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Jasón y los Argonautas
Episodio 18

Jasón y los Argonautas

Andres AguilarAndres Aguilar

Jasón reunió a los mejores héroes de su generación, construyó el barco más famoso de la mitología y navegó hasta los confines del mundo conocido para traer de vuelta una piel de carnero dorada. Lo que encontró al otro lado del Mar Negro fue un dragón q...

En el año 1984, un marino e historiador inglés llamado Tim Severin construyó una réplica de una galera griega de la Edad del Bronce y la llamó Argo. Una galera es como un barco de guerra antiguo, de esos con remos. Tim reunió un equipo, zarpó desde Grecia y siguió la ruta que supuestamente había recorrido Jasón hace tres mil años. Cruzó el mar Egeo, atravesó el estrecho del Bósforo, bordeó la costa del Mar Negro y llegó hasta la costa de Georgia, donde se supone que estaba Cólquide, el reino del Vellocino de Oro. El viaje duró varios meses. Y Severin sacó la conclusión de que la ruta era completamente navegable, que los peligros geográficos que describe el mito correspondían a lugares reales, y que la historia de Jasón probablemente estaba relacionada a expediciones comerciales micénicas del siglo trece antes de la era común.

Es decir: la historia de Jasón y los Argonautas puede tener un núcleo de verdad histórica. Una expedición real, de comerciantes o aventureros griegos, que navegaron hasta los confines del mundo conocido en busca de algo valioso, que encontraron culturas extrañas y peligros reales, y que cuando volvieron a casa contaron una historia tan extraordinaria que fue creciendo hasta convertirse en mito.

> El Vellocino de Oro pudo haber sido, en su origen, una técnica minera convertida por los griegos en objeto sagrado y destino de una epopeya.

Pelias, la profecía y la sandalia perdida

Pelias era el rey de Yolco, en Tesalia. Había usurpado el trono que le pertenecía a su hermanastro Esón. Y Esón era el padre de Jasón, el heredero legítimo, que fue enviado lejos para protegerlo y creció en secreto con el centauro Quirón, el sabio maestro de héroes.

Cuando Jasón se hizo adulto, bajó de las montañas y fue a Yolco a reclamar el trono. En el camino ayudó a una anciana a cruzar un río, y con ese gesto se ganaría la simpatía permanente de Hera, que iba disfrazada de anciana y que lo acompañaría durante toda la aventura. Al cruzar perdió una sandalia en el barro.

Pelias tenía una profecía que lo advertía: que se cuidara del hombre que llegara con una sola sandalia. Cuando Jasón se presentó ante él, descalzo de un pie, Pelias supo quién era. Necesitaba deshacerse de él sin mancharse las manos.

Le propuso un trato: si Jasón le traía el Vellocino de Oro de Cólquide, él le cedería el trono.

El Vellocino: mito y técnica minera

Acá vale detenerse un segundo, porque el Vellocino de Oro no es simplemente una piel brillante de fantasía. La palabra vellocino designa la lana de un carnero recién esquilado o, en el contexto mítico, el cuero entero con su vellón. En este caso era la piel de un carnero de lana dorada que había pertenecido a los dioses. Y hay algo todavía más interesante: la historia del Vellocino tiene probablemente una base muy concreta. En la región del Cáucaso, cerca de donde se sitúa Cólquide, era práctica común sumergir pieles de carnero en los ríos para atrapar las partículas de oro que arrastraba la corriente. La lana atrapaba el polvo de oro, la piel se sacaba cargada de metal precioso y se colgaba al sol para secarla. Una piel impregnada de oro resplandecería exactamente como la describe el mito.

Era también una misión suicida. Cólquide estaba en el extremo oriental del Mar Negro, en los confines del mundo conocido. El Vellocino lo custodiaba un dragón que nunca dormía. Nadie había vuelto de allí.

Jasón aceptó.

El Argo: un barco con voz

Y acá viene lo que hace que esta historia sea diferente a todas las demás de la mitología griega: Jasón no fue solo. Reunió a los mejores héroes de su generación en una expedición conjunta. El barco se llamó Argo, y el hombre que lo construyó merece una mención especial porque su historia dice mucho sobre lo que era esa nave.

Argos era el carpintero más talentoso de su tiempo. Construyó el Argo con madera de los robles sagrados del bosque de Dodona, donde el oráculo de Zeus hablaba a través del susurro del viento en las ramas. Atenea supervisó la construcción en persona y colocó en la proa una viga de ese roble que tenía, según la tradición, el poder de hablar y dar consejos.

