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El Príncipe — Nicolás Maquiavelo
Episodio 20

El Príncipe — Nicolás Maquiavelo

Andres AguilarAndres Aguilar

El Principoe: de qué trata el libro y por qué sigue interpelando, en versión para leer con calma.

Episodio de Podcast

Hay libros que escandalizan en su época y después se olvidan. Y hay libros que escandalizan en su época, siguen escandalizando quinientos años después, y encima se vuelven los más citados, los más malentendidos y los más usados —y abusados— de toda la historia del pensamiento político. El Príncipe de Nicolás Maquiavelo es definitivamente el segundo tipo.

Cuando el Papa Clemente VIII lo incluyó en el índice de libros prohibidos en 1559, lo describió como un manual del diablo. Cuando los asesores de Catalina de Médici lo encontraron en su biblioteca personal después de su muerte, lo consideraron evidencia de su carácter despiadado. Cuando Napoleón lo llevaba en sus campañas militares lleno de anotaciones al margen, lo usaba como guía práctica. Y cuando hoy alguien dice que una decisión política fue "maquiavélica", casi siempre lo dice como insulto. Quinientos años, y el libro sigue generando incomodidad. Algo tiene que estar haciendo bien.

Para entender El Príncipe hay que entender el momento en que fue escrito, porque es imposible separarlo de su contexto. Corre el año 1513. Italia no es un país —va a tardar otros trescientos cincuenta años en serlo— sino un mosaico de ciudades-estado, ducados, repúblicas y señoríos que se hacen la guerra entre sí con una regularidad perturbadora. Francia invade desde el norte. España presiona desde el sur. El Papa tiene su propio ejército y sus propias ambiciones territoriales. Y en el medio de ese caos, las fortunas políticas suben y bajan con una velocidad vertiginosa. Un gobernante podía estar en el pico de su poder en primavera y estar muerto o exiliado en otoño. Eso no era excepcional: era el ritmo normal de la política italiana del Renacimiento.

Maquiavelo sabe de eso en carne propia. Durante catorce años fue secretario de la República de Florencia, un cargo que hoy llamaríamos algo así como jefe de gabinete o canciller. Viajó como emisario diplomático a Francia, a Roma, a los principales poderes de la época. Conoció de cerca a César Borgia —uno de los personajes más temidos y fascinantes del Renacimiento— y lo observó operar con una mezcla de horror y admiración. Conoció también a Luis XII de Francia, al Papa Julio II, al Emperador Maximiliano. Era un observador de primera línea del poder real, no un filósofo de biblioteca. Cuando escribía sobre cómo funciona la política, sabía de lo que hablaba.

Y entonces llegó 1512. Los Médici recuperaron el control de Florencia con ayuda española, la república cayó, y Maquiavelo no solo perdió su cargo sino que fue arrestado, acusado de conspiración, y sometido a tortura —el strappado, que consiste en colgar a la persona con los brazos atados hacia atrás y dejarla caer en seco. Sobrevivió, fue declarado inocente por falta de pruebas, y finalmente desterrado a una pequeña propiedad en el campo a unos quince kilómetros de Florencia. Tenía cuarenta y tres años. Todo lo que había construido, destruido de un golpe.

Fue en ese exilio forzado, en esa mezcla de humillación y tiempo libre, que Maquiavelo se sentó a escribir. En una carta famosa a su amigo Francesco Vettori, describió su rutina: durante el día trabajaba en el campo, hablaba con campesinos, jugaba a las cartas en la taberna del pueblo. Y al atardecer, se cambiaba la ropa, se ponía sus mejores vestidos, y durante cuatro horas se "trasladaba" a los mundos de los grandes hombres del pasado, leyendo y meditando sobre la historia. El Príncipe nació de esas tardes.

El libro es corto

El libro es corto. Eso ya es una rareza para su época, cuando los tratados políticos tendían a ser monumentales. Tiene veintiséis capítulos y se puede leer en una tarde concentrada. Pero cada página es densa, y la propuesta central que lo atraviesa fue suficiente para sacudir cinco siglos de pensamiento político.

Esa propuesta es esta: la política tiene sus propias reglas, y esas reglas no son las mismas que las de la moral cristiana. Un príncipe que gobierne siguiendo exclusivamente los preceptos del Evangelio —humildad, perdón, misericordia, generosidad sin límites— va a terminar destruido por los que no tienen esos escrúpulos. Y un príncipe destruido no le sirve a nadie. Maquiavelo no dice que la moral no importa. Dice que en política, la eficacia importa más, y que a veces esas dos cosas se contradicen.

