
John Rawls: cómo diseñar una sociedad justa sin saber quién sos
Rawls propone imaginar la justicia desde un velo de ignorancia: sin saber qué lugar ocuparíamos, qué reglas elegiríamos para una sociedad realmente justa.
En agosto de 1945, un joven soldado del ejército estadounidense caminó entre los escombros de una ciudad japonesa, apenas semanas después de que una bomba atómica la borrara casi del mapa. No fue un dato que leyó después en un libro de historia. Lo vio con sus propios ojos: el polvo, los edificios reducidos a esqueletos, el silencio de una ciudad entera convertida en cementerio. Ese joven se llamaba John Rawls. Todavía no lo sabía, pero dentro de pocas décadas iba a escribir el libro de filosofía política más influyente del siglo veinte.
John Rawls: cómo diseñar una sociedad justa sin saber quién sos
De futuro pastor a soldado sin certezas
John Rawls nació en Baltimore en 1921. Tuvo una infancia marcada por la tragedia. Dos de sus hermanos menores murieron por enfermedades contagiosas que, según todo indica, contrajeron directamente de él. Uno murió de difteria, el otro de neumonía. Rawls cargó durante buena parte de su vida con una culpa silenciosa por esas dos muertes, aunque nunca fue responsable de haberlas causado. También desarrolló, desde chico, un tartamudeo que lo acompañaría el resto de su vida y que marcó profundamente su carácter reservado.
Antes de la Segunda Guerra Mundial, Rawls se preparaba para convertirse en pastor episcopal. Estudiaba teología en la Universidad de Princeton con esa vocación clara. La guerra interrumpió esos planes. Se alistó en el ejército y sirvió como soldado de infantería en el Pacífico, y finalmente en Japón, durante la ocupación posterior a la rendición. Ahí vivió dos experiencias que terminaron de quebrar su fe religiosa. Vio morir a un compañero cercano por una bala que, según él mismo llegó a pensar, podría haberlo alcanzado a él en su lugar. Y presenció, poco después de la rendición japonesa, la devastación de una de las ciudades bombardeadas con armas atómicas.
Rawls contó después que un capellán del ejército, en medio de esos horrores, insistía en que Dios estaba del lado de las tropas estadounidenses. Esa afirmación le pareció, con el correr de los años, cada vez más insostenible. Si Dios permitía semejante sufrimiento indiscriminado, la idea de un plan divino ordenado y justo perdía todo sentido para él. Rawls abandonó su vocación religiosa y su plan de convertirse en pastor. Pero no abandonó la pregunta de fondo que esa vocación llevaba implícita: cómo puede el sufrimiento humano organizarse, o al menos limitarse, dentro de un marco que merezca llamarse justo.
Harvard y un objetivo ambicioso: revivir la filosofía política
Terminada la guerra, Rawls volvió a Princeton, ya no para estudiar teología sino filosofía. Se doctoró en 1950. Después de pasar por Cornell y el MIT, se instaló en la Universidad de Harvard en 1962, donde enseñó durante casi treinta años y formó a varias generaciones de filósofos políticos que después ocuparían cátedras en todo el mundo.
Cuando Rawls empezó su carrera académica, la filosofía política normativa —la que se pregunta cómo deberían organizarse las sociedades, y no solo cómo describir las que ya existen— atravesaba una crisis profunda. Buena parte de la filosofía angloamericana de mediados de siglo veinte estaba dominada por corrientes que desconfiaban de cualquier intento sistemático de decir qué es justo y qué no lo es. Se consideraba que esas preguntas eran, en el mejor de los casos, expresiones de preferencias personales, sin estatus racional comparable al de la ciencia. Algunos colegas de Rawls llegaron a afirmar, con total seriedad, que la filosofía política como disciplina seria estaba prácticamente muerta.
Rawls dedicó buena parte de dos décadas a demostrar exactamente lo contrario. El resultado fue "Teoría de la justicia", publicado en 1971, después de años de trabajo silencioso y de versiones preliminares que hizo circular entre colegas mucho antes de la publicación final. El libro tuvo un impacto inmediato y descomunal. Revitalizó por completo la filosofía política académica, y todavía hoy sigue siendo uno de los textos más citados de toda la disciplina.
La posición original: diseñar la sociedad antes de nacer
El corazón del proyecto de Rawls es un experimento mental que él llamó la posición original. La pregunta que plantea es la siguiente. Si un grupo de personas racionales tuviera que ponerse de acuerdo, desde cero, sobre las reglas básicas que van a organizar toda una sociedad, ¿qué reglas elegirían? Rawls no pregunta qué reglas elegiríamos vos o yo, tal como somos ahora, con nuestra posición social concreta, nuestros talentos particulares y nuestros intereses específicos. Pregunta qué reglas elegiría cualquier persona racional, si tuviera que decidir sin saber de antemano qué lugar va a ocupar en esa sociedad una vez que las reglas ya estén en marcha.
