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La Democracia
Episodio 29

La Democracia

Andres AguilarAndres Aguilar

Democracia es lucha, no destino: exclusiones, expansión lenta del voto y tensiones entre mayoría y derechos. De la polis a los Estados modernos, mitos, avances y contradicciones del gobierno "del pueblo" sin idealizar orígenes.

En la Atenas del siglo V antes de Cristo, la ciudad más avanzada políticamente del mundo antiguo, el noventa por ciento de los habitantes no podía votar. Las mujeres, no. Los esclavos, que eran entre un cuarto y un tercio de la población total, tampoco. Los extranjeros residentes, aunque vivieran en Atenas de toda la vida, tampoco. El derecho a participar en la democracia era exclusivo de los ciudadanos varones adultos, nacidos de padre ateniense. Y aun así, esa pequeña fracción de la población inventó algo que cambió la historia del mundo para siempre. El sistema que hoy consideramos el único legítimo de gobierno empezó siendo el derecho exclusivo de una minoría privilegiada. Y la historia de cómo pasamos de ahí a donde estamos hoy es una de las más largas, sangrientas y complicadas que podés encontrar.


Atenas antes de la democracia: el mundo que Clístenes rompió

Para entender por qué la democracia fue revolucionaria, primero hay que entender qué había antes. Atenas, a fines del siglo VI antes de Cristo, era gobernada por aristócratas. Los eupátridas, que significa literalmente los bien nacidos, controlaban todo: la tierra, las magistraturas, los tribunales. Si nacías en la familia equivocada, no tenías nada que hacer políticamente. El poder era hereditario y concentrado en unas pocas familias que se lo pasaban entre ellas.

Antes de Clístenes, hubo dos reformadores que prepararon el terreno. El primero fue Dracón, en el año 621 antes de Cristo. Dracón hizo algo aparentemente simple pero radical para la época: puso las leyes por escrito. Hasta entonces, las leyes eran orales, interpretadas por los aristócratas a su conveniencia. Poner todo en texto fijo era un límite al poder arbitrario. El problema era que las leyes de Dracón eran brutalmente severas. Se dice que casi todo delito se castigaba con la muerte, hasta el robo de una col. El propio Dracón, según la leyenda, justificó eso diciendo que los delitos menores merecían la muerte y no se le ocurría pena mayor para los graves. La palabra "draconiano" viene de él y todavía la usamos para describir reglas excesivamente duras.

El segundo reformador fue Solón, en el año 594. Solón fue más ambicioso. Abolió las deudas de los ciudadanos pobres, que los tenían atados a los ricos como semi-esclavos. Dividió a la ciudadanía en cuatro clases según su riqueza, no por nacimiento. Permitió que las clases medias accedieran a cargos menores. Creó una asamblea donde todos los ciudadanos podían hablar y votar. Pero mantuvo los cargos más importantes reservados para los ricos. Era un paso, no una revolución completa.

Después de Solón vino un período caótico con tiranos, conflictos, golpes y contragolpes. El último tirano fue Hipias, hijo del famoso Pisístrato. Hipias fue expulsado en el año 510 con ayuda de Esparta. Y en ese vacío político apareció el hombre que realmente inventó la democracia ateniense: Clístenes.

> "La democracia la inventó alguien del grupo que más tenía para perder con ella. Clístenes era aristócrata, de la poderosa familia Alcmeónida. Pero necesitaba aliados y los buscó donde nadie los había buscado antes: en el pueblo llano."

Clístenes era aristócrata, de la poderosa familia Alcmeónida. Lo cual es irónico: la democracia la inventó alguien del grupo que más tenía para perder con ella. Pero Clístenes estaba en una pelea de poder con otro aristócrata, Iságoras, y necesitaba aliados. Y los buscó donde nadie los había buscado antes: en el pueblo llano.

En el año 508 antes de Cristo, Clístenes propuso reformas radicales. La más importante fue la reorganización de las tribus. Atenas tenía cuatro tribus tradicionales basadas en el linaje familiar. Clístenes las abolió y creó diez tribus nuevas, completamente artificiales, mezclando deliberadamente gente de zonas urbanas, rurales y costeras. El objetivo era cortar los lazos familiares que daban poder a las familias nobles. Si tu tribu mezcla gente de distintos orígenes, ya no podés controlarla como un feudo familiar. Era un golpe quirúrgico al corazón del sistema aristócrata.

