
Gramsci y la Hegemonía Cultural: Quién Decide Lo Que Pensamos
Desde una celda fascista, un jorobado sardo escribió la idea que explica cómo nos controlan sin que lo notemos: la hegemonía cultural. Descubrí por qué obedecemos voluntariamente, cómo se pelea la guerra cultural y qué tiene que ver con las redes sociales.

Imaginate que estás en una prisión fascista, enfermo, con la espalda deformada por la tuberculosis, sabiendo que probablemente vas a morir ahí. Y en lugar de rendirte, te ponés a escribir miles de páginas de filosofía política que van a cambiar cómo entendemos el poder. Esa fue la vida de Antonio Gramsci, un tipo que desde una celda en la Italia de Mussolini desarrolló una de las ideas más poderosas del siglo veinte: la hegemonía cultural. Y te adelanto que esta idea explica muchísimo de lo que está pasando hoy, desde las redes sociales hasta las guerras culturales. Porque resulta que el poder no se sostiene solo con policías y militares. Se sostiene principalmente convenciéndote de que el mundo tal como está es natural, inevitable, y que pensar diferente es simplemente ridículo. Hoy vamos a desentrañar cómo funciona esto, y te garantizo que vas a empezar a ver el mundo de otra manera.
El jorobado brillante de Cerdeña
Antonio Gramsci nació en 1891 en Cerdeña, que en ese momento era básicamente la parte más pobre y olvidada de Italia. Su familia era de clase media baja, y cuando era chico sufrió un accidente o una enfermedad, nunca quedó claro qué, que le deformó la columna vertebral. Quedó jorobado, enano, débil físicamente. En la escuela lo cargaban sin piedad. Imaginate crecer así en un pueblito de Cerdeña a principios del siglo veinte. Pero el pibe era brillante. Increíblemente brillante.
Consiguió una beca para estudiar en la Universidad de Turín, donde se metió de lleno en política. Italia estaba en ebullición. Huelgas obreras, ocupaciones de fábricas, revoluciones fallidas. Gramsci se unió al Partido Socialista y después ayudó a fundar el Partido Comunista Italiano en 1921. Era un intelectual de izquierda en la época más peligrosa posible para serlo, porque Mussolini y sus fascistas estaban tomando el poder.
Los cuadernos de la cárcel
En 1926, con Mussolini ya consolidado como dictador, arrestaron a Gramsci. El fiscal en su juicio dijo algo escalofriante: "Debemos impedir que este cerebro funcione durante veinte años". Lo mandaron a prisión, donde pasó once años hasta su muerte en 1937. Tenía apenas cuarenta y seis años. Pero acá viene lo extraordinario: en esos once años de cárcel, enfermo, vigilado constantemente, escribió más de tres mil páginas en treinta y tres cuadernos. Esos "Cuadernos de la cárcel" contienen algunas de las ideas más influyentes de la teoría política moderna.
El problema que obsesionaba a Gramsci
Ahora, para entender qué hizo Gramsci, tenemos que entender primero el problema que estaba tratando de resolver. Gramsci era marxista, creía en las ideas de Marx sobre la lucha de clases y todo eso. Pero había un problema enorme con el marxismo tradicional: Marx había predicho que la revolución proletaria iba a pasar primero en los países más industrializados, donde había más obreros y más explotación. Inglaterra, Alemania, esos lugares. Pero la única revolución socialista exitosa hasta ese momento había sido en Rusia, un país atrasado y mayormente agrícola. ¿Y en los países industrializados de Occidente? Nada. Los obreros votaban por partidos burgueses, se conformaban con mejoras graduales, no hacían la revolución.
¿Por qué? Esa era la pregunta que obsesionaba a Gramsci. ¿Por qué los trabajadores no se rebelaban contra un sistema que claramente los explotaba? La respuesta fácil del marxismo tradicional era: falsa conciencia, propaganda burguesa, los engañan. Pero Gramsci pensaba que eso era demasiado simple. La gente no es tan boluda. No podés mantener un sistema de dominación durante siglos solo con mentiras y propaganda.
