En 20 Minutos
La Torre Eiffel
Episodio 24

La Torre Eiffel

Andres AguilarAndres Aguilar

La Torre Eiffel no fue idea de Eiffel, estuvo pintada de rojo, fue odiada por los mejores escritores de Francia y estuvo a punto de ser demolida. El hombre cuyo nombre lleva era un acusado de fraude cuando la inauguró. Esta es la historia de cómo el mo...


La Torre Eiffel no fue idea de Gustave Eiffel. Fue idea de dos ingenieros que trabajaban en su empresa.

El dinero del escándalo que destruyó su nombre fue lo que salvó su mayor creación.

La Torre Eiffel


El treinta de enero de mil ochocientos ochenta y nueve, mientras París se preparaba para celebrar el centenario de su Revolución con la mayor Exposición Universal de la historia, el hombre que le daba nombre a la torre más alta del mundo estaba destruido. Gustave Eiffel, el ingeniero más famoso de Francia, acababa de ser acusado formalmente de fraude y corrupción por el escándalo del Canal de Panamá. Su reputación, construida durante décadas de puentes y estructuras brillantes, estaba en ruinas. La prensa lo trataba de ladrón. La mitad de París quería demoler su torre y la otra mitad quería meterlo preso. La historia de la Torre Eiffel no es solo la historia de un monumento. Es la historia de una idea que no fue de Eiffel, de un escándalo de corrupción que casi destruye a su creador, de una estructura que fue pintada de rojo y que todo el mundo quería tirar abajo. Y sin embargo, acá estamos, más de ciento treinta años después, y esa torre sigue ahí, recibiendo siete millones de visitantes por año. Pero para entender cómo llegó a eso, hay que arrancar por el principio. Y el principio no empieza con Eiffel.


La idea que nació de una servilleta

Acá hay un dato que cambia bastante la narrativa heroica del genio solitario. La Torre Eiffel no fue idea de Gustave Eiffel. Fue idea de dos ingenieros que trabajaban en su empresa: Maurice Koechlin y Émile Nouguier. En junio de mil ochocientos ochenta y cuatro, estos dos tipos estaban en la oficina de la empresa Eiffel discutiendo sobre la futura Exposición Universal de mil ochocientos ochenta y nueve y se les ocurrió la idea de una torre de trescientos metros. Koechlin hizo un primer boceto en una servilleta, básicamente un pilón de hierro en forma de pirámide con cuatro patas. Era un dibujo técnico más que una obra de arte, tosco, funcional, sin ninguna gracia estética, pero la idea estaba ahí: una torre metálica el doble de alta que cualquier cosa construida por el ser humano hasta ese momento.

Se lo mostraron a Eiffel, y la reacción inicial del jefe no fue exactamente entusiasta. Les dijo algo así como "está bien, sigan trabajando en eso". No lo descartó pero tampoco se emocionó. Koechlin y Nouguier entendieron que necesitaban hacer la idea más atractiva visualmente, así que llamaron a Stephen Sauvestre, el arquitecto de la empresa, para que le diera forma estética al proyecto. Sauvestre fue el que sumó los arcos decorativos de la base, los pabellones de cristal en el primer piso, las líneas curvas elegantes que hoy todo el mundo asocia con la torre. Transformó un esqueleto funcional en algo que podía aspirar a ser bello. El salto entre el boceto de Koechlin y el diseño de Sauvestre es enorme, como pasar de un dibujo de ingeniería a una obra de arquitectura.

Cuando Eiffel vio la versión de Sauvestre, ahí sí se entusiasmó. Pero hizo algo más: les compró los derechos de la patente a Koechlin y Nouguier por una suma que no está del todo clara en los registros históricos. Legalmente la idea pasó a ser suya. Y a partir de ese momento, toda la historia oficial habla de "la torre de Eiffel", no de "la torre de Koechlin y Nouguier". Koechlin y Nouguier no protestaron públicamente, siguieron trabajando en la empresa y participaron activamente en la construcción, pero sus nombres desaparecieron de la narrativa popular. Esto no quiere decir que Eiffel no haya aportado nada. El tipo fue crucial para el proyecto: puso su nombre, su reputación, su capacidad de gestión, su empresa y su dinero. Sin Eiffel, esos dos ingenieros nunca hubieran conseguido que el gobierno les aprobara semejante locura. Pero la idea original, el concepto, el primer trazo en esa servilleta, fue de ellos. La historia de la ingeniería está llena de casos así: el que tiene la idea y el que tiene los medios para ejecutarla rara vez son la misma persona.

