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Los Doce Trabajos de Heracles (Parte 2)
Episodio 16

Los Doce Trabajos de Heracles (Parte 2)

Andres AguilarAndres Aguilar

Con cuatro trabajos completados y ocho por delante, Heracles enfrenta la segunda mitad de su penitencia: establos que nadie quería limpiar, aves de bronce que devastaban cosechas, yeguas caníbales y un cinturón de guerra. Y al final, la prueba más oscu...

En la primera parte dejamos a Heracles con cuatro trabajos completados y ocho por delante. Un hombre que mató a su propia familia bajo una locura enviada por Hera, que fue al oráculo de Delfos a buscar orientación, y que ahora sirve al hombre más cobarde de Grecia en una serie de tareas que deberían ser imposibles pero que no lo son. El León de Nemea, la Hidra de Lerna, la Cierva de Cerinea y el Jabalí del Erimanto. Cuatro monstruos, cuatro victorias, y Euristeo cada vez más desesperado desde el fondo de su jarra de bronce.

Hoy terminamos el ciclo. Y los ocho trabajos que quedan incluyen algunas de las aventuras más extrañas, más ingeniosas y más épicas de toda la mitología griega. El último, en particular, es el más perturbador de todos: Heracles tendrá que bajar al inframundo y enfrentar a lo que ningún mortal debería enfrentar en vida.

El quinto trabajo: los establos de Augías

Este trabajo merece una pausa especial porque es el único en el que el desafío no es una criatura monstruosa, sino algo completamente mundano. Y porque el modo en que Heracles lo resuelve es tan elegante que todavía hoy usamos la expresión "limpiar los establos de Augías" para describir una tarea enorme y sucia que nadie quiere hacer.

Augías era el rey de Élide, en el Peloponeso, y tenía los establos más grandes del mundo conocido. Miles y miles de cabezas de ganado. El problema era que esos establos llevaban décadas sin limpiarse. El estiércol acumulado era tan monumental que había contaminado los ríos cercanos, arruinado las cosechas de toda la región y convertido los alrededores en algo verdaderamente difícil de habitar.

Euristeo le ordenó a Heracles limpiar todo eso en un solo día. La intención era humillarlo. No era un trabajo de héroe. Era el trabajo de un esclavo, de alguien que se ocupa de la suciedad de otros. El rey quería ver al hijo de Zeus arrastrar estiércol con una pala.

Ingeniería al servicio de la mitología

Heracles fue a ver a Augías y le propuso un trato: le limpiaría los establos en un día a cambio de la décima parte de su rebaño. Augías se rió. Era imposible. Aceptó.

Entonces Heracles no agarró una pala. Agarró un pico y una palanca, rompió las paredes de los establos por dos lados estratégicos y desvió el curso de dos ríos, el Alfeo y el Peneo, para que pasaran por dentro de los establos. El agua corriendo limpió todo en horas.

> La ingeniería al servicio de la mitología.

Augías se negó a pagar cuando el trabajo estuvo hecho. Argumentó que si usó los ríos no fue mérito suyo. Heracles lo llevó ante un tribunal. El hijo de Augías testificó a favor de Heracles, confirmando que el trato se había hecho. Heracles ganó el juicio. Pero Augías, furioso con su propio hijo por haberlo traicionado, los expulsó a ambos del reino. Años después, cuando Heracles terminó todos los trabajos y quedó libre, volvió a Élide con un ejército, derrocó a Augías y lo mató. La deuda se cobró con intereses.

Este episodio dice algo sobre Heracles que vale subrayar: no olvidaba las traiciones. Era generoso con los que lo ayudaban y con los que le pedían clemencia. Pero con quien lo había engañado deliberadamente, la cuenta siempre quedaba abierta.

Euristeo declaró el trabajo inválido porque Heracles había negociado una recompensa. La lista de trabajos que "no contaban" iba creciendo, y con ella el cinismo del rey.

El sexto trabajo: las aves del lago Estínfalo

En los bosques alrededor del lago Estínfalo, en Arcadia, vivía una bandada de aves monstruosas. No eran pajaritos simpáticos. Eran criaturas del tamaño de una grulla, con picos y garras de bronce, que lanzaban sus propias plumas como flechas y cuyo estiércol, igualmente tóxico, envenenaba los cultivos. Habían proliferado tanto que literalmente bloqueaban la luz del sol cuando volaban en bandada.

Heracles fue al lago y encontró el primer problema: el terreno alrededor era un pantano que no soportaba el peso de un hombre. No podía acercarse a las aves sin hundirse.