La hegemonía cultural: el poder invisible
Y acá es donde Gramsci desarrolla su idea genial: la hegemonía cultural. La palabra "hegemonía" viene del griego y significa liderazgo o dominación. Pero Gramsci le da un sentido específico. Hegemonía es cuando una clase social no solo domina con la fuerza, sino que logra que su visión del mundo se vuelva el sentido común de toda la sociedad. Es cuando sus valores, sus ideas sobre lo que es normal, deseable, posible, se vuelven simplemente "la realidad" para todos.
Dejame darte un ejemplo concreto. En el siglo diecinueve, la mayoría de la gente pensaba que las monarquías eran naturales y necesarias. La idea de que la gente común eligiera a sus gobernantes parecía ridícula, peligrosa, antinatural. No porque los reyes tuvieran soldados que te obligaban a pensar así. Era simplemente el sentido común de la época. La hegemonía monárquica era tan completa que pensar en democracia te convertía automáticamente en un radical loco.
O tomá un ejemplo más cercano: hasta hace no tanto, la idea de que dos personas del mismo sexo pudieran casarse parecía absurda para la mayoría. No solo moralmente incorrecta, sino simplemente inimaginable. "Matrimonio" significaba hombre y mujer, punto. Hoy esa hegemonía se rompió en muchos lugares. Lo que antes era impensable ahora es legal y aceptado. Eso es un cambio hegemónico.
Dominación sin pistolas
Gramsci argumentaba que la dominación en las sociedades capitalistas occidentales funcionaba principalmente a través de esta hegemonía cultural, no a través de la fuerza bruta. Claro, el Estado tenía policías y ejércitos, pero los usaba relativamente poco contra su propia población. La mayor parte del tiempo, la gente obedecía voluntariamente. Iba a trabajar, pagaba impuestos, seguía las reglas, no porque la obligaran con pistolas sino porque le parecía lo correcto, lo natural, lo inevitable.
Sociedad política versus sociedad civil
¿Y cómo se construía esta hegemonía? Acá es donde Gramsci introduce otro concepto clave: la sociedad civil. Para él, la sociedad estaba dividida en dos grandes esferas. Primero, la sociedad política: el Estado, los gobiernos, las leyes, los tribunales, la policía. Es la parte coercitiva, la que te obliga. Segundo, la sociedad civil: las escuelas, las iglesias, los medios de comunicación, las instituciones culturales, los clubes, las asociaciones. Es la parte que te convence.
En las sociedades occidentales desarrolladas, la hegemonía de la clase dominante se mantenía principalmente a través de la sociedad civil. Las escuelas te enseñaban ciertos valores, cierta visión de la historia, cierta idea de lo que es el éxito. Las iglesias predicaban obediencia y resignación. Los medios mostraban como natural un cierto estilo de vida. Todo eso creaba un ambiente donde ciertas ideas simplemente "tenían sentido" y otras parecían descabelladas.
No es una conspiración, es peor
Y acá viene algo importante que diferencia a Gramsci de otros marxistas: él no pensaba que la clase dominante conspiraba conscientemente para engañar a todos. No era que un grupo de capitalistas se juntaba en una sala oscura a planear cómo manipular a las masas. Era más sutil y más difícil de combatir. La hegemonía funcionaba porque incluso los dominados participaban en reproducirla. Los maestros creían en lo que enseñaban. Los curas creían en sus sermones. Los periodistas creían en sus narrativas. Todos, incluyendo a los trabajadores, habían internalizado ciertas ideas sobre cómo funciona el mundo.
La lección de las fábricas ocupadas
Gramsci tenía una historia personal que ilustra esto perfectamente. Cuando era joven, trabajó un tiempo como periodista. Cubrió las grandes huelgas y ocupaciones de fábricas en Turín. Vio cómo los obreros, cuando tomaban las fábricas, básicamente seguían funcionando igual que antes. Mismas jerarquías, mismos métodos, mismas actitudes. Habían tomado el espacio físico pero no habían cambiado la mentalidad. Seguían pensando como se les había enseñado a pensar. Eso le mostró que la revolución no era solo tomar el poder estatal, sino cambiar toda una cultura, toda una forma de ver el mundo.