> La historia de la ingeniería está llena de casos así: el que tiene la idea y el que tiene los medios para ejecutarla rara vez son la misma persona.


La feria del siglo y una Francia herida

Francia necesitaba la Exposición Universal de mil ochocientos ochenta y nueve como el agua. Venía de una derrota humillante contra Prusia en mil ochocientos setenta y uno. Había perdido la guerra en apenas unos meses, de una manera vergonzosa. El emperador Napoleón Tercero fue capturado en batalla, el ejército se desmoronó, y los prusianos marcharon por los Campos Elíseos como conquistadores. Francia tuvo que ceder Alsacia y Lorena, dos provincias riquísimas, y pagar una indemnización de guerra de cinco mil millones de francos. El orgullo nacional estaba destruido. La Tercera República que surgió después era inestable políticamente, con escándalos y cambios de gobierno constantes, y una sensación general de decadencia y humillación. Necesitaban algo grande, algo espectacular, algo que unificara al país y le mostrara al mundo que Francia seguía siendo una potencia tecnológica y cultural de primer orden. Y qué mejor que una exposición monumental, justo en el centenario de la Revolución que les había dado identidad como nación.

Las exposiciones universales del siglo diecinueve eran eventos gigantescos. Eran la vidriera tecnológica del mundo, donde los países competían por mostrar lo más impresionante que tenían. Londres había puesto la vara altísima con el Palacio de Cristal en mil ochocientos cincuenta y uno. París necesitaba algo que superara todo lo anterior. Y un concurso público pidió propuestas para una torre de trescientos metros de altura en el Campo de Marte. Se presentaron más de cien proyectos, algunos completamente delirantes: una guillotina gigante como homenaje a la Revolución, un faro colosal, un aspersor monumental que regaría todo París. El proyecto de Eiffel ganó, entre otras cosas, porque era el único que demostraba con cálculos detallados que realmente podía construirse en el plazo requerido.

Eiffel puso una parte importante del dinero de su propio bolsillo. El Estado francés le dio un millón y medio de francos, pero el costo total era de seis millones y medio. Los otros cinco millones los puso Eiffel, a cambio de un permiso de explotación de veinte años. Después de eso, la torre pasaría a ser propiedad de la ciudad de París, que podía demolerla si quería. Era un riesgo financiero enorme. Eiffel estaba apostando su fortuna a que la torre generaría suficiente dinero con las entradas de visitantes para recuperar la inversión.


Una torre roja que todo París odiaba

Y entonces empezaron a construirla. El veintiocho de enero de mil ochocientos ochenta y siete arrancó la obra, y con ella arrancaron las protestas. Un grupo de los artistas e intelectuales más famosos de Francia publicó una carta abierta furiosa en el diario Le Temps. "Nosotros, escritores, pintores, escultores, arquitectos, amantes apasionados de la belleza intacta de París, protestamos con toda nuestra fuerza contra la erección de esta inútil y monstruosa Torre Eiffel en el corazón de nuestra capital." Firmaban Guy de Maupassant, Alexandre Dumas hijo, Charles Garnier el arquitecto de la Ópera, Charles Gounod el compositor. Le decían el espárrago de metal, el esqueleto de campanario, la vergüenza de París.

Y hay un dato visual que mucha gente no conoce: la torre no era del color que vemos hoy. Cuando se inauguró, estaba pintada de un rojo veneciano oscuro, un color rojizo intenso, casi como óxido pero más vibrante. Era roja. La torre que hoy asociamos con un marrón elegante y discreto fue durante sus primeros años una estructura de hierro rojo brillante que se recortaba contra el cielo gris de París de una manera casi agresiva. Si te ponés a pensar en cómo se veía, era como plantar una grúa industrial gigante pintada de colorado en el medio de una ciudad de palacios blancos. Después la pintaron de amarillo ocre a principios del siglo veinte, lo cual tampoco debe haber sido muy discreto, y recién con el paso de las décadas llegaron al tono marrón actual que se llama oficialmente "marrón Torre Eiffel", un color que fue inventado específicamente para ella y que no existe en ninguna otra estructura del mundo. Pero esa primera versión roja explica mucho del rechazo visceral que generó entre los parisinos de la época, acostumbrados a la piedra blanca y los techos de zinc gris de Haussmann.

