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La Guerra de Vietnam
Episodio 9

La Guerra de Vietnam

Andres AguilarAndres Aguilar

Guerrilla, intervención estadounidense y costo humano: por qué la superpotencia no pudo ganar un conflicto asimétrico.

Una de las guerras más largas, más documentadas y más cuestionadas de la historia moderna comenzó con una mentira, se sostuvo con otras mentiras, y terminó con una evacuación caótica que el mundo entero vio en televisión.


El fuego que encendió al mundo

El 11 de junio de 1963, en plena avenida de Saigón, un monje budista de 66 años se sentó en posición de loto en la intersección de dos calles. Sus compañeros lo rociaron con combustible. Él mismo encendió el fósforo.

Las llamas lo envolvieron por completo mientras permanecía absolutamente inmóvil, sin emitir un solo sonido. El fotógrafo Malcolm Browne, de la agencia AP, captó la imagen. En pocas horas, esa fotografía dio la vuelta al mundo y se convirtió en uno de los símbolos más poderosos de protesta del siglo veinte.

Ese monje, Thích Quảng Đức, no protestaba contra Estados Unidos. Protestaba contra el gobierno títere que Estados Unidos estaba sosteniendo en Vietnam del Sur: un régimen corrupto, represivo, dirigido por un líder católico que perseguía a la mayoría budista de su propio país.

Esa imagen —brutal y devastadora— era apenas el comienzo de lo que sería la guerra más larga, más filmada y más cuestionada de la historia estadounidense. Un conflicto que dejó casi sesenta mil norteamericanos muertos, entre dos y tres millones de vietnamitas fallecidos, y una herida nacional que tardó décadas en comenzar a cicatrizar.

Para entender cómo se llegó hasta ahí, hay que retroceder bastante más.


Raíces coloniales: Vietnam antes de Estados Unidos

Vietnam fue colonia francesa desde mediados del siglo diecinueve. Los franceses la llamaban Indochina Francesa y la explotaron sistemáticamente durante décadas: plantaciones de caucho, explotación minera, monocultivo de arroz para exportación. La historia colonial de siempre.

Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los japoneses invadieron el sudeste asiático, ocuparon Vietnam y desplazaron a la administración francesa. Fue en ese vacío de poder donde apareció la figura que cambiaría toda la historia del país: Ho Chi Minh.

Ho Chi Minh no era su nombre real. Era uno de los tantos seudónimos que utilizó a lo largo de su vida. Nacido como Nguyen Sinh Cung en 1890, había trabajado en barcos, vivido en París y en Londres, y pasado tiempo en Moscú. Se convirtió al marxismo-leninismo convencido de que esa ideología ofrecía el camino más directo para liberar a los pueblos colonizados. En 1941, en plena ocupación japonesa, fundó el Viet Minh, un movimiento de resistencia que combatía tanto contra los japoneses como contra cualquier potencia extranjera que aspirara a dominar Vietnam.

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial en 1945, Ho Chi Minh aprovechó el vacío de poder y declaró la independencia del país. Su discurso fue notable: citó directamente la Declaración de Independencia estadounidense, convencido de que Estados Unidos —que acababa de combatir el colonialismo japonés en Asia— apoyaría la autodeterminación vietnamita.

Fue un error de cálculo grave. Los franceses querían recuperar su colonia, y Estados Unidos, en plena Guerra Fría, no tenía intención de apoyar a ningún líder comunista, sin importar cuánto citara a Thomas Jefferson.


La primera derrota: Francia y el precedente de Dien Bien Phu

Así comenzó la Primera Guerra de Indochina, que se extendió entre 1946 y 1954\. Los franceses intentaron recuperar el control por la fuerza, pero el Viet Minh les opuso una resistencia formidable. Combate de guerrillas, emboscadas constantes, conocimiento profundo del terreno. La potencia colonial europea nunca logró imponerse.

La batalla definitiva fue Dien Bien Phu en 1954\. El Viet Minh rodeó y destruyó completamente a las fuerzas francesas en una maniobra que fue, a la vez, una victoria militar y una humillación política sin precedentes. Francia no tuvo más opción que sentarse a negociar.

