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Peter Singer: si podés salvar una vida y no lo hacés, ¿sos responsable de su muerte?
Episodio 40

Peter Singer: si podés salvar una vida y no lo hacés, ¿sos responsable de su muerte?

Andres AguilarAndres Aguilar

En 1971, Peter Singer imaginó un chico ahogándose en un charco: cualquiera arruinaría su ropa para salvarlo. Entonces, ¿por qué no donamos lo mismo para salvar a alguien que se muere lejos? La pregunta que fundó el altruismo eficaz.

Vas caminando y ves a un chico ahogándose en un charco poco profundo. Nadie dudaría en meterse a salvarlo, aunque eso signifique arruinar el traje que llevás puesto camino a una reunión importante. El costo del traje no pesa nada comparado con una vida humana. Ahora pensá esto: en este mismo momento, a miles de kilómetros de distancia, hay chicos muriendo por enfermedades que se curan con unas pocas monedas. La distancia geográfica cambia algo moralmente relevante, o es solo una excusa cómoda para no actuar de la misma manera. Esa pregunta, formulada así de directa, es la que un filósofo australiano llamado Peter Singer planteó en 1971, y todavía hoy sigue incomodando a cualquiera que la escuche con atención.

Peter Singer: si podés salvar una vida y no lo hacés, ¿sos responsable de su muerte?

Peter Singer nació en Melbourne, Australia, en 1946. Sus padres eran judíos vieneses que habían huido de Austria después de la anexión nazi de 1938. Varios miembros de su familia extendida no lograron escapar a tiempo y murieron en el Holocausto, entre ellos sus propios abuelos. Singer creció escuchando de manera directa y cercana las consecuencias concretas de la indiferencia colectiva frente al sufrimiento ajeno. Esa historia familiar marcó buena parte de las preguntas que después se convertirían en el centro de su trabajo filosófico. Así lo reconoció él mismo en distintas entrevistas a lo largo de su carrera.

Estudió filosofía en la Universidad de Melbourne y después en Oxford, donde se formó dentro de la tradición analítica británica. A lo largo de su carrera académica ocupó cargos en Oxford, en distintas universidades australianas, y finalmente en Princeton, donde ejerce como profesor de bioética desde los años noventa. Pero Singer nunca se conformó con la filosofía como ejercicio puramente académico. Desde el principio de su carrera insistió en que la ética debía tener consecuencias prácticas concretas, y que un filósofo moral que no intentara aplicar sus propias conclusiones a su vida cotidiana estaba, en cierto sentido, traicionando el sentido mismo de su disciplina.

El charco, la ropa arruinada y una hambruna en Bangladesh

En 1971, mientras millones de refugiados huían de la guerra de independencia de Bangladesh y morían por hambre y enfermedad en campamentos superpoblados, Singer escribió un ensayo breve titulado "Hambruna, riqueza y moralidad". Ahí formuló por primera vez el experimento mental del chico que se ahoga en el charco, una imagen que se convertiría en una de las más citadas de toda la filosofía moral del siglo veinte.

El argumento de Singer tiene una estructura lógica muy simple, casi incómoda por lo directa que es. Primero, si podemos evitar que ocurra algo malo, sin sacrificar en el proceso nada de importancia moral comparable, entonces tenemos la obligación moral de hacerlo. Segundo, la pobreza extrema, el hambre y las enfermedades prevenibles son males que efectivamente podemos evitar, a través de donaciones relativamente modestas para cualquier persona de ingresos medios en un país desarrollado. Tercero, gastar dinero en lujos personales, en ropa cara, en salidas caras, no tiene una importancia moral comparable a salvar una vida humana. La conclusión, entonces, se vuelve casi inevitable: tenemos la obligación moral de donar buena parte de nuestros ingresos a causas que puedan salvar vidas, no como un gesto de caridad opcional, sino como una obligación ética tan vinculante como la de saltar al charco a salvar al chico que se ahoga.

