En 20 Minutos
José de San Martín
Episodio 38

José de San Martín

Andres AguilarAndres Aguilar

En enero de 1817, San Martín cruzó los Andes con un ejército de cinco mil hombres: cañones, mulas y soldados a más de tres mil metros de altura. En Chile nadie lo esperaba. Esa campaña, y las que siguieron en Perú, terminaron de romper el dominio españ...


En enero de 1817, un ejército de más de cinco mil hombres empezó a subir la cordillera de los Andes por varios pasos distintos, a más de tres mil metros de altura. Llevaban cañones desarmados en piezas, mulas cargadas con pólvora, y provisiones para varias semanas porque no había absolutamente nada que comer en el camino. Muchos de los soldados eran esclavos liberados que nunca habían visto la nieve. El frío mató a la mitad de las mulas del ejército antes de que se disparara el primer tiro.

Del otro lado de la montaña, en Chile, las autoridades españolas no esperaban a nadie. Cruzar los Andes con un ejército completo, con artillería y caballería, era algo que en teoría no se podía hacer. El hombre que organizó ese cruce lo planificó durante casi dos años, con un nivel de detalle logístico que sorprendió incluso a sus propios oficiales. Se llamaba José de San Martín, y esa capacidad para planificar lo imposible hasta en sus mínimos detalles define toda su carrera militar y política.


Un militar formado en España

José de San Martín nació en 1778 en Yapeyú, un pueblo de las misiones jesuíticas en lo que hoy es la provincia de Corrientes. Su padre era un militar español destinado ahí como administrador. Cuando San Martín tenía siete años, la familia volvió a España. Ahí se crió y se formó, lejos de América, sin saber que iba a volver treinta años después para liberarla.

Ingresó al ejército español a los once años, como cadete. Pasó dos décadas sirviendo a la corona española en distintos frentes. Combatió contra los moros en el norte de África. Combatió contra los portugueses. Y combatió, sobre todo, contra los ejércitos de Napoleón, cuando Francia invadió España en 1808. San Martín peleó en la batalla de Bailén. Fue una de las primeras derrotas importantes que sufrió el ejército napoleónico, y ahí ganó el grado de teniente coronel.

Fue en España donde San Martín absorbió las ideas de la Ilustración y del liberalismo que después aplicaría en América. También fue en España donde se entrenó en el estilo de guerra que Napoleón había perfeccionado: movimientos rápidos, sorpresa táctica, y una obsesión casi maniática por la logística. Esa formación militar europea terminaría siendo su ventaja decisiva. Era poco común entre los líderes de la independencia americana.

Los que conocieron a San Martín en esos años lo describían como un hombre reservado, de pocas palabras. Era casi opuesto en carácter a otros líderes revolucionarios más efusivos. No buscaba el protagonismo público. Prefería el trabajo silencioso de organización y planificación antes que los discursos y la política de salón. Ese temperamento se mantendría toda su vida, incluso cuando se convirtió en una de las figuras más célebres del continente.

En 1811, San Martín tenía treinta y tres años y una carrera consolidada en el ejército español. Tomó una decisión que sorprendió a todos los que lo conocían: pidió la baja. Se subió a un barco inglés y viajó a Londres. Ahí se reunió con otros criollos americanos que conspiraban por la independencia de sus tierras de origen. Desde Londres organizó su regreso a Buenos Aires. Llegó en marzo de 1812, después de treinta años de ausencia.


El regreso y los primeros años de la revolución

Buenos Aires ya llevaba dos años de revolución cuando San Martín desembarcó. El 25 de mayo de 1810, un cabildo abierto había depuesto al virrey español y formado una junta de gobierno local. Pero la revolución todavía era frágil. El ejército español seguía controlando el Alto Perú y buena parte del continente. Nadie sabía todavía si ese proyecto iba a sobrevivir.

El gobierno revolucionario de esos años era inestable. Se sucedían juntas, triunviratos y asambleas, con desacuerdos constantes sobre qué forma de gobierno debía tener el nuevo país y sobre qué tan lejos debía llegar la ruptura con España. En ese clima de improvisación política, la llegada de un militar profesional fue recibida como un alivio por buena parte del gobierno.

