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El nacimiento de Superman y el inicio de los superhéroes
Episodio 1

El nacimiento de Superman y el inicio de los superhéroes

Andres AguilarAndres Aguilar

En junio de 1938, en los kioscos de todo Estados Unidos apareció un número de revista con una tapa imposible de olvidar: un hombre con capa roja y malla azul levantaba un auto por encima de su cabeza mientras varios tipos huían despavoridos. La...

En junio de 1938, en los kioscos de todo Estados Unidos apareció un número de revista con una tapa imposible de olvidar: un hombre con capa roja y malla azul levantaba un auto por encima de su cabeza mientras varios tipos huían despavoridos. La revista se llamaba Action Comics, era el número uno, y costaba diez centavos. Nadie sabía todavía que ese gesto inauguraba un género entero.

Action Comics #1

Lo que había en esa tapa no era solo un personaje nuevo. Era la primera vez que el mundo veía a un superhéroe —una palabra que todavía no existía con el significado que tiene hoy—. Había pulps, serials radiofónicos, cine de aventuras. Pero un hombre que vuela, detiene balas, viene de otro planeta y usa su poder para proteger a los débiles era algo radicalmente distinto.

Y nació en el dormitorio de dos pibes de Cleveland, Ohio.

Siegel y Shuster

Jerry Siegel tenía quince años cuando empezó a pensar en Superman. No era el chico popular del colegio: delgado, introvertido, lector voraz de ciencia ficción y pulps. Su mejor amigo, Joe Shuster, acababa de llegar de Canadá con su familia, tan pobre que dibujaba en papel de envolver cuando no tenía nada mejor. Pero dibujaba increíblemente bien.

Se conocieron en el secundario, en el club de ciencia ficción, y clic: tenían el mismo universo en la cabeza.

La primera versión de Superman —la que Jerry escribió en 1933, con diecinueve años— no se parecía en nada al personaje que conocemos. Era un villano: un científico loco con poderes mentales que buscaba dominar el mundo. Jerry lo publicó en una fanzine y enseguida entendió que algo no funcionaba. La gente quería a alguien por quien torcer. No un malo con poderes: un bueno.

De villano a héroe

La nueva versión llegó en 1934 con el ADN del Superman clásico: un extraterrestre enviado desde un planeta moribundo, adoptado por una familia humana, criado con compasión y con la idea de que un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Sí, Marvel después popularizaría esa frase con Spider-Man, pero la semilla estaba acá.

Lo que Jerry vio —y esto es clave— es que el superhéroe tenía que ser distinto al héroe de acción clásico. No era Tarzán en la jungla ni el detective brillante. Era fantasía de poder puro al servicio de la justicia: el chico tímido que en secreto puede hacer lo que los otros no.

¿Y quién era Jerry Siegel? Un adolescente marginado.

Hay un dato biográfico que suele aparecer en los análisis del origen: el padre de Jerry fue asesinado en 1932 durante un robo a su negocio. Jerry tenía diecisiete años. Algunos académicos lo vinculan con la matriz emocional del personaje —un hombre invulnerable al que nada le puede hacer daño—. Es especulación, pero especulación con peso.

Años de rechazo

Durante años, Jerry y Joe golpearon puertas en la industria editorial americana y se las cerraron en la cara. Las cartas de rechazo se acumularon: No es lo suficientemente sofisticado. Los lectores adultos no van a comprar esto. Es demasiado fantasioso.

El personaje estuvo en un cajón, revisado y reformado, siempre rechazado.

Jerry contó muchas veces cómo nació Clark Kent: una noche de insomnio le llegó la imagen completa —el periodista tímido, los anteojos, la chica que no lo mira, el superhéroe que ella adora sin saber que es la misma persona—. Lois Lane también nació ahí: fuerte, independiente, periodista, revolucionario para un personaje femenino de los 30.

Joe construyó la estética mirando fisicoculturistas de revistas de salud, sobre todo Joe Bonomo. La silueta —pecho ancho, cintura angosta, postura erguida— viene de ahí. La S del pecho, hoy uno de los logos más reconocibles del planeta, al principio era solo una inicial decorativa. La mitología kryptoniana llegó mucho después.