En la Conferencia de Ginebra de 1954, las potencias acordaron dividir Vietnam temporalmente por el paralelo diecisiete: Vietnam del Norte bajo el gobierno comunista de Ho Chi Minh; Vietnam del Sur, con una administración no comunista. El plan contemplaba elecciones nacionales en 1956 para reunificar el país.

Esas elecciones jamás se celebraron. La razón era sencilla: todos sabían que Ho Chi Minh ganaría con amplia ventaja. Era el héroe de la independencia, contaba con respaldo popular masivo. Estados Unidos no podía permitir una victoria comunista por vías democráticas. En lugar de elecciones, Washington apoyó a un gobierno en el sur liderado por Ngo Dinh Diem.

Las elecciones de 1956 nunca se realizaron. Todos sabían que Ho Chi Minh las ganaría. En lugar de respetar el acuerdo, Estados Unidos eligió sostener a un dictador. Esa decisión tuvo consecuencias devastadoras.


El gobierno de Diem: corrupción, represión y el nacimiento del Viet Cong

Diem era católico en un país mayoritariamente budista, autoritario, y profundamente impopular. Su gobierno fue un desastre desde el principio: perseguía abiertamente a la comunidad budista, suprimía toda oposición, y distribuía el poder entre miembros de su familia.

Su hermano controlaba la policía secreta. Su cuñada, Madame Nhu, era una figura de fanatismo religioso que prohibió el divorcio, la prostitución y hasta el baile. La prensa internacional comenzó a llamarla "la Dragona." El régimen era tan impopular que no tardó en nacer una nueva insurgencia en el sur: el Viet Cong, guerrilleros comunistas que combatían por la unificación del país bajo Ho Chi Minh.

Estados Unidos comenzó a enviar asesores militares a Vietnam del Sur a fines de la década de 1950\. Al principio eran apenas unos centenares, con la misión de entrenar al ejército survietnamita para que pudiera defenderse por sus propios medios. El problema fundamental era que ese ejército carecía de motivación real: combatía para defender un gobierno que nadie respetaba, mientras que el Viet Cong peleaba por lo que consideraba una causa justa: la reunificación nacional y la expulsión del invasor extranjero.

La balanza estaba completamente desequilibrada, y los asesores estadounidenses lo sabían.

En junio de 1963, cuando Diem intensificó la represión contra los budistas, la inmolación de Thích Quảng Đức conmocionó al mundo entero. Washington llegó a la conclusión de que Diem era políticamente insostenible. La CIA dio luz verde a un golpe de Estado, y en noviembre de 1963, militares survietnamitas derrocaron y asesinaron al presidente. Tres semanas después, John F. Kennedy era asesinado en Dallas. Lyndon Johnson asumía la presidencia con un conflicto en desarrollo que estaba a punto de convertirse en catástrofe.


El Golfo de Tonkin: la excusa perfecta

Johnson no quería una guerra en Vietnam. Tenía planes ambiciosos de reforma social en Estados Unidos —el programa de la Gran Sociedad— y aspiraba a pasar a la historia como el presidente que combatió la pobreza y la segregación racial. Pero también le aterraba la posibilidad de convertirse en el mandatario que "perdió" Vietnam frente al comunismo.

En plena Guerra Fría, con la teoría del dominó circulando en todos los debates estratégicos, perder Vietnam significaba —según esa lógica— que todo el sudeste asiático caería en cadena. Así que Johnson tomó la decisión que lo definiría históricamente.

En agosto de 1964, dos destructores estadounidenses supuestamente fueron atacados por lanchas torpederas norvietnamitas en el Golfo de Tonkin. La palabra "supuestamente" es relevante: el segundo ataque —el que detonó la escalada— probablemente nunca ocurrió. Fue producto de la confusión, la tensión y un radar que interpretó incorrectamente el movimiento de las olas. Los documentos desclasificados décadas después confirmaron estas sospechas.

Pero Johnson utilizó ese incidente para solicitar al Congreso autorización abierta para usar la fuerza militar en Vietnam. El Congreso aprobó la Resolución del Golfo de Tonkin casi por unanimidad. Con ella, Johnson tenía carta blanca para hacer lo que juzgara necesario.


