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El whisky en el cine, las series y la cultura popular
Episodio 19

El whisky en el cine, las series y la cultura popular

Andres AguilarAndres Aguilar

El vaso que levanta el actor casi nunca tiene whisky adentro: tiene té frío o agua con caramelo quemado. Con esa bebida falsa el cine construyó un símbolo enorme. Don Draper, James Bond, Blade Runner y los bares de The Wire.

Un actor levanta un vaso de whisky en cámara. Lo hace decidido, como quien necesita ese trago para seguir viviendo. Pero adentro del vaso no hay whisky. Hay té frío, o agua con caramelo quemado, o jugo de manzana diluido. Las escenas de una película o una serie se filman muchas veces, a veces quince o veinte tomas de la misma escena. Si el actor tomara whisky de verdad en cada toma, terminaría el día completamente borracho. Directamente no podría actuar la escena catorce. Por eso, desde los primeros tiempos de Hollywood, el whisky de las películas casi nunca es whisky de verdad. Es una ficción dentro de la ficción. Y sin embargo, esa bebida falsa construyó una de las imágenes más poderosas y duraderas de la cultura popular del último siglo. El whisky se volvió símbolo de poder, de status, de masculinidad herida y de una melancolía elegante que atraviesa el cine y la televisión.

Don Draper y el regreso del Old Fashioned

Empecemos por el personaje que probablemente hizo más por la imagen del whisky en el siglo veintiuno que cualquier campaña publicitaria. Se llama Don Draper. Es el protagonista de Mad Men, la serie sobre publicistas de Nueva York en los años sesenta. Draper es exitoso, elegante, atormentado y mentiroso. También es seductor. Y toma todo el tiempo. Toma en su oficina a media mañana, toma en los almuerzos de trabajo, toma en los bares después de horario. La bebida que más asociamos con él es el Old Fashioned, un cóctel simple hecho con whisky, azúcar, angostura y una cáscara de naranja o una cereza. El Old Fashioned existía mucho antes de Mad Men. Es uno de los cócteles más viejos de la coctelería moderna, con recetas documentadas desde el siglo diecinueve. Pero Mad Men lo resucitó. Cuando la serie se estrenó en 2007, el Old Fashioned era un cóctel casi olvidado, algo que tomaban los abuelos. Diez años después, era uno de los tragos más pedidos en bares de todo el mundo. Las marcas de bourbon y de rye whiskey registraron subas concretas en sus ventas. Rara vez se puede atribuir un fenómeno así con tanta claridad a una sola serie de televisión.

Hay un detalle interesante sobre lo que Draper toma en pantalla. En varias temporadas de Mad Men aparece de forma prominente una marca real: Canadian Club, un whisky canadiense. No fue casualidad. Los productores de la serie llegaron a un acuerdo de exhibición de producto con la marca. Esto es algo común en el cine y la televisión, donde una empresa negocia para que su producto aparezca visible en pantalla. Canadian Club aprovechó el furor de la serie para lanzar una campaña publicitaria completa basada en la estética de los años sesenta. El eslogan decía "Damn Right Your Dad Drank It", algo así como "Por supuesto que tu papá lo tomaba". La campaña fue un éxito enorme. Le devolvió relevancia a una marca que llevaba décadas perdiendo terreno frente al bourbon y al scotch. Pocas veces una ficción tuvo un impacto comercial tan directo y medible sobre una bebida real. Este tipo de acuerdo, donde una marca paga o negocia espacio dentro de una producción audiovisual, existe desde los primeros años del cine sonoro, pero se volvió mucho más sofisticado con el tiempo. Ya no alcanza con que la botella aparezca de fondo, en un estante. Las marcas de whisky más grandes hoy contratan consultores especializados que negocian directamente con los guionistas para que la bebida aparezca en un momento narrativo relevante, no solo decorativo. Quieren que el espectador asocie el producto con una emoción concreta, no solo con una imagen fugaz. Ese nivel de planificación explica por qué, después de ver ciertas películas o series, el espectador siente ganas casi automáticas de comprar esa botella puntual y no otra.

