
La Guerra de Tebas: Los Siete contra Tebas
Dos hermanos hacen un pacto para compartir el trono de Tebas. Uno lo rompe. El otro arma siete ejércitos para recuperarlo. Entre ellos hay un adivino que sabe con certeza absoluta que va a morir en esa guerra y marcha igual. La maldición de Edipo no te...
Las guerras más destructivas no siempre son las que se pelean contra extraños. A veces las que dejan más daño son las que se pelean dentro de la propia familia, entre personas que comparten sangre y que por eso mismo tienen una capacidad especial para lastimarse de maneras que un extraño nunca podría. La historia de hoy es exactamente esa: dos hermanos que heredaron el trono más maldito de Grecia, hicieron un pacto perfectamente razonable, y terminaron matándose el uno al otro en las puertas de su propia ciudad mientras siete ejércitos arrasaban todo lo que encontraban. Esto es Los Siete contra Tebas, y para entenderla bien hay que recordar brevemente de dónde venimos.
Si escuchaste el episodio anterior, sabés que Edipo fue el rey de Tebas que descubrió, demasiado tarde, que había matado a su propio padre y se había casado con su madre. Cuando la verdad salió a la luz, Edipo se sacó los ojos y fue desterrado. Pero antes de irse, según varias versiones del mito, lanzó una maldición sobre sus dos hijos varones: Eteocles y Polinices nunca podrían disfrutar en paz del trono de Tebas y terminarían destruyéndose el uno al otro. Como maldición paterna, no era de las más amables. Pero los padres en la familia de Edipo nunca se destacaron por la calidez.
El pacto roto y el destierro de Polinices
Eteocles y Polinices enfrentaban un problema concreto: el trono no podía tenerlo los dos al mismo tiempo, y ninguno estaba dispuesto a renunciar a su parte. Llegaron a un acuerdo que les pareció razonable: se alternarían el gobierno año por año. Un año reinaría uno, el siguiente el otro. Un pacto limpio, con el peso de un compromiso público y la lógica de quien entiende que compartir es mejor que perder todo en una guerra fratricida. El primero en asumir fue Eteocles.
El año pasó. Llegó el momento del cambio. Y Eteocles no entregó el trono. Las razones exactas varían según la fuente que uno consulte. Algunos dicen que simplemente se negó, sin más justificación que el apetito por el poder que crece cuando uno lo tiene en las manos. Otros cuentan que argumentó alguna falta de Polinices que lo descalificaba moralmente para gobernar. Pero el resultado fue el mismo: Polinices quedó fuera, desterrado, sin corona y sin ciudad, habiendo cumplido con su parte del trato y recibido a cambio la traición de su hermano.
Un hombre despojado de lo que considera suyo por derecho, especialmente si viene de una familia que ya tiene una relación íntima con la tragedia, no se queda quieto. Polinices se fue al exilio, y el exilio lo llevó a Argos, una ciudad importante del Peloponeso gobernada por un rey llamado Adrasto. Adrasto era conocido en el mundo griego tanto por su nobleza genuina como por su tendencia a meterse en problemas ajenos con las mejores intenciones del mundo. No era mala persona. Era alguien que tomaba decisiones enormes con información incompleta y un corazón demasiado generoso para su propio bien. La descripción, hay que reconocerlo, no está tan alejada de bastantes líderes políticos de cualquier época.
La llegada de Polinices a Argos tuvo una coincidencia notable. La misma noche, otro desterrado había llegado buscando refugio al palacio de Adrasto: Tideo, un guerrero de Calidón que andaba huyendo de sus propios conflictos. Los dos forasteros se pusieron a pelear entre sí en la puerta del palacio, como suele pasar cuando se juntan dos hombres de carácter fuerte en un espacio reducido y con los nervios a flor de piel. Adrasto tenía una profecía según la cual debía casar a sus dos hijas con un león y un jabalí, y cuando vio los escudos de los dos peleadores decorados con esos animales exactamente lo entendió como una señal divina. Los casó con sus hijas esa misma noche. Así funcionaban los matrimonios en el mundo antiguo: rápido, simbólico, y generalmente con algún presagio divino de por medio que justificara la velocidad de la decisión.