La escalada imparable: de asesores a medio millón de soldados

En marzo de 1965 desembarcaron los primeros marines estadounidenses en Da Nang: tres mil quinientos soldados que, oficialmente, solo iban a proteger la base aérea. A partir de ese momento, la escalada fue constante e irreversible.

A fines de 1965 había doscientos mil soldados estadounidenses en Vietnam. En 1968 eran más de quinientos mil. La guerra que nadie quería admitir que era una guerra se había convertido en el conflicto armado más extenso desde Corea.

La estrategia adoptada por el alto mando estadounidense se denominaba "guerra de desgaste." La lógica era simple en teoría: matar suficientes combatientes enemigos hasta que Vietnam del Norte quedara sin hombres para continuar la lucha. El indicador de éxito era el conteo de bajas enemigas —el famoso body count— que los militares reportaban puntualmente. El problema era que Vietnam del Norte contaba con millones de personas dispuestas a combatir, y cada vez que las fuerzas estadounidenses causaban bajas civiles en bombardeos o en operaciones terrestres, generaban nuevos reclutas para el Viet Cong.

El conteo de bajas enemigas se convirtió en la métrica del éxito. Pero cada civil muerto generaba un nuevo combatiente. La estrategia era, en esencia, contraproducente.


La guerra en la jungla: un infierno sin líneas de frente

Los soldados estadounidenses se enfrentaban a un adversario que no combatía según ningún manual convencional. No existían líneas de frente reconocibles ni grandes batallas campales. El Viet Cong empleaba tácticas de guerrilla: una red extensa de túneles subterráneos, trampas de diverso tipo, emboscadas en lugares inesperados, mezclados permanentemente con la población civil.

Un agricultor podía ser guerrillero de noche. Un camino transitado podía tener minas enterradas. Los soldados estadounidenses vivían en estado de alerta permanente, sin poder distinguir quién era civil y quién era combatiente. La paranoia se instalaba inevitablemente.

A esto se sumaban las condiciones físicas del terreno: calor agobiante, lluvias tropicales torrenciales, vegetación densa, insectos, serpientes, enfermedades como la malaria y la disentería.

La edad promedio del soldado estadounidense en Vietnam era de diecinueve años. La mayoría provenía de familias de escasos recursos; muchos se alistaban porque no tenían alternativas económicas. Llegaban al país sin comprender verdaderamente por qué estaban ahí. Les habían hablado del peligro comunista, de la teoría del dominó, pero en medio de la jungla, sudando y con miedo, toda esa retórica sonaba abstracta y distante. Lo único concreto era sobrevivir el día.

Había además una injusticia estructural en la composición de las fuerzas: los estudiantes universitarios de clase media podían obtener prórrogas del servicio militar. Quienes combatían eran, en su gran mayoría, jóvenes de clase trabajadora, con una proporción desproporcionada de afroamericanos y latinos. Muhammad Ali, entonces campeón mundial de boxeo, se negó a incorporarse al ejército argumentando que ningún vietnamita lo había discriminado. Le retiraron el título y fue condenado penalmente. Se convirtió en un símbolo del movimiento antiguerrero.


Napalm, Agente Naranja y las consecuencias que perduran

Estados Unidos lanzó una campaña de bombardeo masivo sobre Vietnam del Norte denominada Operación Rolling Thunder. Entre 1965 y 1968 se arrojaron sobre Vietnam más bombas que las lanzadas en toda la Segunda Guerra Mundial. Fábricas, puentes, carreteras, infraestructura de todo tipo. El objetivo era destruir la capacidad logística del norte para abastecer al Viet Cong en el sur.

No funcionó. Los norvietnamitas reconstruían la infraestructura dañada durante las noches, recibían asistencia continua de la Unión Soviética y China, y sostenían el flujo de tropas y suministros hacia el sur a través de la llamada Ruta Ho Chi Minh, una extensa red de caminos y senderos que atravesaba Laos y Camboya.

