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La Comuna de Paris
Episodio 26

La Comuna de Paris

Andres AguilarAndres Aguilar

En 1871 París intentó otra república desde las barricadas: democracia radical, idealismo y guerra civil con final sangriento. Qué pidieron los communards, cómo reaccionó Versalles y por qué el mito sigue polarizando memoria obrera.

Si no soy cobarde, ustedes tampoco deberían serlo. Mátenme —Louise Michel ante el tribunal.

Fue más muertos en una semana que durante todo el Terror de la Revolución Francesa, que había durado más de un año.

El 28 de mayo de 1871, en el cementerio del Père-Lachaise de París, un grupo de 147 hombres y mujeres fue alineado contra un muro y fusilado. No hubo juicio, no hubo defensa, no hubo piedad. Los soldados del gobierno francés los mataron y dejaron los cuerpos apilados ahí mismo, entre las tumbas. Ese rincón del cementerio se conoce hoy como el Mur des Fédérés, el Muro de los Federados. Cada año, miles de personas van a poner flores frente a ese muro. Porque lo que pasó en París durante 72 días de la primavera de 1871 fue tan poderoso, tan radical y tan breve que no dejó de resonar nunca. Fue la Comuna de París: el primer gobierno obrero de la historia moderna. Y la historia de cómo lo aplastaron es una de las más sangrientas y reveladoras que vas a escuchar.


Una Francia humillada

Para entender la Comuna tenés que entender primero el desastre que la precedió. Estamos en 1870, y Francia está gobernada por Napoleón III, el sobrino del Napoleón famoso. Este tipo se había autoproclamado emperador en 1852, después de un golpe de estado, y llevaba casi veinte años en el poder. Tenía cierto carisma, había modernizado París con los grandes bulevares que conocemos hoy, pero en política exterior era un desastre. Y en julio de 1870 cometió el peor error de su vida: le declaró la guerra a Prusia.

Otto von Bismarck, el canciller prusiano, era un genio estratégico que venía provocándolo deliberadamente. Bismarck necesitaba una guerra contra Francia para unificar a todos los estados alemanes bajo el liderazgo de Prusia. Y Napoleón III cayó en la trampa como un novato. La excusa fue un tema de sucesión al trono español que a nadie le importaba demasiado, pero Bismarck manipuló un telegrama diplomático para hacer parecer que los franceses habían sido insultados. El orgullo herido hizo el resto. Francia declaró la guerra el 19 de julio de 1870 convencida de que iba a ganar fácil.

La guerra fue un desastre absoluto para Francia. El ejército francés, que se creía invencible, resultó estar mal organizado, mal equipado y pésimamente dirigido. Los generales no se ponían de acuerdo, las líneas de suministro eran un caos y las tropas prusianas estaban mejor entrenadas, mejor armadas y tenían una organización militar que era la envidia de Europa. En apenas seis semanas, los prusianos arrasaron con todo. El 2 de septiembre de 1870, en la batalla de Sedán, capturaron al mismísimo Napoleón III. El emperador francés se rindió junto con más de 80.000 soldados. Fue una humillación de dimensiones históricas, de esas que marcan a un país durante generaciones.

Cuando la noticia llegó a París, la gente no lo podía creer. Dos días después, el 4 de septiembre, la multitud se volcó a las calles y proclamó la República. Se formó un Gobierno de Defensa Nacional que juró seguir peleando contra los prusianos. Pero la realidad militar era terminal. Y lo que venía era peor todavía: el sitio de París.


París sitiada

Los prusianos rodearon París en septiembre de 1870 y empezó un asedio que duró cuatro meses y medio. Cuatro meses y medio encerrados, sin que entrara comida, sin calefacción suficiente para soportar el invierno, sin esperanza real de que alguien viniera a rescatarlos. Fue agónico.