Después del casamiento, Polinices le explicó a Adrasto su situación. Adrasto escuchó con la atención del hombre que está por tomar una decisión de la que se va a arrepentir, y decidió ayudarlo. Armó una expedición militar para restaurar a Polinices en el trono que le correspondía por el pacto roto. Reclutó a los mejores guerreros que pudo conseguir de diferentes ciudades del mundo griego y formó el grupo que la historia conoce como los Siete contra Tebas: el propio Adrasto como comandante de la expedición; Tideo, el feroz guerrero calidonio recién convertido en cuñado de Polinices; Anfiarao, un personaje completamente extraordinario que era al mismo tiempo guerrero y adivino, una combinación que le daba un peso especial dentro del grupo; Capaneo, famoso sobre todo por una arrogancia que no reconocía límites de ningún tipo; Hipomedón, guerrero de enorme reputación física; Partenopeo, hijo de la célebre cazadora Atalanta, joven pero con habilidades propias; y finalmente el propio Polinices, cuya causa convocaba a todos los demás.
Anfiarao: el hombre que sabía su destino
Anfiarao merece una atención especial porque lo que le pasa en esta historia es verdaderamente extraordinario y dice cosas muy claras sobre la condición humana. Este hombre sabía, con la certeza absoluta que da el don de la profecía, que la expedición iba a terminar en desastre. Sabía que los Siete iban a morir. Sabía que él mismo iba a morir en ese campo de batalla. No había ninguna duda al respecto. Tenía toda la información. Y sin embargo marchó igual.
> Este hombre sabía, con la certeza absoluta que da el don de la profecía, que la expedición iba a terminar en desastre. Tenía toda la información. Y sin embargo marchó igual.
¿Por qué? Porque su esposa Erifila había sido sobornada por Polinices con el collar de Harmonía, una joya legendaria de historia especialmente oscura. Harmonía fue la esposa del héroe Cadmo, el fundador mítico de Tebas, y ese collar lo había fabricado el dios artesano Hefesto como regalo de bodas. Los objetos que salen de la forja de Hefesto son siempre hermosos y siempre tienen algo de trampa incorporada, como si la perfección técnica viniera con un costo moral que el receptor no negoció. El collar de Harmonía era bello y estaba maldito, y quienes lo tuvieron pagaron precios considerables por él a lo largo de generaciones. Erifila no pudo resistirlo. La belleza del collar fue más poderosa que la sabiduría de escuchar a su marido. Convenció a Anfiarao de que fuera a la guerra.
Anfiarao fue. Pero antes de partir le pidió a su hijo Alcmeón que, cuando la expedición fracasara, lo que él sabía con certeza que iba a suceder, lo vengara matando a la madre que lo había traicionado con su codicia. Un encargo que cualquier psicólogo moderno identificaría como extremadamente problemático de ponerle a un hijo. Y en efecto, Alcmeón tardó años en cumplir ese encargo, cosa que también lo destruyó a él por completo, pero eso ya es historia de otro día. Las familias en el mundo griego antiguo raramente tenían problemas sencillos.
El asalto a Tebas y la hybris de Capaneo
El ejército de los Siete marchó sobre Tebas. Tebas tenía muros sólidos construidos con el trabajo de generaciones, un ejército disciplinado y al rey Eteocles al frente de la defensa. La ciudad también contaba con algo más: el apoyo de ciertos dioses, en particular de Apolo, que no veían con buenos ojos la arrogancia desmedida de algunos de los atacantes. Tebas tenía siete puertas, y Eteocles asignó a uno de sus mejores guerreros a la defensa de cada una de ellas para hacer frente directamente a uno de los Siete atacantes. Era una solución elegante al problema de defender una ciudad con múltiples puntos de acceso.
Lo que siguió fue brutal. En casi todas las puertas, los defensores de Tebas resistieron. Tideo combatió en la suya con una ferocidad que impresionó incluso a los propios dioses que miraban desde el Olimpo. Atenea estaba tan admirada por su valor que estaba preparando el momento para concederle la inmortalidad cuando Tideo cayó gravemente herido, y en su agonía hizo algo tan horrible, devorar el cerebro de su enemigo caído, que la diosa, repugnada por ese exceso, retiró el don que ya tenía preparado y lo dejó morir como lo que era: un hombre. La guerra tiene ese efecto sobre las personas. Las lleva a lugares desde los cuales no hay regreso posible, y desde esos lugares las decisiones que se toman definen para siempre quiénes son.
El momento más dramático de toda la batalla, y el más cargado de significado en términos de los valores griegos, fue el de Capaneo. Este guerrero, cuya característica principal era una arrogancia que no reconocía ningún límite ni humano ni divino, llegó hasta las murallas de Tebas con una escalera de madera y comenzó a treparla con la confianza de quien no imagina que nadie pueda detenerlo. Desde arriba, cerca ya de la cima de las murallas, gritó con toda su voz que ni el propio Zeus podría impedir que tomara esta ciudad. Zeus, que escucha todo desde el Olimpo y tiene un sentido muy preciso de lo que significa ser desafiado por un mortal en el pico de su arrogancia, respondió de inmediato. Un rayo cayó sobre Capaneo y lo arrojó muerto al suelo, desde la escalera, frente a los ojos de los dos ejércitos.