Para 1513, esto era dinamita pura. Toda la tradición del pensamiento político medieval había partido de la premisa de que el buen gobernante era el gobernante virtuoso en sentido cristiano: piadoso, justo, generoso, templado. Los "espejos de príncipes" —los manuales de gobierno que circulaban por las cortes europeas— eran básicamente libros de ética aplicada al poder. Maquiavelo los conocía bien, y los descarta de manera tajante. Dice, con una honestidad brutal: muchos han imaginado repúblicas y principados que nunca existieron. El que deja lo que se hace por lo que se debería hacer aprende antes su ruina que su preservación. La gente es como es, no como debería ser, y hay que gobernarla como es.

Esta es una frase que vale la pena detenerse a masticar, porque es el núcleo de todo el libro. Maquiavelo no está haciendo filosofía moral. Está haciendo ciencia política avant la lettre. Está observando cómo funciona el poder en la realidad, no cómo debería funcionar según los teólogos. Y en ese sentido inaugura algo radicalmente nuevo: la separación entre la política y la ética como disciplinas autónomas.

Uno de los conceptos más importantes del libro —y menos citados por la gente que habla de él sin haberlo leído— es la distinción entre virtù y fortuna. Hay que tener cuidado acá, porque en el italiano de Maquiavelo estas palabras no significan exactamente lo que parecen.

Fortuna es más o menos lo que entendemos: el azar, las circunstancias, las cosas que escapan a nuestro control. El mundo es impredecible, los enemigos se mueven, las alianzas cambian, la marea sube y baja. Maquiavelo tiene una imagen para esto que es bastante memorable: la fortuna es como un río que en épocas de crecida arrasa con todo. Cuando el río está calmo, nadie piensa en construir diques y canales. Cuando crece, es tarde. Los príncipes que en tiempos prósperos no piensan en las adversidades futuras, dice, cuando caen las adversidades piensan en huir y no en defenderse. Esperan que los pueblos, hartos del exceso de los vencedores, los vuelvan a llamar. Eso está bien si no hay otra cosa, pero es muy malo cuando se podía haber previsto.

Virtù, en cambio, no es la virtud cristiana. Es algo más parecido a lo que hoy llamaríamos capacidad, destreza, audacia, la habilidad de actuar con decisión y eficacia en el momento preciso. El príncipe virtuoso —en el sentido maquiavélico— es el que construye sus diques cuando el río está calmo, el que no espera que la suerte le sonría sino que crea las condiciones para que su habilidad pueda operar. Maquiavelo dice que la fortuna domina más o menos la mitad de nuestras acciones, y que la otra mitad depende de nosotros. No es un determinista. Cree genuinamente que la habilidad y la audacia pueden torcer el destino.

El ejemplo que usa para ilustrar la virtù en su máxima expresión es…

El ejemplo que usa para ilustrar la virtù en su máxima expresión es César Borgia, a quien dedica un capítulo entero con una admiración apenas disimulada. Borgia —hijo del Papa Alejandro VI, capitán general de los ejércitos papales— construyó un principado en el centro de Italia con una combinación de crueldad calculada, alianzas estratégicas y golpes de audacia que dejaron a sus contemporáneos sin palabras. Maquiavelo lo vio operar de cerca durante una misión diplomática en 1502 y quedó fascinado, no por su crueldad per se, sino por la lógica fría con que la aplicaba. Un episodio en particular lo marcó profundamente.

Borgia había pacificado la región de Romaña, que era un territorio con una larga historia de violencia y anarquía, usando como gobernador a un hombre llamado Ramiro de Lorqua, a quien le había dado poderes casi ilimitados para imponer el orden, lo que Ramiro hizo con una brutalidad notable. Una vez que el territorio estuvo pacificado, Borgia entendió que Ramiro se había convertido en un problema: era odiado por la población y su presencia recordaba quién había ordenado esa brutalidad. Una mañana, los habitantes de Cesena encontraron a Ramiro de Lorqua en la plaza principal, partido en dos, con un cuchillo y un trozo de madera ensangrentado al lado. Borgia lo había ejecutado sin aviso ni proceso. La población, dice Maquiavelo, quedó al mismo tiempo satisfecha y aterrorizada. Satisfecha porque el hombre que los había oprimido estaba muerto. Aterrorizada porque el que lo mató era aún más poderoso e impredecible.

Para Maquiavelo, esto es un ejemplo de virtù en su forma más pura: la capacidad de usar la crueldad de manera instrumental, en el momento justo, para producir el efecto político deseado. No como exceso, no como sadismo, sino como cirugía política.

Llegamos así a uno de los capítulos más famosos y más debatidos del libro: el que pregunta si es mejor ser amado o ser temido. Casi todo el mundo conoce la respuesta —"es mejor ser temido que amado, si no se puede ser ambas cosas"— pero casi nadie recuerda el argumento completo, que es mucho más matizado de lo que parece en la cita suelta.