La gente empezó a comer lo que pudiera. Primero los caballos. Después los perros y los gatos. Después las ratas. En los restaurantes de lujo de París, para que te des una idea del nivel de desesperación, servían carne de elefante y de camello que habían sacrificado del zoológico del Jardín de Plantas. Hay menús de la época que lo registran: "consomé de elefante", "rata asada con salsa Robert". No era un chiste. Era la realidad de una ciudad de dos millones de personas que se moría de hambre.

El frío del invierno fue brutal. No había carbón para calefaccionar las casas. La gente talaba los árboles de los bulevares para hacer fuego. Los hospitales estaban colapsados, los médicos no daban abasto. Los chicos y los viejos se morían primero. Un dato que da escalofrío: la mortalidad infantil se triplicó durante el asedio. Se calcula que en total murieron entre 47.000 y 65.000 civiles parisinos, la mayoría por hambre y enfermedades. Y mientras la gente se moría, los globos aerostáticos eran la única forma de comunicarse con el exterior. Los parisinos mandaban cartas en globo, literalmente, para que sus familias supieran que seguían vivos.

Mientras tanto, el gobierno provisional liderado por Adolphe Thiers negociaba la rendición. Thiers era un político conservador, astuto, pragmático hasta la frialdad. No le interesaba la resistencia heroica. Quería terminar la guerra como fuera y preservar el orden social.

En enero de 1871 se firmó el armisticio. Las condiciones que impuso Bismarck fueron demoledoras: Francia perdía Alsacia y gran parte de Lorena, dos regiones industriales y simbólicamente importantísimas. Tenía que pagar una indemnización de guerra de cinco mil millones de francos, una cifra demencial para la época. Y como gesto de humillación máxima, las tropas prusianas desfilaron por los Campos Elíseos el 1 de marzo de 1871. Los parisinos cerraron las ventanas y colgaron trapos negros de los balcones. Fue un dolor colectivo que no se olvidó.


La chispa

Ahora, acá es donde todo se complica. París había soportado el asedio con un espíritu de resistencia feroz. Durante esos meses se habían formado unidades de la Guardia Nacional compuestas por trabajadores, artesanos, pequeños comerciantes. Gente común que se armó para defender su ciudad. Eran unos 300.000 hombres organizados en batallones. Y tenían cañones. Unos 400 cañones que habían sido comprados con dinero de los propios parisinos durante el asedio. Esos cañones eran suyos. No del gobierno, no del ejército regular. Del pueblo de París.

El gobierno de Thiers, que se había instalado en Versalles porque no se fiaba de la capital, miraba a esta Guardia Nacional armada con un miedo creciente. Sabía que la ciudad estaba furiosa: furiosa con la rendición, furiosa con la humillación, furiosa con un gobierno que había capitulado sin consultar a nadie.

Y entonces Thiers cometió el error que desencadenó todo. El 18 de marzo de 1871, de madrugada, mandó tropas regulares a Montmartre para llevarse los cañones de la Guardia Nacional. La idea era desarmar a París antes de que pudiera rebelarse.

Los soldados llegaron a Montmartre en la oscuridad, pero no habían traído suficientes caballos para transportar los cañones. Mientras esperaban refuerzos, amaneció. Y la gente del barrio se despertó, vio lo que estaba pasando y salió a la calle. Mujeres, chicos, obreros, todos rodearon a los soldados. Les gritaron que no se llevaran los cañones. Los increparon. Los miraron a los ojos.

Y acá pasó algo extraordinario: los soldados se negaron a disparar contra la multitud. Desobedecieron las órdenes. Algunos dieron vuelta los fusiles. Otros confraternizaron directamente con los civiles. Dos generales que intentaron restablecer el orden fueron capturados por la muchedumbre y fusilados. Fue violento, fue caótico, pero marcó el momento exacto en que el poder cambió de manos.

Thiers, cuando se enteró de lo que había pasado en Montmartre, tomó una decisión drástica e inmediata: ordenó la evacuación completa de todas las tropas regulares, de todos los funcionarios y de todo el aparato estatal de París. Se retiró a Versalles con sus ministros, sus generales, su burocracia. Dejó París vacía de autoridad oficial. La ciudad más importante de Francia quedó, de un día para el otro, en manos de sus propios habitantes.