San Martín se presentó ante ese gobierno con su experiencia militar europea. Era algo que casi ningún otro líder revolucionario tenía. Le encargaron formar y entrenar un cuerpo de caballería nuevo: los Granaderos a Caballo. Los entrenó con una disciplina que nadie había visto antes en el ejército revolucionario. Y los puso a prueba por primera vez el 3 de febrero de 1813, en la Batalla de San Lorenzo. Ahí enfrentó a una expedición realista que intentaba desembarcar en las costas del río Paraná.

San Lorenzo fue un combate breve, de apenas unos minutos, pero decisivo para la reputación de San Martín. Sus granaderos cargaron con tal violencia que dispersaron por completo a las fuerzas españolas. San Martín mismo cayó del caballo durante la carga y estuvo a punto de morir aplastado. Lo salvó un soldado, a costa de su propia vida. Se llamaba Juan Bautista Cabral. La batalla consolidó a San Martín como un comandante capaz, y también reveló algo de su carácter: peleaba al frente de sus tropas, no desde atrás. El regimiento de Granaderos a Caballo que fundó y entrenó en esos años sigue existiendo hoy. Es la guardia de honor del gobierno argentino, y todavía usa un uniforme inspirado en el original de 1812.

En 1813 y 1814, San Martín también participó en la vida política de Buenos Aires. Fue uno de los fundadores de la Logia Lautaro, una sociedad secreta que reunía a los principales líderes revolucionarios. Compartían un objetivo: la independencia total de América del dominio español, no solo la autonomía dentro de un imperio reformado. La logia funcionaba con juramentos, códigos y una disciplina casi militar. Tuvo una influencia enorme sobre las decisiones políticas de esos años, aunque operaba en la sombra.


El plan continental: gobernador de Cuyo

Para 1814, la situación militar de la revolución era mala. Los ejércitos que Buenos Aires había enviado hacia el Alto Perú habían sido derrotados repetidamente. San Martín asumió brevemente el comando del Ejército del Norte y llegó a una conclusión que cambió el curso de la guerra.

Atacar a los españoles de frente era una estrategia condenada al fracaso. Significaba subir directamente hacia el Alto Perú. El terreno favorecía a los defensores, y ya se había demostrado dos veces que no funcionaba.

San Martín propuso un plan alternativo, mucho más ambicioso: cruzar los Andes hacia Chile, liberar ese país, y desde ahí atacar por mar el corazón del poder español en América del Sur. Ese corazón era Lima, la capital del Virreinato del Perú. Era un plan continental, no solo local, y requería años de preparación silenciosa.

Para ejecutarlo, pidió que lo nombraran gobernador de la provincia de Cuyo. La capital era Mendoza, al pie de la cordillera. Entre 1814 y 1816, San Martín construyó ahí en secreto el Ejército de los Andes. Movilizó a toda la provincia: hombres libres y esclavos liberados que se sumaban a cambio de su libertad, mujeres que cosían uniformes y hacían pólvora, artesanos que fabricaban herraduras y armas. Las mujeres de Mendoza tuvieron un rol especialmente activo. Donaron sus joyas y objetos de valor para ayudar a financiar el armamento del ejército, y muchas confeccionaron a mano los uniformes y las banderas que las tropas iban a llevar a Chile. San Martín en persona supervisaba cada detalle logístico: cuántas mulas hacían falta, cuánta pólvora, cuánta comida seca por soldado y por día. Esa obsesión por el detalle terminaría siendo la clave de todo lo que vino después. Algunos de sus contemporáneos la consideraban excesiva.

San Martín también organizó una red de espías e informantes que cruzaban la cordillera para engañar a los españoles sobre sus verdaderas intenciones. Hizo correr rumores falsos sobre el punto exacto por donde pensaba cruzar. Mandó cartas que sabía que iban a ser interceptadas, con información deliberadamente equivocada. Cuando llegó el momento real del cruce, los defensores españoles todavía no sabían con certeza por dónde iba a entrar el ejército libertador.