> El Argo no era una herramienta. Era un compañero.

La Liga de la Justicia griega

De ahí el nombre de los tripulantes: los Argonautas. Y la lista es impresionante. Estaba Heracles, el más fuerte del mundo. Estaban los gemelos Cástor y Pólux, hijos de Zeus, que después se convertirían en la constelación Géminis. Estaba Orfeo, el músico legendario, que en la expedición se encargaba de marcar el ritmo del remo con su lira y de calmar las tensiones a bordo. Estaba Peleo, que más adelante sería el padre de Aquiles. Estaba Meleagro, Idmón el adivino, Linceo que podía ver a través de la tierra, y docenas más.

Lemnos: la isla solo de mujeres

El primer destino fue la isla de Lemnos, donde la expedición quedó demorada por algo que dice mucho sobre la épica griega. En la isla vivían solo mujeres. Las mujeres de Lemnos habían matado a todos sus hombres porque ellos las habían abandonado por esclavas tracias. La reina era Hipsipila, y cuando llegaron los Argonautas, los recibió y los invitó a quedarse.

Los héroes se quedaron tanto tiempo que Heracles tuvo que ir a recordarles para qué habían venido. Es uno de esos detalles que aparecen en toda la épica griega: los hombres siempre están a punto de olvidar su misión cuando hay comodidad disponible. El viaje heroico exige resistir el sedentarismo.

> Hipsipila tuvo hijos con Jasón, y Jasón la dejó cuando retomaron la marcha. Primera mujer. Primer abandono. Un patrón que se repetiría.

La batalla nocturna con los doliones

Siguieron navegando y llegaron a la tierra de los doliones, donde los recibieron bien. Por la noche, una tormenta los devolvió a la misma costa y, en la oscuridad y la confusión, los doliones los atacaron creyendo que eran piratas. Los Argonautas respondieron. Cuando amaneció y las dos partes se reconocieron, ya había muertos en ambos lados, incluido el rey de los doliones. Jasón había matado sin querer a su propio anfitrión. La culpa lo pesó durante días.

La pérdida de Heracles e Hilas

Más adelante, Heracles se separó de la expedición. El motivo fue uno de esos pequeños incidentes que terminan cambiando el curso de todo. Un muchacho llamado Hilas, el favorito de Heracles, fue a buscar agua a una fuente. Las ninfas del lugar, encantadas con su belleza, lo arrastraron hacia adentro del agua. Heracles lo buscó desesperadamente gritando su nombre por toda la costa. Los Argonautas no podían esperar y zarparon sin él.

> Es una de las historias más melancólicas de todo el ciclo: el hombre más fuerte del mundo buscando para siempre a alguien que ya no está, en una costa que el barco dejó atrás.

Sin Heracles, la expedición perdió a su guerrero más poderoso, pero ganó en cohesión. Y siguió navegando hacia el este.

Las Simplégades: el cruce imposible

El episodio más famoso del viaje fue el cruce de las Simplégades, las Rocas Chocantes. Eran dos peñascos enormes en la entrada del mar Negro que se abrían y se cerraban como mandíbulas, aplastando todo lo que intentaba pasar entre ellas. Ningún barco lo había logrado jamás.

Idmón el adivino les dio instrucciones claras: soltar primero una paloma. Si la paloma cruzaba, ellos podían cruzar. La paloma voló, las rocas se cerraron y le cortaron la punta de la cola. Eso alcanzó como señal. Mientras las rocas se volvían a abrir, los Argonautas remaron con todo lo que tenían, impulsados por la lira de Orfeo marcando el ritmo más rápido posible. El Argo cruzó justo cuando las rocas se cerraban de nuevo: solo perdieron el extremo del timón.

Después del cruce, según la leyenda, las Simplégades quedaron inmóviles para siempre. El paso del Argo las detuvo. Como si el solo hecho de que alguien lograra lo imposible cambiara las reglas del mundo.

Cólquide y las tres tareas imposibles

Llegaron finalmente a Cólquide, el reino del rey Eetes, hijo de Helios, el dios del sol. Eetes tenía el Vellocino colgado en un árbol sagrado del bosque de Ares, custodiado por el dragón que nunca dormía. Jasón fue a ver al rey y pidió el Vellocino. Eetes tenía fama de hospitalidad pero también de crueldad calculada. Le impuso tres tareas: primero, uncir a dos toros de pezuñas de bronce que echaban fuego por la nariz. Segundo, arar con ellos un campo y sembrar los dientes de un dragón. Tercero, vencer a los guerreros armados que brotarían de esos dientes.