Además, amplió la ciudadanía. Incluyó como ciudadanos a muchos hombres que antes eran excluidos: libertos, extranjeros naturalizados, habitantes de zonas periféricas. La base del nuevo sistema se amplió considerablemente. La asamblea, la Ekklesia, se volvió el órgano central del gobierno. Cualquier ciudadano podía hablar y votar. Las decisiones importantes, desde declarar una guerra hasta firmar un tratado, pasaban por ese voto colectivo.

El propio Iságoras intentó resistir con ayuda espartana. Los espartanos mandaron tropas y ocuparon la Acrópolis. Y entonces pasó algo que los aristócratas no esperaban: el pueblo ateniense se levantó. La gente común, los artesanos, los campesinos, los comerciantes, rodearon la Acrópolis y sitiaron a los espartanos hasta obligarlos a retirarse. Clístenes volvió del exilio. Las reformas se consolidaron. Y Atenas tenía, por primera vez en la historia, algo que se podía llamar democracia.


Cómo funcionaba realmente la democracia ateniense

La democracia ateniense no era representativa como la nuestra. Era directa. Los ciudadanos no elegían a alguien para que gobernara en su nombre. Gobernaban ellos mismos, en persona.

El órgano central era la Ekklesia, la asamblea. Se reunía regularmente en la Pnix, una colina con capacidad para varios miles de personas. Cualquier ciudadano podía asistir, hablar y votar. Para las decisiones más importantes, necesitaban quórum de seis mil ciudadanos. Eran reuniones largas, ruidosas, a veces caóticas. Los oradores habilidosos tenían enorme poder porque podían convencer a miles de personas. La retórica, el arte de hablar bien en público, era en Atenas una habilidad política indispensable.

Por encima de la asamblea estaba el Consejo, la Bulé. Era un cuerpo de quinientos miembros que preparaba la agenda de la asamblea, administraba los asuntos cotidianos y supervisaba a los magistrados. Y acá viene una de las características más originales del sistema ateniense: los miembros del Consejo no eran elegidos. Eran sorteados.

El sorteo, la klerotereia, era fundamental en la democracia ateniense. El argumento era simple pero poderoso: la elección favorece a los ricos y famosos, que tienen más recursos y contactos para hacer campaña. El sorteo es verdaderamente igualitario porque cualquiera puede ser elegido. Los atenienses pensaban que las elecciones eran un mecanismo aristocrático disfrazado de democracia. El sorteo era la democracia pura.

Casi todos los cargos públicos, salvo los militares, se elegían por sorteo entre los voluntarios. Jueces, funcionarios, inspectores, miembros del Consejo. Un ciudadano ateniense promedio podía esperar participar en el gobierno directamente varias veces en su vida. La idea era que el gobierno era una responsabilidad de todos, no una profesión de especialistas.

Los cargos militares eran la gran excepción. Los estrategos, los generales que comandaban el ejército y la flota, eran elegidos por voto en la asamblea y podían ser reelegidos indefinidamente. Esto creaba una vía por la cual los hombres más capaces y carismáticos podían acumular poder real. Pericles, el político más influyente de la era dorada ateniense, fue estratego durante décadas consecutivas. Técnicamente era un ciudadano más sometido al voto de sus pares. En la práctica era el hombre más poderoso de Atenas.

Había también un mecanismo de protección contra los demagogos: el ostracismo. Una vez al año, la asamblea podía votar para exiliar a cualquier ciudadano que considerara una amenaza para la democracia. Si seis mil o más ciudadanos votaban en su contra, ese hombre tenía que irse de Atenas por diez años. Sin juicio. Sin acusación formal. Sin posibilidad de defensa. Era un exilio preventivo. El nombre viene de los ostraka, los pedazos de cerámica en los que los ciudadanos escribían el nombre del que querían expulsar. Arqueólogos han encontrado miles de estos fragmentos. En uno de los lotes encontraron un conjunto de ostraka con el nombre de Arístides, todos escritos por la misma mano. Alguien estaba distribuyendo boletas prefabricadas. La política sucia tiene historia larga.


