
En defensa de la Ilustración - Steven Pinker
En 2018, Steven Pinker publicó un libro de casi seiscientas páginas con una tesis que casi nadie quería creer: el mundo está mejorando, de manera dramática y sostenida, en casi todas las dimensiones que importan, desde hace dos siglos.
En 2018, Steven Pinker publicó un libro de casi seiscientas páginas que te dice algo que la mayoría de la gente no quiere escuchar. El mundo está mejorando. No un poco. No en algunos aspectos marginales. Sino en prácticamente todas las cosas que importan para la vida humana, de manera dramática, sostenida y medible, durante los últimos dos siglos. Si leés eso y pensás que suena ridículo, que claramente la gente que dice algo así no está viendo lo que está pasando, bueno, eso es exactamente lo que la mayoría de la gente pensó. Y eso es exactamente por qué este libro desató una de las discusiones intelectuales más intensas de la última década.
Lo que nadie quería creer
Steven Pinker nació en Montreal en 1954. Es psicólogo cognitivo, experto en lenguaje y cognición, y lleva décadas en Harvard. Antes de En defensa de la Ilustración escribió otros libros que lo convirtieron en una figura central en la discusión pública sobre la naturaleza humana. El más conocido fue Los ángeles que llevamos dentro, donde hacía un argumento sobre la disminución histórica de la violencia. En defensa de la Ilustración es, en cierto sentido, la expansión de ese argumento a prácticamente todo.
El libro tiene tres partes. La primera es filosófica. Pinker define qué es la Ilustración, cuáles son sus valores centrales, y por qué cree que están siendo atacados. Dice que la Ilustración son cuatro valores. La razón: la disposición a someter tus creencias al escrutinio empírico y lógico, a cambiarlas cuando la evidencia lo requiere. La ciencia: la sistematización institucional de la razón, con sus métodos de verificación y revisión por pares. El humanismo: la idea de que el bienestar de los seres humanos individuales es lo que más importa, por encima de las naciones, las razas, las religiones. Y el progreso: la creencia de que los problemas tienen solución y que la condición humana no está fijada para siempre.
La Ilustración como movimiento histórico no fue monolítica. Hubo distintas tradiciones. La francesa, más radical en su anticlericalismo. La escocesa, más conservadora en su valoración de lo que evolucionó a lo largo del tiempo. La inglesa, con su énfasis en los derechos individuales. Pinker toma de todas pero se inclina hacia una visión que valora las instituciones existentes y desconfía de las utopías diseñadas desde arriba.
Eso lo distingue de los grandes proyectos políticos que también invocaban la razón pero terminaron en catástrofe. El marxismo-leninismo se reclamaba heredero de la Ilustración. El nazismo también tenía sus pseudociencias y sus pretensiones de racionalidad. Pinker los descarta no como ejemplos de adónde lleva la razón sino como ejemplos de qué pasa cuando la razón se pone al servicio de un fin que la niega: un Estado que no rinde cuentas, que suprime el disenso, que aplasta a los individuos en nombre de la colectividad.
> "Los valores de la Ilustración son la causa principal del progreso de los últimos dos siglos."
Cuando los datos cuentan una historia diferente
La segunda parte del libro es donde Pinker presenta los datos. Y hay muchísimos datos. Cientos de gráficos y estadísticas de decenas de organizaciones internacionales. Lo que muestran es una tendencia que sube. Siempre sube.
Empezá por la vida. La esperanza de vida promedio mundial en 1800 era treinta años. Hoy es más de setenta. En los países desarrollados supera los ochenta. En el período que la gente idealiza como más simple y más auténtico, la mayoría de los niños moría antes de llegar a adultos. Una de cada tres criaturas no llegaba a los cinco años. Hoy la mortalidad infantil global es alrededor del cuatro por ciento y sigue bajando.