Era imposible. Eetes estaba seguro de que Jasón moriría en el intento.

Pero entonces apareció Medea. Y ahí cambia todo.

Medea: pasión como fuego

Medea era la hija del rey Eetes, hechicera poderosa, sacerdotisa de Hécate, la diosa de la magia y los cruces de caminos. Cuando Medea vio a Jasón, Afrodita —por pedido de Hera— hizo que se enamorara de él con una intensidad absoluta.

> Una pasión que no era poesía romántica sino algo más parecido al fuego: consumidor, brillante y capaz de destruirlo todo.

Medea no era griega. Era de Cólquide, que los griegos situaban en el extremo oriental del mundo conocido, en el borde del Cáucaso. Era bárbara, en el sentido griego del término: alguien de un mundo diferente, con costumbres y una escala de valores distintos. Cuando decidió ayudar a Jasón, no solo estaba traicionando a su padre. Estaba apostando toda su identidad por la promesa de integrarse a la civilización griega.

Fue a hablar con Jasón en secreto y le dijo que lo ayudaría si él prometía llevársela a Grecia y casarse con ella. Jasón prometió. Medea le dio un ungüento que lo volvería invulnerable al fuego y al hierro por un día. Le explicó cómo sembrar los dientes del dragón y qué hacer cuando nacieran los guerreros.

Con el ungüento de Medea, Jasón unció los toros ígneos sin quemarse. Aró el campo y sembró los dientes. Los guerreros brotaron de la tierra completamente armados. Siguiendo el consejo de Medea, Jasón arrojó una piedra en medio de ellos. Los guerreros, confundidos, creyeron que el golpe venía de uno de sus compañeros y empezaron a matarse entre sí. Jasón terminó con los que quedaron.

La huida y el cuerpo de Absirto

Eetes no tenía intención de cumplir su promesa. Esa noche planeó masacrar a los Argonautas. Medea se enteró y fue con su hermano Absirto a ayudar a Jasón a tomar el Vellocino. Adormeció al dragón con sus pócimas, Jasón tomó la piel dorada y huyeron hacia el Argo. Cuando Jasón cargó el Vellocino sobre sus hombros, los testigos decían que brillaba en la oscuridad como el sol. Había colgado durante años en ese roble sagrado, y cuando Jasón lo sostuvo, parecía tener en las manos un trozo de cielo.

Lo que Medea hizo después es lo que convierte esta historia en algo mucho más oscuro que una aventura.

Cuando Eetes los persiguió con su flota, Medea mató a su propio hermano Absirto, cortó su cuerpo en pedazos y fue arrojando los trozos al mar. Eetes tuvo que parar a recoger los restos de su hijo para darle una sepultura digna. Los griegos creían que un muerto sin sepultura no podía descansar en el inframundo.

> Era una frialdad calculada que mostraba hasta dónde era capaz de llegar cuando amaba a alguien. Ya no había vuelta atrás. Había cortado todos los puentes con su pasado.

El viaje de regreso: Orfeo y las sirenas

El viaje de regreso fue largo y lleno de obstáculos. Pasaron por el Mediterráneo, por el norte de África. En el mar de las sirenas, esas criaturas cuyo canto arrastraba a los marineros hacia las rocas, fue Orfeo quien salvó a la tripulación: tocó su lira con tanta intensidad que ahogó el canto de las sirenas y los hombres no las escucharon. Las sirenas, que según su maldición debían morir si alguien pasaba sin escucharlas, se arrojaron al mar.

Llegaron a la isla de Circe, la hechicera hermana de Eetes y tía de Medea. Circe los purificó del asesinato de Absirto pero los echó de su isla. No quería tener nada que ver con lo que su sobrina había hecho. Era el primer rechazo que recibiría Medea en el mundo al que había apostado todo.

La trampa del caldero

Llegaron a Yolco. Jasón tenía el Vellocino. Pelias tenía que cederle el trono.

No lo hizo. Mientras Jasón estaba de viaje, Pelias había matado al padre de Jasón, Esón, y a su hermano. Cuando los Argonautas llegaron y vieron lo que había pasado, Medea tomó las riendas.

