
El ascenso de Thanos
Nació en una clase de psicología, de un dibujante que salió pensando en Freud. Un editor le pidió que lo hiciera más grande e imponente, parecido a Darkseid. Cuarenta y cinco años después protagonizó una de las películas más vistas de la historia.
Jim Starlin estaba cursando una materia de psicología en la universidad cuando se le ocurrió el villano más importante que Marvel produjo en cincuenta años.
La clase hablaba de Freud y de dos conceptos opuestos: la pulsión de vida y la pulsión de muerte. Eros y Tánatos. Starlin, que dibujaba historietas, salió de esa clase con dos personajes en la cabeza. Dos hermanos. Uno representaría el deseo de vivir. El otro, la atracción por la muerte.
Al segundo lo llamó Thanos.
Cuando le mostró el diseño a Roy Thomas, que era editor en Marvel, Thomas le hizo una crítica concreta. El personaje era demasiado flaco, demasiado poco imponente para lo que Starlin quería contar. Le sugirió que lo hiciera más grande y más macizo, algo más parecido a Darkseid, el gran villano cósmico que Jack Kirby había creado poco antes en DC.
Starlin lo agrandó.
Y así, entre una clase de psicología y una comparación con la competencia, nació el tipo que décadas después iba a protagonizar la película más taquillera de su tiempo.
Thanos debutó en 1973, en el número 55 de la colección de Iron Man. Fue una aparición discreta, en una historia que casi nadie recuerda hoy. Nada indicaba lo que venía.
Vamos a explicar quién es, porque su historia de origen importa.
Thanos pertenece a una raza llamada los Eternos, seres muy longevos y poderosos. Nació en Titán, una luna de Saturno donde vive una colonia de esa raza. Su sociedad era pacífica, avanzada y ordenada.
Y él nació distinto. Con una deformidad genética que le dio una apariencia monstruosa comparada con la de su gente: piel morada, mandíbula pronunciada, tamaño descomunal. Su propia madre, al verlo recién nacido, intentó matarlo.
Ese rechazo inicial marcó todo. Thanos creció como el raro, el que no encajaba, el que todos miraban con miedo. Y en algún momento de esa infancia empezó a fascinarse con la muerte.
Sección 1
Vale aclarar algo sobre esa raza, porque el nombre confunde. Los Eternos son una creación de Jack Kirby de mediados de los setenta, posterior al debut de Thanos. Con el tiempo Marvel fue conectando ambas cosas y estableció que el villano pertenecía a esa estirpe. Es un ejemplo típico de cómo funciona la continuidad en este medio: los autores van tejiendo vínculos hacia atrás entre elementos que nacieron separados.
A veces esos remiendos quedan forzados. En este caso funcionó bien, porque le dio a Thanos un contexto de origen y una sociedad concreta de la cual ser expulsado.
Acá viene el elemento que hace único al personaje. En el universo Marvel, la Muerte no es un concepto abstracto. Es una entidad, un ser cósmico con forma propia. Y Thanos se enamoró de ella.
No es una metáfora. El personaje está literalmente enamorado de la personificación de la muerte, y todo lo que hace, absolutamente todo, es un intento de conquistarla.
Esa es la clave de Thanos y lo que lo separa de casi todos los villanos del medio. No quiere dinero, ni territorio, ni venganza. Quiere que una entidad cósmica lo mire con amor. Y como la Muerte valora la muerte, él le lleva ofrendas.
Es un pretendiente. Un pretendiente que ofrece cadáveres.
Esa premisa, contada así, suena casi absurda. Y funciona igual, por dos motivos. Primero, porque el personaje se la toma completamente en serio, sin una pizca de ironía. Segundo, porque convierte una motivación gigantesca en algo íntimo y patético a la vez.
Es un tipo que arrasa mundos para que alguien lo quiera.
Conviene explicar quién era Jim Starlin, porque su perfil es poco común en la industria de esa época. Starlin era dibujante y guionista a la vez, algo raro en la Marvel de los setenta, donde las tareas estaban bastante repartidas. Había pasado por la Marina antes de entrar al medio. Tenía intereses en filosofía oriental, en misticismo y en ciencia ficción dura, y quería meter todo eso en revistas de superhéroes.
Ese cruce produjo un tipo de historieta que Marvel no tenía. Aventuras espaciales con preguntas sobre la identidad, la mortalidad y el sentido de la existencia. Los lectores jóvenes de la época, que venían de descubrir la ciencia ficción literaria, engancharon fuerte con eso.
Starlin también tuvo la suerte de trabajar en colecciones de bajo perfil comercial. Nadie en la editorial le prestaba demasiada atención a lo que hacía con Captain Marvel o con Adam Warlock. Esa falta de vigilancia le dio una libertad enorme.
