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Hobbes: por qué sin un Estado fuerte la vida sería una guerra de todos contra todos
Episodio 41

Hobbes: por qué sin un Estado fuerte la vida sería una guerra de todos contra todos

Andres AguilarAndres Aguilar

En 1588, el pánico por la Armada Invencible española adelantó dos meses el nacimiento de Thomas Hobbes, quien de grande resumió su filosofía entera con una frase: el miedo y yo nacimos mellizos, la semilla de su defensa de un Estado fuerte.

En 1588 los cañones de la Armada Invencible española avanzaban hacia las costas de Inglaterra, y en Malmesbury la noticia corrió tan rápido que provocó algo insólito. Una mujer entró en trabajo de parto dos meses antes de tiempo, aterrada por los rumores de invasión. Dio a luz a un hijo que después se convertiría en uno de los filósofos políticos más influyentes de la historia. Ese hijo, ya adulto, resumió su propio nacimiento con una frase que se volvió célebre: el miedo y yo nacimos mellizos. Pocas biografías filosóficas empiezan con una imagen tan literal de lo que después sería el centro de toda su obra.

Hobbes: por qué sin un Estado fuerte la vida sería una guerra de todos contra todos

Nacido con miedo: la infancia de Hobbes y la Armada Española

Thomas Hobbes nació el 5 de abril de 1588 en Westport, un pueblo cercano a Malmesbury, en el sur de Inglaterra. Su padre era un vicario rural con poca vocación por el estudio y menos aún por el autocontrol. Una tarde se metió en una pelea a las trompadas afuera de su propia iglesia. Tuvo que huir de la parroquia. Desapareció de la vida de su hijo para siempre. Thomas quedó al cuidado de un tío. Ese tío reconoció rápido que el chico tenía una inteligencia fuera de lo común. Decidió pagarle una educación seria.

Hobbes entró a la Universidad de Oxford a los catorce años. No le gustó casi nada de lo que enseñaban ahí. Consideraba que la lógica escolástica que dominaba los claustros era un ejercicio vacío, desconectado del mundo real. Se graduó de todas formas. Consiguió un puesto que marcaría el resto de su vida profesional: tutor privado de la familia Cavendish, una de las más poderosas de Inglaterra. Ese trabajo le dio algo que pocos intelectuales de su época tenían disponible. Le dio acceso a bibliotecas privadas, a viajes por Europa y a los círculos científicos y filosóficos más avanzados del continente.

Un tutor entre nobles y genios: Hobbes conoce a Galileo y a Descartes

Durante sus viajes con los Cavendish, Hobbes visitó Francia e Italia varias veces. En uno de esos viajes conoció personalmente a Galileo Galilei en Florencia. En otro, en París, se sumó al círculo intelectual del padre Marin Mersenne. Ese círculo era un punto de encuentro habitual para pensadores como Descartes. Ahí Hobbes discutió ideas de física, geometría y filosofía natural con algunas de las mentes más agudas de su tiempo.

Hubo un episodio que Hobbes mismo contó después como un momento decisivo. Tenía cerca de cuarenta años cuando, en la biblioteca de un caballero, se topó por casualidad con un ejemplar abierto de los Elementos de Euclides. Leyó una proposición geométrica y no le cerraba. Le pareció imposible. Siguió la demostración hacia atrás, proposición por proposición, hasta llegar a los axiomas iniciales. Ahí entendió cómo funcionaba el método: partir de verdades evidentes y encadenar deducciones rigurosas hasta construir certezas complejas. Quedó fascinado. Decidió que la filosofía política necesitaba ese mismo rigor. Si la geometría podía deducir verdades incuestionables a partir de axiomas simples, la política también debía poder hacerlo a partir de verdades simples sobre la naturaleza humana.

Inglaterra en llamas: la guerra civil que obligó a Hobbes a huir

Para entender por qué Hobbes le teme tanto al caos, hay que entender el contexto en el que escribió su obra principal. Inglaterra atravesó, entre 1642 y 1651, una guerra civil brutal. Enfrentó al rey Carlos I contra el Parlamento. Las tensiones venían de años atrás, por disputas religiosas, por impuestos y por la pregunta de fondo sobre quién tenía la autoridad última para gobernar el país.

Hobbes apoyaba la causa realista, la del rey. En 1640, antes incluso de que estallara la guerra abierta, sintió que el ambiente político se volvía demasiado peligroso para alguien con sus ideas. Cruzó el canal y se instaló en París. Ahí pasó once años en el exilio, siguiendo desde la distancia las noticias de un país que se despedazaba a sí mismo. En 1649, el Parlamento hizo algo que hasta entonces era casi impensable en Europa. Juzgó al rey Carlos I y lo ejecutó públicamente por traición. Fue un shock para buena parte del continente. Confirmó, a los ojos de Hobbes, algo que él ya sospechaba: cuando la autoridad política se fragmenta y nadie tiene la última palabra, el resultado es sangre.

