
La historia de Wolverine
Su propio dibujante lo quería sacar del equipo por aburrido. Debutó como villano descartable en una revista de Hulk. Cincuenta años después es el personaje más popular que Marvel creó fuera de su grupo fundacional. Casi todo fue accidente.
En 1975, un dibujante llamado Dave Cockrum estaba armando el nuevo equipo de los X-Men junto al guionista Len Wein. Tenían que elegir qué personajes iban a integrar la formación. Cockrum miró la lista y propuso sacar a uno. Le parecía poco interesante, un secundario sin gracia, un tipo bajito con garras que había aparecido apenas un par de veces en una revista de Hulk. Casi lo dejan afuera.
Ese personaje era Wolverine.
Cincuenta años después, es probablemente el personaje más popular que Marvel creó fuera del grupo fundacional de los años sesenta. Vendió millones de revistas. Sostuvo su propia colección durante décadas. Definió la carrera de un actor australiano que lo interpretó durante veinticuatro años. Y todo eso estuvo a punto de no pasar porque su propio dibujante lo quería borrar de la lista.
Vamos al principio.
Corría 1974. Roy Thomas era editor en jefe de Marvel. Marvel vendía bien en Canadá y a Thomas se le ocurrió una idea comercial bastante simple: crear un superhéroe canadiense. Un personaje que le hablara a ese mercado. Le pasó el encargo a Len Wein, un guionista que en ese momento escribía The Incredible Hulk, la revista mensual del gigante verde.
Wein necesitaba un rival para que Hulk peleara. Y ahí armó al personaje. Un canadiense, chiquito, con un carácter espantoso y garras de metal. Le puso Wolverine, que es el nombre en inglés del glotón, un animal real. El glotón es un bicho pequeño de la familia de las comadrejas que vive en el norte de Canadá y que tiene fama de ser desproporcionadamente feroz para su tamaño. Ataca animales mucho más grandes que él y no afloja. Era la metáfora perfecta.
El diseño del traje lo hizo John Romita padre, uno de los dibujantes históricos de Marvel. Amarillo y negro, con esa máscara de orejas puntiagudas que es inconfundible. El primero que lo dibujó en una historia fue Herb Trimpe.
Wolverine debutó en una viñeta final de The Incredible Hulk número 180, de 1974. Su primera aparición completa fue en el número siguiente, el 181. Peleaba contra Hulk y contra un monstruo llamado Wendigo. Y listo. Se fue.
Sección 1
Hay un detalle de esa primera versión que hoy resulta gracioso. Las garras no salían de las manos. Eran parte de los guantes del traje. La idea de que estuvieran adentro del cuerpo vino después. También hubo una idea inicial de Wein, que después se abandonó, de que Wolverine fuera literalmente un glotón evolucionado hasta forma humana. Por suerte eso quedó en el camino.
Y ahora sí llegamos a 1975 y al momento donde casi lo borran.
Marvel quería relanzar a los X-Men. La colección original había fracasado años antes y estaba en reediciones desde 1970. La nueva idea era armar un equipo internacional, con personajes de distintos países, para expandir el atractivo del grupo. Len Wein escribió Giant-Size X-Men número 1 y Dave Cockrum lo dibujó. Ahí debutaron Storm, Nightcrawler, Colossus, Thunderbird. Y ahí metieron a Wolverine, aprovechando que ya existía un canadiense disponible en el catálogo.
Cockrum quería sacarlo. Prefería a otro personaje. Pero Wolverine se quedó.
Poco después Len Wein dejó la colección y entró un guionista joven llamado Chris Claremont. Claremont iba a escribir X-Men durante dieciséis años seguidos, algo casi impensable en la industria. Y Claremont vio en ese secundario bajito algo que nadie más veía.
Acá hay que explicar cómo funcionaba, y funciona, el negocio. Una serie mensual, lo que en la jerga se llama un ongoing, es una colección que sale todos los meses sin fecha de cierre. El guionista tiene espacio para desarrollar personajes de a poco, número tras número, durante años. Claremont usó ese espacio como pocos.