El conflicto se volvió progresivamente más brutal. El ejército estadounidense empleó napalm —una mezcla incendiaria que se adhería a la piel y quemaba hasta los huesos— y el Agente Naranja, un herbicida destinado a deforestar la jungla para privar al Viet Cong de cobertura vegetal. Décadas después, se comprobó que el Agente Naranja —contaminado con dioxinas— causó cáncer y malformaciones congénitas que siguen afectando a poblaciones vietnamitas hasta el presente.

Las atrocidades no eran exclusivamente de un bando. El Viet Cong ejecutaba a funcionarios del gobierno survietnamita, colocaba minas que mataban civiles indiscriminadamente, y utilizaba aldeas enteras como escudos humanos. Era, en todos los sentidos, una guerra sucia.


My Lai: el crimen que no podía ocultarse

El momento más oscuro del involucramiento estadounidense en Vietnam llegó en marzo de 1968, en una aldea llamada My Lai. Una compañía de soldados entró al poblado en busca de guerrilleros del Viet Cong. Lo que siguió fue una masacre: más de quinientos civiles desarmados —ancianos, mujeres, niños— fueron ejecutados. Hubo violaciones. Las casas fueron quemadas. El ganado fue eliminado.

El encubrimiento fue casi exitoso. Sin embargo, el piloto de helicóptero Hugh Thompson, que observó la masacre desde el aire, tomó una decisión extraordinaria: aterrizó, se interpuso entre los civiles supervivientes y sus propios compañeros de armas, y amenazó con disparar si continuaba la matanza. Al regresar a la base, presentó un informe denunciando lo ocurrido.

La historia tardó más de un año en llegar a la prensa. Cuando lo hizo, el escándalo fue mayúsculo. My Lai demostró lo que la retórica oficial se esforzaba por ocultar: la guerra estaba corrompiendo profundamente a las propias fuerzas que supuestamente combatían en nombre de valores democráticos.


La Ofensiva del Tet: derrota táctica, victoria política

El verdadero punto de inflexión de toda la guerra llegó en enero de 1968, durante las celebraciones del Tet, el año nuevo lunar vietnamita —la festividad más importante del calendario cultural del país. Existía un alto el fuego acordado para la ocasión.

El Viet Cong y el ejército norvietnamita lo violaron con una ofensiva sorpresa de alcance sin precedentes: ataques coordinados simultáneos sobre más de cien ciudades y bases militares en todo Vietnam del Sur. Las fuerzas norvietnamitas llegaron a penetrar el perímetro de la embajada estadounidense en Saigón.

El impacto en la opinión pública estadounidense fue inmediato y devastador. Durante meses, la administración Johnson había asegurado que la guerra se estaba ganando, que el adversario estaba debilitado, que había "luz al final del túnel." De repente, ese mismo adversario lanzaba el ataque más vasto de todo el conflicto.

Militarmente, la Ofensiva del Tet fue un fracaso para Hanói: las fuerzas estadounidenses y survietnamitas rechazaron los ataques con grandes pérdidas para el Viet Cong. Pero en términos de comunicación política, fue una victoria total para Vietnam del Norte.

El periodista Walter Cronkite, la figura de mayor credibilidad informativa en Estados Unidos en ese momento, viajó a Vietnam tras la ofensiva y regresó para declarar ante las cámaras que la guerra era, en su opinión, un punto muerto del que no se podía salir victorioso. Cuando Johnson vio esa transmisión, según relatos de personas presentes, comentó: "Si perdí a Cronkite, perdí al país."

La Ofensiva del Tet fue un fracaso militar para Vietnam del Norte. Pero demostró ante millones de televidentes estadounidenses que su gobierno les había estado mintiendo. Eso cambió todo.


El frente interno: la guerra en las calles de Estados Unidos

El movimiento antiguerrero venía gestándose desde mediados de la década de 1960, inicialmente entre estudiantes universitarios y activistas pacifistas. Después del Tet, se transformó en un fenómeno de masas.

Jóvenes quemaban públicamente sus tarjetas de reclutamiento. Las protestas se multiplicaban en universidades y ciudades. Las familias se fracturaban: veteranos de la Segunda Guerra Mundial que habían combatido con orgullo no comprendían la resistencia de sus hijos a servir en Vietnam. Los soldados que regresaban del frente no eran recibidos como héroes —como habían sido recibidos sus padres en 1945— sino que en muchos casos eran objeto de rechazo y hostilidad. La sociedad estadounidense estaba profundamente dividida.