En medio de ese exilio parisino, en 1651, Hobbes publicó el libro que lo volvería inmortal: Leviatán. Lo escribió, según él mismo explicó, no como un ejercicio académico abstracto sino como una respuesta urgente a la pregunta más práctica que podía hacerse un inglés en esos años. Cómo evitar que algo así vuelva a pasar.

El estado de naturaleza: la guerra de todos contra todos

El argumento central de Hobbes arranca con un experimento mental. Imaginemos que no existe ningún gobierno, ninguna ley, ninguna autoridad capaz de hacer cumplir un acuerdo. A eso Hobbes lo llama el estado de naturaleza. No es un lugar geográfico ni una época histórica concreta. Es una situación hipotética que sirve para entender por qué necesitamos al Estado.

Hobbes parte de una observación sobre la naturaleza humana que en su momento resultó bastante provocadora. Los seres humanos, dice, son básicamente iguales en fuerza y en inteligencia. Incluso el más débil puede matar al más fuerte, con astucia, con veneno o durmiendo mientras el otro descansa. Esa igualdad de capacidades genera una igualdad de esperanzas. Todos aspiramos a los mismos recursos escasos.

De esa igualdad, según Hobbes, nacen tres causas de conflicto. La primera es la competencia. Cuando dos personas quieren la misma cosa y no pueden tenerla las dos, se vuelven enemigas. La segunda es la desconfianza. Como no hay ninguna autoridad que garantice mi seguridad, la estrategia más racional es atacar primero antes de que me ataquen a mí. La tercera es la gloria. Hay gente dispuesta a pelear simplemente por reputación, por el mero hecho de sentirse superior.

Sin un poder común que mantenga a todos a raya, esas tres causas producen un estado permanente de guerra. Hobbes aclara algo importante ahí. No hace falta que haya combates todo el tiempo para que exista un estado de guerra. Alcanza con que la voluntad de combatir esté siempre latente, con que nadie pueda confiar en la paz del día de mañana. Esa inseguridad constante ya es, en sí misma, una forma de guerra.

> "En tal condición no hay lugar para la industria, porque su fruto es incierto: y por consiguiente no hay cultivo de la tierra, ni navegación, ni uso de los bienes que pueden importarse por mar, ni construcción cómoda, ni instrumentos para mover las cosas que requieren mucha fuerza, ni conocimiento de la faz de la tierra, ni cómputo del tiempo, ni artes, ni letras, ni sociedad; y lo que es peor de todo, hay miedo continuo y peligro de muerte violenta, y la vida del hombre es solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta."

Esa cita es probablemente el pasaje más citado de toda la filosofía política moderna. Resume en una sola frase larga lo que significa vivir sin ningún tipo de autoridad compartida. Sin seguridad no hay agricultura a largo plazo, porque nadie planta algo que otro puede robarle mañana. Sin seguridad no hay comercio, ni ciencia, ni arte. La civilización entera, para Hobbes, depende de un mínimo de orden garantizado.

El contrato social: renunciar a la libertad para conseguir la paz

Si el estado de naturaleza es tan terrible, la pregunta lógica es cómo salir de ahí. Hobbes responde con un mecanismo que hoy conocemos como contrato social. En el estado de naturaleza, dice Hobbes, cada persona tiene un derecho ilimitado sobre todo, incluso sobre el cuerpo de las demás personas. Ese derecho universal es precisamente lo que genera el conflicto permanente. La solución consiste en que todos, al mismo tiempo, renuncien a ese derecho ilimitado y lo transfieran a una autoridad común.

Ese pacto no se hace con el futuro gobernante. Se hace entre los propios individuos, unos con otros. Cada persona le dice, en esencia, a todas las demás: yo renuncio a mi derecho de gobernarme a mí mismo, siempre y cuando vos hagas lo mismo, y que ese derecho pase a manos de esta autoridad. Una vez hecho ese pacto, la autoridad resultante concentra todo el poder que antes estaba disperso entre individuos en conflicto permanente. Hobbes la llama el soberano.

El soberano puede ser una sola persona, un rey, o puede ser una asamblea. Lo que importa para Hobbes no es tanto la forma de gobierno sino que exista una autoridad única e indivisible, con poder suficiente para hacer cumplir la ley y castigar a quien la rompa. Sin ese poder de castigo, cualquier acuerdo entre humanos queda a merced de la primera persona dispuesta a romperlo. Un contrato sin espada, escribió Hobbes, no es más que palabras.

