
Flash y el nacimiento del multiverso
En 1961, una historia de veinticuatro páginas y diez centavos inventó el multiverso. El Flash de Dos Mundos. Sesenta años después, ese concepto es el mecanismo central de las franquicias más taquilleras del mundo.
En 1961, el editor Julius Schwartz publicó una historia en The Flash #123 que parecía un chiste de fan. El título era "Flash of Two Worlds" —El Flash de Dos Mundos. La premisa: el Flash moderno viaja a velocidad tan alta que traspasa accidentalmente a otra dimensión. Ahí encuentra a Jay Garrick, el Flash original de los años 40, que en el universo del Flash moderno era solo un personaje de historieta.
Dos versiones del mismo personaje existían simultáneamente en dimensiones paralelas.
Era una historia de veinticuatro páginas en una revista para chicos que costaba diez centavos. Era también la primera vez que el concepto de multiverso aparecía en los cómics de manera sistemática.
Esa historia cambió la estructura narrativa de DC para las décadas siguientes. Cambió la forma en que la industria pensaba los universos compartidos. Y hoy, sesenta años después, el multiverso es el mecanismo central de las películas más taquilleras del mundo.
Todo empezó con Julius Schwartz, una historia de veinticuatro páginas y un editor que quería explicar algo que le molestaba.
Bienvenidos a En Veinte Minutos. Hoy, la historia de Flash y el nacimiento del multiverso.
Jay Garrick y la Edad de Oro
Para entender por qué el multiverso nació con Flash, hay que entender primero quién es Flash.
La historia del personaje tiene dos etapas claramente distintas, separadas por más de una década.
La primera versión apareció en Flash Comics #1, en enero de 1940. Se llamaba Jay Garrick. Estudiante universitario que inhala vapor de agua pesada —hard water, en la historia original— y adquiere superpoder: la velocidad. El diseño era simple: casco alado tipo Mercurio, pantalón azul, camisa roja con rayo. Sin máscara. Sin secreto de identidad particularmente elaborado. Era un héroe de la Edad de Oro: efectivo, simpático y sin mucha profundidad psicológica.
Jay Garrick fue popular durante la Edad de Oro. Era uno de los personajes ancla de la All-Star Comics, junto a otros héroes que después formarían la Justice Society. Pero en 1949, como le pasó a casi todos los superhéroes de esa era, las ventas cayeron y The Flash fue cancelado.
Por ocho años, Flash no existió.
Lo que pasó después es uno de los movimientos editoriales más importantes de la historia del cómic americano.
Barry Allen y el nacimiento de la Edad de Plata
Julius Schwartz era editor en DC desde 1944. Venía del mundo de la ciencia ficción —había sido agente literario de escritores como Ray Bradbury— y tenía una intuición muy particular para lo que funcionaba en narrativa especulativa. A mediados de los 50, DC le pidió que intentara revivir algunos superhéroes de la Edad de Oro.
Schwartz tomó una decisión que parece obvia ahora pero que en ese momento no lo era para nada: no revivió al mismo personaje. Creó uno nuevo. Mismo nombre, mismos poderes, diferente persona.
El nuevo Flash era Barry Allen. Científico forense, metódico, un poco aburrido —siempre llegaba tarde a todo, antes de que lo golpeara el rayo—. El origen era radicalmente distinto: un rayo cae en su laboratorio, lo baña de químicos y le da superpoderes. Y hay un detalle que parece menor pero es fundamental: cuando Barry Allen se despierta en el hospital y descubre que puede moverse a velocidades increíbles, su reacción es acordarse de los cómics del Flash que leía de chico.
Jay Garrick existía en el universo de Barry Allen. Como personaje de cómic.
El nuevo Flash debutó en Showcase #4 en octubre de 1956. Fue un éxito. Se considera ese número el inicio de la Edad de Plata —Silver Age— del cómic americano. El relanzamiento de los superhéroes después del desastre del Comics Code.
Barry Allen era distinto a los héroes de la Edad de Oro no solo en personalidad. El tono era diferente: más científico, más racional, con una pseudo-explicación física para cada poder. Los escritores de la Edad de Plata eran fans de la ciencia ficción. Querían que todo tuviera una explicación. No era magia: era física cuántica que todavía no entendemos.