Johnson anunció en marzo de 1968 que no se presentaría a la reelección. La guerra lo había agotado políticamente. Richard Nixon ganó las elecciones prometiendo un "plan secreto" para poner fin al conflicto.

El plan resultó ser la vietnamización: entrenar mejor al ejército survietnamita para que asumiera progresivamente la carga del combate mientras las tropas estadounidenses se retiraban gradualmente. El problema era que ese ejército seguía siendo profundamente disfuncional: mal equipado anímicamente, afectado por la corrupción, sin la convicción que animaba a sus adversarios.

Nixon también tomó una decisión que amplió el conflicto: ordenó bombardeos sobre Camboya y Laos para atacar los suministros que circulaban por la Ruta Ho Chi Minh. Esos bombardeos eran secretos; el Congreso no los había autorizado. Cuando la información se filtró en 1970, las protestas volvieron a estallar. En la Universidad Estatal de Kent, en Ohio, la Guardia Nacional abrió fuego contra estudiantes manifestantes, matando a cuatro de ellos. La imagen de una joven arrodillada junto al cuerpo de uno de los fallecidos, con una expresión de horror, se convirtió en otra de las fotografías definitorias de aquella era.


Los Papeles del Pentágono: cuando la mentira quedó documentada

En 1971, un analista militar llamado Daniel Ellsberg filtró al New York Times un extenso informe secreto del Departamento de Defensa que se conocería como los Papeles del Pentágono. El documento era demoledor: demostraba con evidencia interna que el gobierno estadounidense había mentido sistemáticamente al pueblo y al Congreso sobre el desarrollo de la guerra desde sus inicios. Los propios analistas del gobierno sabían que no podían ganar la guerra. Y sin embargo, continuaban enviando jóvenes a morir.

El escándalo fue monumental. La confianza en las instituciones gubernamentales, ya erosionada, se desplomó aún más. Los Papeles del Pentágono son considerados uno de los hitos fundacionales de la profunda desconfianza institucional que caracterizaría a la sociedad estadounidense en las décadas siguientes.

Las negociaciones de paz se desarrollaban en París desde 1968, pero estaban estancadas. Vietnam del Norte no aceptaría nada que no implicara la reunificación del país bajo su control. Estados Unidos se negaba a abandonar a Vietnam del Sur. En diciembre de 1972, desesperado por forzar un acuerdo, Nixon ordenó los bombardeos más intensos de toda la guerra sobre Hanói, la capital norvietnamita. Se bombardearon hospitales y zonas residenciales. La condena internacional fue generalizada.

Finalmente, en enero de 1973, se firmaron los Acuerdos de Paz de París. Estados Unidos se retiraría; habría un alto el fuego; la cuestión de la reunificación se dejaría para resolver más adelante. Era, en la práctica, una capitulación envuelta en lenguaje diplomático. Nixon la presentó al país como "paz con honor." Casi nadie creyó esa descripción.


La caída de Saigón: el final que todos vieron

Las últimas tropas estadounidenses abandonaron Vietnam en marzo de 1973\. Pero la guerra entre los dos Estados vietnamitas continuó. Sin el respaldo directo de Washington, el ejército survietnamita se desintegró con rapidez sorprendente.

En abril de 1975, las fuerzas norvietnamitas avanzaron sobre Saigón. El embajador estadounidense ordenó la evacuación de emergencia. Las escenas fueron caóticas y quedaron grabadas para siempre en la memoria colectiva: helicópteros despegando del techo de la embajada, ciudadanos vietnamitas que habían colaborado con Estados Unidos colgándose de los patines intentando escapar, una ciudad que sabía que su destino estaba sellado.

El 30 de abril de 1975, un tanque norvietnamita derribó las puertas del palacio presidencial en Saigón. Vietnam quedaba reunificado bajo gobierno comunista. La ciudad fue rebautizada Ciudad Ho Chi Minh, aunque el nombre Saigón persiste en el uso cotidiano hasta hoy.


