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La unificación de Italia
Episodio 17

La unificación de Italia

Andres AguilarAndres Aguilar

Risorgimento, Garibaldi y el papel de las potencias: de fragmentación peninsular a nación unida con deudas internas.

En 1861, cuando el reino de Italia fue proclamado oficialmente, el estadista Massimo d'Azeglio pronunció una frase que se volvió legendaria: "Hemos hecho Italia; ahora debemos hacer a los italianos." Era una confesión brutal. El país existía en el papel, tenía rey, parlamento y bandera. Pero la mayoría de sus habitantes no hablaba italiano —hablaban dialectos regionales que en muchos casos eran más diferentes entre sí que el español y el portugués—, nunca habían pensado en sí mismos como "italianos", y en muchos casos preferían claramente el orden anterior.


Construir una nación es una de las empresas políticas más difíciles que existe. Unificar la península italiana en el siglo XIX fue particularmente complicado porque implicaba desmantelar un mosaico de estados con siglos de historia propia, desafiar a Austria, la potencia dominante del centro de Europa, negociar con Francia, y convencer —o forzar— a poblaciones muy diversas de que compartían una identidad común. Que todo eso se lograra en poco más de una década, entre 1848 y 1861, es casi un milagro político. Que se lograra de una manera tan caótica, imprevista y llena de giros inesperados lo hace también una gran historia.

La unificación italiana es además una historia que nos habla de algo universal: de la distancia entre el ideal y la realidad, entre el mapa que soñamos y el territorio que heredamos, entre la proclama entusiasta y la mañana siguiente cuando hay que empezar a gobernar lo que se prometió. Italia resuelve ese problema de una manera particular, con un mezcla única de grandeza genuina y compromisos inevitables, y esa combinación la hace todavía fascinante para el mundo político de hoy.


El mosaico italiano antes de la unificación

Para entender lo que fue la unificación, primero hay que entender lo que había antes. A principios del siglo XIX, la península italiana era un conjunto de estados con historias, instituciones y tradiciones propias. Estaba el Reino de Cerdeña —también llamado Reino de Piamonte-Cerdeña—, gobernado por la casa de Saboya, en el noroeste. Estaba el Ducado de Milán y la mayor parte del norte, bajo control austríaco. Estaba la Toscana, con su tradición cultural extraordinaria y un gobierno moderado. Estaban los Estados Pontificios, un enorme territorio gobernado directamente por el Papa que cruzaba la península de este a oeste. Estaba el Reino de las Dos Sicilias —que incluía Sicilia y toda la parte sur de la península—, gobernado por los Borbones napolitanos.

Esta fragmentación no era nueva. Italia había sido un mosaico político desde el fin del Imperio Romano. El Renacimiento floreció precisamente porque había ciudades-estado independientes compitiendo entre sí —como vimos en el episodio sobre el Renacimiento en Florencia. Venecia era una república comercial, Florencia era gobernada por los Medici, Milán por los Sforza. Esa diversidad produjo cultura extraordinaria, pero también debilidad política y militar. Cuando llegaron los franceses de Napoleón a finales del siglo XVIII y los austriacos después de 1815, se impusieron sobre estados que no podían resistirlos por separado.

Napoleón, paradójicamente, fue el primero en plantar las semillas de la unificación italiana. Durante su dominio sobre la península, reorganizó los estados, introdujo el Código Civil francés, abolió los privilegios feudales y, sobre todo, dejó que una generación de italianos experimentara qué significaba vivir en estructuras políticas más grandes y más modernas. Cuando los Borbones y los austriacos volvieron después de 1815 para restaurar el viejo orden, encontraron una Italia que ya no era la misma. El genio del Congreso de Viena fue restaurar los tronos; su fracaso fue creer que podía restaurar las mentalidades.

