
Los Borgia
Poder, rumor y Renacimiento en la Roma papal: la familia que condensa intrigas de la Italia del XV.
En 1492, el mismo año en que Colón llegaba a América, en Roma ocurría algo igualmente histórico pero considerablemente más turbio: un español llamado Rodrigo Borgia acababa de comprar el puesto de Papa.
No ganó una elección justa. No fue elegido por sus méritos espirituales ni por la veneración de sus pares. Directamente sobornó a los cardenales con bolsas de oro, castillos, tierras y promesas de matrimonios ventajosos para sus familiares. Y así, el hombre más corrupto del Renacimiento se convirtió en Alejandro VI, líder espiritual de toda la cristiandad. Lo que vino después fue una saga de traiciones, asesinatos y escándalos que la ficción más ambiciosa difícilmente podría superar.
Pero los Borgia no empezaron en Roma. Empezaron en Valencia.
De la pequeña nobleza española al corazón del poder vaticano
Originalmente eran los Borja: una familia de la pequeña nobleza valenciana sin ninguna proyección particular, terratenientes modestos en un reino periférico. Todo cambió cuando un miembro de la familia, Alfonso de Borja, demostró ser extraordinariamente hábil en derecho canónico y diplomacia. Fue consejero del rey de Aragón, luego obispo, y su gran momento llegó cuando medió con éxito en un conflicto entre la Corona aragonesa y el papado. Como recompensa, fue nombrado cardenal y se instaló en Roma.
Alfonso llegó a la ciudad eterna ya anciano, con más de setenta años. Nadie le daba relevancia política. Cuando murió el Papa Nicolás V en 1455, el cónclave estaba tan fragmentado entre los cardenales más poderosos que ninguno podía imponerse. La solución de compromiso fue el viejo español: lo eligieron pensando que moriría pronto y que en el ínterin nadie perdería posiciones. El error de cálculo fue considerable. Alfonso de Borja se convirtió en Calixto III y, como prácticamente todos los papas de esa época, lo primero que hizo fue practicar el nepotismo con una determinación que dejaba poco margen a la duda. Nombró cardenales a varios sobrinos y parientes españoles. Entre ellos, a su favorito: Rodrigo Borgia, que tenía veinticinco años.
Rodrigo era el opuesto perfecto de su tío austero y piadoso. Era alto, atractivo, carismático y tenía un apetito por el placer, el poder y el lujo que nada ni nadie iba a moderar. Pero era también genuinamente brillante y de una habilidad manipuladora que pocos de sus contemporáneos igualaban. Su tío le había dado el punto de partida; él haría el resto. Durante los siguientes treinta y siete años, siendo vicecanciller del Vaticano —uno de los puestos administrativos más influyentes de la Iglesia—, Rodrigo fue acumulando riqueza, poder y enemigos en proporciones más o menos iguales. Vendía cargos eclesiásticos, cobraba comisiones sobre nombramientos, hacía negocios con la discreción de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo y no tiene ninguna intención de detenerse.
Y mientras hacía todo eso, tenía una familia.
Siendo cardenal de la Iglesia Católica, Rodrigo mantenía una relación estable y públicamente conocida con Vannozza dei Cattanei, una mujer romana de clase media, inteligente y hermosa, con quien tuvo cuatro hijos que reconoció sin ningún disimulo: Juan, César, Lucrecia y Jofré. En el Renacimiento italiano, el celibato clerical era más una norma escrita que una práctica real, especialmente entre la élite eclesiástica. Lo que distinguía a Rodrigo no era que tuviera hijos sino la desvergüenza con que los integraba en su estrategia política: los casaba, los nombraba, los usaba como piezas en un tablero de ajedrez que él controlaba desde el centro.