Leviatán: el monstruo bíblico que se volvió el Estado

El título del libro de Hobbes viene de un monstruo marino descripto en el Libro de Job, dentro de la Biblia hebrea. Es una criatura gigantesca, casi invencible, que ningún ser humano puede dominar por la fuerza. Hobbes tomó esa imagen. La convirtió en metáfora central de su filosofía política. El Estado, dice, debe ser como ese monstruo: un poder tan grande que nadie individualmente pueda desafiarlo.

La palabra hebrea original es "livyatan". Algunos estudiosos creen que su raíz está relacionada con la idea de enroscarse o retorcerse, como hace una serpiente gigante. Hobbes encontró en esa imagen exactamente lo que necesitaba. Un ser artificial, creado por el acuerdo de los hombres, pero con un poder que supera al de cualquier individuo particular. En la portada original del libro, publicada en 1651, hay un grabado famoso. Muestra a un gigante coronado que se eleva sobre un paisaje. Su cuerpo está formado por cientos de personas diminutas. Cada persona representa a un ciudadano. Juntos, todos esos cuerpos individuales conforman el cuerpo único del Estado. Es una de las imágenes políticas más reproducidas de la historia del pensamiento occidental.

Hobbes también llamó al Leviatán un "dios mortal". Con esa frase quería marcar que el Estado ejerce, dentro de la sociedad, un poder casi tan absoluto como el que la tradición religiosa le atribuía a Dios. Pero a diferencia de Dios, el Leviatán es una creación puramente humana. Es mortal, y está sujeta a las mismas leyes de decadencia que cualquier otra institución construida por personas.

Un poder que debe ser fuerte, aunque no completamente ilimitado

Uno de los aspectos más discutidos de la filosofía de Hobbes es hasta dónde llega el poder del soberano. Hobbes sostiene que el soberano no puede dividirse. No hay separación de poderes en su modelo. Un poder legislativo separado de un poder judicial, o de un poder ejecutivo, es para Hobbes una receta directa para el conflicto interno. Si distintas ramas del Estado pueden entrar en desacuerdo entre sí, se reproduce dentro del propio gobierno la misma lógica de guerra que el contrato social debía eliminar.

El soberano tampoco firma el contrato original. Son los súbditos quienes pactan entre sí. Le entregan el poder a una tercera parte que queda fuera del acuerdo original. Esto tiene una consecuencia lógica importante: como el soberano nunca firmó nada, no puede violar ningún contrato frente a sus súbditos. No existe, en la teoría de Hobbes, un derecho formal de rebelión contra un mal gobierno.

Sin embargo, hay un límite que Hobbes sí reconoce, y que suele sorprender a quien lo lee por primera vez. Ningún súbdito está obligado a colaborar en su propia muerte. Si el soberano ordena directamente ejecutar a una persona, esa persona conserva el derecho natural de resistirse físicamente, de intentar escapar o defenderse. La obligación política de Hobbes, por más absoluta que parezca en la superficie, siempre tiene como límite último la propia supervivencia individual. Esa fue, precisamente, la razón original por la que cualquiera aceptaría el pacto: proteger la propia vida. Un pacto que exigiera entregar la vida misma se contradiría a sí mismo.

Un carácter particular: tenis, miedo a la oscuridad y Homero a los ochenta y seis años

Hobbes no encajaba con la imagen del filósofo encerrado en su estudio. Jugaba al tenis de manera habitual hasta los setenta y cinco años, porque estaba convencido de que el ejercicio físico prolongaba la vida y despejaba la mente. También le gustaba el ajedrez, y discutía de matemática con cualquiera dispuesto a escucharlo. Al mismo tiempo, según relataron varios de sus contemporáneos, Hobbes le tenía terror a la oscuridad y prefería dormir con una vela encendida. La ironía no pasó inadvertida entre sus biógrafos: el hombre que había escrito el retrato más frío y racional del miedo humano seguía, en su vida privada, sin poder controlar del todo el suyo propio.

Su rivalidad intelectual con Descartes también dejó anécdotas curiosas. Cuando Descartes hizo circular el borrador de sus "Meditaciones metafísicas" antes de publicarlas, le pidió a varios pensadores que le mandaran objeciones. Hobbes fue uno de ellos. Sus críticas fueron tan directas y tan poco respetuosas del tono habitual entre filósofos que Descartes terminó respondiéndole con una frialdad notoria, y la relación entre los dos nunca se recompuso del todo. Hobbes, por su parte, nunca ocultó que consideraba el dualismo cartesiano —la idea de que la mente es una sustancia separada del cuerpo— una confusión filosófica innecesaria.

