
La Primera Guerra Mundial
El 28 de junio de 1914, Gavrilo Princip falló su primer intento de matar al archiduque Francisco Fernando. Minutos después, por un desvío equivocado del auto, lo mató igual. Ese asesinato desató una guerra que dejó diez millones de soldados muertos.
El 28 de junio de 1914, en Sarajevo, un joven de diecinueve años llamado Gavrilo Princip falló su primer intento de matar al archiduque Francisco Fernando de Austria. La bomba que uno de sus cómplices lanzó contra el auto del archiduque rebotó y explotó debajo del vehículo siguiente. El archiduque siguió hacia su acto oficial. Princip, convencido de que había fracasado, fue a comer algo a una deli cercana. El auto del archiduque tomó un desvío equivocado y se detuvo justo frente a esa deli para dar marcha atrás. Princip salió, sacó el revólver, y disparó dos veces a menos de dos metros. El archiduque y su esposa murieron en minutos.
Ese accidente de tránsito cambió el mundo. Cuatro años después, diez millones de soldados estaban muertos. Otros veinte millones habían muerto de la pandemia de gripe que la guerra facilitó. Cuatro imperios habían colapsado. El mapa de Europa era irreconocible. Y se habían sembrado las condiciones exactas para que, veinte años después, ocurriera algo todavía peor.
¿Cómo se llega de un asesinato en Sarajevo a la guerra más destructiva que el mundo había visto hasta entonces? Esa es la pregunta central de este episodio.
La Europa de 1914: una trampa lista para activarse
Para entender cómo un asesinato desencadenó una guerra mundial, hay que entender en qué estado estaba Europa en 1914. Era un continente con una tensión acumulada enorme, con ejércitos en crecimiento constante, con alianzas militares que obligaban a cada país a entrar en guerra si un aliado era atacado, y con una clase política y militar que, en muchos casos, creía que la guerra era no solo inevitable sino deseable.
El sistema de alianzas era el detonador. Por un lado estaba la Triple Alianza: Alemania, Austria-Hungría e Italia. Por el otro, la Triple Entente: Francia, Rusia y Gran Bretaña. Estas alianzas habían sido construidas durante décadas como mecanismos de seguridad.
> "La lógica era simple: atacar a uno de la alianza significaba enfrentarse a todos."
El problema es que también significaba que cualquier conflicto localizado tenía el potencial de convertirse en continental en cuestión de días.
Además del sistema de alianzas, había otro factor explosivo: los planes militares. El más famoso era el Plan Schlieffen alemán. Los estrategas alemanes sabían que en caso de guerra tendrían que pelear en dos frentes: contra Francia al oeste y contra Rusia al este. Su plan era atacar primero a Francia con todo, derrotarla en seis semanas antes de que Rusia pudiera movilizarse completamente, y después girar toda la maquinaria hacia el este. Para llegar rápido a París, el plan requería atravesar Bélgica, que era un país neutral.
El tercer factor era el nacionalismo. En los Balcanes, las naciones pequeñas que habían emergido del colapso parcial del Imperio Otomano querían más territorio, y Serbia en particular quería unificar a todos los eslavos del sur bajo su bandera. Austria-Hungría miraba esa aspiración con terror: era un imperio multiétnico que dependía de mantener a sus distintas naciones bajo control, y un movimiento paneslavista podía desintegrarlo.
Y había un factor más, del que se habla menos: la carrera armamentista naval entre Alemania y Gran Bretaña, que desde 1898 hacía casi imposible cualquier acuerdo diplomático de fondo entre ambas potencias.
Cuando Princip disparó en Sarajevo, esa trampa estaba lista.
Las cinco semanas: del asesinato a la guerra total
El archiduque Francisco Fernando no era especialmente querido en Viena. De hecho, su política de dar más autonomía a los eslavos dentro del Imperio le había generado enemigos entre los propios austriacos. Pero su asesinato, cometido por un nacionalista serbio apoyado por una organización secreta con vínculos con el gobierno de Belgrado, le dio a Austria la excusa que estaba buscando para ajustar cuentas con Serbia de una vez.