La era de Pericles: el pico y la trampa

El siglo V antes de Cristo fue el período de mayor gloria de la democracia ateniense. Y el hombre que más la definió fue Pericles. Era aristocrático de origen pero demócrata por convicción y conveniencia política. Era orador brillante, estratega capaz y administrador eficiente. Gobernó Atenas durante casi treinta años, no como tirano sino como líder elegido una y otra vez por sus conciudadanos.

Pericles consolidó la democracia pagando a los ciudadanos por participar en el gobierno. Antes, solo los ricos podían darse el lujo de pasar días en asambleas y tribunales. Pericles introdujo un salario para los jueces y funcionarios, lo que permitió que los ciudadanos pobres también participaran. Era una democratización del propio sistema democrático.

Bajo Pericles se construyó el Partenón. Atenas floreció como centro cultural del mundo mediterráneo. Sócrates filosofaba en las plazas. Esquilo, Sófocles y Eurípides escribían tragedias que todavía se representan hoy. Heródoto y Tucídides inventaron la historia como disciplina. Era un momento extraordinario de creatividad humana.

Pero el sistema tenía contradicciones enormes que Pericles agudizó en vez de resolver. Para financiar el esplendor ateniense, la ciudad extraía recursos de sus aliados en la Liga de Delos, una coalición formada originalmente para defenderse de los persas. Atenas convirtió esa liga en algo parecido a un imperio. Las ciudades aliadas pagaban tributo que iba a Atenas. El dinero del Partenón venía en parte de ese tributo. La democracia ateniense era también un sistema imperial donde la libertad de los atenienses se financiaba con la sumisión de otros griegos.

La exclusión interna era igual de llamativa. Pericles, paradójicamente, endureció los requisitos de ciudadanía. Una ley del año 451 exigía que ambos padres fueran atenienses para ser ciudadano. El propio hijo que Pericles tuvo con Aspasia, su compañera intelectual y política, no era ciudadano porque Aspasia era de Mileto. Pericles tuvo que pedir una excepción especial a la asamblea para reconocer a su propio hijo. El hombre que más hizo por la democracia ateniense vivió con la contradicción de que la mujer que amaba no tenía ningún derecho político.


La caída de Atenas y el fin del experimento

La democracia ateniense murió como había vivido: de manera dramática y violenta. La Guerra del Peloponeso, contra Esparta y sus aliados, duró veintisiete años, de 431 a 404 antes de Cristo. Fue una guerra total que agotó a Atenas lentamente.

En el año 413, la asamblea ateniense votó la expedición más desastrosa de su historia: la invasión de Sicilia. Los oradores populares la vendieron como una conquista fácil y lucrativa. Era todo lo contrario. El ejército expedicionario, decenas de miles de hombres, fue destruido casi completamente. La mitad murió en combate o de enfermedad. El resto fue capturado y murió trabajando en las canteras de Siracusa. Fue la catástrofe militar más grande en la historia de Atenas.

Y fue votada democráticamente por la asamblea. Eso era exactamente lo que los críticos de la democracia, como Platón y Aristóteles, señalaban con dedo acusador: que las multitudes podían ser manipuladas por oradores habilidosos para tomar decisiones catastróficas. Que la democracia favorecía la demagogia. Que el pueblo no siempre tenía razón.

Atenas fue derrotada por Esparta en 404. Los espartanos impusieron un gobierno de treinta tiranos, los oligarcas que habían esperado esta oportunidad durante décadas. La democracia fue suspendida. Pero duró solo un año. En 403, los demócratas recuperaron el poder por las armas. La democracia fue restaurada.

> "La democracia ateniense ejecutó al hombre que muchos consideran el padre de la filosofía occidental. Sócrates bebió la cicuta. Es una de las ironías más amargas de la historia intelectual."

Lo que siguió fue un período extraño. Atenas recuperó la democracia pero no la gloria. Y en ese contexto se produjo uno de los episodios más debatidos de la historia: el juicio y la muerte de Sócrates, en el año 399. El filósofo más famoso de Atenas fue acusado de corromper a la juventud y de impiety, de no respetar a los dioses de la ciudad. La asamblea lo condenó a muerte por mayoría de votos. Sócrates bebió la cicuta. La democracia ateniense ejecutó al hombre que muchos consideran el padre de la filosofía occidental. Es una de las ironías más amargas de la historia intelectual.