Ese detalle es la pieza central de todo el argumento. Rawls retoma ahí la vieja tradición del contrato social, la misma que ya habían usado Hobbes, Locke y Rousseau. Pero la lleva a un nivel de abstracción mucho más alto. No se trata de imaginar un pacto histórico real entre individuos concretos. Se trata de imaginar una situación puramente hipotética, diseñada específicamente para garantizar que las reglas elegidas ahí sean imparciales.
El velo de la ignorancia
Para lograr esa imparcialidad, Rawls introduce el elemento más célebre de toda su teoría: el velo de la ignorancia. Los participantes de la posición original, según Rawls, deben decidir las reglas de la sociedad sin saber absolutamente nada sobre su propio lugar futuro dentro de ella. No saben si van a nacer ricos o pobres. No saben si van a tener talentos naturales excepcionales o limitaciones severas. No saben su género, su raza, su religión, ni siquiera su concepción particular de lo que hace que una vida valga la pena vivirse.
Ese velo de ignorancia cumple una función muy precisa. Impide que cualquier participante diseñe reglas a medida de su propia situación particular. Si alguien supiera, por ejemplo, que va a nacer en una familia acaudalada, podría sentirse tentado a diseñar un sistema que proteja especialmente la herencia y la propiedad privada, sin ninguna consideración por quienes nacen en condiciones desventajosas. El velo elimina esa tentación, porque nadie sabe todavía en qué posición va a terminar. La única estrategia racional, en esas condiciones, es diseñar reglas que resulten razonables sin importar en qué lugar de la sociedad termine cayendo cada uno.
Cortá vos, elijo yo: la lógica de la imparcialidad
Hay una analogía simple, muy usada para explicar esta idea, que Rawls mismo no inventó pero que resume bastante bien su lógica. Imaginemos dos chicos que tienen que repartirse una torta. Si uno de ellos corta la torta y el otro elige primero qué pedazo se queda, el que corta tiene un incentivo enorme para dividirla lo más parejo posible. Cualquier desigualdad en el corte terminará jugando en su propia contra, porque el otro chico va a elegir siempre el pedazo más grande. El mecanismo produce equidad, no porque el que corta sea especialmente generoso, sino porque la propia estructura del juego lo obliga a serlo.
El velo de la ignorancia funciona con una lógica parecida, aplicada a la sociedad entera. Como nadie sabe qué lugar va a ocupar una vez que se levante el velo, cada participante tiene un incentivo racional para diseñar reglas que protejan razonablemente a cualquier posición posible, incluida la peor de todas. Nadie querría terminar en la parte más desfavorecida de una sociedad organizada según reglas que solo benefician a quienes ya están arriba.
Esta misma lógica de "cortá vos, elijo yo" no se quedó en el plano metafórico. Naciones Unidas la usó de manera literal en 1982. La Convención sobre el Derecho del Mar necesitaba repartir zonas de extracción minera en los fondos oceánicos entre países desarrollados y países en desarrollo. El mecanismo acordado fue exactamente ese: una parte proponía dos zonas posibles, la otra elegía cuál se quedaba. Nadie sabía de antemano cuál sería más rica en minerales. Por eso ambas partes tenían el mismo incentivo para proponer una división pareja.
Los dos principios de justicia
A partir de ese experimento mental, Rawls sostiene que las personas en la posición original elegirían, de manera racional, dos principios básicos para organizar la sociedad. El primero es el principio de libertad: cada persona tiene un derecho igual al conjunto más amplio posible de libertades básicas, compatible con que todos los demás tengan ese mismo derecho. Ahí entran la libertad de expresión, de conciencia, de reunión, y los derechos políticos fundamentales. Este primer principio tiene, además, prioridad absoluta sobre el segundo. Ninguna ganancia económica, por grande que sea, justifica sacrificar las libertades básicas de nadie.
El segundo principio se ocupa de las desigualdades sociales y económicas. Rawls no exige una igualdad económica absoluta, algo que a primera vista podría sorprender de un filósofo tan preocupado por la justicia distributiva. Reconoce que ciertas desigualdades pueden ser aceptables, incluso deseables, siempre que cumplan dos condiciones. Primero, que estén ligadas a posiciones abiertas a todos en condiciones de igualdad de oportunidades genuina, no solo formal. Segundo, y esta es la parte más original de su teoría, que esas desigualdades terminen beneficiando a los miembros menos aventajados de la sociedad.