La Comuna

El 26 de marzo se celebraron elecciones en París. Votaron unos 230.000 parisinos y eligieron un Consejo Comunal de 92 miembros. Dos días después, el 28 de marzo de 1871, se proclamó oficialmente la Comuna de París. Fue una fiesta popular enorme. Hubo música, discursos, banderas rojas por todos lados. La gente lloraba de emoción en las calles. Sentían que por primera vez en la historia, el pueblo gobernaba de verdad.

Y lo que hicieron en esos 72 días fue asombroso, sobre todo si pensás en el contexto: estaban rodeados por un ejército hostil que se preparaba para aplastarlos, no tenían experiencia real de gobierno, y sabían que el tiempo corría en su contra.

Separaron la Iglesia del Estado. Esto en 1871, cuando en la mayoría de los países europeos la Iglesia seguía teniendo un poder político enorme. Declararon la educación pública, laica y gratuita para todos. Establecieron que los funcionarios públicos no podían ganar más que un obrero calificado. Esta medida era extraordinaria: la idea de que gobernar no fuera un privilegio de los ricos sino un servicio a la comunidad, con un sueldo igual al de cualquier trabajador.

Impulsaron cooperativas obreras. Los talleres y fábricas abandonados por sus dueños, que habían huido de París, fueron entregados a los trabajadores para que los administraran colectivamente. Establecieron la igualdad salarial entre hombres y mujeres en la enseñanza pública, algo que en muchos países del mundo todavía no se logró completamente. Reconocieron las uniones libres y los derechos de los hijos nacidos fuera del matrimonio, que hasta entonces eran considerados "ilegítimos" y no tenían prácticamente ningún derecho. Suspendieron los desalojos y condonaron los alquileres atrasados acumulados durante el asedio.

Prohibieron el trabajo nocturno en las panaderías, que era una forma de explotación laboral terrible: los panaderos trabajaban de noche, en condiciones insalubres, sin descanso adecuado. Establecieron que los objetos empeñados en casas de empeño por menos de 20 francos, que eran básicamente las pertenencias de los pobres, fueran devueltos sin costo. Derribaron la Columna Vendôme, ese monumento que Napoleón I había erigido con el bronce de los cañones capturados al enemigo, porque lo veían como un símbolo del militarismo y la guerra de conquista. Fue un gesto provocador que les costó caro después.

Cada una de estas medidas, por separado, era radical para la época. Todas juntas, implementadas en 72 días, constituían una revolución social completa.


Louise Michel y las mujeres de la Comuna

Y acá hay que hablar de las mujeres, porque la Comuna fue un momento extraordinario para ellas. En una época en que las mujeres no podían votar, no podían tener propiedades a su nombre, no podían acceder a la universidad, las mujeres de París se organizaron, pelearon y participaron activamente del gobierno.

La más famosa es Louise Michel. Era maestra de escuela, anarquista, poeta, y tenía una valentía que dejaba a todo el mundo sin palabras. Durante el asedio prusiano ya había sido ambulanciera y combatiente voluntaria. Cuando empezó la Comuna, se convirtió en una de sus voces más potentes. Organizaba reuniones populares, daba discursos que levantaban multitudes, recorría las barricadas armada con un fusil. La llamaban "la Virgen Roja" y ella odiaba ese apodo porque no le interesaba que la convirtieran en un símbolo romántico. Quería acción, no mística.

Pero no estaba sola. Nathalie Lemel, una encuadernadora de libros bretona, cofundó la Unión de Mujeres para la Defensa de París y el Cuidado de los Heridos. Esta organización no solo atendía heridos sino que impulsaba talleres cooperativos de mujeres y reclamaba igualdad salarial concreta. Élisabeth Dmitrieff, una joven rusa de apenas 20 años enviada por Marx desde Londres, organizó cooperativas de trabajo femenino y peleó en las barricadas durante los últimos combates. Había mujeres administrando hospitales, mujeres enseñando en las escuelas reorganizadas, mujeres debatiendo en las asambleas de barrio.