Atenas nunca volvió a ser la potencia que había sido. Macedonia, bajo Filipo II y después su hijo Alejandro Magno, conquistó el mundo griego y redujo a las ciudades-estado a una subordinación decorativa. La democracia ateniense, como sistema independiente, terminó ahí.


Roma: una república que nunca fue democracia

Mientras Atenas experimentaba con la democracia directa, Roma desarrolló su propio sistema: la república. Y es importante aclarar que la república romana no era una democracia, aunque tomara algunos elementos del gobierno popular.

Roma tenía asambleas donde los ciudadanos votaban. Pero el sistema estaba estructurado para que los ricos tuvieran mucho más peso. En las asambleas centuriadas, que votaban las leyes más importantes, los ciudadanos más ricos formaban las primeras centurias. Votaban primero. Y como las votaciones se detenían cuando se alcanzaba la mayoría, los ricos frecuentemente decidían todo antes de que los pobres tuvieran oportunidad de votar.

El verdadero poder en Roma estaba en el Senado, dominado por la nobleza. Los cónsules, los dos magistrados más altos, casi siempre venían de familias aristocráticas. Los plebeyos ganaron con el tiempo el derecho a ser elegidos cónsules y a tener sus propios magistrados, los tribunos de la plebe. Pero la estructura era fundamentalmente oligárquica con elementos participativos.

Lo que los romanos aportaron fue distinto a la democracia ateniense pero igualmente valioso: la idea de que el poder debe estar dividido, que nadie puede concentrar demasiado. Los dos cónsules tenían poder de veto mutuo. Los magistrados duraban un año en el cargo. Había controles institucionales al poder individual. Esas ideas, la separación de poderes y el freno institucional, llegaron hasta la modernidad como legado romano.

La república romana murió de sus propias contradicciones en el siglo I antes de Cristo. Las guerras civiles, Sila, Mario, César, Pompeyo. El sistema no pudo manejar la riqueza y el poder que las conquistas trajeron. Julio César cruzó el Rubicón en el año 49 antes de Cristo, tomó Roma y se convirtió en dictador perpetuo. Lo mataron en los idus de marzo del año 44. Y el resultado final no fue la restauración de la república sino el Imperio. Augusto, el sobrino nieto de César, se convirtió en el primer emperador. Las formas republicanas sobrevivieron, el Senado siguió reuniéndose, los cónsules siguieron siendo elegidos, pero el poder real estaba en una sola mano.


El larguísimo paréntesis medieval

Después de Roma, la idea de que el pueblo debía participar en el gobierno desapareció casi completamente de Europa durante más de mil años. La Edad Media era el reino del poder heredado y la autoridad divina. Los reyes gobernaban por voluntad de Dios. Los nobles tenían poder por nacimiento. El pueblo no tenía nada que opinar sobre quién mandaba ni sobre las leyes que regían su vida.

Había excepciones parciales. En algunas ciudades medievales, especialmente en Italia y los Países Bajos, los gremios y comerciantes desarrollaron formas de gobierno participativo. Las ciudades-estado italianas como Florencia y Venecia experimentaron con consejos y asambleas, aunque siempre controlados por las familias poderosas. En Inglaterra, la Carta Magna de 1215 estableció que el rey no podía tomar ciertas decisiones sin el consejo de los barones. Era un límite al poder real, aunque muy lejos de la democracia.

El Parlamento inglés se fue desarrollando a lo largo del siglo XIII y XIV como un cuerpo que representaba a los distintos estamentos: la nobleza, el clero, y eventualmente los comunes, los representantes de las ciudades y los propietarios de tierras. Pero el sufragio era extraordinariamente restringido. Solo los propietarios de tierras podían votar. Y las propiedades necesarias para votar o ser elegido eran enormes. El Parlamento del siglo XVII representaba a una fracción mínima de la población.

Había también tradiciones germánicas antiguas donde los guerreros se reunían en asambleas para tomar decisiones importantes. Los vikingos tenían el Thing, una asamblea de hombres libres. Islandia fundó en el año 930 el Althing, su asamblea legislativa, que sigue funcionando hoy y se jacta de ser el parlamento más antiguo del mundo. Pero estos eran sistemas muy limitados y locales, no gobiernos democráticos en ningún sentido moderno.