Le construyó un misterio. Wolverine no sabía quién era. Tenía la memoria destrozada, recuerdos que no cerraban, un pasado borroso lleno de violencia. Claremont entendió que la mejor manera de hacer fascinante a un personaje no era explicarlo, sino esconderlo. Cada pista que soltaba generaba diez preguntas nuevas. Los lectores se volvieron locos.
También le puso una tensión interna que lo definió para siempre. Wolverine es un animal con conciencia. Tiene una furia asesina que apenas controla, y al mismo tiempo un código de honor rígido. Esa contradicción, la bestia que quiere ser hombre, es el corazón del personaje.
En 1976, en el número 98 de la colección, pasó algo importante: se sacó la máscara. Los lectores le vieron la cara por primera vez. Ese peinado con las puntas hacia arriba, las patillas enormes, la mueca permanente. Se volvió icónico al toque.
La era siguiente
Después llegó John Byrne, dibujante canadiense, que empezó a trabajar con Claremont en 1977. Byrne era canadiense de verdad y tenía un interés personal en el único canadiense del equipo. Presionó para darle más protagonismo. Entre Claremont y Byrne construyeron el mito.
Hay una escena que los fans citan siempre. En una historia donde el equipo entero está derrotado, Wolverine aparece solo, herido, empapado, saliendo de las alcantarillas para contraatacar. Esa imagen, de un tipo que perdió todo y sigue adelante igual, definió al personaje mejor que cualquier explicación.
También en esa época se estableció el factor curativo. Wolverine se regenera. Las heridas se le cierran solas. Eso explicaba por qué podía soportar castigos imposibles y, de paso, abría la puerta a la idea de que fuera mucho más viejo de lo que aparentaba.
Conviene detenerse un segundo en el adamantium, porque es una de esas ideas que parecen simples y son enormes. El adamantium es un metal ficticio indestructible del universo Marvel. Una vez que se enfría, nada lo corta. Que un personaje tenga el esqueleto entero recubierto de ese material genera dos consecuencias narrativas fabulosas. Primero, lo vuelve casi imposible de matar. Segundo, y más importante, implica que alguien se lo puso. Nadie nace con metal en los huesos. Cada vez que un lector veía esas garras, la pregunta quedaba flotando: ¿quién le hizo esto y por qué?
Ese es un truco de guion excelente. El diseño del personaje contiene la pregunta que sostiene la serie.
Y llegó 1982, el año que lo cambió todo.
Marvel le dio a Wolverine su propia miniserie de cuatro números. Una miniserie es una colección con final previsto desde el arranque, a diferencia del ongoing. La escribió Chris Claremont y la dibujó Frank Miller, que venía de revolucionar Daredevil y estaba en su mejor momento.
La historia mandaba a Wolverine a Japón. Ahí conocía a Mariko, la mujer de la que estaba enamorado, y se metía en el mundo del crimen organizado japonés y de los samuráis. La miniserie transformó al personaje. Dejó de ser el bruto con garras y pasó a ser un guerrero con un código, un hombre intentando ser digno de algo.
Miller aportó todo su interés por la cultura japonesa, el honor, la disciplina. Claremont aportó el drama interno. El resultado es una de las historias más queridas del personaje y la que fijó la idea de Wolverine como un tipo con alma de samurái atrapado en el cuerpo de un animal.
De esa época viene también la frase con la que el personaje se presenta a sí mismo, esa que dice que es el mejor en lo que hace, y que lo que hace no es lindo. Es probablemente la línea más citada del personaje y resume su carácter en dos oraciones.
La miniserie vendió muy bien. Marvel entendió el mensaje. En 1988 le dieron colección mensual propia.
Ahora bien, faltaba lo más importante: el origen. ¿De dónde salía este tipo? ¿Quién le puso metal en los huesos? Durante casi veinte años nadie lo respondió.