Las cifras del desastre

Los números son, en sí mismos, una forma de explicar la escala de lo ocurrido.

Murieron casi sesenta mil soldados estadounidenses. Otros trescientos mil regresaron heridos. Pero las cifras vietnamitas son de otra dimensión: se estima que entre dos y tres millones de personas perdieron la vida, entre combatientes y civiles, en ambos bandos. Millones más quedaron heridos, mutilados, o afectados por el Agente Naranja, cuyas consecuencias continúan manifestándose en malformaciones congénitas décadas después.

Los veteranos estadounidenses regresaron a un país que no supo recibirlos. Muchos padecían lo que hoy se denomina estrés postraumático —entonces no había nombre oficial para el síndrome— y terminaron luchando solos con sus demonios, sin reconocimiento ni asistencia adecuada del Estado que los había enviado al combate.

En Vietnam, las bombas sin detonar que quedaron enterradas siguen cobrando víctimas hasta el día de hoy.


La ironía histórica

Todo ese miedo, todas esas decisiones, toda esa destrucción, estuvieron motivados por la teoría del dominó: si Vietnam caía ante el comunismo, toda la región caería en cadena.

La historia desmintió esa hipótesis. Camboya y Laos se convirtieron en regímenes comunistas, pero Tailandia, Malasia, Indonesia, Filipinas y el resto del sudeste asiático siguieron desarrollándose con sistemas capitalistas, muchos de ellos estrechamente vinculados a Occidente.

Y la mayor ironía: Vietnam hoy tiene una economía de mercado. Atrae inversión extranjera activamente. Es uno de los principales socios comerciales de Estados Unidos. Empresas norteamericanas tienen instalaciones productivas en el país. Los turistas estadounidenses visitan las playas de Da Nang —donde desembarcaron los primeros marines en 1965— y recorren los túneles del Viet Cong como atracción histórica.

Ho Chi Minh murió en 1969, seis años antes de la victoria que dedicó su vida a lograr. Su cuerpo está embalsamado en un mausoleo en Hanói, donde la gente hace fila para rendirle homenaje. Para los vietnamitas es el padre de la patria, el libertador. Para la historia global es una figura más compleja: el líder comunista que derrotó a la mayor potencia militar del mundo.


Lecciones que no deberían olvidarse

La Guerra de Vietnam fue una cadena de errores de cálculo que se agravaron unos a otros. Comenzó con subestimar profundamente la voluntad de independencia del pueblo vietnamita. Siguió con la decisión de sostener regímenes corruptos por el único mérito de ser anticomunistas. Se sostuvo con una mentira sistemática al pueblo estadounidense sobre el verdadero estado del conflicto. Y llegó a su conclusión inevitable por la arrogancia de creer que la superioridad tecnológica y militar siempre supera a la determinación política y el respaldo popular.

También fue la primera guerra que llegó a los hogares a través del televisor. Los periodistas tuvieron acceso casi irrestricto al campo de batalla. Cada noche, los estadounidenses veían imágenes del conflicto: cuerpos, heridos, aldeas incendiadas. Esa cobertura modificó la percepción pública de un modo sin precedentes. Desde entonces, en todas las guerras posteriores —Irak, Afganistán— el acceso de la prensa ha sido controlado con mucho más rigor.

La música de la época es otro documento histórico insustituible. Canciones como Fortunate Son de Creedence Clearwater Revival, Gimme Shelter de los Rolling Stones, o For What It's Worth de Buffalo Springfield capturan la angustia y la rabia de una generación que veía cómo sus contemporáneos morían en una guerra que no entendía y no apoyaba.

Desde Vietnam, cada vez que Estados Unidos considera una intervención militar en algún rincón del mundo, alguien en el debate pregunta inevitablemente: ¿va a ser otro Vietnam? Es una pregunta que no ha perdido relevancia. Y mientras no se comprenda realmente por qué esa guerra fue como fue, seguirá siendo necesario formularla.


La guerra terminó hace casi cincuenta años. Sus consecuencias, en cambio, no han terminado de desplegarse.


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