La Revolución Inglesa y el nacimiento de la idea moderna

El camino hacia la democracia moderna pasó primero por Inglaterra. En el siglo XVII, el conflicto entre el Parlamento y el rey llegó a su punto de ruptura. Carlos I gobernaba sin convocar al Parlamento, recaudaba impuestos sin autorización parlamentaria y ejecutaba a sus opositores. Los parlamentarios, liderados eventualmente por Oliver Cromwell, tomaron las armas. La Guerra Civil inglesa duró de 1642 a 1651 y terminó con algo sin precedentes: la ejecución pública del rey. Carlos I fue decapitado en 1649. La monarquía fue abolida. Se proclamó una república, la Commonwealth.

El experimento republicano de Cromwell terminó siendo más una dictadura militar que una democracia. Pero dejó ideas que no murieron. En ese período surgieron los Levellers, un movimiento radical dentro del ejército parlamentario, que exigía el sufragio universal masculino, elecciones regulares, igualdad ante la ley y libertad religiosa. Eran demandas completamente revolucionarias para la época. Cromwell los aplastó, pero sus ideas sobrevivieron.

Después de la muerte de Cromwell y la restauración de la monarquía, el conflicto continuó hasta la Revolución Gloriosa de 1688. Guillermo de Orange llegó de Holanda e invitado por el Parlamento reemplazó al rey Jaime II sin prácticamente ningún derramamiento de sangre. A cambio, firmó la Declaración de Derechos de 1689, que establecía que el rey no podía suspender leyes, recaudar impuestos ni mantener ejércitos sin autorización parlamentaria. El rey seguía siendo rey, pero el Parlamento era el poder real. Era constitucionalismo, no democracia. Pero era un paso fundamental.

El pensador que sistematizó estas ideas fue John Locke. En sus Dos tratados sobre el gobierno civil, publicados en 1689, Locke argumentó que los hombres tienen derechos naturales: vida, libertad y propiedad. Los gobiernos existen para proteger esos derechos. Si un gobierno los viola, el pueblo tiene derecho a derrocarlo. Era una justificación intelectual de la revolución. Y sus ideas cruzaron el Atlántico.


Las revoluciones que cambiaron todo

En 1776, trece colonias británicas en América del Norte se declararon independientes. La Declaración de Independencia, escrita principalmente por Thomas Jefferson, proclamó que todos los hombres son creados iguales y tienen derechos inalienables a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Era lenguaje de Locke traducido al idioma político de la revolución.

La Constitución de los Estados Unidos, adoptada en 1787, creó algo nuevo: una república representativa a escala nacional. No la democracia directa ateniense, donde todos participan personalmente, sino un sistema donde los ciudadanos eligen representantes que gobiernan en su nombre. Con separación de poderes: ejecutivo, legislativo y judicial. Con controles y equilibrios para que ninguno dominara a los otros. Con una carta de derechos que limitaba lo que el gobierno podía hacer.

Pero el sufragio era muy restringido. En la práctica, en la mayoría de los estados, solo podían votar los hombres blancos propietarios. Las mujeres, no. Los esclavos africanos, que eran millones, no. Los hombres pobres sin propiedad, en muchos estados, tampoco. Era una democracia de propietarios blancos.

Y trece años después, en Francia, la revolución fue más radical y más sangrienta. La Revolución Francesa de 1789 no solo derrocó al rey: proclamó que la soberanía residía en la nación, no en el monarca. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano proclamó la igualdad de todos ante la ley. Los hombres comunes votaban y eran elegidos. Por primera vez en la historia moderna, un país grande intentaba la democracia de masas.

El resultado fue caótico. El período del Terror, con la guillotina trabajando sin pausa, mostró que la democracia sin instituciones fuertes podía convertirse en tiranía de la mayoría. Robespierre, que proclamaba la virtud y la voluntad popular, mandó al cadalso a miles de personas antes de ser guillotinado él mismo. Y el desorden terminó con Napoleón, que usó la democracia como escalera y después la destruyó desde arriba.

Pero las ideas no murieron. El siglo XIX fue un siglo de expansión lenta pero constante del sufragio en Europa y América. En Inglaterra, las Leyes de Reforma de 1832, 1867 y 1884 fueron ampliando gradualmente quiénes podían votar. Francia alternó entre repúblicas, monarquías y un segundo imperio antes de estabilizarse como república democrática. Estados Unidos abolió la esclavería en 1865 y reconoció el sufragio masculino sin distinción de raza, al menos formalmente, aunque el sur encontró maneras brutales de bloquearlo en la práctica.