En el mundo griego hay un concepto que aparece constantemente en los mitos y que se llama hybris. Hybris significa la arrogancia desmedida que osa desafiar a los dioses o superar los límites que ellos han fijado para los mortales. No es simplemente el orgullo de alguien que se siente capaz: es el orgullo que llega al punto de olvidar que uno es humano, que hay poderes mayores, que la soberbia tiene consecuencias. Y en cada historia griega donde alguien comete hybris, la consecuencia llega. Siempre. Sin excepción. Capaneo es el ejemplo más literal y más cinematográfico de esa regla: un hombre que en el momento de mayor orgullo personal, literalmente en lo alto de una escalera gritándole a Zeus, recibe el rayo que le corresponde.
Anfiarao, el adivino que sabía desde el primer momento que iba a morir en esa campaña, combatió con bravura hasta el final. No huyó. No intentó escapar del destino que él mismo había visto con claridad. Cuando sus enemigos lo perseguían tras la derrota, la tierra se abrió bajo sus pies y lo tragó vivo. No murió en combate cara a cara. Desapareció bajo el suelo, y según algunas versiones del mito fue inmortalizado en ese estado, convertido en una especie de oráculo subterráneo al que podía consultarse desde las profundidades de la tierra. Una muerte que no es del todo muerte, en el caso del único hombre que desde el principio sabía exactamente cómo iba a terminar todo para él.
> El momento más concentrado de toda la tragedia, el que resume en un instante todo lo que esta historia quiere decir, fue el duelo final entre los dos hermanos.
El momento más concentrado de toda la tragedia, el que resume en un instante todo lo que esta historia quiere decir, fue el duelo final entre los dos hermanos. En algún punto de la batalla, cuando quedó claro que ninguno de los dos ejércitos podía obtener una victoria definitiva, alguien propuso resolver el conflicto de la manera más directa posible: Eteocles y Polinices se enfrentarían en combate singular. El ejército del hermano superviviente se quedaría con Tebas sin más derramamiento de sangre. Ambos bandos aceptaron. Los dos hermanos se pusieron frente a frente en un espacio despejado entre las murallas y las filas de los ejércitos. Y los dos murieron. Se atravesaron mutuamente con sus lanzas en un mismo instante, en una sincronía que tiene algo de perfectamente terrible, de destino que se cumple con una precisión que va más allá de lo que el azar puede producir. La maldición de Edipo se cumplió con una exactitud devastadora. Los hijos del rey ciego cayeron muertos el uno frente al otro, en las puertas de la ciudad que ambos querían gobernar, sin que ninguno pudiera llamarse vencedor de nada.
El ejército de los Siete, sin sus principales líderes, se desintegró. Los que sobrevivieron huyeron o se rindieron. El único de los siete campeones que escapó con vida fue Adrasto, montado en su caballo Arión, un animal de origen divino que se atribuía a Poseidón y que corría con una velocidad que ningún perseguidor podía igualar. Adrasto volvió a Argos completamente solo, derrotado, habiendo perdido a sus yernos, a sus mejores guerreros, a sus aliados y a la apuesta más importante y más costosa de su reinado. La victoria política que buscaba terminó siendo un desastre personal total.
Creonte, Antígona y la ley no escrita
En Tebas, el poder quedó en manos de Creonte, el cuñado de Edipo y hermano de Yocasta. Creonte tomó dos decisiones que iban a tener consecuencias que se extenderían mucho más allá de lo que él podía imaginar. La primera fue decretar que Eteocles recibiría honras fúnebres completas y solemnes, como correspondía a un defensor de la ciudad que había muerto en cumplimiento de su deber. La segunda fue prohibir terminantemente que el cuerpo de Polinices fuera enterrado. Polinices había traído un ejército extranjero contra su propia ciudad, y para Creonte eso lo descalificaba de todo derecho, incluso de los derechos que el mundo consideraba sagrados.
Hay que detenerse acá, porque esta decisión de Creonte era inmensamente grave en el contexto griego, y sin entender por qué, el resto de la historia pierde la mitad de su impacto emocional y moral. Para los griegos, la sepultura no era un asunto estético ni sentimental. Era una obligación religiosa de primer orden, protegida directamente por los dioses. El alma de alguien que no había sido enterrado correctamente, que no había recibido los rituales mínimos necesarios, no podía cruzar el río Estigia, que era el río que separaba el mundo de los vivos del mundo de los muertos. No podía entrar en el Hades, no podía descansar. Quedaba vagando en la orilla de ese río en una especie de limbo eterno, sin poder ir ni hacia adelante ni hacia atrás. Negarle la sepultura a alguien era la forma más definitiva de dañarlo incluso después de la muerte. Y para sus familiares, permitir eso sin resistencia era una deshonra que también los manchaba a ellos.