La prensa conservadora las llamaba "les pétroleuses", las petroleras, acusándolas de incendiar edificios con botellas de petróleo durante la Semana Sangrienta. Era en gran parte propaganda diseñada para deshumanizarlas y justificar la represión. Pero la imagen de la mujer incendiaria se grabó en el imaginario francés durante décadas. El miedo a la mujer que se rebela es viejo, y la Comuna lo despertó con una fuerza que la clase dominante francesa no olvidó en mucho tiempo.


La Semana Sangrienta

La Comuna duró del 18 de marzo al 28 de mayo de 1871. Setenta y dos días exactos. Porque desde Versalles, Thiers preparaba meticulosamente la reconquista. Con la aprobación tácita de Bismarck, que liberó prisioneros de guerra franceses para que pudieran ser usados contra los comuneros, el ejército de Versalles fue creciendo hasta reunir más de 130.000 soldados bien armados y disciplinados.

El 21 de mayo, las tropas versallesas entraron a París por una puerta mal defendida en el suroeste de la ciudad. Empezó lo que la historia recuerda como la Semaine sanglante, la Semana Sangrienta. Y lo que pasó durante esos siete días fue una de las peores masacres en la historia de cualquier ciudad europea.

Los soldados de Versalles avanzaron barrio por barrio, calle por calle. Los comuneros levantaron barricadas y pelearon desesperadamente. Hubo combates casa por casa, como en una guerra urbana total. Pero la desproporción de fuerzas era enorme. Los comuneros eran valientes pero estaban mal coordinados entre sí, peor armados que un ejército regular, y no tenían una cadena de mando unificada.

Lo más terrible no fueron los combates en sí sino las ejecuciones sumarias. Los soldados versalleses tenían instrucciones brutales. Fusilaban a cualquiera que tuviera las manos manchadas de pólvora, que llevara un uniforme de la Guardia Nacional, o que simplemente les pareciera sospechoso. Las mujeres con las manos ennegrecidas, o que supuestamente olían a querosén, eran ejecutadas en el acto bajo la acusación de ser pétroleuses. No había proceso, no había apelación. Un oficial señalaba y un pelotón disparaba.

Durante esos días de combate, varios edificios emblemáticos de París ardieron. El Palacio de las Tullerías, el Hôtel de Ville, partes del Palacio de Justicia. Algunos incendios los provocaron los comuneros en retirada, otros fueron consecuencia directa de los bombardeos. La ciudad quedó devastada. Columnas de humo negro se veían desde kilómetros.

Los últimos combates se libraron en el este de París, en los barrios obreros de Belleville y Ménilmontant, que habían sido siempre el corazón de la Comuna. La última barricada cayó el 28 de mayo en la calle Ramponeau. Un solo comunero la defendía, según algunas fuentes. Disparó su último cartucho y desapareció. Y ese mismo día, en el cementerio del Père-Lachaise, se produjo la masacre final: los 147 prisioneros fusilados contra el muro que hoy es un lugar de peregrinación para la izquierda de todo el mundo.

Las cifras son escalofriantes. Se estima que entre 10.000 y 20.000 comuneros fueron ejecutados durante la Semana Sangrienta y en las semanas posteriores. Algunos historiadores elevan la cifra hasta 30.000. Para dimensionarlo: fueron más muertos en una semana que durante todo el Terror de la Revolución Francesa, que había durado más de un año. Cerca de 43.000 personas fueron arrestadas después. Miles fueron deportadas a Nueva Caledonia, una colonia francesa perdida en el Pacífico Sur, a meses de navegación de todo.

Louise Michel fue una de las deportadas. En su juicio, desafió al tribunal militar con una frase que se hizo célebre: "Si no soy cobarde, ustedes tampoco deberían serlo. Mátenme." No la mataron. La mandaron a Nueva Caledonia, donde pasó siete años. Ahí, dato notable, trabó relación con los kanak, el pueblo originario de la isla, y se solidarizó con su lucha contra el colonialismo francés. Cuando volvió a Francia después de una amnistía general, siguió militando con la misma intensidad hasta el día de su muerte, a los 74 años. Nunca se rindió.