Maquiavelo no dice que el príncipe deba ser un tirano brutal. Dice algo más preciso: el amor es frágil porque los hombres aman por conveniencia, y cuando la conveniencia cambia, el amor también cambia. Los hombres son ingratos, volubles, simuladores, cobardes ante el peligro, ávidos de ganancia: mientras el príncipe los beneficia están de su parte, le ofrecen la vida, los bienes, los hijos; pero cuando la necesidad se acerca, se rebelan. El príncipe que basó todo en sus palabras, sin hacer otras preparaciones, se pierde.

El miedo, en cambio, depende de algo que el príncipe puede controlar directamente: su poder de castigar. Por eso el miedo es más confiable como base del poder político. No porque sea más noble sino porque es más estable.

Pero hay un matiz crucial que se pierde en las citas de pasillo: Maquiavelo también dice que el príncipe debe evitar ser odiado. Ser temido y ser odiado son cosas completamente distintas. El odio nace cuando el príncipe toca la propiedad o las mujeres de sus súbditos, cuando la crueldad es percibida como arbitraria o injusta. Un príncipe que genera odio está en peligro constante de conspiración, incluso de sus propios colaboradores. El miedo bien administrado genera respeto y obediencia. El odio genera cuchillos en la espalda. Y la historia, dice Maquiavelo con bastante frialdad, muestra que la mayoría de los príncipes que cayeron lo hicieron por haber sido odiados, no por haber sido temidos.

Otro capítulo fundamental trata sobre si el príncipe debe mantener…

Otro capítulo fundamental trata sobre si el príncipe debe mantener su palabra. Y la respuesta de Maquiavelo es que no necesariamente. Que un príncipe que siempre cumple sus promesas va a ser destruido por los que no cumplen las suyas. Que los que mejor supieron ser zorros triunfaron. Y que el príncipe debe ser como el león y el zorro al mismo tiempo: el león para espantar a los lobos, el zorro para ver las trampas. Solo con la fuerza bruta del león no alcanza, porque hay trampas que la fuerza no puede resolver. Solo con la astucia del zorro tampoco, porque hay amenazas directas que requieren enfrentamiento.

Maquiavelo agrega algo importante: el príncipe no necesita tener todas las cualidades positivas, pero necesita parecerlas tener. La apariencia de la virtud es políticamente necesaria aunque la virtud real sea impracticable. Un príncipe que en todos los actos dijera la verdad, que cumpliera siempre su palabra, que nunca usara la fuerza, sería destruido. Pero un príncipe que parezca misericordioso, fiel, íntegro, religioso, mientras por dentro mantiene la capacidad de ser lo contrario cuando la necesidad lo requiere, ese príncipe puede sostenerse.

Otro tema que el libro trata con una profundidad que suele pasarse por alto es la cuestión de los mercenarios. En la Italia del siglo XVI, la práctica habitual era que los estados contrataran ejércitos mercenarios —llamados condottieri— para hacer la guerra. Florencia, Milán, Venecia: todos dependían de estos capitanes de fortuna que combatían por quien mejor pagara.

Maquiavelo es implacablemente crítico de esta práctica, y su argumento es simple pero poderoso: un ejército de mercenarios no tiene ninguna razón real para arriesgar la vida. Pelean por dinero, y si la batalla se complica, el cálculo racional es retirarse y sobrevivir para cobrar en la próxima. El capitán mercenario es, dice Maquiavelo con sarcasmo, o muy capaz o no lo es: si es capaz, no podés confiar en él porque va a buscar engrandecerse a tu costa; si no es capaz, te arruina igualmente.


Para Maquiavelo, esto es un ejemplo de virtù en su forma más pura: la capacidad de usar la crueldad de manera instrumental, en el momento justo, para producir el efecto político deseado.

No como exceso, no como sadismo, sino como cirugía política.


Un ejército de ciudadanos, en cambio, pelea por su tierra, por su familia, por su comunidad. Tiene motivos que van más allá del sueldo. Por eso Maquiavelo es un defensor apasionado de la milicia ciudadana —una idea bastante radical para su época— y de hecho durante su gestión como secretario de Florencia intentó implementarla con resultados mixtos. Esta idea conecta con algo más profundo en su pensamiento: el poder genuino tiene que estar enraizado en la sociedad, no alquilado afuera. Un príncipe que depende de mercenarios, de aliados externos, de la buena voluntad de otros para mantenerse en el poder, está siempre a merced de esas dependencias. La autonomía real requiere recursos propios, lealtades propias, capacidad propia.

Hay una dimensión del libro que muchos lectores modernos pasan por alto y que cambia bastante la interpretación del conjunto. El Príncipe no fue escrito para la posteridad. Fue escrito para una persona concreta: Lorenzo de Médici, el joven heredero que acababa de recuperar el control de Florencia. Y fue escrito, entre otras cosas, como una carta de presentación. Maquiavelo quería volver a la vida política activa. Quería un trabajo. El libro era una demostración de sus capacidades y una oferta de servicios. No lo contrató nunca.