Ya en sus últimos años, retirado en la casa de campo de la familia Cavendish, Hobbes emprendió un proyecto que sorprendió a quienes lo conocían. Tradujo al inglés la Ilíada y la Odisea de Homero completas, cuando ya tenía más de ochenta y seis años. Lo hizo, según explicó él mismo con humor, porque no tenía otra cosa mejor que hacer y quería mantener la mente ocupada. Murió en 1679, a los noventa y un años, una edad enorme para la época. Sus últimas palabras, según el relato de quienes lo acompañaban, fueron que estaba a punto de dar "un gran salto hacia la oscuridad". Es difícil imaginar una frase final más coherente con la obra de un hombre que había nacido, según sus propias palabras, mellizo del miedo.

El monstruo de Malmesbury: por qué acusaron a Hobbes de ateo

Leviatán generó un escándalo casi inmediato. Hobbes defendía una monarquía fuerte. Eso, en teoría, lo hacía aliado natural de los realistas ingleses exiliados en París junto a él. Pero el libro también sostenía algo que los realistas no le perdonaron. Cualquier gobierno capaz de garantizar la paz, incluso uno surgido de una revolución exitosa, merecía la obediencia de sus súbditos. Esa idea servía, en la práctica, para justificar la obediencia al nuevo régimen republicano de Oliver Cromwell, que acababa de derrocar a la monarquía inglesa. Los exiliados realistas lo vivieron como una traición.

Al mismo tiempo, la filosofía materialista de Hobbes generaba sospechas de ateísmo. Eso era algo extremadamente peligroso en la Inglaterra del siglo diecisiete. Hobbes sostenía que todo lo que existe, incluida la mente humana, es materia en movimiento. No había, en su sistema, lugar para sustancias espirituales inmateriales del tipo que defendía buena parte de la teología cristiana tradicional. Aunque Hobbes se declaró cristiano hasta el final de su vida, sus críticos lo acusaron de socavar en secreto los fundamentos de la fe.

Con el tiempo, esas acusaciones le costaron caro. En 1666, después del Gran Incendio de Londres y de una epidemia de peste, el Parlamento investigó si ciertos libros "ateos" podían haber provocado el enojo divino contra Inglaterra. Leviatán apareció en esa lista. Hobbes vivió con miedo genuino a ser procesado por herejía en sus últimos años, aunque nunca llegó a serlo. En 1683, ya muerto Hobbes, la Universidad de Oxford llegó a quemar públicamente ejemplares de Leviatán, junto con otros libros considerados peligrosos para el orden establecido. Sus contemporáneos empezaron a llamarlo, con desprecio, "el monstruo de Malmesbury".

Por qué Hobbes sigue importando

A pesar del rechazo que generó en su época, Hobbes terminó convirtiéndose en uno de los fundadores de la filosofía política moderna. Fue el primero en construir una teoría sistemática y secular sobre por qué obedecemos al Estado, sin apelar a un derecho divino de los reyes. Antes de Hobbes, la autoridad política se justificaba casi siempre en términos religiosos: el rey gobierna porque Dios lo puso ahí. Hobbes propuso otra cosa. El Estado existe porque los individuos, racionalmente, prefieren la seguridad de la obediencia al caos de la libertad absoluta.

Esa idea del estado de naturaleza como punto de partida hipotético se volvió una herramienta central de la filosofía política posterior. Locke y Rousseau, los otros dos grandes teóricos del contrato social, partieron del mismo recurso imaginativo. Llegaron, sin embargo, a conclusiones radicalmente distintas sobre qué tan terrible es en realidad la vida sin gobierno. La ficción literaria también se apropió del experimento mental de Hobbes. La novela "El señor de las moscas", de William Golding, pone a un grupo de chicos ingleses en una isla desierta sin ningún adulto que los vigile. Lo que empieza como un juego de supervivencia termina degenerando en violencia organizada entre los propios chicos. Es casi una ilustración directa de lo que Hobbes describía tres siglos antes. Series y películas ambientadas en escenarios post-apocalípticos, donde el colapso del Estado desata luchas violentas por recursos básicos, siguen reciclando hoy la misma intuición hobbesiana.

La idea también sigue viva en la política contemporánea. Cuando un país atraviesa un colapso institucional severo, con milicias armadas compitiendo entre sí por el control territorial y ninguna autoridad capaz de imponer orden, los analistas todavía recurren al vocabulario de Hobbes para describir la situación. Le llaman, directamente, un estado hobbesiano. Es un recordatorio de algo que Hobbes entendió con una claridad incómoda hace casi cuatro siglos. El orden político no es un dato natural del que podamos darnos el lujo de desconfiar sin consecuencias. Es una construcción frágil que exige, para sostenerse, un poder capaz de hacerse respetar.

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