Recapitulando: de España a Mendoza

Hagamos una pausa. San Martín se formó como militar en España durante veinte años, peleando contra Napoleón. Volvió a Buenos Aires en 1812. Tenía treinta y cuatro años, y se puso al servicio de la revolución. En 1813 ganó reputación en San Lorenzo. En 1814 fue nombrado gobernador de Cuyo. Ahí empezó a construir en secreto el ejército con el que pensaba cruzar los Andes. Ese cruce estaba a punto de ejecutarse. Lo había planificado durante casi dos años.


El cruce de los Andes y la liberación de Chile

En enero de 1817, el Ejército de los Andes se puso en marcha. Eran más de cinco mil hombres. Se dividieron en varias columnas que cruzaron la cordillera por distintos pasos, para confundir a los defensores españoles sobre el punto exacto de entrada. El grueso del ejército cruzó por los pasos de Los Patos y Uspallata, separados por más de cien kilómetros de distancia. Columnas más pequeñas cruzaron por otros pasos, todavía más al norte y al sur, para dispersar todavía más la atención de los defensores. La marcha fue durísima. El aire enrarecido de la altura, el frío extremo, la falta absoluta de forraje para los animales: todo se cobró un costo altísimo. Murieron alrededor de la mitad de las mulas del ejército durante el cruce.

Pero el plan funcionó. Los españoles no creían posible un cruce de esa envergadura. Quedaron completamente sorprendidos. El 12 de febrero de 1817, el ejército libertador derrotó a las fuerzas realistas en la Batalla de Chacabuco, a las afueras de Santiago. Tres días después, San Martín entró a la capital chilena. Le ofrecieron el gobierno de Chile. Lo rechazó. En su lugar, impulsó el nombramiento de Bernardo O'Higgins como director supremo. O'Higgins era su compañero de campaña, y esa amistad se mantendría firme incluso después, cuando ambos terminaran sus días lejos del poder y lejos de sus países.

La independencia de Chile todavía no estaba asegurada. En marzo de 1818, un contraataque español sorprendió y derrotó al ejército libertador en la Batalla de Cancha Rayada. Por un momento pareció que toda la campaña podía derrumbarse. San Martín reorganizó lo que quedaba de sus tropas en cuestión de días. Muchos de sus oficiales consideraron eso una hazaña logística tan grande como el cruce mismo. El 5 de abril de 1818 fue la Batalla de Maipú. Ahí el ejército libertador destruyó de manera definitiva al poder español en Chile.


La expedición al Perú

Con Chile asegurado, San Martín encaró la segunda parte de su plan: atacar Lima. Para eso necesitaba una flota, algo que Argentina y Chile no tenían. Contrataron a Thomas Cochrane para organizar y liderar la nueva escuadra chilena. Cochrane era un marino escocés, un comandante naval experimentado. La relación entre San Martín y Cochrane fue tensa desde el principio, por diferencias de carácter y por discusiones constantes sobre el pago a la tripulación. Terminaría rompiéndose por completo unos años después, cuando Cochrane abandonó la causa sudamericana en malos términos y se sumó a la independencia de Brasil. En 1820, mientras tanto, la expedición zarpó desde Valparaíso hacia las costas del Perú.

San Martín no atacó Lima de manera directa. Prefirió una estrategia de desgaste: bloqueó el puerto del Callao, cortó las rutas de abastecimiento realistas, y fue ganando apoyo político entre la población peruana sin arriesgar una batalla decisiva que podía perder. La estrategia funcionó lentamente pero de manera efectiva. Las fuerzas españolas estaban aisladas y sin refuerzos. Terminaron evacuando Lima en julio de 1821.

El 28 de julio de 1821, San Martín proclamó la independencia del Perú en la Plaza Mayor de Lima. Asumió el título de Protector del Perú, con poderes tanto militares como civiles. Era un cargo que él mismo diseñó como transitorio. Durante su protectorado impulsó reformas importantes: abolió la esclavitud de los hijos de esclavos nacidos después de esa fecha, eliminó el tributo indígena colonial, y estableció las bases de un Estado peruano independiente.