Los años que siguieron al Congreso de Viena de 1815 vieron el surgimiento del Risorgimento, que significa "resurgimiento" o "resurrección". No era un partido político único sino un conjunto de corrientes que compartían el objetivo de la unificación italiana, aunque disentían profundamente sobre cómo lograrlo y qué tipo de Italia crear.


La nación como proyecto cultural: Leopardi, Verdi y los que soñaban en italiano

Antes de que la unificación italiana fuera un proyecto político, fue un proyecto cultural. Y eso es fundamental para entender cómo fue posible. Los estados se pueden unificar con ejércitos y tratados. Las naciones se construyen con poetas, compositores y narradores que crean la imagen de un pasado compartido y un destino común.

El poeta Giacomo Leopardi, que vivió entre 1798 y 1837, escribió sus grandes obras en un italiano literario que era mucho más sofisticado y más unificado que cualquiera de los dialectos regionales de la península. No lo hacía por militancia política: lo hacía porque era el instrumento cultural más elevado que tenía disponible. Pero al hacerlo, contribuía a la construcción de un idioma común que existía en la literatura mucho antes de existir en la calle. Lo mismo pasaba con Manzoni, cuya novela "Los novios" de 1827 fue deliberadamente escrita en un italiano toscano —el más prestigioso de los dialectos literarios— con la explícita intención de contribuir a la creación de un idioma nacional.

La música hizo lo mismo con más poder emocional. Giuseppe Verdi se convirtió en el compositor del Risorgimento no porque planeara serlo, sino porque sus óperas resonaban de maneras que el público italiano interpretaba como alusiones políticas inevitables. El coro de los esclavos hebreos en Nabucco, cantando en cautiverio su deseo de libertad, era escuchado por el público milanés bajo dominación austríaca como un mensaje directo. Cuando el público estallaba en aplausos y pedía que se repitiera el "Va pensiero", no estaba solo aplaudiendo la música: estaba declarando algo sobre sí mismo. Y el acrónimo VIVA VERDI —Vittorio Emanuele Re D'Italia— que apareció escrito en muros por toda la península italiana era la prueba de que la cultura puede ser más subversiva que cualquier panfleto político.


Las sociedades secretas y la conspiración como método político

Antes de llegar a las guerras y los generales, hay que entender una peculiaridad del Risorgimento: en sus primeras décadas, fue en gran medida un movimiento clandestino. Las sociedades secretas fueron el motor de la resistencia antes de que la resistencia pudiera ser abierta.

La más famosa fue la Carbonería —los carboneros—, una red de células secretas que se extendía por toda la península. Nadie sabe con certeza cuántos miembros tenía ni cuáles eran exactamente sus orígenes, pero su influencia en los levantamientos de las décadas de 1820 y 1830 fue enorme. Sus rituales eran elaborados y deliberadamente oscuros, con referencias a la producción de carbón vegetal como metáfora de la purificación política. Cuando las autoridades austríacas o borbónicas capturaban a un carbonaro, era muy difícil desenredar toda la red porque el sistema de células hacía que cada miembro conociera solo a un número limitado de los demás.

El joven Mazzini fue carbonaro antes de fundar la Joven Italia. Lo arrestaron en 1830 y lo pusieron preso en la fortaleza de Savona, en Liguria. Fue durante esos meses de encierro que desarrolló su propio proyecto político: una organización más transparente en sus objetivos, más orientada a los jóvenes, con una base filosófica y moral más clara que los rituales herméticos de la Carbonería. La Joven Italia nació de esa reflexión en prisión.

Esta tradición de conspiración y sociedad secreta dejó una marca profunda en la cultura política italiana. La idea de que los verdaderos poderes operan en las sombras, que detrás de las instituciones visibles hay redes ocultas que toman las decisiones reales, tiene raíces históricas muy concretas en ese período. No es solo paranoia: durante décadas, la única forma de hacer política fue hacerla en secreto.


Los tres hombres del Risorgimento

Hay tres figuras que encarnan las grandes corrientes del movimiento unificador, y las tres son fascinantes de maneras completamente diferentes.

