
La historia completa del Joker
Desde sus orígenes en los cómics hasta sus versiones más icónicas en el cine, exploramos la evolución del Joker: sus interpretaciones, motivaciones y cómo se convirtió en uno de los villanos más fascinantes y perturbadores de la cultura popular.
En la primavera de 1940, un editor de DC Comics leyó las páginas del primer número de Batman y tomó una decisión que cambió los cómics para siempre. El Joker, el payaso que aparecía en ese número, iba a morir en la última página. Así estaba planeado. Un villano de un solo uso, como tantos otros.
El editor se llamaba Whitney Ellsworth. Agarró un lápiz y tachó la viñeta de la muerte. Al costado escribió: "Keep him alive" —mantenelo vivo—.
Esa decisión, tomada en treinta segundos, creó al villano más importante de la historia de los cómics.
Bienvenidos a En Veinte Minutos. Hoy, la historia completa del Joker.
La disputa de los creadores
Lo primero que hay que entender del Joker es que nadie sabe quién lo creó. No como chiste. Literalmente: durante décadas, tres personas distintas reclamaron la paternidad del personaje, y las tres tenían argumentos.
Bob Kane dijo que era suyo. Kane era el creador oficial de Batman —o al menos el que firmaba los créditos— y por extensión reclamó todo lo que vino después.
Bill Finger dijo que era suyo. Finger era el guionista en las sombras de Batman, el tipo que había inventado el traje, el nombre Gotham City, el origen del murciélago y básicamente todo lo que hacía a Batman interesante. Kane ponía la firma; Finger ponía las ideas.
Jerry Robinson dijo que era suyo. Robinson era el asistente de Kane en esa época, un pibe de diecisiete años que dibujaba los fondos y las figuras secundarias, y que según él mismo llegó un día con una baraja de naipes y una carta específica: el joker, el comodín.
La historia oficial durante muchísimos años fue la de Kane. Kane era el que hablaba, el que iba a convenciones, el que firmaba autógrafos. Finger murió en 1974 sin crédito oficial en ningún cómic de Batman. Robinson fue más ruidoso: habló en entrevistas, escribió un libro, y hasta los últimos años de su vida —murió en 2011— insistió en que la imagen del Joker venía de esa carta, de ese comodín.
Lo que hoy acepta la mayoría de los historiadores del medio es que el Joker fue un trabajo colectivo. La imagen probablemente sea de Robinson. El nombre y la carta, también. Los detalles del personaje, la psicología, el primer guion, probablemente de Finger. Y Kane, bueno, Kane estaba en el mismo cuarto.
La inspiración visual es un dato que sí está documentado. Robinson mencionó al actor Conrad Veidt y su papel en la película The Man Who Laughs de 1928. Veidt interpretaba a un hombre con la cara deformada de manera que siempre parecía sonreír. Siempre. Una sonrisa permanente, involuntaria, que no expresaba alegría sino algo mucho más inquietante. Esa imagen —la sonrisa que no es una sonrisa— es el núcleo del Joker desde el primer boceto.
El primer Joker apareció en Batman #1, en la primavera de 1940. El mismo número que introdujo a Catwoman. Y como dijimos: iba a morir en ese número. Whitney Ellsworth lo salvó.
En esas primeras historias, el Joker ya es reconocible: el traje púrpura, el pelo verde, la sonrisa fija. Pero hay algo en el tono que hoy se siente ajeno. Es un asesino. Mata gente. Es genuinamente amenazante. No hay chistes de payaso, no hay gadgets absurdos, no hay plan ridículo con acertijos. Hay un tipo que envenena personas y que parece disfrutarlo.
Eso no iba a durar.
El payaso de televisión
En los años 50, los cómics de Estados Unidos tuvieron una crisis enorme. El Dr. Fredric Wertham publicó Seduction of the Innocent, un libro que acusaba directamente a la industria de corromper a los jóvenes. El Congreso convocó audiencias. Las editoriales, aterradas, crearon el Comics Code Authority, un sistema de autocensura que prohibía el horror explícito, los crímenes presentados de manera atractiva y básicamente cualquier cosa que pudiera inquietar a un adulto de clase media norteamericana.
El resultado fue el Joker de los años 60: un payaso de televisión para chicos.