Cuando en 1492 murió el Papa Inocencio VIII, Rodrigo Borgia tenía sesenta y un años, una fortuna considerable y la ambición intacta. El obstáculo era que otros cardenales igualmente poderosos querían el mismo puesto. La solución fue característica: mandó mulas cargadas de plata a las residencias de los cardenales indecisos. Al cardenal Sforza le ofreció cuatro mulas cargadas de plata y el castillo de Nepi. A otros les prometió abadías, beneficios eclesiásticos, cargos para sus familiares. La negociación fue directa y eficaz. El 11 de agosto de 1492, Rodrigo Borgia fue elegido Papa con el nombre de Alejandro VI.
Roma recibió la noticia con una mezcla de escándalo y resignación. Nadie ignoraba cómo había llegado al poder. Nadie ignoraba su historial. Pero ahí estaba, el vicario de Cristo en la tierra, el sucesor de San Pedro, era el hombre que había comprado el puesto más alto de la cristiandad.
Los hijos: el inútil, el genio oscuro y la víctima
Lo primero que hizo Alejandro VI como Papa fue lo mismo que había hecho Calixto III cuarenta años antes: consolidar el poder de su familia. Y sus tres hijos principales eran personajes tan distintos entre sí que la historia difícilmente habría podido inventarlos.
Juan, el mayor de los varones, era el favorito de su padre. Alejandro lo adoraba con esa ceguera específica que los padres desarrollan a veces hacia los hijos que más los decepcionan. Lo casó con una noble española, lo hizo duque de Gandía, lo nombró comandante de los ejércitos papales. El problema era que Juan era, por el consenso casi unánime de sus contemporáneos, un incompetente. Sus campañas militares fueron desastres. Sus soldados lo despreciaban. En Roma lo veían como un niño mimado disfrazado de condottiero. Pero Alejandro seguía dándole oportunidades, incapaz de ver lo que todos los demás veían con claridad.
César era exactamente lo contrario. Si Juan era el favorito, César era el genio oscuro de la familia. Inteligente con una frialdad que impresionaba incluso a quienes lo admiraban, calculador, completamente desprovisto de los escrúpulos que frenaban a otros. Su padre lo había destinado a la Iglesia: a los diecisiete años era obispo, a los dieciocho cardenal. Pero César odiaba la vida eclesiástica con una intensidad que sus contemporáneos describen como visceral. No quería ser clérigo. Quería ser príncipe, soldado, conquistador. Quería poder real, no el poder simbólico del púlpito. Usaba las vestiduras cardenalicias como una jaula y todos lo sabían.
Y luego estaba Lucrecia, la más malinterpretada de los tres. La posteridad la convirtió en uno de los arquetipos más persistentes de la historia: la envenenadora seductora, la femme fatale renacentista que mataba a sus amantes con un anillo hueco lleno de arsénico. Es una imagen extraordinariamente vivaz y completamente alejada de la evidencia histórica. La Lucrecia real era una mujer culta, educada con el cuidado que los Borgia reservaban a los instrumentos que necesitaban presentables, y fundamentalmente una pieza de ajedrez en las manos de su padre y su hermano. La casaron a los trece años con Giovanni Sforza para sellar una alianza política. Cuando esa alianza dejó de ser conveniente, anularon el matrimonio obligándola a declarar públicamente que nunca se había consumado, humillándola ante toda Roma para que Giovanni no pudiera objetar. Después la casaron con Alfonso de Aragón, un joven del que aparentemente se enamoró de verdad. Cuando ese segundo matrimonio tampoco encajó en los planes familiares, Alfonso apareció muerto. Todos señalaban a César. Lucrecia no tenía voz en ninguna de estas decisiones.
El asesinato que lo cambió todo
Durante los primeros años del papado de Alejandro, los escándalos eran mayormente de naturaleza económica y sexual. La corrupción era sistemática, las fiestas en el Vaticano eran legendarias por su extravagancia, los cargos eclesiásticos se vendían con la transparencia de un mercado, y los embajadores extranjeros enviaban a sus reinos cartas que describían con mezcla de horror y fascinación lo que veían. Pero la sangre todavía no había llegado.
Llegó en junio de 1497\.