Las cinco semanas que siguieron al asesinato fueron un encadenamiento de ultimátums, movilizaciones y declaraciones de guerra que ningún gobierno parecía capaz de detener. Austria-Hungría le envió a Serbia un ultimátum con condiciones tan humillantes que fue diseñado para ser rechazado. Serbia aceptó la mayoría de los puntos, pero no todos. Austria declaró la guerra igual. Rusia empezó a movilizar tropas para defender a Serbia. Alemania exigió que Rusia detuviera la movilización. Rusia se negó. Alemania declaró la guerra a Rusia. Francia se preparó para honrar su alianza con Rusia. Alemania declaró la guerra a Francia e invadió Bélgica para ejecutar el Plan Schlieffen. Gran Bretaña, que había garantizado la neutralidad de Bélgica en un tratado de 1839, declaró la guerra a Alemania.
En cinco semanas, de finales de julio a principios de agosto de 1914, toda Europa estaba en guerra.
Hay que entender una cosa sobre ese momento: la mayoría de los líderes europeos pensaban que la guerra iba a ser corta. Los militares hablaban de "antes de que caigan las hojas". El kaiser Guillermo II le dijo a sus soldados que estarían de vuelta en casa para Navidad. Esa ilusión de guerra rápida y limpia fue una de las razones por las que nadie frenó la escalada.
En Berlín, en París, en Londres, en San Petersburgo, las multitudes salieron a la calle a celebrar la declaración de guerra. Había genuino entusiasmo. Los jóvenes se alistaban voluntariamente. Los intelectuales escribían poemas sobre la guerra como purificación nacional. Cuatro años después, todo eso parecería una locura colectiva incomprensible.
Vale la pena parar un segundo antes de seguir, porque en el arranque de esta guerra entraron muchos países casi al mismo tiempo y conviene tener el orden claro. Austria-Hungría le declaró la guerra a Serbia. Rusia se metió para defender a Serbia. Alemania le declaró la guerra a Rusia y, después, a Francia, porque Francia estaba aliada con Rusia. Y Gran Bretaña entró cuando Alemania invadió Bélgica, un país que se había comprometido a proteger décadas atrás. Cinco países, encadenados por tratados firmados mucho antes del asesinato en Sarajevo, terminaron todos en guerra en cuestión de días. Con ese mapa más claro, veamos qué pasó cuando esa guerra realmente empezó a pelearse.
La guerra de trincheras: el infierno que nadie esperaba
El Plan Schlieffen fracasó. Los alemanes avanzaron rápido por Bélgica, pero la resistencia francesa y la intervención británica detuvieron el avance antes de llegar a París. En septiembre de 1914, en la Batalla del Marne, los franceses contraatacaron y forzaron a los alemanes a retroceder. Ambos bandos empezaron a cavar trincheras para protegerse. Y en cuestión de semanas, se había formado una línea de trincheras que iba desde el Canal de la Mancha hasta la frontera suiza.
Las trincheras tenían varios metros de profundidad. En la primera línea, los soldados vivían en la tierra, con ratas, con piojos, con agua hasta las rodillas en los períodos de lluvia. El frente occidental se extendía por unos setecientos kilómetros. Y prácticamente no se movió durante cuatro años.
La razón era tecnológica. La Primera Guerra Mundial fue el primer conflicto en que la tecnología defensiva superó masivamente a la ofensiva. Las ametralladoras podían disparar quinientas balas por minuto. El alambre de púas detenía los avances de la infantería. La artillería destruía los terrenos antes de que llegaran los soldados, creando un lodazal imposible de cruzar. Y el gas venenoso, introducido por los alemanes en 1915, agregó una nueva dimensión de terror.
El cloro y el gas mostaza eran las armas más temidas. El gas mostaza no mataba rápido: quemaba los pulmones, cegaba los ojos, destruía la piel. Los soldados afectados podían tardar semanas en morir. Todos empezaron a usar máscaras de gas, que se convirtieron en parte del equipo estándar, aunque en el caos del combate muchos no llegaban a ponérselas a tiempo.
