
Las Invasiones Inglesas en el Río de la Plata
Revive las Invasiones Inglesas al Río de la Plata de 1806 y 1807, cuando Buenos Aires resistió heroicamente los ataques británicos. Un episodio crucial que fortaleció la identidad colonial y sembró las semillas de la independencia americana.

Un general borracho decide invadir Buenos Aires sin permiso de su gobierno, con menos de 2000 soldados, pensando que va a ser fácil. Logra conquistar la ciudad, pero 45 días después lo echan a patadas. Vuelve al año siguiente con más tropas y lo vuelven a echar. Los ingleses nunca más intentaron invadir Argentina. Parece una historia inventada, pero pasó. Y es una de las razones por las que Argentina existe como país independiente. Hoy vamos a hablar de las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, un episodio fascinante que cambió la historia del Río de la Plata para siempre.
Para entender por qué los ingleses decidieron invadir Buenos Aires, tenemos que mirar qué estaba pasando en Europa. Estamos a principios del 1800 y Napoleón está conquistando todo. En 1805, España y Francia son aliadas contra Inglaterra. Los ingleses están peleando en todos lados: en Europa, en el Caribe, en la India. Necesitan nuevos mercados, nuevas colonias, nuevas fuentes de recursos.
Y acá entra el contexto del Río de la Plata. Buenos Aires en 1806 era una ciudad colonial española relativamente tranquila. Tenía como 40.000 habitantes. No era nada comparado con México o Lima, que eran las joyas de la corona española en América. Buenos Aires era más bien un puerto secundario en el culo del mundo. Pero los ingleses sabían que había plata circulando, comercio, y sobre todo, sabían que las defensas eran débiles.
La ciudad era chica, concentrada alrededor de la Plaza Mayor, que hoy es la Plaza de Mayo. Las calles eran de tierra, se inundaban cuando llovía. Las casas eran bajas, de una o dos plantas, con patios interiores. La élite vivía cerca del centro, en casas con rejas coloniales. Más lejos estaban los barrios más pobres, las orillas. El Fuerte estaba donde hoy está la Casa Rosada, mirando al río. Era la sede del virrey y el símbolo del poder español.
La sociedad era jerárquica y complicada. En la cima estaban los españoles peninsulares, nacidos en España, que ocupaban los puestos más importantes. Después venían los criollos, descendientes de españoles pero nacidos en América. Los criollos tenían plata, tierras, educación, pero estaban relegados políticamente. Esto generaba resentimiento. Después había mestizos, indios, negros libres y esclavos. Era una sociedad de castas con tensiones raciales y de clase.
España tenía un monopolio comercial brutal sobre sus colonias. Solo se podía comerciar con España, y España decidía los precios de todo. Esto generaba contrabando masivo. Los comerciantes de Buenos Aires comerciaban ilegalmente con los ingleses, los portugueses, quien fuera, porque era más barato y más rentable. Había toda una economía paralela funcionando.
Los ingleses ya habían intentado meterse en Sudamérica antes. En 1806 habían atacado el Cabo de Buena Esperanza en Sudáfrica, que era holandés, y lo conquistaron fácil porque Holanda estaba ocupada por Francia. Entonces algunos militares ingleses empezaron a pensar: si pudimos tomar el Cabo tan fácil, ¿por qué no intentar en América del Sur?
Y acá aparece el protagonista de nuestra historia: William Carr Beresford. Era un general irlandés al servicio de Inglaterra, tenía como 38 años. Estaba en Sudáfrica después de conquistar el Cabo, y se le metió en la cabeza la idea de invadir el Río de la Plata. Habló con su superior, el comodoro Home Riggs Popham, que comandaba la flota naval en la zona. Popham era un tipo ambicioso, medio loco, que veía la oportunidad de hacerse rico y famoso.
Acá viene lo importante: estos tipos decidieron invadir Buenos Aires por su cuenta. No tenían autorización del gobierno británico. Era básicamente una expedición pirata disfrazada de operación militar. Pensaban que si tenían éxito, los iban a felicitar. Si fracasaban, bueno, problema de ellos.
Juntaron lo que pudieron: 1600 soldados, algunos barcos, y se mandaron. Zarparon del Cabo en abril de 1806 y llegaron al Río de la Plata en junio. Primero pararon en Montevideo pero vieron que estaba mejor defendida, entonces siguieron hasta Buenos Aires.
El 25 de junio de 1806, los ingleses desembarcaron en Quilmes, al sur de Buenos Aires. El virrey en ese momento era Rafael de Sobremonte. Sobremonte era un funcionario colonial típico, más político que militar. Cuando le avisaron que venían los ingleses, entró en pánico.