No es exageración. El Joker del Silver Age —la época que arranca más o menos en 1956 y llega hasta principios de los 70— es un tipo que planea robberies temáticos. El crimen de los juguetes. El crimen de los números. El crimen de los colores. Sus planes son absurdos. Batman y Robin los resuelven sin sudar. Nadie muere. Nadie sangra. Es casi un personaje cómico.
La serie de televisión con Adam West, que se emitió entre 1966 y 1968, capturó perfectamente ese espíritu. Cesar Romero interpretó al Joker con visible disfrute: campante, ruidoso, inofensivo. Romero se negó a afeitarse el bigote para el papel y simplemente se pintó encima. Se nota. Y no importa, porque ese Joker no necesitaba credibilidad amenazante. Necesitaba ser gracioso.
Pero el cómic estaba cambiando.
La reinvención oscura
A finales de los 60 y principios de los 70, una nueva generación de escritores y dibujantes llegó a DC con ganas de hacer algo diferente. Los dos nombres más importantes de esa transición son Dennis O'Neil como guionista y Neal Adams como dibujante. Juntos reformularon a Batman: lo sacaron de la atmósfera camp, lo volvieron oscuro, lo pusieron de noche en una Gotham amenazante. Y al Joker le devolvieron algo que había perdido.
En Batman #251 de 1973, O'Neil escribió una historia titulada "The Joker's Five-Way Revenge". El Joker mata. Mata de verdad. Hay un tiburón. Hay un viejo compinche asesinado en una silla de ruedas. Hay una sensación de peligro genuino que el cómic de superhéroes no tenía desde hacía décadas. Neal Adams dibujó un Joker delgado, anguloso, con algo reptiliano en la cara. Hermoso y aterrador al mismo tiempo.
Ese número se considera la reinvención moderna del Joker. Es el momento en que el personaje deja de ser un villano de episodio y se convierte en una amenaza existencial.
Al año siguiente, DC le dio al Joker su propia serie. The Joker, 1975, nueve números. Era raro. El protagonista era el villano y el código del Comics Code seguía vigente, así que el Joker no podía ganar de verdad, no podía matar, no podía hacer nada demasiado oscuro. La serie no funcionó y fue cancelada. Pero el intento decía algo: el personaje era lo suficientemente interesante como para sostener una historia solo.
Los años 80 cambiaron todo.
Los años ochenta: The Killing Joke
El cambio llegó por dos lados al mismo tiempo. Primero, el Comics Code fue perdiendo autoridad. Las editoriales empezaron a publicar material para adultos al margen del sello. Segundo —y más importante— llegaron dos historias que redefinieron al Joker para siempre.
La primera es The Dark Knight Returns, de Frank Miller, en 1986. El Joker aparece en el tercer número de esa miniserie. Llevaba una década sin aparecer, en estado catatónico en un psiquiátrico. Cuando Batman vuelve, el Joker despierta. Es como si uno le diera sentido al otro. "Sin el murciélago, soy un payaso haciendo preguntas tontas", dice en algún momento. La dependencia mutua entre los dos —la idea de que se necesitan para existir— nunca había sido tan explícita.
La segunda historia es The Killing Joke, de Alan Moore y Brian Bolland, en 1988. Y acá es donde la cosa se pone interesante de verdad.
The Killing Joke propone un origen para el Joker. No un origen definitivo —el propio Joker dice en el libro que prefiere que su pasado sea "múltiple, sin forma"— sino una posibilidad. Un comediante de stand-up fracasado. Un tipo con una vida gris, una esposa embarazada, y la necesidad desesperada de hacer reír a la gente y no poder. Un tipo al que las circunstancias empujan a hacer una sola cosa terrible, y que esa cosa terrible lo rompe por dentro para siempre.
La premisa del libro es que cualquier persona puede quebrarse con "un mal día". Que la diferencia entre Batman y el Joker no es el origen sino las decisiones. Que la locura es una respuesta razonable a un mundo irrazonable.
> "La premisa del libro es que cualquier persona puede quebrarse con 'un mal día'. Que la diferencia entre Batman y el Joker no es el origen sino las decisiones."
Es una idea oscura. Y es la idea que moldeó la percepción del personaje para las décadas siguientes.