Lo más provocador del argumento de Singer no es tanto la conclusión en sí misma, sino la manera en que desarma las dos excusas más comunes que la gente usa para no sentirse obligada a ayudar a extraños distantes. La primera excusa es la distancia geográfica: sentimos una obligación más fuerte hacia quien sufre frente a nuestros ojos que hacia quien sufre a miles de kilómetros. Singer argumenta que esa distancia no tiene ninguna relevancia moral genuina en sí misma. Un chico que se ahoga en Bangladesh sufre exactamente lo mismo que un chico que se ahoga frente a nosotros, y el hecho de que no podamos verlo con nuestros propios ojos no cambia en nada la gravedad de lo que le está pasando.

Dentro del mismo ensayo, Singer distinguió dos versiones posibles de su principio. La versión fuerte sostiene que estamos obligados a dar hasta el punto en que donar un peso más empezara a causarnos un daño moralmente comparable al que estamos evitando en otra persona, un umbral extremadamente exigente que podría llevar a cualquier persona de ingresos medios a donar prácticamente todo lo que gana por encima de sus necesidades básicas. La versión moderada, más manejable en la práctica, sostiene simplemente que debemos evitar el sufrimiento grave siempre que el costo para nosotros sea comparativamente trivial. Incluso en su versión moderada, el principio exige mucho más de lo que la mayoría de las personas está dispuesta a dar en la práctica cotidiana.

La segunda excusa es la existencia de otras personas que también podrían ayudar. Solemos pensar que, si hay millones de personas que podrían donar dinero para aliviar una hambruna, la responsabilidad individual de cada una se diluye proporcionalmente. Singer responde con otra variación del mismo experimento mental: si diez personas están paradas junto al charco donde se ahoga el chico, y ninguna de las otras nueve se mueve para ayudar, eso no reduce en absoluto la obligación de la décima persona de saltar al agua. La presencia de otros posibles ayudantes que no actúan no libera a nadie de su propia responsabilidad individual.

Casi de inmediato, el propio argumento de Singer generó una objeción que buena parte de la filosofía moral posterior sigue discutiendo: la objeción de la excesiva exigencia. Si aceptamos el principio en su versión más fuerte, ninguna persona de ingresos medios en un país rico podría, en teoría, gastar un solo peso en algo que no fuera estrictamente necesario para su propia supervivencia, mientras siga existiendo alguien en el mundo que muera por falta de esos mismos recursos. Críticos de distintas corrientes filosóficas argumentaron que una teoría moral tan exigente termina siendo, en la práctica, poco útil, porque casi nadie está dispuesto a seguirla hasta sus últimas consecuencias, y una moral que la gran mayoría de las personas no puede ni quiere cumplir corre el riesgo de perder su fuerza normativa real.

Otra crítica influyente vino del filósofo Bernard Williams, que cuestionó la pretensión utilitarista de tratar a todos los seres humanos con exactamente el mismo peso moral, sin ninguna consideración especial hacia los vínculos personales cercanos, como la familia o los amigos íntimos. Williams argumentaba que un marido que dudara, aunque fuera solo por un instante, entre salvar a su propia esposa o a una desconocida, calculando fríamente cuál de las dos vidas generaría más utilidad agregada, ya estaría teniendo, en sus propias palabras, un pensamiento de más: la relación personal debería bastar como razón suficiente, sin necesidad de ningún cálculo adicional que la justifique.

De la teoría a la práctica: cómo vivía Singer lo que predicaba

Singer no se limitó a formular el argumento y dejarlo ahí, como suele pasar con buena parte de la filosofía académica. Empezó a donar una porción considerable de su propio salario a organizaciones benéficas, y mantuvo esa práctica de manera sostenida durante décadas. En distintas entrevistas explicó que destinaba entre el veinte y el cuarenta por ciento de sus ingresos anuales a causas relacionadas con el alivio de la pobreza extrema y con el bienestar animal, muy por encima de lo que la mayoría de la gente considera razonable donar incluso cuando comparte, en términos abstractos, la conclusión filosófica de Singer.

