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La independencia de Estados Unidos
Episodio 16

La independencia de Estados Unidos

Andres AguilarAndres Aguilar

Ilustración, guerra y constitución: cómo las trece colonias se convirtieron en república y ejemplo hemisférico.

El 4 de julio de 1776, mientras los delegados del Congreso Continental firmaban la Declaración de Independencia en Filadelfia, el rey Jorge III de Gran Bretaña escribió en su diario personal: "Nada de importancia sucedió hoy." No estaba siendo irónico. Genuinamente no le daban importancia a lo que estaba pasando en sus colonias americanas. Esa subestimación fue, quizás, el error más costoso de la historia del Imperio Británico.


Hoy el 4 de julio se celebra como uno de los días más importantes de la historia moderna. Y con razón: lo que pasó en esas colonias entre 1763 y 1783 no fue solo una guerra de independencia más. Fue la primera vez que una colonia europea se separaba de su metrópoli argumentando principios filosóficos sobre los derechos humanos y el contrato social. Fue el laboratorio donde se ensayaron ideas que después sacudirían el mundo: que los gobiernos derivan su autoridad del consentimiento de los gobernados, que todos los hombres son creados iguales, que hay derechos que ningún gobierno puede quitarle a nadie. Ideas hermosas, ideas peligrosas, ideas que vinieron acompañadas de una hipocresía enorme que también vale la pena contar.


El suelo intelectual: las ideas que hicieron posible la revolución

Antes de hablar de impuestos y batallas, hay que entender el suelo intelectual en el que creció la revolución americana. Porque lo que hicieron los colonos no fue simplemente levantarse contra un impuesto que les parecía injusto: articularon ese reclamo en un lenguaje filosófico que tenía décadas de elaboración y que transformó lo que podría haber sido una revuelta en una revolución.

El filósofo inglés John Locke, que escribió sus dos Tratados sobre el Gobierno Civil en 1689, fue probablemente el pensador más influyente en la formación del pensamiento político colonial americano. Locke argumentaba que los seres humanos tienen derechos naturales —a la vida, a la libertad y a la propiedad— que preexisten a cualquier Estado y que ningún gobierno puede legítimamente quitarles. El gobierno existe para proteger esos derechos, y si falla en esa misión, el pueblo tiene el derecho de derrocarlo. Esas ideas estaban en la biblioteca de prácticamente cualquier hombre educado de las colonias americanas. Jefferson las destilará en la Declaración de Independencia con una precisión casi poética.

El barón de Montesquieu, el jurista francés cuyo libro "El espíritu de las leyes" se publicó en 1748, aportó otra pieza clave: la teoría de la separación de poderes. La idea de que el poder ejecutivo, el legislativo y el judicial deben estar en manos separadas para que ninguno de los tres pueda convertirse en tiranía fue el principio arquitectónico de la Constitución americana de 1787. Los Padres Fundadores no inventaron estas ideas: las aplicaron. Y al aplicarlas, crearon el primer experimento a gran escala de un estado liberal moderno.

Thomas Paine fue el pamfletista que llevó esas ideas filosóficas al pueblo. Su texto "El sentido común", publicado en enero de 1776, se convirtió en el primer bestseller de la historia americana: se vendieron más de 500.000 copias en un país de dos millones y medio de habitantes. Paine escribía en un lenguaje directo, sin las florituras académicas de Jefferson o Madison. Le explicaba al carpintero y al agricultor por qué la monarquía era un sistema absurdo y por qué la independencia era no solo posible sino necesaria. Sin Paine, el proceso intelectual del Iluminismo habría quedado en los salones de los hombres educados. Paine lo sacó a la calle.


El mundo antes de la revolución: colonias prósperas, tensiones acumuladas

Para entender la independencia americana, primero hay que entender lo que eran esas trece colonias. No eran territorios pobres y oprimidos. Para mediados del siglo XVIII, eran comunidades prósperas, con una clase media rural y urbana sólida, niveles de alfabetización mayores que en muchas partes de Europa, y una tradición de autogobierno local que venía de décadas. Cada colonia tenía su propia asamblea legislativa. Los colonos estaban acostumbrados a decidir sus propios asuntos.

Y acá está la clave: esa autonomía no fue un regalo de la Corona británica. Fue el resultado de décadas de relativa negligencia imperial. Gran Bretaña, durante la primera mitad del siglo XVIII, estaba demasiado ocupada con sus guerras europeas como para prestar mucha atención a lo que pasaba en América. Las colonias crecieron, se organizaron, desarrollaron sus propias instituciones, y cuando Londres finalmente quiso ejercer más control, encontró una sociedad que ya no estaba dispuesta a aceptarlo.