El vibrador molecular para atravesar paredes. La velocidad como manipulación del tiempo. El fuerza de la velocidad —Speed Force— como dimensión propia del universo. Barry Allen convirtió a Flash en el superhéroe más conectado a la ciencia ficción hard de los años 50.
Y funcionó. La colección creció. Flash se convirtió en uno de los pilares de DC. Y Schwartz siguió el mismo truco con Green Lantern, Hawkman y otros personajes: mismo nombre, nueva identidad, nuevo origen, mismo espíritu.
El problema llegó cuando los fans empezaron a preguntar: ¿qué pasó con Jay Garrick? ¿Dónde está el Flash original? ¿Existen los personajes de la Edad de Oro o no?
Schwartz necesitaba una respuesta. Y la respuesta que dio cambió todo.
Flash of Two Worlds: el multiverso nace
La historia es simple. "Flash of Two Worlds" fue escrita por Gardner Fox —que había creado a Jay Garrick en 1940— y dibujada por Carmine Infantino. La explicación era elegante: los personajes de la Edad de Oro no habían desaparecido. Existían en un universo paralelo. La Tierra-2, donde los héroes de los años 40 seguían activos, convivía con la Tierra-1, donde estaban los héroes modernos.
No había contradicción. No había retcon torpe —esa maniobra de reescribir la historia para que la continuidad cuadre—. Los dos Flashes existían. En mundos distintos.
Los lectores lo compraron completamente. "Flash of Two Worlds" se convirtió en uno de los números más pedidos de la historia de DC. Las cartas llegaban en cantidades enormes. ¿Habrá más historias con los dos Flashes? ¿Podría pasar lo mismo con otros personajes?
Schwartz entendió que tenía un filón. El año siguiente empezaron los crossovers anuales entre la Tierra-1 y la Tierra-2. Justice League de la Tierra-1 encontrándose con la Justice Society de la Tierra-2. Versiones distintas de los mismos personajes interactuando. Tramas que solo tenían sentido si aceptabas la premisa del multiverso.
Era narrativamente adictivo. El lector que conocía ambas Tierras tenía más contexto que el que solo seguía una. Se creaba una sensación de profundidad, de historia acumulada, de un mundo más grande que el que cualquier número individual podía mostrar.
A lo largo de los 60 y los 70, el multiverso de DC fue creciendo. Tierra-3, donde los héroes eran villanos y viceversa. Tierra-S, donde vivían los personajes de Shazam. Tierra-X, donde los nazis habían ganado la Segunda Guerra Mundial. Tierra-Prime, que era supuestamente el mundo real.
El sistema era infinitamente expansible. Cualquier personaje que DC hubiera publicado en cualquier momento de su historia podía tener un lugar en alguna Tierra. Las contradicciones de continuidad no eran errores: eran ventanas a universos alternativos.
El problema es que el sistema se fue complicando tanto que los lectores nuevos no podían entrar.
Crisis on Infinite Earths: el precio de la simplicidad
A principios de los 80, DC tenía décadas de continuidad acumulada. Había Tierras con numeraciones que requerían un guía para entender. Había personajes que existían en tres versiones distintas. Había historias que se contradecían sin ser crossovers del multiverso. Era un laberinto.
La respuesta de DC fue radical: Crisis on Infinite Earths, una miniserie de doce números publicada entre 1985 y 1986, escrita por Marv Wolfman y dibujada por George Pérez.
La premisa era simple aunque la ejecución no lo era: un ser llamado Anti-Monitor destruía universos enteros. En el proceso, DC iba a colapsar todos sus universos en uno solo. Una sola Tierra. Una sola historia. Un solo universo limpio y coherente para los lectores nuevos.
El precio era alto. Para que la crisis fuera real, personajes importantes tenían que morir. Wolfman quería que el evento se sintiera como una catástrofe genuina, no como un crossover de entretenimiento donde todo vuelve al status quo al final.
El personaje que pagó el precio más alto fue Barry Allen.
Flash murió en Crisis on Infinite Earths #8. Corrió tan rápido para destruir un cañón antimaterial del Anti-Monitor que literalmente se desintegró. Se convirtió en energía. Su cuerpo se deshizo mientras corría.