Moore también hizo algo en ese libro que generó polémica enorme: el Joker secuestra a Barbara Gordon —Batgirl— la dispara y la deja paralítica. Y hay implicaciones de algo peor. La escena existe para traumatizar a Jim Gordon, pero el daño a Barbara fue real y permanente en la continuidad de DC durante años. Fue una de las decisiones editoriales más discutidas del período. Moore después dijo que si le hubieran dicho que no, habría escrito otra cosa. Nadie le dijo que no.
The Killing Joke se vendió como crep. Fue uno de los primeros cómics en formato prestige, tapa dura, de colección. Se agotó y se reimprimió varias veces. Sigue siendo uno de los cómics más vendidos de la historia de DC.
A Death in the Family
Pero el evento que realmente sacudió a la industria fue lo que pasó ese mismo año, en 1988, en Batman #426 al #429: "A Death in the Family".
Jim Starlin era el escritor. La historia era sobre Jason Todd, el segundo Robin, que había reemplazado a Dick Grayson. Jason Todd era un personaje difícil: impulsivo, duro, sin la simpatía que Dick tenía naturalmente. A los lectores no les caía bien. Y DC, en un movimiento de marketing que hoy parece de otro planeta, decidió dejar la decisión en manos de los lectores.
Publicaron dos números de teléfono. Uno para votar que Jason vivía. Otro para votar que moría.
La votación duró 36 horas. Llamaron más de diez mil personas. El resultado: 5.343 votos por la muerte contra 5.271 por la vida. Setenta y dos votos de diferencia.
Hay una historia, verificada parcialmente, de que un hombre llamó varias veces seguidas para votar por la muerte. Si es cierto, posiblemente cambió el resultado. Lo que sí es cierto es que el margen fue ridículo.
Jason Todd murió. El Joker lo mató a palos con una palanca. Literalmente. Y después hizo explotar el edificio.
El número se vendió agotado en cuestión de días. La muerte de un personaje secundario —un personaje que mucha gente ni siquiera quería— fue noticia en los diarios. El cómic mainstream había perdido su inocencia definitivamente.
El Joker de los 90 siguió siendo una presencia constante pero irregular. Apareció en No Man's Land —el arco donde Gotham queda destruida por un terremoto y el gobierno la abandona— y tuvo una de sus escenas más perturbadoras: la matanza de bebés en una comisaría. Impactante en papel. Brutalmente efectiva. Pero el personaje estaba un poco sobreexpuesto. Aparecía en todo. El peligro de usar mucho a un villano es que deja de dar miedo.
Heath Ledger y el salto al mainstream
El verdadero salto al mainstream masivo llegó en 2008.
The Dark Knight, de Christopher Nolan, con Heath Ledger como el Joker. No hace falta hablar mucho de esto porque todos lo vieron. Ledger ganó el Oscar póstumo. La performance es una de las mejores en la historia del cine de superhéroes. El personaje que Ledger construyó mezclaba al Joker de O'Neil y Moore —amenazante, imprevisible, filosóficamente perturbador— con algo nuevo: un agente del caos que no quiere nada concreto. No quiere plata. No quiere poder. Solo quiere ver qué pasa cuando el orden se rompe.
"Algunos hombres solo quieren ver el mundo arder", dice Alfred en esa película. Es la descripción perfecta.
Lo que hizo esa película fue traer al Joker a una audiencia que nunca había leído un cómic. De golpe, todo el mundo tenía una opinión sobre el personaje. De golpe, era cultural en un sentido masivo, no solo de fans.
Joker (2019)
Y eso preparó el terreno para algo más complicado: Joker, la película de Todd Phillips de 2019, con Joaquin Phoenix.
Esta película es divisiva. No en el sentido de "a algunos les gustó y a otros no". En el sentido de que generó debates genuinos sobre qué tipo de historia estaban contando y para quién.
Phoenix interpreta a Arthur Fleck, un comediante fracasado en una Gotham distópica, que se transforma en el Joker. La película está construida sobre la misma premisa de The Killing Joke: el "mal día" que rompe a un hombre. Pero va más lejos. Arthur es víctima de un sistema que lo ignora, lo medica, lo humilla. Su transformación en asesino se presenta con una lógica casi comprensible.