Es una constante del medio. Las cosas más originales suelen aparecer en los márgenes, donde no hay tanto dinero en juego ni tantos ojos encima.
Starlin desarrolló al personaje en dos colecciones que hoy son de culto. Primero en Captain Marvel, a mediados de los setenta, con el héroe cósmico de esa época enfrentándolo. Después en Warlock, protagonizada por Adam Warlock, un personaje de origen artificial con una crisis existencial permanente.
Esas historias son rarísimas para su época. Mezclan aventura espacial con filosofía, misticismo y crisis de identidad. Starlin escribía y dibujaba, con un control autoral poco común en la Marvel de los setenta.
Y ahí estableció algo importante: Thanos es un tipo brillante. No gana por fuerza bruta. Gana porque planifica, manipula y piensa varios movimientos más adelante que todos los demás.
En 1977, Starlin cerró el arco. En una historia publicada en un anual de los Avengers y otro de Marvel Two-in-One, Thanos es derrotado y convertido en piedra. Muerto, en teoría, y con un final que su creador consideraba definitivo.
Estuvo así más de diez años.
En 1990 Starlin lo trajo de vuelta, y acá empieza la etapa que todos conocen.
Primero vino una miniserie llamada The Thanos Quest. La premisa es simple: Thanos sale a buscar seis piedras de poder inmenso, las Gemas del Infinito, que están repartidas por el universo en manos de distintos seres cósmicos.
Y las consigue todas. En dos números. Sin pelear casi nada.
Ese detalle es genial. Starlin no lo muestra ganando batallas. Lo muestra engañando, negociando y explotando la vanidad de seres muchísimo más poderosos que él. Cada gema la obtiene con una estrategia distinta.
Con las seis gemas montadas en un guante, Thanos se vuelve, literalmente, el ser más poderoso de la realidad. Puede reescribir el universo con un pensamiento.
Vale explicar qué son las Gemas del Infinito, porque el concepto tuvo una carrera larguísima. Son seis piedras, cada una con dominio absoluto sobre un aspecto de la realidad: el espacio, el tiempo, la mente, el alma, el poder y la realidad misma. Por separado, cada una ya es un objeto de nivel cósmico. Juntas, otorgan omnipotencia.
La idea no nació con nombre definitivo. Al principio Starlin las presentó como joyas del alma, y recién con el tiempo se estandarizó la denominación que después usó el cine. Fue evolucionando de historia en historia, como suele pasar en este medio, donde los conceptos se van puliendo por acumulación y no por diseño previo.
Lo que hace atractiva la idea es su claridad. Seis objetos, seis poderes, un guante donde encastrarlos. Es una estructura de búsqueda perfecta, casi de videojuego, y explica por qué funcionó tan bien décadas después en la pantalla.
Eso desembocó en 1991 en The Infinity Gauntlet, la serie de seis números que lo consagró. Guion de Jim Starlin. Dibujo de George Pérez en los primeros números y de Ron Lim en el resto.
El evento arranca con la escena más famosa del personaje. Thanos, para impresionar a la Muerte, chasquea los dedos y elimina a la mitad de todos los seres vivos del universo. Instantáneamente. Sin explicación ni advertencia.
La mitad de la realidad desaparece.
Conviene señalar el trabajo de los dibujantes en esa serie. George Pérez arrancó los primeros números y aportó su capacidad para manejar multitudes de personajes, la misma que había desplegado años antes en la gran serie de la competencia. Cuando dejó el proyecto por exceso de carga de trabajo, entró Ron Lim, que tenía un estilo más limpio y dinámico, muy adecuado para la escala cósmica de la segunda mitad.
El cambio de dibujante a mitad de un evento suele notarse mal. Acá funcionó porque los dos estilos servían a momentos distintos de la historia.
Y acá está lo notable de la historia. Thanos hace eso en el primer número. No es el clímax: es el punto de partida. El resto de la serie trata de qué hacen los sobrevivientes cuando ya perdieron.
Los héroes de Marvel se organizan y atacan. Pierden. Los seres cósmicos más poderosos del universo atacan. Pierden. No hay pelea que puedan ganar contra alguien que controla la realidad.
La derrota final de Thanos llega por otro lado, y es la mejor decisión de guion de la serie.
Thanos se sabotea a sí mismo. En el momento de máximo poder, deja una grieta abierta. Porque en el fondo no cree merecer lo que consiguió. Ese rechazo original, el de la madre que quiso matarlo, sigue operando adentro.
El villano invencible pierde por baja autoestima.
Es una idea psicológica fuerte, muy coherente con el origen freudiano del personaje, y es lo que lo convierte en algo más que un tipo grande y morado que pega fuerte.
También hay que decir que la Muerte nunca le corresponde. Es un amor no correspondido de escala cósmica. Cuanto más poder acumula, más lejos queda de lo único que quiere.