Una noche, Juan Borgia salió de una cena en el Vaticano en compañía de su hermano César y varios amigos. En algún momento de la noche se separó del grupo diciendo que tenía algo que resolver. Fue la última vez que lo vieron con vida. Su cadáver apareció días después flotando en el Tíber con nueve puñaladas.
El asesinato destrozó a Alejandro de una manera que nadie en Roma había anticipado. El Papa lloró públicamente —algo muy infrecuente para un soberano de su época y temperamento— y prometió reformar la Iglesia, cambiar sus costumbres, investigar el crimen hasta sus últimas consecuencias. Hubo un momento en que pareció que ese dolor podía producir algo genuino. Pero el dolor pasó, las promesas se evaporaron y la investigación fue cerrada silenciosamente sin resultados.
¿Quién mató a Juan Borgia? Roma tenía teorías. Los Orsini, enemigos tradicionales de la familia. Los Sforza, resentidos por la humillación del divorcio de Lucrecia. Pero la teoría que circulaba con más insistencia, susurrada en los salones y las plazas porque pronunciarla en voz alta era peligroso, apuntaba a César.
César odiaba a su hermano con la precisión de quien sabe exactamente lo que le está quitando. Juan tenía los ejércitos, los títulos, el amor incondicional de su padre. César tenía sotanas de cardenal y una ambición que no cabía en ninguna diócesis.
Los registros de esa noche indicaban que César y Juan habían discutido violentamente antes de separarse. César tenía motivo, oportunidad y —según todos los que lo conocían— la personalidad para actuar sin dudar. Nunca se probó nada. Pero lo que ocurrió a continuación es sugerente: pocos meses después del asesinato, César renunció al cardenalato. Era algo prácticamente sin precedentes en la historia eclesiástica. Alejandro se lo permitió. César se puso armadura y se convirtió en lo que siempre había querido ser.
César Borgia: el modelo de Maquiavelo
A partir de ese momento, César Borgia fue el verdadero poder detrás del trono papal. Su padre lo nombró capitán general de los ejércitos de la Iglesia y le asignó una misión que encajaba perfectamente con su temperamento: conquistar la Romaña, una región del norte de Italia que pertenecía nominalmente al Papado pero que en la práctica era un mosaico de pequeños señoríos independientes gobernados por familias que llevaban generaciones ignorando a Roma.
César lo hizo con una eficiencia que dejó a sus contemporáneos sin palabras adecuadas para describirla. Atacaba con rapidez antes de que el enemigo pudiera organizarse. Negociaba cuando la negociación era más útil que la guerra. Traicionaba sin remordimiento cuando la traición era más eficaz que cualquier otra alternativa. Usaba el oro del Vaticano para contratar los mejores mercenarios y los mejores ingenieros militares. Leonardo da Vinci trabajó para él como ingeniero. Nicolás Maquiavelo lo conoció en persona durante una embajada florentina y quedó tan impresionado que años después lo convertiría en el modelo central de El Príncipe, su tratado sobre el poder político. No porque Maquiavelo aprobara sus métodos, sino porque César era la encarnación más perfecta que había encontrado de lo que llamaba virtù: la capacidad de usar cualquier instrumento disponible para conseguir el objetivo, sin que consideraciones morales externas interfirieran con el análisis de qué funcionaba y qué no.
Hay un episodio que Maquiavelo describe en El Príncipe como ejemplo perfecto de esa lógica. Cuando César conquistó Cesena, dejó la ciudad al mando de un subordinado llamado Remirro de Orco, un hombre eficiente pero de una crueldad que pronto hizo a los habitantes insoportablemente resentidos. Cuando César regresó y evaluó la situación, entendió el problema: Remirro era útil para la conquista pero su brutalidad creaba una resistencia que podía volverse peligrosa. La solución fue tan directa como calculada: arrestó a Remirro, lo hizo ejecutar y dejó su cuerpo cortado por la mitad en la plaza principal de la ciudad. De un solo movimiento eliminó al responsable del descontento popular, demostró quién mandaba realmente y aterró a cualquier posible opositor. Los habitantes de Cesena, según las crónicas, quedaron simultáneamente satisfechos y aterrorizados. Exactamente lo que César buscaba.