El punto de inflexión llegó con la Guerra de los Siete Años —que en América se conoce como la Guerra Franco-India, entre 1754 y 1763. Fue una guerra global: se peleó en Europa, en América, en la India, en el Caribe. Gran Bretaña la ganó y se quedó con Canadá y la Florida, expulsando a los franceses de América del Norte. Pero la guerra dejó a las arcas británicas vacías y a Londres con una convicción nueva: si las colonias americanas se habían beneficiado con esa guerra —después de todo, los franceses y sus aliados indígenas ya no eran una amenaza— entonces las colonias deberían contribuir a pagarla. Esa lógica, que en términos abstractos no suena irrazonable, fue la chispa que encendió todo.


Impuestos sin representación: el grito que organizó a un continente

El parlamento británico empezó a aprobar una serie de leyes que imponían impuestos a las colonias americanas. La Ley del Timbre de 1765, que gravaba todo tipo de documentos, periódicos y materiales impresos. Las Leyes Townshend de 1767, que ponían aranceles sobre el vidrio, el papel, el plomo y el té. Para los colonos, estas leyes tenían un problema fundamental: ellos no tenían representantes en el Parlamento de Londres. Pagaban impuestos decididos por un cuerpo en el que no tenían voz.

"No taxation without representation" se convirtió en el grito de guerra. Y acá hay que detenerse un momento, porque esto no era solo un reclamo económico. Era un reclamo filosófico de primera línea. La idea de que los ciudadanos no podían ser gravados sin su consentimiento venía de la Carta Magna del siglo XIII, era parte del corazón de la tradición jurídica inglesa. Los colonos americanos argumentaban que, al negarles representación, la Corona estaba violando sus propios principios fundamentales. No estaban pidiendo algo nuevo: estaban exigiendo que se cumpliera lo que la tradición inglesa ya reconocía como derecho.

La resistencia fue organizada e ingeniosa. Los comerciantes americanos se pusieron de acuerdo para boicotear las mercancías británicas. Las mujeres coloniales tejían su propia ropa para no comprar tela inglesa. Se formaron grupos de acción política como los Hijos de la Libertad —Sons of Liberty— que combinaban el debate intelectual con la presión callejera.

El punto de quiebre llegó el 5 de marzo de 1770, en lo que la historia conoce como la Masacre de Boston. Un grupo de soldados británicos, rodeados por una multitud hostil, abrió fuego y mató a cinco colonos. El primero en caer fue Crispus Attucks, un hombre de origen africano e indígena. Paul Revere grabó una ilustración del evento que exageraba deliberadamente la brutalidad de los soldados y que circuló por todas las colonias. Era, en términos modernos, una campaña de redes sociales. Y funcionó.

Tres años después llegó el Motín del Té de Boston. En diciembre de 1773, un grupo de colonos disfrazados de indígenas mohawk abordó tres barcos de la Compañía de las Indias Orientales y arrojó al agua 342 cajones de té. Era un mensaje inequívoco. La respuesta de Londres fue dura: las Leyes Coercitivas de 1774 cerraron el puerto de Boston, suspendieron el gobierno autónomo de Massachusetts y obligaron a los colonos a hospedar soldados británicos en sus casas. Eran medidas pensadas para quebrar la resistencia. Lo que lograron, en cambio, fue unificar a las colonias.


Los Padres Fundadores: brillantes, contradictorios, humanos

Hay que hablar de las personas que lideraron este proceso, porque son fascinantes. No eran santos ni revolucionarios de manual. Eran hombres de su tiempo, con sus grandezas y sus miserias, y entenderlos en su complejidad hace la historia mucho más interesante.

George Washington era un terrateniente de Virginia, dueño de una de las plantaciones más grandes de la colonia. Era también dueño de esclavos —llegó a tener más de trescientos. Era respetado, serio, con una presencia física imponente. No era el orador más brillante ni el pensador más original, pero tenía algo que pocos líderes tienen: la capacidad de mantener unido a un ejército en circunstancias desesperadas. Lo que hizo Washington durante los inviernos de Valley Forge fue extraordinario. Mantuvo el ejército vivo por pura voluntad y habilidad política.

Thomas Jefferson fue el redactor principal de la Declaración de Independencia. El hombre que escribió que "todos los hombres son creados iguales y dotados de derechos inalienables" era también dueño de más de seiscientos esclavos a lo largo de su vida. Con uno de ellos, Sally Hemings, tuvo varios hijos. Jefferson nunca los liberó en vida. Esta contradicción no es un detalle menor: es el corazón de una hipocresía fundacional que Estados Unidos todavía está procesando. La pregunta de cómo un hombre tan inteligente podía escribir esas palabras y al mismo tiempo poseer personas humanas no tiene una respuesta simple. Tiene una respuesta histórica: vivía en una sociedad donde esa contradicción era tan normalizada que podía ser invisible para quienes se beneficiaban de ella.