El sufragio universal: la batalla más larga

Las mujeres fueron excluidas del voto en casi todas partes hasta bien entrado el siglo XX. La lucha por el sufragio femenino fue una de las batallas políticas más largas y duras de la historia moderna.

En Nueva Zelanda, en 1893, fue el primer país en otorgar el voto a las mujeres a nivel nacional. Australia en 1902. Finlandia en 1906. Noruega en 1913. En Estados Unidos, después de décadas de campaña de las sufragistas, la Decimonovena Enmienda otorgó el voto a las mujeres en 1920. En Francia, paradójicamente, el país que había proclamado los derechos del hombre con tanto fervor, las mujeres no pudieron votar hasta 1944. En Suiza, bastión de la democracia directa, las mujeres obtuvieron el derecho al voto nacional recién en 1971. Arabia Saudita les concedió el voto en 2015.

El siglo XX también vio la democracia bajo asedio. El fascismo y el comunismo rechazaban explícitamente la democracia liberal como un sistema caduco y burgués. Hitler llegó al poder en 1933 a través de elecciones y después destruyó las instituciones democráticas metódicamente. Mussolini, Stalin, Franco, Mao. La mitad del siglo XX fue la era de los totalitarismos, sistemas que afirmaban representar al pueblo mejor que la democracia, pero que aplastaban cualquier disenso.

La Segunda Guerra Mundial fue en parte una guerra por la supervivencia de la democracia. Y después de 1945, el modelo democrático se expandió. Europa occidental se reconstruyó con democracias estables. Alemania, que había elegido democráticamente a Hitler, se convirtió en una de las democracias más sólidas del mundo. Japón también. La descolonización creó decenas de nuevos estados, muchos de los cuales intentaron la democracia con resultados variados.

La caída del Muro de Berlín en 1989 y el colapso de la Unión Soviética en 1991 parecieron el triunfo definitivo de la democracia. El politólogo Francis Fukuyama escribió que la historia había terminado, que la democracia liberal era el sistema final de la humanidad. Era optimismo prematuro.


La democracia hoy: logros, fracasos y tensiones

Hoy, según distintas organizaciones que miden la democracia en el mundo, entre la mitad y dos tercios de los países del mundo tienen alguna forma de gobierno democrático o semi-democrático. Es más que en cualquier otro momento de la historia. El sufragio universal, impensable hace doscientos años, es hoy la norma en la mayoría de los países.

Pero la democracia enfrenta desafíos que sus fundadores no podían imaginar. Las redes sociales y la desinformación permiten manipular la opinión pública a escala masiva. Los populismos de distinto signo usan las elecciones para llegar al poder y después erosionan las instituciones que hacen que la democracia funcione. Hay líderes que ganan elecciones legítimas y después atacan a la prensa, los jueces independientes y los controles al ejecutivo. Es lo que los politólogos llaman la muerte lenta de las democracias: no un golpe violento sino un vaciamiento gradual de los contenidos.

La pregunta que hacían Platón y los críticos atenienses de la democracia sigue siendo válida: ¿cómo se protege un sistema donde la mayoría decide de la manipulación, la demagogia y el abuso del propio sistema democrático? No hay respuesta definitiva. Los atenienses apostaron al ostracismo. Los romanos, a la separación de poderes y los términos limitados. Los modernos agregaron constituciones, cortes independientes, libertad de prensa y derechos individuales que ninguna mayoría puede violar.

> "Churchill lo dijo de la manera más honesta posible: la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han probado."

La democracia que inventaron los atenienses hace dos mil quinientos años era imperfecta, excluyente y contradictoria. La democracia que tenemos hoy también lo es. Sigue excluyendo a millones de personas, ya sea por corrupción, por leyes restrictivas, por desinformación o por barreras económicas. Pero es el sistema que, con todos sus defectos, ha demostrado ser el que mejor protege las libertades individuales y el que permite corregir sus propios errores sin necesidad de violencia.

Churchill lo dijo de la manera más honesta posible: la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han probado. Tenía razón. Y la historia de dos mil quinientos años desde que Clístenes reorganizó las tribus de Atenas lo confirma.


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