El trato con DC

En 1938, después de años de rechazos, Detective Comics —DC antes de llamarse DC— les compró el personaje.

Ojo al contrato: Jerry y Joe cedieron todos los derechos de Superman por 130 dólares. En ese momento parecía razonable para dos pibes que nunca habían vendido nada; la editorial los contrató para seguir produciendo. Parecía un buen deal. No lo era. Pero eso es otra parte de la historia, una de las más tristes del entretenimiento.

Lo que importa ahora es junio de 1938 y Action Comics #1.

La tira era una versión comprimida de páginas que ya tenían hechas. El origen era más breve que el de después —Krypton, los padres, la nave, la granja— pero estaba todo. Y la acción era inmediata: en la primera página Superman irrumpe en el despacho de un gobernador para salvar a una mujer inocente condenada a muerte. Sin backstory interminable. Acción, causa, efecto.

Un éxito instantáneo

Las ventas de Action Comics antes de Superman oscilaban entre 200.000 y 300.000 copias. Después de que Superman apareció en tapa, para 1939 se vendían cerca de 900.000 por número. Los lectores escribían cartas preguntando por ese hombre que levantaba el auto.

Superman era simple —no simplista—: premisa cristalina. Viene de otro planeta, tiene superpoderes, hace el bien. Eso liberaba a los escritores para contar historias sin reexplicar al personaje cada número.

También era aspiracional de una manera muy concreta. Estamos en 1938, en plena Gran Depresión, con la Segunda Guerra Mundial asomando. Los lectores eran trabajadores, inmigrantes, familias que llegaban a fin de mes de milagro. Y aparece un tipo con mandíbula cuadrada que no puede ser corrompido, no puede ser comprado, no le tiene miedo a nadie, y siempre hace lo correcto.

En las primeras historias el enemigo no es un villano con superpoderes: es un senador corrupto, un industrial sin escrúpulos, el dueño de una mina que explota obreros. Superman de 1938 era casi un personaje de izquierda: un obrero incorruptible con fuerza sobrehumana poniéndole el cuerpo a los poderosos.

Jerry Siegel y Joe Shuster eran hijos de inmigrantes judíos. Hay quien ve en el origen de Superman la resonancia de Moisés —el bebé enviado para escapar de un mundo condenado, criado entre los suyos, destinado a salvar— y de la diáspora. Jerry nunca lo reivindicó explícitamente, pero los paralelismos están ahí.

Radio y vuelo

El impacto fue tan brutal que en 1939 ya había tira diaria. En 1940 arrancó el programa de radio, que duró más de una década y llegó a millones de oyentes.

En los cómics originales, Superman no volaba: saltaba. La frase del opening era "able to leap tall buildings in a single bound". Pero los guionistas de radio acompañaron esos saltos con efectos de viento, y el público empezó a imaginar vuelo. El salto se convirtió en planeo en la cabeza de la audiencia antes de que nadie lo oficializara.

La decisión llegó en 1941 con los Fleischer Studios. Dave Fleischer pidió 100.000 dólares por corto —cuatro veces lo normal— convencido de que lo rechazarían. Paramount negoció a la baja. Fleischer encontró un problema técnico: animar saltos no quedaba bien. Pidió permiso a DC para que Superman volara. DC dijo que sí. El primer corto, The Mad Scientist (septiembre de 1941), fue nominado al Oscar.

Superman fighting the Klan. On the radio. In 1946.

En 1946, el escritor del programa —Stetson Kennedy, activista que se había infiltrado en el Ku Klux Klan— expuso señas y contraseñas secretas del Klan en el show, para que millones de chicos supieran reconocer a un miembro. La organización quedó en ridículo. Se dice que las inscripciones cayeron notablemente después de esa temporada.

La Edad de Oro

El éxito de Superman creó de inmediato la demanda de más personajes iguales. Editoriales de finales de los 30 y principios de los 40 como fábricas de superhéroes: algunos duraron décadas, muchos desaparecieron en dos o tres números. Todos son hijos de aquel tipo de malla azul.