Giuseppe Mazzini era el ideólogo. Un genovés de familia de clase media que desde muy joven se convenció de que la unificación italiana era una misión casi religiosa, una obligación moral de los italianos ante Dios y ante la historia. Fundó la Joven Italia, una organización secreta dedicada a organizar la revolución. Fue exiliado de Italia varias veces, vivió en Londres durante décadas, y desde ahí escribía, publicaba y conspiraba sin descanso. Mazzini era un republicano convencido: quería una Italia unificada como república democrática, sin rey. Sus ideas inspiraron a toda una generación de jóvenes italianos —y también, de paso, a Simón Bolívar y a movimientos nacionales en media Europa.

El problema de Mazzini es que sus ideas eran hermosas y sus planes eran un desastre. Organizó decenas de levantamientos que fracasaron de manera estrepitosa, muchas veces porque estaban mal planeados, contaban con participantes insuficientes, o simplemente porque la realidad política no acompañaba. Cada fracaso lo dejaba indemne en su convicción —seguía siendo el profeta de la unidad italiana— pero dejaba un tendal de jóvenes muertos o presos a su paso. Era el tipo de líder que inspira desde lejos pero que es muy difícil de seguir de cerca.

Giuseppe Garibaldi era el guerrero. Nacido en Niza —que en esa época era territorio del Reino de Cerdeña— fue marinero, revolucionario, mercenario en América del Sur, y finalmente el general más legendario del Risorgimento. Lo que hacía a Garibaldi extraordinario no era solo su valentía —aunque era considerable— sino su capacidad de inspirar a otros. Hombres sin entrenamiento militar seguían a Garibaldi porque transmitía una convicción absoluta. Peleó en Uruguay y Brasil antes de volver a Italia. Vestía su famosa camisa roja, que se convirtió en el símbolo de sus voluntarios.

Garibaldi era un hombre de acción con poca paciencia para la política. Despreciaba los compromisos diplomáticos, los manejos de cancillería, las negociaciones de salón. Quería la Italia republicana de Mazzini, pero era suficientemente pragmático como para terminar poniéndose al servicio del rey de Cerdeña cuando se convenció de que era la única forma de lograr la unificación.

Camillo di Cavour era el político. Primer ministro del Reino de Cerdeña desde 1852, fue el arquitecto de la unificación real, el hombre que convirtió las ideas románticas del Risorgimento en política concreta. Era liberal, pragmático, admirador de la constitución inglesa, y un negociador excepcional. Entendía que Italia no podía unificarse sin el apoyo de alguna potencia extranjera que contrarrestara a Austria, y dedicó años a cultivar la alianza con Francia y con Napoleón III.

Cavour y Garibaldi se detestaban mutuamente. Uno era el hombre del escritorio, los telegramas cifrados y los acuerdos secretos. El otro era el hombre del campo de batalla y la proclama dramática. Pero la unificación italiana necesitó de los dos: sin la legitimidad que daba el ejército popular de Garibaldi, Cavour no habría tenido la base social para construir el estado. Sin la arquitectura diplomática de Cavour, las victorias de Garibaldi no habrían sobrevivido a la reacción de las potencias europeas.

La unificación italiana necesitó simultáneamente de un ideólogo que nunca cediera, un guerrero que actuara sin pedir permiso, y un político que supiera cuándo vender el territorio natal de ese guerrero a cambio de los aliados necesarios para ganar. Las tres cosas juntas fueron irresistibles.


1848: el año que casi todo cambió y no cambió nada

El año 1848 fue el de las revoluciones en toda Europa. En Italia, la ola revolucionaria fue especialmente fuerte. En Milán, los ciudadanos se levantaron contra los austriacos en las Cinco Glorias de Milán —cinco días de combates urbanos en marzo de 1848 que obligaron al ejército austríaco a retirarse de la ciudad. En Venecia, se proclamó una república. En Roma, el Papa huyó y Mazzini y Garibaldi establecieron una República Romana que duró varios meses.