Era 1985. Barry Allen llevaba veintinueve años siendo Flash. Su muerte fue un shock para la industria. No era un personaje secundario. Era uno de los fundadores de la Edad de Plata. Era el pilar de la Justice League desde el primer número.
DC lo mató de todos modos. Porque querían que la Crisis se sintiera real.
La era Wally West
El sucesor de Barry fue Wally West, el sobrino de Iris Allen que había sido Kid Flash durante años. La transición no fue inmediata ni suave. Wally tardó tiempo en ganarse el traje rojo. La serie de The Flash con Wally, escrita durante los años 90 principalmente por Mark Waid, es considerada por muchos uno de los mejores runs de la historia de Flash como personaje. Waid exploró el Speed Force de maneras que ningún escritor anterior había intentado. Convirtió a Wally en una figura trágica y épica al mismo tiempo.
El Speed Force como concepto es interesante. No estaba en las primeras historias de Barry Allen. Apareció gradualmente en los escritos de Waid y otros como respuesta a una pregunta lógica: ¿de dónde viene la velocidad? ¿Qué es, físicamente, lo que hace correr a Flash?
La respuesta fue poética: hay una dimensión de energía pura vinculada al movimiento. Los speedsters —los personajes con superpoderes de velocidad— no solo son rápidos. Están conectados a esa dimensión. Cuando corren lo suficientemente rápido, pueden entrar en ella. Y cuando mueren —como Barry— no desaparecen. Se convierten en parte del Speed Force. Siguen existiendo ahí adentro, como energía.
Eso le dio a DC la coartada narrativa para traer de vuelta a Barry Allen veintitres años después.
El regreso de Barry Allen
Final Crisis en 2008, escrita por Grant Morrison, lo trajo de vuelta brevemente. Pero el regreso oficial y definitivo fue con The Flash: Rebirth en 2009, escrita por Geoff Johns y dibujada por Ethan Van Sciver.
Johns era —y sigue siendo— el escritor más importante de DC en esa era. Tenía una capacidad notable para tomar personajes caídos en desuso y devolverles relevancia. Lo había hecho con Green Lantern en Green Lantern: Rebirth años antes. Lo repitió con Barry Allen.
El Barry Allen de Johns no era una reedición del Barry de los años 60. Tenía el mismo origen, la misma personalidad fundamentalmente decente, pero una capa de trauma nueva: su madre había sido asesinada cuando era chico, su padre condenado por ese crimen. La imagen del hombre que llega tarde a todo tenía ahora una raíz psicológica oscura: Barry corre porque corre hacia algo. Quiere resolver el asesinato de su madre. Quiere ser suficientemente rápido para cambiar el pasado.
No era un personaje de la Edad de Plata. Era un personaje del siglo XXI con el look de la Edad de Plata.
El multiverso, mientras tanto, había vuelto a DC.
Flashpoint y la ficción de los universos paralelos
Infinite Crisis en 2005, Final Crisis en 2008, Flashpoint en 2011, The New 52 reboot, DC Rebirth en 2016, Dark Nights: Metal, Dark Nights: Death Metal... DC estuvo revolviendo el multiverso durante dos décadas seguidas. Cada evento "resolvía" la continuidad y la complicaba de nuevo.
Flashpoint merece su propia mención. En 2011, Barry Allen viaja al pasado para salvar a su madre y crea una línea de tiempo alternativa donde todo está mal: Thomas Wayne es Batman, Aquaman y Wonder Woman están en guerra, Superman nunca llegó a la Tierra. Es la historia que después adaptó la serie de televisión de Flash de CW y la película The Flash de 2023.
La idea central de Flashpoint —que cambiar el pasado destruye el presente— es tan limpia y tan efectiva que se convirtió en el arco de Flash más adaptado fuera de los cómics. La televisión, el cine y los videojuegos volvieron a ella una y otra vez.
Hablando de la serie de televisión: The Flash en CW, que arrancó en 2014, fue uno de los productos más exitosos del Arrowverse. Grant Gustin como Barry Allen, con una mezcla de ligereza y drama que funcionó muy bien durante varias temporadas. La serie introdujo el multiverso en televisión de una manera masiva, accesible y popular. Millones de espectadores que no sabían quién era Julius Schwartz aprendieron qué era la Tierra-2 viendo esa serie.