Mientras César conquistaba territorios en el norte, Alejandro VI seguía siendo Papa y seguía siendo escandaloso. Los cronistas de la época registran fiestas que por sus características resultan difíciles de describir sin parecer exagerado. Los embajadores escribían cartas a sus soberanos que describían lo que ocurría en el Vaticano con un tono que oscilaba entre la indignación moral y la fascinación etnográfica. Alejandro no hacía ningún esfuerzo por disimular. Tenía el poder absoluto y lo ejercía sin ninguna consideración por las apariencias.
Alejandro VI tenía el poder absoluto y lo ejercía sin disimulo. Los embajadores extranjeros enviaban a sus reyes cartas que describían las fiestas papales con un tono que oscilaba entre la indignación moral y la fascinación etnográfica.
También seguía usando a Lucrecia como instrumento diplomático. Después de la muerte de su segundo marido, la casó por tercera vez con Alfonso d'Este, heredero del ducado de Ferrara. Este matrimonio resultó ser, paradójicamente, el que le daría a Lucrecia algo parecido a la libertad. En Ferrara, alejada de Roma y de su familia, pudo construir una vida propia. Se convirtió en mecenas de las artes, gobernó el ducado con eficacia durante las ausencias de su marido, cultivó correspondencia con poetas, filósofos y humanistas. La mujer que la leyenda describía como envenenadora y seductora era en la realidad una gobernante competente y una figura cultural respetada. Cuando murió en 1519, fue llorada genuinamente. La distancia entre la Lucrecia histórica y la Lucrecia legendaria es una medida bastante precisa de cuánto puede distorsionar la posteridad cuando una historia resulta demasiado buena para verificarse.
La cena del cardenal y el fin de los Borgia
En agosto de 1503, en el punto aparente de su mayor poder, los Borgia recibieron el golpe del que no se recuperarían.
Alejandro y César fueron invitados a cenar en la villa del cardenal Adriano da Corneto. Era verano romano, con el calor y la humedad que hacían de esa estación la más peligrosa del año en una ciudad construida sobre terrenos pantanosos. Días después de la cena, ambos cayeron gravemente enfermos. Alejandro VI, que tenía setenta y dos años, murió el 18 de agosto. César sobrevivió, pero quedó tan devastado físicamente que durante semanas no podía sostenerse.
La teoría que inmediatamente circuló por Roma era perfecta en su simetría poética: los Borgia habían intentado envenenar al cardenal Corneto para apropiarse de su fortuna, pero por error habían tomado ellos mismos el vino contaminado. Los maestros del veneno muertos por su propia arma. Era una historia tan satisfactoria narrativamente que se instaló en la memoria histórica como si fuera un hecho comprobado. El problema es que probablemente no lo sea. Los síntomas que describieron los médicos de la época son consistentes con malaria, que era endémica en Roma durante los veranos y que ese año estaba causando una cantidad inusual de muertes. Pero la leyenda del veneno era demasiado perfecta para competir con los hechos.
La muerte de Alejandro cambió todo en cuestión de semanas. Sin su padre como Papa, César perdió el fundamento sobre el que había construido todo su poder. Los cardenales que eligieron al siguiente pontífice eran, muchos de ellos, enemigos acérrimos de la familia. Los señoríos de la Romaña que César había conquistado se rebelaron uno a uno. Los mercenarios que lo habían servido se marcharon en cuanto dejaron de cobrar. Los aliados encontraron razones urgentes para revisar sus compromisos.
César intentó recuperarse. Fue arrestado, escapó, huyó a España y se unió al ejército de su cuñado, el rey de Navarra. El 12 de marzo de 1507, durante el asedio de un pueblo navarro de importancia completamente menor llamado Viana, murió en combate. Tenía treinta y un años. El hombre que había dominado Italia, que había servido de modelo a Maquiavelo para su teoría del poder, que había contratado a Leonardo da Vinci como ingeniero militar, murió en una escaramuza sin nombre en un rincón de España. La velocidad de la caída era casi tan impresionante como la de la ascensión.
