
Montaigne: por qué dudar de vos mismo es la forma más honesta de pensar
Montaigne convirtió la duda en método. Recorremos sus ensayos, su mirada sobre la condición humana y por qué pensar bien empieza por desconfiar de la propia certeza.
Un día de 1569, Michel de Montaigne salió a cabalgar cerca de su castillo, en el suroeste de Francia. Uno de sus hombres venía atrás, al galope, sobre un caballo mucho más pesado y veloz. Ese caballo chocó de lleno contra el de Montaigne. Lo tiró varios metros por el aire. Cayó al suelo inconsciente, con la boca llena de sangre coagulada, y todos a su alrededor lo dieron por muerto. Cuando despertó, no sintió dolor ni miedo. Sintió, según escribió después, una sensación extraña de flotar entre la vida y la muerte, sin poder distinguir bien dónde terminaba una y empezaba la otra. Ese golpe lo empujó a hacer algo que muy pocos pensadores de su época se habían animado a hacer antes: mirar hacia adentro y contar, con total honestidad, lo que encontraba ahí.
Montaigne: por qué dudar de vos mismo es la forma más honesta de pensar
Un chico criado en latín
Michel de Montaigne nació en 1533. Vino al mundo en el castillo familiar, cerca de Burdeos, en el suroeste de Francia. Su padre se llamaba Pierre Eyquem. Era un comerciante enriquecido cuya familia había comprado, pocas generaciones atrás, un título de nobleza junto con las tierras del castillo.
Pierre tenía ideas pedagógicas bastante particulares para la época. Decidió que el latín sería la primera lengua de su hijo, antes incluso que el francés. Contrató a un tutor alemán que no hablaba una palabra de francés. Ese tutor le hablaba a Michel exclusivamente en latín desde la cuna. Hasta los sirvientes de la casa tuvieron que aprender algunas frases básicas en ese idioma para poder comunicarse con el chico sin romper el experimento. El resultado fue notable: Montaigne dominaba el latín clásico casi como lengua materna, mucho antes de aprender bien el francés que hablaban sus vecinos.
Su padre también contrataba músicos para despertarlo cada mañana con una melodía suave. Quería evitar que el chico asociara el sueño con sobresaltos bruscos. Son detalles que hoy podrían figurar en un manual de crianza moderno. En el siglo dieciséis eran una rareza casi extravagante.
De adolescente, Montaigne devoró las "Metamorfosis" de Ovidio por puro placer, mucho antes de que se las asignaran como lectura obligatoria. Ese gusto temprano por la literatura latina lo acompañó toda la vida y explica, en parte, la cantidad de citas clásicas que después llenarían sus propios textos.
Estudió leyes, probablemente en Burdeos y en Toulouse. A los veintitantos años consiguió un puesto como magistrado en el Parlamento de Burdeos, un tribunal de justicia con funciones también políticas. Ahí conoció a un hombre que le cambiaría la vida por completo.
La amistad que lo marcó para siempre
Ese hombre se llamaba Étienne de la Boétie. Era un poco mayor que Montaigne y también magistrado. Además, era un joven autor prometedor: había escrito un ensayo político precoz sobre la servidumbre voluntaria, donde se preguntaba por qué la gente obedece a los tiranos sin que nadie la fuerce realmente a hacerlo.
Entre los dos surgió una amistad intensa, casi inmediata, del tipo que Montaigne describiría después como el vínculo humano más perfecto que puede llegar a existir. Duró apenas cuatro años. La Boétie murió en 1563, probablemente de disentería, todavía joven. Montaigne quedó devastado.
Años más tarde escribió sobre esa pérdida con una frase que resume mejor que cualquier análisis lo que sintió. Le preguntaban por qué habían sido tan amigos, y él respondía que no había manera de explicarlo con palabras precisas. La única respuesta posible era esta: "porque era él, porque era yo".
Montaigne estuvo presente en los últimos días de su amigo. Describió esa agonía con un nivel de detalle inusual para la época: los últimos gestos, las últimas frases, el momento exacto en que La Boétie dejó de respirar. Escribió una carta larga sobre esa muerte y se la envió a su propio padre. Esa carta circuló entre amigos y conocidos durante años, mucho antes de que Montaigne empezara a escribir los Ensayos.
Esa pérdida dejó un vacío enorme. Según muchos estudiosos de su obra, Montaigne intentó llenarlo más adelante escribiendo. Si ya no podía seguir conversando con su amigo, al menos podía conversar con el papel en blanco. De hecho, su idea original al empezar a escribir fue publicar, junto a sus propios textos, la obra completa de La Boétie. Solo más tarde ese proyecto se transformó en algo distinto: un libro que hablaba, sobre todo, de él mismo.