El film ganó la Palma de Oro en Cannes. Phoenix ganó el Oscar. Y hubo debates sobre si la película glorificaba la violencia, si podía inspirar actos reales. El FBI emitió alertas en algunos cines antes del estreno.
En términos de cómics, Joker la película no se basa en ningún arco específico. Es un pastiche de influencias: Scorsese, el Joker de O'Neil, el de Moore, algo de The Dark Knight Returns. Pero capturó algo del personaje que ninguna versión anterior había hecho tan explícitamente: la pregunta sobre si el Joker es un monstruo o un producto.
Esa pregunta es la que hace que el personaje sea inagotable.
El personaje inagotable
Porque el Joker funciona de maneras distintas dependiendo de lo que el escritor quiera decir. En las historias de O'Neil y Adams es el caos frente al orden de Batman. En The Killing Joke es el espejo de Batman, la otra cara de la misma moneda. En "Death in the Family" es la brutalidad sin sentido, el mal puro. En The Dark Knight es un agente filosófico que pone a prueba los límites morales de los demás. En Joker de 2019 es casi una figura trágica, aunque nunca pierde la amenaza.
Ninguna versión cancela a las otras. Todas coexisten. Y eso es algo inusual en un personaje de cómic: que se sostenga tan bien con lecturas tan distintas.
Los mejores escritores entendieron que el secreto del Joker no es tener una buena respuesta sobre quién es. Es no tenerla. El personaje es más interesante cuando no hay origen definido. Cuando no sabés si lo que te está contando es verdad o mentira. Cuando el propio Joker no parece saberlo.
En Batman: The Man Who Laughs —versión moderna del primer encuentro entre Batman y el Joker, escrita por Ed Brubaker en 2005— hay un detalle que resume todo. Batman analiza al Joker por primera vez y concluye algo perturbador: no hay nada detrás de la máscara. No hay trauma que explique todo. No hay figura paterna que resolver. Hay un hombre que decidió que el mundo es una broma y que se tomó esa decisión muy en serio.
Eso es lo que da miedo. No el origen. La elección.
Hay una relación que los mejores cómics de Batman siempre explotan: la dependencia mutua. Batman le da sentido al Joker. El Joker le da sentido a Batman. Sin uno, el otro no funciona del mismo modo. Grant Morrison lo trabajó durante su larga etapa en Batman —más o menos de 2006 a 2013— de maneras cada vez más abstractas. Llegó al punto de que el Joker regenera su propia identidad periódicamente. Que "muere" como versión de sí mismo y renace como otra. Que hay varios Jokers históricos y que ninguno es definitivo.
Ese arco conceptual culminó en DC: Death of the Family de Scott Snyder en 2012: el Joker regresa después de un período de ausencia, se corta la cara literalmente —en una historia anterior llamada "Winning" se la habían arrancado— y vuelve a ponérsela como máscara. El horror visual era explícito. Pero lo que Snyder hacía con eso era narrativamente interesante: el Joker que regresa es uno que conoce las identidades secretas de todos los Bat-Family y deliberadamente elige no usarlas. Porque para él no importan. Batman no es Bruce Wayne. Es la idea. Y él solo quiere pelear contra la idea.
En Three Jokers, de Geoff Johns y Jason Fabok en 2020, DC intentó resolver algo que Morrison había sembrado: la posibilidad de que hubiera tres Jokers distintos actuando a lo largo de la historia. La miniserie fue bella visualmente y narrativamente ambiciosa, aunque dividió a los fans. Hay quienes piensan que explicar demasiado al Joker le quita magia. Que el misterio es parte del personaje.
Probablemente tengan razón.
La dimensión visual y el legado
Lo que hace al Joker único en el panteón de los villanos del cómic es que sobrevivió a todo. Sobrevivió al Comics Code que lo convirtió en payaso de televisión. Sobrevivió al exceso de los 90. Sobrevivió a varias muertes. Sobrevivió a las adaptaciones, buenas y malas. Sobrevivió a Heath Ledger y a Joaquin Phoenix, que son performances tan buenas que podrían haber devorado al personaje.
No lo devoraron. El Joker en el cómic sigue siendo relevante. Sigue siendo el villano que los escritores eligen cuando quieren hacer algo serio con Batman.