El legado que no se apagó

Setenta y dos días. Parece nada. Pero la Comuna de París tuvo un impacto que excedió infinitamente su breve existencia.

Karl Marx, que seguía los acontecimientos desde Londres prácticamente en tiempo real a través de corresponsales, escribió "La guerra civil en Francia" apenas semanas después de la caída de la Comuna. Para Marx, la Comuna era la demostración práctica de que la clase obrera podía tomar el poder y organizar la sociedad de otra manera. Era la prueba viviente de que el Estado burgués podía ser reemplazado por algo diferente, algo construido desde abajo. La Comuna se convirtió en una referencia central del pensamiento marxista.

Lenin la estudió con obsesión. Antes de la Revolución Rusa de 1917, analizó metódicamente los errores de la Comuna: no tomaron el Banco de Francia, que siguió funcionando y financiando tranquilamente al gobierno de Versalles; no marcharon sobre Versalles cuando Thiers estaba débil y vulnerable; fueron, según Lenin, demasiado democráticos, demasiado deliberativos cuando necesitaban velocidad y decisión militar. Cuando los bolcheviques tomaron el poder en octubre de 1917, Lenin contó los días. Cuentan que cuando superaron el día 72, el récord de la Comuna, bailó en la nieve.

Pero la influencia de la Comuna va mucho más allá del marxismo. Los anarquistas la reivindican como un ejemplo de autogestión popular sin partido dirigente, sin burocracia centralizada. Los movimientos feministas la señalan como un momento fundacional en la lucha por los derechos de las mujeres. La separación de Iglesia y Estado que la Comuna implementó en 1871 se convirtió en ley en Francia recién en 1905, treinta y cuatro años después. La educación pública, laica y gratuita: otro legado directo que Francia adoptó formalmente con las leyes de Jules Ferry en la década de 1880. Los derechos laborales, las cooperativas de trabajo, la idea de que un funcionario no debería enriquecerse con su cargo: todo eso tiene raíces en esos 72 días de primavera parisina. Hasta la bandera roja como símbolo del movimiento obrero internacional se consolidó con la Comuna.


¿Por qué importa hoy?

Hay algo en la Comuna de París que sigue interpelando, que no envejece. Cada vez que un movimiento social ocupa una plaza, cada vez que trabajadores recuperan una fábrica como pasó tantas veces en Argentina después de 2001, cada vez que la gente se organiza desde abajo y dice "basta, podemos hacerlo distinto", el espíritu de la Comuna está ahí, como un eco que no se termina de apagar. No es casualidad que el 18 de marzo se conmemore en muchos países como un día de memoria obrera.

La Comuna no fue perfecta. Los comuneros cometieron errores graves. Fueron ingenuos en lo militar, desorganizados en lo estratégico, y no lograron extender la revolución más allá de los límites de París. La represión que sufrieron fue tan desproporcionada, tan salvaje, que durante décadas funcionó como una advertencia brutal: esto es lo que pasa cuando el pueblo se atreve a gobernar.

Pero también mostró algo que ninguna masacre pudo borrar. Que es posible, aunque sea por 72 días, organizar una sociedad de otra manera. Que personas comunes, obreros, maestras, artesanos, encuadernadoras de libros, pueden tomar decisiones sobre sus propias vidas sin que nadie les diga cómo hacerlo desde arriba. Que la igualdad no es solo un concepto abstracto sino algo que se puede construir, medida por medida, decreto por decreto, barricada por barricada.

El muro del Père-Lachaise sigue ahí. Las flores siguen apareciendo cada año. Y la historia de la Comuna de París sigue siendo, después de más de 150 años, una de las más potentes y conmovedoras que puede contar la historia moderna. Setenta y dos días que probaron que otro mundo era posible, y una semana de sangre que intentó asegurarse de que nadie lo olvidara. No lo olvidamos.

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