The Infinity Gauntlet vendió muchísimo y generó continuaciones. Vinieron Infinity War e Infinity Crusade, también de Starlin, que exploraron aspectos distintos del personaje y su entorno. Ninguna alcanzó el impacto de la original.
Vale detenerse en el papel de Adam Warlock, porque es inseparable de esta historia. Warlock es un ser artificial creado por científicos humanos que terminó convertido en una figura mesiánica y atormentada del espacio profundo. Starlin lo usó como el opuesto exacto de Thanos: uno busca la muerte, el otro carga con la pregunta de para qué sirve estar vivo.
En The Infinity Gauntlet, es Warlock quien organiza la resistencia y quien entiende cómo funciona la mente de Thanos. La derrota del villano no viene del héroe más fuerte, sino del que mejor lo comprende.
Esa dupla es una de las mejores relaciones antagónicas que produjo Marvel. Dos criaturas que no encajan en ningún lado, obsesionadas la una con la otra.
También aparece Mefisto, un demonio que funciona como consejero interesado y que le susurra a Thanos exactamente lo que quiere escuchar. Es un recurso clásico y funciona: el villano todopoderoso con un adulador al lado, alimentándole el ego mientras espera su oportunidad.
Con los años, Thanos fue mutando en las manos de otros autores. A veces fue villano puro. A veces protagonista con código propio. En algunas historias funcionó casi como fuerza de la naturaleza más que como personaje.
Una etapa muy elogiada es la de fines de la década de 2010, escrita por Donny Cates con dibujos de Geoff Shaw. Ahí aparece una versión futura del personaje, un Thanos anciano que ya ganó, que ya destruyó todo, y que está solo en un universo muerto. Es una historia de terror cósmico y de vejez, y es de lo mejor que se hizo con el personaje después de Starlin.
También hubo intentos de contar su infancia en Titán y de profundizar en el momento en que se quiebra. Los resultados fueron desparejos, como suele pasar cuando se explica demasiado a un personaje que funcionaba mejor con zonas oscuras.
Y llegamos al cine, donde pasó algo poco habitual.
Conviene explicar qué es una escena post créditos, porque Marvel convirtió el recurso en marca de la casa. Es una secuencia breve que aparece después de que terminan los créditos finales, cuando la mayoría del público ya se fue de la sala. Suele adelantar algo de una película futura o cerrar un chiste.
El estudio la usó sistemáticamente para tejer su universo compartido y para premiar a los espectadores más fieles. Con los años, quedarse hasta el final se volvió parte del ritual.
Thanos apareció por primera vez en una escena post créditos de la película de los Avengers de 2012. Fueron dos segundos: una silueta que se da vuelta y sonríe. Para el público general no significó nada. Para los lectores fue un grito.
Marvel lo fue mostrando de a poco durante seis años, en apariciones breves, construyendo expectativa. Josh Brolin quedó a cargo del papel mediante captura de movimiento, una técnica que registra la actuación del intérprete y la traslada a un personaje digital.
En 2018, en Avengers: Infinity War, finalmente fue el protagonista. Y hay que decirlo así: es su película. La historia sigue su punto de vista, su objetivo y su viaje. Los héroes son los obstáculos.
Eso es rarísimo en el cine masivo. Una película de superhéroes contada desde el villano.
El cambio más grande respecto del papel fue la motivación. En los cómics, Thanos mata por amor a la Muerte. En el cine eliminaron ese elemento por completo y lo reemplazaron por un argumento de recursos: el universo tiene demasiada población y muy poco para repartir, y la solución que él propone es eliminar a la mitad al azar.
La decisión generó discusión entre los lectores. Muchos sintieron que perdía lo más original del personaje, que es justamente esa obsesión romántica y demencial. Otros valoraron que le daba una lógica interna comprensible para el espectador general.
Los dos argumentos tienen peso. La versión del cine es más digerible y más discutible en una sobremesa. La versión del papel es más extraña y más memorable.
Lo que sí conservó la película es lo esencial: un villano convencido de tener razón, que sufre lo que hace, y que gana al final. Porque Infinity War termina con Thanos triunfante y con la mitad del universo desaparecido, igual que el cómic.
Terminar una película de ese presupuesto con el villano ganando fue una jugada arriesgada que muy pocas producciones grandes se permiten.
Hay algo más que la película supo aprovechar y que venía del papel: la familia. Thanos adoptó por la fuerza a hijas de mundos que había arrasado y las crió como armas. Gamora y Nebula nacieron en los cómics como parte de ese entorno, y en el cine se volvieron el corazón emocional de la historia.
Ese elemento le da al personaje algo que los villanos cósmicos rara vez tienen: vínculos. Un tipo que destruye planetas y que además es un padre pésimo resulta mucho más perturbador que un destructor abstracto.