En 2009 publicó un libro dirigido a un público general, "La vida que podés salvar", donde retomó el argumento original de 1971 con datos actualizados y con una propuesta más concreta: un porcentaje mínimo de ingresos, creciente según el nivel de riqueza de cada persona, que cualquiera debería donar a organizaciones benéficas efectivas. Ese libro, y la organización sin fines de lucro que lleva el mismo nombre, se convirtieron en una de las semillas intelectuales directas de lo que después se conocería como el movimiento del altruismo eficaz.

El altruismo eficaz: no alcanza con donar, hay que donar bien

El altruismo eficaz tomó como punto de partida directo el argumento de Singer, pero le agregó una capa adicional de rigor. Es un movimiento que creció con fuerza a partir de la década de 2010 alrededor de filósofos como William MacAskill y organizaciones como GiveWell. No alcanza con donar dinero a cualquier causa benéfica. Hay que investigar cuáles organizaciones logran salvar la mayor cantidad de vidas, o reducir la mayor cantidad de sufrimiento posible, por cada dólar donado, y concentrar ahí los recursos disponibles.

Esa lógica llevó a resultados que sorprendieron a muchos donantes tradicionales. Por ejemplo, comprar mosquiteros tratados con insecticida para prevenir la malaria en el África subsahariana resultó ser una de las intervenciones más costo-efectivas jamás medidas en el campo de la filantropía, capaz de salvar una vida humana por una fracción del costo que implicaban muchas otras causas benéficas populares en los países ricos. El movimiento también popularizó el concepto de "ganar para donar": la idea de que, para algunas personas con habilidades muy demandadas en el mercado laboral, la manera más efectiva de generar impacto positivo en el mundo no era trabajar directamente en una organización benéfica, sino conseguir un trabajo de altos ingresos y donar una parte sustancial de ese salario a las causas más efectivas posibles.

De ese mismo movimiento surgieron organizaciones que hoy manejan volúmenes de dinero considerables. Ochenta Mil Horas y Filantropía Abierta son dos de los ejemplos institucionales más grandes de ese ecosistema. Ochenta Mil Horas es un proyecto centrado en ayudar a profesionales jóvenes a elegir carreras de alto impacto social. Filantropía Abierta es una fundación dedicada a financiar investigación e intervenciones de alto impacto en salud global, bienestar animal y reducción de riesgos catastróficos. Ambas organizaciones citan de manera explícita el argumento original de Singer como parte de su genealogía intelectual, incluso cuando sus métodos de evaluación de impacto se volvieron, con los años, mucho más sofisticados y cuantitativos que el planteo filosófico original de 1971.

Liberación animal: el libro que cambió cómo pensamos a los animales

Si el ensayo de 1971 sobre la hambruna estableció la reputación filosófica de Singer, su libro de 1975, "Liberación animal", terminó de consolidarlo como una de las figuras más influyentes de la ética contemporánea, mucho más allá de los círculos estrictamente académicos. En ese libro, Singer popularizó un término que él mismo no inventó pero que ayudó a difundir de manera masiva: especismo, la discriminación moral basada exclusivamente en la pertenencia a una especie biológica, que Singer comparaba de manera directa con el racismo y con el sexismo como formas análogas de discriminación arbitraria.

> "La pregunta no es: ¿pueden razonar? ni tampoco: ¿pueden hablar? sino: ¿pueden sufrir?"

Esa cita resume el núcleo de su argumento. Singer la tomó del filósofo utilitarista Jeremy Bentham y la usó como epígrafe de su propio libro. Para Singer, el criterio moralmente relevante para decidir si los intereses de un ser merecen consideración ética no es la inteligencia, ni el lenguaje, ni ninguna otra habilidad cognitiva sofisticada, sino la capacidad de sufrir. Si un animal puede sufrir, entonces ese sufrimiento cuenta moralmente, con el mismo peso relativo que contaría un sufrimiento equivalente en un ser humano, sin importar que ese animal pertenezca a una especie distinta de la nuestra.