Maupassant, dicen, almorzaba todos los días en el restaurante de la torre. Cuando le preguntaron por qué, si la odiaba tanto, contestó que era el único lugar de París desde donde no tenía que verla. La anécdota puede ser apócrifa pero refleja perfectamente el sentimiento de una buena parte de la elite cultural francesa.

> La anécdota puede ser apócrifa pero refleja perfectamente el sentimiento de una buena parte de la elite cultural francesa.


Dieciocho mil piezas ensambladas como un reloj

La construcción es una de las hazañas de ingeniería más impresionantes del siglo diecinueve. Eiffel tenía un sistema de trabajo industrial que estaba adelantado décadas a su tiempo. Cada una de las dieciocho mil piezas de hierro fue diseñada individualmente y fabricada en su taller de Levallois-Perret. Había cinco mil planos técnicos. Cada pieza venía con los agujeros para los remaches ya perforados con precisión de una décima de milímetro. Cuando llegaban al Campo de Marte, encajaban perfectamente. Era prefabricación en serie aplicada a una escala que nadie había intentado antes.

Trescientos obreros trabajaron durante dos años. Dos millones y medio de remaches unieron las dieciocho mil piezas. Las condiciones eran duras: frío, viento, lluvia, y alturas que iban creciendo semana a semana. Pero Eiffel se preocupó genuinamente por la seguridad. Instaló barandas provisorias, andamios móviles, redes. En una época donde morían decenas de trabajadores en cualquier obra grande y se lo consideraba normal, Eiffel terminó la torre con un solo accidente fatal. Y ese caso ni fue durante horario de trabajo: un obrero fue un domingo a mostrarle la torre a su novia, se resbaló y cayó. Un registro de seguridad extraordinario.

Los cimientos fueron complicados. Dos de los cuatro pilares quedaban muy cerca del Sena, así que tuvieron que usar cajones de aire comprimido para trabajar bajo el nivel del agua. Los obreros bajaban a cámaras presurizadas y excavaban en el lecho del río. Peligroso, agotador, pero funcionó.

El treinta y uno de marzo de mil ochocientos ochenta y nueve, dos años y dos meses después de arrancar, la torre estaba terminada. Trescientos metros de altura. Siete mil trescientas toneladas de hierro. La estructura más alta jamás construida por el ser humano. Eiffel subió los mil setecientos diez escalones y clavó una bandera francesa en la cima. Abajo, los que la odiaban seguían ahí. Pero ya era un hecho consumado.


El escándalo de Panamá: la caída del genio

Y acá la historia se pone oscura. Porque mientras la torre era un éxito de público y de ingeniería, Gustave Eiffel se estaba metiendo en el desastre más grande de su vida. En mil ochocientos ochenta y siete, mientras construía su torre, también estaba trabajando en otro proyecto monumental: las esclusas del Canal de Panamá. Ferdinand de Lesseps, el héroe francés que había construido el Canal de Suez, estaba intentando repetir la hazaña en Centroamérica y había contratado a Eiffel para diseñar el sistema de esclusas.

El proyecto fue un fracaso catastrófico. Las condiciones en Panamá eran brutales: la fiebre amarilla y la malaria mataban trabajadores a un ritmo espantoso, las lluvias tropicales destruían lo construido, el terreno era geológicamente mucho más complejo de lo que se había previsto. Se estima que murieron más de veinte mil trabajadores durante los años del proyecto francés en Panamá. La empresa de Lesseps se fue a la quiebra en mil ochocientos ochenta y nueve, justo cuando la torre se inauguraba con champagne en París. La coincidencia temporal es casi poética en su crueldad. Y con la quiebra vino el escándalo: se descubrió que la Compañía del Canal había sobornado sistemáticamente a políticos y periodistas franceses para ocultar la magnitud de los problemas financieros y seguir atrayendo inversores. Era el mayor escándalo de corrupción de la Tercera República, involucró a ministros, senadores, directores de diarios, y a figuras técnicas como el propio Eiffel.