Atenea, la diosa de la sabiduría, fue en su auxilio y le dio un par de castañuelas de bronce, construidas por Hefesto, el dios herrero. Heracles trepó a una colina cercana y los hizo sonar con fuerza. El ruido fue tan potente que las aves salieron volando en pánico. Y mientras cruzaban el cielo, Heracles las fue derribando a flechazos una por una.

Este trabajo revela algo interesante que vale mencionar: Heracles no siempre actuó solo ni desde la pura fuerza bruta. Atenea lo ayudó directamente en este trabajo, Apolo en otros momentos. El hijo de Zeus tenía apoyos entre los dioses, aunque también tenía la enemistad permanente de Hera. Y en esa tensión, entre quienes lo ayudaban y quien lo perseguía, se movió toda su vida.

El séptimo trabajo: el toro de Creta

Poseidón, el dios del mar, le había enviado al rey Minos de Creta un toro blanco magnífico para que lo sacrificara en su honor. Minos lo vio y pensó que era demasiado hermoso para matarlo. Lo guardó para sí y sacrificó otro en su lugar. Poseidón, ofendido, hizo que el toro enloqueciera. El animal empezó a devastar la isla, destruyendo todo a su paso.

Heracles fue a Creta, capturó al toro con sus propias manos, lo domó y lo llevó vivo hasta Micenas. Lo hizo como hacía todo: de frente, sin rodeos.

En Micenas, Euristeo quiso dedicar el toro a Hera. La diosa lo rechazó. No iba a aceptar ningún trofeo que glorificara a Heracles. El toro fue liberado y vagó por Grecia hasta llegar a Maratón, donde se convirtió en la famosa bestia que luego Teseo tuvo que enfrentar.

> Todo conectado, como suele pasar en la mitología griega, donde los monstruos tienen genealogías y las historias se encadenan unas con otras en una red que parece no tener fin.

El octavo trabajo: las yeguas de Diomedes

Diomedes era un rey tracio, hijo de Ares, el dios de la guerra. Tenía cuatro yeguas magníficas con una costumbre perturbadora: las alimentaba con carne humana. Con los huesos y la carne de sus propios huéspedes. Las bestias habían adquirido el gusto por la sangre y eran peligrosísimas.

Heracles fue con un grupo de voluntarios, dominó a las yeguas y las llevó hasta la costa, encargándole la custodia a su joven amigo Abdero mientras él enfrentaba al ejército de Diomedes que venía en persecución. Heracles derrotó a Diomedes en combate y, en un giro de justicia poética, lo usó como alimento para sus propias yeguas. Una vez que las yeguas probaron la carne de su amo, quedaron tranquilas. Fueron llevadas a Micenas dócilmente.

Abdero, el joven amigo, no sobrevivió. Las yeguas lo habían devorado mientras Heracles peleaba. Heracles fundó una ciudad en su honor y la llamó Abdera. Nuevamente, la sombra de la pérdida siguiéndolo a todas partes. Por más victorias que acumulara, el precio siempre llegaba en algún punto.

El noveno trabajo: el cinturón de Hipólita

Hipólita era la reina de las Amazonas, las guerreras legendarias que vivían en las orillas del mar Negro. Tenía un cinturón de oro, regalo de Ares, símbolo de su poder y autoridad. Euristeo quería el cinturón como regalo para su hija.

Heracles fue con una flota de barcos y varios compañeros. Y ocurrió algo inesperado: Hipólita los recibió bien. Era una mujer que admiraba la valentía y Heracles la impresionó. Le dijo que estaba dispuesta a entregarle el cinturón voluntariamente.

Era demasiado sencillo. Y Hera se aseguró de que no lo fuera.

La diosa se disfrazó de amazona y corrió entre las guerreras diciendo que los recién llegados planeaban secuestrar a su reina. Las Amazonas tomaron sus armas y atacaron. En la confusión de la batalla, Heracles creyó que Hipólita lo había traicionado desde el principio, que todo había sido una trampa. La mató y se llevó el cinturón.

Esta es una de las historias más tristes del ciclo, porque la muerte de Hipólita fue innecesaria. Ella estaba dispuesta a ayudarlo. Fue Hera quien sembró la desconfianza.

> El patrón se repite: el poder sin control mata lo que intenta proteger.

El décimo trabajo: los bueyes de Gerión

Aquí los trabajos cruzaron hacia una dimensión mítica más extrema. Gerión era un ser monstruoso que vivía en la isla Eritía, más allá de las columnas de Heracles, es decir, más allá del estrecho de Gibraltar, en el confín occidental del mundo conocido. Era un gigante con tres cuerpos unidos a la cintura, hijo del titán Crisaor. Tenía una manada de bueyes rojizos que Heracles debía traer.