El resultado fue una carnicería sin sentido estratégico visible. En la Batalla del Somme, en julio de 1916, el ejército británico perdió sesenta mil soldados el primer día. El primer día. Fue el día más mortífero de la historia militar británica. Y al final de la batalla, después de cuatro meses y más de un millón de bajas entre ambos bandos, el frente se había movido unos doce kilómetros.
> "Doce kilómetros a costa de un millón de muertos y heridos."
La Batalla de Verdún, que duró casi todo el año 1916, fue igualmente devastadora. Francia y Alemania perdieron juntos alrededor de setecientas mil bajas. El general alemán Erich von Falkenhayn la había diseñado con un objetivo explícitamente sanguinario: "sangrar a Francia blanca", hacer que el enemigo perdiera tantos hombres que no pudiera seguir peleando. Fue una batalla cuyo objetivo principal no era ganar terreno sino matar.
Fue en ese contexto que aparecieron los primeros tanques, en la Batalla del Somme en 1916. Los británicos los inventaron para romper el impasse de las trincheras. Los primeros modelos eran lentos y poco confiables, pero la idea era revolucionaria. También apareció la aviación militar en serio, y sus "ases" se convirtieron en héroes populares en ambos bandos. El alemán Manfred von Richthofen, el "Barón Rojo", derribó ochenta aviones antes de morir en combate en 1918.
La vida en las trincheras: el lado humano
La guerra de trincheras tuvo una dimensión humana que vale detenerse a mirar. Los soldados pasaban semanas en las trincheras y luego rotaban hacia la retaguardia para descansar. En la línea de frente, el peligro era constante pero la acción no. Había horas, días enteros, de aburrimiento interrumpido por episodios de terror. Los francotiradores y la artillería hacían que asomar la cabeza fuera fatal. Los soldados escribían cartas a sus familias sin poder contar casi nada de lo que vivían, porque la censura era estricta y además muchos no tenían palabras para describir lo que veían.
Un episodio que quedó en la memoria colectiva fue la Tregua de Navidad de 1914. En la noche del 24 de diciembre, soldados alemanes empezaron a cantar villancicos y encender velas en sus trincheras. Los británicos respondieron con canciones propias. Al día siguiente, soldados de ambos bandos salieron a tierra de nadie y se dieron la mano. Jugaron partidos de fútbol. Intercambiaron cigarrillos y chocolate. Eso no se volvió a repetir a esa escala. La maquinaria de la guerra impidió que los soldados volvieran a verse como personas del otro lado.
El frente oriental y la revolución rusa
El otro gran escenario de la guerra fue el frente oriental, y lo que pasó ahí cambiaría el siglo veinte de maneras que todavía sentimos.
El frente oriental, entre Alemania y Rusia, era radicalmente distinto del occidental: mucho más amplio, más fluido, con menos trincheras y más movimiento. Rusia tenía el ejército más grande del mundo en número de soldados, pero era el peor equipado y el peor liderado, con una logística en desastre y una clase de oficiales más preocupada por el protocolo de la corte que por la táctica militar.
En 1914 y 1915, los alemanes y austro-húngaros infligieron derrotas devastadoras al ejército ruso. En la Batalla de Tannenberg, en agosto de 1914, los alemanes rodearon y destruyeron casi por completo a dos ejércitos rusos en Prusia Oriental. El general ruso al mando, Samsonov, se suicidó en el campo de batalla al comprender la magnitud del desastre.
Rusia siguió peleando, pero las bajas eran insostenibles y la moral colapsó. En 1917, las tensiones en el frente y la miseria en las ciudades rusas se combinaron con la revolución política. En febrero de 1917, el zar Nicolás II abdicó. El régimen que había gobernado Rusia durante tres siglos se derrumbó en días. En octubre de 1917, los bolcheviques de Lenin tomaron el poder. Y en marzo de 1918, Rusia firmó el tratado de Brest-Litovsk con Alemania, retirándose de la guerra a un costo territorial enorme: cedió Polonia, los países bálticos, Ucrania y parte del Cáucaso. Fue una humillación, pero Lenin necesitaba la paz para consolidar el poder.