Lo que Mad Men entendió, y lo que explica por qué el whisky funciona tan bien en pantalla, es que el trago no es solo un trago. Es un gesto. Un personaje que se sirve un whisky sin decir una palabra está comunicando algo. Puede ser control y autoridad. Puede ser todo lo contrario: un intento desesperado de controlar algo que se le escapa de las manos. Draper toma cuando gana una cuenta importante. También toma cuando su matrimonio se desmorona. El vaso es el mismo, pero el significado cambia según el momento. Los guionistas y los directores lo saben. Por eso el whisky aparece constantemente en escenas de poder y en escenas de derrumbe. Pocas bebidas permiten esa ambigüedad tan bien. El champagne es siempre celebración. La cerveza es siempre casual. El whisky puede ser cualquiera de las dos cosas, o ninguna, o las dos al mismo tiempo.

James Bond: del martini al whisky de lujo

Pasemos ahora a otro ícono que carga casi setenta años de historia en el cine: James Bond. Durante décadas, la bebida asociada a Bond fue el martini de vodka, con su frase inmortal: "agitado, no revuelto". Pero en las películas más recientes, con Daniel Craig en el papel del agente, el whisky pasó a tener un rol mucho más protagónico que antes. La marca elegida fue Macallan, uno de los single malts escoceses más prestigiosos. El acuerdo entre Macallan y la franquicia de Bond empezó con la película Skyfall, estrenada en 2012. En una escena célebre, Bond y su jefa M se refugian en la vieja mansión familiar de Bond en Escocia. Ahí comparten un trago de Macallan mientras esperan un ataque. La escena es tensa e íntima, casi una despedida. El whisky, en ese contexto, no es un lujo casual. Es un ritual entre dos personas que saben que puede ser la última vez que se ven.

El vínculo entre Bond y Macallan se profundizó en las películas siguientes. Salieron botellas de edición limitada pensadas específicamente para acompañar los estrenos. Algunas de esas botellas se convirtieron en objetos de colección carísimos. Hay una lógica comercial clara detrás de todo esto. Bond representa un tipo de masculinidad sofisticada: viril pero elegante, peligrosa pero educada. El whisky de alta gama encaja perfecto con esa imagen. Reemplazar parcialmente el martini por el whisky en las películas más recientes no fue un capricho estético. Fue una decisión calculada para conectar a Bond con una bebida que hoy transmite más gravedad, más madurez y más status que un cóctel de bar.

Del cine negro a Blade Runner

Antes de saltar al futuro, conviene pasar por el origen de todo este imaginario: el cine negro clásico de Hollywood. En los años cuarenta, actores como Humphrey Bogart construyeron el arquetipo del hombre duro que resuelve sus problemas solo, con un vaso de whisky al lado. En Casablanca, Bogart interpreta a Rick Blaine, el dueño de un bar que ahoga penas amorosas tomando solo en su propio local, después de la hora de cierre. En El Halcón Maltés, su personaje, el detective Sam Spade, guarda una botella en el escritorio como parte del uniforme de trabajo, junto con la pistola y el sombrero. Esas películas fijaron una asociación que después heredó toda la ficción posterior, desde los detectives de papel hasta los replicantes de neón. El whisky, en el cine negro, es la bebida de quien no tiene con quién hablar. No hay que dar demasiadas explicaciones sobre eso: alcanza con mostrar el vaso.

Blade Runner es la película de 1982 dirigida por Ridley Scott. Construyó una de las estéticas más influyentes de la historia del cine: una Los Ángeles futurista, lluviosa, iluminada por neones, poblada de replicantes casi indistinguibles de los humanos. El protagonista se llama Rick Deckard. Es un detective cansado y cínico que caza replicantes por encargo. Y como corresponde a todo detective de novela negra que se precie, Deckard toma whisky. Lo toma solo, en su departamento oscuro, mirando por la ventana la lluvia que nunca para. Esa imagen, la del detective solitario con su vaso de whisky en una ciudad que lo supera, viene directamente de la tradición del cine negro de los años cuarenta y cincuenta. En esas películas, detectives como Philip Marlowe guardaban siempre una botella en el cajón del escritorio. Blade Runner tomó esa tradición y la proyectó hacia el futuro. El whisky funcionó como un ancla de humanidad en un mundo de máquinas.