San Martín también se encargó de darle símbolos propios a la nueva nación. Diseñó personalmente la primera bandera del Perú, con los colores rojo y blanco. Y convocó un concurso público para elegir la música y la letra del himno nacional peruano, el mismo que todavía hoy se canta en Perú.

El protectorado no estuvo libre de sombras. San Martín impuso censura a la prensa opositora y ordenó la ejecución de varios conspiradores realistas sin juicio previo. Esas decisiones generaron críticas incluso entre sus propios aliados. La necesidad de consolidar un poder todavía frágil, en medio de una guerra sin terminar, explica en parte esas medidas. Pero eso no las vuelve menos polémicas para los historiadores que estudiaron después el período.


Guayaquil: el encuentro con Bolívar

Pero el norte del Perú y buena parte del Alto Perú seguían en manos españolas. Para completar la independencia sudamericana hacía falta coordinar con el otro gran líder de la independencia: Simón Bolívar. Bolívar avanzaba desde el norte, tras liberar Venezuela, Colombia y Ecuador.

Los dos generales se reunieron en Guayaquil el 26 de julio de 1822. Fue una reunión privada, sin testigos directos, y lo que se dijeron ahí generó debates históricos que continúan hasta hoy. Esa misma noche, en un banquete organizado en su honor, Bolívar brindó por los dos ejércitos que juntos iban a completar la independencia de América. San Martín se mostró retraído durante la celebración, según los pocos testimonios indirectos que quedaron, y se retiró temprano. Con los años surgieron distintas versiones sobre lo que pasó en esa reunión. Algunos historiadores sostienen que Bolívar se negó a compartir el mando militar en igualdad de condiciones. Otros creen que San Martín llegó ya convencido de que debía retirarse, y que la reunión solo confirmó una decisión que traía tomada de antes. Los dos hombres nunca contaron públicamente los detalles completos de la conversación. Ninguno de los dos escribió después nada que resolviera la duda de manera definitiva.

Lo que sí se sabe con certeza es el resultado: San Martín renunció a su cargo de Protector del Perú, dejó el mando militar completo en manos de Bolívar, y se retiró de la vida pública americana.

Las razones exactas de esa renuncia se discuten entre historiadores desde hace dos siglos, sin que haya un consenso definitivo. San Martín tenía un ejército más pequeño y peor equipado que el de Bolívar. Además, creía que la presencia de dos generales con ambiciones políticas propias en el mismo escenario terminaría en una guerra civil entre patriotas. Eso le parecía mucho peor que dejar el liderazgo en manos de un solo hombre. Prefirió apartarse antes que competir. Fue una decisión que sorprendió a sus contemporáneos y que la historia recuerda como uno de los gestos de renuncia al poder más notables de toda la independencia americana.


El exilio y la muerte lejos de casa

San Martín volvió brevemente a Buenos Aires, pero encontró un clima político hostil. Su esposa se llamaba Remedios de Escalada. Había muerto en 1823 mientras él estaba en el Perú. Su hija Mercedes era todavía una nena. Decidió que no tenía lugar en la política argentina de esos años, marcada por enfrentamientos internos entre distintas facciones. En 1824 se embarcó hacia Europa con su hija, y no volvería a pisar suelo americano.

Vivió sus últimos años en Francia, primero cerca de París y después en Boulogne-sur-Mer. Vivía en una casa modesta, dedicado a criar a su hija y a llevar una vida tranquila y alejada de la política. Rechazó ofertas para volver a involucrarse en los conflictos internos de la región. Cuando estalló la guerra entre Argentina y el Imperio del Brasil, se le ofreció el mando del ejército argentino. También lo rechazó.

Murió el 17 de agosto de 1850, en Boulogne-sur-Mer. Tenía setenta y dos años. En su testamento pidió que su corazón fuera enterrado en Buenos Aires, aunque en ese momento nadie sabía cuándo sería posible cumplir ese deseo. Sus restos permanecieron en Francia durante treinta años. En 1880, el gobierno argentino los repatrió y los depositó en un mausoleo dentro de la Catedral de Buenos Aires, donde siguen hoy.