Y en los capítulos finales, el tono cambia notablemente. Maquiavelo deja de ser el analista frío y se convierte en algo parecido a un patriota apasionado. El libro termina con un llamado explícito a la unificación de Italia, a la expulsión de los "bárbaros" —franceses y españoles— que la saquean, y a la aparición de un príncipe capaz de hacer lo que nadie ha podido todavía: unificar la península bajo un solo poder. Cita a Petrarca. Habla de la necesidad de un redentor. Es un final casi lírico, cargado de emoción, que contrasta fuertemente con el tono calculado de los capítulos anteriores.

Esto importa porque sugiere que El Príncipe no es simplemente un…

Esto importa porque sugiere que El Príncipe no es simplemente un manual de cinismo político. Es también un documento de su tiempo, escrito por alguien que había visto a Italia humillada durante décadas y que pensaba que la solución era un liderazgo fuerte y eficaz —no necesariamente bueno en sentido moral, pero sí capaz de poner orden en el caos y darle a Italia la unidad que los otros grandes reinos ya tenían.

El legado del libro es inmenso y complicado. Por un lado, inauguró el pensamiento político moderno: la idea de que la política es una disciplina autónoma con sus propias leyes, que no puede reducirse a la teología ni a la filosofía moral. En ese sentido, Maquiavelo es el padre fundador de la ciencia política tal como la entendemos hoy. Hobbes lo leyó. Spinoza lo leyó. Montesquieu lo leyó. Los fundadores de la república norteamericana debatieron sus ideas. Federico el Grande de Prusia escribió un libro entero refutándolo —aunque aplicaba muchas de sus ideas— en lo que Voltaire llamó con humor "el libro más maquiavélico de su tiempo".

Por otro lado, el término "maquiavélico" quedó pegado a la idea de manipulación, doblez y crueldad sin escrúpulos. Lo cual es bastante injusto para alguien que estaba haciendo un análisis de la realidad, no una celebración de la misma. La diferencia es importante: un médico que describe los síntomas de una enfermedad no está abogando por ella.

Hay un debate académico eterno sobre si Maquiavelo era un republicano que escribió El Príncipe como una sátira o como una advertencia a los ciudadanos sobre cómo opera el poder absoluto —esta es la lectura de Rousseau, entre otros— o si era genuinamente un consejero del príncipe que creía en lo que escribía. La verdad probablemente está en el medio. Era un republicano que amaba las instituciones y la libertad política —hay evidencia de eso en sus Discursos sobre Tito Livio, el otro gran libro que escribió en el exilio— pero que también entendía que hay momentos históricos que requieren un hombre solo en el centro del poder. Y que ese hombre, para ser eficaz, tiene que operar con reglas distintas a las del ciudadano común.

Lo que nadie discute es la vigencia del libro. Los capítulos sobre cómo mantener el poder, sobre la diferencia entre el miedo y el odio, sobre la fragilidad de las alianzas basadas en el interés mutuo, sobre la importancia de controlar la narrativa pública —todo eso sigue siendo perfectamente aplicable para analizar la política del siglo XXI. Cambian los nombres, cambia la tecnología, pero la mecánica del poder tiene una persistencia notable.

Hay un concepto del libro que en los últimos años apareció con fuerza en los análisis de comunicación política y que viene directamente de Maquiavelo: la importancia de las apariencias sobre la realidad. Maquiavelo dice que el príncipe no necesita tener las virtudes en los hechos, pero le es indispensable aparentarlas. Y agrega algo que hoy suena casi a un manual de relaciones públicas modernas: los hombres en general juzgan más por los ojos que por las manos, porque todos pueden ver pero pocos pueden tocar. En un mundo donde la política se juega cada vez más en la pantalla, donde la imagen construida supera en impacto a los hechos concretos, esa observación de 1513 parece escrita ayer.

También merece destacarse la observación de Maquiavelo sobre la importancia de los consejeros. Un príncipe que no tenga la sabiduría para elegir bien a quienes lo rodean y para distinguir la adulación del consejo honesto está en problemas. Y la adulación es peligrosa precisamente porque los aduladores dicen lo que el príncipe quiere escuchar: los hombres están tan dominados por sus propias necesidades que se defienden difícilmente de ese vicio. El antídoto es crear una cultura en que la verdad pueda decirse sin consecuencias, lo cual requiere que el príncipe demuestre que no se irrita con quien le dice verdades incómodas. Quien solo escucha lo que quiere escuchar, termina tomando decisiones con información falsa. Y las decisiones con información falsa, en política, cuestan caro.

Y quizás eso sea lo más inquietante de todo

Y quizás eso sea lo más inquietante de todo. Que quinientos años después, con democracias, con instituciones, con constituciones y tratados de derechos humanos, el manual que escribió un burócrata florentino exiliado y torturado siga describiendo con precisión cómo funciona el juego político. Maquiavelo no inventó nada. Solo se atrevió a escribirlo.