El legado: la Reforma que los Borgia provocaron sin querer
¿Qué quedó después de los Borgia?
La respuesta inmediata es: una leyenda que creció con el tiempo hasta hacerse casi independiente de los hechos que la generaron. Cada historia sobre ellos se amplificó. Cada rumor se solidificó en certeza. La relación incestuosa entre César y Lucrecia, que ninguna fuente contemporánea documenta de manera creíble, se convirtió en uno de los elementos fijos de la narrativa. Los venenos que supuestamente usaban —el cantarello, el vino blanco con arsénico— se multiplicaron en el relato hasta convertirse en el método habitual de todo problema familiar. Lucrecia, que fue más víctima que perpetradora de casi todo lo que ocurrió durante el papado de su padre, quedó fijada en la imaginación popular como femme fatale renacentista.
Pero tampoco sería honesto exculpar completamente a los Borgia de la leyenda que los rodea. Alejandro VI fue objetivamente uno de los papas más corruptos de una institución que en ese período no destacaba precisamente por su integridad. Compró su elección. Vendió cargos eclesiásticos de manera sistemática. Usó los recursos de la Iglesia para enriquecer a su familia. Tuvo hijos siendo primero cardenal y luego papa y los integró activamente en la política vaticana. César fue un conquistador que usó el engaño, la traición y la violencia sin ninguna apariencia de conflicto interior. Eran productos de su época, sí, pero incluso para los estándares del Renacimiento italiano representaban un extremo que sus contemporáneos reconocían como tal.
Lo que hace genuinamente fascinante a los Borgia no son los crímenes que cometieron sino lo que representan sobre las contradicciones de su época. El Renacimiento fue simultáneamente el período de mayor florecimiento artístico y cultural de la historia europea y uno de los más violentos en términos de política interna. La misma civilización que produjo a Leonardo, a Miguel Ángel y a Rafael produjo también a los Borgia. Las mismas ciudades donde se debatía el neoplatonismo y se pintaban madonas de una delicadeza sin precedentes eran también ciudades donde los señores se asesinaban entre sí con una regularidad que ningún cronista encontraba particularmente sorprendente. La Iglesia que predicaba pobreza apostólica y imitación de Cristo tenía en su cúspide a un hombre que usaba el dinero de los fieles para financiar las campañas militares de su hijo ilegítimo.
El Renacimiento fue simultáneamente el período de mayor florecimiento artístico de Europa y uno de los más violentos en política interna. Los Borgia fueron la encarnación más perfecta de esa contradicción.
Los Borgia encarnaron esas contradicciones sin ningún esfuerzo por disimularlas. El apartamento Borgia en el Vaticano, decorado por Pinturicchio con frescos que todavía hoy se consideran obras maestras del Renacimiento, era el hogar privado del hombre que había comprado el papado. El mecenazgo artístico y la corrupción institucional no eran fenómenos separados: eran dos aspectos del mismo ejercicio del poder.
Hay una consecuencia histórica de los Borgia que rara vez aparece en las narrativas populares sobre ellos, pero que puede ser la más importante de todas. El escándalo del papado de Alejandro VI fue uno de los factores que hizo posible la Reforma Protestante. Cuando Martín Lutero clavó sus noventa y cinco tesis en Wittenberg en 1517 —catorce años después de la muerte de Alejandro— una de sus críticas centrales era exactamente la corrupción que los Borgia habían llevado a su máxima expresión: la venta de indulgencias y cargos eclesiásticos, el lujo desenfrenado de los papas, la distancia abismal entre lo que la Iglesia predicaba y lo que sus líderes practicaban. Alejandro había muerto hacía más de una década, pero su legado seguía siendo el argumento más eficaz para quienes querían demostrar que Roma necesitaba una reforma radical. Los Borgia contribuyeron, sin quererlo ni proponérselo, a partir la cristiandad occidental en dos.