El rey Carlos Alberto de Cerdeña declaró la guerra a Austria. Por un momento, pareció posible. Pero el ejército austríaco reagrupó, encontró un general competente en el mariscal Radetzky —que en ese momento tenía más de ochenta años, pero era todavía una mente militar formidable—, y aplastó al ejército piamontés en las batallas de Custoza y Novara. Carlos Alberto abdicó en favor de su hijo, Víctor Manuel II.

El 1848 italiano terminó en derrota total. Pero sembró algo importante: demostró que los italianos eran capaces de levantarse, que la idea de la unidad tenía una base popular real, y que Austria era vulnerable. También dejó en claro que sin un apoyo extranjero, la unificación era imposible. Esa lección fue la que Cavour aprendió mejor que nadie.


Cavour teje la alianza: el camino a la guerra de 1859

Durante la década de 1850, Cavour trabajó metódicamente para preparar al Reino de Cerdeña para el próximo intento. Modernizó la economía piamontesa, construyó ferrocarriles, reformó el ejército, secularizó parcialmente el estado. Envió tropas piamontesas a Crimea —donde Gran Bretaña y Francia peleaban contra Rusia— sin ningún interés estratégico directo, solo para ganarse un asiento en la conferencia de paz y poder plantear la "cuestión italiana" ante las potencias europeas. Era una inversión de vidas y dinero en visibilidad diplomática. La lógica fría de la realpolitik en su expresión más pura.

Y sobre todo, cultivó la relación con Napoleón III. En julio de 1858, Cavour y el emperador francés se reunieron en secreto en el balneario de Plombières, en los Vosgos. Lo que acordaron fue un plan claro: Francia ayudaría militarmente a Cerdeña en una guerra contra Austria, a cambio de que Cerdeña le cediera Niza y Saboya a Francia. Si ganaban, el norte de Italia pasaría a la órbita de Cerdeña.

El acuerdo de Plombières fue un hito de realpolitik. Cavour básicamente vendió el territorio natal de Garibaldi —Niza— a Francia para financiar la guerra de unificación. Cuando Garibaldi se enteró, se puso furioso. Pero la lógica de Cavour era implacable: sin Francia, no había guerra. Sin guerra, no había unificación.

La guerra empezó en 1859. Napoleón III llegó personalmente a Italia al frente de su ejército. Las batallas de Magenta y Solferino fueron victorias franco-piamontesas enormes. En Solferino, las bajas en un solo día superaron las 40.000 entre muertos y heridos de los dos bandos. Un empresario suizo que estaba por casualidad en la zona, Henri Dunant, quedó tan horrorizado por el sufrimiento de los heridos abandonados en el campo de batalla que algunos años después fundó la Cruz Roja Internacional. El caos de una guerra contribuyó, de manera indirecta, a crear una de las organizaciones humanitarias más importantes de la historia.

Napoleón III firmó una paz sorpresiva con Austria, sin consultar a Cavour. Le cedió la Lombardía a Cerdeña, pero no el Véneto. Cavour renunció furioso. Pero el proceso que había desencadenado ya no podía detenerse.


Garibaldi y los Mil: la aventura que nadie ordenó

El episodio más dramático de la unificación llegó en mayo de 1860, y fue básicamente una aventura militar que nadie en el gobierno había autorizado oficialmente. Garibaldi, al frente de poco más de mil voluntarios —los famosos Mille, con sus camisas rojas— desembarcó en Sicilia para derrocar al Reino Borbónico de las Dos Sicilias.

Lo que siguió fue uno de los episodios más extraordinarios del siglo XIX. Garibaldi avanzó por Sicilia como si los dioses estuvieran de su lado. Las tropas borbónicas, que lo superaban ampliamente en número y equipamiento, colapsaban una tras otra. La población siciliana, que tenía sus propios agravios contra los Borbones, apoyó masivamente a los invasores. En cuestión de semanas, Palermo cayó. Después cruzó al continente y avanzó hacia el norte. Nápoles cayó. El reino más poderoso de la península italiana derrumbó ante una fuerza de voluntarios con fusiles viejos y entusiasmo desbordante.

