
Orfeo en el Inframundo
En este episodio hablamos de Orfeo en el Inframundo.
Episodio de Podcast — Mitología Griega
La noche que más le costó al dios de la muerte no fue ninguna de las noches en que se declararon guerras o cayeron ciudades. Fue la noche en que un músico se paró frente a él, empezó a tocar, y Hades se dio cuenta de que no tenía manera de pedirle que se fuera. Los guardias que normalmente no dejaban pasar ni a los dioses más poderosos habían bajado las armas. Las Furias, que son las diosas de la venganza que generalmente están bastante ocupadas persiguiendo culpables y no tienen mucho tiempo para el entretenimiento, tenían las mejillas mojadas. Y Sísifo, el hombre condenado a rodar una roca hacia arriba de una colina por la eternidad, se había sentado en el suelo y estaba escuchando. Por primera vez en toda la eternidad, la roca no rodó.
Eso fue Orfeo. Antes de que existiera el rock and roll, antes de que existiera el jazz, antes de que alguien inventara la ópera o un compositor escribiera su primera sinfonía, los griegos ya tenían una historia sobre un músico que con su arte detuvo el tiempo, suspendió el dolor y doblegó la voluntad de los dioses de la muerte. Es probablemente la historia más conmovedora de toda la mitología griega. Y termina de una manera que no hay manera de prepararse para recibir bien.
Empecemos con Orfeo mismo, porque es un personaje fascinante incluso antes de que empiece la tragedia. Era hijo de Apolo, el dios de la música, la poesía y la luz, y de la musa Calíope, la musa de la poesía épica. Una musa, para quien no esté familiarizado con el término, era en la mitología griega una de las nueve diosas que presidían las distintas artes y ciencias. Calíope presidía la epopeya, la forma literaria más grandiosa que existía. Con esa genealogía, Orfeo nació para la música de la misma manera en que el sol nace para brillar. No había escapatoria posible.
Aprendió a tocar la lira desde muy joven. La lira era el instrumento musical más asociado con Apolo y con la alta cultura griega, un instrumento de cuerdas que se punteaba con los dedos o con un plectro, capaz de una delicadeza que ningún otro instrumento de la época igualaba. Según algunas versiones del mito, Apolo mismo le regaló a su hijo una lira de oro. Con ese instrumento, Orfeo llegó a un nivel que ningún ser humano había alcanzado antes. Cuando tocaba, los árboles se arrancaban de sus raíces y caminaban para escucharlo más de cerca. Las piedras se movían. Los ríos detenían su curso. Los animales salvajes se acercaban sin miedo y se sentaban alrededor de él como mascotas domésticas que no querían perderse ni una nota.
No es exageración poética. En la mitología griega, eso era literal. Los griegos usaban estas imágenes para decir algo que consideraban verdad: la música de Orfeo era tan perfecta que suspendía las leyes naturales. Hoy diríamos que era el músico que todo músico quisiera ser, el que llega a ese lugar donde el arte trasciende la habilidad técnica y toca algo universal que todo ser vivo puede sentir aunque no entienda una sola nota.
Orfeo participó en la expedición de los argonautas, el viaje de Jasón en busca del vellocino de oro. Los argonautas eran básicamente el All-Star team de la mitología griega: Heracles, Cástor y Pólux, Peleo que sería el padre de Aquiles, y muchos otros. En ese viaje, Orfeo cumplió un rol muy específico. Cuando la nave Argo pasó por las islas de las Sirenas, que eran las mismas criaturas de las que hablamos en el episodio de Odiseo, las que atraían a los marineros con su canto para hacerlos naufragar, Orfeo tomó su lira y empezó a tocar. Y el canto de las Sirenas, que en ningún otro contexto podía ser superado por ningún sonido humano, quedó tapado. Los argonautas pasaron sin problema. Era la única manera posible de ganar ese duelo: no con defensa sino con algo mejor.
Pero toda esa gloria, toda esa capacidad casi divina para llenar el mundo de belleza, estaba a punto de ser puesta a prueba de la manera más humana posible. Orfeo se enamoró.
Eurídice era una ninfa, una divinidad menor de la naturaleza asociada con los espacios naturales, los bosques y los ríos. El amor entre Orfeo y Eurídice es uno de los más intensos de la mitología griega, y también uno de los más breves. Se casaron, y en el mismo día de la boda Eurídice murió.