En 1991 apareció una respuesta parcial y brutal. Se llamó Weapon X y la hizo casi enteramente una sola persona: Barry Windsor-Smith, que la escribió y la dibujó. Se publicó por entregas en una revista de antología llamada Marvel Comics Presents.
Weapon X contaba el experimento. Un programa militar secreto captura a Wolverine, lo droga, lo somete a un procedimiento que le recubre el esqueleto con un metal indestructible llamado adamantium, y lo convierte en un arma. La historia es fría, clínica, casi sin diálogo heroico. Windsor-Smith la dibujó con un detalle obsesivo, mostrando el procedimiento como lo que era: tortura.
Fue un golpe al estómago para los lectores. Y funcionó porque no explicaba todo. Seguía sin decir quién era Wolverine antes de eso.
Vale contar cómo se publicó Weapon X, porque dice mucho de la época. Marvel Comics Presents era una revista quincenal de antología. Cada número traía varias historias cortas de personajes distintos, de ocho páginas cada una. Era el lugar donde Marvel probaba cosas y donde los autores tenían cierta libertad. Windsor-Smith fue publicando su historia de a ocho páginas por entrega, durante trece números.
Ese formato, que parece una limitación, terminó siendo una ventaja. Cada entrega cortaba en un momento de tensión. La historia avanzaba de a pedacitos, como una tortura administrada en cuotas. Los lectores esperaban dos semanas para ver el siguiente paso del experimento.
Windsor-Smith venía de un estilo muy distinto, más clásico y ornamentado, asociado a la fantasía heroica. Que ese dibujante hiciera la historia más fría y quirúrgica del personaje sorprendió a todos. Es uno de esos casos donde un autor sale de su zona conocida y produce su trabajo más recordado.
Mientras tanto, en los noventa, el personaje explotó comercialmente. La serie animada de X-Men de 1992 lo puso en la televisión de todo el mundo. Los muñecos se vendían por millones. Wolverine estaba en todas partes. Marvel lo metía en toda colección que podía, a veces con resultados ridículos. Hubo meses en que aparecía en una docena de revistas distintas.
Ese exceso tuvo un costo. La sobreexposición devaluó al personaje. Un tipo cuyo atractivo era el misterio y la soledad terminó apareciendo en todos lados como invitado de lujo. Es un problema clásico de la industria: cuando algo vende, las editoriales lo exprimen hasta secarlo.
También en los noventa hubo una historia fuerte donde le arrancan el adamantium del cuerpo. Wolverine quedó con garras de hueso durante años. Fue una decisión audaz que le devolvió vulnerabilidad al personaje.
Y llegamos al año 2000. El cine.
La película X-Men, dirigida por Bryan Singer, tenía que castear a Wolverine. El elegido original era el escocés Dougray Scott. Pero Scott quedó atrapado filmando otra película que se le extendió, y tuvo que abandonar el proyecto. El estudio quedó sin protagonista con la producción arrancada.
Ahí entró un australiano de treinta años, prácticamente desconocido fuera de su país, que venía del teatro musical. Se llamaba Hugh Jackman.
El problema saltaba a la vista. Wolverine en los cómics mide poco más de metro sesenta. Jackman mide casi metro noventa. El personaje es un enano fornido y furioso. El actor era un tipo alto, elegante y encantador que cantaba en musicales.
No importó nada. Jackman entendió al personaje en un nivel que trascendió la estatura. Le dio la furia, el humor seco, la tristeza de fondo. Lo interpretó en nueve películas a lo largo de diecisiete años, y después volvió a ponerse el traje otra vez. Es uno de los casos más largos de un actor encarnando al mismo personaje de cómic en la historia del cine.
Vale un dato curioso. Jackman contó muchas veces que, para prepararse, buscó documentales sobre glotones para estudiar cómo se movía el animal. En el video que consiguió, el animal que le mostraron era en realidad una comadreja. Estuvo entrenando el movimiento del bicho equivocado.