En el encuentro histórico en Teano, Garibaldi saludó a Víctor Manuel llamándolo "rey de Italia" y le entregó los territorios conquistados. Sin ceremonia, sin negociación, con la misma directitud que lo caracterizaba. Después se fue a su isla de Caprera, donde cultivaba la tierra y vivía simplemente. Rechazó honores, títulos, dinero. Había hecho lo que tenía que hacer y se fue. Ese gesto de desprendimiento personal fue lo que convirtió a Garibaldi en una figura casi mítica, no solo en Italia sino en toda Europa.

¿Fue la unificación exactamente lo que Garibaldi quería? No. Quería una república, no un reino. Quería liberar Roma. Quería una Italia democrática y social. Lo que obtuvo fue un reino constitucional dominado por las elites piamontesas. Pero lo que obtuvo también era mucho más de lo que había existido antes.


Italia y Alemania: dos unificaciones, dos modelos

No es casualidad que la unificación italiana y la alemana ocurrieran prácticamente en el mismo período histórico. Las dos son respuestas a la misma pregunta que el siglo XIX le planteó a Europa: ¿cómo construir estados-nación modernos sobre el legado fragmentado del orden posnapoleónico? Pero las respuestas fueron muy distintas y los resultados también.

Bismarck unificó Alemania en 1866-1871 con una disciplina brutal y una eficiencia política que al Risorgimento le faltó casi en todo. Tres guerras rápidas y bien planificadas, la derrota de Austria y luego de Francia, la proclamación del Imperio Alemán en el salón de los espejos de Versalles. Bismarck era un genio de la realpolitik —un término que él mismo popularizó— que instrumentalizó el nacionalismo sin dejarse gobernar por él. El resultado fue un estado poderoso, centralizado y disciplinado que se convertiría en la potencia dominante de Europa continental en pocas décadas.

Italia fue lo opuesto. El proceso fue caótico, improvisado, lleno de contradicciones. Garibaldi actuaba sin órdenes. Los diplomáticos corrían detrás de los hechos. Los acuerdos se renegociaban constantemente. El resultado fue un estado más débil institucionalmente, con problemas estructurales enormes —la cuestión del sur, la tensión con la Iglesia, la falta de identidad nacional real— que se arrastrarían durante décadas.

Ambos modelos llegaron al siglo XX con sus características amplificadas. Alemania, con su Estado fuerte y su militarismo, produjo el nazismo. Italia, con su Estado débil y sus identidades fragmentadas, produjo el fascismo como intento desesperado de crear la cohesión nacional que la unificación liberal no había logrado. El siglo XX europeo no puede entenderse sin entender las unificaciones del siglo XIX. Las semillas del desastre estaban en los triunfos anteriores.


El legado: una nación construida a medias

El 17 de marzo de 1861 el parlamento del reino proclamó a Víctor Manuel II rey de Italia. Faltaban todavía Roma —que no se incorporaría hasta 1870— y el Véneto —que se anexó en 1866. Pero la estructura básica estaba.

Lo que quedó fue un país profundamente desigual. El sur —el Mezzogiorno— nunca se integró realmente con el norte desarrollado. Las elites piamontesas gobernaron un país que no conocían bien, aplicando leyes e instituciones pensadas para el Piamonte a regiones con realidades completamente distintas. La Sicilia de Garibaldi pronto descubrió que había cambiado a los Borbones por los piamonteses, y que el cambio no era tan beneficioso como esperaba. El descontento en el sur fue tan profundo que hubo años de guerra civil informal —el llamado "bandolerismo" posunificación— que en realidad era una resistencia popular al nuevo orden.