En 1940 se publicaban más de 150 títulos de cómics en Estados Unidos; se estima que el 90% de los chicos entre 8 y 14 los leían regularmente. Lo que hoy sería una franquicia de streaming era entonces una revista de diez centavos en el kiosco.

Los historiadores llaman a este período la Edad de Oro —Golden Age— de los cómics. Arranca en junio de 1938 con Action Comics.

Lo que define esa etapa no es solo la cantidad de personajes: es la inocencia moral del género. Héroes buenos porque sí, villanos malos porque sí, mundo con sentido al final de cada número. Eso cambiaría décadas después. En los 40, el cómic de superhéroes era entretenimiento optimista para un país que necesitaba creer en algo.

Expulsados de su creación

Jerry Siegel y Joe Shuster siguieron trabajando en Superman durante años, pero la relación con la editorial se deterioró. Cuando reclamaron derechos y compensación, los echaron. En 1948, dos hombres que habían creado uno de los personajes más reconocibles del siglo XX fueron despedidos de su propia creación.

Pasaron décadas con distinto éxito. Jerry tuvo momentos duros; Joe fue perdiendo la vista. Vieron cómo Superman se convertía en franquicia multimillonaria sin ver casi nada de eso.

En 1975, con Warner preparando la película de Christopher Reeve, una campaña de Neal Adams —dibujante y activista por los derechos de los creadores— logró un acuerdo: Jerry y Joe recibirían 20.000 dólares anuales de por vida y sus nombres en todos los créditos con la leyenda Superman created by Jerry Siegel and Joe Shuster.

No era lo que merecían. Pero Joe murió en 1992 y Jerry en 1996 sabiendo que habían creado algo que trasciende contratos y disputas legales.

Por qué sigue vivo

¿Qué hace que Superman funcione casi noventa años después?

La respuesta fácil: es el primer superhéroe, la plantilla. Todo lo posterior lo tiene en cuenta, para imitarlo o reaccionar contra él. Los héroes oscuros de los 80 reaccionan a su optimismo. Los imperfectos de Marvel en los 60 nacieron diferenciándose del modelo clásico.

La respuesta más interesante es la idea que representa. Superman no es humano: es un alien. Pero se cría como humano, adopta valores humanos, elige ser humano donde importa. Es el hijo de inmigrantes que se integra tan completamente que termina siendo símbolo de identidad americana.

Hay tensión entre poder absoluto y la elección de no abusarlo. Superman puede hacerlo todo; el drama no está en si gana la pelea, sino en qué protege y por qué.

Los mejores escritores de Superman entendieron que no es una historia de acción: es una historia sobre qué significa ser bueno cuando nadie te lo exige.

Grant Morrison lo describió como "la primera idea genuinamente estadounidense en la mitología mundial": no la más original ni la más compleja, pero la más americanamente optimista —con poder y voluntad, el mundo puede mejorar; una persona puede hacer la diferencia; el bien existe y vale la pena defenderlo.

Eso resuena en 1938. Resuena en 2026. Probablemente siga resonando.

La capa roja

La capa tiene un origen curiosísimo. En las primeras versiones de Joe, Superman no tenía capa: llevaba una malla de acróbata circense. La capa apareció porque Joe quería mostrar movimiento en las viñetas —comunicar velocidad aunque el personaje estuviera quieto—. Un truco gráfico. Una solución práctica.

Hoy es uno de los iconos visuales más reconocibles del planeta. Aparece en películas de Hollywood y remeras de nenes en cualquier rincón. Y nació porque un dibujante de diecisiete años necesitaba mostrar que su personaje se movía.

Toda la monumentalidad que cargamos sobre Superman —estudios universitarios, teorías del mito, lecturas políticas y religiosas— empezó en el problema cotidiano de cómo dibujar movimiento en un panel estático.

La historia del cómic de superhéroes arrancó así: dos adolescentes de barrio, años de rechazo, y una tapa de diez centavos que nadie esperaba.

Todo lo demás —Batman, Spider-Man, los X-Men, Marvel, DC, el MCU— es consecuencia de ese momento.

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