Guerra de posiciones versus guerra de movimientos
Por eso Gramsci desarrolló la idea de la "guerra de posiciones" versus la "guerra de movimientos". En Rusia, donde la sociedad civil era débil y el Estado era todo, bastó con un asalto directo al poder, una revolución rápida, una guerra de movimientos. Pero en Occidente, con su densa red de instituciones de la sociedad civil, se necesitaba una estrategia diferente: una larga guerra de posiciones, conquistando espacios en la cultura, la educación, los medios, construyendo una hegemonía alternativa antes de intentar tomar el poder estatal.
Esto suena abstracto, pero tiene implicaciones enormes. Significa que si querés cambiar el sistema, no basta con ganar elecciones o tomar el Palacio de Invierno. Tenés que cambiar el sentido común de la gente. Tenés que construir una contra-hegemonía, una visión alternativa del mundo que sea tan convincente, tan naturalizada, que eventualmente reemplace la hegemonía dominante.
Los intelectuales orgánicos
¿Y quién hace ese trabajo? Acá Gramsci introduce su concepto de los "intelectuales orgánicos". Para él, todos somos intelectuales en cierto sentido, todos pensamos y razonamos. Pero los intelectuales orgánicos son aquellos que articulan y difunden la visión del mundo de una clase social. Pueden ser profesores, periodistas, escritores, artistas, cualquiera que trabaje con ideas y cultura. Cada clase tiene sus intelectuales orgánicos.
La burguesía tiene sus economistas que explican por qué el capitalismo es eficiente, sus filósofos que justifican la libertad individual, sus historiadores que cuentan la historia como progreso inevitable hacia el presente. Y el proletariado, si quiere construir su propia hegemonía, necesita sus propios intelectuales orgánicos que articulen una visión alternativa.
Gramsci mismo era un ejemplo perfecto de intelectual orgánico. No venía de la clase trabajadora en el sentido estricto, pero dedicó su vida a articular una visión del mundo desde la perspectiva de los dominados. Y lo hizo desde la cárcel, con una salud destrozada, bajo vigilancia constante. Es heroico y trágico a la vez.
Las guerras culturales del presente
Ahora, acá es donde las ideas de Gramsci se vuelven súper relevantes para entender el presente. Porque si prestás atención a los debates culturales actuales, vas a ver que todos están peleando por la hegemonía. Cada lado trata de establecer qué es "normal", qué es "sentido común", qué está "fuera de discusión".
Pensá en las llamadas guerras culturales. No son solo sobre políticas específicas. Son sobre quién define la realidad. ¿El cambio climático es una crisis existencial o una exageración? ¿La inmigración es enriquecedora o amenazante? ¿Las diferencias de género son construcciones sociales o hechos biológicos? Estas batallas no se pelean principalmente con argumentos racionales. Se pelean tratando de hacer que una visión parezca obvia y la otra absurda.
Y fijate dónde se pelean: en las universidades, en los medios, en Hollywood, en las redes sociales, en los memes. Exactamente los espacios de la sociedad civil que Gramsci identificó como cruciales para la hegemonía. Cuando la derecha se queja de que las universidades están dominadas por la izquierda, está haciendo un análisis gramsciano. Está diciendo "perdimos la hegemonía en ese espacio cultural y necesitamos recuperarla". Cuando la izquierda critica que los medios están controlados por corporaciones, también está haciendo un análisis gramsciano.
El caos de las redes sociales
Las redes sociales agregaron una dimensión nueva. Antes, los espacios de producción cultural estaban más concentrados. Ahora cualquiera con un teléfono puede ser un intelectual orgánico, produciendo y difundiendo visiones del mundo. Eso hace la batalla por la hegemonía mucho más caótica y fragmentada. Ya no hay un sentido común único que todos comparten. Hay múltiples burbujas, cada una con su propia hegemonía interna.
La hegemonía nunca es total
Y acá viene algo que Gramsci entendió pero que mucha gente olvida: la hegemonía nunca es total ni permanente. Siempre hay grietas, contradicciones, espacios de resistencia. La hegemonía dominante tiene que renovarse constantemente, adaptarse a nuevos desafíos, incorporar críticas. Por eso los sistemas de poder sobreviven: son flexibles, se transforman, coopta a sus críticos.
Mirá el capitalismo. Ha sobrevivido a crisis tras crisis precisamente porque ha sido capaz de renovar su hegemonía. Después de la Gran Depresión, incorporó el Estado de bienestar. Después de los movimientos sociales de los sesenta, incorporó discursos de diversidad e inclusión. Ahora está tratando de incorporar la preocupación ambiental con el capitalismo verde. No es que sea inmutable. Es que es hegemónicamente flexible.