La Iglesia Católica fue otro problema enorme. El Papa Pío IX, que había perdido los Estados Pontificios, se negó a reconocer el nuevo estado italiano y prohibió a los católicos participar en la política italiana —una prohibición que se extendió hasta 1919. Esa tensión entre el estado italiano y la Iglesia definió la política italiana durante décadas, y no se resolvió formalmente hasta los Pactos de Letrán de 1929, firmados entre Mussolini y el Vaticano. El fascismo italiano, entre otros males, sí logró cerrar esa herida que la unificación liberal no había podido cerrar.

El problema económico fue igualmente profundo. En el momento de la unificación, el norte de Italia —especialmente el Piamonte y la Lombardía— tenía ya una base industrial y comercial respetable. El sur era fundamentalmente agrario, con una estructura de tenencia de la tierra muy concentrada y niveles de pobreza que hacían pensar más en el Tercer Mundo del siglo XX que en la Europa del siglo XIX. La unificación no redujo esa brecha: en muchos aspectos la profundizó, porque las políticas económicas del nuevo estado favorecían al norte industrializado. La "cuestión meridional" —qué hacer con el sur empobrecido— se convirtió en uno de los temas centrales del pensamiento social italiano. El socialista Antonio Gramsci, nacido en Cerdeña a finales del siglo XIX, construyó buena parte de su análisis político sobre esa realidad de un país que era, en los hechos, dos países distintos bajo la misma bandera.

Garibaldi se convirtió en símbolo internacional de la lucha por la libertad: cuando llegó a Londres en 1864, la multitud que fue a recibirlo fue tan grande que el gobierno tuvo que pedirle que se fuera antes de lo planeado para evitar el caos. En América Latina, varias ciudades llevan su nombre. Abraham Lincoln le ofreció el mando de un ejército durante la Guerra Civil americana —Garibaldi declinó porque Lincoln no quiso comprometerse a abolir la esclavitud de inmediato.

La ópera italiana, que ya era una fuerza cultural enorme en Europa, se convirtió en un vehículo del sentimiento nacional: Verdi, cuyo apellido fue usado por los patriotas como acrónimo de "Víctor Emmanuel Re D'Italia", compuso obras que hicieron llorar de emoción a multitudes en toda Europa. El Nabucco de 1842, con el coro "Va pensiero", fue interpretado como un lamento de la nación italiana bajo ocupación extranjera. La cultura popular llevó el mensaje donde la política no podía llegar.

Mazzini murió en 1872 sin haber podido votar nunca en el país que había pasado su vida entera tratando de crear. Hay algo de justicia poética y algo de crueldad histórica en ese hecho: el hombre que más había soñado con la Italia unificada no pudo participar de ella como ciudadano pleno. Las leyes electorales del nuevo estado excluían a quienes no pagaban ciertos impuestos, y Mazzini, que había pasado décadas en el exilio sin construir una fortuna personal, quedó del lado equivocado del umbral. El profeta de la nación murió fuera de la nación que construyó.

Cavour murió en 1861, a los cincuenta años, apenas tres meses después de la proclamación del reino, sin ver a Roma como capital de Italia. Y la frase de D'Azeglio con la que empezamos —"hemos hecho Italia, ahora debemos hacer a los italianos"— sigue siendo una de las descripciones más honestas de lo que implica construir un estado. No alcanza con trazar las fronteras. No alcanza con proclamar una nación. Lo más difícil siempre es lo que viene después: convencer a la gente de que esa nación vale la pena.

Esa tarea, que en 1861 parecía titánica, nunca terminó del todo. Italia llegó al siglo XX con sus fracturas internas visibles, atravesó el fascismo y la Segunda Guerra Mundial, reconstruyó su democracia después de 1945, y sigue siendo hoy un país donde las diferencias regionales, la desconfianza hacia el Estado central y la dificultad de construir consensos duraderos son parte del paisaje político permanente. El Risorgimento creó a Italia. Hacer a los italianos resultó ser la tarea de siglos.

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