Hay un dato curioso y poco conocido sobre la secuela de esa película, Blade Runner 2049, estrenada en 2017. En una escena, el protagonista K encuentra una botella de Johnnie Walker Black Label, enterrada durante décadas. La botella funciona como una pista. Es un objeto casi arqueológico que conecta el presente de la historia con el pasado de la primera película. Los productores trabajaron con la marca real para que la botella y la etiqueta mantuvieran el diseño reconocible de Johnnie Walker, aunque envejecido y desgastado por el paso del tiempo ficticio. Es un ejemplo perfecto de cómo el whisky, como objeto, puede cargar significado narrativo por sí solo. No hace falta que nadie lo tome. Alcanza con que esté ahí, intacto después de treinta años, para transmitir permanencia y memoria. La película nunca necesita explicar esa nostalgia con palabras.

The Wire, Succession y las dos caras del whisky

Bajemos ahora del futuro lejano al presente urbano, con The Wire. Es la serie ambientada en Baltimore que muchos consideran una de las mejores de la historia de la televisión. A diferencia de Mad Men o de Bond, acá el whisky no aparece asociado al lujo ni a la elegancia. Aparece asociado al cansancio. Los policías de The Wire, empezando por el detective Jimmy McNulty, terminan sus turnos agotadores en bares de mala muerte. Toman whisky irlandés, generalmente Jameson, directamente de la botella o en vasos sin hielo. No hay ceremonia ahí. No hay cata, no hay conversación sobre notas de vainilla o de roble. Hay gente exhausta que necesita apagar la cabeza después de un día espantoso. Ese uso del whisky, crudo y funcional, es tan real y tan válido culturalmente como el whisky de lujo de Bond. Muestra el otro extremo de la misma bebida. No es el símbolo de éxito, sino el anestésico de la clase trabajadora.

Hay un dato de origen que conecta directamente con todo esto. La palabra "whisky" no nació en inglés. Viene del gaélico "uisce beatha", que significa literalmente "agua de vida". Los conquistadores y comerciantes ingleses, que no podían pronunciar bien esa expresión gaélica, la fueron deformando con el tiempo hasta quedarse solo con la parte final, "uisce", que se pronuncia parecido a "whisky". La idea del "agua de vida" no es exclusiva del gaélico: el mismo concepto aparece en el nombre de otras bebidas destiladas, como el "aquavit" escandinavo o el "eau de vie" francés. Que una bebida cargada de tanta melancolía en el cine lleve, en su propio nombre, la promesa de dar vida es una de esas ironías que la cultura popular pareció entender de manera intuitiva. El vaso de whisky del detective cansado no lo revive, pero durante un rato le hace creer que sí.

Esta doble cara del whisky en la ficción no es casualidad. Es símbolo de éxito por un lado y anestésico de la derrota por el otro. Y es el reflejo de algo real. El whisky, a lo largo de su historia, sirvió las dos funciones en la vida real. Fue la bebida de los caballeros victorianos en sus clubes privados. También fue la bebida de los mineros, los soldados y los obreros que necesitaban algo fuerte al final de una jornada dura. El cine y la televisión no inventaron esa dualidad. La heredaron y la amplificaron. Un símbolo que puede significar dos cosas opuestas es mucho más útil para contar historias.

La música popular también hizo lo suyo, y vale la pena una mención breve porque conecta ideas de un modo que enriquece todo lo anterior. La canción "Whiskey in the Jar" es un tema tradicional irlandés que después versionaron bandas de rock como Thin Lizzy y Metallica, y que convirtió al whisky en protagonista directo de un relato de traición y fugitivos. El bluesero John Lee Hooker popularizó una canción llamada "One Bourbon, One Scotch, One Beer", que describe justamente la escena de alguien tomando de a poco su tristeza en la barra de un bar, una imagen calcada de la que después repitieron mil películas. Y en la música country, el whisky aparece con tanta frecuencia como el corazón roto o el camino largo, casi como un tercer personaje fijo del género. Ninguna de estas canciones necesita explicar qué representa el whisky. El oyente ya lo sabe, porque el cine se encargó de enseñárselo antes.

Vale la pena mencionar otros ejemplos rápidos, porque la lista es larguísima. En Justified, la serie ambientada en Kentucky, el bourbon aparece constantemente como parte del paisaje cultural del sur de Estados Unidos, casi como un personaje más. En Kingsman, la película de espías británicos, el whisky escocés de alta gama funciona como código de clase y de pertenencia a un club exclusivo. En Boardwalk Empire, ambientada durante la Ley Seca, el whisky de contrabando es directamente el motor de la trama. Es la mercancía que mueve a gánsteres, a políticos corruptos y a agentes federales. Cada una de estas ficciones usa el whisky de manera distinta. Pero todas coinciden en algo: el whisky nunca es solo una bebida en pantalla. Es siempre una herramienta narrativa.