Lo que hizo Sobremonte fue patético. Agarró el tesoro real, todo el dinero que había en la ciudad, lo cargó en carretas, y se escapó a Córdoba. Dejó Buenos Aires sin defensa y sin liderazgo. Fue una cobardía total que después le costó el puesto y la reputación para siempre.
Entonces los ingleses marcharon hacia Buenos Aires casi sin resistencia. El 27 de junio de 1806, Beresford entró en la ciudad con sus tropas. La bandera británica ondeó en el Fuerte de Buenos Aires. Habían conquistado la capital del virreinato en dos días. Fue humillante para los españoles.
Los ingleses pensaron que los porteños los iban a recibir con los brazos abiertos. La idea era que los criollos estaban hartos del monopolio español y querían comercio libre. Y en parte tenían razón, pero subestimaron el orgullo local y el rechazo a ser invadidos por una potencia extranjera.
Beresford era relativamente respetuoso. No saqueó la ciudad, no permitió desmanes de sus tropas. Hasta trató de ganarse a los comerciantes locales prometiendo libre comercio. Algunos comerciantes, especialmente los que ya comerciaban ilegalmente con los ingleses, estaban contentos. Pero la mayoría de la población estaba enojada.
Y acá entra un personaje clave: Santiago de Liniers. Liniers era un militar francés al servicio de España. Sí, francés, pero había hecho carrera en el ejército español y vivía en el Río de la Plata hacía años. Cuando Sobremonte escapó, Liniers estaba en Montevideo. Y decidió hacer lo que Sobremonte no hizo: organizar la resistencia.
Liniers cruzó el río con algunos soldados y empezó a juntar gente en la zona de Buenos Aires. Organizó milicias con criollos, gauchos, cualquiera que quisiera pelear. No eran ejércitos profesionales, era gente común armada con lo que tuvieran: fusiles, lanzas, cuchillos. Pero tenían algo que los ingleses no esperaban: estaban peleando en su propio territorio.
El 12 de agosto de 1806, Liniers atacó Buenos Aires con unos 1200 hombres. Los ingleses tenían más o menos lo mismo. Hubo combates intensos en las calles. Los vecinos tiraban agua hirviendo y lo que fuera desde los techos. Las mujeres participaban activamente, algunas hasta peleaban. Fue una batalla urbana caótica.
Beresford se dio cuenta de que no podía mantener la ciudad. Estaba rodeado, sin refuerzos, y la población entera estaba en su contra. El 12 de agosto, después de solo 45 días de ocupación, se rindió. Los ingleses fueron hechos prisioneros. Beresford fue capturado y mandado al interior como prisionero.
La reconquista de Buenos Aires fue un evento masivo. La gente salió a las calles a celebrar. Las milicias criollas se habían organizado y habían derrotado a una potencia europea sin ayuda de España. Esto fue crucial: los criollos se dieron cuenta de que podían defenderse solos, que no necesitaban a la corona española. Fue una semilla de independencia que germinó pocos años después.
Pero acá no termina la historia. En Inglaterra, cuando se enteraron de que Beresford había tomado Buenos Aires, se pusieron re contentos. No sabían que ya lo habían echado. El gobierno decidió mandar refuerzos masivos para consolidar la conquista. Armaron una expedición enorme: como 12.000 soldados bajo el mando del general John Whitelocke.
Mientras tanto, en Buenos Aires, Liniers era el héroe del momento. Lo nombraron virrey interino porque Sobremonte estaba totalmente desacreditado. Y empezaron a prepararse para una segunda invasión que sabían que iba a venir.
Se organizaron mejor las milicias. Había regimientos por origen: criollos, españoles, pardos y morenos (que eran afrodescendientes), indios. Cada uno con sus uniformes y sus comandantes. Esto es importante porque estas milicias después fueron la base del ejército argentino en las guerras de independencia.
Un dato curioso que me encanta es que muchos de los próceres argentinos participaron en las invasiones inglesas como milicianos jóvenes. Manuel Belgrano tenía 36 años y participó. Cornelio Saavedra era comandante de un regimiento de criollos. Juan Martín de Pueyrredón también. Todos estos tipos que después iban a liderar la independencia aprendieron a organizarse y a pelear durante las invasiones.
La segunda invasión llegó en junio de 1807. Esta vez los ingleses no subestimaron nada. Venían con una fuerza mucho mayor y mejor equipada. Primero tomaron Montevideo, que cayó después de un asedio. Eso les dio una base de operaciones sólida. Desde ahí, en junio de 1807, cruzaron el río y atacaron Buenos Aires de nuevo.