A partir de ese principio, Singer construyó una crítica extensa y documentada contra la ganadería industrial moderna, describiendo con detalle las condiciones de hacinamiento y de sufrimiento sistemático en las que se cría a buena parte de los animales destinados al consumo humano en los países desarrollados. También criticó con dureza buena parte de la experimentación científica con animales, especialmente aquella que causaba sufrimiento considerable sin generar beneficios médicos proporcionales. Casi de inmediato, "Liberación animal" se convirtió en uno de los textos fundacionales del movimiento moderno de derechos y bienestar animal, y todavía hoy se sigue citando como referencia obligada en ese campo, casi cincuenta años después de su publicación original.

Singer aplicó también esas conclusiones a su propia dieta. Se volvió vegetariano poco después de escribir el libro, después de una conversación con un compañero de estudios en Oxford que lo confrontó con preguntas directas sobre la coherencia entre comer carne y sostener, al mismo tiempo, que el sufrimiento animal merecía consideración moral seria. Con los años, su dieta se volvió todavía más estricta, acercándose cada vez más a un veganismo flexible, aunque el propio Singer aclaró en varias ocasiones que no exigía una pureza absoluta e inmediata de nadie que se acercara por primera vez a estas ideas, y que prefería, en términos prácticos, que la mayor cantidad posible de gente redujera de manera significativa su consumo de productos de origen animal antes que exigir una abstención total solo a unos pocos convencidos.

Las posiciones más controvertidas

En otros contextos, la misma lógica utilitarista que llevó a Singer a defender a los animales lo llevó a posiciones bioéticas que generaron un rechazo intenso, incluyendo protestas físicas, cancelaciones de conferencias y campañas organizadas para impedir que diera clases en ciertas universidades. Singer sostiene que lo que determina el estatus moral pleno de un ser no es la simple pertenencia biológica a la especie humana, sino la capacidad de sufrir, de tener preferencias sobre el propio futuro y de tener conciencia de uno mismo. A partir de ese criterio, en su libro "Ética práctica" defendió bajo condiciones muy específicas y acotadas la posibilidad moral de la eutanasia de recién nacidos con discapacidades severas, en casos donde los propios padres, junto con el criterio médico, consideraran que la vida del bebé implicaría sufrimiento extremo sin ninguna posibilidad razonable de una existencia con calidad de vida aceptable.

Esa posición generó una oposición particularmente fuerte entre organizaciones de personas con discapacidad, que ven en el argumento de Singer una amenaza directa al valor igualitario de la vida humana, independientemente de la capacidad funcional de cada persona. En Alemania y Austria, países con una memoria histórica particularmente sensible frente a cualquier argumento que pudiera evocar las políticas de eugenesia nazi, varias de las conferencias de Singer fueron canceladas o interrumpidas por protestas masivas durante los años noventa. Activistas por los derechos de las personas con discapacidad, en distintos países, organizaron durante décadas campañas sostenidas para impedir que Singer diera clases o conferencias en universidades específicas, argumentando que sus ideas, llevadas a la práctica, legitimarían la discriminación sistemática contra las personas con discapacidad severa.

Uno de los episodios más recordados de ese debate ocurrió en 2001. La abogada y activista Harriet McBryde Johnson había nacido con una enfermedad neuromuscular degenerativa. Ese año aceptó la invitación de Singer a debatir públicamente con él en Princeton, a pesar de estar profundamente en desacuerdo con sus ideas sobre la vida de las personas con discapacidad severa. Johnson escribió después un artículo extenso para una revista estadounidense, donde relató el debate. Para sorpresa de muchos lectores, describió a Singer como una persona amable y genuinamente dispuesta a escuchar sus argumentos, incluso mientras sostenía que, según la lógica estricta de sus propias premisas filosóficas, la existencia misma de Johnson quizás no debería haberse permitido continuar al nacer. Ese contraste incómodo, entre la cordialidad personal de Singer y la dureza de algunas de sus conclusiones filosóficas, se convirtió en uno de los ejemplos más citados de lo compleja que puede volverse la relación entre un filósofo y las implicancias prácticas de su propio pensamiento.