El éxito de las películas retroalimentó los cómics. Y en 2001, finalmente, Marvel decidió contar el origen completo.
La serie se llamó Origin. La escribió Paul Jenkins, con Bill Jemas y Joe Quesada en la génesis de la idea, y la dibujó Andy Kubert. Y reveló lo que nadie esperaba.
Wolverine no era un soldado ni un asesino de nacimiento. Era un chico enfermizo de una familia rica de Canadá, a fines del siglo diecinueve. Se llamaba James Howlett. Sus poderes se manifestaron por primera vez en un momento de trauma familiar violento, cuando era un nene. Las garras le salieron de las manos por primera vez ahí, de hueso, sin metal.
La decisión fue arriesgadísima. Después de veintisiete años de misterio, cualquier respuesta corría el riesgo de decepcionar. Muchos lectores sintieron exactamente eso: que el misterio valía más que la solución. Otros valoraron la tragedia del origen. El debate sigue abierto hasta hoy.
Lo que Origin sí estableció con claridad es que Wolverine es viejísimo. Nació en el siglo diecinueve. Peleó en las dos guerras mundiales. Vivió más de cien años. El factor curativo lo mantiene joven. Eso le dio al personaje una melancolía nueva: es un tipo que vio morir a todos los que quiso, varias veces.
En 2008 llegó otra historia que dejó marca: Old Man Logan, de Mark Millar y Steve McNiven. La premisa es un futuro donde los villanos ganaron y los héroes están muertos. Logan es un viejo pacifista que juró no sacar las garras nunca más. Es un western postapocalíptico con superhéroes, y es probablemente la historia más adaptada del personaje después de las clásicas de Claremont.
Vale aclarar algo sobre las adaptaciones, porque genera confusión. Las películas de X-Men no pertenecían a Marvel Studios. Los derechos cinematográficos de los mutantes estaban en manos de otro estudio desde los noventa, cuando Marvel atravesaba una crisis financiera grave y vendió los derechos de varios personajes para no fundirse. Por eso Wolverine no aparecía junto a los Avengers en el cine durante años, pese a compartir universo en el papel. Recién después de una compra corporativa enorme los personajes volvieron a la misma casa.
Es un detalle de negocios, pero explica una década entera de decisiones creativas que a los lectores les resultaban incomprensibles.
En 2014 Marvel lo mató en una historia llamada Death of Wolverine. Estuvo muerto un par de años, lo que en los cómics es casi un fin de semana largo. Volvió, obviamente. En este medio, la muerte es una condición temporal para casi todos.
Y en 2017 llegó el cierre cinematográfico. La película Logan, dirigida por James Mangold, tomó ideas de Old Man Logan y armó algo distinto: un drama sobre la vejez, el deterioro y la paternidad, con formato de western crepuscular. Jackman y Patrick Stewart, que hacía de Charles Xavier, entregaron dos actuaciones que le valieron a la película un respeto que las películas de superhéroes no solían recibir. Fue nominada al Óscar al mejor guion adaptado, algo rarísimo para el género.
Hay un aspecto del personaje que se suele pasar por alto y que explica buena parte de su permanencia: funciona como mentor. Claremont lo emparejó con adolescentes, sobre todo con Kitty Pryde, una chica que entró al equipo siendo muy joven. La dinámica es irresistible. El tipo más violento del grupo se convierte en el protector más confiable de la más chica. Esa relación le dio al personaje una ternura que compensaba la brutalidad.
Ese patrón se repitió durante décadas con distintos personajes jóvenes, y es el que después alimentó buena parte del cine. La película de 2017 se construye enteramente sobre esa idea: el asesino cansado que termina cuidando a una nena.
Es la fórmula secreta del personaje. Un arma que quiere ser padre.