La escena más recordada de la película de 2018 no es una pelea. Es una decisión familiar. Ahí está la prueba de que el personaje funciona mejor cuando lo que está en juego es íntimo.
Conviene también notar el trabajo de captura de movimiento. Brolin actuó con sensores y el rostro digital se construyó sobre su interpretación. El resultado permitió algo poco común: un personaje enteramente generado por computadora que sostiene primeros planos largos y silencios. La tecnología recién había llegado al punto de hacer eso creíble.
Diez años antes, ese Thanos habría sido imposible de filmar.
Ahora, la pregunta interesante. ¿Por qué Thanos funciona tan bien?
Antes de responder, vale un contraste. La mayoría de los villanos de superhéroes son obstáculos. Existen para que el héroe demuestre algo. Se los derrota, vuelven, se los derrota otra vez. Ese ciclo funciona, pero pocos personajes lo trascienden.
Thanos lo trascendió porque tiene vida propia. Sus historias más importantes no giran alrededor de un héroe: giran alrededor de él. Es de los poquísimos antagonistas del medio capaces de sostener una narración por sí solos.
Primero, porque tiene una convicción. Los villanos memorables no se creen villanos. Thanos está persuadido de que hace lo necesario, y esa certeza lo vuelve mucho más inquietante que cualquier maldad caprichosa.
Segundo, porque pierde igual. Todo lo que consigue le resulta insuficiente. Es un personaje que puede reescribir la realidad y aun así no consigue lo único que desea. Esa frustración de fondo lo humaniza.
Tercero, por el diseño. Starlin y Thomas acertaron con la silueta: enorme, morado, con esa mandíbula acorazada y el mentón surcado. Es reconocible en cualquier tamaño y a cualquier distancia. En un medio visual, eso es la mitad del trabajo.
Y cuarto, por la paciencia editorial. Thanos tardó cuarenta y cinco años en llegar al centro de la escena. Se construyó de a poco, apareciendo poco, sin gastarse. Ese ritmo lento es lo contrario de lo que suele hacer la industria, y es exactamente lo que lo mantuvo poderoso.
Vale una observación sobre el efecto que tuvo en la industria. Después del éxito de las películas, Marvel empezó a publicar mucho más material del personaje que en toda su historia previa. Colecciones propias, miniseries, reediciones, participaciones en todos lados.
Ese exceso trae el riesgo de siempre. Un villano que funcionaba porque aparecía poco corre peligro cuando se lo usa todos los meses. La amenaza definitiva pierde peso si el lector la ve constantemente.
Es el mismo problema que tuvieron otros personajes cuando la editorial los sobreexplotó. La escasez es parte del efecto.
Hay también un debate entre lectores sobre cuánto conviene explicar a Thanos. Las historias que exploran su infancia y sus motivaciones profundas suelen ser las menos apreciadas. Las que lo muestran de afuera, como una fuerza incomprensible con un objetivo demencial, envejecieron mucho mejor.
Es la misma tensión que atraviesa a casi todos los grandes villanos del medio. El misterio los agranda. La explicación los reduce.
Queda un dato final con gracia.
Starlin admitió que Thanos nació parcialmente como respuesta a Darkseid, el villano de Kirby en la competencia. Un editor le pidió que se pareciera más a él.
Décadas después, Thanos protagonizó una de las películas más vistas de la historia y se volvió, para el público general, el villano cósmico por excelencia.
El personaje que empezó como una imitación sugerida terminó eclipsando al original en la cultura popular.
Starlin, con los años, tuvo sentimientos encontrados al respecto. Vio a su creación convertida en un fenómeno global, con un alcance que ningún autor de historietas de los setenta podía imaginar. También le tocó la experiencia particular de ver su personaje transformado en pantalla, con motivaciones distintas a las que él había escrito.
Es una situación que atravesaron muchos creadores del medio. El personaje se vuelve enorme, y el autor mira desde afuera cómo otros lo manejan.
Queda también una lección para cualquiera que escriba villanos. Thanos no funciona por lo que puede hacer sino por lo que le falta. Todo su poder existe para tapar un agujero que ninguna gema puede llenar.
Los antagonistas memorables casi siempre están construidos así. Se los recuerda por su carencia, no por su fuerza.
Y hay un detalle estructural que conviene retener. Thanos casi nunca gana peleas contra héroes más fuertes que él. Gana negociando, engañando y esperando. Cuando pierde, pierde por sus propias contradicciones internas, no porque alguien le pegue más fuerte.
Ese es el motivo por el que sobrevivió cinco décadas sin gastarse. Un villano que depende de la fuerza bruta se agota apenas aparece alguien más fuerte. Uno que depende de su cabeza y de su obsesión no tiene ese techo.
Y todo salió de una clase de psicología a la que un dibujante joven fue a cursar sin saber que iba a salir de ahí con un dios.
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