Repasemos dónde estamos parados, porque veníamos de contar dos guerras que casi no se parecían entre sí. En el oeste, la guerra estaba empantanada desde 1914: trincheras que apenas se movían, batallas como el Somme y Verdún que costaban cientos de miles de vidas por unos pocos kilómetros de terreno. En el este, en cambio, todo se movía rápido y de manera catastrófica para Rusia: derrotas devastadoras, un gobierno que colapsó, dos revoluciones en el mismo año, y una salida de la guerra a cualquier precio. Esos dos frentes tan distintos son la clave para entender lo que pasó después.
Eso liberó a Alemania del frente oriental. Pero era tarde. Porque mientras tanto, otro actor había entrado a la guerra.
La entrada de Estados Unidos y otros frentes
En 1917 Estados Unidos declaró la guerra a Alemania. El presidente Woodrow Wilson había mantenido la neutralidad durante tres años, hasta que una combinación de factores lo hizo cambiar. El más dramático fue la guerra submarina alemana sin restricciones: los submarinos alemanes hundían cualquier barco que se dirigiera a Gran Bretaña, incluidos barcos neutrales y de pasajeros. El hundimiento del Lusitania en 1915, que mató a 1.198 personas entre ellas 128 estadounidenses, había generado una crisis diplomática enorme.
Y en 1917, el gobierno americano interceptó el Telegrama Zimmermann: una propuesta secreta de Alemania a México para que atacara a Estados Unidos a cambio de recuperar Texas, Nuevo México y Arizona. Cuando ese telegrama se hizo público, la opinión pública estadounidense cambió definitivamente.
La guerra también se peleó en el Oriente Medio. El Imperio Otomano, aliado de Alemania, fue el teatro de operaciones de varias campañas significativas. Los británicos intentaron tomar los Dardanelos en 1915 para abrir una ruta hacia Rusia. La campaña de Gallipoli fue un desastre: las fuerzas anglófonas, que incluían enormes contingentes de australianos y neozelandeses, sufrieron más de 200.000 bajas sin lograr el objetivo. El nombre Gallipoli quedó grabado en la memoria colectiva de Australia y Nueva Zelanda como un momento fundacional doloroso.
En ese mismo período, en 1915, el gobierno otomano ejecutó el genocidio armenio. Entre 600.000 y 1,5 millones de armenios fueron asesinados o murieron en marchas de deportación forzada hacia el desierto sirio. El argumento fue que los armenios eran una quinta columna a favor de Rusia. Fue un crimen de guerra de escala industrial, y su reconocimiento y negación siguen siendo fuente de conflicto diplomático hasta el día de hoy.
Para 1917 el mapa de la guerra ya no se parecía en nada al de 1914. Ya no era solo Europa peleando entre sí. Estados Unidos había entrado del lado aliado. El Imperio Otomano peleaba del lado alemán en Medio Oriente, con un costo humano altísimo tanto en el frente de batalla como puertas adentro. Rusia acababa de salir de la guerra. La contienda se había vuelto verdaderamente mundial, con actores en cuatro continentes, y estaba por definirse en muy poco tiempo.
1918: el año decisivo
Con Rusia fuera de la guerra, Alemania intentó una ofensiva masiva en el frente occidental en la primavera de 1918. Los alemanes avanzaron más en pocas semanas que en los tres años anteriores. El frente parecía que iba a romperse. Pero el avance se detuvo. Los alemanes habían extendido sus líneas de suministro hasta el límite y no tenían reservas frescas. Las tropas americanas, en cambio, llegaban en cantidades masivas: cien mil soldados por mes.
La contraofensiva aliada que empezó en agosto de 1918, conocida como la Ofensiva de los Cien Días, fue devastadora para Alemania. El ejército alemán se desmoronó. No fue derrotado decisivamente en el campo de batalla, un hecho que los militares alemanes usarían después para construir el mito de la "puñalada por la espalda": que el ejército no había perdido sino que había sido traicionado desde atrás por políticos y revolucionarios.
> "Ese mito fue falso pero enormemente efectivo veinte años después."
El kaiser Guillermo II abdicó el 9 de noviembre de 1918. Dos días después, el 11 de noviembre de 1918, a las 11 de la mañana, entró en vigor el armisticio. Los cañones se callaron. La guerra había terminado.