Las versiones varían sobre los detalles. La más común dice que mientras Eurídice caminaba por los campos, un pastor llamado Aristeo intentó forzarla. Ella huyó corriendo y en la huida pisó una serpiente escondida entre la hierba alta. La mordedura fue fatal. Antes de que el día de la boda terminara, Eurídice estaba muerta y su alma había bajado al inframundo.
Lo que vivió Orfeo en los días que siguieron no está descrito con detalle en las fuentes antiguas, pero no hace falta. Cualquiera que haya perdido a alguien muy amado de manera repentina e injusta sabe lo que es eso. El dolor que aplana el mundo, que convierte la luz en algo agresivo, que hace que el tiempo deje de tener sentido. Orfeo tenía instrumentos para expresarlo: tocaba, y lo que salía de su música era tan desgarrador que hasta los dioses del Olimpo se incomodaban escuchándolo. Pero tocar no era suficiente. Eurídice no volvía.
Entonces Orfeo tomó una decisión que ningún mortal vivo había tomado antes. Bajaría al Hades a buscarla. No en espíritu, no en sueño, sino en persona, vivo, atravesando la frontera que separa el mundo de los que tienen cuerpo del mundo de los que ya no lo tienen. Para lograrlo tuvo que encontrar una de las entradas al inframundo, que los griegos creían que existían en lugares específicos del mundo real, principalmente en cuevas profundas cerca de ríos o lagos de aguas oscuras. La región del cabo Ténaro en el sur del Peloponeso era una de las más mencionadas. Orfeo bajó.
El inframundo griego no es lo que la mayoría de la gente imagina cuando piensa en el más allá de los griegos. No es un lugar de tortura universal ni una especie de paraíso genérico. Es un reino organizado con sus propias reglas, gobernado por Hades, que es el dios del inframundo, y su reina Perséfone. Para llegar, las almas tienen que cruzar el río Estigia, y para cruzar necesitan una moneda para pagarle al barquero Caronte. Es por eso que los griegos ponían monedas en los ojos o en la boca de sus muertos: era el pago del viaje. Las almas sin moneda no podían cruzar y quedaban vagando en la orilla durante cien años antes de que Caronte las aceptara de todos modos. El inframundo en sí estaba dividido en zonas. Los Campos Elíseos para los héroes y los especialmente virtuosos. El Tártaro para los castigados. Y en el medio, los Campos Asfódelos para la gran mayoría, el lugar donde las almas ordinarias existían en un estado de penumbra sin mucha alegría pero tampoco con tortura.
Orfeo llegó a la orilla del Estigia. Caronte normalmente no transportaba vivos. Había reglas muy claras al respecto. Orfeo empezó a tocar. Y Caronte lo cruzó. Los guardianes del inframundo, entre ellos Cerbero, el perro de tres cabezas que impedía que los muertos salieran y los vivos entraran, se quedaron quietos escuchando. Orfeo siguió caminando.
Llegó finalmente ante Hades y Perséfone. Hades era uno de los dioses más sobrios y más inflexibles del panteón griego. No era el equivalente del diablo cristiano, no era malvado, era simplemente el administrador de una parte del mundo que nadie quería administrar. Nunca perdonaba deudas. Las almas que llegaban al inframundo se quedaban. No había excepciones conocidas.
Orfeo se paró ante los dos y empezó a hablar. Y lo que dijo fue, según algunas versiones del mito, un poema. Un argumento cantado. Les dijo que todo lo que existía en el mundo de arriba, todo lo que tenía vida y luz, terminaría inevitablemente aquí, en el inframundo. Que Eurídice también estaba destinada a quedarse aquí para siempre, que eso era inevitable. Pero que había llegado antes de tiempo. Que el amor que él sentía por ella era tan real y tan poderoso que no podía simplemente aceptar su ausencia como algo normal. Que no le pedía que la liberara para siempre. Solo que se la prestaran. Que cuando los dos llegaran al fin natural de sus vidas, ambos regresarían juntos y se quedarían.
Y mientras decía todo eso, tocaba.
Lo que pasó en ese momento es uno de los instantes más extraordinarios de toda la mitología griega. Las Furias, que son las diosas de la venganza encargadas de perseguir a quienes cometen crímenes graves, tenían fama de no llorar nunca. Sus caras eran de piedra. Lloraron. Tántalo, el rey condenado a estar eternamente rodeado de agua y frutos que huían cuando intentaba alcanzarlos, olvidó por un momento su hambre y su sed y escuchó. Sísifo, el rey condenado a empujar eternamente su roca colina arriba para verla rodar de vuelta antes de llegar a la cima, se sentó. La roca se quedó quieta.