Religión y necesidades populares
Gramsci también tenía ideas interesantes sobre el papel de la religión en la hegemonía. Él distinguía entre religión como institución de poder y religiosidad popular como expresión de sentimientos y necesidades reales. La Iglesia Católica era claramente parte del bloque hegemónico dominante en Italia. Pero Gramsci no quería simplemente atacarla. Quería entender qué necesidades satisfacía, qué aspiraciones expresaba, para poder ofrecer alternativas que conectaran con esas mismas necesidades.
Esto es algo que la izquierda a veces no entiende. No podés simplemente decirle a la gente que sus creencias son falsas y esperar que te sigan. Tenés que ofrecer algo que satisfaga las mismas necesidades emocionales, sociales, espirituales que ya satisfacen las instituciones existentes. Tenés que construir no solo una alternativa política sino una alternativa cultural completa.
Más allá del economicismo marxista
Y acá Gramsci se diferencia del economicismo marxista tradicional. Para muchos marxistas, lo único que importaba era la economía, la base material. La cultura era mero reflejo, superestructura determinada por las relaciones de producción. Gramsci decía: no, la cultura tiene su propia densidad, su propia autonomía relativa. No podés cambiar la cultura simplemente cambiando las relaciones económicas. Y viceversa, no podés cambiar las relaciones económicas sin cambiar la cultura.
Es una visión más compleja y, creo yo, más realista. El cambio social no es unidireccional. Es dialéctico, como le gustaba decir. Economía y cultura se influyen mutuamente. Por eso la revolución tiene que ser tanto material como cultural, tanto económica como hegemónica.
Cuando la derecha aprendió de Gramsci
Una cosa fascinante de Gramsci es que influyó tanto en la izquierda como, indirectamente, en la derecha. La izquierda cultural occidental, desde los sesenta en adelante, tomó muy en serio sus ideas sobre la hegemonía cultural. De ahí viene la famosa "marcha por las instituciones", la idea de infiltrar y transformar desde adentro los espacios culturales. Fue una estrategia muy exitosa en muchos sentidos. La universidad, el arte, el periodismo progresista, todo eso tiene raíces gramscianas.
Pero después, irónicamente, la derecha aprendió las mismas lecciones. Pensadores conservadores como Patrick Buchanan empezaron a hablar explícitamente de la guerra cultural en términos gramscianos. Crearon think tanks, universidades alternativas, medios de comunicación. La derecha alternativa y los populismos actuales también usan estrategias hegemónicas, tratando de crear un nuevo sentido común.
Crisis de hegemonía: cuando aparecen los monstruos
Entonces terminamos en una situación donde todos están peleando por la hegemonía pero nadie logra establecer una dominante estable. Vivimos en una crisis de hegemonía, que es exactamente lo que Gramsci identificaba como el momento más peligroso. Cuando la vieja hegemonía está muriendo pero la nueva no termina de nacer, dice Gramsci, aparecen monstruos. Es una línea que se cita mucho, con razón.
¿Y qué monstruos han aparecido? Bueno, tenés el autoritarismo populista, el nacionalismo xenófobo, las teorías conspirativas masivas, la polarización extrema, la violencia política. Todos síntomas de una crisis hegemónica. Cuando la gente ya no comparte un sentido común básico, cuando ni siquiera pueden ponerse de acuerdo sobre qué hechos son reales, la convivencia se vuelve imposible.
Un final trágico
Gramsci murió sin ver el mundo que había predicho. Mussolini lo mantuvo preso incluso cuando estaba moribundo. Lo soltaron justo para que muriera afuera, para no cargar con la responsabilidad de haberlo matado directamente. Tenía el cerebro brillante pero el cuerpo destruido. Sus últimos años fueron de dolor constante, aislamiento casi total, y la angustia de saber que afuera la guerra y el fascismo seguían triunfando.
Pero sus cuadernos sobrevivieron. Su compañera Tatiana Schucht los sacó de contrabando de la cárcel y los preservó durante la guerra. Después se publicaron y empezaron a circular. Primero en Italia, después en todo el mundo. Y resultó que las ideas de este jorobado sardo tenían un poder explosivo.