V2

El Príncipe — Nicolás Maquiavelo

Episodio de Podcast

Hay libros que escandalizan en su época y después se olvidan. Y hay libros que escandalizan en su época y siguen haciéndolo quinientos años después. Libros que se vuelven los más citados, los más tergiversados y los más usados —y abusados— de toda la historia del pensamiento político. El Príncipe de Nicolás Maquiavelo es, sin ninguna duda, el segundo tipo.

Cuando el Papa Clemente VIII lo incluyó en el índice de libros prohibidos, en 1559, lo describió como un manual del diablo. Cuando los asesores de Catalina de Médici lo encontraron en su biblioteca personal —después de su muerte— lo tomaron como prueba de su carácter despiadado. Cuando Napoleón lo llevaba en sus campañas militares, lleno de anotaciones al margen, lo usaba como guía práctica. Y hoy, cuando alguien dice que una decisión política fue "maquiavélica", casi siempre lo dice como insulto. Quinientos años, y el libro sigue incomodando. Algo tiene que estar haciendo bien.

Para entender El Príncipe hay que entender el momento en que fue escrito. Es imposible separarlo de ese contexto. Corre el año 1513. Italia no es un país —va a tardar otros trescientos cincuenta años en serlo— sino un mosaico de ciudades-estado, ducados, repúblicas y señoríos que se hacen la guerra entre sí con una regularidad perturbadora. Francia invade desde el norte. España presiona desde el sur. El Papa tiene su propio ejército y sus propias ambiciones territoriales. Y en el medio de ese caos, las fortunas políticas suben y bajan con una velocidad vertiginosa. Un gobernante podía estar en el pico de su poder en primavera y estar muerto o exiliado en otoño. Eso no era la excepción. Era el ritmo normal de la política italiana del Renacimiento.

Maquiavelo sabe todo eso en carne propia. Durante catorce años fue secretario de la República de Florencia. Un cargo que hoy llamaríamos algo así como jefe de gabinete o canciller. Viajó como emisario diplomático a Francia, a Roma, a los principales poderes de la época. Conoció de cerca a César Borgia —uno de los personajes más temidos y fascinantes del Renacimiento— y lo observó operar con una mezcla de horror y admiración. Conoció también a Luis XII de Francia, al Papa Julio II, al Emperador Maximiliano. No era un filósofo de biblioteca. Era un observador de primera línea del poder real. Cuando escribía sobre cómo funciona la política, sabía exactamente de lo que hablaba.

Y entonces llegó 1512. Los Médici recuperaron el control de Florencia con ayuda española, la república cayó, y Maquiavelo no solo perdió su cargo. También fue arrestado, acusado de conspiración, y sometido a tortura. El método se llamaba strappado: ataban los brazos de la persona hacia atrás y la dejaban caer en seco. Sobrevivió. Fue declarado inocente por falta de pruebas y finalmente desterrado a una pequeña propiedad en el campo, a unos quince kilómetros de Florencia. Tenía cuarenta y tres años. Todo lo que había construido, destruido de un golpe.

Fue en ese exilio forzado —en esa mezcla de humillación y tiempo libre— que Maquiavelo se sentó a escribir. En una carta famosa a su amigo Francesco Vettori, describió su rutina: durante el día trabajaba en el campo, hablaba con campesinos, jugaba a las cartas en la taberna del pueblo. Y al atardecer, se cambiaba la ropa, se ponía sus mejores vestidos, y durante cuatro horas se "trasladaba" a los mundos de los grandes hombres del pasado, leyendo y meditando sobre la historia. El Príncipe nació de esas tardes.

El libro es corto

El libro es corto. Eso ya es una rareza para su época, cuando los tratados políticos tendían a ser monumentales. Tiene veintiséis capítulos y se puede leer en una tarde concentrada. Pero cada página es densa. Y la propuesta central que lo atraviesa fue suficiente para sacudir cinco siglos de pensamiento político.

Esa propuesta es esta: la política tiene sus propias reglas. Y esas reglas no son las mismas que las de la moral cristiana. Un príncipe que gobierne siguiendo exclusivamente los preceptos del Evangelio —humildad, perdón, misericordia, generosidad sin límites— va a terminar destruido por los que no tienen esos escrúpulos. Y un príncipe destruido no le sirve a nadie.

Maquiavelo no dice que la moral no importa. Dice que en política, la eficacia importa más. Y que a veces esas dos cosas se contradicen.