La Iglesia Católica eventualmente respondió con el Concilio de Trento y la Contrarreforma, estableciendo controles más estrictos sobre las prácticas que los Borgia habían llevado al extremo. Fue una reforma dolorosa y tardía, pero real. Sin el escándalo del papado borgiano, es posible que el impulso reformador dentro de la Iglesia hubiera tardado más en materializarse.
Por qué los Borgia siguen fascinando
Siglos después de su extinción como familia políticamente relevante —los descendientes de Juan mantuvieron el ducado de Gandía en España pero nunca volvieron a tener la influencia italiana— los Borgia siguen apareciendo en novelas, series de televisión, películas y obras de teatro con una regularidad que ninguna otra familia renacentista puede igualar.
La razón no es solo el escándalo. Es que la historia de los Borgia ilustra algo sobre el poder que sigue siendo verdadero en cualquier época. Rodrigo Borgia tenía inteligencia, carisma y capacidad política genuinas. Podría haber usado esas cualidades de maneras muy distintas. Las usó para acumular riqueza personal y poder familiar sin ningún freno institucional que lo limitara. César tenía un talento militar y político extraordinario, demostrado en sus campañas de la Romaña. Podría haber sido, en otras circunstancias, un estadista capaz. Lo que lo convirtió en el sujeto de la obra política más influyente del Renacimiento fue precisamente su disposición a actuar sin ninguna consideración por las normas que otros se imponían.
Lucrecia es el caso más revelador de los tres. Era culta, capaz, inteligente. Los años que pasó en Ferrara, con cierta autonomía real, lo demostraron con claridad. Pero pasó la mayor parte de su vida siendo usada como instrumento por hombres que tomaban todas las decisiones que la afectaban. Es un recordatorio de que los Borgia no eran solo una historia sobre la corrupción del poder sino también sobre las limitaciones que ese poder imponía a quienes no eran sus protagonistas principales.
El poder de los Borgia también ilustra algo que las instituciones modernas intentan resolver sin terminar de lograrlo del todo: lo que ocurre cuando la concentración de poder es completa y la rendición de cuentas es nula. Alejandro VI era simultáneamente el jefe de Estado de los territorios papales, el líder espiritual de la cristiandad occidental y el árbitro final de cualquier disputa eclesiástica. No había ningún mecanismo que pudiera cuestionarlo, ninguna institución que pudiera pedirle explicaciones, ninguna prensa libre que pudiera exponer lo que ocurría. Los panfletos satíricos que circulaban por Roma describiendo sus escándalos eran el equivalente renacentista de las redes sociales: efectivos para crear indignación, impotentes para producir consecuencias.
Y sin embargo, cayeron. No por un proceso legal ni por una revolución popular. Cayeron porque Alejandro murió de una enfermedad que era endémica en la ciudad que había gobernado, y porque sin él el andamiaje de poder que habían construido durante quince años se derrumbó en semanas. Todo ese poder, todas esas conquistas, toda esa red de alianzas y temores se evaporó con una velocidad que dejó boquiabiertos incluso a quienes lo habían visto construirse. Es la lección más antigua sobre el poder basado en el miedo: dura exactamente lo que dura quien lo ejerce.
Cuando se visita Roma hoy, los rastros de los Borgia están dispersos por la ciudad. Los frescos de Pinturicchio en el apartamento borgiano del Vaticano, que todavía pueden verse y que son de una belleza inequívoca. La Torre Borgia en las murallas vaticanas. Las iglesias y palacios que financiaron. Y en Santa Sofía, en Ferrara, el sepulcro de Lucrecia, la más malinterpretada de todos, que descansa lejos de Roma y de las leyendas que la sobrevivieron.
Los Borgia fueron un espejo en el que el Renacimiento se vio a sí mismo y no le gustó lo que vio. Pero la imagen no desapareció. Siguió ahí, reflejando algo sobre el poder humano y sus límites que quinientos años no han terminado de resolver.
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