El principio de diferencia: por qué la desigualdad a veces se justifica
A esa segunda condición Rawls la llama el principio de diferencia, y es probablemente la pieza más discutida de toda su obra. La idea es la siguiente. Una desigualdad económica solo está justificada si, en comparación con una distribución más igualitaria, termina mejorando la situación de quienes están peor. Si permitirle a un cirujano ganar un salario mucho más alto que el promedio incentiva a más gente talentosa a formarse en medicina, y eso termina mejorando la atención médica disponible incluso para los pacientes más pobres, esa desigualdad salarial estaría justificada según el principio de diferencia. Si, en cambio, una desigualdad no produce ningún beneficio para los sectores más desfavorecidos, y solo sirve para acumular ventajas en la cima, Rawls la consideraría injusta.
Este razonamiento se apoya en una regla de decisión tomada de la teoría de juegos, que Rawls llama la regla maximin. Cuando alguien tiene que elegir entre distintas opciones sin saber con certeza en qué posición va a terminar, la estrategia más racional, sostiene Rawls, es maximizar el resultado mínimo posible. Es decir, elegir la opción que le garantice el mejor resultado posible en el peor de los escenarios. Detrás del velo de la ignorancia, nadie sabe si va a terminar siendo el ganador o el perdedor del sistema social. Por eso la apuesta racional es proteger primero a quien queda en la posición más desfavorecida.
> "La justicia es la primera virtud de las instituciones sociales, como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento."
Esa frase, con la que Rawls abre "Teoría de la justicia", resume su punto de partida filosófico. Así como una teoría científica, por elegante que sea, debe descartarse si resulta falsa, una institución social, por eficiente que sea, debe reformarse si resulta injusta. Ningún argumento de eficiencia agregada puede compensar, para Rawls, una injusticia fundamental en la estructura básica de la sociedad.
El equilibrio reflexivo: cómo se pone a prueba una teoría moral
Rawls no pretendía deducir sus dos principios de manera puramente lógica, como un teorema matemático. Propuso, en cambio, un método al que llamó equilibrio reflexivo. La idea funciona en dos direcciones a la vez. Por un lado, partimos de ciertas intuiciones morales muy firmes, compartidas por casi cualquier persona razonable. Por ejemplo, que la esclavitud es injusta bajo cualquier circunstancia. Por otro lado, construimos principios generales que intenten explicar de manera sistemática esas intuiciones. Si un principio general choca con una intuición particularmente firme, ajustamos el principio. Si una intuición aislada resulta incompatible con un principio bien fundado y coherente, reconsideramos esa intuición. El proceso se repite de ida y vuelta hasta que principios e intuiciones queden en equilibrio mutuo. Rawls no inventó ese método. Lo tomó de la epistemología, y lo convirtió en herramienta central de su filosofía política.
Contra el utilitarismo: la seriedad de la distinción entre las personas
Buena parte de la energía filosófica de Rawls está dirigida contra el utilitarismo, la corriente que habíamos visto con Bentham y con Mill. El utilitarismo clásico busca maximizar el bienestar agregado de toda la sociedad, sumando placeres y restando sufrimientos como si fueran cantidades intercambiables entre distintas personas. Rawls encontró un problema serio en esa lógica. Si lo único que importa es el total agregado de bienestar, en teoría nada impide sacrificar a una minoría para aumentar el bienestar de la mayoría, siempre que la ganancia total supere la pérdida.
Rawls sostuvo que esa lógica ignora algo fundamental: cada persona es un individuo separado, con su propia vida y su propio valor moral irreductible, que no puede diluirse dentro de un cálculo agregado de utilidad social. Según escribió, tomarse en serio esa separación entre las personas es precisamente lo que el utilitarismo no logra hacer. Su propia teoría de la justicia buscaba corregir ese punto ciego, garantizando que ninguna estructura social pudiera justificar el sacrificio sistemático de un grupo en nombre del bienestar general.
Nozick y la respuesta libertaria
La teoría de Rawls generó una respuesta filosófica casi inmediata, y una de las más influyentes vino de un colega suyo en Harvard: Robert Nozick. En 1974, apenas tres años después de "Teoría de la justicia", Nozick publicó "Anarquía, Estado y utopía", un libro que defendía una visión radicalmente distinta de la justicia distributiva, mucho más cercana al libertarismo clásico.