Hay un ejemplo más reciente que conviene sumar, porque actualiza toda esta tradición para el público de hoy: Succession, la serie sobre la familia dueña de un imperio de medios. El patriarca, Logan Roy, aparece constantemente con un vaso de whisky escocés en la mano, casi siempre servido solo, sin hielo. Sus hijos, que pelean entre ellos por heredar el control de la empresa, también toman whisky en las reuniones familiares más tensas, como si la bebida formara parte del protocolo de poder de la familia. La serie usa el whisky exactamente en la tradición de Don Draper: como termómetro emocional. Cuando un personaje se sirve un trago sin que nadie se lo pida, algo importante está por pasar. Succession demuestra que, más de medio siglo después de que el cine negro fijara esa imagen, el vaso de whisky sigue siendo el gesto favorito de la ficción para mostrar poder sin necesidad de un solo diálogo.

El whisky falso de Hollywood y otros secretos

Volvamos ahora al dato con el que arrancamos, el del whisky falso, porque tiene más historia de la que parece. La industria cinematográfica desarrolló, a lo largo de décadas, sustitutos estándar para casi todas las bebidas alcohólicas. Para el whisky, la mezcla más común es té negro frío, a veces con un toque de caramelo o de colorante para lograr el tono ambarino exacto. También se usa jugo de manzana, que tiene un color parecido y no deja al actor empapado en azúcar después de una escena larga. La razón principal es práctica. Los actores repiten la misma escena muchas veces, y el alcohol de verdad los dejaría ebrios antes del mediodía. Eso arruinaría la continuidad de la actuación. Hay actores que insistieron en tomar el alcohol de verdad para algunas escenas puntuales, buscando una reacción más genuina en cámara. Ese tipo de anécdotas circula sobre varios rodajes. Conviene tomarlas con pinzas, porque en el cine las leyendas de set a veces se exageran con el tiempo.

Ya que estamos con datos curiosos, hay uno de los cócteles que mencionamos antes que merece una aclaración de origen. El nombre "Old Fashioned" significa literalmente "a la antigua" o "pasado de moda". El cóctel se llama así por algo que pasó hacia fines del siglo diecinueve. En esa época empezaron a aparecer versiones más complicadas de los tragos con whisky, con jarabes y licores agregados. Algunos clientes de los bares pedían la versión original, simple, sin adornos. Pedían el trago "a la antigua". De ahí quedó el nombre. Es una de esas palabras que usamos todos los días sin pensar en su origen. Esconde una pequeña historia de nostalgia dentro de sí misma: la nostalgia por una versión más simple de algo, escrita en el propio nombre del trago.

Hay también una dimensión de género que vale la pena señalar sin exagerarla. Durante buena parte del siglo veinte, el whisky se presentó en el cine casi exclusivamente como una bebida de hombres. Estaba ligada a espacios masculinos como el club privado, la oficina ejecutiva o el bar de mala muerte. Esa asociación fue, en gran medida, un reflejo de las costumbres sociales reales de la época. No fue una invención de los guionistas. Con el correr de las décadas, esa imagen se fue diversificando. Hoy es común ver en pantalla a personajes femeninos disfrutando del whisky con la misma naturalidad. La escena ya no necesita subrayarlo como algo excepcional. El cambio en la ficción, en este caso, siguió de cerca al cambio en la vida real, más que anticiparlo.

Lo notable de todo este recorrido, desde Don Draper hasta Deckard, desde James Bond hasta McNulty, es que el whisky funciona en la pantalla exactamente como funciona en la vida real. Es un objeto cargado de significado que cada persona, o cada personaje, llena con su propia historia. La botella es la misma. El vaso es el mismo color ambarino. Pero lo que representa cambia completamente según quién lo sostiene, y por qué. Un vaso de whisky en manos de un ejecutivo exitoso cuenta una historia de poder. El mismo vaso, sostenido por un detective agotado a las tres de la mañana, cuenta una historia de derrota. Esa flexibilidad simbólica es probablemente la razón principal por la que ninguna otra bebida alcohólica tiene una presencia tan constante y tan variada en el cine y la televisión.

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