Las grandes enfermedades infecciosas que diezmaban poblaciones fueron vencidas una por una. La viruela mató a cientos de millones a lo largo de la historia. Fue erradicada en 1980. La polio está en camino. El cólera, la fiebre amarilla, la difteria: todas tienen vacunas y tratamientos. Siguen existiendo enfermedades graves. Pero la capacidad de responder es radicalmente superior.
Después viene la pobreza extrema. En 1820, el noventa por ciento de la humanidad vivía con menos de dos dólares diarios. Hoy menos del diez por ciento. Es la mayor reducción de pobreza en la historia. Y ocurrió principalmente en los últimos cincuenta años, acelerada por la globalización y la industrialización de Asia. China sacó a ochocientos millones de personas de la pobreza extrema en cuatro décadas.
La seguridad física mejoró de maneras impresionantes. El trabajo mataba en el pasado de formas que hoy resultan inimaginables. Las tasas de accidentes laborales en las minas y fábricas del siglo diecinueve eran astronómicas. Bajaron un factor de diez en los países desarrollados durante el siglo veinte. Las muertes en incendios, inundaciones, tormentas también bajaron enormemente porque la capacidad de advertencia y evacuación mejoró.
La alfabetización pasó de ser un privilegio de minorías a ser casi universal. En 1800, menos del veinte por ciento de la población mundial sabía leer. Hoy es más del ochenta y cinco por ciento. El acceso a educación secundaria y universitaria se multiplicó sin precedente histórico.
> "El cambio climático es el problema más serio de los que menciona, pero la mayoría de las otras formas de degradación ambiental mejoraron en los países que alcanzaron cierto nivel de desarrollo."
El capítulo que nadie quería leer
Hay un capítulo sobre la violencia que es contraintuitivo. La sensación general es que el mundo es más violento que nunca. Pero los datos dicen otra cosa. La tasa de homicidios en Europa en la Edad Media era diez veces mayor que la de hoy. Las guerras entre grandes potencias eran mucho más frecuentes antes del siglo veinte que después. El número de muertes en conflictos armados per cápita disminuyó de manera sostenida desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. El siglo veinte, con sus dos guerras mundiales, parece el más violento en términos absolutos. Pero en porcentaje de la población mundial que murió por violencia, varios períodos anteriores fueron peores.
La democracia es otro indicador. En 1800 prácticamente no existía gobierno democrático en el sentido moderno. En 2000 la mayoría de países del mundo tenía alguna forma de democracia electoral. La esclavitud era legal en casi todo el mundo hace doscientos años. Hoy es ilegal en todos los países. Los derechos civiles, los derechos de las mujeres, de las minorías, de los niños: todos han sido objeto de expansión continua.
Hay capítulos sobre el medio ambiente, sobre la felicidad, sobre el acceso a la información. Pinker habla del acceso al entretenimiento, a la cultura, a la información. Una persona promedio hoy tiene acceso a más música, literatura e información que ningún rey medieval. La Biblioteca de Alejandría tenía probablemente cientos de miles de rollos. Con un teléfono inteligente tenés acceso a más de lo que podrías leer en mil vidas.
Por qué seguimos siendo pesimistas
La tercera parte del libro pregunta algo fascinante. Si todo eso es verdad, ¿por qué la mayoría de la gente cree que el mundo está empeorando? Pinker da varias respuestas que se apoyan en la psicología cognitiva.
La primera es el sesgo de negatividad. El cerebro procesa la información negativa con más intensidad que la positiva. Las amenazas capturan la atención de manera automática. Eso tiene sentido evolutivo: en el entorno donde evolucionamos, ignorar una amenaza tenía consecuencias fatales. Pero en el mundo moderno significa que las malas noticias son más impactantes que las buenas, independientemente de su relevancia relativa.
La segunda es el efecto de los medios. Las noticias son eventos, no tendencias. El crimen que ocurrió hoy es noticia. El hecho de que el crimen bajó un cuarenta por ciento en los últimos veinte años no lo es. Los medios, al seleccionar sistemáticamente los eventos negativos del presente, crean una imagen estadísticamente falsa del mundo.