Para 1513, esto era dinamita pura. Toda la tradición del pensamiento político medieval había partido de la premisa de que el buen gobernante era el gobernante virtuoso en sentido cristiano: piadoso, justo, generoso, templado. Los llamados "espejos de príncipes" —los manuales de gobierno que circulaban por las cortes europeas— eran básicamente libros de ética aplicada al poder. Maquiavelo los conocía bien y los descartó de manera tajante. Dice, con una honestidad brutal: muchos han imaginado repúblicas y principados que nunca existieron. El que deja lo que se hace por lo que se debería hacer aprende antes su ruina que su preservación. La gente es como es, no como debería ser. Y hay que gobernarla como es.

Esta es una frase que vale la pena masticar, porque es el núcleo de todo el libro. Maquiavelo no está haciendo filosofía moral. Está haciendo ciencia política avant la lettre. Está observando cómo funciona el poder en la realidad, no cómo debería funcionar según los teólogos. Y en ese sentido inaugura algo radicalmente nuevo: la separación entre la política y la ética como disciplinas autónomas.

Uno de los conceptos más importantes del libro —y menos citados por la gente que habla de él sin haberlo leído— es la distinción entre virtù y fortuna. Hay que tener cuidado acá, porque en el italiano de Maquiavelo estas palabras no significan exactamente lo que parecen.

Fortuna es más o menos lo que entendemos: el azar, las circunstancias, lo que escapa a nuestro control. El mundo es impredecible. Los enemigos se mueven. Las alianzas cambian. La marea sube y baja. Maquiavelo tiene una imagen para esto que es bastante memorable: la fortuna es como un río que en épocas de crecida arrasa con todo. Cuando el río está calmo, nadie piensa en construir diques. Cuando crece, ya es tarde. Los príncipes que en tiempos prósperos no piensan en las adversidades futuras —dice— cuando caen las adversidades piensan en huir y no en defenderse. Esperan que los pueblos, hartos de los vencedores, los vuelvan a llamar. Eso está bien si no hay otra cosa, pero es muy malo cuando se podía haber previsto.

Virtù, en cambio, no es la virtud cristiana

Virtù, en cambio, no es la virtud cristiana. Es algo más parecido a lo que hoy llamaríamos capacidad, destreza, audacia. La habilidad de actuar con decisión y eficacia en el momento preciso. El príncipe virtuoso —en el sentido maquiavélico— es el que construye sus diques cuando el río está calmo. El que no espera que la suerte le sonría, sino que crea las condiciones para que su habilidad pueda operar. Maquiavelo dice que la fortuna domina más o menos la mitad de nuestras acciones. La otra mitad depende de nosotros. No es un determinista. Cree genuinamente que la habilidad y la audacia pueden torcer el destino.

El ejemplo que usa para ilustrar la virtù en su máxima expresión es César Borgia. Le dedica un capítulo entero con una admiración apenas disimulada. Borgia era hijo del Papa Alejandro VI y capitán general de los ejércitos papales. Construyó un principado en el centro de Italia con una combinación de golpes de audacia y crueldad calculada que dejó a sus contemporáneos sin palabras. Maquiavelo lo vio operar de cerca durante una misión diplomática en 1502 y quedó fascinado. No por su crueldad en sí misma, sino por la lógica fría con que la aplicaba.

Un episodio en particular lo marcó profundamente. Borgia había pacificado la región de Romaña, un territorio con una larga historia de violencia y anarquía, usando como gobernador a un hombre llamado Ramiro de Lorqua. Le dio poderes casi ilimitados para imponer el orden, y Ramiro los usó con una brutalidad notable. Una vez que el territorio estuvo pacificado, Borgia entendió que Ramiro se había convertido en un problema: era odiado por la población, y su sola presencia recordaba quién había ordenado esa brutalidad. Una mañana, los habitantes de Cesena encontraron a Ramiro de Lorqua en la plaza principal. Partido en dos. Con un cuchillo y un trozo de madera ensangrentado al lado. Borgia lo había ejecutado sin aviso ni proceso. La población —dice Maquiavelo— quedó al mismo tiempo satisfecha y aterrorizada. Satisfecha porque el hombre que los había oprimido estaba muerto. Aterrorizada porque el que lo mató era aún más poderoso e impredecible.

Para Maquiavelo, esto es virtù en su forma más pura. La capacidad de usar la crueldad de manera instrumental, en el momento justo, para producir el efecto político deseado. No como exceso. No como sadismo. Como cirugía política.

Llegamos así a uno de los capítulos más famosos y debatidos del libro. El que pregunta si es mejor ser amado o ser temido. Casi todo el mundo conoce la respuesta —"es mejor ser temido que amado, si no se puede ser ambas cosas"— pero casi nadie recuerda el argumento completo. Y es mucho más matizado de lo que parece en la cita suelta.