El retiro a la torre
En 1568 murió su padre. Montaigne heredó el castillo y las tierras de la familia. Tres años después, en 1571, a los treinta y ocho años, tomó una decisión drástica. Se retiró de la vida pública y se instaló en una torre del castillo. Ahí armó una biblioteca con cerca de mil libros, una cifra enorme para la época.
Mandó grabar una inscripción en latín sobre la puerta de esa torre. Decía que se retiraba a descansar en el regazo de las musas doctas. Estaba cansado, según sus propias palabras, de la esclavitud de la corte y de los cargos públicos. Quería dedicar el resto de su vida, ya más de la mitad recorrida, a la libertad, la tranquilidad y el ocio.
En las vigas de madera del techo de esa biblioteca hizo tallar unas cincuenta y siete frases. Las tomó de autores griegos y latinos como Sexto Empírico, Séneca y el libro del Eclesiastés. Todavía hoy, quien visita el castillo de Montaigne puede levantar la vista y leer esas máximas directamente sobre su cabeza. Muchas hablan de la incertidumbre humana, de lo poco que en realidad sabemos, de lo cambiante que resulta cualquier juicio humano.
Ahí, rodeado de esas frases talladas en madera, Montaigne empezó a escribir los textos que terminarían llamándose "Ensayos".
Qué significa la palabra "ensayo"
La palabra "ensayo" viene del francés "essai". Esa palabra, a su vez, viene del verbo "essayer": intentar, probar, poner a prueba. Antes de Montaigne, ese término no designaba ningún género literario. Era simplemente una palabra común, del francés cotidiano, sin ninguna pretensión filosófica.
Montaigne la eligió para titular sus textos por una razón muy precisa. No estaba escribiendo tratados con conclusiones cerradas, como hacían los filósofos escolásticos formados en la universidad. Estaba poniendo a prueba sus propias ideas sobre el papel. Las ensayaba, en el sentido casi teatral de la palabra: probaba un argumento para ver si resistía, le daba vueltas, y a veces se contradecía a sí mismo de un párrafo al siguiente sin ningún problema.
Ese detalle explica algo profundo sobre su método filosófico. Para Montaigne, pensar no era llegar a una verdad fija y después defenderla a toda costa. Era un proceso continuo, siempre inacabado, siempre dispuesto a corregirse a sí mismo con el paso del tiempo. De hecho, revisó y amplió sus Ensayos durante casi veinte años, agregando anotaciones al margen de ediciones anteriores cada vez que una idea nueva le parecía mejor que la anterior.
Ese invento literario, casi accidental, terminó siendo uno de los legados más duraderos de Montaigne. Hoy usamos la palabra "ensayo" en casi todos los idiomas occidentales, sin pensar demasiado en su origen. Cada vez que alguien escribe una columna de opinión, una reflexión personal en una revista, está usando, sin saberlo, una palabra que Montaigne acuñó hace casi quinientos años.
"¿Qué sé yo?"
El corazón filosófico de los Ensayos aparece con más fuerza en un texto largo llamado "Apología de Raimundo Sabunde". Ahí Montaigne desarrolla su escepticismo más profundo. Lo resumió en una frase que se convirtió en su lema personal, grabado incluso en una medalla que mandó acuñar junto a la imagen de una balanza: "Que sais-je?", "¿Qué sé yo?".
No era un escepticismo que negara cualquier posibilidad de conocimiento, como el de algunos filósofos griegos más radicales. Era, más bien, una actitud de cautela permanente frente a las certezas humanas. Montaigne había leído con atención a los escépticos griegos, sobre todo a Sexto Empírico, cuya obra se había traducido al latín pocos años antes. Tomó de esos autores la idea de que la razón humana, por sí sola, tiende a equivocarse mucho más de lo que le gustaría admitir.
Se burlaba, con una ironía muy fina, de la arrogancia con la que los seres humanos se consideran automáticamente superiores al resto de los animales. En un pasaje muy citado de la "Apología", se pregunta por su propia gata doméstica.
Esa pregunta, aparentemente liviana, encierra una idea filosófica seria. ¿Con qué autoridad decidimos que nuestra perspectiva es la única válida, o la más importante del universo? Montaigne aplicaba esa misma pregunta a la relación entre culturas distintas, entre religiones distintas, y entre las certezas de una época y las de otra completamente diferente.
Dudar para poder creer
Ese escepticismo tan radical podría sonar peligroso para la fe religiosa. Sin embargo, Montaigne lo usaba con un propósito casi opuesto. Si la razón humana es tan poco confiable, entonces no tiene sentido pretender demostrar racionalmente los grandes dogmas religiosos, ni tampoco derribarlos con argumentos puramente lógicos. Lo único razonable, según ese planteo, es apoyarse en la fe y en la tradición, precisamente porque la razón por sí sola no alcanza para decidir nada con seguridad total.