El 28 de junio desembarcaron en la Ensenada de Barragán. Whitelocke comandaba como 10.000 soldados. Los criollos tenían números similares pero seguían siendo en su mayoría milicianos sin mucho entrenamiento militar formal. Sin embargo, conocían la ciudad, tenían apoyo de la población, y estaban decididos a no dejarse conquistar de nuevo.
Los ingleses avanzaron hacia Buenos Aires. Liniers organizó la defensa. La estrategia era diferente esta vez: no iban a salir a pelear en campo abierto donde los ingleses tenían ventaja. Iban a hacer que entraran a la ciudad y ahí los iban a destrozar.
El 5 de julio de 1807 empezó la batalla decisiva. Los ingleses entraron a Buenos Aires en columnas, marchando por las calles principales. Y acá cometieron su gran error: Whitelocke había ordenado que sus soldados no llevaran las bayonetas caladas y que guardaran las municiones, pensando que así iban a poder avanzar más rápido y que la población no iba a resistir tanto.
Fue un desastre. Los porteños convirtieron cada casa en un fortín. Desde los techos y las ventanas tiraban de todo: balas, piedras, aceite hirviendo, tejas, lo que tuvieran. Las calles angostas se convirtieron en trampas mortales. Los ingleses avanzaban en columnas y los masacraban desde arriba. No podían responder efectivamente porque no tenían las armas listas.
Hubo combates casa por casa, cuadra por cuadra. El Convento de Santo Domingo fue escenario de una batalla intensa. Los ingleses intentaron refugiarse ahí pero los defensores los cercaron. Todavía hoy, si vas al convento, podés ver las marcas de las balas en las paredes. Son agujeros de mosquetes de hace más de 200 años. Es increíble verlo en persona, es historia viva.
Las milicias pelearon con un coraje brutal. Los Patricios, que era el regimiento de criollos comandado por Saavedra, se destacaron especialmente. Los Arribeños, que eran gauchos del interior, también. Y las mujeres otra vez participaron activamente. Hay historias de mujeres que recargaban armas, que cuidaban heridos, que hasta peleaban directamente.
Para el 6 de julio, Whitelocke se dio cuenta de que había perdido. Había cientos de muertos, más de mil heridos, y miles de sus soldados estaban atrapados en diferentes partes de la ciudad. No tenía forma de ganar. Pidió parlamentar.
Liniers le dio términos durísimos: los ingleses tenían que abandonar no solo Buenos Aires sino también Montevideo, y devolver todos los prisioneros que habían tomado en la primera invasión. Whitelocke aceptó. Firmaron la capitulación el 7 de julio de 1807. Los ingleses se fueron con la cola entre las patas.
Cuando Whitelocke volvió a Inglaterra, lo sometieron a una corte marcial. Lo acusaron de incompetencia, de tomar decisiones militares desastrosas. Lo echaron del ejército con deshonor. Su carrera terminó en vergüenza total. Beresford tuvo mejor suerte porque al menos había tomado la ciudad en la primera invasión, aunque después lo echaron.
Las consecuencias de las invasiones fueron enormes. Primero, los criollos del Río de la Plata se dieron cuenta de su propio poder. Habían derrotado dos veces a los ingleses sin ayuda significativa de España. De hecho, España había sido inútil: Sobremonte escapó, y Madrid no mandó ayuda a tiempo. Los criollos aprendieron que podían gobernarse solos.
Segundo, las milicias criollas se convirtieron en una fuerza política. Tenían armas, organización, líderes populares como Saavedra y Belgrano. Cuando llegó 1810 y estalló la Revolución de Mayo, estas milicias fueron claves. Sin las invasiones inglesas, la independencia argentina probablemente habría sido diferente, quizás más tardía.
Tercero, la economía se abrió de facto. Durante la ocupación inglesa, los comerciantes habían visto las ventajas del libre comercio. Después de las invasiones, aunque oficialmente seguía el monopolio español, en la práctica el contrabando aumentó y las presiones por libre comercio se hicieron más fuertes.
Y cuarto, el prestigio de España cayó en picada. Los criollos vieron que la metrópoli no podía defenderlos, que los virreyes eran incompetentes, que dependían de ellos mismos. La lealtad a la corona se debilitó significativamente.