Y Hades cedió. No completamente: había condiciones. Eurídice podría volver con Orfeo al mundo de los vivos. Pero durante todo el ascenso, Orfeo tendría que caminar delante de ella. Y no podría darse vuelta a mirarla en ningún momento hasta que los dos hubieran salido completamente al mundo de arriba. Si miraba antes, Eurídice volvería al inframundo para siempre.
Orfeo aceptó. Empezaron a caminar. La subida por los túneles oscuros que llevaban de vuelta a la superficie era larga. No había indicación de cuánto faltaba. No había manera de saber a qué distancia estaba la luz. Orfeo caminaba en la oscuridad, escuchando los pasos de Eurídice detrás de él. Siguió caminando. La oscuridad era total. Los pasos seguían sonando atrás. Siguió.
Y entonces, cuando la luz ya era visible, cuando el final del túnel estaba ahí adelante, Orfeo se dio vuelta.
Las versiones antiguas no se ponen del todo de acuerdo en por qué. Ovidio, el poeta romano que narró esta historia en las Metamorfosis, dice que fue el amor, que fue el miedo de que algo le hubiera pasado a Eurídice, que la necesidad de verla fue más fuerte que cualquier instrucción. Hay quienes leen en ese giro una forma de duda: ¿y si la condición era real? ¿Y si Eurídice no estaba siguiéndolo? ¿Y si el inframundo lo había engañado y caminaba solo hacia la luz mientras Eurídice se quedaba atrás? El poeta romano Virgilio, que también narró esta historia en sus Geórgicas, no da explicación. Solo describe el giro como algo inevitable, como si desde el principio el destino hubiera sabido que iba a pasar.
Eurídice desapareció. No hubo grito ni drama visible. Solo la imagen de alguien que empieza a disolverse, que levanta la mano quizás en un gesto de despedida o de algo que no es rabia sino algo más difícil de nombrar, y desaparece de vuelta a la oscuridad. Y Orfeo quedó solo en la entrada del túnel, con la luz del mundo real delante de él, con la lira en la mano, sin nada.
Intentó volver a bajar. Caronte no lo cruzó. Las puertas del inframundo estaban cerradas para él. Pasó días en la orilla, tocando, esperando que algo cediera. Nada cedió. Tuvo que volver.
Lo que siguió fue años de duelo que Orfeo convirtió en música. Según Ovidio, durante ese tiempo rechazó el amor de todas las mujeres que se acercaron a él, lo cual eventualmente provocó la hostilidad de las ménades, que eran las mujeres consagradas al culto de Dionisio, el dios del vino y el éxtasis. Las ménades eran seguidoras que en estados de trance religioso realizaban rituales muy intensos y a veces violentos. Según la versión más conocida, un grupo de ménades lo mató, y su cabeza y su lira, lanzadas al río Hebro, siguieron cantando mientras flotaban hacia el mar, hasta llegar a la isla de Lesbos, que se convirtió en un centro de la poesía lírica griega. La lira fue finalmente colocada en el cielo por los dioses y se convirtió en la constelación Lyra, que todavía existe y sigue siendo visible en el hemisferio norte durante el verano. La cabeza fue sepultada en la isla de Lesbos, donde según la tradición se convirtió en un oráculo.
Antes de esa pregunta, vale la pena cerrar el relato con algo que suele perderse en las versiones más conocidas. La muerte de Orfeo a manos de las ménades no fue un accidente ni un crimen sin sentido dentro del mito. Las ménades representaban lo dionisíaco, es decir, el éxtasis colectivo, el abandono del yo individual, el poder del estado alterado por encima de la racionalidad. Orfeo representaba lo apolíneo: la música disciplinada, la belleza formal, el arte que ordena el caos. En cierta manera, su muerte a manos de las ménades era el conflicto entre dos visiones del mundo. El orden apollíneo destruido por el caos dionisíaco. Friedrich Nietzsche, el filósofo alemán del siglo diecinueve, construyó sobre esa distinción entre lo apolíneo y lo dionisíaco una de las teorías más influyentes de la estética occidental en su obra El nacimiento de la tragedia. No es mala herencia para un músico de la mitología antigua.