Maquiavelo no dice que el príncipe deba ser un tirano brutal. Dice algo más preciso: el amor es frágil porque los hombres aman por conveniencia. Y cuando la conveniencia cambia, el amor también cambia. Los hombres son ingratos y volubles. Mientras el príncipe los beneficia están de su parte, le ofrecen la vida, los bienes, los hijos. Pero cuando la necesidad aprieta, se rebelan. El príncipe que basó todo en esas promesas, sin hacer otras preparaciones, se pierde.

El miedo, en cambio, depende de algo que el príncipe puede controlar directamente: su poder de castigar. Por eso el miedo es más confiable como base del poder político. No porque sea más noble. Porque es más estable.

Pero hay un matiz crucial que se pierde en las citas de pasillo

Pero hay un matiz crucial que se pierde en las citas de pasillo. Maquiavelo también dice que el príncipe debe evitar ser odiado. Ser temido y ser odiado son cosas completamente distintas. El odio nace cuando el príncipe toca la propiedad o las mujeres de sus súbditos. Cuando la crueldad parece arbitraria o injusta. Un príncipe que genera odio está en peligro constante de conspiración, incluso de sus propios colaboradores. El miedo bien administrado genera respeto y obediencia. El odio genera cuchillos en la espalda. Y la historia —dice Maquiavelo con bastante frialdad— muestra que la mayoría de los príncipes que cayeron lo hicieron por haber sido odiados, no por haber sido temidos.

Otro capítulo fundamental trata sobre si el príncipe debe mantener su palabra. Y la respuesta de Maquiavelo es que no necesariamente. Que un príncipe que siempre cumple sus promesas va a ser destruido por los que no cumplen las suyas. Que los que mejor supieron ser zorros triunfaron. Y que el príncipe debe ser como el león y el zorro al mismo tiempo. El león para espantar a los lobos, el zorro para ver las trampas. Solo con la fuerza bruta del león no alcanza, porque hay trampas que la fuerza no puede resolver. Solo con la astucia del zorro tampoco, porque hay amenazas directas que requieren enfrentamiento.

Maquiavelo agrega algo importante: el príncipe no necesita tener todas las cualidades positivas, pero necesita parecerlas tener. La apariencia de la virtud es políticamente necesaria aunque la virtud real sea impracticable. Un príncipe que en todos los actos dijera la verdad, que cumpliera siempre su palabra, que nunca usara la fuerza, sería destruido. Pero un príncipe que parezca misericordioso, fiel, íntegro, religioso —mientras por dentro mantiene la capacidad de ser lo contrario cuando la necesidad lo requiere— ese príncipe puede sostenerse.

Otro tema que el libro trata con una profundidad que suele pasarse por alto es la cuestión de los mercenarios. En la Italia del siglo XVI, la práctica habitual era que los estados contrataran ejércitos de soldados a sueldo —llamados condottieri— para hacer la guerra. Florencia, Milán, Venecia: todos dependían de estos capitanes de fortuna que combatían por quien mejor pagara.

Maquiavelo es implacablemente crítico de esa práctica. Y su argumento es simple pero poderoso: un ejército de mercenarios no tiene ninguna razón real para arriesgar la vida. Pelean por dinero, y si la batalla se complica, el cálculo racional es retirarse y sobrevivir para cobrar en la próxima. El capitán mercenario es —dice Maquiavelo con sarcasmo— o muy capaz o no lo es. Si es capaz, no podés confiar en él porque va a buscar engrandecerse a tu costa. Si no es capaz, te arruina igual.

Un ejército de ciudadanos, en cambio, pelea por su tierra, por su familia, por su comunidad. Tiene motivos que van más allá del sueldo. Por eso Maquiavelo es un defensor apasionado de la milicia ciudadana —una idea bastante radical para su época— y de hecho durante su gestión como secretario de Florencia intentó implementarla con resultados mixtos.

Esta idea conecta con algo más profundo en su pensamiento: el poder genuino tiene que estar enraizado en la sociedad. No alquilado afuera. Un príncipe que depende de mercenarios, de aliados externos, de la buena voluntad de otros para mantenerse en el poder, está siempre a merced de esas dependencias. La autonomía real requiere recursos propios. Lealtades propias. Capacidad propia.

Hay una dimensión del libro que muchos lectores modernos pasan por…

Hay una dimensión del libro que muchos lectores modernos pasan por alto y que cambia bastante la interpretación del conjunto. El Príncipe no fue escrito para la posteridad. Fue escrito para una persona concreta: Lorenzo de Médici, el joven heredero que acababa de recuperar el control de Florencia. Y fue escrito, entre otras cosas, como una carta de presentación. Maquiavelo quería volver a la vida política activa. Quería un trabajo. El libro era una demostración de sus capacidades y una oferta de servicios.

Lorenzo nunca lo contrató.