Eiffel fue acusado formalmente de estafa y abuso de confianza. Los fiscales argumentaban que había cobrado honorarios enormes por un trabajo que sabía que iba a fracasar. Eiffel cobró treinta y tres millones de francos por su participación en el proyecto de Panamá, una suma monstruosa para la época. Para dimensionarlo, la torre entera había costado seis millones y medio. El escándalo salpicó a más de cien políticos, periodistas y empresarios. Fue el caso de corrupción más grande que Francia había visto hasta ese momento, y sacudió los cimientos de la Tercera República. Algunos lo compararon con lo que décadas después serían los grandes escándalos financieros del siglo veinte.

En mil ochocientos noventa y tres, Eiffel fue condenado a dos años de prisión y una multa de veinte mil francos. La condena fue después anulada por la Corte de Casación por un tecnicismo de prescripción, así que nunca fue preso, pero el daño a su reputación fue devastador e irreversible. El hombre que había construido la torre más alta del mundo, el que había diseñado el esqueleto de la Estatua de la Libertad, el ingeniero más célebre de Europa, era ahora para la opinión pública francesa un corrupto más del escándalo de Panamá. Los mismos diarios que lo habían elogiado como genio lo llamaban estafador.

Eiffel se retiró de la vida empresarial. Nunca más volvió a construir puentes ni estructuras. Se dedicó a la ciencia: meteorología, aerodinámica, experimentos con la resistencia del viento. Se hizo instalar un laboratorio en la cima de su torre, un departamento privado con instrumentos de medición, y se refugió ahí arriba, literalmente, alejándose de un mundo que lo había tratado como héroe y como villano en apenas unos años. Desde esa altura, París y sus escándalos debían parecer muy pequeños.


Salvada por la radio y por su propia fama

Mientras tanto, la torre tenía un problema existencial. El permiso de veinte años vencía en mil novecientos nueve, y había gente que seguía queriendo demolerla. Eiffel necesitaba demostrar que tenía una utilidad práctica más allá del turismo. Y la encontró en la radio.

A principios del siglo veinte, las comunicaciones inalámbricas estaban en pañales. Todo el mundo buscaba antenas lo más altas posible para mejorar el alcance de las señales. Y ahí estaba la Torre Eiffel, trescientos metros de hierro en el medio de París. En mil novecientos cuatro se instaló un transmisor de radio en la cima. De repente la torre dejó de ser un adorno y se convirtió en infraestructura de comunicaciones. El ejército francés empezó a usarla para transmisiones militares. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, las señales interceptadas desde su antena permitieron detectar movimientos de tropas alemanas. Se dice que durante la batalla del Marne, las comunicaciones retransmitidas desde la torre jugaron un papel decisivo.

Y acá viene una de las ironías más brutales de toda esta historia. El dinero que Eiffel había cobrado por Panamá, esos treinta y tres millones de francos que le costaron su reputación y lo convirtieron en un paria social, fue en gran parte lo que le permitió financiar las mejoras y el mantenimiento de la torre durante los años más difíciles. Porque mantener siete mil toneladas de hierro expuestas a la lluvia, el viento y la corrosión no es gratis. Hay que pintarla, repararla, actualizarla. La inversión en equipamiento científico y de radio, los experimentos aerodinámicos, los laboratorios, las antenas, todo eso costaba fortunas. Y Eiffel lo bancó con el dinero que le había quedado de Panamá. El dinero del escándalo que destruyó su nombre fue lo que salvó su mayor creación. Sin esos fondos, probablemente la torre habría llegado al vencimiento del permiso en mil novecientos nueve en un estado deplorable, y la ciudad de París la habría demolido sin pensarlo dos veces.

> El dinero del escándalo que destruyó su nombre fue lo que salvó su mayor creación.