Hay algo que hace a la historia de Orfeo diferente de casi todos los demás mitos griegos que estuvimos contando. No es una historia de transgresión y castigo. Orfeo no hizo nada malo. Amó a alguien, la perdió, fue al fin del mundo a buscarla, convenció a los dioses más inflexibles que existen, y en el último metro del camino cometió el único error posible. Y ese error no fue arrogancia ni hybris ni ninguna de las fallas que normalmente llevan a los personajes griegos a su destrucción. Fue amor. Fue el miedo de perderla. Fue lo mismo que lo había llevado hasta las puertas del inframundo en primer lugar.
Ese detalle es el que convierte esta historia en algo que trasciende los dos mil quinientos años que tiene. Orfeo no fracasó por ser demasiado ambicioso ni demasiado orgulloso. Fracasó por ser humano. Por no poder sostener la fe en lo invisible el tiempo suficiente. Por necesitar confirmar con los propios ojos lo que el corazón ya sabía.
El movimiento filosófico y religioso que surgió de la figura de Orfeo, conocido como el orfismo, tomó esa idea central y la transformó en una visión del mundo. El orfismo creía en la inmortalidad del alma, en un ciclo de reencarnaciones, en la posibilidad de la purificación. Sus textos sagrados eran los himnos órficos. La influencia del orfismo en el pensamiento griego posterior fue enorme: algunos investigadores trazan líneas directas entre el orfismo y las ideas de Platón sobre el alma, y otros señalan similitudes con ciertas ideas que después aparecerían en el pensamiento cristiano primitivo sobre la vida después de la muerte y la redención. Todo eso viene, en algún grado, de la historia de un músico que bajó al inframundo y no pudo evitar darse vuelta.
El legado cultural de Orfeo en la historia del arte occidental es también difícil de sobrestimar. La ópera como forma artística nació en Italia alrededor del año 1600, y una de las primeras obras del género fue precisamente Orfeo, compuesta por Claudio Monteverdi. Después vendría Orfeo y Eurídice de Gluck en 1762, que todavía se representa hoy y es considerada una de las obras más importantes del repertorio lírico. La historia fue versionada en novelas, películas, pinturas, esculturas. La película brasileña Orfeo Negro de 1959, dirigida por Marcel Camus, trasladó el mito a los carnavales de Río de Janeiro y ganó la Palma de Oro en Cannes. El músico Nick Cave, después de la muerte de su hijo, grabó un álbum doble llamado Skeleton Tree y luego Ghosteen que dialoga profundamente con los temas del duelo y la pérdida que articulan el mito de Orfeo. El poeta Rainer Maria Rilke escribió los Sonetos a Orfeo, una de las obras más influyentes de la poesía del siglo veinte en lengua alemana. Dos mil quinientos años después del origen del mito, Orfeo sigue siendo la manera en que los seres humanos hablan de la pérdida irreversible y del amor que no acepta esa irreversibilidad.
Una mención aparte merece la manera en que los griegos interpretaron musicalmente a Orfeo. En la Grecia antigua no había separación entre la música y la poesía: los poemas se cantaban, y los cantores eran también poetas. Los poemas homéricos, la Ilíada y la Odisea, no se leían en silencio sino que se recitaban en voz alta, con acompañamiento musical, en un estilo que tenía más de performance que de lectura. Orfeo era la versión extrema y mítica de eso: el cantor que llevó esa unión entre música y palabra a un nivel sobrehumano. Por eso en el inframundo no habló con Hades y Perséfone. Cantó. Usó el único lenguaje que podía traspasar las fronteras que el lenguaje ordinario no podía atravesar.
Hay una pregunta que aparece cada vez que alguien se sienta a pensar en esta historia. ¿Por qué se dio vuelta? Y la respuesta más honesta es que esa pregunta no tiene una respuesta satisfactoria, y que es exactamente eso lo que la convierte en una historia que soporta ser contada una y otra vez. Si Orfeo se hubiera dado vuelta por soberbia, la historia sería una lección moral. Si no se hubiera dado vuelta, no habría historia. Pero se dio vuelta por lo mismo que lo había llevado hasta allá abajo, y eso es lo que nos rompe. Porque todos sabemos lo que es necesitar ver. Todos sabemos lo que es el momento en que la fe se quiebra un segundo antes de tiempo. Todos sabemos lo que cuesta el segundo de duda en el último metro antes de llegar.
Orfeo no perdió a Eurídice porque fuera débil. La perdió porque era humano. Y eso es todo.
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