La copa del sol

Para llegar allí, Heracles tuvo que atravesar el desierto de África del Norte bajo un sol tan implacable que, según la leyenda, apuntó su arco al sol con furia. Helios, el dios sol, lejos de enojarse, le prestó su copa de oro para que cruzara el océano. La imagen es magnífica: Heracles cruzando el océano en la copa del dios del sol, flotando sobre el agua como si fuera una balsa divina.

Las Columnas de Hércules

Antes de partir de Gibraltar, colocó dos grandes columnas a ambos lados del estrecho para marcar el fin del mundo civilizado. Esas son las famosas Columnas de Heracles, que los romanos llamarían Columnas de Hércules, y que durante siglos los navegantes usaron como señal de que más allá no había nada conocido. Colón las cruzó en 1492.

> Esa es la herencia geográfica del mito: un héroe mítico que demarcó el borde del mundo conocido y cuya señal siguió funcionando como referencia geográfica real durante dos milenios.

En Eritía, Heracles mató al perro bicéfalo Orto que custodiaba los bueyes, luego al pastor Euritión y finalmente al propio Gerión, con una sola flecha que atravesó los tres cuerpos a la vez. El viaje de regreso fue interminable y lleno de contratiempos, pero llegó a Micenas con los bueyes.

El undécimo trabajo: las manzanas de las Hespérides

Las Hespérides eran las ninfas del atardecer, que cuidaban un jardín en el extremo occidental del mundo donde crecían manzanas de oro. Eran sagradas para Hera, que las había recibido como regalo de bodas. Un dragón inmortal llamado Ladón las vigilaba sin dormir jamás.

El problema era que Heracles no sabía dónde estaba ese jardín. Tuvo que rastrearlo preguntando a distintas criaturas divinas a lo largo del mundo. Y en ese camino ocurrió algo que dice mucho sobre su carácter.

La liberación de Prometeo

Encontró a Prometeo, el titán encadenado al Cáucaso, condenado a que un águila le comiera el hígado eternamente por haberle dado el fuego a la humanidad. Heracles mató al águila de un flechazo y liberó a Prometeo. Ese fue un acto gratuito, sin recompensa pedida, sin que nadie se lo hubiera ordenado. Prometeo, agradecido, le reveló dónde estaba el jardín.

El engaño a Atlas

Para obtener las manzanas, Heracles recurrió a Atlas, el titán que sostenía el peso del cielo sobre sus hombros. Le propuso un trato: Heracles sostendría el cielo mientras Atlas iba a buscar las manzanas. Atlas aceptó, encantado de soltar su carga por un momento.

El titán volvió con las manzanas y decidió que no quería retomar el cielo. Que iría a entregar las manzanas él mismo a Euristeo y le dejaría a Heracles el cielo para siempre. Heracles fingió aceptar, pero le pidió a Atlas que sostuviera el cielo por un instante mientras él se acomodaba mejor para cargar el peso. Atlas, sin pensar, soltó las manzanas y tomó el cielo. Y Heracles agarró las manzanas y se fue.

Una de las pocas veces en que venció usando la astucia pura. Y que demuestra que Heracles no era solo músculo: cuando la situación lo exigía, pensaba.

El duodécimo trabajo: traer a Cerbero del inframundo

El último trabajo era el más imposible de todos. Euristeo apostó todo a una carta que parecía definitiva: Heracles debía descender al reino de los muertos, al Hades, y traer a Cerbero, el perro guardián de tres cabezas, sin usar armas ni hacerle daño.

Bajar al inframundo. Traer al perro guardián vivo. Sin armas. Si algo podía matar definitivamente a Heracles, era esto.

Una promesa hecha a un muerto

Pero antes de que Heracles llegara ante el trono de Hades, ocurrió algo que no suele contarse en las versiones más conocidas del mito. En el camino por las profundidades del inframundo, Heracles se encontró con las sombras de los muertos que había dejado atrás en vida. Encontró a Meleagro, uno de los Argonautas que había caído en batalla, y tuvieron una conversación que lo marcó profundamente. Meleagro le pidió que cuando volviera al mundo de los vivos, cuidara a su hermana Deyanira, la más vulnerable de sus familiares. Heracles prometió que lo haría.