Entre el cinismo y el idealismo ingenuo
Lo genial de Gramsci es que te da herramientas para entender el poder sin caer en el cinismo ni en el idealismo ingenuo. El cinismo dice "todo es manipulación, la gente es tonta, los poderosos siempre ganan". El idealismo ingenuo dice "basta con tener razón y las buenas ideas triunfarán solas". Gramsci te muestra un camino intermedio: sí, hay dominación real, pero se sostiene a través de procesos culturales complejos donde la gente participa activamente. Y sí, las ideas importan enormemente, pero no flotan en el vacío, están enraizadas en instituciones, prácticas, relaciones de poder.
Para cambiar el mundo, no basta con tener razón. Tenés que construir una hegemonía alternativa, ganarte el sentido común, hacer que tu visión del mundo parezca natural y deseable. Y eso es un trabajo largo, paciente, molecular, como decía Gramsci. No hay atajos revolucionarios. Es un proceso educativo, cultural, organizativo que toma generaciones.
El realismo de la paciencia histórica
Esto puede sonar desalentador. ¿Generaciones? Quiero cambiar el mundo ahora, no en cincuenta años. Pero también es realista. Los cambios realmente profundos son lentos. La abolición de la esclavitud, el sufragio universal, los derechos civiles, todo eso tomó décadas o siglos de lucha cultural antes de cristalizarse en cambios legales. Y después de los cambios legales, todavía hay que transformar las mentalidades, el sentido común.
Tomá el ejemplo del feminismo. Las sufragistas consiguieron el voto femenino hace más de un siglo en muchos países. Pero la hegemonía patriarcal no desapareció mágicamente. Siguió habiendo discriminación, violencia, techos de cristal. Hizo falta generaciones más de trabajo hegemónico, cambiando cómo pensamos sobre el género, la familia, el trabajo, la sexualidad. Y todavía no terminamos. La batalla hegemónica continúa.
O el movimiento obrero. Logró sindicatos, derechos laborales, partidos políticos. Pero nunca logró una hegemonía cultural completa. El sentido común capitalista se adaptó, incorporó algunas demandas, pero se mantuvo dominante. Por eso Gramsci pensaba que la izquierda había fallado: ganó batallas pero no la guerra de posiciones.
Los problemas con la teoría
Ahora, ¿significa esto que Gramsci tenía todas las respuestas? Para nada. Hay problemas con su teoría. Es bastante vaga en los detalles. ¿Cómo exactamente medís la hegemonía? ¿Cómo sabés cuándo está cambiando? ¿Cómo coordinás una guerra de posiciones sin caer en el reformismo que él criticaba? No da respuestas claras.
También hay una tensión en su pensamiento entre el determinismo marxista y el voluntarismo cultural. Por un lado, sigue siendo marxista, cree que la economía importa, que las clases existen. Por otro lado, da tanta importancia a la cultura y la voluntad que casi parece idealista. ¿En qué quedamos? Nunca lo resuelve del todo.
Y después está el tema de si su estrategia realmente funciona. La izquierda occidental siguió su receta durante décadas. Ganó espacios en la cultura, la educación, los medios. ¿Y qué pasó? El capitalismo se hizo más fuerte. La desigualdad aumentó. Los trabajadores votaron por la derecha. Quizás la estrategia gramsciana tuvo éxitos culturales pero fracasos materiales.
Un legado invaluable
Pero incluso con estos problemas, Gramsci nos dio algo invaluable: una forma de pensar el poder que va más allá de la coerción directa. Nos mostró que las batallas más importantes se pelean en el nivel del sentido común, de lo que damos por sentado sin cuestionarlo. Y nos recordó que todos somos participantes en estas batallas, queramos o no. Cada vez que repetimos una idea, cada vez que aceptamos o rechazamos una narrativa, estamos participando en la lucha hegemónica.
Así que la próxima vez que algo te parezca "simplemente obvio" o "sentido común", acordate de Gramsci. Preguntate: ¿de dónde viene esa obviedad? ¿A quién beneficia que piense así? ¿Qué alternativas estoy dejando de ver porque me parecen impensables? No es paranoia, es análisis hegemónico.