Otro elemento clave fue la escuela. Los X-Men no son solo un equipo: son una escuela para chicos con poderes, dirigida por Charles Xavier. Ese contexto le dio a Wolverine un lugar donde no encajaba y donde igual lo aceptaban. El animal en la sala de profesores. Ese contraste generó comedia, drama y conflicto durante años.
Ahora, la pregunta de fondo. ¿Por qué funcionó tanto este personaje?
Vale mirar el contexto de la industria en ese momento. A mediados de los setenta, el Comics Code, el organismo de autocensura que regulaba qué se podía publicar, se había ido relajando. Durante décadas había prohibido representar violencia gráfica, drogas, terror y ambigüedad moral en los héroes. Cuando esas restricciones aflojaron, se abrió la puerta para personajes que antes eran imposibles.
Wolverine es hijo directo de esa apertura. Un héroe que mata, que pierde el control, que tiene un pasado turbio. Diez años antes no habría podido existir en una revista de Marvel.
Hay una explicación técnica. Wolverine llegó en el momento justo. Los años setenta trajeron un público lector más grande, más adulto, que se había cansado del héroe perfecto y sonriente. Wolverine era lo contrario: sucio, violento, moralmente ambiguo, con problemas de autocontrol. No era un modelo a seguir. Era un tipo roto tratando de no ser un monstruo.
Hay otra explicación más simple. Es un personaje con una silueta perfecta. Las garras son un diseño genial: agresivo, simple, memorable, imposible de confundir. Un chico de cinco años puede dibujarlo. Eso, en un medio visual, vale oro.
Pero la razón más profunda es Claremont. Sin dieciséis años de construcción paciente, sin el misterio administrado con inteligencia, sin la tensión entre la bestia y el hombre, Wolverine sería un secundario más de los setenta. Claremont entendió que el atractivo no estaba en las garras sino en el tipo que las tiene y no las quiere usar.
Hay una ironía en toda esta historia que vale la pena señalar. Wolverine fue creado por encargo comercial, para atender un mercado. Fue diseñado como villano descartable de un solo número. Su propio dibujante lo quiso sacar del equipo. Su origen se mantuvo en blanco durante veintisiete años porque nadie tenía un plan. Y su actor más famoso era treinta centímetros más alto y venía de cantar en musicales.
Casi todo lo que lo hizo grande fue accidente, improvisación o error.
Incluso el nombre tiene su costado azaroso. El glotón es un animal que casi nadie conocía fuera de Canadá y del norte de Europa. Elegirlo como nombre de un superhéroe era una apuesta rara. Hoy, para millones de personas en el mundo, la palabra remite antes al personaje que al animal.
Eso pasa más seguido de lo que uno cree en este medio. Los personajes que quedan no suelen ser los planificados con precisión de laboratorio. Son los que agarraron a la persona correcta en el momento correcto y crecieron solos, en direcciones que nadie previó.
Conviene también reconocer el trabajo de los dibujantes que lo definieron visualmente a lo largo del tiempo. John Romita padre le dio el traje. Herb Trimpe lo puso en página por primera vez. Dave Cockrum, el mismo que lo quería sacar, lo integró al equipo. John Byrne lo convirtió en protagonista. Frank Miller le dio el alma de samurái. Barry Windsor-Smith le dio la pesadilla del origen. Andy Kubert le puso cara de chico. Steve McNiven lo envejeció.
Ninguno de ellos hizo al personaje solo. Todos le agregaron una capa. Así se construyen las figuras que duran en este medio: por acumulación, con muchas manos, durante décadas.
Len Wein lo dijo alguna vez con humildad. Él creó a Wolverine. Chris Claremont lo hizo importante.
Los dos tienen razón.
Y el personaje que casi tacharon de la lista terminó siendo el que sostuvo a Marvel durante décadas.
Dave Cockrum, con los años, se lo tomó con humor. El dibujante que quiso sacarlo del equipo terminó siendo parte de la historia de cómo ese personaje se volvió inmenso. En este oficio, equivocarse con una intuición y contarlo después sin vueltas también es una forma de honestidad.
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