Y después llegaron las películas.
El MCU de Marvel había construido su propio multiverso para 2021 con Spider-Man: No Way Home y Doctor Strange in the Multiverse of Madness. DC respondió con The Flash en 2023, usando a Ezra Miller como Barry y trayendo de vuelta a Michael Keaton como Batman de la película de Tim Burton de 1989.
El concepto que Julius Schwartz había desarrollado para explicar una contradicción editorial en 1961 se había convertido en el mecanismo narrativo central de la industria del entretenimiento más grande del mundo.
El multiverso resuelve un problema específico. Cuando una franquicia lleva décadas acumulando historia, actores que envejecen, decisiones creativas que el público rechazó, el multiverso da una salida limpia. No borramos lo que pasó. Lo ponemos en otra Tierra. El reboot no es un reboot: es un universo alternativo. El actor que ya no puede hacer el papel sigue existiendo en "su" universo. El personaje sigue vivo en alguna dimensión.
Es una solución narrativa que también es una solución de marketing.
> "Las franquicias nunca terminan realmente. Solo se ramifican."
Hay algo curioso en eso, porque la Crisis on Infinite Earths de 1985 fue exactamente lo contrario: el intento de simplificar, de podar, de terminar con la proliferación. Funcionó durante un tiempo. Después el multiverso volvió a crecer.
Es como si el concepto fuera inevitable. Como si la lógica interna de un universo narrativo que lleva décadas funcionando exigiera, en algún punto, la posibilidad de los universos paralelos.
Flash y la dimensión filosófica de la velocidad
Flash es el personaje central de todo eso. No de casualidad. La velocidad como poder lleva naturalmente a preguntas sobre el tiempo: ¿podés viajar al pasado? ¿Podés cambiar el presente? ¿Qué pasa si cambiás una cosa? Y de las preguntas sobre el tiempo se llega naturalmente a las preguntas sobre las líneas de tiempo alternativas.
Barry Allen era el personaje perfecto para abrir esa caja. Un científico forense con poderes de velocidad que leía cómics de superhéroes de chico. Era exactamente el tipo de personaje que haría la pregunta: ¿qué pasa si hay otra versión de mí en otra dimensión?
Hay que mencionar también el rol de Carmine Infantino, el dibujante que definió visualmente a Barry Allen. Infantino diseñó el traje rojo con rayo dorado, el casco pequeño con alas, la silueta aerodinámica que transmitía velocidad en reposo. Era un diseño limpio y funcional que envejeció bien: el Flash de los dibujos animados de hoy todavía lo reconoce. Infantino también inventó la puesta visual del movimiento de Flash —las líneas de velocidad, el efecto de desenfoque, la manera de mostrar que un cuerpo se mueve más rápido que el ojo puede seguir— que se convirtió en el vocabulario estándar del género.
Cuando Barry Allen murió en Crisis on Infinite Earths, Infantino ya no trabajaba en el personaje. Pero su legado visual seguía ahí. El traje que diseñó sobrevivió a la crisis, al relanzamiento, a las décadas de cambios.
Hay una dimensión filosófica en Flash que los mejores escritores del personaje exploraron: la pregunta sobre la responsabilidad temporal. Si podés correr hacia atrás en el tiempo —y Barry puede— ¿tenés la obligación de hacerlo para prevenir tragedias? ¿Dónde está el límite?
Barry Allen lo cruza en Flashpoint. Viaja al pasado para salvar a su madre. La consecuencia es una línea de tiempo rota. Eso no es solo un argumento de ciencia ficción. Es una historia sobre el duelo y la tentación de reescribirlo. Sobre lo que perdés cuando intentás deshacer lo que perdiste.
Flashpoint funciona tan bien porque Barry Allen no es un villano en ese arco. Es alguien que hizo lo que cualquiera haría si pudiera: salvar a su madre. El mundo roto no es el resultado de maldad sino de amor mal aplicado.
Esa tensión —entre el poder de cambiar el pasado y la responsabilidad de aceptar la pérdida— es el núcleo dramático más poderoso que el personaje de Flash tiene. Y Julius Schwartz la sembró sin querer cuando creó un personaje que leía cómics del pasado y podía correr a través del tiempo.