En su testamento dejó un gesto que generó controversia durante generaciones. Le legó su sable corvo, el que había usado en todas sus campañas, a Juan Manuel de Rosas, el gobernador de Buenos Aires en esos años. San Martín justificó el gesto diciendo que reconocía en Rosas al hombre que había sostenido el honor nacional frente a las potencias extranjeras que bloqueaban el Río de la Plata. La decisión sorprendió a muchos de sus antiguos compañeros de armas, que veían a Rosas como un gobernante autoritario. También le dejó a su hija Mercedes una frase que la tradición escolar argentina repite hasta hoy: "Sé lo que debas ser, que si no, no eres nada." No hay certeza documental completa sobre el origen exacto de esa frase, pero forma parte del imaginario popular sobre San Martín desde hace más de un siglo.


El legado del Libertador

San Martín es recordado en Argentina, Chile y Perú como uno de los principales artífices de la independencia sudamericana, con el título honorífico de Libertador que comparte con Bolívar. Su estrategia continental es todavía estudiada en academias militares como un ejemplo de planificación logística y sorpresa táctica: cruzar los Andes para atacar el poder español desde un flanco inesperado.

Lo que distingue a San Martín de otros líderes de la independencia es su renuncia voluntaria al poder. No buscó gobernar los países que ayudó a liberar. No dejó una dinastía política ni un partido que llevara su nombre. Se apartó en el momento en que consideró que su presencia podía generar más conflicto que beneficio, y pasó el resto de su vida lejos de la política, sin reclamar jamás el protagonismo histórico que sus campañas le habían ganado.

Esa combinación de audacia militar y renuncia personal al poder es la que convirtió a San Martín en una figura central de la identidad histórica argentina, y en una de las más respetadas de toda la independencia americana.

Cada 17 de agosto, día de su muerte, Argentina conmemora el Paso a la Inmortalidad de San Martín con un feriado nacional. Su nombre está en miles de calles, escuelas y plazas de Argentina, Chile y Perú. Su estatua ecuestre preside la Plaza San Martín en Buenos Aires. Hay réplicas de esa misma estatua en Boulogne-sur-Mer, en Londres, en Washington, y en varias otras ciudades del mundo.

Su rostro aparece en billetes y monedas argentinas desde hace más de un siglo. Cada escuela del país dedica un acto especial a su memoria alrededor del feriado de agosto, con la misma ceremonia repetida generación tras generación: lectura de fragmentos de sus cartas, entonación del himno, el saludo a su figura como Padre de la Patria.

A diferencia de otras figuras históricas, San Martín es una de las pocas que prácticamente todos los sectores políticos argentinos reivindican por igual, más allá de sus diferencias ideológicas. Esa condición de símbolo compartido, por encima de las grietas políticas del país, es en sí misma parte de su legado.

Doscientos años después de esa marcha por la cordillera, la imagen que persiste es la misma: un ejército improbable, organizado con una paciencia casi obsesiva, cruzando una montaña que nadie creía posible cruzar. Esa imagen resume, mejor que cualquier discurso, quién fue José de San Martín.

Episodios relacionados

Episodio 37
El Apartheid en Sudáfrica

El 11 de febrero de 1990, después de veintisiete años preso, Nelson Mandela salió caminando de la cárcel con el puño en alto, a los setenta y un años. El apartheid, el sistema que lo había condenado, terminaría sin guerra civil.

12 de agosto de 2026
0
Episodio 36
La Revolución Cubana

En 1953, ciento sesenta jóvenes atacaron el Cuartel Moncada en Cuba. Fue un fracaso total: murieron ocho y cincuenta más fueron torturados y ejecutados. Su líder, Fidel Castro, dijo en el juicio: "la historia me absolverá".

5 de agosto de 2026
0
Episodio 35
El Mayo Francés de 1968

El 3 de mayo de 1968, la policía entró a la Sorbona a arrestar estudiantes. En horas, el Barrio Latino de París era un campo de batalla. En tres semanas fue la huelga general más grande de Francia: pararon diez millones de trabajadores.

29 de julio de 2026
0