Nozick argumentó que Rawls se equivocaba al juzgar la justicia de una distribución económica mirando solamente su resultado final, sin importar cómo se había llegado a ese resultado. Propuso un ejemplo que se volvió célebre entre estudiantes de filosofía política: imaginemos una sociedad con una distribución de riqueza perfectamente igualitaria, y que un jugador de básquet extraordinariamente talentoso, capaz de atraer multitudes dispuestas a pagar solo por verlo jugar, termina acumulando una fortuna considerable gracias a transacciones libres y voluntarias de miles de aficionados. Para Nozick, esa desigualdad resultante no tiene nada de injusta, siempre que cada transacción individual haya sido voluntaria. Lo que importa, según su enfoque, no es el patrón final de distribución sino la legitimidad del proceso que lo produjo.
El debate entre Rawls y Nozick se convirtió en uno de los ejes centrales de la filosofía política de las últimas décadas del siglo veinte, y sigue estructurando buena parte de las discusiones actuales sobre impuestos, redistribución y el rol legítimo del Estado en la economía.
Sandel y la crítica comunitarista
No toda la resistencia a Rawls vino del libertarismo de Nozick. Otra crítica llegó del filósofo comunitarista Michael Sandel. En 1982 publicó "El liberalismo y los límites de la justicia". Ahí cuestionó un supuesto escondido detrás de la posición original. Para imaginar a alguien deliberando detrás del velo de la ignorancia, sin saber su género, su clase social ni sus propios objetivos de vida, hay que suponer que existe un yo separable de todos esos atributos. Sandel llamó a esa figura el "yo desvinculado". Argumentó que ese yo no existe en la realidad. Según Sandel, nuestra identidad está constituida en buena parte por los lazos comunitarios, familiares y culturales que Rawls le pide a los participantes que ignoren por completo. Quitarle a una persona su comunidad, su historia y sus vínculos no deja atrás a un individuo racional más puro. Deja, sostuvo, a alguien sin ningún contenido identificable.
Rawls respondió parcialmente a este tipo de objeciones años después, en "Liberalismo político", de 1993. Ahí aclaró que la posición original no pretendía describir la naturaleza metafísica real de las personas. Era apenas un dispositivo de representación, útil para pensar la imparcialidad, sin ninguna pretensión de verdad psicológica profunda. También introdujo ahí el concepto de consenso superpuesto: ciudadanos con visiones religiosas y morales muy distintas pueden coincidir en apoyar los mismos principios básicos de justicia, cada uno desde sus propias razones.
El filósofo que casi no hablaba en público
A pesar de la enorme influencia de su obra, Rawls fue durante toda su vida una persona extremadamente reservada. Su tartamudeo infantil nunca desapareció del todo, y contribuyó a que evitara sistemáticamente la exposición pública. Dio muy pocas entrevistas en toda su carrera. La más extensa se la concedió, ya bastante mayor, a un filósofo japonés que había traducido su obra, y quedó como uno de los pocos documentos donde habló sobre su propia biografía y sus motivaciones personales.
Sus colegas y alumnos coincidían en describirlo como un profesor extraordinario, generoso con su tiempo y meticuloso hasta el extremo con cada argumento que desarrollaba. Prefería, con claridad, el trabajo silencioso de escritura y revisión antes que cualquier forma de figuración pública. Esa combinación de timidez personal y ambición filosófica descomunal se convirtió, con el tiempo, en parte de la leyenda que rodea su figura dentro de la disciplina.
Por qué Rawls sigue importando
La influencia de Rawls se extiende mucho más allá de los departamentos universitarios de filosofía. El concepto del velo de la ignorancia se volvió una herramienta habitual para pensar la imparcialidad en contextos muy concretos. Un ejemplo real y bastante citado es el de las audiciones a ciegas en las orquestas sinfónicas. Cuando los músicos que evalúan a un candidato no pueden verlo, porque toca detrás de una pantalla, deciden exclusivamente en base a lo que escuchan. Ese mecanismo funciona, en escala pequeña, casi como un velo de ignorancia real. Varios estudios documentaron cambios significativos en esos resultados una vez introducida la pantalla.
La televisión también encontró maneras de popularizar las ideas de Rawls. La serie "The Good Place" dedica episodios enteros a discutir qué significa merecer un lugar en un más allá justo. Menciona de manera explícita buena parte del vocabulario que Rawls ayudó a poner de moda entre el público general.
Rawls murió en 2002, después de sufrir una serie de derrames cerebrales que le impidieron seguir escribiendo con la misma intensidad de sus últimos años productivos. Dejó, sin embargo, una obra que sigue marcando la agenda de cualquier discusión seria sobre justicia distributiva, igualdad de oportunidades y el rol legítimo del Estado. La pregunta que dejó planteada sigue siendo tan difícil de responder hoy como en 1971: qué reglas elegiríamos, en el fondo, si tuviéramos que diseñar la sociedad entera sin saber todavía qué lugar nos va a tocar ocupar en ella.
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