Wally West y el legado del multiverso
Wally West merece su propia mención antes de terminar. Wally fue Kid Flash durante décadas, el sobrino de Iris Allen, el aprendiz de Barry. Cuando tomó el manto después de la Crisis, tardó años en ser aceptado por el fandom como Flash legítimo. Era el segundo. El sustituto. Los lectores querían a Barry.
Mark Waid cambió eso. En su run de los años 90, Waid construyó a Wally como alguien que tenía que ganarse el derecho al título. No había nacido para eso. No tenía el suero de super soldado ni el origen mítico. Era un chico que entrenó, que perdió a su mentor, y que decidió honrar ese legado siendo mejor de lo que creía posible.
El arco "The Return of Barry Allen" de Waid —donde alguien que dice ser Barry regresa y Wally tiene que resolver si es real y qué significa para su propia identidad— es una de las mejores historias sobre la herencia y la identidad que el cómic americano produjo en esa era.
Wally West tuvo más velocidad que Barry en el pico de su poder. Logró cosas que Barry no había podido. Y aun así, cuando Barry volvió oficialmente en Final Crisis y Rebirth, el fandom lo recibió como si el padre hubiera vuelto a casa.
El personaje de Iris Allen —la esposa de Barry— también tuvo un arco que vale la pena mencionar. Iris murió en los cómics en 1979, asesinada por el Profesor Zoom, el Reverso Flash. Fue la primera muerte importante de pareja en el universo DC de la Edad de Plata. Barry después mató al Reverso Flash para salvar a otra mujer que amaba, y ese acto —matar a un enemigo— lo llevó a juicio por homicidio. Fue el primer superhéroe de DC sometido a un proceso legal real dentro de la ficción.
El arco del juicio de Barry Allen duró más de un año real de publicación. Era denso, legalista, y raro para un cómic de superhéroes de esa época. Los lectores estaban divididos. Algunos lo encontraban fascinante. Otros extrañaban simplemente ver a Flash corriendo y golpeando a villanos.
Terminó con la absolución de Barry —los jurados no encontraron culpa— pero el daño emocional estaba hecho. Era un personaje que cargaba con esa historia cuando llegó a Crisis on Infinite Earths y eligió morir para salvar todo.
Hay algo en Barry Allen —en la pureza del origen, en la figura del científico decente que un accidente convirtió en héroe— que genera una lealtad que Wally, con toda su profundidad psicológica, nunca pudo igualar del todo.
Hay una coda importante en la historia editorial del multiverso que no puede quedarse afuera: el DC Rebirth de 2016. Después de años de reboots y relecturas, Geoff Johns escribió un número especial de relanzamiento que en su página final revelaba algo perturbador: el universo DC había sido manipulado. Alguien externo a la continuidad había robado décadas de historia, había quitado el legado, había hecho que los personajes fueran más oscuros y menos conectados entre sí.
Ese alguien era el Doctor Manhattan de Watchmen.
Era una movida de Johns audaz y divisiva. Conectar el universo DC con Watchmen significaba que la obra que había deconstruido al superhéroe ahora quedaba integrada en la ficción de superhéroes que había deconstruido. Los personajes de Watchmen, finalmente, eran parte del universo DC.
Alan Moore no lo comentó. Su silencio en ese tema ya era una respuesta conocida.
La resolución de esa historia llegó con Doomsday Clock, que tardó años en publicarse y que intentó dar una conclusión al argumento sin terminar de satisfacer a nadie completamente. Pero el gesto de Johns —usar a Doctor Manhattan como motor de la historia— decía algo sobre cómo Watchmen se había vuelto tan central al cómic de superhéroes americano que no se podía ignorar ni siquiera dentro de la ficción.
El multiverso fagocitó también a Watchmen.
> "Julius Schwartz lo vio en 1961. Lo resolvió con una historia de veinticuatro páginas. El mundo todavía está lidiando con las consecuencias."
Julius Schwartz lo vio en 1961. Lo resolvió con una historia de veinticuatro páginas.
El mundo todavía está lidiando con las consecuencias.
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