Los números del horror
Los números de la Primera Guerra Mundial son difíciles de procesar. Murieron entre ocho y diez millones de soldados. Los heridos fueron el doble o más. Francia perdió el 4% de su población total. Alemania perdió más de dos millones de soldados. Gran Bretaña perdió cerca de un millón solo en el frente occidental. Rusia perdió más de un millón setecientos mil soldados en combate, además de millones más por enfermedades. El Imperio Otomano, aliado de Alemania, también perdió cientos de miles.
Y luego estaban los civiles. La gripe española de 1918, que se propagó en parte gracias a los movimientos masivos de tropas, mató entre 50 y 100 millones de personas en todo el mundo en apenas dos años. Más que la guerra misma.
La guerra también transformó las sociedades de adentro hacia afuera. Con los hombres en el frente, las mujeres tomaron los trabajos en las fábricas, en las oficinas, en los hospitales. En Gran Bretaña, eso fue un argumento decisivo para el sufragio femenino. En 1918, las mujeres mayores de treinta años obtuvieron el derecho al voto. En 1928 se equiparó a los hombres. La Primera Guerra Mundial aceleró transformaciones sociales que en condiciones normales hubieran tardado décadas más.
Cuatro imperios colapsaron: el alemán, el austro-húngaro, el ruso y el otomano. El mapa de Europa fue redibujado completamente por los tratados de paz.
El Tratado de Versalles y las semillas de la próxima guerra
El Tratado de Versalles fue diseñado principalmente por Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos. Alemania fue excluida de las negociaciones y presentada ante un hecho consumado. Las condiciones fueron duras: Alemania perdió el 13% de su territorio, el 10% de su población y todas sus colonias. Fue obligada a pagar reparaciones de guerra de una magnitud que los economistas debatieron inmediatamente como impagable. Y fue forzada a aceptar la cláusula 231, la "cláusula de la culpa de guerra", que la hacía responsable única de haber iniciado el conflicto.
John Maynard Keynes, el gran economista inglés que participó en las negociaciones como asesor del gobierno británico, renunció y escribió un libro llamado Las consecuencias económicas de la paz, en el que argumentaba que el tratado era una catástrofe garantizada para Europa. Que las reparaciones eran imposibles de pagar, que el resentimiento alemán era inevitable, y que las condiciones del tratado prepararían el terreno para otra guerra.
Tenía razón. Veinte años después, Adolf Hitler llegó al poder en Alemania montado en parte sobre el resentimiento del Tratado de Versalles y la humillación de la derrota.
La Liga de las Naciones, la organización internacional de paz que Woodrow Wilson propuso con genuino idealismo, fue otro fracaso. El Congreso norteamericano rechazó que Estados Unidos se uniera. Sin la potencia más grande del mundo, la Liga no tenía dientes: no pudo detener la invasión japonesa de Manchuria en 1931, ni la invasión italiana de Etiopía en 1935, ni nada de lo que vino después.
La Primera Guerra Mundial no terminó en 1918. Simplemente tomó un descanso de veinte años.
El historiador alemán Sebastian Haffner escribió que la Primera Guerra Mundial fue el mayor desastre que la humanidad se infligió a sí misma en su historia hasta ese momento. Y que lo más perturbador no fue su violencia sino su inutilidad. Millones de muertos para mover un frente doce kilómetros. Cuatro imperios destruidos para reemplazarlos por estados nacionales inestables. Y una paz diseñada de manera tan rencorosa que garantizó la reanudación de las hostilidades.
Hay un dato que resume bien la magnitud del cambio. En 1914, Europa era el centro del mundo: sus imperios controlaban el 80% de la superficie terrestre del planeta. En 1918, ese mundo había terminado. El eje del poder se estaba desplazando hacia Estados Unidos, que emergió de la guerra como acreedor de toda Europa. Las deudas de guerra que Gran Bretaña y Francia tenían con el gobierno norteamericano eran astronómicas. Europa ya no se gobernaba a sí misma sola.
> "La próxima vez que alguien diga que una crisis política no puede escalar hasta la guerra, conviene recordar el verano de 1914. Un archiduque tomó un desvío equivocado. Y el mundo nunca volvió a ser igual."
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