Hay algo interesante sobre cómo los ingleses vieron todo esto. Después de las invasiones, Inglaterra no volvió a intentar conquistas militares en el Río de la Plata. Se dieron cuenta de que era al pedo. En vez de eso, apostaron a la influencia económica. Cuando Argentina se independizó, Inglaterra fue uno de los primeros países en reconocerla y en establecer relaciones comerciales intensas. Durante el siglo XIX, Inglaterra invirtió fortunas en Argentina: ferrocarriles, frigoríficos, bancos. Se convirtió en el principal socio comercial.
Entonces, en cierto sentido, Inglaterra logró su objetivo original, solo que por otros medios. Querían acceso al mercado del Río de la Plata, y lo consiguieron, pero sin tener que gastar recursos militares ocupando el territorio. Fue más inteligente económicamente.
Las invasiones también generaron toda una mitología nacional. Se convirtieron en un símbolo de resistencia, de valentía criolla, de que los argentinos pueden defenderse de potencias extranjeras. Se escribieron poemas, canciones, obras de teatro sobre las invasiones. Los héroes como Liniers, Saavedra, Pueyrredón se volvieron figuras casi legendarias.
Liniers en particular tuvo un destino trágico. Después de las invasiones era el tipo más popular del Río de la Plata. Pero en 1810, cuando estalló la Revolución de Mayo, él se mantuvo leal a España. Intentó organizar resistencia contra la junta revolucionaria desde Córdoba. Lo capturaron y lo fusilaron en agosto de 1810. El héroe de las invasiones inglesas murió por oponerse a la independencia argentina. Es una de esas ironías históricas.
Otro dato curioso es qué pasó con los prisioneros ingleses. Después de la primera invasión, mandaron a Beresford y otros oficiales al interior como prisioneros. Beresford estuvo en Luján primero, después lo mandaron a Catamarca. Ahí vivió en una casa custodiado pero con bastante libertad. En 1807 se escapó, se disfrazó de gaucho, y logró llegar a Brasil y de ahí volver a Inglaterra. Fue toda una aventura. Los oficiales ingleses después escribieron memorias sobre su cautiverio en Argentina, que son documentos históricos interesantes. Describían las costumbres locales, la comida, la vida en el interior. Algunos hasta tenían cosas buenas que decir.
Y en cuanto a los soldados rasos, muchos se quedaron en Argentina. Algunos desertaron, otros cuando fueron liberados decidieron no volver. Se integraron a la sociedad local, se casaron con mujeres argentinas, tuvieron hijos. Hay familias argentinas que descienden de soldados ingleses de las invasiones. Es fascinante cómo estos eventos históricos afectan a nivel personal y generacional.
El legado arquitectónico también es interesante. Como te mencioné, el Convento de Santo Domingo conserva las marcas de balas. Es un sitio histórico nacional. También hay placas conmemorativas en varios lugares de Buenos Aires marcando donde hubo combates. Y en museos hay objetos de las invasiones: uniformes, armas, banderas capturadas a los ingleses. En el Museo Histórico Nacional hay banderas británicas que se tomaron como botín de guerra.
Las invasiones inglesas son uno de esos momentos donde podés ver el giro de la historia. Si los ingleses hubieran tenido éxito, Argentina probablemente sería muy diferente. Quizás sería una colonia británica como Canadá o Australia. O quizás se habría independizado igual pero con una influencia cultural británica mucho más fuerte. Es imposible saber.
Pero lo que pasó es que los criollos se defendieron, ganaron confianza, se organizaron, y tres años después iniciaron su propio camino hacia la independencia. Las invasiones inglesas no causaron la independencia directamente, pero fueron un catalizador importantísimo. Mostraron que el poder español era vulnerable, que los criollos podían autogobernarse, que tenían identidad propia.
Bueno, hasta acá llegamos con las Invasiones Inglesas. Es una de esas historias argentinas que merece ser más conocida internacionalmente porque es fascinante y porque tuvo un impacto enorme.
Es una historia interesante porque tiene drama, batalla, héroes, villanos, giros inesperados. Tiene un general borracho de ambición invadiendo sin permiso. Un virrey cobarde escapando con el tesoro. Un francés al servicio de España liderando la defensa. Milicianos criollos peleando en las calles de su ciudad. Mujeres tirando aceite hirviendo desde los techos. Una derrota humillante para una potencia mundial. Y al final, el nacimiento de una identidad nacional.
Es también un recordatorio de que la historia no es inevitable. Los ingleses podrían haber ganado. Si Whitelocke hubiera sido más competente, si hubieran usado tácticas diferentes, si Liniers no hubiera logrado organizar la defensa, todo podría haber sido distinto. La historia está llena de estos momentos donde decisiones individuales y circunstancias específicas cambian el curso de las cosas.