Benjamin Franklin era el más viejo y quizás el más brillante de todos. A los 70 años fue a París como embajador y convenció a los franceses de entrar en la guerra del lado americano. Fue el diplomático más hábil del proceso. También fue inventor, periodista, filósofo, y en su juventud un personaje que hubiera dado para varios episodios de podcast por sí solo.

Alexander Hamilton, el más joven entre los líderes importantes, llegó de las Indias Occidentales sin familia ni fortuna. Se convirtió en el arquitecto del sistema financiero americano, el primer secretario del Tesoro, y el hombre que más claramente entendió qué tipo de estado necesitaba construirse. Fue asesinado en un duelo en 1804 por Aaron Burr, el vicepresidente en ejercicio. Sí: el vicepresidente de Estados Unidos mató en duelo al ex secretario del Tesoro. La historia americana tiene episodios que parecen novela.

John Adams fue el más antipático del grupo y también el más honesto consigo mismo en sus escritos. Defendió legalmente a los soldados británicos acusados después de la Masacre de Boston, porque creía que todo acusado merece defensa legal, aunque eso le costó popularidad enorme. Fue el segundo presidente de Estados Unidos y pasó buena parte de su vida a la sombra de Washington y Jefferson, lo cual le generaba una frustración que no ocultaba en sus cartas. Esa honestidad brutal, esa falta de pose, lo hace quizás el más interesante de los Padres Fundadores para la lectura moderna.

Lo que une a todos estos hombres, con todas sus diferencias y contradicciones, es que vivieron en un momento extraordinario y supieron estar a la altura de ese momento —al menos en el plano político e intelectual. Sus vidas privadas, sus compromisos morales con la esclavitud, sus ambiciones personales, cuentan otra historia. Pero la arquitectura institucional que diseñaron resultó ser lo suficientemente robusta como para sobrevivir guerras civiles, depresiones económicas, guerras mundiales y crisis constitucionales durante más de dos siglos. Eso no es un logro menor.


La guerra: David contra Goliat, pero con mucha ayuda

El primer Congreso Continental se reunió en 1774. El segundo, en 1775, ya estaba gestionando una guerra que había empezado en abril de ese año con los enfrentamientos en Lexington y Concord. Para cuando se firmó la Declaración de Independencia en julio de 1776, el conflicto armado llevaba más de un año.

En papel, era una guerra que los americanos no podían ganar. El ejército británico era la fuerza más profesional del mundo. La Marina Real controlaba los mares. El Ejército Continental americano era una amalgama de milicias estatales, voluntarios sin entrenamiento uniforme, con problemas crónicos de suministros, armas, y sobre todo de dinero.

Pero la guerra no se ganó en batallas directas. Se ganó con estrategia, tiempo y alianzas internacionales. Washington entendió que no necesitaba derrotar militarmente a los británicos; necesitaba aguantar lo suficiente como para que la guerra se volviera demasiado costosa para Londres. Evitaba las batallas grandes donde podía perder todo, hostigaba, retrocedía, esperaba. Era una estrategia de desgaste que requería una disciplina enorme para un ejército que constantemente quería pelear y constantemente sufría derrotas cuando lo hacía.

La victoria americana en la batalla de Saratoga en 1777 fue el momento decisivo en el frente diplomático. El general Horatio Gates, con el decisivo apoyo del recién llegado Benedict Arnold —que todavía era un héroe antes de su traición posterior— rodeó y obligó a rendirse a un ejército británico de más de 6.000 hombres. Fue la primera gran derrota del ejército británico en campo abierto, y convenció a Francia de que los americanos podían ganar. Francia reconoció la independencia americana y entró en la guerra. España y los Países Bajos siguieron después. De repente, Gran Bretaña no estaba peleando solo en América; estaba peleando en el Atlántico, en el Mediterráneo, en el Caribe, en la India. El golpe final llegó en Yorktown, Virginia, en octubre de 1781. Cornwallis se rindió. La guerra de hecho había terminado.

Washington perdió más batallas de las que ganó. Lo que no perdió nunca fue el ejército. Y mantener el ejército vivo, en condiciones de combate, a lo largo de años de derrotas y privaciones, fue su genio real.