Fue a ver a las hijas de Pelias y les contó que sabía un secreto: podía rejuvenecer a los ancianos hirviendo sus miembros en un caldero con hierbas mágicas. Para demostrarlo, tomó un carnero viejo, lo cortó en pedazos, lo hirvió y sacó del caldero un cordero vivo. Las hijas de Pelias, que querían salvar a su padre, siguieron las instrucciones al pie de la letra. Pelias murió hervido por sus propias hijas, que lo amaban.

Medea lo había orquestado todo. Había usado el amor filial como arma. Fue una venganza perfecta, fría y absolutamente eficaz. Pero Yolco no aceptó el regreso de Jasón después de ese episodio. Los exiliaron y se establecieron en Corinto.

El abandono que rompió todo

Y ahí, años después, Jasón tomó la decisión que terminaría destruyendo su vida.

Decidió casarse con la princesa corintia Glauce para mejorar su posición social. Una boda política. Medea, con quien tenía hijos, quedó afuera. Jasón argumentó que casarse bien era beneficioso para todos, incluso para Medea, porque los hijos tendrían un mejor futuro.

Para entender lo que significó ese abandono, hay que ver en qué situación quedó Medea exactamente. Había traicionado a su padre, abandonado su hogar, matado a su propio hermano por amor a Jasón y por la promesa de integrarse a la civilización griega. Cuando Jasón la dejó por una princesa griega, no la dejó solo a ella.

> La dejó sin patria, sin familia, sin identidad, sin protección legal. No pertenecía a ningún lugar.

Eurípides y el contexto político

Eurípides, el dramaturgo que escribió la obra más famosa sobre Medea en el año 431 antes de la era común, entendió todo eso perfectamente. La estrenó en Atenas en un contexto político muy concreto: Pericles acababa de establecer que solo serían ciudadanos atenienses los hijos de dos ciudadanos atenienses. Los hijos de Jasón y Medea, en ese contexto, eran jurídicamente apátridas. El conflicto de Medea no era solo entre dos personas. Era el conflicto entre dos mundos, y el mundo griego había decidido que ella no cabía en él.

El público ateniense que vio el estreno quedó sin palabras. Pero Eurípides los había llevado paso a paso hasta ahí: a entender que Medea había sido creada por el mismo sistema que la destruyó. Que la misma ciudad que aplaudía sus leyes de ciudadanía había producido las condiciones para que una mujer llegara al punto en que lo que haría después parecía la única salida.

La venganza final

La reacción de Medea es una de las escenas más famosas de toda la tragedia griega. Le mandó a Glauce un vestido nupcial impregnado con veneno. Cuando la princesa se lo puso, las llamas la consumieron. Su padre, el rey Creonte, murió intentando abrazarla. Y Medea, para que Jasón no tuviera nada que amar en el mundo, mató a sus propios hijos.

El debate sobre si Medea es un monstruo o una víctima lleva dos mil años abierto. La respuesta más honesta es que es las dos cosas a la vez, y esa ambigüedad es exactamente lo que hace que la obra de Eurípides todavía se represente en todo el mundo.

El final de Jasón

Jasón murió solo, viejo, sentado bajo el casco podrido del Argo que languidecía abandonado en la orilla. Una viga del barco cayó y lo aplastó.

> El héroe de la gran expedición terminó aplastado por los restos de su propia gloria.

La historia de Jasón tiene algo que la hace diferente a todas las demás de la mitología griega. El protagonista no es el más valiente, ni el más fuerte, ni el más sabio. Jasón es el héroe que más depende de los demás. Heracles lo hubiese dejado atrás. Orfeo salvó a la tripulación cuando él no pudo. Medea lo hizo todo posible.

Y cuando la dejó, cuando traicionó a la persona que más lo había ayudado, perdió todo lo que ella representaba. Como si sin ella simplemente no hubiera más historia.

Por qué los mitos siguen siendo modernos

Eso es lo que hace que los mitos griegos sean tan modernos. No hablan de dioses ni de monstruos. Hablan de lo que pasa cuando usamos a las personas como herramientas. De lo que pasa cuando el amor se convierte en traición. Y de lo que le cuesta a alguien que lo perdió todo no ser monstruoso en su respuesta.

Medea no es la villana de esta historia. Jasón tampoco, del todo. Son dos personas que se rompieron mutuamente, con consecuencias que alcanzaron a todos los que los rodeaban.

> Los griegos no resolvieron ese dilema en la obra de Eurípides. Lo dejaron abierto, incómodo, sin catarsis fácil. Y dos mil quinientos años después, seguimos sin resolverlo.

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