Era una promesa hecha en el reino de los muertos, a alguien que ya no podía reclamársela. Y sin embargo, cuando terminaron los trabajos, Heracles fue a buscar a Deyanira, se casó con ella y tuvieron hijos. Fue quizás el acto más deliberado y consciente de toda su vida: elegir a una esposa por un compromiso hecho con un muerto, como un acto de honor hacia alguien que ya no podía pedir nada.

La túnica envenenada

La ironía final es brutal. Deyanira, sin intención de hacerle daño, terminó causando su muerte. El centauro Neso, herido de muerte por las flechas envenenadas de Heracles mientras intentaba raptar a Deyanira, le dijo antes de morir que su sangre era un filtro de amor. Que si alguna vez sentía que el amor de Heracles se enfriaba, untara su ropa con esa sangre y todo volvería a ser como al principio.

Años después, cuando Heracles llegó con una cautiva llamada Yole a quien claramente amaba, Deyanira recordó el consejo del centauro y untó una túnica con su sangre. Neso la había engañado: su sangre, mezclada con el veneno de la Hidra de Lerna, era mortal. Cuando Heracles se puso la túnica, el fuego lo consumió desde adentro. No podía morir porque era semidivino, pero tampoco podía soportar el dolor. Pidió a sus compañeros que construyeran una pira funeral y lo pusieran encima. El fuego destruyó su parte mortal y su alma ascendió al Olimpo.

> Sus propias flechas envenenadas, de manera indirecta, lo mataron. La herramienta de sus victorias fue también el instrumento de su fin.

Cerbero, vencido sin armas

Volvamos al décimo segundo trabajo. Heracles se presentó ante Hades y Perséfone, les explicó su misión, y Hades puso la única condición posible: podía llevarse a Cerbero si lo dominaba sin armas. Heracles enfrentó al perro de tres cabezas con las manos desnudas, usó su piel de león como escudo y lo estranguló hasta que se rindió. Lo ató y lo arrastró hacia la superficie.

Cuando apareció en Micenas con Cerbero, Euristeo se escondió tan dentro de su jarra que mandó a decir que por favor se llevara ese perro de vuelta y que aceptaba que todos los trabajos habían sido completados. Heracles devolvió a Cerbero al inframundo.

Doce trabajos. Redención cumplida, según el oráculo.

¿Pero fue suficiente? Esa es la pregunta que la mitología deja flotando.

Los trabajos según Jung: un mapa del inconsciente

El psicólogo Carl Jung, que dedicó buena parte de su obra a analizar los mitos griegos como mapas del inconsciente, interpretó los doce trabajos como el proceso que él llamaba individuación: el camino por el cual una persona se convierte genuinamente en sí misma a través de enfrentar sus propias sombras internas. El León de Nemea era el ego descontrolado. La Hidra de Lerna era el inconsciente que se multiplica cuando intentás reprimir sus contenidos directamente. Las aves del Estínfalo eran los pensamientos obsesivos que bloquean la luz. Cada monstruo, una dimensión del ser humano que hay que integrar para alcanzar algo parecido a la plenitud.

No sé si los griegos pensaron los trabajos de esa manera. Probablemente no, al menos no en esos términos. Pero que un psicólogo del siglo veinte encontrara en una historia de tres mil años un mapa exacto del desarrollo psicológico humano dice algo poderoso sobre por qué estos mitos sobrevivieron tanto tiempo.

> No son simplemente entretenimiento. Son un inventario de los desafíos que todo ser humano enfrenta en algún momento de su vida.

La paz al final del camino más largo

Heracles siguió teniendo una vida tumultuosa después de los trabajos. Más tragedias, más muertes involuntarias, más consecuencias de su fuerza descontrolada. Y al final murió de la manera más irónica posible, como ya contamos. Pero los griegos no terminaron la historia ahí. Cuando su cuerpo mortal murió, su lado divino fue llevado al Olimpo. Zeus lo recibió entre los dioses. Incluso se reconcilió con Hera y se casó con Hebe, la diosa de la juventud.

El hombre más fuerte del mundo terminó siendo inmortal. El ciclo de culpa y redención se cerró, aunque no de la manera que nadie hubiera esperado.

Y esa es, en definitiva, la grandeza de la historia de Heracles. No es la historia de un superhéroe que gana siempre. Es la historia de alguien que cargó con el peso más oscuro que puede existir, que siguió adelante de todas formas, y que encontró, en el camino más largo y difícil posible, algo parecido a la paz.

> La respuesta de los griegos al dolor más profundo era siempre la misma: se sigue. Con trabajo. Con esfuerzo. Con las manos, si hace falta. Sin garantía de que alcance para redimirse del todo. Pero se sigue.

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