La guerra en el sur y el papel de los lealistas

Hay un aspecto de la Revolución Americana que los relatos épicos suelen omitir: no todos los colonos querían la independencia. Se estima que aproximadamente un tercio de la población colonial era "lealista", es decir, permanecía leal a la Corona británica. Otro tercio era patriota. Y el último tercio intentaba mantenerse neutral mientras las circunstancias lo permitieran. La revolución no fue un movimiento unánime: fue también, en muchos sentidos, una guerra civil.

En el sur, esta dimensión fue especialmente violenta. Los estados de Carolina del Norte y del Sur fueron escenario de una guerra dentro de la guerra, donde colonos lealistas y patriotas se enfrentaban en pequeñas batallas, emboscadas y represalias que tenían muy poco del heroísmo de los grandes cuadros históricos. Los lealistas que sobrevivieron la guerra tuvieron que emigrar, muchos al Canadá, donde fundaron comunidades que conservaron su identidad "leal a la Corona" durante generaciones.

Después de la guerra, los Estados Unidos expulsaron o marginaron a más de 60.000 lealistas que emigraron al Canadá, las Bahamas y otras colonias británicas. Sus propiedades fueron confiscadas. Sus nombres fueron borrados de los relatos patrióticos. La revolución americana también fue eso: la construcción de un relato nacional que decidió quiénes eran los héroes y quiénes eran los traidores, quiénes pertenecían a la nueva nación y quiénes no.


El invierno de Valley Forge: cuando todo estuvo a punto de terminar

Hay un episodio que se cuenta poco y que resume mejor que ningún otro lo que fue realmente la Revolución Americana. En el invierno de 1777 a 1778, el Ejército Continental acampó en Valley Forge, Pennsylvania.

Washington tenía aproximadamente doce mil soldados cuando llegó a Valley Forge. El invierno era brutal. Las carpas no alcanzaban para todos. Los soldados dormían en barracas de madera que construyeron ellos mismos. La comida escaseaba. La ropa era insuficiente: hay registros de soldados que hacían guardia en la nieve sin zapatos, dejando rastros de sangre en la tierra helada. Las enfermedades mataron a más de dos mil hombres durante esos meses. Las deserciones eran constantes.

Washington escribió al Congreso cartas desesperadas pidiendo suministros. El Congreso no tenía dinero. Los comerciantes locales preferían venderle al ejército británico, que pagaba en libras esterlinas en lugar de en dólares continentales, que ya se estaban devaluando. Mientras tanto, el ejército británico pasaba el invierno cómodamente en Filadelfia, a apenas treinta kilómetros.

¿Por qué no se disolvió todo? Una fue Washington, que con una mezcla de disciplina, autoridad moral y presencia constante mantuvo a los soldados en sus posiciones. Otra fue Friedrich von Steuben, un oficial prusiano que llegó a Valley Forge en febrero de 1778 y en cuestión de semanas transformó a un grupo de voluntarios indisciplinados en algo que se parecía a un ejército profesional. Von Steuben no hablaba inglés, pero tenía un asistente que traducía, y su método funcionó. Cuando llegó la primavera, el Ejército Continental era una fuerza militar completamente diferente a la que había entrado a ese campamento en diciembre.


La Constitución: inventar un país desde cero

Ganar la guerra fue la parte fácil. El verdadero desafío fue construir un estado funcional. Los artículos de la Confederación, el primer documento de gobierno de los estados unidos, resultaron demasiado débiles: cada estado era casi soberano, el gobierno central no podía recaudar impuestos por cuenta propia, no podía regular el comercio entre estados, y el sistema era un caos que dejaba a la nueva nación vulnerable a sus acreedores y a sus vecinos. La rebelión de Shays de 1786-1787, un levantamiento de agricultores arruinados en Massachusetts que el gobierno central no tenía recursos para controlar, fue la alarma que hizo que las élites políticas americanas entendieran que el sistema necesitaba una revisión urgente.

La Convención Constitucional de 1787 en Filadelfia fue uno de los ejercicios de ingeniería política más extraordinarios de la historia. Durante cuatro meses, con las ventanas cerradas para que los debates no salieran a la calle, delegados de los estados debatieron los principios del nuevo gobierno. El resultado fue la Constitución de los Estados Unidos, que con pocas enmiendas sigue siendo la ley fundamental del país más de doscientos treinta años después.

Las negociaciones fueron duras. Los estados grandes querían representación proporcional a su población. Los estados pequeños querían que todos tuvieran el mismo peso. La solución fue un Congreso bicameral: la Cámara de Representantes según población, el Senado con dos senadores por estado sin importar el tamaño. El "Gran Compromiso".