Hay también algo que Pinker llama el efecto del punto de referencia. Cuando las condiciones mejoran, las expectativas suben con ellas. Lo que antes parecía tolerable ahora parece inaceptable. Las personas en países ricos se sienten más amenazadas por los crímenes de hoy que sus abuelos por los de los años cincuenta, aunque los de hoy sean estadísticamente menores. El estándar cambió. Y eso es, en cierto sentido, una señal de progreso. Pero produce la paradoja de que el progreso real coexiste con una sensación subjetiva de deterioro.
> "El progreso real puede coexistir con una sensación subjetiva de que las cosas están peor."
Los problemas son reales, pero...
Pinker responde a las críticas más serias a su argumento. Sí, dice, los problemas actuales son reales y graves. El cambio climático. La desigualdad dentro de los países. La amenaza de las armas de destrucción masiva. Los nacionalismos resurgentes. Pero la manera correcta de pensar sobre esos problemas requiere saber de dónde vinimos. Si el punto de comparación es un pasado idealizado que nunca existió, las soluciones propuestas van a ser equivocadas.
La desigualdad dentro de países ricos aumentó significativamente en los últimos cuarenta años. Pinker no lo niega. Pero distingue entre desigualdad relativa y pobreza absoluta. Puede ser que el rico de hoy sea más rico en relación al pobre de hoy que el rico de 1970 en relación al pobre de 1970. Y al mismo tiempo el pobre de hoy sea materialmente mejor que el pobre de 1970. Ambas cosas pueden ser verdad simultáneamente. Y confundirlas produce malas políticas.
El libro fue recibido con entusiasmo por algunos y con crítica intensa por otros. Bill Gates lo llamó el libro más importante que había leído. Barack Obama lo mencionó entre sus lecturas favoritas. Pero también recibió críticas serias desde distintas direcciones. Historiadores cuestionando la metodología de comparación. Filósofos cuestionando si el progreso material es en sí mismo el bien supremo. Críticos de izquierda argumentando que los datos globales ocultan la distribución interna de los países ricos.
La fragilidad del progreso
Y acá está lo que hace especial a este libro. No es exactamente optimismo. Es más parecido a un argumento sobre la fragilidad. El progreso de los últimos dos siglos ocurrió porque ciertos valores e instituciones se construyeron y se mantuvieron. Esos valores e instituciones no son inevitables. Pueden ser erosionados por el populismo, por el desprecio por los expertos, por el tribalismo nacionalista, por la política identitaria que desconfía de los datos cuando no confirman lo que ya se cree.
En ese sentido, el libro más optimista de los últimos años termina siendo también una advertencia. El progreso no es la dirección por defecto de la historia. Es el resultado de elegir ciertos valores y aplicarlos con rigor. La razón, la ciencia, el humanismo, la cooperación. Esos valores produjeron lo que produjeron. Abandonarlos tiene consecuencias. Las ha tenido antes. Y podría volver a tenerlas.
Hay un capítulo sobre riesgos existenciales: las armas nucleares, la inteligencia artificial, el cambio climático en sus versiones más catastróficas. Pinker no descarta ninguna de estas amenazas. Dice que son reales. Pero argumenta que la respuesta correcta es la misma que produjo el progreso en otras áreas: razón, ciencia y cooperación internacional. Las mismas herramientas que derrotaron a la viruela pueden aplicarse al cambio climático. Los mismos principios que controlaron las armas nucleares pueden aplicarse a la IA.
La pregunta central que deja el libro es qué pasaría si abandonamos esos valores. Qué pasaría si decidimos que la razón y los datos no importan tanto como las intuiciones y las creencias. Qué pasaría si elegimos la tribu sobre la humanidad, la tradición sobre el progreso. La historia da algunas respuestas. No son alentadoras.
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