Y en los capítulos finales, el tono cambia notablemente. Maquiavelo deja de ser el analista frío y se convierte en algo parecido a un patriota apasionado. El libro termina con un llamado explícito a la unificación de Italia, a la expulsión de los "bárbaros" —franceses y españoles— que la saquean, y a la aparición de un príncipe capaz de hacer lo que nadie ha podido: unificar la península bajo un solo poder. Cita a Petrarca. Habla de la necesidad de un redentor. Es un final casi lírico, cargado de emoción, que contrasta fuertemente con el tono calculado de los capítulos anteriores.

Esto importa porque sugiere que El Príncipe no es simplemente un manual de cinismo político. Es también un documento de su tiempo. Escrito por alguien que había visto a Italia humillada durante décadas y que pensaba que la solución era un liderazgo fuerte y eficaz. No necesariamente bueno en sentido moral, pero sí capaz de poner orden en el caos y darle a Italia la unidad que los otros grandes reinos ya tenían.

El legado del libro es inmenso y complicado. Por un lado, inauguró el pensamiento político moderno. La idea de que la política es una disciplina autónoma con sus propias leyes. Que no puede reducirse a la teología ni a la filosofía moral. En ese sentido, Maquiavelo es el padre fundador de la ciencia política tal como la entendemos hoy. Hobbes lo leyó. Spinoza lo leyó. Montesquieu lo leyó. Los fundadores de la república norteamericana debatieron sus ideas. Federico el Grande de Prusia escribió un libro entero refutándolo —aunque aplicaba muchas de sus ideas— en lo que Voltaire llamó con humor "el libro más maquiavélico de su tiempo".

Por otro lado, el término "maquiavélico" quedó pegado a la idea de manipulación y crueldad sin escrúpulos. Lo cual es bastante injusto para alguien que estaba haciendo un análisis de la realidad, no una celebración de la misma. La diferencia es importante: un médico que describe los síntomas de una enfermedad no está abogando por ella.

Hay un debate académico eterno sobre si Maquiavelo era un republicano que escribió El Príncipe como una sátira —o como una advertencia a los ciudadanos sobre cómo opera el poder absoluto— o si era genuinamente un consejero del príncipe que creía en lo que escribía. Esta es la lectura de Rousseau, entre otros. La verdad probablemente está en el medio. Era un republicano que amaba las instituciones y la libertad política —hay evidencia de eso en sus Discursos sobre Tito Livio, el otro gran libro que escribió en el exilio— pero que también entendía que hay momentos históricos que requieren un hombre solo en el centro del poder. Y que ese hombre, para ser eficaz, tiene que operar con reglas distintas a las del ciudadano común.

Lo que nadie discute es la vigencia del libro

Lo que nadie discute es la vigencia del libro. Los capítulos sobre cómo mantener el poder, sobre la diferencia entre el miedo y el odio, sobre la fragilidad de las alianzas basadas en el interés mutuo, sobre la importancia de controlar la narrativa pública: todo eso sigue siendo perfectamente aplicable para analizar la política del siglo XXI. Cambian los nombres. Cambia la tecnología. Pero la mecánica del poder tiene una persistencia notable.

Hay un concepto del libro que en los últimos años apareció con fuerza en los análisis de comunicación política y que viene directamente de Maquiavelo: la importancia de las apariencias sobre la realidad. Maquiavelo dice que el príncipe no necesita tener las virtudes en los hechos, pero le es indispensable aparentarlas. Y agrega algo que hoy suena casi a un manual de relaciones públicas modernas: los hombres en general juzgan más por los ojos que por las manos, porque todos pueden ver pero pocos pueden tocar. En un mundo donde la política se juega cada vez más en la pantalla, donde la imagen construida supera en impacto a los hechos concretos, esa observación de 1513 parece escrita ayer.

También merece destacarse la observación de Maquiavelo sobre los consejeros. Un príncipe que no sepa elegir bien a quienes lo rodean, y que no pueda distinguir la adulación del consejo honesto, está en serios problemas. La adulación es peligrosa precisamente porque los aduladores dicen lo que el príncipe quiere escuchar. Y los hombres —dice— se defienden difícilmente de ese vicio. El antídoto es crear una cultura donde la verdad pueda decirse sin consecuencias. Eso requiere que el príncipe demuestre que no se irrita con quien le dice verdades incómodas. El que solo escucha lo que quiere escuchar termina tomando decisiones con información falsa. Y las decisiones con información falsa, en política, cuestan caro.

Y quizás eso sea lo más inquietante de todo. Que quinientos años después, con democracias, con instituciones, con constituciones y tratados de derechos humanos, el manual que escribió un burócrata florentino exiliado y torturado siga describiendo con precisión cómo funciona el juego político. Maquiavelo no inventó nada. Solo se atrevió a escribirlo.

Si el resumen te despertó el interés, te recomendamos leer el libro completo. Es corto, se lee rápido, y hay cosas que en veinte minutos no podemos hacer justicia. Vale la pena leerlo de primera mano.

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