Esa estrategia tiene un nombre en la historia de la filosofía: fideísmo. Consiste en usar el escepticismo como herramienta para defender la fe, en lugar de usarlo para atacarla. Montaigne nunca lo formuló como un sistema cerrado, pero la lógica atraviesa buena parte de la "Apología de Raimundo Sabunde". Esa mezcla, entre duda radical y catolicismo tranquilo, sorprendió a muchos lectores de su época y todavía genera discusión entre los especialistas: ¿era Montaigne un creyente convencional que usaba el escepticismo como defensa, o un escéptico casi total que mantenía las formas religiosas por prudencia y por costumbre? El propio texto no ofrece una respuesta definitiva, algo perfectamente coherente con el espíritu general de su autor.
Los caníbales y una obra de Shakespeare
Esa desconfianza hacia la superioridad automática de la propia cultura aparece con mucha claridad en uno de sus ensayos más leídos, titulado "De los caníbales". Ahí Montaigne describe las costumbres de los pueblos originarios de Brasil. Se basó en relatos de viajeros y también en conversaciones directas con algunos de esos hombres, traídos hasta Francia y presentados en la corte.
En lugar de juzgarlos como salvajes, algo que hacía casi todo el mundo culto en su época, Montaigne le da vuelta al argumento por completo. Dice que llamamos "bárbaro" a todo aquello que simplemente no coincide con nuestras propias costumbres. Y agrega que, si se los mira sin ese prejuicio inicial, esos pueblos tienen virtudes que las sociedades europeas, con toda su supuesta civilización, sus guerras religiosas y sus torturas incluidas, están lejos de tener.
Ese ensayo tuvo una vida sorprendente fuera de Francia. Décadas después, el escritor inglés John Florio tradujo los Ensayos al inglés. William Shakespeare leyó esa traducción con atención, según demuestran varios estudios filológicos. En su obra "La Tempestad", el personaje de Gonzalo describe una sociedad utópica e igualitaria con frases que retoman, casi palabra por palabra, pasajes enteros del ensayo de Montaigne sobre los caníbales. Es una de las conexiones documentadas más directas entre un filósofo del Renacimiento y el teatro isabelino que vino después.
Un yo que cambia todo el tiempo
Montaigne no se limitaba a observar el mundo exterior. El verdadero objeto de estudio de los Ensayos era él mismo. Lo dijo de manera explícita en el prólogo de su libro: advertía a sus lectores que el contenido era frívolo y vano, sin ninguna utilidad práctica evidente, y que él mismo era la materia entera de su propio libro.
Pero su proyecto autobiográfico tenía una particularidad importante. No buscaba dejar un retrato fijo y ordenado de su vida, como haría una autobiografía convencional. Buscaba capturar el movimiento constante de su propio pensamiento. Escribió, en un pasaje célebre, que no pintaba el ser sino el paso. No ofrecía una fotografía fija de quién era, sino el registro de alguien que cambiaba de un minuto a otro, de un día a otro, incluso de un párrafo al siguiente dentro del mismo libro.
Esa idea puede sonar simple hoy. En el siglo dieciséis era radicalmente nueva. La filosofía y la teología de su época buscaban verdades eternas, definiciones estables, esencias fijas y universales. Montaigne proponía algo distinto: estudiar el yo humano tal como realmente se presenta en la vida cotidiana. Contradictorio. Cambiante. A veces valiente y a veces cobarde, incluso dentro de la misma semana.
Filosofar es aprender a morir
Uno de los grandes temas que recorre los Ensayos es la muerte. Montaigne retoma una idea de Cicerón, que a su vez venía de los estoicos: filosofar es, en el fondo, aprender a morir. Al principio de su carrera como escritor, Montaigne encaraba ese tema con bastante ansiedad. Buscaba en los filósofos antiguos técnicas mentales para prepararse frente al miedo a la muerte.
Con los años, y en buena medida a partir de su propia experiencia cercana a morir en aquel accidente de caballo, su actitud cambió. Empezó a sostener que preocuparse demasiado por la muerte, ensayarla mentalmente todo el tiempo, terminaba siendo peor que la muerte misma. Su experiencia real, la que había vivido en carne propia tirado en el suelo, no se pareció en nada a las imágenes terroríficas que la filosofía estoica le había enseñado a temer. Fue, según su propio relato, casi placentera, extrañamente suave.