Hubo otro compromiso con un nombre menos noble y consecuencias mucho más largas. Los estados del sur insistieron en que los esclavos contaran como parte de la población para calcular la representación en la Cámara. La solución fue la cláusula de los tres quintos: un esclavo contaba como tres quintos de una persona para los fines del censo. Era una forma de darle más poder político a los estados esclavistas sin reconocer la humanidad de los esclavos. Ese compromiso estructural, que permitió que la Constitución fuera firmada, también significó que el problema de la esclavitud quedara enterrado en los cimientos del nuevo estado. Cuando ese problema finalmente explotó, lo hizo en forma de guerra civil, ochenta años después.


El legado: las ideas que cambiaron el mundo, con sus sombras

La independencia americana tuvo un impacto global que es difícil de exagerar. La Revolución Francesa de 1789 es imposible de entender sin el ejemplo americano: los mismos principios filosóficos, la misma retórica de los derechos naturales, la misma idea de que los ciudadanos pueden derrocar un gobierno ilegítimo. Lafayette, el general francés que había peleado junto a Washington, fue uno de los líderes de la Revolución Francesa. Las ideas viajaron con las personas.

En América Latina, el impacto llegó pocas décadas después. Simón Bolívar, José de San Martín, los líderes de las independencias latinoamericanas, leían los mismos textos filosóficos que habían inspirado a los americanos del norte. La Declaración de Independencia, los escritos de Jefferson y Madison, la Constitución americana: eran textos de referencia para una generación de revolucionarios de habla española.

Pero el legado tiene sus sombras. La frase "todos los hombres son creados iguales" excluía explícitamente a las mujeres, que no tendrían derechos políticos plenos hasta 1920. Excluía a los afroamericanos, que no serían legalmente iguales hasta el movimiento de derechos civiles del siglo XX. Excluía a los pueblos originarios, que serían desplazados, masacrados y despojados de sus tierras en las décadas y siglos siguientes.

La independencia americana fue simultáneamente uno de los experimentos políticos más audaces y prometedores de la historia moderna, y uno de los más hipócritas en sus aplicaciones concretas. Las dos cosas son verdad al mismo tiempo, y la tensión entre ellas define buena parte de la historia política de Estados Unidos hasta hoy.

Hay un detalle que siempre resulta conmovedor en la historia de los Padres Fundadores. Thomas Jefferson y John Adams —que habían sido rivales políticos feroces durante décadas— murieron el mismo día: el 4 de julio de 1826. Exactamente cincuenta años después de la firma de la Declaración de Independencia. Las últimas palabras de Adams, según la tradición, fueron: "Thomas Jefferson aún vive." No sabía que Jefferson había muerto horas antes, en Virginia. Esa coincidencia fue interpretada en la época como una señal divina. Hoy la vemos como una de esas ironías de la historia que parecen demasiado perfectas para ser reales, y sin embargo lo son. Dos hombres que se habían dedicado su vida entera a construir algo juntos, que luego habían pasado décadas peleando y distanciándose, que habían vuelto a escribirse en sus últimos años en cartas de una franqueza conmovedora, muriendo en el mismo día que era el aniversario de la declaración que ambos habían firmado. La historia pocas veces es tan elegante. Y cuando lo es, vale la pena detenerse un momento a mirarla.

Hay también otra dimensión del legado americano que vale la pena mencionar: la influencia de ese modelo constitucional sobre los movimientos independentistas latinoamericanos fue enorme pero selectiva. Los líderes criollos latinoamericanos tomaron los principios filosóficos y la estructura republicana, pero heredaron también algunas de las contradicciones. Las repúblicas latinoamericanas del siglo XIX proclamaron la igualdad formal mientras mantenían estructuras de exclusión racial y social heredadas del período colonial. La brecha entre los principios constitucionales y la realidad social fue, y en muchos casos sigue siendo, uno de los grandes desafíos de la región.

La revolución americana no fue solo el nacimiento de una nación. Fue el primer ensayo práctico a gran escala de que los principios filosóficos del Iluminismo podían convertirse en gobierno. Fue la demostración de que era posible crear un estado racional, basado en principios explicitados por escrito, donde el poder no derivaba de Dios ni de la sangre sino del consentimiento de los ciudadanos. Antes de 1776, eso era teoría política. Después de 1787, era Constitución. Que el contrato social no era solo una idea: podía ser una constitución. Que los derechos naturales no eran solo palabras: podían ser ley. Que todo eso se hiciera de manera imperfecta, con contradicciones enormes y costos que se distribuyeron de manera profundamente injusta, no le quita mérito al experimento. Le agrega la dimensión que toda historia verdadera tiene: la de seres humanos que a veces están a la altura de sus propias ideas, y a veces no.

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