Eso era exactamente lo que Creonte les imponía a las hijas de Edipo, Antígona e Ismene. Su hermano Polinices estaba muerto a las puertas de Tebas, y el rey les prohibía enterrarlo. Antígona no lo aceptó. Fue de noche al campo de batalla, cubrió el cuerpo de su hermano con tierra, realizó los rituales funerarios mínimos que el alma necesitaba para cruzar al otro lado. Fue descubierta, llevada ante Creonte, y el rey la condenó a ser enterrada viva en una cueva cavada en la roca.
La historia que sigue, que Sófocles narró en su obra Antígona, es anterior en la cronología de escritura a Edipo Rey aunque trate hechos posteriores, y plantea uno de los conflictos más vigentes de toda la historia del pensamiento: ¿qué pasa cuando la ley del Estado choca con la ley moral, con lo que la conciencia individual dice que es correcto? ¿A quién le debemos obediencia: al gobierno o a nuestra propia noción de justicia y deber? Antígona eligió la ley divina, la ley no escrita que dice que los muertos merecen descanso sin importar lo que hayan hecho en vida. Creonte eligió la razón de Estado, la estabilidad política, el mensaje de que los traidores no tienen derechos ni en la vida ni en la muerte. Ninguno cedió. Y el resultado fue la catástrofe que en las tragedias griegas llega siempre que la rigidez de dos posiciones igualmente convencidas de su propia razón no deja espacio para la compasión ni para el diálogo: Antígona murió en la cueva. Hemón, el hijo de Creonte que estaba enamorado de ella, se suicidó al encontrarla muerta. Eurídice, la esposa de Creonte, al enterarse de la muerte de su hijo, también se quitó la vida. Creonte quedó solo, con el poder intacto y nadie a quien amar.
La historia de Tebas no terminó acá. Diez años después, los hijos de los Siete organizaron una segunda expedición contra la ciudad, conocida como la de los Epígonos, que en griego significa simplemente los que vienen después, la generación siguiente. Esta vez la expedición fue mejor planificada, mejor ejecutada y más efectiva. Los Epígonos tomaron Tebas y la destruyeron casi por completo, vengando a sus padres. La maldición sobre el linaje de Layo operó incluso en la generación que siguió a la de Edipo, como si el daño tuviera suficiente inercia como para transmitirse por herencia.
Lo que me parece importante rescatar de esta historia es algo que los griegos sabían ver con claridad. No glorificaban la guerra de manera ciega. Glorificaban a los guerreros, eso es evidente en toda la épica griega, en la Ilíada y en los poemas que narran estos conflictos. Pero también sabían ver con una honestidad brutal las consecuencias de la violencia. Los Siete contra Tebas es la historia de una guerra que destruyó a casi todos los que participaron en ella, que no resolvió nada de fondo, que dejó a dos hermanos muertos frente a frente en el lugar donde los dos querían vivir. No hay vencedores reales en ningún sentido que valga la pena. Solo distintos grados de derrota y distintos plazos para que la destrucción se hiciera evidente.
> Anfiarao es el arquetipo del que sabe pero hace igual. Y eso no tiene fecha de vencimiento.
La figura de Anfiarao es particularmente contemporánea. Un hombre que sabía exactamente lo que iba a pasar, que tenía toda la información necesaria sobre el futuro, y que fue igual porque la presión de los que lo rodeaban, la lealtad hacia su esposa, la manipulación y el soborno resultaron más fuertes que su propio conocimiento. Cuántas veces vemos hoy a personas que saben perfectamente que un camino elegido por el grupo lleva a un precipicio, y van igual porque el costo de resistir la corriente es demasiado alto, porque nadie quiere ser el que dice que no cuando todos los demás dicen que sí. Anfiarao es el arquetipo del que sabe pero hace igual. Y eso no tiene fecha de vencimiento.
En el próximo episodio damos un salto grande. Salimos de Tebas y viajamos hacia el norte, hacia una ciudad que estaba en la costa del Asia Menor y que iba a convertirse en el escenario del conflicto más famoso de toda la mitología griega. Hablamos del comienzo de la guerra de Troya. Del rapto de Helena. Del juicio de Paris. Del momento en que los dioses eligieron un bando y los hombres pagaron el precio durante diez años.
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