Singer siempre respondió a esas críticas defendiendo su derecho a plantear preguntas filosóficas incómodas. Según él mismo aclaró en numerosas ocasiones, eso no implica ningún desprecio hacia las personas con discapacidad que ya viven, cuyas vidas él mismo defiende como merecedoras de pleno respeto y protección una vez que esas vidas ya están en curso. El debate sigue abierto, y probablemente vaya a seguir así durante mucho tiempo, precisamente porque toca uno de los puntos más sensibles de toda la ética contemporánea: quién decide qué vidas merecen protección plena, y bajo qué criterios se toma esa decisión.

El utilitarismo como método, no solo como conclusión

Detrás de todas estas posiciones, tanto las que generaron amplio consenso como las que generaron rechazo intenso, hay un mismo método filosófico: el utilitarismo de preferencias, una variante del utilitarismo clásico de Jeremy Bentham y John Stuart Mill que Singer adaptó a su propio pensamiento. En lugar de calcular simplemente el placer y el dolor generado por una acción, como hacía el utilitarismo clásico, Singer propone calcular en qué medida una acción satisface o frustra las preferencias genuinas de todos los seres capaces de tenerlas, sin dar por sentado ningún privilegio automático a los intereses humanos por sobre los de otras especies, ni a los intereses de personas cercanas por sobre los de extraños distantes.

Aplicado con consistencia radical, ese método es lo que lleva a Singer tanto a defender la donación masiva de ingresos personales para aliviar la pobreza extrema, como a defender los derechos de los animales, como a plantear preguntas bioéticas que buena parte de la sociedad prefiere no formular abiertamente. Para sus admiradores, esa consistencia es precisamente la mayor virtud de su filosofía: Singer no elige selectivamente qué conclusiones incómodas aceptar y cuáles descartar, sino que sigue el argumento hasta donde lo lleve, incluso cuando eso resulta profundamente incómodo para él mismo o para su público. Para sus críticos, esa misma consistencia es el problema central: según ellos, la reducción de decisiones morales complejas a un cálculo de preferencias agregadas ignora dimensiones importantes de la dignidad humana que no se dejan capturar completamente por ningún cálculo utilitario, por más sofisticado que sea.

Por qué sigue importando

Peter Singer figura de manera constante entre los filósofos vivos más influyentes del mundo en distintas encuestas académicas, un resultado poco frecuente para alguien cuyas ideas generaron tanto rechazo como adhesión a lo largo de su carrera. Su influencia práctica es medible de una manera que pocos filósofos contemporáneos pueden reclamar: miles de millones de dólares se redirigieron hacia intervenciones de salud global de alto impacto gracias en gran medida al movimiento de altruismo eficaz que su argumento original de 1971 ayudó a poner en marcha. Organizaciones dedicadas a evaluar el impacto de la caridad, fundaciones filantrópicas y una cantidad considerable de profesionales que decidieron donar buena parte de su salario a causas efectivas citan a Singer como la influencia intelectual original detrás de esas decisiones.

La pregunta central que Singer planteó en aquel ensayo breve de 1971 sigue siendo tan incómoda hoy como entonces: si la distancia geográfica no cambia la gravedad moral del sufrimiento ajeno, entonces, según su argumento, buena parte de lo que gastamos en lujos personales prescindibles representa una elección moral equivalente a caminar junto al charco sin detenerse a salvar al chico que se ahoga. No todo el mundo acepta esa conclusión. Pero son relativamente pocos los que logran explicar, con la misma claridad lógica que Singer exige, por qué la distancia sí debería importar moralmente.

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