierno. No abolió el capitalismo. Sin embargo, cambió Francia de maneras profundas e irreversibles, aunque los cambios tardaron años en materializarse.

La sociedad francesa de antes del 68 y la de después del 68 son casi dos países distintos en términos culturales. La autoridad dejó de ser incuestionable en casi todos los ámbitos. Las jerarquías en las universidades cambiaron: los estudiantes obtuvieron representación formal en la gestión universitaria. Las relaciones laborales cambiaron: los Acuerdos de Grenelle fueron implementados y los sindicatos ganaron presencia real en las empresas. La familia cambió: el divorcio se liberalizó en 1975, el aborto fue legalizado en 1975, la contracepción ya no era tabú.

El movimiento feminista francés, que emergió con fuerza en los años setenta, tiene raíces directas en el 68: muchas de sus fundadoras venían del movimiento estudiantil y habían constatado que los líderes varones de la revolución las ponían a cocinar mientras ellos hacían los discursos. El movimiento gay, el ecologismo, la contracultura en general: todo eso que emergió en los años setenta en Francia tiene antecedentes directos en mayo del 68.

Daniel Cohn-Bendit tuvo una carrera política larga: llegó a ser eurodiputado verde, primero para Alemania y luego para Francia, durante décadas. Muchos de los que participaron en las barricadas en 1968 llegaron a posiciones de poder décadas después. Y llevaron consigo una desconfianza básica hacia la autoridad, una tendencia a cuestionar, una creencia en que el cambio social era posible si suficiente gente se movilizaba.

> "En mayo de 1968, un grupo de estudiantes arrancó adoquines de las calles de París y se atrevió a imaginar que el mundo podía ser distinto. Y aunque no alcanzó para hacer la revolución, tampoco fue poca cosa."

La próxima vez que leas algo sobre la contracultura, la liberalización sexual, el feminismo o la desconfianza en las instituciones que define a Occidente desde los años setenta, recordá que esas ideas nacieron en parte bajo los adoquines del Barrio Latino en París en 1968.


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