Hay algo en ese payaso de malla púrpura y pelo verde que conecta con algo profundo en la audiencia. No es la violencia. Es la pregunta. La pregunta de si el mundo tiene sentido o si es una broma sin remate. La pregunta de qué le pasa a un hombre cuando decide que la respuesta es lo segundo.
> "El Joker no tiene poderes. No tiene tecnología de ciencia ficción. No tiene ejércitos. Tiene esa pregunta. Y con eso le alcanza y le sobra para ser el villano más aterrador que los cómics hayan producido."
Hay un dato editorial curioso que vale mencionar acá. El Joker fue el primer personaje de cómic en tener su propia revista mensual como villano —The Joker, 1975— pero no el más exitoso. La serie duró nueve números. Lo interesante no es que haya fracasado sino que DC lo intentó tan temprano. Ya en los 70 la editorial sabía que el personaje tenía algo especial, algo que iba más allá del rol de antagonista recurrente. Era suficientemente rico como para ser protagonista. El problema era el Comics Code: sin poder ganar de verdad, sin poder dañar de verdad, el Joker como protagonista no tenía lugar a donde ir.
Esa restricción desapareció de a poco. El código se fue relajando durante los 80, y los cómics para adultos fuera de la distribución tradicional empezaron a proliferar. The Killing Joke se publicó en formato prestige —tapa dura, papel de calidad, precio más alto— precisamente porque ese formato estaba fuera del esquema habitual y podía contener material más oscuro.
El formato importó. La historia de Alan Moore llegó a lectores que no compraban los números mensuales. Llegó a personas que coleccionaban, que querían algo de calidad de producción, que estaban dispuestos a pagar más. The Killing Joke fue uno de los primeros éxitos masivos del cómic de superhéroes como objeto de colección, no solo como entretenimiento mensual.
Eso abrió una puerta que la industria siguió usando. Los eventos especiales, las miniseries de autor, los formatos prestige: todos deben algo a lo que The Killing Joke demostró que era posible.
Hay también una dimensión visual en la historia del Joker que merece atención. Cada artista que lo dibujó eligió un aspecto diferente del personaje. El Joker de Jerry Robinson era anguloso, amenazante, con algo casi sobrenatural en la cara. El de Dick Sprang —el dibujante principal de Batman en los años 40 y 50— era más caricaturesco, más de dibujo animado. El de Neal Adams en los 70 volvió al terror original pero con una anatomía más realista. El de Brian Bolland en The Killing Joke es perfecto en su horror clínico: cada detalle del maquillaje, cada arruga de la sonrisa está diseñado con precisión quirúrgica.
Y después está el Joker de Jim Lee, el de Greg Capullo, el de Tony Daniel. Cada generación de dibujantes pone algo propio en el personaje. Lo que no cambia es la sonrisa y el traje. Lo que cambia es el grado de humanidad residual: algunos Jokers parecen todavía personas que se corrompieron; otros parecen haber sido siempre algo diferente.
Esa variabilidad visual es parte de la magia. No hay un Joker canónico definitivo en el papel. Hay docenas de interpretaciones visuales, todas válidas, todas coexistiendo.
El Joker de Batman: The Animated Series —la serie de animación de los 90, producida por Bruce Timm— es otro capítulo importante en la historia del personaje fuera de los cómics. Mark Hamill puso la voz. Hamill, famoso por ser Luke Skywalker en Star Wars, encontró en el Joker el personaje que iba a definir la segunda mitad de su carrera. Su interpretación vocal es una mezcla perfecta de humor y amenaza. Podía pasar de la carcajada al silencio frío en medio de una oración y ese silencio daba más miedo que los gritos.
The Animated Series también produjo el origen de Harley Quinn —la psiquiatra del Arkham que se enamora del Joker— que después pasó a los cómics y se convirtió en uno de los personajes más populares de DC. Otra creación colectiva, en este caso de Paul Dini y Bruce Timm, que el Joker hizo posible simplemente por existir.
El personaje genera personajes. Genera historias. Genera preguntas que no tienen respuesta.
Whitney Ellsworth agarró ese lápiz en 1940 y tachó una viñeta.
No sabía lo que estaba salvando.
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