De vergüenza nacional a símbolo del mundo

La transformación cultural de la torre fue gradual pero imparable. Los artistas que la despreciaban empezaron a incorporarla en sus obras. Robert Delaunay la pintó docenas de veces en estilo cubista. Marc Chagall la hizo flotar entre novios y violinistas. Los fotógrafos la convirtieron en la imagen definitiva de París. Lo que una generación consideró un horror, la siguiente lo adoptó como tesoro.

Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los nazis ocuparon París en junio de mil novecientos cuarenta, los técnicos franceses cortaron los cables de los ascensores como último acto de resistencia simbólica. Hitler visitó la ciudad como turista conquistador y quiso subir a la cima de la torre para sacarse la foto definitiva de la victoria, pero tendría que haber trepado los mil seiscientos sesenta y cinco escalones a pie. No lo hizo. Se sacó fotos desde abajo, con la torre de fondo pero sin poder dominarla. Cuando París fue liberado en agosto de mil novecientos cuarenta y cuatro, lo primero que se hizo fue reparar los ascensores e izar la bandera tricolor en la cima.

Hoy la torre recibe siete millones de visitantes por año. Más de trescientos millones la visitaron desde su inauguración, lo que la convierte en el monumento con entrada paga más visitado de la historia de la humanidad. Cada siete años la pintan completamente: sesenta toneladas de pintura, veinticinco pintores especializados, dieciocho meses de trabajo colgados de arneses a alturas que te dan vértigo solo de pensarlo. Se mueve con el viento, hasta doce centímetros de oscilación en la cima cuando sopla fuerte. Y cuando hace calor fuerte en verano, el metal se expande y la torre crece hasta quince centímetros. En invierno se contrae. Es una estructura que respira con las estaciones, que está viva de una manera que las construcciones de piedra nunca podrían estarlo.

Gustave Eiffel murió en mil novecientos veintitrés, a los noventa y un años, en su casa de París. Para ese momento estaba rehabilitado parcialmente, la gente lo saludaba por la calle y la torre era ya indiscutiblemente el símbolo de Francia. Pero nunca recuperó del todo la reputación que el escándalo de Panamá le arrebató. Nunca volvió a construir. Nunca volvió a ser el ingeniero estrella que firmaba contratos con gobiernos de todo el mundo. La paradoja de su vida es enorme: construyó el monumento más reconocible del planeta, pero la historia también lo recuerda como parte de uno de los mayores escándalos de corrupción del siglo diecinueve. Y la torre misma nació de una idea que ni siquiera fue suya, sino de dos ingenieros de su empresa a los que les compró los derechos por un precio que la historia no registró. Nada en esta historia es tan simple como el mito que se cuenta en los folletos turísticos.

Pero la torre sigue ahí. Roja al principio, amarilla después, marrón hoy. Odiada por los artistas, acusada de fea por los intelectuales, sentenciada a demolición por los políticos, salvada por la radio y por la terquedad de un ingeniero caído en desgracia que la mantuvo viva con el dinero de su mayor vergüenza. Es la prueba de que a veces las cosas más duraderas nacen de las circunstancias más caóticas, y que el tiempo siempre se encarga de poner cada cosa en su lugar.

Episodios relacionados

Episodio 25
El Imperio Bizantino

Cuando Roma cayó en el 476, el Imperio Romano siguió existiendo —durante otros mil años, con capital en Constantinopla. Ese Imperio que casi nadie recuerda fue el puente entre el mundo antiguo y el moderno, el guardián de los textos griegos que aliment...

20 de mayo de 2026
0
Episodio 23
El Nacimiento de las ciudades

Los primeros textos que escribió la humanidad no son poemas ni plegarias: son listas de inventario de grano. La escritura nació para llevar cuentas, y las ciudades nacieron porque alguien necesitaba llevarlas a escala. De Jericó a Tokio, esta es la his...

6 de mayo de 2026
0
Episodio 22
La Guerra Fría

Una noche de 1983, un teniente coronel soviético recibió la alerta de que cinco misiles nucleares estadounidenses estaban en camino. Tuvo minutos para decidir. Su elección cambió la historia —y casi nadie lo supo durante quince años. Esa noche condensa...

29 de abril de 2026
0