Esa conclusión lo llevó a una posición más relajada frente a la existencia en general. Si la naturaleza se encarga de la muerte en el momento justo, sin que hagan falta demasiados ensayos mentales previos, entonces la tarea de vivir merece más atención que la tarea de anticipar el final.
Un mundo partido en dos
Todo esto ocurría en un contexto histórico particularmente violento. Francia atravesaba las guerras de religión entre católicos y protestantes, un conflicto que duró décadas y que incluyó masacres como la de San Bartolomé, en 1572, donde murieron miles de protestantes en pocos días. Montaigne, católico practicante pero de temperamento moderado, mantuvo relaciones cordiales con figuras de ambos bandos.
Entre 1581 y 1585 fue elegido alcalde de Burdeos, en dos mandatos consecutivos. La noticia de su elección le llegó mientras viajaba por Italia, lejos de Francia. En un principio intentó rechazar el cargo, alegando que su temperamento no era el de un hombre de acción. Terminó aceptándolo de todos modos, presionado por cartas oficiales que le recordaban su deber hacia la ciudad.
Le tocó gobernar Burdeos durante una epidemia de peste particularmente dura y en medio de la tensión constante entre católicos y protestantes. Actuó como intermediario informal entre Enrique de Navarra, líder protestante que después se convertiría al catolicismo para ceñir la corona de Francia, y distintos sectores de la Liga Católica. Su fama de hombre razonable y poco fanático lo convirtió en un interlocutor confiable para ambos lados de un conflicto que, la mayor parte del tiempo, no dejaba lugar para posiciones intermedias. Cuando terminó su segundo mandato, la peste ya avanzaba con fuerza sobre la ciudad. Montaigne decidió no quedarse a esperar el traspaso formal de poder, y se retiró de nuevo a su castillo. Ese episodio le costó después algunas críticas de quienes lo acusaron de abandonar su puesto en el peor momento posible.
El legado de mirar hacia adentro
La influencia de Montaigne resultó enorme y llegó por caminos muy distintos. René Descartes lo leyó de joven y, en parte, reaccionó contra su escepticismo. Si Montaigne dudaba de casi todo, Descartes buscó encontrar al menos una certeza indudable sobre la cual reconstruir el conocimiento entero: el famoso "pienso, luego existo". Sin el desafío escéptico que planteó antes Montaigne, ese proyecto cartesiano probablemente no habría tenido la misma urgencia filosófica.
Blaise Pascal leyó los Ensayos con una mezcla de admiración y desconfianza. Le molestaba la comodidad con la que Montaigne parecía instalarse en la duda permanente, sin buscar después una salida religiosa a esa incertidumbre. Aun así, buena parte del estilo de los "Pensamientos" de Pascal, esos fragmentos breves y personales, le debe mucho a la forma literaria que Montaigne había inventado casi un siglo antes.
Siglos más tarde, Friedrich Nietzsche llegó a escribir que el solo hecho de que un hombre como Montaigne hubiera existido y escrito aumentaba las ganas de vivir en este planeta. El ensayista inglés Francis Bacon, contemporáneo tardío de Montaigne, adoptó también la palabra "ensayo" para titular su propia colección de textos breves, publicada en Inglaterra pocos años después de la muerte del francés. Mucho más adelante, tanto Ralph Waldo Emerson en Estados Unidos como Virginia Woolf en Inglaterra citaron a Montaigne como una influencia decisiva en su propia manera de escribir sobre la experiencia personal. Woolf llegó a decir que el arte de escribir sobre uno mismo, sin impostura y sin vergüenza, era el más difícil de todos, y que Montaigne lo había dominado antes que nadie.
Esa tradición no se quedó encerrada en la literatura culta. La costumbre moderna de llevar un diario personal, de escribir para entender los propios pensamientos en lugar de solamente registrar hechos, tiene una de sus raíces más claras en el experimento que Montaigne empezó en aquella torre. Terapeutas contemporáneos recomiendan hoy el ejercicio de escribir sobre las propias emociones como herramienta de autoconocimiento, sin saber, muchas veces, que están recomendando una versión actualizada del mismo método que un noble francés practicó por primera vez hace casi cinco siglos.
Hoy, cada columna de opinión, cada newsletter personal, cada video donde alguien reflexiona en voz alta sobre su propia vida frente a una cámara, es heredero lejano de aquel noble francés que se encerró en una torre para escribirse a sí mismo con total honestidad. Montaigne murió en 1592, mientras intentaba escuchar una misa a pesar de una inflamación severa de garganta que apenas lo dejaba hablar. Fue una muerte silenciosa, casi irónica, para un hombre que había dedicado buena parte de su vida a poner en palabras absolutamente todo lo que pasaba por su cabeza.
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